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jueves, 31 de mayo de 2012

Déjame que te cuente... (Ramiro Calle)




La enseñanza de lo cotidiano

Cuentan que, en cierta ocasión, un joven simple pidió entrar como novicio en un templo zen. El  abad  accedió, pero viendo  su  escasa  capacidad para  realizar  incluso  las  tareas menos  complejas,  decidió  encargarle  que  barriera  bien  el  patio  todos  los  días.  Así pasaron  las  semanas,  los  meses  y  los  años,  y  el  joven  simple  se  afanó  en  barrer minuciosamente el patio durante todos los días de su vida. Lloviera, nevara, hiciera calor o viento, estuviera enfermo o cansado, el joven simple no dejó jamás de barrer cuidadosamente el patio con su vieja escoba. Nunca  antes  se había visto  el patio más  limpio. Una mañana,  el  abad percibió  en «el monje de la escoba» como si algo apenas perceptible emanara de él, algo que provocaba respeto y reconocimiento, algo en  lo que antes no había reparado, acostumbrado como estaba a verlo un día tras otro casi formando ya parte del paisaje del patio. Llegó ante él, lo  invitó  a  dejar  la  escoba  un  momento,  y  le  propuso  algunas  preguntas  de  hondo contenido  espiritual. Minutos  después,  el  abad  unió  las  manos  sobre  su  pecho  y  se inclinó  ante  el  monje  simple  con  una  profunda  reverencia:  había  descubierto  a  un iluminado.
-¿Cómo has alcanzado este estado? -le preguntó el abad-. Tú no has recibido enseñanza de los maestros del templo y ni siquiera has leído las escrituras, tampoco has meditado durante horas  junto  a  los demás monjes, únicamente  te has dedicado a barrer  el patio todos los días, mañana y tarde.
-Dices bien querido abad -contestó el monje-, pero mi mejor maestro ha sido la escoba, que me mostró el valor del  silencio, de  la humildad y del  servicio; mis escrituras han sido el polvo seco del verano, las hojas del otoño, las lluvias de primavera y la nieve del invierno; y mi meditación ha estado siempre presente en la intención de barrer lo mejor que he sabido y he podido.
Oídas aquellas palabras, el abad se retiró en silencio y el monje continuó barriendo con su escoba.


Todo es muy sencillo

Un rey poderoso y con afán de conocimiento pidió a un grupo de sabios que realizaran una  obra  colosal  y  sin  precedentes:  que  escribieran  la  historia  del  hombre conocida hasta entonces. Pasaron muchos  años,  y  aquellos  sabios  por  fin  se  presentaron  ante  el  rey  con  cien libros  escritos  que  contenían  la  historia  de  la  humanidad. Pero  el  rey,  viendo  aquella ingente tarea, dijo:
-Señores, no creo que tenga vida para leer todos esos libros, os pido que os esforcéis en hacer un resumen.
Los sabios se pusieron manos a la obra y años después fueron a ver al rey con solamente diez libros. Pero el rey, al igual que los sabios, ya empezaba a hacerse viejo, por lo que les pidió:
-Estos diez libros son muchos para mí, os ruego un nuevo esfuerzo para que hagáis un resumen.
Volvieron a pasar los años, y los sabios que aún continuaban vivos fueron de nuevo ante el rey con un solo  libro. Pero el rey era ya anciano y estaba en cama muy enfermo, al ver a los sabios se lamentó:
-Me parece que voy a morir sin saber nada de la historia del hombre.
El más viejo de los sabios contestó al rey:
-Majestad,  en  realidad  yo  os  puedo  hacer  un  resumen:  el  hombre  nace,  sufre  y  finalmente muere.
En ese momento el rey falleció.


Siempre querer más

Había una vez un pobre mendigo que se había acostumbrado a mal vivir con lo poco que  le  daban. Aunque  no  era  viejo  y  estaba  sano,  no  aceptaba  ningún  trabajo  que  le ofrecían y así  iba de un  lado para otro sobreviviendo como podía. Un día se encontró con un amigo de la infancia y ambos se pusieron a recordar viejos tiempos.
-¿A ti qué tal te ha ido? -le preguntó el amigo al mendigo.
-Muy mal -respondió-, ya ves, he tenido muy mala suerte y mi situación es lastimosa.
-Pues, mira  -repuso  el  amigo-,  yo  he  descubierto  que  tengo  poderes  sobrenaturales  y creo que puedo ayudarte.
Dicho esto, tocó con su dedo índice un ladrillo y lo convirtió en oro.
-Para ti -dijo generosamente-, esto, sin duda, aliviará muchas de tus necesidades.
-Sí -contestó el mendigo-, pero la vida es tan larga y pueden ocurrir tantas cosas. . .
El hombre volvió a tocar con su dedo una gran piedra y la convirtió en oro.
-También  es  para  ti,  ahora  ya  jamás  tendrás  problemas  de  dinero,  ¡eres  rico!  -dijo  el amigo.
-Bueno, está bien, pero  la vida es muy  larga. Suceden  tantas cosas,  tantos  imprevistos, según tienes más cosas aparecen más necesidades. . . en fin, hay vicisitudes...
-¡Pero bueno! ¿Qué más quieres? -exclamó el amigo.
El mendigo respondió:
-Quiero tu dedo.


