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miércoles, 28 de diciembre de 2016

Morimos y renacemos a cada instante; no hay reencarnación (Coomaraswamy)



El “gran dicho” de los Upanishads es “Eso eres tú”. “Eso” es aquí, por supuesto, el Atman o Espíritu, la esencia espiritual, indivisa bien sea transcendente o bien sea inmanente, el motor inmutable. Se presta a todas las modalidades del ser pero él mismo jamás deviene un alguien o un algo. “Eso”, en otras palabras, es el Brahman, o Dios en el sentido general del Logos o del Ser, considerado como la fuente universal de todo ser, fuente de todas las cosas. Todas las cuales están “en” él como lo finito en lo infinito. Aunque no como una parte de él, puesto que lo infinito no tiene partes.

Este Atman, en tanto que eso que sopla e ilumina, es primordialmente el Espíritu, a causa de que él es este Eros divino que es la esencia vivificante de todas las cosas y así su ser real. Se usa también para significar “sí mismo”, bien “uno mismo” en todos los sentidos, o bien con referencia al Sí mismo o Persona espiritual, y debe ser distinguido del “yo” afectado y contingente que es un compuesto del cuerpo y de todo lo que nosotros entendemos por “alma” cuando hablamos de una psicología.



Cada una de estas aparentes definiciones del Espíritu representa la actualidad en el tiempo de una de sus indefinidamente numerosas posibilidades de manifestación formal. La existencia comienza con el nacimiento y acaba con la muerte, jamás puede repetirse. Nada sobrevive excepto un legado; el hombre ha devenido una memoria. Todo el problema del fin último del hombre, la liberación, la beatitud o la deificación es, por consiguiente, un problema de encontrarse a “uno mismo” no ya en “este hombre” sino en el Hombre Universal, que es independiente de todos los órdenes del tiempo y que no tiene ni comienzo ni fin.

Cualquier ser nacido es por completo literalmente una criatura de las circunstancias, un autómata; no se da cuenta de que él es lo que es y hace todo lo que él hace, a causa de que otros antes que él han sido lo que fueron, y han hecho lo que hicieron, y todo esto sin ningún comienzo concebible, un eslabón en una cadena causal de la que no podemos imaginar ni un comienzo ni un fin. 
    A su muerte, el ser compuesto se deshace en el cosmos; no hay nada que pueda sobrevivir como una consciencia de ser. Los elementos de la entidad psicofísica se desintegran y pasan a otros como un legado. Es un proceso que ha estado teniendo lugar a lo largo de la vida, un proceso descrito en la tradición india como el “renacimiento del padre en y como el hijo” vive en sus descendientes directos e indirectos. Esta es la supuesta doctrina india de la “reencarnación”; es la misma que la doctrina griega de la metempsicosis; es la doctrina cristiana de nuestra preexistencia en Adán, y es la doctrina moderna de la “repetición de los caracteres ancestrales”.





¿Necesito decir que esto no es una doctrina de la reencarnación? ¿Necesito decir que ninguna doctrina de la reencarnación, acordemente a la cual el ser y la persona mismos de un hombre que ha vivido una vez sobre la tierra y que ahora está muerto renacerá de otra madre terrestre, ha sido enseñada nunca en la India, ni siquiera en el budismo ni, por supuesto, en la tradición neoplatónica ni en ninguna otra tradición ortodoxa? Tanto en los Brahmanas como en el Antiguo Testamento se afirma con igual rotundidad que aquellos que han partido una vez de este mundo han partido para siempre, y que no han de ser vistos de nuevo entre los vivos.

Desde el punto de vista indio como desde el punto de vista platónico, todo cambio es un morir. Nosotros morimos y renacemos diariamente y a cada instante, y la muerte “cuando llega la hora” es solamente un caso especial. Yo no digo que una creencia en la reencarnación no haya sido mantenida nunca en la India. Digo que una creencia tal, solo puede haber resultado de una mala interpretación popular del lenguaje simbólico de los textos; y que la creencia de los eruditos y los teosofistas es el resultado de una interpretación igualmente simplista y desinformada.

Por “reencarnación” nosotros entendemos un renacimiento aquí del ser y la persona del decedido. Nosotros afirmamos que esto es una imposibilidad, por buenas y convincentes razones metafísicas. La consideración principal es ésta: que si bien el Cosmos abarca un rango de posibilidades indefinido, todas las cuales deben realizarse en una duración igualmente indefinida, el presente universo habrá cumplido su curso cuando todas las potencialidades se hayan reducido a acto, justamente como cada vida humana ha cumplido su curso cuando todas sus posibilidades se han agotado. El fin de una “aeviternidad” habrá sido alcanzado entonces sin lugar alguno para una repetición de los acontecimientos ni para una repetición de las condiciones pasadas. La sucesión temporal implica una sucesión de cosas diferentes. Nosotros podemos hablar de una “migración” de “genes” y llamar a esto un renacimiento de tipos, pero esta reencarnación del carácter de alguien debe ser distinguida de la “transmigración” de su persona verdadera.



