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lunes, 24 de septiembre de 2012

El Epicureísmo según Emilio Lledó

Cuando en nuestra juventud estudiamos el epicureísmo se nos presentaba más o menos como una manera práctica de la consecución de los placeres en general, y enfrentada al estoicismo, que suponía la mortificación de la existencia mediante un ascetismo inviolable donde solo tenía cabida el alejamiento completo de los deseos y de las necesidades del cuerpo; nos quedaba la impresión de que ambas eran contradictorias y radicales y no sabríamos decir en qué punto idóneo radicaba el término medio. Durante siglos el epicureísmo fue denostado y arrinconado, ya que, principalmente, nos enseñaba el necesario disfrute de esta vida como camino de plenitud y sin la vana esperanza de un paraíso de felicidad tras la muerte. En un contexto cultural y social dominado por el castigo o premio en el “más allá”, ejecutado por un dios omnipotente, tal supuesto chocaba frontalmente con esa idea de “vida eterna” e inmortalidad del espíritu que aparecían como único fin, donde la existencia corporal era más un defecto que una virtud por sí misma.

A partir de los escasos textos que nos han llegado de la filosofía de Epicuro, muchos autores y, especialmente Emilio Lledó, intentan reconstruir su maravilloso mensaje y poner acento en la revolucionaria idea que se desprende de ellos, en lo concerniente a la felicidad terrena, el amor y la fraternidad.




Es posible frente a las demás cosas procurarse una seguridad, pero frente a la muerte todos habitamos una ciudad sin murallas.
Acostúmbrate a pensar que la muerte nada es para nosotros. Porque todo bien y mal reside en la sensación, y la muerte es privación del sentir. Por lo tanto, el recto conocimiento de que nada es para nosotros la muerte hace dichosa la condición mortal de nuestra vida; no porque le añada una duración ilimitada, sino porque elimina el ansia de la inmortalidad. Nada hay, pues, en el vivir para quien ha comprendido rectamente que nada temible hay en el no vivir. De modo que es necio quien dice que teme a la muerte, no porque le angustiara el presentarse, sino porque le angustia esperarla. Pues lo que al presentarse no causa turbación vanamente afligirá, mientras se aguarda. Así que el más espantoso de los males nada es para nosotros, puesto que, mientras nosotros somos, la muerte no está presente, y cuando la muerte se presenta, entonces no existimos. En nada afecta, pues, ni a los vivos ni a los muertos, porque para aquéllos no está y éstos ya no son… el sabio, en cambio, ni rehusa la vida ni teme el no vivir. Porque no le abruma el vivir, ni considera que sea algún mal el no vivir.

Comentario de Emilio Lledó: “Pero si efectivamente la muerte es lo más terrible, ello quiere decir que lo es frente a la vida. Si la muerte nos horroriza, es porque aquello en lo que estamos, la vida, es un bien o por lo menos puede serlo. Si vivir se ha convertido a veces en un duro trance, ello no impide descubrir las hermosas posibilidades de la vida. Toda teoría de la inmortalidad nos arrastra al olvido del mundo, al olvido del cuerpo, incluso al desprecio de la vida, porque en algunos momentos esa vida, que es limitación, esté amenazada por la miseria y el dolor. La vuelta a la vida, contemplando la muerte con naturalidad epicúrea, supone una revalorización del tiempo humano”.

La carne pone los límites del placer ilimitado y un tiempo ilimitado sería necesario para alcanzarlos. Pero el pensamiento, que se ha dado cuenta del fin y límite de la carne, y que ha diluido los temores de la eternidad, nos prepara una vida perfecta, y para nada precisamos ya de un tiempo infinito. Porque ya no rehuye el placer. Y cuando las circunstancias nos llevan al momento de dejar la vida, no nos vamos de ella con el sentimiento de que algo nos faltó para haberla llevado mejor.



“Por ello, toda sociedad en crisis con su propia continuidad ha sido enemiga del placer. Toda negación de la vida, de la limitada pero viva y creadora aventura del cuerpo y de su mente ha producido una cultura quebrada en su origen, y necesitada siempre del engaño, la justificación y, por supuesto, de la violencia. La negación del placer provoca, sobre todo, la alternativa ideológica de los “no gozadores”, de aquellos que entierran la posibilidad del cuerpo para, de paso, aniquilar también la posibilidad de la inteligencia, de la creación, de la libertad”.

La amistad hace su ronda alrededor del mundo y, como un heraldo, nos convoca a todos para que nos despertemos para colaborar en la mutua felicidad.


“El Epicureísmo es, sobre todo, una teoría de la sabiduría que nos enseña a entender el gozo y el placer como simples normas de nuestro bienestar que implican, al mismo tiempo, un bienser. Y este bienser es un elemento de equilibrio y libertad ante uno mismo. La sociedad de consumo que, en nuestros tiempos, ha creado el vacío disfrute de lo que no es ni natural ni necesario, y que ha establecido como una melancólica meta de la insatisfacción, la ideología del tener, está completamente alejada del epicureísmo entendido como una teoría del ser. Precisamente la inundación de informaciones que transmiten los medios, las inagotables posibilidades de adquirir y poseer, ofrecida por la sociedad de nuestros días, acaba produciendo una atrofia de la sensibilidad y un progresivo agotamiento del cuerpo y de la inteligencia. La filosofía epicúrea fue revolucionaria porque intuyó el exceso y la enorme miseria que a tal exceso conducía: una atrofia creciente para los ideales de una democracia verdadera y un amenazante emprobrecimiento de la capacidad de reflexionar, de entender, de idear”.







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