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lunes, 31 de marzo de 2014

El Anarquismo como único sistema posible de solidaridad social (Nelson Méndez/Alfredo Vallota)


La propuesta de la utopía posible para el anarquismo nunca ha sido una imagen inmutable, se transforma e incesantemente se muestra con nuevos matices. De allí que el título no sea una muestra de pedantería, sino un llamado para una tarea que llevará todo el siglo, construir un mundo mejor, empeño que nunca será acabado ni perfecto sino cambiante y corregible con el aporte de todos y cada uno.
   El anarquismo es probablemente la corriente política en torno a la cual ha habido más desinformación o equívocos a la hora de describirla. En lo esencial, es un ideal que preconiza la modificación radical de las actuales formas de organización social, que tanta injusticia, dolor, sufrimiento y miseria acarrean a la mayoría de las personas del mundo, buscando suprimir todas las formas de desigualdad y opresión vigentes, a las que considera responsable de esos males, sin por ello reducir un ápice de la libertad individual. El modo de alcanzarlo es el ejercicio pleno de libertad de cada uno en un plano de igualdad con todos, y anteponiendo la solidaridad a cualquier otro beneficio. Parece sencillo decirlo, pero alcanzarlo implica una verdadera revolución no solo en la sociedad sino en cada persona.

Se aprecia que esto no tiene nada que ver con adorar e instigar el caos, la muerte y la destrucción, como regularmente se identifica a la anarquía. Su búsqueda es la única que sacude los cimientos de una estructura de dominación que, de tanto soportarla, parece natural pero no lo es. La imagen perversa que se le adosa al anarquismo ocurre en la época del socialismo libertario, por el obvio temor de los poderes autoritarios ante el avance de su más consecuente antagonista, de modo que continúa siendo prioritario para los poderosos ocultar el sentido cierto de lo que el anarquismo es y se propone. Romper con esta mixtificación interesadamente atribuida es necesario para quien quiera aproximarse con mente abierta y sin prejuicios a esta expresión de pensamiento.
   La necesidad impuesta de potestades opresoras está tan arraigada en la mente del ciudadano medio que la anarquía, cuyo significado podemos resumir es “falta de autoridad jerárquica”, resulta impensable para la mayoría de la gente, curiosamente las mismas que soportan y admiten que los reglamentos, regulaciones, impuestos, intromisiones y abusos de poder son irritantes, pero las lleva a pensar que solo queda aguantar es silencio porque la alternativa de “falta de poder, de autoridad y todo el mundo haciendo su propia voluntad” sería el caos, la destrucción.



En cambio, el anarquismo persigue la eliminación de cualquier punto de control privilegiado desde donde se gobierne, la desaparición de todo grupo que se asuma como poseedor de algún privilegio para usufructuarlo en beneficio propio sometiendo a los otros. Como alternativa frente a las diferentes formas de gobierno conocidas sostiene la ausencia de gobierno o acracia.
   Cualquier tipo de sociedad anarquista nos ahorraría las terribles distorsiones que generan las estructuras de poder y el Estado. Lo “negativo” del anarquismo, es decir, la abolición del Estado y de toda forma de poder institucionalizado, se vería equilibrada por lo que viene en su lugar: una sociedad libre y de libre cooperación.

Todos los tipos de anarquismo tienen en común la defensa de que la felicidad individual solo se alcanza con la felicidad colectiva, que el bien propio solo se realiza si se funda en el bien de todos, que la libertad personal se extiende con la libertad del otro. Que el estado y las actuales organizaciones deben ser substituidas por una sociedad sin clases y sin la violencia, directa o encubierta, que hace posible institucionalizar esas diferencias.
   La ausencia de moldes obligatorios (el anarquismo se niega a establecer pautas dogmáticas de lo que debe ser) ocurre porque el anarquismo rechaza la existencia de un principio único, atemporal, suprahistórico, revelado por algún dios o por un ser privilegiado que ordena y manda sin apelación. Solo las personas libres, en diálogo igualitario podrán construir el camino para alcanzar su felicidad personal y colectiva, que nunca será perfecta, porque la humanidad es cambiante, con nuevas metas que presentan nuevos problemas que exigen nuevas soluciones.

Otra descalificación típica es sostener que el anarquismo es una bella quimera intelectual, una idea hermosa, pero impracticable. Curiosa descalificación, porque el anarquismo surgió directamente de esa lucha por la supervivencia de gente oprimida común y corriente, práctica en sus pretensiones. Si en verdad el anarquismo fuera tan inviable, ¿por qué tanto esfuerzo especulativo de sus adversarios para refutar un ideal que supuestamente es absurdo? Ningún grupo gastaría esfuerzo luchando contra un enemigo cuyas propuestas no tuvieran posibilidad de materializarse.



No hay nada violento en el anarquismo excepto que la propia vida se transforma en una conducta subversiva puesto que impide la manipulación de los otros. Para el anarquismo, la fuente de las divisiones sociales está en el Estado, por la opresión a que la concentración de poder estatal y económico nos somete. ¿Acaso ahora mismo no vivimos en el caos? Millones de personas carecen de ocupación digna, se labora en empleos repetitivos y rutinarios, muchas veces perniciosos para nosotros o para el medio ambiente, que solo brindan beneficio a un pequeño grupo. Hay gente que muere de hambre a la vez que se arroja comida al mar y se almacena hasta pudrirse para mantener los precios; malgastamos recursos y contaminamos el aire para beneficio de los dueños de la industria. La lista de locuras, de situaciones caóticas y absurdas en la sociedad actual es interminable. ¡Y además se nos pide sacrificar nuestra libertad para promover este desastre cotidiano!

La autoridad institucionalizada solo puede interferir e imponer cosas en su beneficio. La fuerza de un estado radica en el peso que la burocracia tiene sobre sus gobernados, con sus controles, trámites y el requerimiento continuo de documentos, terminando por transformarnos en siervos que para todo debemos pedir permiso. Pero claro es que la burocracia sirve también para repartir cargos, favores, contratos, comprar voluntades… todo el caos según el anarquismo deriva de la autoridad opresora del Estado. Sin clases dirigentes y sin imperativo de mantenernos sometidos no habría Estado. Sin Estado nos encontraríamos en situación de organizarnos libremente según nuestros propios fines. ¿Cómo es posible vivir sin el orden que el estado impone? El orden sebe surgir de las exigencias de la vida misma y el colectivo que integramos. Se reconoce la autoridad derivada de las peculiares habilidades de cada uno. Pero esa autoridad es siempre restringida, limitada, ya que nadie puede pretender un dominio sobre los otros miembros de la sociedad, ni aspirar a una posición de privilegio permanente. Aspira a que los miembros de un colectivo, en forma libre, seleccionen la organización económica que más les favorece en vista de sus propios intereses particulares y colectivos.

