jueves, 23 de febrero de 2017

Dar sin esperar a recibir (Salvador Badillo)


Cuando la sociedad está tan dividida, cuando parece que cada uno va a lo suyo resulta que, de repente, la gente deja de ser gente y pasan a ser personas que colaboran, sin pensar en ideologías, banderas ni credos; se unen como una gran masa de amor y compasión y arriesgan sus vidas, todo lo que son y tienen para ayudar, dar consuelo, para demostrar que, a pesar de lo que nos intenten inculcar, el ser humano puede sortear cualquier obstáculo, y convertirse en algo maravilloso y digno de admiración.

El ser humano no está en crisis, solo lo está el poder de algunos seres humanos egoístas. En ocasiones perdemos la fe en la humanidad y en su capacidad de sentir y de ser mejores. A diario, los noticiarios nos proporcionan el lado más ruin y negativo de nuestros congéneres y, en definitiva, de nosotros mismos. Esto es una información sesgada. En el mundo ocurren cosas maravillosas cada día, pero esto no debe ser especialmente interesante para ciertos grupos que se dedican a utilizarnos como esclavos de un sistema que a ellos les conviene. Necesitan muchas manos que trabajen y que se preocupen por sostener un sistema económico y social que les beneficia a ellos, pero en el que la mayoría somos perjudicados. Hemos pasado de la esclavitud física a la mental y espiritual por arte de magia.

Mi fe, que podría ser tan irracional o sólida como casi cualquier otra, es la de que la humanidad está compuesta de seres que en muchas ocasiones se juzgan con demasiada dureza, que actúan de tal forma que causan su propio sufrimiento y el ajeno pero que, en esencia, ante una tragedia, cuando consiguen superar sus limitaciones autoimpuestas pueden, sin duda, convertirse en héroes anónimos que poseen las más bellas virtudes.
      Pero lo cierto y verdad es que incluso en las grandes tragedias –o especialmente en ellas– encontramos fuerzas para comportarnos según nuestra verdadera naturaleza: la bondad. Cuando las personas se hallan en una situación límite, acostumbran a actuar de una forma heroica y desinteresada. Cuando un hecho trágico es tan impactante como para que desconectemos el piloto automático por el cual otorgamos trascendencia a cosas que por los demás solo tienen el alcance de lo efímero, eso debería darnos la oportunidad de comprender que todos los seres humanos tienen la capacidad de ser compasivos y, en esencia, héroes.



Tienes una fuerza en tu interior capaz de aportar al mundo una diferencia. Eres capaz de dar amor, ayuda, amparo, compasión y heroísmo. Y eres capaz porque lo llevas dentro. El ser humano es como un trozo de carbón, que cuando se somete a muchísima presión, da como resultado un diamante de belleza sobrecogedora. Eso somos, diamantes por descubrir y, mediante la decisión consciente, podemos pulirnos adecuadamente para brillar, tal vez para dar más luz a un mundo que, nos quieren convencer, está lleno de oscuridad.
     Solo los locos han tenido la visión suficiente para hacer cosas que a los demás les hubieran parecido absurdas, carentes de lógica, arriesgadas y peligrosas. A algunos de estos “locos” hoy en día se les conoce como grandes genios. Estos genios en algún momento dieron un paso más allá, como poseídos por una visión propia. Ellos dieron la espalda a lo que era comúnmente aceptado y se embarcaron en una aventura que era desaconsejada por todos.

Podemos tener la absoluta seguridad de que todas nuestras acciones tendrán una consecuencia, lo que llamamos Karma. Estrictamente hablando, las consecuencias no son buenas o malas, sino que lo son las acciones. Si las acciones son conscientes, podemos tener un mayor control sobre las consecuencias, darles el toque mágico de la intención positiva, constructiva, alegre y desinteresada. Así, cuando comenzamos a crear rutinas conscientes y positivas, nos acercamos mucho a una visión mejorada de nosotros mismos. De hecho, al ser conscientes creamos las rutinas que nos aportan la dinámica de acciones positivas que tendrán consecuencias felices. Creamos nuestro futuro desde nuestro más inmediato presente gobernando la nave de nuestros pensamientos y emociones.
    Traer al consciente lo que es inconsciente, estando presentes en cada acción que emprendemos y haciéndolo con una intención positiva y generosa. Abrir nuestra mente y dejar que la magia ocurra. Dar sin esperar a recibir. Demos: demos constantemente, seamos generosos. No esperemos, no, no nos sentemos a esperar, sigamos dando porque recibiremos mientras sigamos en nuestra acción de dar.



Ahora podemos crear las consecuencias que viviremos mañana. Si elegimos correctamente, si para elegir nos paramos un segundo a pensar en cómo puede afectarnos esa acción, podremos actuar con sabiduría creándonos así el futuro que nos deseamos. No basta con dejarse arrastrar por la vorágine. Eso no es vivir. Vivir es plantarse firmemente y decidir. Hemos de vivir ahora, con todas nuestras fuerzas, nuestra atención, decidiendo sobre nuestras vidas, tomando el control. Eternidad es cualquier instante vivido intensamente, cualquier sensación de luz, de paz, de alegría íntima. Alcancemos la inmortalidad en un instante. El tiempo no es más que una percepción.


