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jueves, 27 de septiembre de 2012

Violencia en las multitudes


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La violencia es el miedo a los ideales de los demás. (Gandhi)
La violencia es el último recurso del incompetente.(I. Asimov)
La violencia jamás resuelve los conflictos, ni siquiera disminuye sus consecuencias dramáticas.(Juan Pablo II)
La violencia crea más problemas sociales que los que resuelve. (Martin L. King)



Últimamente estamos viendo ciertos brotes de violencia que surgen de pronto de entre una multitud que pacíficamente hasta ese momento, en su gran mayoría, manifestaba su malestar contra la clase política y la actual estructura social y económica; eso sí, como ha sido el 25-S, obedeciendo una llamada a ejecutar una acción totalmente ilícita como es “rodear el Congreso”. Aún en completa paz y armonía supone por sí mismo un reto al Estado, y a éste no le queda más remedio que defender el esquema actual democráticamente establecido. 

Era de esperar, por tanto, que esos grupúsculos de encapuchados de no se sabe qué ideología de la violencia ni a quién obedecen, incitaran descaradamente a las fuerzas del orden a reaccionar con sus medios para repelerlos, a veces con desproporción. Es evidente que la finalidad de estos mercenarios es provocar y sembrar violencia tanto en unos como en otros, de forma que, mientras para los pacíficos ciudadanos queda manchada la justificación de este toque de atención, los estamentos políticos ven languidecer y peligrar las estructuras básicas de la Constitución. Ello traería como consecuencia un endurecimiento en la represión a las protestas, en un momento de profundo descontento general por el negro panorama y el incierto futuro, facilitando a su vez la guerra de guerrillas urbanas bajo cualquier excusa o iniciativa lícita de otros.




Aunque ahora otros factores añadan más complejidad al problema , ya en 1895 Gustave Le-Bon, en “Psicología de las Masas” entendió las claves por las que se movilizaban las multitudes y la generación de violencia. En una obra de igual título trata Freud tanto de asumir por ciertos como de rebatir y rehacer algunos de sus postulados, dando cabida a su teoría de la libido en la génesis de la sociedad y las consecuencias que acarrea. Nos dice que: “La Iglesia y el Ejército son masas artificiales, esto es, masas sobre las que actúa una coerción exterior encaminada a preservarlas de la disolución y a evitar modificaciones de su estructura. En general, no depende de la voluntad del individuo entrar o no a formar parte de ellas, y una vez dentro la separación se halla sujeta a determinadas condiciones, cuyo incumplimiento es rigurosamente castigado. En la Iglesia y en el Ejército reina, cualesquiera que sean sus diferencias en otros aspectos, una misma ilusión: la ilusión de la presencia visible o invisible de un jefe. De esta ilusión depende todo, y su desvanecimiento traería consigo la disgregación de ambas.”  Vale también como vemos hoy día para el Estado, “sobre el que actúa una coerción exterior encaminada a preservarlo de la disolución…”. Cambian los tiempos, pero ni Marx hubiera soñado hace casi doscientos años una puerta hacia el fin de la sociedad burguesa y capitalista inmisericorde con sus súbditos, culpable para cualquiera de la situación mundial, y cuyo desenfreno ha tocado fondo.


Otro punto de vista muy interesante tiene sobre el problema William McDougall en esta disertación de 1920: “La masa da al individuo la impresión de un poder ilimitado y de un peligro invencible. Sustituye, por el momento, a la entera sociedad humana, encarnación de la autoridad, cuyos castigos se han temido y por las que nos imponemos tantas restricciones. Es evidentemente peligroso situarse enfrente de ella, y para garantizar la propia seguridad deberá cada uno seguir el ejemplo que observa en derredor suyo. Obedientes a la nueva autoridad, habremos de hacer callar a nuestra conciencia anterior y ceder así a la atracción del placer que seguramente alcanzaremos por la cesación de nuestras inhibiciones. No habrá, pues, de asombrarnos que el individuo integrado en una masa realice o apruebe cosas de las que se hubiera alejado en las condiciones ordinarias de su vida”. Aún los no violentos, pero que viven sumidos por la desesperación de la carestía vital, amparados por el anonimato y la energía circundante les es fácil integrarse en esa escalada de violencia.




Detengámonos entonces en Le Bon: “La aparición de los caracteres peculiares a las multitudes se nos muestra determinada por diversas causas. La primera de ellas es que el individuo integrado en una multitud adquiere, por el solo hecho del número, un sentimiento de potencia invencible, merced al cual puede permitirse ceder a instintos que antes, como individuo aislado, hubiera refrenado forzosamente. Y se abandonará tanto más gustoso a tales instintos cuanto que, por ser la multitud anónima y, en consecuencia, irresponsable, desaparecerá para él el sentimiento de la responsabilidad, poderoso y constante freno de los impulsos individuales. Una segunda causa, el contagio mental, que es un fenómeno fascinante comprobable, pero inexplicable aún y que ha de ser enlazado en los fenómenos de carácter hipnótico. Dentro de una multitud, todo sentimiento y todo acto son contagiosos, hasta el punto de que el individuo sacrifica muy fácilmente su interés personal al interés colectivo, aptitud contraria a su naturaleza.