Siempre han llamado la atención de los anarquistas el mutualismo, que niega la propiedad pero acepta posesión de uso; la base del intercambio está en la asociación de productores y consumidores con un precio derivado del coste de producción y suprimiendo el lucro. El colectivismo, que sostiene la propiedad colectiva de los instrumentos de producción, pero el fruto del trabajo debe distribuirse en proporción al trabajo y su calidad, con lo que se mantiene un tipo diferenciado de salarios. El comunismo anarquista, que tiene como lema “De cada uno según su capacidad, a cada uno según sus necesidades”, con lo que se suprime el salario diferencial, los medios de producción son comunes y la distribución se hace en función de las necesidades. Las discusiones acerca de las ventajas de estos modelos económicos, y de otros posibles, forma parte integrante de lo imaginable de la nueva sociedad, para cuya construcción no hay prejuicios acerca de la manera en que debe organizarse, sino que se debe debatir libre y colectivamente, calibrando ventajas y desventajas, sin ideas preconcebidas.



(La delincuencia en general) deriva de la existencia de propiedad privada en gran escala, por lo que, si la forma de propiedad fuese colectiva, desaparecería un motivo muy importante de la delincuencia contra personas y bienes. La mejor solución es a través de la organización comunal de protección mutua (En realidad, las fuerzas de seguridad interesan a los de arriba en tanto puedan protegerlos a ellos, a su propiedad y a su poder sobre nosotros). Negar la posibilidad de la violencia como un momento en la lucha revolucionaria está lejos del anarquismo, pues siempre habrá que responder a grupos que apelen a la fuerza como argumento para defender sus privilegios. Pero la violencia en modo alguno es la guía para la transformación que se pretende, que es un cambio total en la organización social y económica de la humanidad. De ninguna manera este cambio radical puede ser el resultado de una revolución puntual y catastrófica, que a lo más podría llegar a dominar el poder político, lo que es contradictorio con la esencia del movimiento anarquista, pues el objetivo precisamente es destruirlo.
   El anarquismo rechaza esa violencia que es únicamente manifestación de la pasión destructiva y no está subordinada a la acción constructiva, y que ni siquiera sirve de detonante de un vasto movimiento popular revolucionario. La violencia como momento destructivo es un punto en un proceso mucho más largo y amplio.

Básicamente se entiende el anarquismo viviéndolo y trabajando en proyectos comunes y con otros compañeros de ideas, manteniendo siempre presente que la utopía se construye con libertad propia y ajena, respetando la igualdad de todos y abriendo espacios cada vez más amplios de colaboración.

Nelson Méndez/Alfredo Vallota – Bitácora de la Utopía (Anarquismo para el siglo XXI)



“La utopía significa el sueño colectivo y si este sueño no existe la gente se desmigaja, se encierra en células y se vuelve más egoísta y depredadora. Y aparece el ruido y la insolidaridad. Estás más indefenso, eres menos generoso, más cobarde y por tanto más vulnerable. Sin utopías vives a merced de lo que el poder decida imponer en cada momento. Estás en sus manos…”

Joan Manuel Serrat

jueves, 27 de marzo de 2014

La pseudocultura beneficia al Estado (Nietzsche)




Ningún hombre tendría inclinación por la cultura si supiera lo increíblemente pequeño que es el número de las personas que poseen una auténtica cultura. A pesar de ello, no será posible ni siquiera ese número de personas verdaderamente cultas si no se dedica a la cultura una gran masa, decidida a ello por un engaño seductor y, en el fondo, impulsada a ello contra su propia naturaleza. En consecuencia, no hay que revelar nada públicamente con respecto a esa desproporción ridícula entre el número de personas verdaderamente cultas y el enorme aparato de la cultura. El verdadero secreto de la cultura es el hecho de que innumerables hombres aspiran y trabajan con vistas a ella, aparentemente para sí, pero en realidad solo para hacerla posible a algunos pocos individuos.
   Se democratizan los derechos del genio, para eludir el trabajo cultural propio y la miseria cultural propia. Cuando es posible, todos prefieren sentarse a la sombra del árbol que ha plantado el genio. Quisieran substraerse a la dura necesidad de trabajar para el genio, con el fin de hacer posible su aparición.
  
En el momento actual, nuestras escuelas están dominadas por dos corrientes aparentemente contrarias, pero de acción igualmente destructiva, y cuyos resultados confluyen; en definitiva: por un lado, la tendencia a ampliar y a difundir lo más posible la cultura y, por otro lado, la tendencia a restringir y a debilitar la misma cultura.
   La primera tendencia exige que la cultura debe extenderse al círculo más amplio posible. En cambio, la segunda exige a la propia cultura que abandone sus pretensiones más altas, más nobles y más sublimes, y se ponga al servicio de otra forma de vida cualquiera, por ejemplo, del estado (o de la religión). La exhortación a extender y difundir lo más posible la cultura va contenida en los dogmas preferidos de la economía política. Conocimiento y cultura en la mayor cantidad posible –producción y necesidades en la mayor cantidad posible–, felicidad en la mayor cantidad posible: ésa es la fórmula poco más o menos. En este caso, tenemos que el objetivo último de la cultura es la utilidad o, más concretamente, la ganancia, un beneficio en dinero que sea el mayor posible.
   Tomando como base esta tendencia, habría que definir la cultura como la habilidad con que se mantiene uno “a la altura de nuestro tiempo”, con que se conocen los caminos que permitan enriquecerse del modo más fácil, con que se dominan todos los medios útiles al comercio entre hombres y pueblos. Por eso, el auténtico problema de la cultura consistiría en educar a cuantos más hombres “corrientes” posibles, en el sentido que se llama “corriente” a una moneda. Cuanto más numerosos sean dichos hombres corrientes, tanto más feliz será un pueblo. Y el fin de las escuelas modernas deberá ser precisamente ése: hacer progresar a cada individuo en la medida en que su naturaleza le permite llegar a ser “corriente”; desarrollar a todos los individuos de tal modo que, a  partir de su cantidad de conocimiento y de saber obtengan la cantidad posible de felicidad y de ganancia.



Todo el mundo deberá saber cuánto puede pretender de la vida. La “alianza” entre inteligencia y posesión se presenta incluso como una exigencia moral. Según esta perspectiva, está mal vista una cultura que produzca solitarios, que coloque sus fines más allá del dinero y de la ganancia, que consuma mucho tiempo. A las tendencias culturales de esa naturaleza se las suele descartar y clasificar como “egoísmo selecto”, “epicureísmo inmoral de la cultura”. A partir de la moral aquí triunfante, se necesita indudablemente algo opuesto, es decir, una cultura rápida, que capacite a los individuos deprisa para ganar dinero. le concede cultura al hombre en la medida en que interesa la ganancia. En resumen, la humanidad tiene necesariamente un derecho a la felicidad terrenal: para eso es necesaria la cultura, ¡pero solo para eso!.