El bendito Karma tiene un cien por cien de éxito debido a que no te exige que hagas cosas complicadas, te pido que actúes con las armas que ya posees, tratando de dedicar un pequeño tiempo a cuidar de dichas herramientas: no olvides dar las gracias constantemente; evita la negatividad; reprograma tu mente con mensajes en positivo; trae al consciente lo que está en el inconsciente. Deja espacio para que la magia ocurra.


Salvador Badillo - ¡Bendito Karma! Atraer el éxito personal y la felicidad con gestos cotidianos

jueves, 9 de febrero de 2017

Hemos tolerado la incompetencia y la corrupción (Antonio Muñoz Molina)





Todo lo que era sólido se desvanece en el aire. Lo que recordamos es como si no hubiera existido. Lo que ahora nos parece retrospectivamente tan claro era invisible mientras sucedía. Lo que había valido mucho de pronto no valía nada. El dinero parece lo más irrefutable y tiene el poder de comprarlo todo y trastornarlo todo, y de pronto se evapora y ya es como si no hubiera existido.

Ahora que de un día a otro todo lo que dábamos por supuesto y nos permitíamos desdeñar puede que esté a punto de perderse, quizá nos falta poco para sentir nostalgia de un tiempo que casi nadie supo apreciar mientras lo vivía. Ahora nos da miedo abrir el periódico o esperar la hora del telediario porque no sabemos si nos informarán de que ya no existe lo que creíamos perdurable, de que los billetes que guardamos en la cartera se han quedado sin valor o nuestro puesto de trabajo o nuestros ahorros los ha barrido un viento de desastre, de que iremos a un servicio de urgencias y no habrá un médico que nos atienda. Ahora el porvenir de dentro de unos días o semanas es una incógnita llena de amenazas y el pasado es un lujo que ya no podemos permitirnos.

La ruina en la que nos ahogamos hoy empezó cuando la potestad de disponer del dinero público pudo ejercerse sin los mecanismos previos de control de las leyes; y cuando las leyes se hicieron tan elásticas como para no entorpecer el abuso, la fantasía insensata, la codicia, el delirio –o simplemente para no ser cumplidas. Pero una administración clientelar no solo fomenta la incompetencia y facilita la corrupción: también desalienta a los empleados más capaces y vuelve habitual el cinismo.




Las únicas carreras administrativas que se han hecho en España a lo largo de los últimos treinta años son la de los mediocres arrimados a los partidos que han llegado a ocupar los puestos más altos sin poseer ningún mérito, sin saber nada, sin adquirir a lo largo del tiempo otra habilidad que la de simular que hacen algo, o que han aprendido algo. No hay lugar de la administración cultural o de la política o de la vida económica que no hayan escalado. Nadie puede calcular el número o el costo total de los puestos que se fueron creando no para cubrir ninguna necesidad racional prevista de antemano, sino para dar colocación a parientes más o menos cercanos o pagar favores políticos. Ahora mismo nos hundimos bajo el peso muerto de su innumerable incompetencia.

Había un país real, más bien austero, habitado por gente dedicada a trabajar lo mejor que podía, a cuidar enfermos, a criar niños y educarlos, a construir casas sólidas, a juzgar delitos, a cultivar la tierra, a ganar dinero ideando o vendiendo bienes necesarios. Pero por encima de ese país más visible estuvo desde muy pronto el otro país de los simulacros y los espejismos, el de las obras ingentes destinadas no a ningún uso real sino al exhibicionismo de los políticos que las imaginaban y al halago paleto de los ciudadanos que se sentían prestigiados por ellas.
    Casi cualquier gasto era factible, a condición de que se dedicara  a algo superfluo: porque ni en las épocas de mayor abundancia ha sobrado el dinero para lo que era necesario, para la educación pública rigurosa, para la investigación científica, para la protección de la naturaleza, para dotar de sueldos dignos a los empleados públicos de los que depende la salud o la vida de los demás y los que se juegan la vida para protegerlos.
    A la tarea poco gloriosa de administrar con austeridad y eficiencia el país que existía, prefirieron muy pronto la invención de otros países paralelos, de ciudades convertidas en proyecciones fantásticas o decorados de sí mismas.

En una sociedad sólida los méritos están muy repartidos y el protagonismo de lo que sale bien casi nunca corresponde a quien ostenta un cargo público. Cuanto más razonablemente funciona un país menos espacio queda para el providencialismo populista del buen líder que sabe lo que es mejor para los suyos y les consigue lo que piden o lo que necesitan, casi siempre arrancándoselo con determinación a un poder más lejano al que también podría achacar oportunamente cualquier contratiempo.



Una mezcla del viejo caciquismo español y del reverdecido populismo sudamericano coincidió con los flujos de dinero barato que llegaba de Europa para engendrar una multiplicación fantástica de simulacros y festejos, de despliegues barrocos para durar unas semanas o unos días y celebraciones hipertróficas, algunas rancias y otras recién inventadas, muchas de ellas bárbaras: la conmemoración y no el presente; el simulacro y no la realidad; la apariencia y no la sustancia; el acontecimiento espectacular de unos días y no el empeño duradero en mejorar lo cotidiano; la fiesta como identidad y casi como forma de vida y no la secuencia del tiempo en el que el trabajo se compensa con el ocio.

