lunes, 18 de junio de 2012

La Lucha por la Vida (RosaCruz)




Una época de inquietud y rebeldía que abarca a todo el mundo ha comenzado para la humanidad. Los principios seculares vacilan; las normas e ideas sobre las que estaba asentado el orden social hasta ahora se transforman; casi por doquier, la sociedad humana entra en una crisis violenta. Cada vez está más claro que la humanidad ha perdido el conocimiento y el discernimiento del objetivo de la vida.

Algunos confían aún en un pretendido conocimiento, pero no quieren aceptar que este conocimiento no es más que un eco atenuado de la sabiduría original. Otros no alimentan más que en sí mismos más que protestas siempre renovadas. No hay nadie que pueda hacerles comprender la razón por la que viven y el sentido de la vida. Este saber parece haberse perdido. Nacen nuevas preocupaciones y aumentan a causa de las certezas que desaparecen. Se suspira por tener una vida apacible y armoniosa, sin angustias, sin violencia y sin corrupción. Se querría saber por qué es así la vida y qué nos traerá en último término el futuro.

La vida nos parece insegura e injusta. El hombre está en el mundo y no sabe por qué. Un intenso deseo de vivir se expresa en él y, a su manera, él se esfuerza por responder a este deseo. El hombre está situado por su nacimiento en un entorno determinado que le acompañará y le mantendrá durante su juventud y le enseñará la lucha por la vida. Es empujado hacia una compañera, hacia una profesión, hacia una posición, hacia una carrera que pueda satisfacerle. Busca el aplomo y la seguridad en sí mismo, a ser posible en un campo en el que se pueda afirmar y donde sea respetado y admirado. Esta es la respuesta a su deseo de vida desenfrenado. Las dificultades surgen, ya que los demás persiguen el mismo objetivo y también quieren ser vistos y admirados. Entonces el hombre lucha, lucha por conquistar el puesto que ansía. Así nace un combate vital incesante; combate que a veces es oculto y extremadamente astuto; combate tal vez sin tregua por alcanzar el objetivo tan ardientemente deseado. Empujado por su pasión vital, solo se ve a sí mismo y a su objetivo.

Pero al encontrar alternativamente éxitos y fracasos, comienza a sentir que este combate se hace insoportable. La enfermedad y la vejez le persiguen y la muerte le parece el resultado único e inevitable. Sin embargo, él querría vivir, vivir de una forma mejor que los demás, hacer lo que desea, ser independiente. Aspira ardientemente a la libertad. Pero, ¿qué es la libertad? Ser libre, sí, pero ¿libre de qué? El descubre que la libertad tan deseada no existe y por tanto no puede realizar lo que desea. Por razones morales debe respetar a los demás y está limitado por las leyes. No obstante, insiste sobre sus derechos. Pero ¿qué derechos? El tiempo pasa y, finalmente, el hombre fatigado no aspira más que a la paz y al reposo.

Entonces, un deseo diferente se manifiesta: la paz, el fin de esta febril actividad. El hombre considera entonces que la vida es imperfecta, cruel, loca; él querría mejorarla, perfeccionarla. Piensa que es realizable una vida armoniosa, apacible, sin explotación, sin violencia ni angustia. Piensa que se debería poder instaurar este nuevo orden de vida. ¿Sus nuevos sueños van a tomar forma por fin? ¡No! Siempre experimenta que son ilusiones, utopías. La vida es imperfecta y lo seguirá siendo; lo que se consigue se pierde, el bien se convierte en mal, la alegría en sufrimiento, cualquer fuerza genera una fuerza contraria y las dos se anulan mutuamente. El resultado es cero, siempre cero. La vida se hace decepcionante. ¿Dónde se oculta el sentido de la vida? ¿Dónde encontrar la respuesta final y exacta a este impulso vital doloroso? Un deseo insaciable, una voluntad constante y una búsqueda incesante, ¿no revelan una falta fundamental?, ¿no son el recuerdo inconsciente de un estado vital perfecto existente en un tiempo remoto?



Así, el hombre llega a comportarse de una forma curiosa y contradictoria. Reniega de la inmortalidad y, sin embargo, se esfuerza por ignorar la muerte. Desea vivir y, sin embargo, se tiene que esforzar desde el primer día por defenderse de esta vida. Se engaña a sí mismo, considerando que su mundo es bello, ordenado y que funciona maravillosamente, pero está obligado a aceptar cada día la explotación, la violencia, las agresiones a su libertad, la guerra… Quiere sacrificarse, amar a su prójimo; se lanza al trabajo por su familia, por los demás, por una comunidad. Pero en el fondo y esencialmente no se ve más que a sí mismo; no ve más que sus propios esfuerzos y su propia gloria. Puede que toque la cima de la ciencia o de la cultura y, en consecuencia, se comporte como un rey… pero no deja de ser un mendigo. No ha encontrado la única respuesta a su deseo profundo e incesante pero, ¿quién sabrá convencerle de que por el camino que ha escogido no hay más que decepción, negación, tensiones y división en un mar de perpetuas contradicciones?

