lunes, 28 de mayo de 2012

Ser Más, la solución de Teilhard de Chardin

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Teilhard de Chardin (1881-1955) sostuvo un evolucionismo teleológico; a la concepción materialista del darwinismo y del positivismo, opuso una cosmología que, pese a admitir el evolucionismo, e incluso extendiéndolo a la realidad espiritual, rechazaba una interpretación puramente mecanicista y materialista del cosmos. Así expresó su fe en relación con su concepción del universo: Creo que el Universo es una Evolución. Creo que la Evolución va hacia el Espíritu. Creo que el Espíritu se realiza en algo personal. Creo que lo Personal supremo es el Cristo-Universal. La materia originaria, según él, contiene ya en sí la "conciencia" como elemento organizativo, por el que la evolución se configura como un proceso no puramente mecanicista, sino teológico”.
En 1958 el padre Janssens informó a la Compañía de Jesús, que un decreto del Santo Oficio, dirigido por el Cardenal Ottaviani, requirió a las congregaciones retirar de todas las bibliotecas las obras de Teilhard. El documento dice que los textos del jesuita "representan ambigüedades e incluso errores tan graves que ofenden a la doctrina católica" por lo que "alerta al clero para defender los espíritus, en particular los de los jóvenes, de los peligros de las obras de P. Teilhard de Chardin y sus discípulos".



Si en estos últimos tiempos he llegado a adquirir una convicción es la de que, en las relaciones con otro, es imposible llegar nunca a ser demasiado bueno o demasiado suave en las formas; la dulzura es la primera de las fuerzas, y quizás también la primera virtud entre las que se ven.

Si quieres sentirte, cada vez más en equilibrio, en medio de los mil choques de la vida libre, aplícate a aumentar tu impulso personal, tu propulsión hacia el bien, a realizar a tu alrededor. Cuando tu “fuerza viva” moral se halle así acrecida, las corrientes discordantes, que podrían hacerte oscilar y vacilar en reposo, apenas si lograrán desviarte, porque tú estarás en movimiento.

El mayor sacrificio que podemos hacer, la mayor victoria que podemos llegar a alcanzar sobre nosotros mismos, consiste en superar la inercia, la tendencia al menor esfuerzo.

La Naturaleza, cuando se fijan bien los ojos en ella, deja adivinar en su interior un esfuerzo casi agónico hacia la luz y la conciencia.

La caridad, para ser inagotablemente serena y entregada, tiene que haber hecho el sacrificio de cualquier retribución buscada en la gratitud y el afecto de los hombres.

Es indudable que la paz del corazón, su dilatación en medio de afecciones cálidas y reconocidas, es más armoniosa, más normal, más apropiada para la acción fácil, que el aislamiento y las quiebras. Por esto es por lo que hemos de tender, mediante nuestros esfuerzos personales, a asegurarnos apoyos en buenas y sólidas amistades, a guardarnos de las enfermedades del cuerpo y del alma.

Es preciso, si el hombre quiere alcanzarse a sí mismo, que despierte a la conciencia de sus infinitas prolongaciones, a sus deberes, a su embriaguez. Es necesario que (dando de lado a todas las ilusiones de un individualismo estrecho), amplíe su corazón a la medida del Universo.

Hay un más-ser, un mejor-ser absolutos que se llaman progreso en la consciencia, la libertad, la moralidad; tales grados superiores de existencia adquieren consistencia por medio de la concentración, la depuración, el máximo esfuerzo.

No hay más que hablar: cuanto más renuncia uno a preocuparse demasiado de sí mismo, cuanto más se hace pasar a los otros por delante de uno mismo, cuanto más dulce y bueno se procura ser, más dichosos se es y más ascendiente se posee sobre los otros. Habría que saber siempre sonreír.

¿No te parece que es una cuestión de lealtad y “conciencia”, trabajar por extraer del mundo todo lo que el Mundo puede contener de verdad y de energía? Nada debe quedar “sin intentar” en la dirección del más-ser.