Para bien y para mal lo que parecía más sólido deja de existir. Lo que no existía y casi no se imaginaba puede hacerse real. Lo que hoy es más indiscutible y más sólido y nos importa más mañana puede haberse desmoronado o puede haber sucumbido a un desguace motivado por intereses económicos o designios políticos, o simplemente porque no hubo un número suficiente de personas capaces que tuvieran el coraje de defenderlo.
    Nada importó demasiado mientras había dinero. Nada importaba de verdad. Podíamos estar gobernados por incompetentes o por ladrones o por ignorantes o por gente que reunía las tres cualidades a la vez.




Hace falta una serena rebelión cívica que utilice con inteligencia y astucia todos los recursos de las leyes y toda la fuerza de la movilización para rescatar los territorios de soberanía usurpados por la clase política. Hay que exigir de manera eficaz la limitación de mandatos, las listas electorales abiertas, la profesionalidad e independencia de la administración; la revisión cuidadosa de toda la maraña de organismos y empresas oficiales para decidir qué puede aligerarse o suprimirse, a qué límites estrictos tienen que estar sujetos, el número de puestos y las remuneraciones, qué normas se deben eliminar. Hay que defender sin timidez ni mala conciencia el valor de lo público.

Ha terminado el simulacro. Que la clase política española quiera seguir viviendo en él es una estafa que ya no podemos permitirles, que no podemos permitirnos. Tenemos un país a medias desarrollado y a medias devastado, con una administración hipertrofiada y politizada, sin el pulso cívico necesario para emprender grandes proyectos comunes.
    Hemos mirado con demasiada tolerancia o demasiado distraidamente la incompetencia y la corrupción. Ya no nos queda más remedio que empeñarnos en ver las cosas tal como son, a la sobria luz de lo real.

    Después de tantas alucinaciones, quizás solo ahora hemos llegado o deberíamos haber llegado a la edad de la razón.


Antonio Muñoz Molina – Todo lo que era sólido

domingo, 5 de febrero de 2017

Estrena la mente cada amanecer (Ramiro Calle)



El ser humano puede ganarse a sí mismo recobrando su sentido de “sí a la vida” y aprendiendo que toda forma de existencia, de la más infinita a la más infinitesimal, es sagrada y hay que darle la bienvenida. Las personas sensibles y lo suficientemente evolucionadas tratarán de no dañar jamás a ninguna criatura, porque saben que la vida de un ser es de un valor incalculable.

Con demasiada frecuencia, y debido a enfoques incorrectos, el ser humano es despiadado y poco compasivo con los demás. ¡Cuán indulgentes podemos llegar a ser con nosotros mismos y cuán inclementes con los otros! Con demasiada frecuencia no nos ponemos en su lugar y, por falta de sensibilidad y egoísmo, nos mostramos impositivos. Demasiado preocupados de nosotros mismos, no somos capaces de descubrir y verdaderamente satisfacer las necesidades ajenas. La generosidad comienza cuando valoramos a los demás como son y tratamos de procurarles algún tipo de felicidad.

El corazón, o sea, el interior del ser humano, es la sede de lo Absoluto, como quiera que cada uno lo denomine o lo conciba, incluso muchas respuestas que no pueden encontrarse en la simple razón, hay que intuirlas en el silencio elocuente del corazón. Si nos desorientamos con palabras y opiniones, conceptos y dogmas, lo que está más allá de cualquier designación nos será desconocido. Cuando el intelecto se rinde, brota lo que está más allá de él y lo hace posible.

Llenamos la vida de muchas actividades inútiles, pero no nos aplicamos rigurosamente a la búsqueda interior y a la práctica para el mejoramiento interno. Disipamos nuestras mejores energías en toda suerte de insustanciales actividades, cuando bien podríamos acopiarla para ponerla al servicio del autoconocimiento y la realización. El verdadero autoconocimiento consiste en descubrir los propios autoengaños, por sutiles que sean, y tratar de superar la imagen que hemos conformado sobre nosotros mismos y que nos impide captar nuestra naturaleza real. La máscara de la personalidad impide el acceso al ser real. El desenmascaramiento es doloroso, pero necesario.



Mucho más importante que hacer es ser. Incluso en la actividad hay que aprender a mantener una actitud de calma y presencia de ser. La voluntad de actividad debe complementarse con la de “seidad”. Es la contemplación en la acción, la meditación en la actividad. En el “simplemente estoy” hay una afirmación vivencial de ser, porque no es estar para esto o para lo otro, sino simplemente estar con uno mismo y sin urgencia ni compulsión, fluyendo con la energía universal.
    Permanece atento, conectado con lo que es a cada instante, para renovar las energías de la mente y percibir las cosas tal cual son. Así el aprendizaje no cesa y la atención pone en marcha todos sus recursos y va desplegando otros factores de iluminación, como la ecuanimidad, el contento, el sosiego y la visión clara. Muchos son los seres humanos que, creyéndose conscientes, no se ejercitan para la evolución de la consciencia y que, creyéndose despiertos, no ponen lo medios para despertar.

No desperdicies tu vida cultivando aflictivos estados de ánimo o extraviándote en preguntas sobre el sentido o el propósito de la vida. A cada instante puedes procurarle un significado. Ennoblece tus pensamientos, tus palabras y tus actos… ¿qué mayor propósito puede haber? Aprovecha que eres un ser humano y humanízate, poniendo medios para que la consciencia evolucione y poder así ganar un sentido dentro de cada uno de nosotros.




