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miércoles, 11 de enero de 2017

Reencuentros


Hurgando casualmente en un cajón encontré una vieja y raída carterita en la que, revueltas en una mezcolanza de carnets, certificados, tickets de metro y autobús, servilletas de papel con nombres y números de teléfono ya ignorados, listas de compra, tarjetas de visita, una hojita de mini-golf, calendarios y alguna poesía  conocida escrita en cuartilla…, encuentro estas cortas reflexiones que reproduzco a continuación y que tenía completamente en el olvido. Debí realizarlas entre 1980 y 1981, lo deduzco por su oscuro y enigmático lenguaje; algo posterior será el poemilla a la primavera, algo más claro y esperanzador. Aún hoy me estremezco un poco al releerlas, como si hubiera sido otro su autor, suplantándome.






Diagnosis

No tener nada que envidiar.

Por eso mismo,

por no tener nada.

Solo yo y mi vida




Sin las mínimas precauciones me pongo a investigar la clave sincera de mi estancación, ambiguamente irascible, distorsionada. Mas no sé qué otras almas de entre mi ajuar podría utilizar para confeccionar el fetiche elegido para el deambulamiento callejero.
   Y es el encierro voluntario el que provee con más intensidad de visiones reales. Para aumentar la discordia, comparto la grisácea vida mundana, sumido ampliamente en mi relatividad y logicismo con los que abatallo las decenas de rayos que eructan los cuerpos por emanaciones intensas de sentimentalismo de presos y roñosos seres.





Al ultimar mis teorías sobre sentimientos escapatorias del sistema, me he sentido ya vivaz y danzante, en el estricto confín de mi satisfactorio silencio. Los resultados no son, por ahora, tan felices como esperaba, ya que mis formas de contacto persiguen la dicha en su inestabilidad, y no penetro en la especie de sumario particular de cada conocido con firme propósito, y no más lejos del ridículo renazco solo por mí, aunque espero obtener mejores victorias en cuanto inicie la decrépita cruzada contra casi todo.
    Más cerca todavía que esa  absurda anticipación se encuentra la mera posibilidad de escape vista en su obtención completa. Y antes de eso, la intención controlada, totalmente voluntaria, como antecesora de cualquier suceso auténtico, firme, sensato e interrogativamente positivo…







Por esa loma de la montaña verde y ocre,
por esas hojas del naranjo y el almendro,
por la cara alegre de la naturaleza entera,
por ahí se ve venir nuestra amiga eterna,
de siempre con su frescura; ¿vienes ya, primavera?

No te retrases, porque caería en nosotros la pena.
No vengas vacilante y temerosa, que cantaremos
y viviremos contigo, para llenarnos de vida.
Te regalaremos nuestras almas felices y dichosas.
Te necesitamos como el amante a su amor.

No te retrases, primavera, porque todo será noche.
Llama a nuestro corazón sin olvidar sus penas

y perfúmalo con tu amoroso mensaje.


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