Estar despierto

Un grupo de personas fueron a preguntar a un maestro:
-La  gente  sufre  calamidades,  muere  a  veces  miserablemente,  muchos  sufren,  tienen problemas, se odian, se  traicionan... ¿cómo puedes permanecer  indiferente a  todo eso? ¿Cómo si eres un iluminado, no ofreces tu ayuda a los demás?
El maestro contestó:
-Imaginad que estáis  soñando. En vuestro  sueño vais en un barco y éste  se hunde. En ese momento  os  despertáis. Yo  os  pregunto  a  vosotros:  ¿Os  volveríais  a  dormir  para prestar ayuda a los pasajeros de vuestro sueño?


 
La teoría es insuficiente

Un erudito alquiló una barca para cruzar un  río caudaloso. Al  recibirlo, el barquero se expresó  con  frases  gramaticalmente  incorrectas.  Después  de  corregirlo,  el  erudito preguntó:
-¿Tú no has estudiado gramática?
-No señor -contestó el barquero-, soy un iletrado.
-¿Tampoco sabes geografía ni aritmética?  - volvió a preguntar el erudito.
-No, señor, nada de eso sé -respondió avergonzado el aludido.
-Supongo que tampoco sabrás nada de historia, literatura o filosofía -interrogó de nuevo el hombre culto.
-No  tengo ni  idea de nada de eso, soy sólo un barquero  ignorante  -habló humillado el pobre hombre.
-¡Pues, amigo -sentenció el erudito-, un hombre sin cultura es como si hubiera perdido la mitad de su vida!
Instantes  después,  la  barca,  arrastrada  por  la  corriente,  fue  a  dar  con  unas  rocas  que provocaron una gran vía de agua. El barquero preguntó a su pasajero:
-Señor, ¿sabe usted nadar?
-No -respondió.
-Entonces me temo que va a perder toda su vida.


Dejando al ego de lado

Cuentan que un hombre llegó a la conclusión de que vivía muy condicionado tanto por los  halagos  y  aceptación  de  los  demás,  como  por  sus  críticas  o  rechazo. Dispuesto  a afrontar la situación, visitó a un sabio. Éste, oída la situación, le dijo:
-Vas a hacer, sin formular preguntas, exactamente lo que te ordene. Ahora mismo irás al cementerio y pasarás varias horas vertiendo halagos a los muertos; después vuelve.
El hombre obedeció y marchó al cementerio, donde  llevó a cabo  lo ordenado. Cuando regresó, el sabio le preguntó:
-¿Qué  te  han  contestado  los  muertos?-Nada,  señor;  ¿cómo  van  a  responder  si  están muertos?
-Pues  ahora  regresarás  al  cementerio  de  nuevo  e  insultarás  gravemente  a  los muertos durante horas.
Cumplida la orden, volvió ante el sabio, que lo interrogó:
-¿Qué  te han contestado  los muertos ahora?-Tampoco han contestado en esta ocasión; ¿cómo podrían hacerlo?, ¡están muertos!
-Como esos muertos has de ser tú. Si no hay nadie que reciba los halagos o los insultos, ¿cómo podrían éstos afectarte?


Detalles con significado

Un joven rey gobernaba a su pueblo con justicia y sobriedad. Se ocupaba del bienestar de  sus  súbditos,  los  impuestos  que  cobraba  eran  los  imprescindibles  para  cubrir eficazmente las necesidades generales y dedicaba su jornada a atender puntualmente los asuntos de estado. En el reino había paz y prosperidad. A su lado siempre estaba su fiel y sabio consejero, que ya había servido como tal a su padre. Un día, el joven rey dijo en una comida a su mayordomo:
-Estoy cansado de comer con estos palillos de madera, soy el  rey, así que da orden al orfebre de palacio de que me fabrique unos palillos de marfil y jade.
Oída esta orden, el consejero se dirigió inmediatamente al soberano:
-Majestad, os pido que me relevéis lo antes posible de mi cargo. No puedo serviros por más tiempo.
El monarca, extrañado, preguntó cuál era el motivo de aquella repentina decisión.
-Es por los palillos, señor -respondió el consejero-. Ahora habéis solicitado unos palillos de  jade y marfil, y mañana querréis sustituir  los platos de barro por una vajilla de oro. Más  adelante,  vuestros vestidos  de  tela  desearéis  que  sean  reemplazados  por  otros de seda. Otro día, en vez de conformaros con comer verduras y puerco, solicitaréis lenguas de alondra y huevos de tortuga. De este modo, llegará el momento en que los caprichos, la autocomplacencia y el mal uso del poder os harán ser injusto con vuestro pueblo. Entonces, yo me rebelaré contra su majestad, y por nada del mundo deseo ver amanecer ese día.
Dicen que el  rey  revocó  la orden dada al orfebre y que desde ese día  fue  llamado «el Prudente». Y conservó al viejo consejero a su lado hasta su muerte.