Todo transita, muda, se modifica. A una estación sigue la otra, a la tempestad la calma y a la calma la tempestad. Ante los eventos, lo más sabio es mantener una mente firme, es decir, una actitud de inquebrantable ecuanimidad.
    Hay que aprender a asir y a soltar, según lo requieran las circunstancias. El arte de saber tomar sin apego, y saber dejar sin amargura. Incluso hasta el cuerpo tendremos que soltarlo, inevitablemente, un día. Soltar nos hace libres.

Nunca es tarde para emprender el viaje hacia uno mismo y comenzar a caminar por la senda hacia el autoconocimiento y la autorrealización. Pero no debemos dejarnos tomar por la enfermedad del mañana, que nos induce a dejarlo todo para el día siguiente, incluso la búsqueda espiritual. La senda gradual hacia la autorrealización está abierta para cualquier persona, pero en cuanto descubrimos que existe debemos, para nuestro beneficio, comenzar a recorrerla.
    Toma una dirección hacia la libertad interior, persevera y alcanza el objetivo espiritual. No malgastes tus energías en fútiles indecisiones, enfermizas vacilaciones o dudas escépticas. Una vez tu discernimiento haya mostrado un camino, recórrelo.
    El mayor estímulo para el verdadero buscador es tener consciencia de que se está aproximando, por lentamente que sea, hacia la libertad suprema. Esa firme motivación le permitirá redoblar sus esfuerzos y no desfallecer.




¡Estrena la mente cada amanecer! Porque para que algo pueda adquirirse, algo debe abandonarse. ¡Arrójalo! Arroja fuera de la mente viejos patrones, condicionamientos, filtros socioculturales y trastos inútiles, para que pueda florecer como un cielo despejado y creativo.


Para el que se ha activado el mecanismo de la búsqueda y tiene inquietudes espirituales, surgen muchas preguntas, incertidumbres e incluso inevitables penumbras. Para el que ya avanza con paso firme por la senda directa hacia la liberación, muchas preguntas cesan, porque las experiencias sustituyen a las ideas.


Ramiro A. Calle – Cuentos espirituales de Oriente


viernes, 3 de febrero de 2017

Fósiles intelectuales (Jordi Gracia)




La melancolía de mi susceptibilidad es el aire de hastío cansado y de abandono, de derrota y de renuncia que genera la transformación desordenada del presente en intelectuales con muy pocas razones para quejarse y sin argumentos más allá de la irritabilidad que el desorden suscita en sus órdenes fosilizados.

Los intelectuales melancólicos profetizan el apocalipsis que anida en cada nuevo gesto social o público para denunciar la disolución de la alta cultura en la sociedad atolondrada del presente. Hablan como enviados de los dioses para salvarnos de la insalubridad de un tiempo domado por valores disminuidos; su apocalipsis doméstico ciega las vías de remedio práctico y racional para las taras que las novedades comportan. En lugar de cooperar, se apartan casi siempre envueltos en un aire de melancolía que nos deja el muerto entre los trenos.
    La melancolía es sobre todo un estado de ánimo que predice el desfondamiento de las esperanzas de hacer de la sociedad el bosque rico de imaginación, fuerza creadora y atadura a la tradición que ha sido siempre y ya no va a ser más.



El melancólico contemporáneo prefiere actuar como el guardián de esencias que ha olvidado o, peor aún, que la memoria ha ido tergiversando y convirtiendo en un texto tan simplificado y liofilizado que está muerto o se parece demasiado a la dieta blanda de enfermo. Ya no recuerda que leyó aquellas páginas que por fin le revelaban una sabiduría ignorada y que entonces parecía imborrable. Pero se ha borrado. Se ha borrado el saber sobre la rutinaria percepción catastrofista que todo presente tuvo de su propio tiempo; se ha borrado la humildad de admirar en los nuevos la calidad que secretamente envidian; se ha borrado la percepción de la mudanza como ley y sistema complejo, lleno de nódulos y encrucijadas.
    ¿Cómo ha llegado a convertirse lo que debía ser sabiduría sobre la condición humana en munición contra la evolución de las cosas y de los nuevos gustos y los nuevos fetiches, que no son nada más que las expresiones actuales de la misma agitación de siempre?

En la melancolía anida una impaciencia violenta y en ella crece una máquina de rencor contra el atropello del presente que padece el intelectual sensible. La melancolía humana como blindaje contra las corrientes disolutas del presente, y decora al intelectual elevándolo a ser sensible e intolerante ante la estupidez. Probada la degradada evolución de todo, reaparece la fe difusa y nebulosa en alguna superstición más o menos sofisticada como refugio de la incertidumbre, de la soledad, del desconsuelo, de la mortificante incomprensión que el mundo expresa con su indiferencia o su pasividad.

Casi siempre, el melancólico de hoy fue el progresista ilustrado y burgués de la Europa del sesentayocho. Fue un joven iconoclasta y hoy es un adulto resentido por el fracaso de su utopía menor, pero sobre todo porque el cambio social ha tomado una dirección para la que no tiene mapa ni brújula. Su insatisfacción no estimula el sentido autocrítico. Al revés, el melancólico arremete, cargado de razón emocional, contra la ingratitud que no ha primado el sacrificio, el estudio, el chorro de luz que ha difundido sobre nuestras pobres cabezas. Se comportan entonces como adultos mimados y demasiadas veces consentidos por los medios de información, son también culpables de sus desengaños y corresponsables del rebajamiento de la exigencia que los ha dejado fuera de juego.