Pienso que habría algo que decir sobre la alegría (sana) de la muerte, sobre su armonía en la Vida, sobre su modo íntimo de unir (y al mismo tiempo de separar) el Mundo de los Muertos y el Mundo de los vivos, sobre la unión del uno y del otro dentro de un mismo cosmos. La muerte ha sido demasiado tratada como un tema de melancolía, o como un objeto de ascesis, o como una entidad teológica un poco vaporosa… Habría que atribuirle su puesto de Realidad vigorosa y de fase, en el seno de un Mundo  y de un Devenir que son precísamente eso que nosotros experimentamos.

La acción específica de la pureza es, por tanto, la de unificar las potencias interiores del alma, en el acto de una pasión única, extraordinariamente rica e intensa. El alma pura, finalmente, es aquella que, superando la múltiple y desorganizante atracción de las cosas, templa su unidad (esto es, madura su espiritualidad) en los ardores de la divina simplicidad.

El amor carnal no da resultado porque el principio al que se confía, la materia, no es un principio de contacto, sino de separación. Lo múltiple expulsa a lo múltiple. Cuanto más se intenta la unión en una esfera inferior, más se produce el alejamiento mutuo. ¿Entonces, cómo hay que amarse para acercarse de verdad? En el Espíritu. El amor que tiende a la espiritualización mutua de los amantes, el amor que los impulsa no tanto a buscarse directamente como a converger juntos hacia el mismo centro divino, ése es el Amor indefinidamente progresivo y renovado en cuyo seno los seres construyen a poco su unidad.

¿Qué es, por tanto, lo que nuestra generación necesita para que se sobrenaturalice el panteísmo de los unos y se humanice la Fe de los otros?... Es preciso que prediquemos y que practiquemos lo que yo llamaría el Evangelio del esfuerzo humano.

Hasta hoy la moral ha sido sobre todo individualista; en adelante tendrá que tener en cuenta más explícitamente las obligaciones del hombre con respecto a las colectividades, de cara al Universo: deberes políticos, deberes sociales, deberes internacionales, deberes cósmicos…

¿Quién puede prever todo lo que el alma humana es todavía capaz de adquirir en virtud de fuerzas naturales inmediatamente sobrenaturalizables (a medida, por ejemplo, que vaya adquiriendo más plenamente conciencia de su solidaridad con el Universo y de otras regiones espirituales, aún inexploradas, prometidas a la unanimidad de los espíritus)?

Me parece que el hombre se ve conducido por la misma lógica de su desarrollo al deseo de alcanzar algo más grande que él. Y es aquí donde yace precisamente “la potencia espiritual de la materia”. Para que el fruto se hienda y se abra es preciso que esté maduro.

En el caso del Hombre, la muerte representa una metamorfosis, mediante la cual se rechaza una forma aparente provisional del Universo (provisional y caduca porque se halla todavía ligada y mezclada con formas “animales” e “inertes” de unificación del Universo), pero no es más que una metamorfosis. No hay, propiamente hablando, almas separadas: hay solo almas que cambian de “esfera” en el Mundo, en el que todo persiste.

Para poder alcanzar la zona luminosa, sólida, absoluta del Mundo, no se trata de ir hacia lo más profundo por debajo o lo más lejano hacia atrás, sino hacia lo más interior en el alma y lo más nuevo en el futuro. La explicación y la consistencia del Mundo hay que buscarlas en un Alma superior de atracción y de solidificación progresivas, sin la cual la radical pluralidad del Universo jamás hubiese salido de su polvareda. El análisis de la materia revela a quien sabe ver la prioridad, la primacía del Espíritu.