A cada uno su respuesta

Un  joven discípulo solicitó al Maestro Iluminado el asistir en silencio a  las entrevistas que éste concedía a aquellas personas que iban en busca de su consejo y sabiduría.
La primera visita fue la de un hombre que preguntó:
-Maestro, ¿Dios existe?
-Sí -fue la lacónica respuesta.
En la segunda visita una mujer también preguntó:
-Señor, ¿Dios existe?
-No -fue en esta oportunidad la contestación.
En una tercera visita un joven interrogó:
-Iluminado, ¿Dios existe?
En esta ocasión, el Maestro guardó silencio, y el joven se marchó sin una respuesta a la pregunta formulada.
El  discípulo,  desconcertado  por  la  extraña  conducta  del Maestro,  no  pudo  por menos que preguntarle:
-Señor,  ¿cómo  puede  ser  que  a  tres  preguntas  iguales  hayas  respondido  de  modo diferente cada vez?
-Lo primero que has de saber -contestó el Maestro- es que cada contestación va dirigida a  la  persona  que  pregunta  y  por  tanto  no  es  para  ti  ni  tampoco  para  nadie más.  y  lo segundo es que he respondido de acuerdo con la realidad y no con las apariencias. En el primer caso se trataba de un hombre en el que mora la divinidad pero que ahora vive un momento de oscuridad y duda, por eso he querido apoyarlo. El segundo caso se trataba de una mujer beata apegada a las formas externas de la religión que ha descuidado a su familia por atender el templo, y por ese motivo es bueno que aprenda a encontrar a Dios entre  los  suyos. El  tercer  caso  se  trataba  sólo  de  alguien  que  ha  venido  a  verme  por curiosidad  y  sencillamente  ha  improvisado  esa  pregunta  como  podía  haber  hecho cualquier otra.


No se puede comprar todo

Un noble  inmensamente rico decidió un buen día que debía contar entre su séquito con un rapsoda que compusiera y cantara himnos y alabanzas a su persona. Para ello, mandó contratar al mejor juglar que hubiera en todo el mundo. De  regreso,  los enviados contaron que, en efecto, habían hallado al mejor  rapsoda del mundo, pero que éste era un hombre muy  independiente que se negaba a  trabajar para nadie. Pero el noble no se dio por satisfecho y decidió ir él mismo en su búsqueda. Cuando  llegó a su presencia, observó que el  juglar, además de ser muy  independiente, se encontraba en una situación de franca necesidad.
-Te ofrezco una bolsa llena de oro si consientes en servirme -le tentó el rico.
-Eso para ti es una limosna y yo no trabajo por limosnas -contestó el rapsoda.
-¿Y si te ofreciera el diez por ciento de mi fortuna?
-Eso  sería  un  despropósito  muy  injusto,  y  yo  no  podría  servir  a  nadie  en  esas condiciones de desigualdad.
El noble rico insistió:
-¿Y si te diera la mitad de mi fortuna accederías a servirme?
-Estando en igualdad de condiciones no tendría motivo para servirte.
-¿Y si te diera toda mi fortuna?
-Si yo tuviera todo ese dinero, no tendría ninguna necesidad de servir a nadie.


Verdadero maestro, verdadero discípulo

Dos  viajeros,  uno  que  venía  del  norte  y  otro  que  venía  del  sur,  se  encontraron casualmente  en  un  punto  del  sendero  y  decidieron  continuar  juntos  para  hacer  más llevadero el camino. Uno de ellos preguntó al otro:
-¿Hacia dónde te diriges?
-Voy a donde pueda encontrar un maestro, un auténtico maestro, llevo años de búsqueda incansable  viajando  por  el  mundo  -contestó  el  hombre  que  venía  del  sur  -pero  no desespero,  sé  que  encontrar  un  auténtico  maestro  es  muy  difícil,  su  aparición  en  el mundo es muy rara y por tanto la posibilidad de encontrarlo es también muy escasa.
-¿Y qué harás cuando lo encuentres? -volvió a preguntar cl compañero.
-¡Oh, qué gran momento será ese! Me postraré a sus pies, mi corazón se estremecerá y mis ojos  seguramente derramarán  lágrimas. Dios quiera que algún día pueda vivir ese momento -contestó.
Pasaron  las  jornadas y ambos compartieron diversas vivencias cotidianas además de  la comida de cada día y el fuego por las noches.
Una mañana, el hombre que venía del norte, dijo:
-Ha llegado el momento de separarnos, tú sigue tu camino, que yo seguiré el mío.
-¿Adónde irás? -preguntó su compañero.
-Continuaré mi búsqueda.
-¿Qué búsqueda?
-La  de  un  auténtico  discípulo.  Encontrar  una  persona  así  en  el  mundo  es  algo extraordinariamente  raro. Es verdaderamente  raro que alguien  sea capaz por  sí mismo primero de reconocer a un auténtico maestro, y después de mostrar el comportamiento y la actitud correctas que le permitan aprender. Instantes después, el hombre que venía del sur, pudo ver como el Maestro de su época se alejaba por el camino. 


Ramiro Calle - Los 120 mejores cuentos de las tradiciones orientales

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