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jueves, 3 de mayo de 2018

La Iglesia Católica es formalmente idólatra (Pepe Rodríguez)




Los católicos, naturalmente, creen que los mandamientos que figuran en el catecismo son los originales, pero una simple comparación entre el Decálogo del Deuteronomio y el del Catecismo Católico nos aporta una evidencia curiosa: ¡la iglesia modificó a su antojo los mandamientos de Dios para poder adaptarlos a sus necesidades! Uno creía que las palabras de Dios eran sagradas e inalterables, pero resulta que todas las que no convienen a la santa madre Iglesia Católica Apostólica y Romana pueden ser manipulados a modo… y a mayor gloria divina, claro está.

El segundo mandamiento del Decálogo deuteronómico fue eliminado de cuajo. A la luz del mandato inapelable del Dios de la Biblia, el catolicismo es una religión idólatra, por eso la iglesia –que creció adoptando mitos y ritos paganos y se extendió entre gentes habituadas a la idolatría–, para poder conquistar la devoción de las masas incultas, tuvo que borrar de la memoria de sus creyentes la prohibición divina de adorar imágenes.
  Primero y segundo mandamiento se unifican en el Catecismo actual en su primer mandamiento: “No habrá para ti otros dioses delante de mí. No te harás escultura ni imagen alguna…”. El segundo mandamiento (Dt 5, 8-10) dice: “No te harás imagen de escultura, ni de figura alguna de cuanto hay arriba, en los cielos, ni abajo, sobre la tierra, ni cuanto hay en las aguas debajo de la tierra. No los adorarás ni les adorarás ni les darás culto, porque yo, Yahvé, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres en los hijos hasta la tercera y la cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos”; y otro tanto se prescribe en Ex 20, 4-6, y en más de 30 pasajes de las Escrituras se presenta a Dios prohibiendo expresamente el culto a las imágenes.
    En los Salmos (Sal 15, 3-8) se es categórico cuando se afirma que: “Está nuestro Dios en los cielos, y puede hacer cuanto quiera. Sus ídolos (los de los gentiles) son plata y oro, obra de la mano de los hombres; tienen boca, y no hablan; ojos, y no ven; orejas, y no oyen; narices, y no huelen; sus manos no palpan, sus pies no andan, no sale de su garganta un murmullo. Semejantes a ellos serán los que las hacen y todos los que en ellos confían”.
   Y el profeta Jeremías (Jer 10, 8-9) no es menos explícito al decir que “Todos (los seres divinos representados por imágenes) a una son estúpidos y necios, doctrina de vanidades, (son) un leño; plata laminada venida de Tarsis, oro de Ofir, obra de escultor y de orfebre, vestida de púrpura y jacinto; obra de diestros (artífices) son ellos”.



Ante la evidencia crítica que aportan las mismísimas Escrituras en contra de la práctica católica de dar culto a las imágenes, será oportuno acudir al magisterio de la Iglesia para conocer su versión al respecto. Así que leemos el autorizado criterio del Catecismo de la Iglesia Católica: “Fundándose en el misterio del Verbo encarnado (un mito tardío) el VII Concilio Ecuménico justificó contra los iconoclastas el culto de las sagradas imágenes: las de Cristo, pero también las de la Madre y de Dios, de los ángeles y de todos los santos. El Hijo de Dios, al encarnarse, inauguró una nueva “economía” de las imágenes. El culto cristiano de las imágenes no es contrario al primer mandamiento que proscribe los ídolos. En efecto, “el honor dado a una imagen se remonta al modelo original”, “el que venera una imagen, venera en ella la persona que en ella está representada”. El honor tributado a las imágenes sagradas es una “veneración respetuosa”, no una adoración, que solo corresponde a Dios”.