A partir de esa perspectiva, surge el enorme peligro de que en un momento determinado la gran masa salte el escalón intermedio y se arroje directamente sobre esa felicidad terrenal. Eso es lo que hoy se llama “problema social”. Efectivamente, podría parecer a esa masa, que la cultura concedida a la mayor parte de los hombres solo es un medio para la felicidad terrenal de unos pocos: la “cultura cuanto más universal posible” debilita la cultura hasta tal punto que se llega a no poder conceder ningún privilegio ni garantiza ningún respeto. La cultura común a todos es precisamente la barbarie.

Para esa extensión y difusión de la cultura existen otros motivos. A veces ocurre que un estado, con el fin de asegurar su existencia, procura extender lo más posible la cultura, ya que sabe que todavía es lo bastante fuerte para poder someter bajo su yugo incluso a la cultura desencadenada del modo más violento. Por consiguiente, cuando el grito de guerra de la masa exige la cultura más amplia posible para el pueblo, hay que distinguir si lo que ha provocado dicho grito de guerra ha sido una tendencia exagerada a la ganancia y a la posesión, o bien el estigma dejado por una opresión religiosa anterior, o bien, la clara conciencia que un Estado tiene de su propio valor.



En el periodismo confluyen las dos tendencias: en él se dan la mano la extensión de la cultura y la reducción de la cultura. El periódico se presenta incluso en lugar de la cultura; en él culmina la auténtica corriente cultural de nuestra época, del mismo modo que el periodista ha llegado a substituir al gran genio, el guía para todas las épocas, el que libera del presente.
   ¿Qué esperanzas podría abrigar en una lucha contra el desbarajuste –que se da por doquier– de todas las auténticas aspiraciones, con qué coraje podía presentarme, como profesor aislado, aun sabiendo que, apenas se arrojara una simiente de cultura auténtica, pasaría por encima de ella inmediata y despiadadamente la apisonadora de esa pseudocultura?. Piense en lo inútil que debe resultar hoy el trabajo más asiduo de un profesor, que por ejemplo desee conducir a un escolar hasta el mundo griego –difícil de alcanzar e infinitamente lejano– por considerarlo como la auténtica patria de la cultura: todo eso será verdaderamente inútil, cuando el mismo escolar una hora después coja un periódico o una novela de moda, o uno de esos libros cultos cuyo estilo lleva ya en sí el desagradable blasón de la barbarie cultural actual.


¿Cuánto tiempo crees que durará todavía, en la escuela de nuestra época, semejante actitud cultural, tan difícil de soportar? En el fondo existe un acuerdo tácito entre los hombres de esta época que están más generosamente dotados, y que sienten con mayor vehemencia. Cada uno de ellos sabe lo que ha debido soportar por la situación cultural de la escuela, y cada uno de ellos quisiera liberar por lo menos a su descendencia de semejante opresión, aun a costa de sacrificarse personalmente. La triste causa de que, a pesar de todo, no consiga manifestarse por ningún lado una honradez completa es la pobreza espiritual de los profesores de nuestra época: precisamente en ese campo faltan los talentos realmente inventivos, faltan los hombres verdaderamente prácticos, o sea, los que tienen ideas buenas y nuevas, y saben que la auténtica genialidad y la auténtica praxis deben encontrarse necesariamente en el mismo individuo. 
   En cambio, los prácticos prosaicos carecen de ideas precisamente, y, por eso, carecen también de una praxis auténtica. Basta con entrar en contacto con la literatura pedagógica de nuestra época: hay que estar muy corrompido para no asustarse –cuando se estudia ese tema ante la suprema pobreza espiritual–. Pero eso ya no podrá durar mucho tiempo: tendrá que llegar por fin el hombre honrado que tenga esas ideas buenas y nuevas, y que para realizarlas se atreva a romper con la situación actual.


Friedrich Nietzsche – Sobre el porvenir de la educación


lunes, 24 de marzo de 2014

Las Revoluciones las crea la miseria y el descontento generalizados (Trotsky)





El rasgo característico más indiscutible de las revoluciones es la intervención directa de las masas en los acontecimientos históricos. En tiempos normales, el Estado, sea monárquico o democrático, está por encima de la nación; la historia corre a cargo de los especialistas de este oficio: los monarcas, los ministros, los burócratas, los parlamentarios, los periodistas. Pero en los momentos decisivos, cuando el orden establecido se hace insoportable para las masas, éstas rompen las barreras que las separan de la palestra política, derriban a sus representantes tradicionales y, con su intervención, crean un punto de partida para el nuevo régimen. Dejemos a los moralistas juzgar si esto está bien o mal. La historia de las revoluciones es para nosotros, por encima de todo, la historia de la irrupción violenta de las masas en el gobierno de sus propios destinos.

Cuando en una sociedad estalla la revolución, luchan unas clases contra otras, y, sin embargo, es de una innegable evidencia que las modificaciones por las bases económicas de la sociedad y el sustrato social de las clases desde que comienza hasta que acaba no bastan, ni mucho menos, para explicar el curso de una revolución que en unos pocos meses derriba instituciones seculares y crea otras nuevas, para volver en seguida a derrumbarlas. La dinámica de los acontecimientos revolucionarios se halla directamente informada por los rápidos tensos y violentos cambios que sufre la psicología de las clases formadas antes de la revolución.
   
La sociedad no cambia nunca sus instituciones a medida que lo necesita, como un operario cambia sus herramientas. Por el contrario, acepta prácticamente como algo definitivo las instituciones a que se encuentra sometida. Pasan largos años durante los cuales la obra de crítica de la oposición no es más que una válvula de seguridad para dar salida al descontento de las masas y una condición que garantiza la estabilidad del régimen social dominante; es, por ejemplo, la significación que tiene hoy la oposición socialdemócrata en ciertos países. Han de sobrevenir condiciones completamente excepcionales, independientes de la voluntad de los hombres o de los partidos, para arrancar al descontento las cadenas del conservadurismo y llevar a las masas a la insurrección.



Por tanto, esos cambios rápidos que experimentan las ideas y el estado de espíritu de las masas en las épocas revolucionarias no son producto de la elasticidad y movilidad de la psiquis humana, sino al revés, de su profundo conservadurismo. El rezagamiento crónico en que se hallan las ideas y relaciones humanas con respecto a las nuevas condiciones objetivas, hasta el momento mismo en que éstas se desploman catastróficamente, por decirlo así, sobre los hombres, es lo que en los períodos revolucionarios engendra ese movimiento exaltado de las ideas y las pasiones que a las mentalidades policiacas se les antoja fruto puro y simple de la actuación de los «demagogos». 

Las masas no van a la revolución con un plan preconcebido de la sociedad nueva, sino con un sentimiento claro de la imposibilidad de seguir soportando la sociedad vieja. Sólo el sector dirigente de cada clase tiene un programa político, programa que, sin embargo, necesita todavía ser sometido a la prueba de los acontecimientos y a la aprobación de las masas. El proceso político fundamental de una revolución consiste precisamente en que esa clase perciba los objetivos que se desprenden de la crisis social en que las masas se orientan de un modo activo por el método de las aproximaciones sucesivas. Las distintas etapas del proceso revolucionario, consolidadas por el desplazamiento de unos partidos por otros cada vez más extremos, señalan la presión creciente de las masas hacia la izquierda, hasta que el impulso adquirido por el movimiento tropieza con obstáculos objetivos.
  
