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martes, 30 de octubre de 2012

Si amas, te das (Michel Quoist)

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El hombre, orgulloso de sus conquistas y de su poder sobre la materia y sobre la vida, parece dominar el Mundo cada día más. Pero a medida que con la ciencia y la técnica domina el universo, pierde el hombre el dominio de su universo íntimo. Quiere regir el universo y no sabe regir su propia persona. Domeña la materia, pero cuando debería – libre de su tiranía – vivir más del espíritu, la materia perfeccionada se vuelve contra él, le esclaviza y el espíritu muere. Si el hombre pierde el espíritu lo pierde todo. Desaparece el hombre. Hay que comenzar de nuevo.

Realmente nuestra civilización está en peligro, pero no tanto en las fronteras geográficas como en las del mismo corazón humano. El gusano roedor está dentro, progresa inexorablemente, cebado por las facilidades del mundo moderno, que ofrecen al cuerpo la fruición de la carne y al espíritu el orgullo del poder.



Hay que devolver al hombre la conciencia de su alma. Hay que rehacer al hombre para que el universo –por medio de él- sea rehecho en el orden y en el amor. Si el espíritu del hombre zozobra frente a la materia triunfante es porque olvida, ignora o niega a Dios.

El hombre en pie es aquel cuyo espíritu enteramente libre domina la sensibilidad y el cuerpo. No desprecia ni a uno ni a otra, puesto que ambos son bellos y útiles como creados por Dios, pero los domina y los dirige: Él es el amo; ellos los servidores.

La mujer debe, en el mundo actual, reino de la materia todopoderosa, llevar y engendrar lo humano. Su misión está en hacerse consciente de su responsabilidad en la construcción del mundo. En aceptar estar presente en él y desempeñar en él su papel, acomodado a todos los planes económicos, políticos, sociales, desde la célula más insignificante a las más extensas agrupaciones… De esta manera se perfecciona el mundo.

La alegría florece en la cúspide de la entrega, pero la entrega exige el olvido de sí, la muerte a sí mismo. De esta manera, la alegría es la vida, reencontrada en el momento en que se había aceptado perderla. La alegría comienza en el instante mismo en que tú cesas en la búsqueda de tu propia felicidad para procurar la de los otros.

Humanamente no eres libre en tanto no hayas construido en ti al hombre de pie, sometiendo a tu espíritu, tu cuerpo, tu sensibilidad, tu imaginación. Tú, solo tú, con la complicidad de los otros y de las cosas, limitas tu libertad. Si quieres ser libre has de luchar contra ti, has de conquistar tu libertad. No son las cosas las que te atan a ti, sino tú quien te atas a las cosas. Te entregas a ellas como esclavo. Si la vida te domina sin que logres tú dominarla, no eres un hombre acabado.

Con demasiada frecuencia el hombre moderno se atormenta porque no tiene el placer de detenerse, o no sabe ya darse, contemplarse, para adquirir consciencia de sí mismo. A fuerza de correr, no se atreve ya a recogerse, porque se vería brutalmente colocado frente a responsabilidades que le dan miedo. Correr le da la impresión de vivir. De hecho, se aturde, se evade de sí mismo y se condena a la vida instintiva. Ya no es hombre sino bestia.




El valor profundo de un hombre se mide, entre otras cosas, por su poder de relación, pero el poder de relación no es esencialmente un conjunto de cualidades externas: amabilidad, jovialidad, facilidad de palabra y de ademanes…, no es solo el fruto de cualidades interiores: fina sensibilidad, compostura y atención. La facilidad en las relaciones se beneficia de estas cualidades, que son solo primicias del auténtico encuentro. Esencialmente, el poder de relación se mide por el desprendimiento interior, por el vacío de uno mismo. Si quieres relacionarte con tus semejantes extiende en ti el desierto, pero aceptando que vengan los demás a poblarlo. Haz el silencio en ti, pero aceptando que vengan los demás a meter ruido en él.

Si sabes escuchar, muchos irán a ti para explicarse. Muéstrate atento, silencioso, recogido y acaso antes de que hayas pronunciado una palabra constructiva, se habrá ido ya el otro, feliz, libre, ya que, inconscientemente, lo que él esperaba no era un consejo, una receta de vida, sino alguien en quien descansar.

Si amas, te das. Si te das a los demás te vuelves rico de los demás. De este modo, el amor engrandece infinitamente a quien ama, puesto que quien acepta desprenderse de sí mismo descubre a los demás, y se une a la humanidad entera.


Michel Quoist - Triunfo

2 comentarios:

  1. Pues sí. El hombre es cada vez menos hombre para convertirse en bestia. El hombre ha perdido ya lo poco que tenía como persona, ha perdido humanidad, ha perdido dignidad, ha perdido toda la consonancia que le hacía ser lo que debía. A eso estamos yendo y de cabeza. Y no hay quien lo pare.
    Un abrazo

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  2. Es muy difícil desatarse de las garras que la tecnología y el sistema capitalista han creado y nos están llevando a esa deshumanización de que hablas, Marisa. Yo al menos no podía imaginar hace treinta años que el mundo estaría ahora así, al borde de un colapso completo, que para contrarrestarlo se necesitaría de un cambio individual total, recuperar la conciencia de ser, respirar, meditar, concentrarse en el ahora... y esa pizquita de amor a uno mismo, a los demás y a toda la naturaleza imprescindibles.

    Un abrazo!



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