martes, 10 de enero de 2012

De Mello, una lección de amor



Extraído de "Una llamada al amor" y "Caminar sobre las aguas" de Anthony de Mello



     Si quieres ser feliz no necesitas hacer ningún tipo de esfuerzo; ni siquiera necesitas buena voluntad o buenos deseos, sino comprender con claridad de qué manera has sido “programado” exactamente. Primero, tu sociedad y tu cultura te han enseñado a creer que no puedes ser feliz sin determinadas personas o cosas (dinero, poder, éxito, aceptación, fama, amor, amistad, espiritualidad, Dios…). Luego desarrollas instintivamente un especial apego a esa persona o cosa llegando a una servil dependencia emocional de ella, en conseguirla y en conservarla. Durante unos pocos y efímeros momentos el mundo cede a tus esfuerzos y se acomoda a tus deseos y gozos autores de una pasajera felicidad, que viene acompañada de un difuso temor a que, en cualquier momento, ese mundo de cosas y personas que con tanto esfuerzo has conseguido construir, escape a tu control y te llene de frustración, que es algo que, tarde o temprano, acaba por suceder.

     A casi nadie le han enseñado que para ser auténticamente feliz una sola cosa es necesaria: desprogramarse, liberarse de esas ataduras, abrir los ojos y ver que de hecho es una creencia, una fantasía de tu mente.

     Pasa revista a tus apegos y ataduras y dile a cada una: “en realidad no estoy apegado a ti en absoluto, tan sólo estoy engañándome a mí mismo creyendo que sin ti no puedo ser feliz”.

     Debes escoger entre tu apego y tu libertad y felicidad. No puedes tener ambas cosas. No naciste con el objeto de tu apego, sino que brotó de una mentira que tu sociedad y tu cultura te han contado, o de una mentira que te has contado a ti mismo, que sin tal cosa o persona no puedes ser feliz. Si deseas estar plenamente vivo, debes adquirir y desarrollar el sentido de la perspectiva. La vida es infinitamente más grande que esa nimiedad a la que tu corazón se ha apegado.

     Ninguna cosa o persona que no seas tú tiene el poder de hacerte feliz o desdichado, tú lo decides te aferres o no al objeto de tu apego.

     Tu sociedad y tu cultura han recubierto tu mente con diversas capas y te han enseñado a no verlas siquiera, a refugiarte en el sueño y dejar que otros piensen por ti, y han conseguido abrumarte con el peso de una autoridad y una tradición intangible. Las capas son tus creencias, ideas, hábitos y tus apegos y miedos. Hay una serie de muros que rodean tu prisión, de forma que te resulta imposible evadirte de ella y entrar en contacto con toda la riqueza de vida y de amor que hay en el exterior.

      Así pues, mira, observa, examina, explora… y tu mente se hará viva, eliminará su “grasa” y se tornará perspicaz, despierta y activa. Los muros de tu prisión se desplomarán, hasta que no quede piedra sobre piedra, y te verás agraciado con la visión nítida y sin obstáculos de las cosas tal como son, con la experiencia de la realidad.

      La violencia de la naturaleza, que obedece a leyes universales, se manifiesta en los místicos que claman contra ideas y estructuras que se han instalado en sus respectivas culturas y sociedades, cuando el conocimiento más profundo de la realidad les hace detectar ciertos males que sus contemporáneos son incapaces de ver. Es esta violencia la que permite a la rosa florecer frente a tantas fuerzas hostiles. Y ante esta misma violencia, la rosa, al igual que el místico, sucumbirá dulcemente después de haber abierto sus pétalos al sol para vivir, con su frágil y tierna belleza, totalmente despreocupada de añadir un solo minuto a la vida que le ha sido asignada. Por eso vive hermosa y feliz como las aves del cielo y los lirios del campo, sin rastro alguno del desasosiego y la insatisfacción, la envidia, el ansia y la competitividad que caracterizan el mundo de los seres humanos, los cuales tratan de dirigir, forzar, controlar, en lugar de contentarse con florecer en el conocimiento, dejando todo cambio en manos de la poderosa fuerza de Dios que obra en la Naturaleza.

      El “camino real” hacia el misticismo y la realidad no pasa por el mundo de las personas, sino por el mundo de las acciones emprendidas, por sí mismas, sin buscar ni siquiera indirectamente el éxito, la ganancia o la utilidad. Contrariamente a lo que suele creerse, la terapia para la falta de amor y la soledad no consiste en la compañía, sino en el contacto con la realidad. En el momento en que toques dicha realidad, sabrás lo que son la libertad y el amor respecto a las personas y, consiguientemente, la capacidad de amarlas. Esta realidad del amor es una actitud, una disposición de amor. Y este amor irradia entonces al exterior, hacia el mundo de las cosas y las personas.

      La primera cualidad del amor es su carácter indiscriminado, no juzga lo exterior como bueno o malo. La segunda es su gratuidad, da sin pedir nada a cambio, no cuando es un camuflaje de tu egoísmo. La tercera es la falta de autoconsciencia, su espontaneidad. El amor disfruta de tal modo amando que no tiene la menor consciencia de sí mismo. Y la cuarta es su libertad. En el momento en que entran en juego la coacción, el control o el conflicto, en ese mismo momento muere el amor.

      ¿Y qué es lo que te impide amar?  Tus conceptos, tus categorías, tus prejuicios y proyecciones, tus necesidades y apegos, los “clichés” que tú mismo has elaborado a partir de tus propios condicionamientos y experiencias pasadas. “Ver” es la más ardua tarea que un ser humano puede emprernder, porque requiere una mente alerta y disciplinada, y algo más doloroso: liberarte del control que la sociedad ejerce sobre ti.

      Ahora bien, una vez que has probado eso que llaman amor, sabrás que ningún precio es demasiado elevado y ningún sacrificio demasiado grande, cuando a cambio se puede obtener la única cosa en el mundo por la que merece la pena vivir.

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El amor no es una relación. Es un estado del ser.
El amor existía antes que cualquier ser humano.

Tú no puedes hacer nada para conseguir el amor. Si comprendieses tus deberes, apegos, atracciones, obsesiones, predilecciones, inclinaciones, y si te desprendieses de todo eso, el amor aparecería. 

Cuando el ojo está limpio, el resultado es la visión.
Cuando el corazón está limpio, el resultado es el amor.



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