Entonces comienza la reacción: decepción de ciertos sectores de la clase revolucionaria, difusión del indeferentismo y consiguiente consolidación de las posiciones adquiridas por las fuerzas contrarrevolucionarias. Tal es, al menos, el esquema de las revoluciones tradicionales. Sólo estudiando los procesos políticos sobre las propias masas se alcanza a comprender el papel de los partidos y los caudillos que en modo alguno queremos negar. Son un elemento, si no independiente, sí muy importante, de este proceso. Sin una organización dirigente, la energía de las masas se disiparía, como se disipa el vapor no contenido en una caldera. Pero sea como fuere, lo que impulsa el movimiento no es la caldera ni el pistón, sino el vapor. Son evidentes las dificultades con que tropieza quien quiere estudiar los cambios experimentados por la conciencia de las masas en épocas de revolución. Las clases oprimidas crean la historia en las fábricas, en los cuarteles, en los campos, en las calles de la ciudad. Mas no acostumbran a ponerla por escrito. Los períodos de tensión máxima de las pasiones sociales dejan, en general, poco margen para la contemplación y el relato.




Mientras dura la revolución, todas las musas, incluso esa musa plebeya del periodismo, tan robusta, lo pasan mal. A pesar de esto, la situación del historiador no es desesperada, ni mucho menos. Los apuntes escritos son incompletos, andan sueltos y desperdigados. Pero, puestos a la luz de los acontecimientos, estos testimonios fragmentarios permiten muchas veces adivinar la dirección y el ritmo del proceso histórico. Mal o bien, los partidos revolucionarios fundan su técnica en la observación de los cambios experimentados por la conciencia de las masas. ¿Por qué lo accesible al político revolucionario en el torbellino de la lucha no ha de serlo también retrospectivamente al historiador? Sin embargo, los procesos que se desarrollan en la conciencia de las masas no son nunca autóctonos ni independientes. 

Pese a los idealistas y a los eclécticos, la conciencia se halla determinada por la existencia. El lector serio y dotado de espíritu crítico no necesita de esa solapada imparcialidad que le brinda la copa de la conciliación llena de posos de veneno reaccionario, sino de la metódica escrupulosidad que va a buscar en los hechos honradamente investigados, apoyo manifiesto para sus simpatías o antipatías disfrazadas, a la contrastación de sus nexos reales, al descubrimiento de las leyes por que se rigen. Ésta es la única objetividad histórica que cabe, y con ella basta, pues se halla contrastada y confirmada, no por las buenas intenciones del historiador de que él mismo responde, sino por las leyes que rigen el proceso histórico y que él se limita a revelar.


Leon Trotsky - Historia de la Revolución Rusa


jueves, 20 de marzo de 2014

Esto no es Democracia, sino Timocracia (Platón)


Parece claro que nuestros gobernantes actuales han estudiado muy a fondo y llevado a cabo puntualmente estas palabras, casi proféticas, del insigne filósofo.





Una vez que los hombres comenzaron a cometer y sufrir injusticias, y a probar las consecuencias de estos actos, decidieron, los que no tenían poder para evitar los perjuicios ni para lograr las ventajas, que lo mejor era establecer mutuos convenios con el fin de no cometer ni padecer injusticias. Y empezaron a dictar leyes, y llamaron legal y justo a lo que la ley prescribe. He aquí la esencia de la justicia, término medio entre el mayor bien, que es el no sufrir su castigo quien comete injusticia, y el mayor mal, el de quien no puede defenderse de la injusticia que sufre. La justicia, situada entre estos dos extremos, es aceptada no como un bien, sino algo que se respeta por impotencia para cometer la injusticia.

¿Crees que un estado, o un ejército, o unos piratas, o unos ladrones, sea cual sea la empresa injusta a que vayan en común, pueden llevarla a cabo haciéndose injusticia los unos a los otros? ¿No la realizarían mejor sin hacerse injusticia? Porque la injusticia produce sediciones, y odios y luchas de unos contra otros, mientras que la justicia trae concordia y amistad. Siendo propio de la injusticia el meter odio dondequiera que esté, ¿no ocurrirá que al producirse los lleve a odiarse recíprocamente y a dividirse y a quedar impotentes para realizar nada en común?

Del mismo modo, si ha de ser un hombre auténticamente malo, debe realizar con destreza sus malas acciones y pasar inadvertido con ellas. Y al que se deje sorprender en ellas, hay que considerarlo inhábil, pues no hay mayor perfección en el mal que el parecer bueno no siéndolo. Hay, pues, que dotar al hombre perfectamente injusto de la más perfecta injusticia, dejándole que, cometiendo las mayores fechorías, se gane la más intachable reputación de bondad.
   Si tal vez fracasa en algo, sea capaz de enderezar su yerro; pueda persuadir con sus palabras, si hay quien denuncie alguna de sus maldades; y si es preciso empleen la fuerza, que sepa hacerlo valiéndose de su vigor y valentía y de las amistades y medios con que cuenta. Ya hemos hecho así al malo.



Ahora imaginemos que colocamos junto a él la imagen del justo, un hombre simple y noble, dispuesto no a parecer bueno, sino a serlo. Quitémosle la apariencia de bondad, porque si parece ser justo, tendrá honores y recompensas por parecer serlo, y entonces no veremos claro si es justo por amor de la justicia en sí o por las honras. Hay que despojarle de todo, excepto de la justicia. Que sin haber cometido la menor falta, pase por ser el mayor criminal para que, puesta a prueba su virtud, salga airoso del trance y que llegue imperturbable al fin de su vida tras de haber gozado siempre inmerecida reputación de maldad. Así, llegados los dos al último extremo, de justicia el uno, de injusticia el otro, podremos decidir cuál de ellos es el más feliz.

Los justos se nos muestran como más discretos, mejores y más dotados para obrar, y los injustos como incapaces para toda acción en común. En efecto, si fueran totalmente injustos, no se perdonarían unos a otros; evidentemente, hay en ellos cierta justicia que les impide hacerse injuria recíprocamente al mismo tiempo que van a hacérsela a los demás, y por esa injusticia consiguen lo que consiguen, y se lanzan a sus atropellos corrompidos, solo a medias por la injusticia, ya que los totalmente malvados y completamente injustos son también completamente impotentes para obrar.
   Si hubiese quien se negara a cometer jamás injusticia y a poner mano en los bienes ajenos, le tendrían por el ser más miserable y estúpido del mundo, aunque no por ello dejarían de ensalzarle en sus conversaciones.

