lunes, 8 de septiembre de 2014

El maestro: director de orquesta de la educación (Fernando Pastor)




Los educadores tienen su más grave dificultad en el sistema de enseñanza cuando éste no contempla y no defiende que la base de toda ella es la vocación pedagógica del maestro. Solo con maestros felices en su labor pueden surgir las nuevas generaciones con una formación técnica conveniente, acompañada por la formación ética y moral imprescindible, impartida por maestros que han enseñado en un clima de relación y comunicación con el alumno, al que han trasladado, además de conocimientos, el humanismo que, por venir de quien tiene vocación de enseñar, ya tiene garantía de generosidad y altruismo.

Los planes de enseñanza, piedras angulares en el basamento de la sociedad, son redactados por los gobernantes desde criterios enormemente politizados, y tienen la posibilidad de educar mentes y ahormar voluntades de futuros seguidores y votantes desde sus primeros años. Los maestros y profesores serán sus instrumentos, sujetos a la disciplina administrativa. Y es aquí donde  los educadores tienen su verdadera misión, su gran reto y su grave responsabilidad. Deberán enseñar por vocación y por profesión lo que convierta a sus alumnos en hombres de provecho para sí y para la sociedad, conscientes de que encontrarán su mayor felicidad en lo que no se mide con la eficiencia, la técnica, la productividad, el enriquecimiento y el brillo social, sino en sus conocimientos y en su sensibilidad para apreciar y disfrutar del arte y la belleza, de la generosidad y la bondad.




La mejor asignatura que el educador debe enseñar es la de desear aprender. Ha de estimular esa natural curiosidad del ser humano, haciéndole saber que este hambre intelectual es una fuente inmensa de satisfacción, de felicidad, que ayuda a serenar el espíritu, al tiempo que lo excita ante la nueva aventura que cada interrogante le plantea. Las respuestas las encontrará casi siempre en los libros, pero también preguntando, observando, comprobando y analizando. Todo ello más emocionante que vivir pasivamente, cumpliendo normas sin preguntar el porqué, viendo sin mirar y oyendo sin escuchar.

Si al estudiante se le hace comprender que en su cabeza tiene el juguete más apasionante, increíblemente superior a esos juegos electrónicos en los que pierde su tiempo, se le habrá enseñado la lección básica. A partir de ese momento no necesitará estímulos; los programas de estudio serán para él curiosidades a satisfacer no solo aprendiéndolos, sino comprendiéndolos.



Los pueblos admiran y miman a sus deportistas, a sus artistas, a sus científicos, pero prestan escasa atención a sus educadores. Para vergüenza nacional, nuestro país ha acuñado una triste frase, “pasa más hambre que un maestro de escuela”, que resume la consideración de que en España  tenemos por los que deben enseñar a nuestros hijos escaso aprecio y pobre sueldo. Así nos va.

Cada ministro de Educación procura entrar en la gris historia de la enseñanza española dejando un plan con su apellido. Tenemos infinidad de planes, arrinconados por fracasados, conservadores, renovadores, utópicos y disparatados, pero nada preocupados por fortalecer, potenciar, dignificar y ennoblecer la figura fundamental en toda esa gran orquesta de la educación, el que produce la música de la enseñanza: el maestro.


Este es uno de los más importantes objetivos a conseguir en este país.


Fernando Pastor Álvarez – Reflexiones de un hombre corriente

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