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lunes, 17 de marzo de 2014

Involución hacia un Estado-Tierra (Karl F. Krause)


Como individuos, reconocemos hoy que quedamos muy inferiores a nuestro destino individual o social, sin que podamos acallar la voz de desacuerdo entre lo que la idea general de la humanidad nos exige y nuestro hecho histórico. Como pueblos y sociedades humanas, cada día vemos más claro que no satisfacemos en nuestras relaciones sociales a nuestro fin total humano, que no hallamos la idea suprema que pueda resolver la contradicción entre la humanidad como una y toda, como ella misma como un contenido vario en sus pueblos, familias e individuos. ¿Qué resta al hombre que ama todavía a su naturaleza sino levantar la vista a la idea fundamental de la humanidad, en la que todos como hombres y pueblos nos reunimos para el cumplimiento de una misma ley común y de un definitivo destino?



Esta idea pide al individuo que sea hombre para sus semejantes, que tome parte con ellos en todo pensamiento y obra para los fines comunes, que sobre toda oposición temporal muestre hacia ellos un sentido de amor y de leal concurso para la realización del destino común. El hombre que escucha la voz de su corazón, guiada por la razón, el que se siente movido a abrazar en amor y obra viva todas las relaciones humanas, observa con extrañeza la sociedad en que ha nacido. Hechos contrarios a los sentimientos de unidad y comunidad humana. Este hombre observa reinando sobre toda otra relación humana una oposición de estados sociales en la que cada opuesto parece fundar su valor solo en lo que desmerece y vale menos su contrario.
   Estos extremos parecen obedecer al fin temporal de cada parte, con unión y concurso pasajeros, sin amor ni plenitud de idea, ni eficacia de acción común.

Las mismas personas sociales parecen atentas más bien a excluirse unos a otros, a ganar cada una en poder y provecho propio a fuerza de encerrarse en su particularidad, a reinar o predominar entre todos. El hombre que contempla este desamor en.que viven hoy las sociedades humanas, atentas más a negarse unas a otras, a impedirse, a excluirse, que a obrar en función de una total acción y vida… ¿es definitivo semejante estado, sin que sea otro posible como la sociedad suprema y armónica de todos sus pueblos?

Cuando nuestra humanidad sea toda la tierra un reino interior, una pacífica y armónica domesticidad, entonces se reunirá con todos sus miembros en una vida indivisible; entonces abrazará con calor maternal vivificador a todos los hombres y pueblos, como su madre natural, la más universal y más íntima, la verdaderamente eterna, y en este calor el hombre hallará reanimación y fuerza invencible para el cumplimiento de su destino. En este día lleno, el individuo no se sentirá desamparado en la guerra que divide hoy su corazón, y lo desconcierta y desespera, cuando de un lado la naturaleza lo lleva al sentido, del otro el espíritu lo obliga a recogerse dentro, a alejarse del contacto de la vida. En el espíritu pura y en la naturaleza pura, cada cosa parece ajustar y caminar con seguridad hacia su fin respectivo; solo el hombre vive como en tierra ajena, como extranjero en su casa.



Pero cuando nuestra humanidad sea en la tierra un reino propio que abrace realmente todos sus miembros, entonces el individuo será igualmente partícipe del mundo del espíritu y del de la naturaleza. Entonces cumplirá la humanidad su historia y hará plena justicia.

   Nosotros no vemos esto con nuestros ojos, pero lo sentimos más cerca, en nuestro corazón y en la confianza que la sola idea de esta plenitud última da a nuestra obra presente. Y cuando la humanidad haya conquistado una vida interior donde hoy reina todavía exterioridad y antipatía, entonces cumplirá otra involución más fácil: de Pueblos y Estados hasta realizar una ciudad y un reino humano, un Estado-Tierra; porque bajo un Dios hay una sola humanidad y una ley y un gobierno común, para realizarla pacíficamente entre los hombres.


Karl Christian Friedrich Krause – Ideal de la Humanidad para la vida

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