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martes, 18 de enero de 2011

Relatos breves

Dedicado a mis amigos de "todoslosforos", como un juego ellos los inspiraron con su aliento y estímulo, y me impulsaron a repasar las hojas de la agenda de la vida...



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Estaba descontento consigo mismo; después de años buscando hacerse un sitio en la sociedad, de haber sido empujado por el sistema ha representar un papel cuyo guión no era de su agrado, se convenció de que no era capaz de interpretar su papel previsto.

Bajó hacia la playa, observó el inmenso mar y su horizonte inagotable, creando un guión propio, nuevo a cada segundo, repleto de poder, sintió lo vacío que se sentía y maniatado, siempre empujado por las olas del mundo humano, sin timón, sin vela, sin brújula, sin control alguno de su camino; cerró los ojos y el rumor de la marea comenzó a sonar dentro, se imaginó pilotando un velero desde su corazón hacia una isla luminosa en la lejanía. Creyó que en esa isla se encontraba su verdadero ser; un aire fresco y suave le empujaba con determinación, pero tenía que luchar contra la marea contraria, la vela debía estar bien dispuesta, el timón firmemente agarrado. Se desprendió de todo peso inútil, nada ni nadie debían entorpecerle, no importaba lo que pudiera tardar, estaba aprendiendo a gobernar su nave con maestría, la luz se iba haciendo más viva y acogedora, hasta empezó a oír una bella música...


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Pasábamos las vacaciones en una granja muy alejada, tras las montañas que se divisaban desde la aldea más próxima, a más de diez kilómetros. En mi último cumpleaños me habían regalado una potranca recién nacida. Su madre no pudo sobrevivir al parto y no llegó a conocer a nadie de su especie, así que durante un año me convertí en su celosa cuidadora los escasos días que tenía libres. A pesar de todos mis esfuerzos y el cariño que le di en ese tiempo, su naturaleza salvaje le impelía a esquivar a cuaquier persona que no fuera yo. Más de una vez, en que la cerca por descuido se quedó abierta, se escapaba al galope a gran velocidad, tanto que a mi padre le fue muy difícil atraparla con un lazo desde el todoterreno.
Pasó el verano y yo debía volver al instituto; sólo quedaba por los alrededores un cabrero, que se encaprichó de ella, tanto que me prometió pasarse todos los días a darle agua y comida. Por razones que ignoro, el animal se enfurecía y brincaba cada vez que lo veía, y ya iba llegando el momento de marcharme. No estaba tranquila, sólo se tranquilizaba a mi lado, así que no acepté el ofrecimiento. Sabía que no muy lejos había una manada de caballos salvajes, que veíamos pastando cerca de un arroyo.
No lo pensé más, le puse el bozal y nos dirigimos hacia esa zona. Vi huellas recientes de sus congéneres, la solté y fui a acariciarle el hocico, como despidiéndome mientras contenía el llanto, ella dudó un momento, pero al verse libre me esquivó y huyó rápidamente. Entonces lloré de alegría mientras se perdía tras los árboles: era el precio que paga el amor a cambio de libertad.


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De jóvenes, solíamos divertirnos cada tarde en un parque cercano; allí nos tumbábamos en la hierba, siseábamos a las chicas guapas que pasaban, esperábamos que los que ya trabajaban volvieran al caer la tarde para ver si, entre todos, reuníamos doscientas pesetas para comprar un par de litronas y algunos cigarrillos, poníamos en el cassette a pilas nuestra música favorita; una partida de cartas, un partidito de fútbol con una bola de papel aluminio…
Un día, apareció el viejo, harapiento, maloliente, con los ojos desencajados, y se sentó en un banco contiguo, con un hatillo en el hombro. Sacó de él una bolsa llena de migas de pan, miró hacia arriba lanzando un silbido especial: era su llamada para las palomas. Empezaron a posarse en él; nosotros, muy quietos, observábamos cómo se arremolinaron sobre él sin miedo alguno, como si le conocieran de siempre. El viejo sonrió cerrando los ojos y se dejó invadir.
Entonces, uno de nosotros, exclamó: “Es Sócrates, el sabio griego, con sus discipulos”. Desde entonces, cada vez que venía, nos agrupábamos junto a él, le regalábamos una botella de tinto barato y él, a cambio, nos enseñaba.


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Era el benjamín de una famosa familia de payasos, necesitaban una foto suya para incluirla en el cartel del espetáculo, ya que era su primera gira y hacía su debut la semana siguiente. Le acompañaron al estudio de fotografía, allí le sentaron frente al espejo, le maquillaron, le pusieron la peluca y los guantes, ¡era un manojo de nervios!
Por fin, el fotógrafo consiguió sentarlo en un taburete, encendió los focos y midió la luz a unos centímetros de su cara, preparó la cámara; pero el chico no podía estarse quieto, no sabía qué hacer con las manos, le hizo más de treinta fotos, pero no le convencía la expresión.
_Pero… ¿en qué estás pensando?
_En todo, en el viaje, en el público, en lo que tengo que decir, en…
_No, nada de eso, no pienses nada… espera un momento!
El fotógrafo le acercó una mesa para que apoyara el codo, y le colocó suavemente la mano sobre la cara.
_Recuerda, no pienses en nada. Mira a tu madre, ¿la quieres, verdad?
_Sí, claro…
_Pues, díselo con la mirada.
El chico la miró y…!zas! saltaron los flashes…
_Ya está, ¿ves qué fácil?