Tales son la vida y la muerte del animal racional y mortal. El Vedanta afirma que el único Ser verdadero del hombre es el espiritual y que este ser suyo no está “en” alguien ni en ninguna “parte” de él, sino que solamente se refleja en él. Afirma que este ser no está en el plano de él ni está en modo alguno limitado por su campo, sino que se extiende desde este campo hasta su centro, independientemente de los recintos que penetra. Lo que tiene lugar a la muerte, entonces, por encima de su desintegración, es una retirada del espíritu del vehículo fenoménico del cual él había sido la “vida”. Nos referimos a la muerte como una “entrega del espíritu”. Así pues, a la muerte, el polvo retorna al polvo y el espíritu a su fuente. Es el espíritu, como lo expresan los textos vedánticos, el que “queda” cuando el cuerpo y el alma se deshacen.

Empezamos a ver ahora lo que se entiende por el gran mandato “Conócete a ti mismo”. Suponiendo que nuestra conciencia de ser ha sido centrada en el espíritu, cuanto más completamente hemos “devenido lo que nosotros somos”, o “despertado” antes de la disolución del cuerpo, tanto más cerca del centro del campo será nuestra próxima aparición o “renacimiento”. A la muerte, nuestra consciencia no va a ninguna parte donde ella no esté ya.


Ananda Kentish Coomaraswamy – El Vedanta y la Tradición Occidental

lunes, 19 de diciembre de 2016

Todo lo que necesitas es Amar (Anthony de Mello)




¿Qué se necesita para comprender la fórmula de la felicidad? Una sola cosa: la capacidad de escuchar. Escuchar significa estar alerta. Si estás alerta, estás observando, estás escuchando, con una especie de mente virgen. No es fácil escuchar con una mente virgen, sin prejuicios, sin fórmulas establecidas.

No nos gusta lo nuevo; es demasiado molesto, demasiado liberador. Si rechazamos lo nuevo, no estamos dispuestos a escuchar. Pero si lo aceptamos sin discriminar, tampoco estamos escuchando. Tenemos a mano la solución del problema de la felicidad. ¿Por qué no la usamos? No la queremos. Imagina que te digo: voy a darte una fórmula que te va a hacer feliz por el resto de tu vida, disfrutarás de cada minuto del resto de tu vida… ¿Sabes lo que probablemente responderás?: “No me lo diga ¡Basta! No quiero oírlo”.

Ante todo, tu vida es un enredo. ¿No te gusta oírlo? Bueno, quizás eso prueba que es cierto. ¿Estás asustado? Tu vida es un enredo. Se puede perder el miedo y encontrar la felicidad. ¿Estas angustiado por el futuro? ¡Estás en un enredo! Estamos “sentados” sobre una mina de diamantes y no lo sabemos. Pero tú no quieres salir del enredo: la última cosa que quiere un paciente es la cura, no quiere curarse, busca alivio. Preferimos ser desdichados. ¿Estas preparado para cambiar éxito por felicidad? ¿Se te ha ocurrido alguna vez que aquello que llamas tu felicidad es en realidad tu condena? No saber en absoluto de ansiedades, de conflictos internos, vivir sin tensiones, sin desconcierto, sin congoja. ¿Que queda entonces? Felicidad pura, sin diluir. Eso es lo que tienes. Eso es vivir como un rey.




¿Que hago para ser feliz? No debes hacer nada para ser feliz. No puedes adquirir la felicidad, porque la tienes, ¡la tienes en este mismo momento! ¡la tienes! Pero estás todo el tiempo obstruyéndola.
     El enredo existe también porque tienes ideas equivocadas, no porque algo esté mal en ti. Tenemos instrucciones equivocadas. A tu cultura y a la mía no les importa para nada si tú y yo somos felices o no. Nacimos felices. Toda la vida ésta atravesada de felicidad. Nacimos con el sentido de la vida, pero lo perdimos. ¿Por qué lo perdimos? Porque nos enseñaron a trabajar activamente para volvernos desdichados. ¿Como lo lograron? Enseñándonos a apegarnos, a tener deseos tan intensos que rehusaríamos a ser felices a menos que fueran satisfechos. La formula es sencilla: el mundo está lleno de sufrimiento; la raíz del sufrimiento es el deseo-apego; la supresión del sufrimiento es el abandono del apego. Porque el apego produce ansiedad. De modo que la felicidad solo podría definirse como el abandono de la ilusión, el abandono del apego. Cuando se abandona la desdicha causada por el apego, se alcanza la felicidad. Si para ti la felicidad significa emociones, diversión, placer..., entonces hay contradicción. Emociones, diversión, placer, no son felicidad. La felicidad es un estado de desapego.