Hablo así en nombre de quienes prefieren la injusticia a la justicia; dirán éstos que el justo será flagelado, torturado, encarcelado, y tras haber padecido toda clase de males, será al fin empalado y aprenderá de este modo que no hay que querer ser justo, sino solo parecerlo. En cuanto al injusto, dirán que es quien en realidad se ajusta su conducta a la verdad y no a las apariencias, pues desea no parecer injusto, sino serlo, y mandar en el estado apoyado por su reputación de hombre bueno, y obtener de todo ventajas y provechos por su propia falta de escrúpulos para cometer el mal. Si se ve envuelto en procesos podrá vencer en ellos y quedar encima de sus adversarios, y al resultar vencedor se enriquecerá y podrá beneficiar a sus amigos y dañar a sus enemigos.
 
Dicen también que, generalmente, resulta más provechoso lo injusto que lo justo, y están siempre dispuestos a considerar feliz y honrar sin escrúpulos al malo que es rico o goza de cualquier otro género de poder y, al contrario, a despreciar y mirar por encima del hombro a quienes sean débiles en cualquier aspecto o pobres, aún reconociendo que éstos son mejores que los otros.


  
¿Qué efecto hemos de pensar que producirán estas palabras en las almas de aquellos jóvenes que las escuchen y que, bien dotados naturalmente, sean capaces de extraer de todas ellas conclusiones acerca de la clase de persona que hay que ser y el camino que se debe seguir para pasar la vida lo mejor posible? Un joven semejante se diría probablemente a sí mismo que no sacará nada de ser justo, aunque parezca no serlo, nada más que trabajos y desventajas manifiestas. En cambio, se habla de una “vida maravillosa” para quien, siendo injusto, haya sabido darse apariencia de justicia. Se rodeará, pues, de una ostentosa fachada que reproduzca los rasgos esenciales de la virtud. Para pasar inadvertidos, podrá además organizar conjuras y asociaciones, y también existen maestros de elocuencia que enseñan el arte de convencer a asambleas populares y jurados, de modo que podrán utilizar unas veces la persuasión, y otras la fuerza, con el fin de abusar de los demás y no sufrir el castigo.

¿Qué razones quedarían para preferir la justicia a la suma injusticia cuando es posible hacer ésta compatible con una falsa apariencia de virtud?

De modo que, aun cuando uno pueda demostrar que no es verdad lo dicho y se halle persuadido de que vale más la justicia, sabrá que nadie es justo por su voluntad, sino porque su propia hombría u otra debilidad le hacen despreciar el mal por falta de fuerzas para cometerlo. Y la causa de todo ello es que, de todos cuantos se glorian de defensores de la justicia, no se ha extendido nadie lo suficiente en la demostración de que la injusticia es el mayor de los males que puede albergar en su interior el alma, y la justicia el mayor bien. Pues, si tal hubiese sido desde un principio el lenguaje de todos, y se hubieran dedicado desde nuestra juventud a persuadirnos de ello, no tendríamos que andar vigilándonos mutuamente para que no se cometan injusticias; antes bien, cada uno sería guardián de su propia persona, temeroso de obrar mal y atraerse con ello la mayor de las calamidades.

Ese gobierno basado en la ambición habrá que llamarlo Timocracia o Timarquía, un término medio entre la aristocracia y la oligarquía. Serán codiciadores de riquezas y adoradores feroces y clandestinos del oro y la plata, pues tendrán almacenes y tesoros privados en que mantienen ocultas las riquezas. Serán también ahorradores de su dinero, como quien lo venera, y amigos de gastar lo ajeno para satisfacer sus pasiones, y se proporcionarán los placeres a hurtadillas. Ocultándose de la ley, amigo de los cargos y honras, aunque no base su aspiración al mando en su elocuencia, sino en sus hazañas guerreras. Esas personas ambiciosas y amigos de honores pasan a ser amantes del negocio y la riqueza, y al rico lo alaban y admiran y le llevan a los cargos, mientras al pobre le desprecian.



“Ningún gobierno dispone lo provechoso para sí mismo, sino que dispone y ordena para el gobernado, mirando al bien de éste, que es el más débil, no al del más fuerte. Porque el que ha de servir rectamente no hace ni ordena nunca lo mejor para sí mismo, sino para el gobernado.

Los buenos no quieren gobernar ni por dinero ni por honores, porque no son ambiciosos. El castigo mayor es ser gobernado por otro más perverso cuando no quiera él gobernar. Y es por temor a este castigo por lo que gobiernan, cuando gobiernan, los hombres de bien; y aún entonces van al gobierno no como quien va a algo ventajoso, ni pensando que lo van a pasar bien en él, sino como el que va a cosa necesaria y en la convicción de que no tienen otros hombres mejores ni iguales a ellos. Porque si hubiera un estado formado todo él por hombres de bien, habría probablemente lucha por no gobernar, como ahora la hay por gobernar, y entonces se haría claro que el verdadero gobernante no está en realidad para atender a su propio bien, sino al del gobernado”.


Platón – La República ó el Estado

lunes, 17 de marzo de 2014

Involución hacia un Estado-Tierra (Karl F. Krause)


Como individuos, reconocemos hoy que quedamos muy inferiores a nuestro destino individual o social, sin que podamos acallar la voz de desacuerdo entre lo que la idea general de la humanidad nos exige y nuestro hecho histórico. Como pueblos y sociedades humanas, cada día vemos más claro que no satisfacemos en nuestras relaciones sociales a nuestro fin total humano, que no hallamos la idea suprema que pueda resolver la contradicción entre la humanidad como una y toda, como ella misma como un contenido vario en sus pueblos, familias e individuos. ¿Qué resta al hombre que ama todavía a su naturaleza sino levantar la vista a la idea fundamental de la humanidad, en la que todos como hombres y pueblos nos reunimos para el cumplimiento de una misma ley común y de un definitivo destino?



Esta idea pide al individuo que sea hombre para sus semejantes, que tome parte con ellos en todo pensamiento y obra para los fines comunes, que sobre toda oposición temporal muestre hacia ellos un sentido de amor y de leal concurso para la realización del destino común. El hombre que escucha la voz de su corazón, guiada por la razón, el que se siente movido a abrazar en amor y obra viva todas las relaciones humanas, observa con extrañeza la sociedad en que ha nacido. Hechos contrarios a los sentimientos de unidad y comunidad humana. Este hombre observa reinando sobre toda otra relación humana una oposición de estados sociales en la que cada opuesto parece fundar su valor solo en lo que desmerece y vale menos su contrario.
   Estos extremos parecen obedecer al fin temporal de cada parte, con unión y concurso pasajeros, sin amor ni plenitud de idea, ni eficacia de acción común.

Las mismas personas sociales parecen atentas más bien a excluirse unos a otros, a ganar cada una en poder y provecho propio a fuerza de encerrarse en su particularidad, a reinar o predominar entre todos. El hombre que contempla este desamor en.que viven hoy las sociedades humanas, atentas más a negarse unas a otras, a impedirse, a excluirse, que a obrar en función de una total acción y vida… ¿es definitivo semejante estado, sin que sea otro posible como la sociedad suprema y armónica de todos sus pueblos?

