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martes, 22 de octubre de 2013

Quiero, Creo somos Alma Inmortal, Eternidad




Quiero

Quiero desatar y quiero ser desatado
Quiero salvar y quiero ser salvado
Quiero ser engendrado
Quiero cantar: cantad todos
Quiero llorar: golpead vuestros pechos
Quiero adornar y quiero ser adornado
Soy lámpara para ti, que me ves
Tú ves lo que hago. No lo menciones.
La palabra engañó a todos,
pero yo no fui completamente engañado.

Prisciliano – Himno a Jesucristo





Creo

“No intento, Señor, penetrar tu profundidad, porque de ninguna manera puedo comparar con ella mi inteligencia; pero deseo comprender tu verdad aunque sea imperfectamente, esa verdad que mi corazón cree y ama. Porque no busco comprender para creer, sino que creo para llegar a comprender. Creo, en efecto, porque si no creyera, no llegaría a comprender”.

Anselmo de Canterbury




Somos

¿Acaso se vive verdaderamente en la Tierra?
¡No para siempre, tan solo un poco!...
¿Dónde está mi verdadera morada?
¡Yo sufro, aquí en la Tierra!
Aquí nació la muerte florida.
Los que tomaron forma en Tlapalla,
nuestros antepasados, llegan hasta la Tierra
Huérfanos nos han dejado en la Tierra.
¿Adónde iré?...
¿Quizás a la casa de Dios
adonde se baja en el centro del Cielo…?
Amigos, una misión nos ha traído al mundo…,
es cierto que vivimos en la Tierra.
Hemos venido aquí solamente para conocernos,
un día nos iremos…

Canto Azteca




Alma Inmortal

“Er, hijo de Arme­nio, panfilio de nación, que murió en una guerra y, ha­biendo sido levantados, diez días después, los cadáveres ya putrefactos, él fue recogido incorrupto y llevado a casa para ser enterrado y, yacente sobre la pira, volvió a la vida a los doce días y contó, así resucitado, lo que había visto allá. Dijo que, después de salir del cuerpo, su alma se ha­bía puesto en camino con otras muchas y habían llegado a un lugar maravilloso donde aparecían en la tierra dos aberturas que comunicaban entre sí y otras dos arriba en el cielo, frente a ellas. Y así vio cómo, por una de las aberturas del cielo y otra de la tierra, se marchaban las almas después de juzgadas; y cómo, por una de las otras dos, salían de la tierra llenas de suciedad y de polvo, mientras por la restante bajaban más almas, limpias, desde el cielo. Y las que iban llegando parecían venir de un largo viaje y, saliendo contentas a la pradera, acampaban como en una gran feria, y todas las que se co­nocían se saludaban y las que venían de la tierra se infor­maban de las demás en cuanto a las cosas de allá, y las que venían del cielo, de lo tocante a aquellas otras; y se hacían mutuamente sus relatos, las unas entre gemidos y llantos, recordando cuántas y cuán grandes cosas habían pasado y visto en su viaje subterráneo, que había durado mil años; y las que venían del cielo hablaban de su bienaven­turanza y de visiones de indescriptible hermosura

…Y entonces el mensajero de las cosas de allá conta­ba que el adivino habló así: "Hasta para el último que venga, si elige con discreción y vive con cuidado, hay una vida amable y buena. Que no se descuide quien elija pri­mero ni se desanime quien elija el último…Tal -decía- era aquel interesante espectáculo en que las almas, una por una, escogían sus vidas; el cual, al mismo tiempo, resultaba lastimoso, ridículo y extra­ño, porque la mayor parte de las veces se hacía la elec­ción según aquello a lo que se estaba habituado en la vida anterior. Y después de haber elegido su vida todas las almas, se acercaban a Láquesis por el orden mismo que les ha­bía tocado; y ella daba a cada uno, como guardián de su vida y cumplidor de su elección, el hado que había esco­gido. Éste llevaba entonces al alma hacia Cloto y la po­nía bajo su mano y bajo el giro del huso movido por ella, sancionando así el destino que había elegido al venirle su turno. Después de haber tocado en el huso se le lleva­ba al hilado de Átropo, el cual hacía irreversible lo dis­puesto; de allí, sin que pudiera volverse, iba al pie del trono de la Necesidad y, pasando al otro lado y acaban­do de pasar asimismo los demás, se encaminaban todos al campo del Olvido a través de un terrible calor de as­fixia, porque dicho campo estaba desnudo de árboles y de todo cuanto produce la tierra. Al venir la tarde acam­paban junto al río de la Despreocupación, cuya agua no puede contenerse en vasija alguna; y a todos les era for­zoso beber una cierta cantidad de aquella agua, de la cual bebían más de la medida los que no eran conteni­dos por la discreción, y al beber cada cual se olvidaba de todas las cosas. Y, una vez que se habían acostado y eran las horas de la medianoche, se produjo un trueno y tem­blor de tierra y al punto cada uno era elevado por un sitio distinto para su nacimiento, deslizándose todos a manera de estrellas. A él, sin embargo, le habían impe­dido que bebiera del agua; pero por qué vía y de qué modo había llegado a su cuerpo no lo sabía, sino que de pronto, levantando la vista, se había visto al amanecer yacente en la pira.

Y así, Glaucón, se salvó este relato y no se perdió, y aún nos puede salvar a nosotros si le damos crédito, con lo cual pasaremos felizmente el río del Olvido y no conta­minaremos nuestra alma. Antes bien, si os atenéis a lo que os digo y creéis que el alma es inmortal y capaz de sostener todos los males y todos los bienes, iremos siem­pre por el camino de lo alto y practicaremos de todas for­mas la justicia, juntamente con la inteligencia, para que así seamos amigos de nosotros mismos y de los dioses tanto durante nuestra permanencia aquí como cuando hayamos recibido, a la manera de los vencedores que los van recogiendo en los juegos, los galardones de aquellas virtudes; y acá, y también en el viaje de mil años que he­mos descrito, seamos felices.


Platón – La República o el Estado




Eternidad


“… lo que no hay es manera alguna de liberarse de la muerte. Y horrible sería si tuviéramos que vivir eternamente; entonces no le encontraríamos placer a nada sabiendo que siempre lo íbamos a poder disfrutar. Nada nos diría el perfume de una rosa, ni los colores de una puesta de sol, ni los balbuceos de un niño, ni la caricia de una madre, ni la quietud de una tarde, ni la penumbra, ni el ruido del agua… La muerte es necesaria porque sin ella no valdría la pena la vida y ésta no tendría valor alguno. El hombre es un ser hecho para la muerte, aunque éste no es su fin, sino la puerta abierta a un universo-dios. Llegaremos a él a través de la vida, que no nos llena, aunque debemos de gozar de ella como si con la muerte fuéramos a perderla para siempre, y conscientes que hay algo más allá de la vida”.


Francisco Morales Padrón – Sevilla Insólita




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