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jueves, 17 de mayo de 2012

Hispalense, no; !soy Sevillano¡ (Antonio Burgos)



Confesemos que si Sevilla tiene algún secreto es un secreto a voces. Es una ciudad llana y panóptica, así en su fisiografía como en su carácter. Esto no quiere decir que sea una ciudad de bienaventuradas simplezas… Es una ciudad “ofrecida como en la palma de una mano hábil en la llanada del Guadalquivir”… Una ciudad donde se vive presuntamente en la calle, donde parece que todo se hiciese de puertas afuera. Al menos, tal es la impresión primera que la ciudad ofrece: la aparentemente excesiva comunicabilidad de sus gentes, hasta el punto que el que llega piensa si tanta simpatía, sin tan desaforada extroversión no esté acaso subvencionada por el Ayuntamiento.

¿Qué es Sevilla? Un tópico universal, por descontado, que a menudo pasa por respresentar a Andalucía, a España toda. Un nombre geográfico que añadir a la farsa ibérica del retablillo del toreador, de Carmen la cigarrera, de las corridas de toros, del cante, del zapateado de Sarasate, y últimamente del paro, del analfabetismo. Por un lado, pues, el tópico de grana y oro, alegre como una rosa que decía el cuplé. Por la acera de enfrente o en dirección contraria, Sevilla es un nombre que añadir a otra retahila no menos tópica, que sumar al latifundio, al hambre, a la pena negra, al señorito del cortijo, al bracero que deseperado se hace anarquista, al atraso, al subdesarrollo secular de Andalucía en suma.

Sevilla es una ciudad condenada a muerte por la retórica, ya sea de izquierdas o de derechas, rosa y oro o negra y roja, como los pañuelos que llevaban al cuello los sevillanos que callaron para siempre las ametralladoras de Queipo de Llano. En estas condiciones, contar sus verdades es una forma como otra cualquiera de indultar a Sevilla… No es, por descontado, ni la novia de España, ni el clavel de los moros, ni la perla agarena del Guadalquivir, ni siquiera el sitio que tiene la inmensa fortuna de poseer una casa, una ventana y una niña… que en el río se miraba…

Sevilla es una ciudad española como otra cualquiera que carga como puede con el peso de losa sepulcral de su pasado; que difícilmente encuentra un futuro a tono con su vital extroversión, con su confianza. Sevilla es un sitio donde la aparente sencillez de la gente pugna con el barroquismo de la ciudad toda, de sus tradiciones, de sus familias dominantes, de su arquitectura oficialmente admitida como típica y diferenciadora. A Sevilla le han dicho que es barroca y se lo ha creído, sin meterse en mayores historias; y ella misma lo repite a cada paso, con la futilidad de la riqueza recién ganada.

Sevilla no está lejos del mar, a ochenta kilómetros o tres cuartos de hora de autopista. Pero no está hoy en día ligada a la mar, sino a la tierra. A la mar estuvo vinculada en los tiempos de la conquista de América. Una de las peculiaridades de Sevilla es ser la única de España que está a orillas de un río navegable, tierra dentro. Pero el río es una nostalgia de algo que fue, un sitio donde van los novios a pasear al anochecer, donde de madrugada llegan borrachos los marinos rubios y extranjeros, todo siempre como de cuplé, de falsa copla, de los pocos barcos que llegan. Lo sevillano es la tierra, el campo. Todos sus tópicos, sus tradiciones, sus verdades, están ligados a la tierra, y muy pocos al río. Si acaso, las vinculaciones marineras han quedado reducidas a la Sevilla transguadalquevireña, al barrio de Triana. El traje típico no es otro que una convencional conservación del atuendo de los hombres del campo en el XVIII y el XIX.

Sevilla se abre, pues, al campo de que es deudora: río abajo, hacia las marismas; detrás de los primeros cabezos de la cuesta del Caracol, hacia el Aljarafe, musulmán de olivos, naranjos y huertas regadías; por los Alcores, a la campiña. Y su llaneza topográfica, siempre en el mundo arcano de las dualidades, pugna con los recovecos y retorcimientos de una sociedad clasista originada a imagen y semejanza de un campo que era latifundista, que trata de perpetuar en los privilegios de la ciudad un orden agrario ya definitivamente en crisis y abierta bancarrota.



El barroco, el pasado, la tradición. Siempre el barroco… Es oficialmente la “Muy Noble, Muy Leal, Muy Heroica, Invicta y Mariana Ciudad de Sevilla”. El Muy Noble se lo concedió el rey Fernando III, que es San Fernando a secas, para la memoria de la ciudad. El Muy Leal le fue dado por el rey Don Fernando el de Antequera cuando en ocasión de que su hijo don Enrique se alzara en armas e intentara conquistar la plaza, lo impidiera el conde de Niebla. Isabel II concede a Sevilla el título de Muy Heroica e Invicta, como recompensa a la resistencia de la ciudad al asedio que la sometió en 1843 el general Van Halen. Por último, en la postguerra, fueron los sevillanos los que pidieron para la ciudad el título de Mariana, recogiendo un largo sentir concepcionista.