Cuando nuestra humanidad sea toda la tierra un reino interior, una pacífica y armónica domesticidad, entonces se reunirá con todos sus miembros en una vida indivisible; entonces abrazará con calor maternal vivificador a todos los hombres y pueblos, como su madre natural, la más universal y más íntima, la verdaderamente eterna, y en este calor el hombre hallará reanimación y fuerza invencible para el cumplimiento de su destino. En este día lleno, el individuo no se sentirá desamparado en la guerra que divide hoy su corazón, y lo desconcierta y desespera, cuando de un lado la naturaleza lo lleva al sentido, del otro el espíritu lo obliga a recogerse dentro, a alejarse del contacto de la vida. En el espíritu pura y en la naturaleza pura, cada cosa parece ajustar y caminar con seguridad hacia su fin respectivo; solo el hombre vive como en tierra ajena, como extranjero en su casa.



Pero cuando nuestra humanidad sea en la tierra un reino propio que abrace realmente todos sus miembros, entonces el individuo será igualmente partícipe del mundo del espíritu y del de la naturaleza. Entonces cumplirá la humanidad su historia y hará plena justicia.

   Nosotros no vemos esto con nuestros ojos, pero lo sentimos más cerca, en nuestro corazón y en la confianza que la sola idea de esta plenitud última da a nuestra obra presente. Y cuando la humanidad haya conquistado una vida interior donde hoy reina todavía exterioridad y antipatía, entonces cumplirá otra involución más fácil: de Pueblos y Estados hasta realizar una ciudad y un reino humano, un Estado-Tierra; porque bajo un Dios hay una sola humanidad y una ley y un gobierno común, para realizarla pacíficamente entre los hombres.


Karl Christian Friedrich Krause – Ideal de la Humanidad para la vida

viernes, 14 de marzo de 2014

El Amor trasciende siempre (María Zambrano)




Una de las indigencias de nuestros días es la que al amor se refiere. No es que no exista, sino que su existencia no halla lugar, acogida en la propia mente de quien es visitado por él. En el limitado espacio que en apariencia la mente de hoy abre a toda realidad, el amor tropieza con barreras infinitas. Y ha de justificarse y dar razones sin término, y ha de resignarse por fin a ser confundido con la multitud de los sentimientos, o de los instintos, o ser tratado como una enfermedad secreta, de la que habría que liberarse. La libertad, todas las libertades no parecen haberle servido de nada; la libertad de conciencia menos que ninguna, pues a medida que el hombre ha creído que su ser consistía en la conciencia y nada más, el amor se ha ido encontrando sin espacio vital donde alentar, como pájaro asfixiado en el vacío de una libertad negativa.

Vida en la negación, es la que se vive en la ausencia del amor. Cuando el amor se retira, no parece perderse nada de momento, y aún parecen emerger con más fuerza y claridad cosas como los derechos del hombre independiente. Al amor de nada le sirve aparecer bajo la forma de una arrebatadora pasión, para dejarlo convertido en un suceso, en el ejercicio de un humano derecho y nada más. En un episodio de la necesidad y de la justicia.

La ausencia del amor no consiste en que no aparezca en episodios, en pasiones, sino en su confinamiento en esos estrechos límites de la pasión individual descalificada en hecho, en raro acontecer. El amor está siendo juzgado por una conciencia donde no hay lugar para él, ante una razón que se le ha negado. Está como enterrado vivo, viviente, pero sin fuerza creadora. El amor no tiene espacio para su trascender cuando la vida humana le ha rechazado en ese movimiento de querer librarse de lo divino, al mismo tiempo que quiere absorberlo dentro de sí, que es una forma de querer librarse de ello. Y entonces no queda espacio para el trascender del amor, puente sin orillas en que tenderse. No tiene nada entre que mediar, realidad e irrealidad, ser y no ser, lo que ya es con el futuro sin término. La pretendida divinización total del hombre y de la historia produce la misma asfixia que debió haber cuando, en tiempos remotos, el hombre no lograba un lugar bajo el espacio lleno de Dioses, semidioses, de demonios. Tampoco entonces existía el amor.



El amor trasciende siempre. Abre el futuro, esa apertura sin límite, a otra vida que se nos aparece como la vida de verdad. El amor es el agente de destrucción más poderoso, porque al descubrir la inanidad de su objeto, deja libre un vacío, una nada aterradora al principio de ser percibida. Es el abismo en que se hunde no solo lo amado, sino la propia vida, la realidad misma del que ama. Es el amor el que descubre el no-ser y aún la nada. El Dios creador creó al mundo de la nada por amor. Y todo el que lleva en sí una brizna de este amor descubre algún día el vacío de las cosas, porque toda cosa y ser aspira a más de lo que realmente es. Y el que ama queda prendido en esta realidad no lograda.

Y así, el amor hace transitar, ir y venir entre las zonas antagónicas de la realidad, se adentra en ella y descubre su no-ser, sus infiernos. Descubre el ser y el no-ser, porque aspira a ir más allá del ser, de todo proyecto.
   Mas no existe engaño alguno en el amor, pues aquello que se ha amado, lo que en verdad se amaba, cuando se amaba, es verdad. Es la verdad, aunque no esté enteramente realizada y a salvo: la verdad que espera en el futuro. Pues el amor que integra la persona, la conduce a su entrega; exige hacer del propio ser una ofrenda, un sacrificio. Y este abatimiento que hay en el centro mismo del sacrificio anticipa la muerte. El que de veras ama, aprende a morir. Es un verdadero aprendizaje para la muerte.



El amor aparecerá ante la mirada del mundo como amor-pasión. Pero esas pasiones serán los episodios de su gran historia semiescondida. Estaciones necesarias para que pueda dar el amor su fruto último, para que pueda actuar como fuego que depura y como conocimiento; un conocimiento inexpresable. No es más valedero el amor que se expresa directamente, el que arrebata en un episodio. La acción del amor, se carácter de agente de lo divino en el hombre, se conoce sobre todo en ese afinamiento del ser que lo sufre y lo soporta. Y aún en un desplazamiento del centro de gravedad, que se ha trasladado a la persona amada, y cuando la pasión desaparece, quedará ese movimiento, el más difícil de estar “fuera de sí”. Vivir fuera de sí, por estar más allá de sí mismo.

Vivir dispuesto al vuelo, es el futuro inimaginable, el inalcanzable futuro de esa promesa de vida verdadera que el amor insinúa en quien lo siente. El futuro que consuela del presente haciendo descreer de él, de donde brota la creación, lo no previsto. Ese fuego sin fin que alienta en el secreto de toda vida. Lo que unifica con el vuelo de su trascender vida y muerte, como simples momentos de un amor que renace siempre de sí mismo. Lo más escondido del abismo de la divinidad. Lo inaccesible que desciende a toda hora.