¿Carecer de apegos significa abandonar los esfuerzos creativos humanos, dejar de luchar e incluso de soñar? De ninguna manera. Se tiene mucha más energía cuando no se tiene apego, se tiene toda la energía disponible para uno.
   En el momento que te atrevas a exponerte –aunque sea durante dos segundos– a la verdad, estarás “perdido”. Porque si la vislumbras aunque sea una vez, algo en ti te volverá a llevar hacia ella. Si la ves, serás conducido a ella nuevamente y, cada vez en mayor medida, te volverás más libre y feliz.



Nada en la realidad, nada en la vida, nada en el mundo te perturba; nada tiene el poder de perturbarte. Toda perturbación está en ti, no en la realidad. Si no existiera la mente humana no habría problemas. Todos ellos existen solo en la mente humana. Todos son creados por la mente. Nada te perturba. Te perturbas a ti mismo cuando algo sucede. Hemos sido adiestrados para depender emocionalmente de los demás, para no ser capaces de vivir emocionalmente sin ellos. Cuando uno se perturba, tiene menos energía para hacer cosas y tiene menos capacidad de percepción. Ya no ve las cosas correctamente, reacciona con exceso.

Cuando no hay tensión ni perturbación, se desatan todas las fuerzas dentro de ti. Si lo logras, comprenderás qué es la verdadera dicha y el verdadero entusiasmo, que significa zambullirse en la vida, con alma y vida, con pasión. ¡Lánzate directamente a eso, sin dudar!, porque ya no estarás atenazado por emociones programadas.
    Nunca vivirás hasta que dejes de aferrarte a la vida. Cuando te aferras, la felicidad muere. Si tu felicidad depende de alguien o de algo, es inquietud, es tensión, es presión, es temor. Deja de lado la obstrucción, abandona las creencias falsas y el apego desaparecerá. Entonces sabrás qué es la felicidad.

Para alcanzar la iluminación, la espiritualidad, la liberación, todo lo que tienes que hacer es comprender. Hasta ahora siempre te has identificado con lo que sentías, pero ahora descubrirás que no eres tus sentimientos, no eres tu desdicha, no eres tu disgusto. La vida no es cruel contigo. ¿Cómo lo “arreglo”? No lo “arregles”. Entiéndelo, míralo; no cambias, la vida cambia, como también lo hace la naturaleza. Uno debe limitarse a hacer algo para ayudarla.




Vemos que todos estamos embarcados en el cambio. Queremos cambiarnos a nosotros mismos, queremos cambiar el mundo. Eso es lo que nuestra estúpida programación nos ha inculcado. Tenemos que cambiar todo, sin antes haber entendido nada. Lo que necesitas no es cambiar, es comprender. Compréndete a ti mismo, comprende a los demás. No estás aquí para cambiar el mundo, estás aquí para amarlo. ¿Sabes qué significa amar? “Amar” significa ¡Ver! ¡Comprender!

Una gran mentira que nos han contado cuando éramos niños es la siguiente: “Necesitas ser amado” ¡Basura! Y todos lo creen. Te diré lo que necesitas. Hay solo una necesidad, que es “amar”. No hay otra.




Anthony de Mello - Medicina del Alma




lunes, 5 de diciembre de 2016

Dios y Alma existen... virtualmente (Deepak Chopra)




A nivel cuántico nada perteneciente al mundo material queda intacto, todo el cosmos es como una luz intermitente, todo el universo es un espejismo. No hay estrellas ni galaxias, sino solamente campos de energía vibratoria que nuestros sentidos, demasiado embotados y lentos, no pueden captar, dada la increíble velocidad a la que se mueve la electricidad. Los destellos cuánticos son millones de veces más rápidos de lo que podemos registrar, por lo que nuestros cerebros nos engañan haciéndonos ver objetos sólidos que son continuos en el tiempo y el espacio, de la misma manera que las imágenes de una película parecen moverse constantemente.

Existimos en tanto que protones destellantes en un vacío negro entre dos destellos, y este espectáculo de luz incluye todo nuestro cuerpo, cada uno de nuestros pensamientos y deseos, y cada uno de los acontecimientos en los que tomamos parte. En otras palabras, estamos siendo creados una y otra vez, constantemente. El génesis ocurre ahora y siempre ha ocurrido, pero ¿quién está detrás de esta creación sin fin? ¿De quién es el poder mental o la visión capaz de desintegrar el universo  y volver a integrarlo en una fracción de segundo?