Esta Católica e inspirada opinión no tiene la más mínima entidad para hacer variar ni un ápice la prohibición de las Escrituras de dar culto a imágenes; al menos si pensamos que la palabra de Dios tiene un rango superior a la palabra de unos cuantos obispos reunidos para elaborar doctrina. Así que, como mínimo, la Iglesia Católica es formalmente idólatra. Decimos formalmente idólatra, porque dada la endiablada sutileza de la teología Católica, nada es exactamente aquellos que parece. Aunque los actos formales de la religiosidad popular puedan ser considerados como manifestaciones objetivas de adoración a la Virgen o a los Santos, la doctrina oficial, tal como hemos visto, califica estos actos como de “veneración” y no de “adoración”. La Iglesia sitúa a la Virgen  en el lugar más elevado del panteón y por eso la hace acreedora del más alto honor en forma de veneración.

Desde la doctrina oficial, por tanto, no se cae, en este punto, en la idolatría, pero basta preguntar a párrocos y fieles católicos practicantes acerca de si hay que “adorar” a la Virgen de manera diferente o inferior a como ellos adoran a Cristo o a Dios para obtener una misma respuesta en la mayoría de los casos: ¡no¡. La Iglesia Católica –que conoce esto perfectamente y no se toma la menor molestia para aclarar a su grey la sutil diferencia que separa la veneración de la adoración– necesita del poder sugestivo de las imágenes para seguir obteniendo ingresos económicos que la adoración de estatuas le reporta.
   Hoy, cuando uno entra en un templo católico y se queda observando a los feligreses, de da perfecta cuenta de hasta qué punto la Iglesia se ha olvidado de aquello que dejó escrito su gran teólogo Orígenes: “Si entendemos lo que es la oración acaso no debiéramos orar a nadie nacido (de mujer), ni siquiera al mismo Cristo, sino solo a Dios y Padre de todos”.




Pero cuando enriquecemos nuestro espíritu contemplando la extraordinaria belleza artística y riqueza conceptual del arte católico, no puede dejar de sorprendernos el encontrar con frecuencia escenas  pictóricas en las que aparece la supuesta imagen humanizada del propio Dios Padre, al Dios hijo y al Espíritu Santo, así como también a los ángeles y arcángeles más notables.
   Por mucho que se quiera disimular lo obvio, esta muestra de iconografía divina vulnera absolutamente la prohibición del segundo mandamiento. Es evidente que la normativa que la propia Iglesia Católica fija en el párrafo 2079 de su catecismo –“transgredir un mandamiento es quebrantar toda la Ley” –no reza para ella misma. La iglesia Católica goza patente de corso para poder pecar contra Dios vulnerando su Ley.

Fue el Santo varón Jeremías, inspirado por Dios, no algún ateo masón, quien se refirió a las costumbres idólatras de los gentiles, tachándolos de vanidad, pues (Jer 10,3-5) “leños cortados en el bosque, obras de las manos del artífice con la azuela, se decoran con plata y oro, y los sujetan a martillazos con clavos para que no se muevan. Son como espantajos de melonar, y no hablan; hay que llevarlos, porque no andan; no les tengáis miedo, pues no pueden haceros mal, ni tampoco bien”.

  Así que no seremos nosotros quienes nos atrevamos a desautorizar tan alta y cualificada opinión.


Pepe Rodríguez – Mentiras fundamentales de la Iglesia Católica

miércoles, 2 de mayo de 2018

¿Quién no desearía ser valiente? (José A. Marina)



La ansiedad, la angustia, el temor a revelar nuestra vulnerabilidad. Hemos tenido que aprender a soportarlos y a convivir con ellos. Pero la rebelde naturaleza humana rechaza esta táctica apaciguadora. No le ha bastado al hombre con protegerse, con resignarse al miedo o con ejecutar, como los animales, las respuestas al temor prefijadas por la naturaleza: la huida, el ataque, la inmovilidad, la sumisión. Ha querido también sobreponerse al temor. Actuar como si no lo tuviera. Valiente no es el que no siente miedo –ése es el impávido, el insensible– sino el que no le hace caso, el que es capaz de cabalgar sobre el tigre. Valor es mantener la gracia, la soltura, la ligereza, estando bajo presión. ¿Quién no desearía ser valiente? Todos experimentamos una nostalgia de la intrepidez. ¡Nos sentiríamos tan libres si nos estuviéramos tan asustados!