La deserción de los presuntos maestros multiplica las defecciones y el abstencionismo cultural en lugar de estimular el conocimiento, el aprecio y el juicio ponderado de lo real. Parece creer que hoy la mala preparación, la indolencia crítica, la pasividad intelectual o la mera inercia cultural son superiores a etapas anteriores, cuando de hecho semejante visión es manifiestamente sectaria, parcial y poco atenta a la diversidad del presente.

El retrato del melancólico de hoy puede parecerse mucho al del narcisista, perpetuamente descontento por la indiferencia que sobre él proyecta un presente movido por intereses espurios y sin sustancia alguna. Por eso no le queda otro espacio al melancólico que la consciencia blindada contra las embestidas de un presente descarnadamente soez.



El melancólico pasea altivo o cabizbajo por una ciudad de letras que le sume en la desilusión, víctima de un ciclo histórico que nos conduce sin tregua al abismo final de los tiempos. El apocalipsis estético y ético parece estar al otro lado del semáforo de una avenida que cruza con el orgullo herido, mientras se pregunta qué afanes y qué prisas impiden que se les vea y se les escuche, qué arrebata a tantos detrás de tan poco, mientras el saber verdadero sigue solo y demediado, y por qué todos viven ajenos a su percepción dramática de la cultura actual.

Lo peor es que ellos saben que encarnan los mismos sentimientos de preterición y olvido que nunca creyeron experimentar, cuando vivían enrolados en las banderas del futuro. Y también saben que nunca leyeron promesa alguna de futuro feliz y pleno en los maestros de la antigüedad grecolatina ni en los maestros modernos, pero se dejan engañar como una forma del consuelo de la insatisfacción.

Alguien les ha estafado, pero la quejumbre lastimera del privilegiado por clase y cultura, por profesión de inteligencia, por país y tiempo histórico, hace mucho tiempo que delata la conducta menos disculpable y más dolorosamente improductiva. Y al narcisista herido ya ni siquiera se le ve por la calle, a punto de cruzar con el verde imperturbable, mientras la gente atareada más o menos feliz sigue en sus cosas.


Jordi Gracia – El Intelectual melancólico. Un panfleto


lunes, 23 de enero de 2017

Encuentro con la Belleza (François Cheng)





¿Para qué hablar de la belleza si no es para tratar de hacer volver al hombre a lo mejor de sí mismo y sobre todo aventurar una palabra que pueda transformarlo?
    No se nos escapa el hecho de que mal y belleza no solo se sitúan en las antípodas, sino que también están a veces imbricados. Porque nada hay, ni la belleza siquiera, que el mal no pueda convertir en instrumento de engaño, de dominación o de muerte. ¿Sigue siendo “bella” una belleza que no esté basada en el bien?

Nos rendimos a la evidencia de que la unicidad del instante está ligada a nuestra condición de mortales; nos la recuerda sin cesar. Es la razón por la cual la belleza nos parece casi siempre trágica, atormentados como estamos por la conciencia de que toda belleza es efímera. Una verdadera belleza nunca sería un estado perpetuamente anclado en su fijeza. Su aparecer ahí, constituye siempre un instante único, es su modo de ser. Puesto que cada ser es único y cada de sus instantes es único, su belleza reside en su impulso instantáneo hacia la belleza, constantemente renovado y cada vez como nuevo.
    Dentro de la presencia de cada ser se establece una compleja red. En el seno de esta red se sitúa el deseo que siente cada ser de tender hacia la plenitud de su presencia en el mundo. Cuanto más consciente es el ser, más complejo se vuelve ese deseo, deseo de unirse al Deseo original del que se diría que procede el universo mismo. La transcendencia de cada ser solo existe en una relación que la eleva y la supera. La verdadera transcendencia está en el “entre”.



El universo no está obligado a ser bello, pero es bello. ¿Acaso la belleza solo es un exceso, algo superfluo, un añadido ornamental, o se arraiga obedeciendo a alguna intencionalidad? Nuestro sentido de un universo con sentido procede también de la belleza, en la medida en que este universo adopta siempre una orientación precisa, la de tender hacia la realización del deseo del estallido del ser que lleva en sí, hasta que certifique la plenitud de su presencia.

La verdadera belleza es la que sigue el sentido de la Vía, que no es sino la marcha irresistible hacia la vida abierta, un principio de vida que mantiene abiertas todas sus promesas. La belleza es algo que virtualmente está ahí, que ha estado siempre ahí, un deseo que brota del interior de los seres, o del Ser, cual fuente inagotable que se manifiesta como presencia radiante que incita a la aceptación, a la interacción, a la transfiguración.
    Es una manera de ser, un estado de existencia. La verdadera belleza es impulso del ser hacia la belleza. El deseo de belleza aspira a unirse al deseo original de belleza que rigió el advenimiento del universo, en la aventura de la vida. Cada experiencia de belleza, tan breve en el tiempo y sin embargo transcendiéndolo, nos restituye cada vez la frescura del albor del mundo.