El poder de la creación está más allá de la energía, una fuerza con la capacidad de convertir nubes gaseosas de polvo en estrellas e incluso en ADN. En la terminología de la física, nos referimos a este nivel precuántico como virtual. Cuando vamos más allá de toda la energía no hay nada más que un vacío. La luz visible se convierte en luz virtual, el espacio y tiempo reales se convierten en espacio y tiempo virtuales. En el proceso se desvanecen todas las propiedades. La luz ya no brilla, el espacio no cubre una distancia, el tiempo es eterno. Éste es el útero de la creación, infinitamente dinámico y vivo, al que no pueden aplicarse palabras como vacío, oscuro y frío. El campo virtual es tan inconcebible que sólo el lenguaje religioso parece tocarlo todo.



A cada persona se le permite tener alguna versión de Dios que parezca real. ¿Quien es Dios? ¿No puede que sea sólo impersonal, un principio o un nivel de realidad, o un campo? En nuestra búsqueda del único Dios perseguimos lo imposible. Seleccionamos una deidad basada en nuestra interpretación de la realidad, y esta interpretación esta arraigada en la biología. Si aceptamos que el mundo es como somos nosotros, es lógico aceptar que Dios es como somos nosotros. Si no aceptamos que somos multidimensionales no podemos comprender la noción de Dios. Dios no puede ser solo lo que queremos, sino solamente la porción de él que percibimos debe ser como deseamos, porque utilizamos nuestro propio cerebro, sentidos y memoria.
     Como somos el observador, es correcto verlo a través de una imagen que para nosotros tenga sentido. La misma realidad puede ser solo un símbolo para las obras de la mente de Dios y, en este caso, la creencia primitiva que habla por todo el mundo antiguo pagano de que Dios existe en cada brizna de hierba, en cada criatura e incluso en la tierra y en el cielo, puede contener la mayor de las verdades. Llegar a esta verdad es el fin de la vida espiritual, y cada fase de Dios nos lleva a un viaje cuyo punto final es la total claridad, una sensación de paz que nada puede perturbar.

El hecho de que no estamos confinados a nuestro cuerpo físico y a nuestra mente nos da razones para creer en la existencia de una inteligencia cósmica que deja pasar la vida y nos acerca a la mente de Dios. Pero como estamos hablando de fenómenos cuánticos, no es correcto decir que hemos encontrado a Dios de la forma que encontraríamos un libro perdido en el lugar donde olvidamos buscarlo. En el modelo cuántico no hay interior ni exterior, y Dios no está más en nosotros que en cualquier otra parte, ya que es sencillamente ilocalizable. Decir que vamos dentro a meditar, a rezar o a encontrar a Dios es solo un convencionalismo. El lugar intemporal en el que Dios existe no puede ser reducido a una dirección.




Sería imposible conocer a Dios si él no quisiera que se le reconociese. Nada puede evitar que cada fase de la espiritualidad sea un engaño. Según Aurobindo, Dios puede enviar flechas de luz a nuestro mundo, pero van solamente en una dirección y podemos recibirlas como impulsos de inspiración, aunque nuestros pensamientos no puedan remontar su camino. Para volver al origen de los mensajes de Dios tendríamos que utilizar la segunda atención, que es nuestra capacidad de saber una cosa sin ningún tipo de información física, como la intuición, pero antes tenemos que desprendernos del autoengaño. Para conocer a Dios personalmente tenemos que penetrar en un límite que los físicos llaman "el horizonte de los acontecimientos", que es la línea que divide la realidad netamente en dos. Si el cerebro humano contiene su propio "horizonte de los acontecimientos", también lo tiene el cosmos, debemos traspasarlo para encontrar la casa del espíritu.



A nivel cuántico la objetividad y la subjetividad se funden. El punto de fusión es el alma; por lo tanto conocer a Dios se reduce a esto: nuestra mente choca contra una pared cuando intenta pensar sobre el alma, del mismo modo que un fotón cuando se acerca a un agujero negro; el alma se siente cómoda con la incertidumbre y acepta que podamos estar en dos sitios, tiempo y eternidad. Simultáneamente, observa cómo trabaja la inteligencia cósmica y no se preocupa por el hecho de que la fuerza creativa esté fuera del universo.

     La mente se va acercando lentamente al alma, que reside en el límite del mundo de Dios, en el horizonte de los acontecimientos. Puede llegar a darse el caso de que lleguen a acercarse tanto que la mente y el alma no tengan otra opción que fundirse, y, cuando esto sucede, para la mente será como si el caer en el mundo de Dios fuera para siempre, una eternidad en consciencia de éxtasis. Desde el punto de vista de Dios, esta fusión tiene lugar en una fracción de segundo y, desde luego, si estamos por completo dentro del mundo de Dios, donde el tiempo no tiene significado alguno, entonces resulta que este proceso nunca ha tenido lugar, sino que la mente ha formado parte del alma desde el principio, aunque sin saberlo.


Deepak Chopra - Conocer a Dios