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sábado, 12 de julio de 2014

La Maestría Zen (Eugen Herrigel)

El Zen no quiere ser especulación sino vivencia directa de aquello que, en primer lugar, como causa sin causa de lo existente, no puede concebirlo el intelecto ni, aun después de las experiencias más inequívocas e irresistibles, puede ser aprehendido e interpretado: uno lo conoce sin conocerlo. Sigue caminos que, a través de un recogimiento practicado metódicamente, han de conducir al hombre a percibir en lo más profundo de su alma lo inefable que carece de causa y modos, y lo que es más, a unirse con ello.



Como si se opusiera a toda penetración, nuestras tentativas de explorarlo mediante la intuición y la empatía, a los pocos pasos encuentran obstáculos insalvables. Ningún hombre razonable exigirá que el zenista trate ni siquiera de bosquejar las experiencias que lo han liberado y transmutado, la impensable e inexpresable “Verdad” que, en adelante, alimenta su vida. En este sentido, el Zen está emparentado con el puro misticismo contemplativo. Quien no haya tenido experiencias místicas queda excluido, haga lo que hiciere. De ahí que será comprendido únicamente por un místico, que no sucumbirá a la tentación de obtener en forma subrepticia lo que la experiencia mística le niega.

Ningún místico, ni en consecuencia ningún zenista es, después de dar el primer paso, quien será cuando haya consumado su autoperfección. ¡Cuántas cosas tiene que vencer y dejar atrás hasta que, por fin, tropiece con la verdad! ¡Cuántas veces le atormenta en el camino la desconsoladora sensación de aspirar a lo imposible! Y, no obstante, llegará el día en que lo imposible se habrá hecho posible; más aún, natural. No menos decisivo es que sus vivencias, victorias y transmutaciones han de ser vencidas y transmutadas una y otra vez, hasta tanto todo lo suyo esté aniquilado. Solo así se establece la base para las experiencias que, como “Verdad universal” lo despiertan a una vida que ya no es su vida cotidiana y personal. Vive sin que siga siendo él quien vive.



Ese estado en el que nada definido se piensa, proyecta, aspira, desea ni espera, que no apunta en ninguna dirección determinada y en el que, no obstante, desde la plenitud de su energía, uno se sabe capaz de lo posible y de lo imposible; ese estado, fundamentalmente libre de intención y del yo, es el que el maestro llama propiamente “espiritual”. En efecto, está cargado de vigilia espiritual, por lo cual se lo llama también “genuina presencia del espíritu”. Esto significa que el espíritu se halla presente por doquier, porque no está prendido en ningún lugar.

Por eso, aquel que se ha liberado de todas las ligaduras, tiene que ejercer cualquier arte que sea a partir de esa plenipotencia de su presencia de espíritu no perturbada por ninguna intención, por oculta que fuese. El desprendimiento y la liberación necesarios, la internalización y condensación de la vida hasta la plena presencia del espíritu, no se dejan abandonados a una favorable predisposición ni al azar, ni tampoco confiadamente al proceso creador. Al contrario, antes de todo hacer y realizar, antes de todo entregarse y asimilarse, se provoca esa presencia del espíritu y se la asegura por medio del ejercicio.

La obra interior consiste en que él, como hombre que es, como yo que se siente ser y como quien se reencuentra una y otra vez, se convierta en la materia prima de una plasmación y formación que desembocan en la maestría. En ella se encuentran el artista y el hombre, en el sentido más amplio de la palabra, en algo superior. Porque la maestría es válida como forma de vida, por el hecho de vivir arraigada en la verdad sin límites y de ser, con su apoyo, el arte del origen. El maestro ya no busca, encuentra. Como artista es un hombre sacerdotal, como hombre un artista en cuyo corazón –en todo su hacer y no hacer, crear y callar, ser y no ser- penetra la mirada del Buda. El hombre, el artista, la obra, todo es uno. El arte de la obra interior, que él no puede hacer, sino únicamente ser, surge de profundidades que la luz del día no conoce.



Todo maestro de un arte determinado por el Zen es como un relámpago generado por la nube de la verdad omnímoda. Ella está presente en la libre movilidad de su espíritu, y en el “Se” la encuentra como en su propia esencia, original e innombrable. Con esa esencia se enfrenta una y otra vez como con la suprema posibilidad de su propio ser; y la Verdad adopta para él mil formas y aspectos. Pero a pesar de haberse sometido paciente y humildemente a una inaudita disciplina, no ha alcanzado el nivel donde estuviese tan rigurosamente compenetrado e inspirado con el Zen como para que en cualquier expresión de su vida se sienta sostenida por él, de manera que su existencia conozca únicamente horas felices. La suprema libertad aún no se le ha convertido en necesidad absoluta.

Si se siente irresistiblemente impulsado hacia esta meta, tiene que encarnarse una vez más por el sendero del arte sin artificio. Tiene que dar el salto hacia el origen, para que viva desde la Verdad como quien se ha identificado íntegramente con ella. Tiene que volver a ser alumno, novicio; tiene que vencer el último y más escarpado tramo del Camino, pasando a través de nuestras transmutaciones. Si sale airoso de esta aventura, entonces su destino se consumará en el enfrentamiento con la Verdad no refractada, la Verdad que está por encima de todas las verdades, el amorfo origen de todos los orígenes: la Nada que lo es todo, la Nada que lo devorará y de la cual volverá a nacer.




Eugen Herrigel – Zen en el arte del tiro con arco


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