María Zambrano – Dos fragmentos sobre el Amor (Andalucía, sueño y realidad)


jueves, 13 de marzo de 2014

Terror a la Historia y abandono de los Arquetipos (Mircea Eliade)


Si el Mundo existe, si el hombre existe, es porque los seres sobrenaturales han desplegado una actividad creadoras en los “comienzos”. Pero otros acontecimientos han tenido lugar después, y el hombre, tal como es hoy, es el resultado de los acontecimientos míticos, está constituido por ellos. Es mortal, porque algo ha pasado en aquel tiempo. Si eso no hubiera sucedido, el hombre no sería mortal: habría podido existir indefinidamente. El mito del origen de la muerte cuenta lo que sucedió y, al relatar este incidente, explica por qué el hombre es mortal.



El “Centro” es la zona de lo sagrado por excelencia, la de la realidad absoluta. El camino que lleva al centro es arduo, está sembrado de peligros, porque es un rito del paso de lo profano a lo sagrado, de lo efímero y lo ilusorio a la realidad y la eternidad; de la muerte a la vida; del hombre a la divinidad. El acceso al centro equivale a una consagración, a una iniciación; a una existencia ayer profana e ilusoria sucede ahora una nueva existencia real, duradera y eficaz.
   Si mediante el acto de Creación se cumple el paso de lo no manifestado a lo manifestado, o del Caos al Cosmos; si la Creación, en toda la extensión de su objeto, se efectuó a partir de un “Centro”, de lo inanimado a lo viviente, entonces se aclaran maravillosamente el simbolismo de las “ciudades sagradas”, las teorías geománticas que presiden su fundación. Así, toda creación repite el acto cosmogónico por excelencia: la Creación del Mundo; en consecuencia, todo lo que es fundado lo es en el Centro del Mundo. Nada puede durar si no está animado, si no está dotado, por un sacrificio, de un “alma”: el prototipo del rito de construcción es el sacrificio que se hizo al fundar el mundo.

El tiempo concreto se proyecta en el tiempo mítico en que se produjo la fundación del mundo. Así quedan aseguradas la realidad y la duración de una construcción, no solo por la transformación del espacio profano en un espacio trascendente (“el centro”), sino también por la transformación del tiempo concreto en tiempo mítico. Un ritual cualquiera se desarrolla no solo en un espacio consagrado, sino además en un “tiempo sagrado”, en “aquel tiempo”, cuando el ritual fue llevado a cabo por vez primera por un dios, un antepasado o un héroe. “Así hicieron los dioses, así hacen los hombres”. Conocer los mitos es aprender el secreto del origen de las cosas. Un acto no es real más que en la medida en que imita o repite un arquetipo. Así, todo lo que no tiene un modelo ejemplar carece de realidad.



Un sacrificio no solo reproduce exactamente el sacrificio inicial revelado por un dios al principio, sino que sucede en ese mismo momento mítico primordial. El tiempo profano y la duración quedan suspendidos, se abandona el mundo profano de los mortales y se incorpora al mundo divino de los inmortales. Las sociedades primitivas que aún viven en el paraíso de los arquetipos se regeneran periódicamente por la expulsión de los “males” y la confesión de los pecados. Así, pues, la existencia del hombre en el Cosmos se considera como una caída. Para ellos, la memoria “histórica”, es decir, el recuerdo de acontecimientos que no derivan de ningún arquetipo, es insoportable. La necesidad de librarse del recuerdo del “pecado”, de una secuencia de acontecimientos cuyo conjunto constituye la “historia”, está relacionada con la inmensa importancia adquirida por la regeneración colectiva por medio de la repetición del acto cosmogónico. 
   Para el hombre tradicional, la imitación de un modelo arquetípico es una reactualización del momento mítico en que el arquetipo fue revelado por vez primera. Esas ceremonias suspenden el tiempo profano, la duración, y proyectan al que los celebra in illo tempore. Es la oposición del hombre a aceptarse como ser histórico, a conceder valor a la “memoria”, la voluntad de desvalorizar el tiempo.

Como el místico, como el hombre religioso en general, el primitivo vive en un continuo presente. Lo que domina es el retorno cíclico de lo que antes fue, el “eterno retorno”. Hasta puede decirse que nada nuevo se produce en el mundo, pues todo no es más que la repetición de los mismos arquetipos primordiales. Esa repetición mantiene sin cesar al mundo en el mismo instante auroral de los comienzos. Pero la repetición tiene un sentido: solo ella confiere una realidad a los acontecimientos.
   Para el hombre de las culturas tradicionales vivir equivalía a respetar la “ley”, la revelación hecha por una divinidad o un ser mítico. Si por la repetición de las acciones conseguía anular el tiempo, no por eso dejaba de vivir en concordancia con los ritmos cósmicos. No puede concebir un “sufrimiento” no provocado; proviene de una falta, una acción mágica o por lo menos una causa identificadas en la voluntad del Dios Supremo olvidado. En todos los casos, el sufrimiento se hace coherente y por consiguiente llevadero.



La novedad de la religión judía respecto de las estructuras tradicionales es que el acontecimiento histórico se convierte en teofanía, en la cual se devela tanto la voluntad de Yahvé como las relaciones entre Él y el pueblo que ha elegido. Pero las creencias mesiánicas en una regeneración final del mundo denotan igualmente una actitud antihistórica. Como ya no puede ignorar o abolir periódicamente la historia, el hebreo la soporta con la esperanza de que cesará definitivamente en un momento más o menos lejano; la historia debe ser soportada porque tiene una función escatológica, porque se sabe que algún día cesará. La historia así es abolida en el futuro. La regeneración periódica de la Creación es reemplazada por una regeneración única que ocurrirá en un in illo tempore por venir.

Sería necesario comparar al hombre de las civilizaciones tradicionales con el hombre moderno, que se sabe y se quiere creador de la historia, en cuya perspectiva es cada vez más difícil de soportar el “terror a la historia”. Quisiéramos saber, por ejemplo, cómo pueden soportarse, y justificarse, los dolores y la desaparición de tantos pueblos que sufren y desaparecen, ¿cómo podrá el hombre soportar las catástrofes y los horrores de la historia si no se presiente ninguna intención transhistórica, si tales horrores son solo el juego ciego de fuerzas económicas, sociales o políticas, o el resultado de las “libertades” que una minoría se toma y ejerce directamente en la escena de la historia universal?
   Es menester considerar que cuanto más se agrave el terror a la historia, cuanto más precaria se haga la existencia debido a la historia, tanto más crédito perderán las posiciones del historicismo. Y, en un momento en que la historia podría aniquilar a la especie humana en su totalidad, no está vedado concebir una época no muy lejana en que la humanidad, para asegurarse la supervivencia, se vea obligada a dejar de “seguir” haciendo la “historia”, en que se conforme con repetir los hechos arquetípicos y se esfuerce por “olvidar”, como insignificante y peligroso, todo hecho espontáneo que amenazara con tener consecuencias “históricas”.

Las técnicas orientales se esfuerzan ante todo por anular o superar la condición humana. Sobre este particular, se puede hablar no solo de libertad y emancipación, sino verdaderamente de creación, pues se trata de crear un hombre nuevo, y de crearlo en un plano suprahumano, un hombre-dios, como nunca pasó por la imaginación del hombre histórico poder crearlo.