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Acababa de aterrizar, habría sido un vuelo rutinario más de reconocimiento para fijar los puntos de población a los que arrojar ayuda humanitaria, después de las tremendas inundaciones, si no fuera porque había perdido contacto media hora antes con el otro avión que pilotaba mi amigo Esteban, cuando regresábamos a la base en medio de una intensa tormenta. Perdí la comunicación y pensé que algún rayo le habría dañado la radio ó el sistema de navegación, pero era demasiado tiempo. No podía moverme, con la vista fija en el claro entre nubes por donde debía aparecer, tenía que aparecer. Pasaron unos minutos interminables, un sudor frío me calaba, casi no podía respirar, ¡no! ¡no! Me avisaron desde la torre, no había señal de rádar, ni hubiera tenido combustible suficiente para tanto tiempo, no había esperanzas…
_!Dios mío! ¿Por qué? … sólo queríamos ayudar a esa pobre gente, Esteban era una persona amable y generosa, un gran compañero… ¿por qué a él?



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No te miro a ti, observo el mundo cómo envejece, todos parece que van con prisas a ninguna parte, alocadamente, sin sentido. En cambio yo, no busco nada, el tiempo ya no significa más que un estorbo, hace mucho que me curé de ese defecto inconsciente que es la juventud. No estoy en mi cuerpo, mi espíritu ha tocado a Dios y levita junto a él.



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Año 2020, la colaboración entre los humanos y los extraterrestres iba por buen camino, se había creado una comunidad de intereses sin precedentes. Ellos nos facilitaban sus avanzados medios tenológicos, mientras que nosotros les abrimos la puerta para saborear los frutos de nuestro pensamiento. Ellos nos ayudaron a limpiar la Tierra de las inmundicias que habíamos creado, nosotros les regalamos el poder de nuestra cultura nacida del libre albedrío.



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_En un lugar recóndito y en la penumbra permanente, escondido tras una puerta siempre cerrada, allí dejábamos de vez en cuando todo aquello que una vez tuvo utilidad, o que nos hizo felices, y todas aquellas cosas que nos hicieron llorar. Imágenes de personas que pasaron por nuestra vida y de las que no nos despedimos, ya que ignorábamos que era la última vez que las veíamos; también abandonábamos allí las palabras y las caricias de nuestras abuelas, la cara borrosa de nuestro amigo de cuatro años con el que jugamos a las canicas, el aroma intenso del perfume de nuestro primer amor, el crujido del lápiz cuando lo afilábamos en la escuela; ahí estaban los sonidos del aleteo de las libélulas que capturamos, incluso el sabor del poleo amargo que nos alivió una vez la digestión, hasta se podía revivir el dolor que nos produjo la rueda de molino que nos arrancó una uña, nuestro primer hurto inocente de un pastel que nos hicieron devolver…
_Pero… ¡si en tu casa no había desván!
_Claro que no, ¡hablaba de la memoria!



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Era a principios de Marzo. El invierno había sido muy crudo y aún perduraba; la chimenea había estado calentándonos casi todos los días, por lo que ya no quedaba ni un tronco para arder de la montaña de leña de encina que teníamos desde de Diciembre. No soportábamos los calentadores incandescentes ni esos que despiden aire caliente, ni siquiera a nuestro gato Canelo, que en ese caso prefería acurrucarse en su cojín en una esquina del salón.

Entonces me acordé de la Mimosa que un día una fuerte ventisca derribó. Aún recuerdo el día que la planté, una varita endeble y larguirucha que fui con mis padres a comprar al vivero. Fue el primero de los árboles que pusimos y sentía por él un cariño especial. Llegó a ser un ejemplar frondoso con buena sombra, y en Mayo se cubría de un manto de flores amarillas precioso. Así que cogí la motosierra y la troceé, el fuerte ruido de la máquina creo que ahogó sus gemidos.

Prendí el fuego y fui añadiendo sus ramas. En ese momento, se fue la luz, y nos quedamos en silencio absortos en las llamas y el repiqueteo. Entre ellas creí ver unas formas humanas y unas caras familiares, surgían y desaparecían: me pareció vernos a nosotros hace quince años, cuando hicimos un corro y bailamos contentos a su alrededor.

!Esa fue su despedida!


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¿Por qué esa sensación de soledad en una calle vacía? Cuando recorremos un camino vacío en plena naturaleza... ¿es la misma soledad? ... !vacío!!si está completamente lleno! Aquellas cosas que no vemos son más numerosas que las que podemos ver; en la calle nos escrutan desde todos sitios, las ventanas son ojos que te miran, las puertas son bocas que te tragan en silencio, todo extrae tu jugo y te seca; en la senda de la madre tierra la vida rebosa y te impregna, te abraza una multitud de cielo, de aire y luz, todo el cosmos te observa... !la soledad es una ilusión!