Pero esta llamada ascendente puede tal vez hundirnos más en la negrura, porque ¿cómo se puede esperar de mi que sea valeroso si mi corazón está corroído, debilitado, vampirizado por el miedo? El ser humano quiere vivir por encima del miedo. Sabe que no puede eliminarlo sin caer en la locura o en la insensibilidad, pero quiere actuar “a pesar” de él. Aquí se revela nuestra naturaleza paradójica: no podemos vivir sin que nuestros sentimientos nos orienten, pero no queremos vivir a merced de ellos. Para resolver esta contradicción, la inteligencia ha inventado las formas morales de vida, aquellas que surgen de los sentimientos regulados por la inteligencia creadora, una de cuyas invenciones es la ética, que habla del bien y la nobleza.



La valentía se mueve, pues, en el campo de la inteligencia creadora, que aspira a superar nuestra naturaleza animal. Lo nuestro no es “sobrevivir” sino “supervivir”. Esto quiere decir vivir por encima de nuestras realidades. Lo nuestro es aspirar a un proyecto de vida que, antes de existir en la realidad, solo existe en nuestra mente. El hombre tiene primero que inventar un proyecto y entregarle el mando de su acción, y comenzar a buscar o a crear los medios para realizarlo. Valiente es aquel a quien la dificultad o el esfuerzo no le impiden emprender algo justo o valioso, ni le hacen abandonar el propósito a mitad de camino. Actúa, pues, “a pesar de” la dificultad, y guiando su acción por la justicia, que es el último criterio de la valentía. La valentía es la libertad en acto, un acto ético, no un mero mecanismo psicológico. Pertenece al campo de la personalidad.

El valiente no lo tiene fácil, porque el valor supone cierto desdoblamiento de conciencia, en la que retiñen dos principios de acción: lo que deseo y lo que quiero. Deseo huir, pero quiero quedarme. En nosotros resuenan dos canciones distintas. Los valores sentidos nos golpean desde nuestro corazón, el peligro, la amenaza, la vergüenza, la presencia ominosa del dolor o del mal como horizonte definitivo. Los valores pensados nos llaman desde nuestra cabeza, que es casi como si nos llamaran desde fuera. A veces, ambas canciones se unifican; pero, cuando esto sucede, un hombre valiente es el que puede mantener dos deseos en su corazón sin que le explote… y decidirse por el mejor.



La inteligencia puede proponer buenas razones, alternativas deseables, proyectos perspicaces. Pero la razón puede achantarse. Por eso me gusta hablar de la “inteligencia resuelta”. Es la inteligencia que resuelve problemas y avanza resueltamente. Se trata de elegir el proyecto de ser valiente –o sea, libre; o sea, justo– y de aplicarme a adquirir el carácter necesario para llevarlo a cabo. ¿Cuáles son las virtudes que han de configurar ese carácter?: la fortaleza, la justicia, la prudencia y la templanza… y añadir la compasión y el respeto. Nos falta un último punto de apoyo que engarce esto con la realidad: el deber, que tiene que ver con el proyecto de vivir con dignidad. Quien no acepte ese proyecto, no está obligado a nada, pero debe saber lo que esta negativa supone: la vuelta a la selva, a la lucha feroz por la supervivencia, a la soledad, a la violencia ejercida por el más fuerte, al horror.


La obligación de comportarnos justa, respetuosa, valientemente no afecta solo a nuestro trato con los demás, sino también al trato con nosotros mismos. Si la dignidad implica libertad, no podemos abdicar de ella; si la dignidad implica conocimiento, no podemos permanecer en la ignorancia; si la dignidad implica rechazar la tiranía, no podemos claudicar ante nuestros tiranos interiores.


José A. Marina – Anatomía del miedo (Un tratado sobre la valentía)