La respuesta, la única respuesta justa, está en sí mismo. Todo su ser, todas sus codicias, sus deseos orientados hacia el mundo exterior, el cual se ofrece para satisfacerlos, han hecho que se haya perdido en su laberinto y que constantemente tenga que volver a empezar. Pero, a pesar de todo, tiene una semilla escondida en sí mismo, más pequeña que un grano de mostaza, la cual podría crecer y traerle la respuesta a su angustia. Allí está, aún inexpresada, la respuesta que libera, la respuesta que exige de él algo más y algo diferente que su trabajo asiduo en la vida, más que un rechazo de su yo, más que la adquisición de riquezas materiales y que la apreciación de los valores del mundo. La respuesta exacta exige y requiere todo su ser.

Es necesario que el ser egocéntrico se sacrifique, con el fin de que el hombre verdadero, el hombre alma-espíritu, renazca tal como fue el origen de los tiempos en un mundo perfecto. Una parte de la humanidad original, abusando de su libre albedrío, se desprendió del orden cósmico y efectuó su misión de forma experimental, buscando su propia gloria. El equilibrio se perturbó y se desarrolló progresivamente una situación en la que el hombre original se encerró en el aspecto material. Mientras que el espíritu es eterno e inmutable, la materia está en constante transformación. En esta situación de separación, el aspecto material intentó integrar al espíritu en sus cambios. Pero el espíritu se mantuvo inmutable y estos procesos de transformación aberrantes implicaron, por una reacción correctiva, una cristalización, y las fuerzas así desatadas escaparon al control del hombre.

Como consecuencia de la perturbación del equilibrio cósmico, el radio de actividad del hombre fue limitado para proteger el universo. El Espíritu se retiró de él y su estado divino se transformó en un estado semidivino. Después, por obstinación en esa vía, la conciencia se retiró del alma y el hombre perdió su personalidad celeste. Así apareció el mundo de la limitación y del tiempo, donde la enfermedad y la muerte son evidentes y las oposiciones inevitables. El hombre de hoy no es de ninguna manera el hombre original, sino una imitación, una especie animal superior que, como resultado de un largo desarrollo, está dotado de una conciencia biológica y de una razón.

No obstante, el hombre no fue abandonado a su caída. Un inmenso plan de salvación se preparó; en su camino, esta humanidad fue acompañada por toda clase de religiones que se acoplaban al estado de desarrollo de las diferentes razas. Al mismo tiempo y poco a poco, le fue revelada la existencia de una vida superior, de una vida interiormente desatada de la materia. El hombre es doble, es de naturaleza divina y por lo tanto inmortal, pero sin conexión con el espíritu Divino, ya que éste se ha retirado a una pequeña chispa atómica, al átomo-chispa de Espíritu. Los dos mundos que, por la chispa divina del corazón, se encuentran en el hombre, están, desde el punto de vista del absoluto, en completa falta de armonía. Por eso la vida que se desarrolla aquí es una constante repetición de sufrimientos no comprendidos ni asimilados que deben conducir al hombre, con ayuda del tiempo, a comprender el por qué del sufrimiento.

Es necesario que la sed de vivir al servicio de la grandeza y de la conservación de la antigua personalidad sea vencida y abandonada, de forma que el hombre-alma tome nuevamente el lugar que le corresponde de verdad. Entonces se dirigirá hacia el objetivo inevitable de la vida humana de esta naturaleza: la regeneración del hombre divino original. Este camino de resurrección del hombre original no puede ser alcanzado por simple curiosidad o a título experimental, sino solamente por la presión de le experiencia, con un conocimiento claro de sí mismo, libre de la influencia de tal o cual autoridad o ideología. La trasfiguración, es decir, el abandono de la personalidad natural por una personalidad consciente totalmente distinta, es destrucción y reconstrucción, es la decadencia y la elevación hacia lo nuevo, es el sacrificio entero del hombre-yo para el nacimiento del alma inmortal y el restablecimiento de la personalidad celeste. De esta manera, el regreso al Reino Original, a la Tierra Divina, a Dios, se hará un hecho.

El Camino RosaCruz - Escuela Internacional de la RosaCruz de Oro 


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