El individuo, sumido algún tiempo en el seno de una multitud activa cae pronto, a consecuencia de los efluvios que de la misma emanan o por cualquier otra causa un estado particular, muy semejante al estado de fascinación entre las manos de un hipnotizador. Por el solo hecho de formar parte de una multitud desciende, pues, el hombre varios escalones en la escala de la civilización. Aislado, era quizá un individuo culto, en multitud, un bárbaro. Tiene la espontaneidad, la violencia, la ferocidad y también los entusiasmos y los heroísmos de los seres primitivos.


Así pues, la desaparición de la personalidad consciente, el predominio de la personalidad inconsciente, la orientación de los sentimientos y de las ideas en igual sentido, por sugestión y contagio, y la tendencia a transformar inmediatamente en actos las ideas sugeridas, son los principales caracteres del individuo integrado en una multitud. Perdidos todos sus rasgos personales, pasa a convertirse en un autómata sin voluntad.


La multitud es extraordinariamente influenciable y crédula. Carece de sentido crítico y lo inverosímil no existe para ella. Piensa en imágenes que se enlazan unas a otras asociativamente, como en aquellos estados en los que el individuo da libre curso a su imaginación sin que ninguna instancia racional intervenga para juzgar hasta qué punto se adaptarán a la realidad sus fantasías. Los sentimientos de la multitud son siempre similares y exaltados. De este modo, no conoce dudas ni incertidumbres.

No abrigando la menor duda sobre lo que cree la verdad o el error y poseyendo, además, clara conciencia de su poderío, la multitud es tan autoritaria como intolerable. Respeta la fuerza y no ve en la bondad sino una especie de debilidad, que le impresiona muy poco. Lo que la multitud exige de sus héroes es la fuerza e incluso la violencia. Quieren ser dominados, subyugados y temer a su amo. Las multitudes abrigan, en el fondo, irreductibles instintos conservadores y, como todos los primitivos, un respeto fetichista a las tradiciones y un horror inconsciente a las novedades susceptibles de modificar sus condiciones de existencia”.




Y es que las condiciones de existencia están siendo seriamente perjudicadas por los mandatos de la economía global, en un camino que parece de “no retorno” y que no pueden sino empeorar. El desvanecimiento completo de esperanzas en un futuro de igualdad y justicia por este camino produce, como única salida, la creencia en la utopía de un cambio profundo en el sistema, una vez que cada vez queda menos que perder. Ahora bien, esa lucha debe hacerse en el marco de la no-violencia. Para ello es de vital importancia, tanto para el ciudadano como para el Estado, colaborar en denunciar y desmantelar estas aisladas pero peligrosas facciones, que ponen en peligro tanto a los que defienden sinceramente el modelo democrático actual como a los que tienen aspiraciones de crear un nuevo y diferente reparto de la riqueza.

2 comentarios:

  1. O hay muertos y entonces ya veremos si las cosas cambian, como pasa siempre, o tenemos que ponernos en huelga durante varios días, paralizar el país, pero paralizarlo bien, que los ciudadanos de a pie ni podamos comprar, ni podamos ir en los transportes públicos, ni podamos ir a hacernos el DNI o a sacar un documento imprescindible a una administración, que los maestros se planten y no den clase, que los médicos no atiendan a los enfermos... No sé, digo una bestialidad, pero tal y como están las cosas, o nos encabronamos todos o se rompe la baraja y aquí nos seguimos pudriendo en manos de esta panda de desgraciados que se pasan a los votantes por el forro de los c...
    Uf, Manu, estoy muy enfadada, siento ponerme hasta bruta, pero es que no puedo ya con todo esto.
    Un abrazo

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  2. Hay que tener paciencia, Marisa, hay que dar tiempo a que se den los pasos necesarios para que las aspiraciones de los ciudadanos se concreten en acciones legislativas. La democracia “real” que se pide es participar de continuo en asuntos de interés general; si se quiere otra Constitución más acorde a los tiempos de deberá luchar dentro de los cauces legales y que la refrende la mayoría. Está por ver qué porcentaje de españoles estaría por la labor. El cable que el actual Gobierno podría tender ya es someter a plebiscito todas aquellas materias que preocupan y mucho a un gran porcentaje, en materia de Justicia, Educación, Sanidad, Instituciones, etc. Si no hace nada en este aspecto el descontento y las acciones se irán recrudeciendo.

    Un saludo,

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