Para quien tiende convenientemente su vela al soplo de la Tierra se revela una corriente que impulsa siempre hacia alta mar. Cuanto más noblemente desea y actúa un hombre, más ávido se vuelve de objetivos amplios y sublimes que perseguir. Bien pronto dejarán de bastarle solamente su familia, su propio país, el lado remunerador de su acción. Tendrá que crear organizaciones generales, caminos nuevos por los que abrirse paso, Causas que sostener, Verdades que descubrir, un Ideal que alimentar y que defender. Así, poco a poco, el obrero de la Tierra deja de pertenecerse. Poco a poco el soplo inmenso del Universo, insinuado en su interior por la fisura de una acción humilde, pero fiel, le dilata, le eleva, le arrastra.

Si fuéramos tan capaces de percibir la “luz invisible” como percibimos las nubes, el rayo o los resplandores solares, se nos aparecerían las almas puras, en este Mundo, tan activas, por su sola pureza, como las cumbres nevadas, cuyas cimas impasibles aspiran continuamente para nosotros los poderes errantes de la atmósfera superior.

En realidad, el Universo progresa hacia el Hombre, a través de la Mujer. Toda la cuestión está (la cuestión vital para la Tierra…) en que se reconozcan. Si el Hombre no llega a reconocer la verdadera naturaleza, el verdadero objeto de su amor, ya tenemos el desorden irremediable y profundo. Si, en cambio, el Hombre llega a ser capaz de percibir la Realidad Universal descubrirá entonces la razón de lo que, hasta ese momento, defraudaba y pervertía su capacidad de amar. La Mujer se halla ante él como la atracción y el Símbolo del Mundo. No podrá llegar a abrazarla más que agrandándose, a su vez, a la medida del mundo. En este sentido el Hombre no podrá llegar a abrazar a la Mujer más que en la consumación de la Unión Universal. El Amor es una reserva sagrada de energía, y como la sangre misma de la Evolución espiritual.

Hablando con propiedad, no hay cosas sagradas o profanas, puras o impuras. Lo que hay es solamente un sentido bueno y un sentido malo: el sentido de la ascensión, de la unificación ensanchadora, del esfuerzo espiritual mayor, y el sentido del descenso, del egoísmo estrechador, del disfrute materializante. Seguidas en la dirección que lleva a lo alto, todas las criaturas son luminosas. En la dirección que lleva hacia abajo, se oscurecen y se vuelven diabólicas. Su travesía hundirá nuestra barca, o por el contrario la hará brincar hacia delante, con tal de que sepamos tender nuestra vela a su soplo.

En consecuencia, el problema planteado a la Moral, no ya es tanto el de conservar y proteger al individuo, como el de guiarle también en la dirección de sus realizaciones esperadas que la “cantidad de lo Personal” todavía difusa en la Humanidad pueda desprenderse con plenitud y seguridad. Hoy empezamos a comprender que no hay promesa ni uso legítimos si no tienden a hacer servir el poder que poseen. La riqueza no se vuelve buena más que en la medida en que trabaja en la dirección del Espíritu. De ahora en adelante la Moral le impedirá cualquier existencia neutra e “inofensiva” y le obligará al esfuerzo de liberar hasta el límite su autonomía y su personalidad.

El único clima en que el hombre puede continuar aumentando es el de la entrega y la renuncia dentro de un sentimiento de fraternidad. En verdad, a la velocidad con que aumentan su conciencia y sus ambiciones, el mundo hará explosión si no aprende a amar. El porvernir se encuentra orgánicamente ligado a la transformación de las fuerzas del odio en fuerzas de caridad.

El gran problema del momento es el instaurar una nueva concepción del Espíritu, no ya en oposición, sino en transformación y sublimación de la Materia. El futuro del mundo se halla ligado a alguna forma de unificación humana, dependiente del pleno juego en nuestros corazones de determinados impulsos hacia el Ser Más, impulsos sin los que toda la ciencia y toda la técnica desfallecerían en sí mismas.

Teilhard de Chardin - Ser Más

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