En Sevilla o te mueres de calor o te mueres de frío; no hay términos medios. O si los hay son unos breves días en que salen las cofradías a la calle y se celebra la feria y que han dado en llamar primavera; o, después del verano, otras cortas jornadas en que el sol ya no pica, pero aún lo buscan en los jardines los jubilados, en los patios los gatos de las tías solteronas, y a las que llaman otoño, el bellísimo otoño sevillano. Los sevillanos, como todo, siguen la mar de creídos que en la ciudad no hace frío. En invierno verá usted poca gente con abrigo. Tiene que ser un día muy crudo y muy seco del invierno para que los sevillanos, si es que lo tienen en el ropero, saquen el abrigo. Si no, Sevilla es una ciudad para ir a cuerpo… En Mayo ya es verano, la primavera solo dura unos días de Abril; el otoño, otros de noviembre. Calor que, por cierto, tiene un género distinto al resto de España: en Sevilla se habla de la calor más que de el calor: incluso los Quintero esbozaron toda una teoría del aumento termométrico en Sevilla, que formulaban así: primero viene el calor; luego, la calor; siguen los calores, y más tarde, vencido ya septiembre, las calores. Los mismos rigores que con los calores y las calores sufre Sevilla con las lluvias. O no llueve, o llueve tanto que se desborda el Guadalquivir.

Media historia de Sevilla y buena parte de la otra media se ha hecho historia de España. Aquí nacieron Bartolomé de las Casas, Lope de Rueda, Mateo Alemán, Gutierre de Cetina, Velázquez, Bécquer, Antonio Machado, Vicente Aleixandre, Luis Cernuda (a los que añadiría yo en homenaje: Juan Valdés Leal, Martolomé Esteban Murillo, Rodrigo de Triana, Rodrigo Caro, Aníbal González, Joaquín Turina, Pastora Pavón “La Niña de los Peines”, Trajano, Adriano, Miguel de Mañara, Luis Daóiz, San Isidoro de Sevilla, San Hermenegildo, Santa Ángela de la Cruz, Ignacio Sánchez Mejías, José Gómez Ortega “Joselito”, Juan Belmonte, Alberto Lista…). Cervantes, Lope, Quevedo, Vélez de Guevara, Zorrilla acuñaron elogios y tópicos para confundir aún más la teoría sevillana del barroco, que ya embrollaron al máximo la “Carmen” de Bizet, el “Barbero” de Rossini, los ferraniacolores de las estrellas de la canción andaluza en los tiempos de postguerra y estraperlo. “Quien no vio Sevilla no vio maravilla” es una cursi lindeza que ahora se repite mucho y que exclamaron por vez primera los nobles que acompañaron a Alfonso Onceno a la ciudad en 1327. Quien no la visitó, tampoco vio la síntesis de Andalucía que en buena parte es la ciudad, que ofrece las claves maestras de la cultura del Sur español.

Las gentes de Sevilla tienen dos gentilicios: sevillanos e hispalenses. Aunque puede pensarse que los dos significan lo mismo, les diremos que no es así. Lo sevillano es lo real; lo hispalense, lo oficial. Lo barroco, lo vacío, lo falso, es hispalense. Lo real, lo popular, lo auténtico, es sevillano. Es hispalense una sesión pública y solemne, comenzada con el rezo de unas preces en latín. Es sevillana la resignación que desemboca en broma, en juego de palabras, en apodo, el hambre oculta entre risas. Es hispalense la gracia oficial, el arsa y el olé, la estampa flamenca. Es sevillana la forma de confundir qué pronombre hay que aplicar a la segunda persona del plural, si ustedes o vosotros. Son hispalenses los Quintero, los tratados sobre Martínez Montañés, los pregones de Semana Santa pronunciados por ilustres abogados y sabios médicos de la ciudad. Son sevillanos Luis Cernuda y Antonio Machado en su fuente y en su limonero de las Dueñas; Guzmán de Alfarache y la cerámica popular de Triana; el pregón de los niños que todavía no son médicos ni abogados, y que venden:

- ¡Er programa, con la lista completa de toas las cofradías, er programa…!

Son hispalenses los nombramientos que las cofradías otorgan a los personajes importantes de cada situación política y administrativa; son sevillanas, en cambio, las cofradías mismas. Son hispalenses los actos oficiales de la Junta de Andalucía en el Alcázar. Son sevillanas las campanas de la Giralda cuando suenan la mañana de Domingo de Ramos… Es hispalense una concepción extremadamente católica y contrarreformista de la Semana Santa. Es sevillana la Semana Santa misma.

Porque sevilla, a pesar de todos los tópicos de la alegría y la comunicabilidad, es una ciudad esquinada y difícil, que todo lo recuerda o que todo lo olvida, que todo lo perdona o que todo lo acusa, según le convenga. Una ciudad sin voluntad, que lo mismo se entrega como una buscona al primero que llega, que saca a relucir su honra y su nombradía, con malas ideas llegado el caso. Los sevillanos tienen muchos conocimientos, pero muy pocos amigos; saludan a mucha gente por la calle, pero a pocos reciben en sus casas; hablan con todo el mundo, con pocos conversan. Unamuno captó los secretos de sevilla. Un día dijo a alguien nacido aquí:

- ¡Ah, sevillanos…! Finos y fríos…

 
Antonio Burgos – Guía Secreta de Sevilla




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