Puede decirse que el cristianismo es la “religión” del hombre moderno y del hombre histórico. Desde la “invención” de la fe en el sentido judeocristiano del vocablo, el hombre apartado del horizonte de los arquetipos y la repetición no puede ya defenderse de ese terror sino mediante la idea de Dios. En efecto, solo presuponiendo la existencia de Dios conquista, por un lado, la libertad que le concede autonomía en un  universo regido por leyes, y por otro lado, la certeza de que las tragedias históricas tienen una significación transhistórica, incluso cuando esa significación no se siempre evidente para la actual condición humana.

   Toda otra situación del hombre moderno conduce, en última instancia, a la desesperación. Una desesperación provocada, no por su propia existencialidad humana, sino por su presencia en un universo histórico en el cual casi la totalidad de los seres humanos viven acosados por un terror continuo (aun cuando no siempre sea consciente). En este aspecto, el cristianismo se afirma sin discusión como la religión del “hombre que ha caído en desgracia”, y ello en la medida en que el hombre moderno está irremediablemente integrado a la historia y al progreso, y en que la historia y el progreso son caídas que implican el abandono definitivo de los arquetipos y de la repetición.


Mircea Eliade – El Mito del Eterno Retorno.-  Mito y Realidad


lunes, 10 de marzo de 2014

Hermetismo en estado puro (El Kybalion - Los Misterios de Hermes)




La Tabla de Hermes

“Los principios de la verdad son siete: el que comprende esto perfectamente, posee la clave mágica ante la cual todas las puertas del Templo se abrirán de par en par:

-         El TODO es mente, el universo en mental.
-         Como es arriba, es abajo; como es abajo, es arriba.
-         Nada está inmóvil; todo se mueve, todo vibra.
-         Todo es doble; todo tiene dos polos; todo, su par de opuestos: los semejantes y los antagónicos son lo mismo; los opuestos son idénticos en naturaleza, pero diferentes en grado; los extremos se tocan; todas las verdades son medias verdades; todas las paradojas pueden reconciliarse.
-         Todo fluye y refluye; todo tiene sus períodos de avance y retroceso; todo asciende y desciende; todo se mueve como un péndulo; la medida de su movimiento hacia la derecha, es la misma que la de su movimiento hacia la izquierda; el ritmo es la compensación.
-         Toda causa tiene su efecto; todo efecto tiene su causa; todo sucede de acuerdo a la Ley; la suerte no es más que el nombre que se le da a la ley no reconocida; hay muchos planos de causalidad, pero nada escapa a la ley.
-         La generación existe por doquier; todo tiene su principio masculino y femenino; la generación se manifiesta en todos los planos.


Aclaraciones herméticas del Kybalion


Transmutación Mental

La mente, así como todos los metales y demás elementos, pueden ser transmutados, de estado en estado, de grado en grado, de condición en condición, de polo a polo, de vibración en vibración. La verdadera transmutación hermética es una práctica, un método, un arte mental.

El TODO

Más allá del Cosmos, del tiempo, del Espacio, de todo cuanto se mueve y cambia, se encuentra la realidad substancial, la Verdad fundamental. Lo que constituye la Verdad fundamental, la Realidad substancial, está más allá de toda denominación; pero el sabio lo llama el TODO.
   En su esencia el TODO es incognoscible.

El Universo Mental

El universo es una creación mental sostenida en la mente del TODO.
   El TODO crea en su mente infinita innumerables universos, los que existen durante eones de tiempo, y así y todo, para Él, la creación, desarrollo, decadencia y muerte de un millón de universos, no significa más que el tiempo que se emplea en un abrir y cerrar de ojos.
   La mente infinita del TODO es la matriz del Cosmos.


La Paradoja Divina

El sabio a medias, reconociendo la irrealidad relativa del Universo, se imagina que puede desafiar sus leyes, ése no es más que un tonto vano y presuntuoso, que se estrellará contra las rocas y será aplastado por los elementos, en razón de su locura. El verdadero sabio, conociendo la naturaleza del universo, emplea la Ley contra las leyes; las superiores contra las inferiores, y por medio de la alquimia transmuta lo que no es deseable, en lo valioso y de esta manera triunfa. La maestría consiste, no en sueños anormales, visiones o imágenes fantasmagóricas, sino en el sabio empleo de las fuerzas superiores contra las inferiores vibrando en los más elevados. La transmutación (no la negación presuntuosa) es el arma del Maestro.

El TODO en TODO

Si bien es cierto que todo está en el TODO, no lo es menos que el TODO está en todas las cosas. El que comprende esto debidamente, ha adquirido gran conocimiento.




Axiomas Herméticos

La posesión del conocimiento, si no va acompañada por una manifestación y expresión en la práctica y en la obra, es lo mismo que enterrar metales preciosos: una cosa vana e inútil. El conocimiento, lo mismo que la fortuna, deben emplearse. La ley del uso es universal, y el que la viola sufre por haberse puesto en conflicto con las leyes naturales.

Para cambiar nuestra característica o estado mental, cambiar la vibración. Para destruir un grado de vibración no deseable, póngase en operación el principio de polaridad y concentrar la atención en el polo opuesto al que se desea suprimir. Lo no deseable se mata cambiando su polaridad.

El ritmo puede neutralizarse mediante el arte de la polarización.

Nada escapa al principio de causa y efecto, pero hay muchos planos de causalidad, y uno puede emplear las leyes del plano superior para dominar a las del inferior. El sabio sirve en lo superior, pero rige en lo inferior. Obedece a las leyes que están por encima de él, pero en su propio plano y en las que están por debajo, rige y ordena. Sin embargo, al hacerlo, se sumerge en la Ley, y comprendiendo sus movimientos, opera en ella en vez de ser su ciego esclavo. Va de aquí para allá, según su propia voluntad, en vez de dejarse arrastrar. Sin embargo, el sabio y el ignorante, están todos sujetos a la Ley. Aquel que esto comprenda va en el buen camino que conduce a la Maestría.

El “Ser” puede ser considerado bajo su doble aspecto del “yo” y de “mí”. El “mí” se sentirá como algo mental en lo que pueden producirse los pensamientos, ideas, emociones, sentimientos y otros estados mentales. Puede ser considerado como la “matriz mental” capaz de generar mentalmente. Este “mí” posee un poder de energía enorme, pero, a pesar de todo, se tiene la conciencia de que debe recibir alguna forma de energía. Existe un algo que puede “querer” que el “mí” obre de acuerdo con cierta línea creadora y que, sin embargo, permanece aparte, como testigo de esa creación mental. A esta parte de sí mismo se le da el nombre del “yo”. El Yo representa el aspecto del “Ser”; el Mí el aspecto del “devenir”.



No podemos imaginar nada fuera del TODO, más allá de la Ley, y esto porque el TODO es precisamente la Ley en sí mismo.

La verdadera transmutación hermética es un arte mental.

El TODO es Mente; el Universo es Mental.


Tres Iniciados - El Kybalion (Los Misterios de Hermes)