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jueves, 20 de septiembre de 2012

La Ilusión freudiana de un porvenir

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Tras leer el tratado de Freud “El Porvenir de una Ilusión”, y tras 85 años de su publicación, se muestran muy acertadas sus dudas sobre la efectiva realización futura de su Ilusión que, en pocas palabras, consistía en transformar de raíz el modelo paternalista que llevaban a cabo tanto la Religión como el Estado, asentado sobre presupuestos ilusorios e impuestos a la fuerza, asfixiando casi por completo las posibilidades de evolución de la Humanidad. Dicha ilusión pasaba por la premisa inexcusable de que el ejercicio del Logos y las enormes posibilidades del avance científico se erigieran en motores del cambio, sin cuyo predominio le era imposible atisbar un porvenir. Vemos como a cámara lenta, sobre todo en las culturas de tradición cristiana, los hombres se van desatando de las imposiciones de la religión pero, al mismo tiempo, el desarrollo meteórico de Ciencia y Tecnología están consiguiendo impregnar al ser humano de un nuevo culto, no menos peligroso.

He descartado las citas que hacían referencia a las bondades del Psicoanálisis y a la preponderancia de la libido, pero hubiera incluido, de haber sido contemplada por él, cualquier alusión al ejercicio del Amor como ingrediente necesario para propiciar dicho cambio. Y es que sin la fuerza del amor y la fraternidad como puntos de partida, el porvenir de una ilusión se convierte en la ilusión de un porvenir, pues me parece ilusorio fundamentar el cambio en el pensamiento y en la ciencia sin dar cabida como motor al mejor atributo de que la Humanidad dispone: la Fuerza del Amor.




Veamos brevemente cómo fundamenta su teoría:


Como para la Humanidad en conjunto, también para el individuo la vida es difícil de soportar. La civilización de la que participa le impone determinadas privaciones, y los demás le infligen cierta medida de sufrimiento, bien a pesar de los preceptos de la civilización, bien a consecuencia de la imperfección de la misma, agregándose a todo esto los daños que recibe de la Naturaleza indominada. Esta situación ha de provocar en el hombre un continuo temor angustiado y una grave lesión de su narcisimo natural.

Cada individuo es virtualmente un enemigo de la civilización, a pesar de tener que reconocer su general interés humano. Se da, en efecto, el hecho singular de que los hombres, no obstante serles imposible existir en el aislamiento, sientan como un peso intolerable los sacrificios que la civilización les impone para hacer posible la vida en común. Así pues, la cultura ha de ser defendida contra el individuo, y a esta defensa responden todos sus mandamientos, organizaciones e instituciones, las cuales no tienen tan solo por objeto efectuar una determinada distribución de los bienes naturales, sino también mantenerla incluso contra los impulsos hostiles de los hombres los medios existentes para el dominio de la naturaleza y la producción de bienes. Las creaciones de los hombres son fáciles de destruir, y la ciencia y la técnica por ellos edificada pueden ser también utilizadas para su destrucción.

Todos los hombres integran tendencias destructoras –antisociales y antinaturales- y en gran número de personas tales tendencias son bastante poderosas para determinar su conducta en la sociedad humana.
Experimentamos así la impresión de que la civilización es algo que fue impuesto a una mayoría contraria a ella por una minoría que supo apoderarse de los medios de poder y de coerción.

Mientras que en el dominio de la Naturaleza ha realizado la Humanidad continuos progresos y puede esperarlos aún mayores, no puede hablarse de un progreso análogo en la regulación de las relaciones humanas, y probablemente en todas las épocas se han preguntado muchos hombres si esta parte de las conquistas culturales merece, en general, ser defendida… (así) toda la civilización ha de basarse sobre la coerción y la renuncia a los instintos…

Lo decisivo está en si es posible aminorar los sacrificios impuestos a los hombres en cuanto a la renuncia y a la satisfacción de sus instintos, conciliarlos con aquellos que continúen siendo necesarios y compensarlos de ellos. El dominio de una masa por una minoría seguirá demostrándose siempre tan imprescindible como la imposición coercitiva de la labor cultural, pues las masas son perezosas e ignorantes, no admiten gustosas la renuncia al instinto, siendo útiles cuantos argumentos se aduzcan para convencerlas de lo inevitable de tal renuncia, y sus individuos se apoyan unos a otros en la tolerancia de su desenfreno. Únicamente la influencia de individuos ejemplares a los que reconocen como conductores puede moverlas a aceptar aquellos esfuerzos y privaciones imprescindibles para la preservación de la cultura.

La necesidad de una coerción que imponga la labor cultural, no es por sí misma sino una consecuencia de la existencia de instituciones culturales defectuosas que han exasperado a los hombres haciéndoles vengativos e inasequibles. La falta de amor al trabajo y la ineficacia de los argumentos contra las pasiones son los dos caracteres de las colectividades humanas que tanto dificultan su conducción. Podemos preguntarnos si un distinto ambiente cultural puede llegar a extinguirlas, y en qué medida.

Pero cuando una civilización no ha logrado evitar que la satisfacción de un cierto número de sus partícipes tenga como premisa la opresión de otros, de la mayoría quizá –y así sucede en todas las civilizaciones actuales-, es comprensible que los oprimidos desarrollen una intensa hostilidad contra la civilización que ellos mismos sostienen con su trabajo, pero de cuyos bienes no participan sino muy poco. En este caso no puede esperarse por parte de los oprimidos una asimilación de las prohibiciones culturales, pues, por el contrario, se negarán a reconocerlas, tenderán a destruir las civilizaciones mismas y eventualmente a suprimir sus premisas. No hace falta decir que una cultura que deja insatisfechos a un núcleo tan considerable de sus partícipes y los incita a la rebelión no puede durar mucho tiempo, ni tampoco lo merece.


2 comentarios:


  1. Mientras que en el dominio de la Naturaleza ha realizado la Humanidad continuos progresos y puede esperarlos aún mayores, no puede hablarse de un progreso análogo en la regulación de las relaciones humanas, y probablemente en todas las épocas se han preguntado muchos hombres si esta parte de las conquistas culturales merece, en general, ser defendida… (así) toda la civilización ha de basarse sobre la coerción y la renuncia a los instintos…


    Copio este párrafo para así poder explicar mejor mi sencilla opinión. Pienso que en cualquier desacuerdo lo mejor es aclarar las diferencias cuanto antes. Más vale ponerse una vez colorado que muchas color de rosa y así nada llega tan lejos como llenar de insatisfacción y llevar a rebeliones. No siempre somos tan efectivos, y todos sabemos que, cuando hemos cortado un problema al comienzo, los resultados han sido mejores que en las ocasiones en que hemos esperado mucho tiempo para "rebelarnos".

    Saludos!

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  2. Desde luego comparto tu opinión completamente, un pequeño desacuerdo que no solucionamos rápidamente va engendrando un gran malestar y le vamos añadiendo aspectos negativos hasta convertirlo en un problema grave, que no existía en un principio. Si trasladamos esto a una colectividad vemos multiplicado el problema hasta el infinito, y el resultado suele ser la rebelión o la revolución. Como dice Freud: "No hace falta decir que una cultura que deja insatisfechos a un núcleo tan considerable de sus partícipes y los incita a la rebelión no puede durar mucho tiempo, ni tampoco lo merece".

    Saludos!

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