Toda verdadera belleza tiende hacia la suprema armonía, emana armonía a su alrededor dispersando una luz benefactora. Cuando la autenticidad de la belleza se ve garantizada por la bondad, nos encontramos en el estado superior de la belleza, la que va en el sentido de la vida abierta. La belleza es la nobleza del bien, el placer del bien, el goce del bien. La bondad que alimenta a la belleza es exigencia misma, exigencia de justicia, de dignidad, de generosidad, de responsabilidad, de elevación hacia la pasión espiritual. La belleza como redención.




La verdadera belleza –la que adviene y se revela, la que es un aparecer que conmueve de repente al alma que la capta– es resultado del encuentro de dos seres, o del espíritu humano con el universo vivo. Y la obra de belleza, siempre nacida de un “entre”, es un tres que, al brotar del dos en  interacción, permite a éste superarse. Si hay transcendencia, está en esa superación.

Cuando, ante una escena de naturaleza, un árbol que florece, un pájaro que vuela graznando, un rayo de sol o de luna que ilumina un momento de silencio, de repente uno pasa al otro lado de la escena, se encuentra más allá de la pantalla de los fenómenos y siente la impresión de una presencia entera, indivisa, inexplicable y sin embargo innegable, como un don generoso que hace que todo esté allí milagrosamente, difundiendo una luz del color del origen, murmurando un canto nativo de corazón a corazón, de alma a alma.




El infinito buscado es efectivamente un in-finito. Ese vacío movido por el hálito encierra una espera, una escucha que está dispuesta a acoger un nuevo advenimiento, anunciador de un nuevo acuerdo. Para lograrlo, el artista, por su parte, siempre está dispuesto a sufrir dolor y tristeza, privaciones y pérdidas, hasta dejarse consumir por el fuego de su acto, dejarse aspirar por el espacio de la obra. Sabe que la belleza, más que un dato, es un don supremo de parte de lo que ha sido ofrecido. Y que, para el hombre, más que un logro, siempre será un desafío, una apuesta.
    En el seno de una obra, el hálito rítmico genera estructura, unifica, suscita metamorfosis y transformación. En los vacíos es donde se regenera y circula el Hálito. Estos vacíos dan respiración a una obra, puntúan sus formas y permiten que advenga lo inesperado.


La belleza atrae la belleza, la aumenta y la eleva. A partir de ahí, de mirada en mirada, el sujeto aspira quizá –si la inspiración se presenta– a un encuentro supremo, el que lo uniría a la mirada inicial del universo. Sin que necesite una creencia, siente quizá por instinto que ese universo, que ha sido capaz de engendrar seres dotados de mirada, debió de poseer también una mirada. Si el universo se creó, debió de “verse” crear, y de “decirse”: “es bello”, o más sencillamente: “esto es, efectivamente”. Si ese “es bello” no hubiera sido dicho, ¿habría sido el hombre capaz de decir algún día: “Es bello”?.


François Cheng – Cinco meditaciones sobre la belleza

jueves, 19 de enero de 2017

¿Quién soy yo? (David le Breton)




A veces, nuestra existencia nos pesa. Nos gustaría liberarnos, aunque solo fuera por un instante de las necesidades que esta conlleva. Darnos en cierto modo unas vacaciones de nosotros mismos para recobrar el aliento, para descansar.
    El placer de vivir no es fácil de encontrar. Muchos de nuestros contemporáneos aspiran a aliviar un poco la presión sobre sus espaldas, a suspender el esfuerzo necesario para continuar siendo ellos mismos al hilo del tiempo y de las circunstancias, siempre a la altura de las propias exigencias y de las de los demás.

En una sociedad en la que se imponen la flexibilidad, la urgencia, la velocidad, la competitividad, la eficacia, etc., el ser uno mismo no se produce de forma natural, ya no es suficiente con nacer o crecer, ahora es necesario estar constantemente en construcción, permanecer movilizado, dar un sentido a la vida, fundamentar las acciones sobre unos valores. La tarea de ser un individuo es ardua, sobre todo cuando se trata de convertirse en uno mismo. Y se encuentra solo en esta búsqueda. Mantener su lugar en el seno del vínculo social implica una tensión, un esfuerzo.

La velocidad, la fluidez de los acontecimientos, la precariedad del empleo, los múltiples cambios impiden la creación de relaciones privilegiadas con los otros y aíslan al individuo. El individuo hipermoderno está desconectado. El vínculo al otro ha dejado de ser una obligación para convertirse en algo opcional. Cotidianamente, la mayoría de las relaciones no exigen compromiso: la televisión, internet, los chats y los foros, el teléfono móvil son formas de estar sin estar y de liberarse de una relación con solo apagar la pantalla. Las tecnologías, aun estando en el corazón de la vida urbana, son en realidad medios de “apagar la calle” o para poner momentáneamente entre paréntesis la presencia del otro, incluso mientras se mantiene con él una conversación cara a cara. El individuo contemporáneo más que vinculado está conectado, se comunica cada vez más pero se encuentra con los otros cada vez menos, y de hecho prefiere las relaciones superficiales que comienzan y terminan según su voluntad.



