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lunes, 3 de febrero de 2014

Nuestro espíritu inmortal (H. Blavatsky)




En el mar sin orillas del espacio refulge el invisible y céntrico sol espiritual cuyo cuerpo es el universo en que infunde su alma y su espíritu. Todas las cosas están formadas según este ideal arquetipo. El cuerpo, el alma y el espíritu del invisible sol manifestado en el universo son las tres emanaciones, las tres vidas.
   El alma del Invisible es la primera luz, el infinito y eterno soplo que mueve el universo e infunde la vida inteligente en toda la creación. La segunda luz condensa la materia en formas que pueblan el círculo cósmico, ordena los innumerables mundos que flotan en el espacio etéreo en todas las formas e infunde vida no inteligente. La tercera luz produce el universo físico y según se aleja de la divina luz céntrica va palideciendo su brillo hasta convertirse en tinieblas y mal, es decir, en materia densa.

El espíritu y el alma son preeexistentes; pero el primero tiene eterna individualidad distinta, y la segunda preeexiste como partícula material de un todo inteligente. Ambas emanaron originariamente del eterno océano de Luz; pero hay un espíritu de fuego visible y otro invisible, que establecen la distinción entre el alma animal y el alma divina.
   El espíritu está en la cárcel del alma como una gota de agua presa en una cápsula de gelatina en el seno del Océano; mientras no se rompa la cápsula permanecerá aislada la gota, pero en cuanto la envoltura se quiebre, se confundirá la gota con la masa total de agua perdiendo su existencia individual. Lo mismo sucede con el espíritu. Mientras está encarcelado en el alma existe individualmente; pero si se desintegra la envoltura a consecuencia de las torturas de una conciencia marchita, de crímenes nefandos o enfermedades morales, el espíritu se restituye a su morada primera. La individualidad se separa.
   Al decir que la materia es coeterna con el espíritu, no nos referimos a la materia objetiva y tangible, sino a la sublimación de la materia cuyo grado máximo e insuperable de sutilidad es el espíritu puro.

Ciertamente que la materia es tan eterna e indestructible como el mismo espíritu, pero solamente en esencia, no en sus formas. El cuerpo carnal de un hombre groseramente materialista queda abandonado por el espíritu aún antes de la muerte física, y al sobrevenir ésta, el cuerpo astral moldea su plástica materia, con arreglo a las leyes físicas, en el molde que se ha ido elaborando poco a poco durante la vida terrena.
   La materia entraña en sí la maldición, puesto que está condenada a purificarse de sus groserías, impelida por el irresistible anhelo que hacia lo alto lleva a la chispa divina en ella subyacente. La purificación requiere dolor y esfuerzo.



El cuerpo astral que durante la vida física está envuelto por el físico, se convierte después de la muerte carnal en envoltura de otro cuerpo más etéreo, que empieza a desarrollarse en el momento de la muerte terrena, y culmina su desarrollo cuando a su vez muere y se desintegra el cuerpo astral. Este proceso se repite en cada nuevo tránsito de esfera, pero el espíritu inmortal es inmutable y jamás se altera “aunque se desmorone su tabernáculo”.
   Si después de la muerte del cuerpo persiste la vida, ha de  obedecer necesariamente esta vida a la ley de evolución, que desde la cúspide de la materia eleva al hombre a superior esfera de existencia.

Todo cuerpo astral es perecedero, pero mientras la entidad astral del hombre perverso se desintegra sin dejar rastro, la de los hombres, no precisamente santos, sino tan solo buenos, se renueva por asimilación en partículas más sutiles y no perece mientras en él arde la chispa divina.
   Después de la muerte sigue el espíritu residiendo en el cuerpo astral hasta que la desintegración le libre de él en una segunda muerte análoga a la del cuerpo físico.

Según la filosofía esotérica, la materia es la densificación concreta y objetiva del espíritu. En la eterna Causa primera laten desde un principio el espíritu y la materia. El concepto absoluto de la divinidad escapa a la razón humana; pero en cambio es asequible a la intuición como reminiscencia de una verdad incognoscible, aunque imperceptible por sensación física. La Causa primera, la Divinidad absoluta que, como tal, entrañaba potencialmente los principios masculino y femenino (activo y pasivo), se desdobla al emanar la primera idea y se manifiesta como energía creadora o impulsora de la materia. Desde el punto en que se desdobla y se manifiesta la Divinidad, hasta entonces neutra y absoluta, vibra la energía eléctrica instantáneamente difundida por los ámbitos del espacio sin límites.



   Es la intuición el espontáneo, súbito e infalible conocimiento resultante de la inteligencia omnisciente, y difiere, por lo tanto, de la finita razón cuyas tentativas y esfuerzos ensombrecen la naturaleza espiritual del hombre cuando no la acompaña aquella divina luz. La razón se arrastra; la intuición vuela; la razón es potencia en el hombre; la intuición es presciencia en la mujer.
   Esta inextinguible intuición de algo existente a la par dentro y fuera de nosotros, es de tal naturaleza que ni los razonamientos de la ciencia ni los dogmas de la religión pueden extirparla de la intimidad del hombre.
   La sincera fe del hombre en Dios y en la vida futura se apoya en la intuición manifestadora del Yo que noblemente desdeña las aparatosas ceremonias religiosas. Sin el sentido intuitivo fuera la vida una parodia y la humanidad una farándula.

Mientras el hombre dual, cuerpo y alma, observa la ley de continuidad espiritual y permanezca en ellos la chispa divina, por débilmente que resplandezca, estará el hombre en camino hacia la inmortalidad de la futura vida; pero si se apegan a la existencia puramente material y refractan el divino rayo desde los comienzos de su peregrinación y desoyen las inspiraciones de la avizora conciencia donde se enfoca la luz espiritual, no tendrán más remedio que someterse a las leyes de la materia.
   Un hombre puede haber alcanzado la inmortalidad y continuar siendo eternamente el mismo yo interno que era en la tierra; pero esto no supone que dicho hombre haya de conservar la personalidad que tuvo en la tierra, so pena de perder su individualidad. Por consiguiente, los cuerpos astral y físico del hombre pueden quedar absorbidos en sus respectivos receptáculos cósmicos de materia y cesar de ser residencia del ego, si este ego no merecía ascender más allá; pero el divino espíritu continuará siendo entidad inmutable, aunque las experiencias terrestres se desvanezcan por completo en el instante de separarse de su indigno vehículo.


  
Ni por humanas oraciones ni por sacrificio ajeno podemos salvarnos del aniquilamiento de nuestra individualidad, sino tan solo uniéndonos íntimamente durante la vida terrena con nuestro espíritu, o sea, con nuestro Dios.

  
Si el ego ignora durante la vida terrena la iluminación de su divino espíritu, del Dios interno, no sobrevivirá largo tiempo la entidad astral a la muerte del cuerpo físico. Cuando el hombre rechaza los rayos de la divina luz, queda en tinieblas y se apega a las cosas de la tierra.

H.P. Blavatsky – Isis sin Velo


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