Llamaré “blancura” a un estado de ausencia de sí más o menos pronunciado, a un cierto despedirse del propio yo, provocado por la dificultad de ser uno mismo; el yo desaparece. Mantiene su existencia como una página en blanco para no perderse o correr el riesgo de implicarse, de ser afectado por el mundo. Yace en la indiferencia de las cosas, el mundo le ha dejado de preocupar. Permanece en el limbo, ni en la vida ni en el vínculo social, ni del todo dentro ni del todo fuera.
    La blancura alcanza al hombre o la mujer cuando llegan al límite de sus recursos para continuar asumiendo su personaje. Viven entonces un momento paradójico para recrearse, hacer el vacío, despojarse de lo que se les ha hecho demasiado pesado. La blancura es un entumecimiento, un dejar estar que nace de la dificultad para transformar las cosas. La retirada del vínculo social y la indiferencia responden a una voluntad de ponerse fuera de juego, de liberarse de las pasiones comunes. El mundo se le hace extraño. Quiere dejar de ser alguien, despojándose de su existencia. Sigue allí, pero sin estar. Se ha despedido de su antigua personalidad, volviéndose deliberadamente irreconocible.

La blancura es esta voluntad de ralentizar o detener el flujo del pensamiento, una disminución de la energía que conduce a vivir al ralentí, en una suerte de postura zen de desapego absoluto. Ante los movimientos de un mundo que ya no es capaz de seguir, reivindica un derecho, la abstención, al silencio, a la supresión, al retiro. Se convierte en un ermitaño entre la multitud. Permanece en el circuito, pero ya no participa en él. Siente que ya no tiene nada más que ofrecer.
    En ciertos casos, la desaparición no es un excentricidad ni una patología, sino una expresión radical de libertad: la del derecho a colaborar manteniéndose a distancia. La blancura es también una virtualidad infinita, una fuente de renovación. No es la nada, el vacío, sino otra modalidad de existencia, que se teje en la discreción, la lentitud, la humildad. Esta blancura no es un estado duradero, sino un refugio más o menos prolongado, una suerte de esclusa de aire para poder respirar. Es quizá una fuerza, una energía a la espera de su inminente aplicación.




El individuo está siempre en proceso. El sentimiento de ser uno mismo, único, sólido, con los pies en la tierra, es una ficción personal que los demás deben sostener con más o menos buena voluntad. El individuo no cesa de renacer nunca. Las condiciones de vida lo cambian al mismo tiempo que él influye en ellas. Cambia para seguir siendo el mismo. La identidad no es solo lo idéntico, sino que es el paso, el transcurso. Jamás el individuo tiene acceso a una totalidad interior. Solamente conoce una delgada capa de consciencia que no ilumina más que una parte de lo que es. El individuo nunca llega a ser el autor de su existencia, no solo porque necesita insertarse en el seno del vínculo social, sino también porque él no conoce más que una parte de lo que es y de lo que hace.

No se trata solamente de ser sí mismo, sino de asumir las facetas exigidas por los distintos papeles que se suceden en la vida cotidiana. Nadie tiene un camino hecho de antemano. Todo individuo es un guardarropa lleno de personajes que se le pegan a la piel; no accede nunca la conjunto de sus personajes: no posee más que una vida, y no las infinitas vidas que habría podido vivir. La continuidad de sí no es finalmente otra cosa que una creencia necesaria para poder vivir. “Ser uno mismo”, a pesar de su resonancia familiar, nos es más que un sentimiento, un esfuerzo consciente.
    La narración de sí es un intento de reconstruir una unidad de su propia existencia, en una búsqueda de sentido y de coherencia. La identidad que el propio individuo se construye y se reconstruye a través de su narración es una ficción, pero se trata del único medio para acercarse a sí mismo. Para existir se ha impuesto la creencia de que es necesario poseer una consciencia, un Yo, una identidad, aunque sea complicado responder a la pregunta del “¿Quién soy yo?”.




El problema de la identidad se suprime en la vida ordinaria cuando las cosas fluyen con naturalidad y el entorno no para de confirmar que el individuo es realmente quien dice ser. El sentimiento de continuidad de sí en distintos roles y circunstancias no significa en ese caso ninguna dificultad. La identidad no es un problema hasta que deja de resultar evidente por sí misma; la ruptura puede venir, por ejemplo, de un acontecimiento social dramático. El individuo se ve obligado a redefinirse. El mantenimiento de la identidad no es ya algo natural, sino el objeto de una lucha interior.

Quizá algunas personas puedan decir al final de su vida que un fino hilo la recorrió de principio a fin, una especie de fidelidad así mismas, una coherencia, pero la mayoría conocerán en el transcurso de ella rupturas improbables, terminarán siendo irreconocibles para sí mismo y para los demás, y más bien lo que podrán decir es que a lo largo de la vida les han tocado varias vidas distintas. Toda existencia, hasta la más tranquila, contiene desde su inicio un número infinito de posibilidades que se actualizan a cada instante.


Algunas actividades brindan la posibilidad de descargarse de la erosión que ser uno mismo puede haber provocado, ofreciendo un tiempo de reposo, de sosiego, de vacío de sí. La escritura, la lectura, la creación de manera general, el caminar, el viaje, la meditación, etc., son algunos de los refugios de contornos menos afilados. Son lugares en los que nadie tiene ninguna cuenta que rendir, en los que se accede a una suspensión feliz y gozosa de sí, desvíos que llevan a uno mismo. Medios deliberados de reencontrar la vitalidad, la interioridad, las ganas de vivir.


David le Breton – Desaparecer de sí. Una tentación contemporánea

miércoles, 18 de enero de 2017

Espejos. Silencio Bar Sirena (Joaquín Romero Murube)




Espejos

El espejo es una de las pocas cosas que da todo lo que se le pide.

Hay espejos que sufren una verde, azulina, nostalgia del mar.

Los espejos no tienen más que un enemigo poderoso: el sol. ¡Qué lucha de rayos y fuego.

Es espejo es el hijo predilecto de la luz.

La profundidad en los espejos es la cuarta dimensión.

El genio es el hombre que llega a mirarse en el espejo del cielo.

Basta un espejo para desbaratar el mundo.

Los espejos son aficionados al espiritismo.

El cine es la vida que todos anhelamos fundida en un espejo.

Hay entre nuestras amistades una mujer deliciosa, desaparecida en sesgo, para siempre, por un espejo.

Los campesinos tienen miedo a la violenta desnudez de los espejos y los cubren con un traje de gasa rosa o celeste.

El hombre no sabe disimular el vicio femenino del espejo.

Los espejos tienen una intimidad cristalina de abuelas y antepasados inocentes.

Quien en su casa no tiene más familia que los habitantes de los espejos, vive muerto antes de morirse de verdad.

Los más bellos ensayos de suicidios se verifican en la guillotina del marco de los espejos.

Súbitamente se abren en el fondo de los espejos las más terribles interrogaciones.

Los cristales son espejos sin almas.

Existe el mártir de los espejos: Narciso.

En el río están los espejos atacados de prisa. El mar es el manicomio de los espejos. La luna, el camposanto de las lunas rotas y muertas de los espejos.

El espejo es el mayor enemigo de la soledad.

La única tristeza de los espejos es no tener voz.

Hay muertes ocasionadas por el veneno de los espejos: la de Venecia, entre otras.

Los espejos sitúan matemáticamente. Por eso la estética moderna puede ser definida como la estética del espejo.

La mujer que se vio en el primer espejo del mundo quedó privada de razón.

El Anticristo entrará en el mundo por la puerta del espejo.

El espejo es un encanto.

Un espejo sin luz produce la misma sensación que una mujer desnuda en la oscuridad.

Los espejos guardan el cadáver del aire.





Silencio Bar Sirena

El ocio me hace naufragar nuevamente, con la hora, el sol, la fiesta y la ausencia de tantas amistades y alegría, en este gran mar del espejo vecino, mar de la marinería de los licores, trasfondo y paisaje ultramarino adecuado a los aguardientes, a los cacaos, a los cócteles de química difícil. Naufrago en este mar seducido por la caricia del espejo desnudo, atraído, imantado por su serenidad absoluta de agua muerta o dormida que complementa, hasta el éxtasis, mi ocio, mi reposo, mi voluptuosa quietud. Yo, dios en este instante de la difícil soledad del bar, sobre la tierra, y, a un tiempo, en la superficie fiel, exacta y enemiga del espejo vecino, me ahogo, sumergiéndome poco a poco, con lentitud majestuosa, en la hondura del agua imaginaria, lecho de cristales de plumas, cárcel infinita del aire y de la luz. ¡Qué placer en la tarde de este domingo, atravesada en la semana como un folleto molesto entre nuestros libros buenos, sumergirse, hundirse, nadar, subir, bajar, flotar, jugar –tan inmóviles– sobre el agua del espejo, en el mar de la licorería rara, bogando hacia la isla de los whiskys con el motor de un sueño viajero! Es este uno de esos espejos nostálgicos que enjaulan al aire limpio, que biselan y rompen con su friso de agua verde o azul la simetría perpendicular y hostil de las paredes y los techos, y que en los fondos, hondos, guardan –doblados, torcidos como suicidas al comenzar la suerte del balcón a la calle; sobre el aire, o mejor, fuera del aire, del espacio normal– guardan, digo, estos espejos entre sus elásticas paredes a todos los paseantes del bar, trasegantes buscadores del ajenjo, los magnetizados por la copa verde, áurea o negra del licor de las madrugadas, los hombres buenos, santos, patriotas, del “mitad y mitad”, bocadillos de jamón, limonada, pastel, o –mejor gente todavía– seltz y visual a la adolescente cajera enjaulada. Todo, el gesto, y el trago, la mirada y la palabra, el cuerpo y la sombra, la voz y el eco, la rosa y el deseo, el humo, el silencio y hasta el ángulo de los huidizos pensamientos, todo queda hundido en el fondo del espejo del bar, ahogado en sus inclinadas aguas muertas, aguas verdeantes, aguas relucientes, aguas plateadas por el cuajo de tantas calmas y serenidades. Por este mar fingido de la pared del bar arriban los grandes navíos que llenan de humo y tropicales esencias los ámbitos poblados de presurosas gentes; por este gran espejo comienzan el desnivel y el desorden arquitectónico en las mareas de las altas borracheras de todos los Santiagos de todos los meses; por él huye ese hombre negro –luto en silencio– que desaparece sin que nadie lo haya visto salir por las puertas, y en sus aguas, por fin, se suicida también el adolescente que llega al final de una espesa noche de mayo, trémulo, sombra del horror, con los ojos encendidos en amores contrarios, horribles, porque el mundo se le ha abierto de pronto en el fondo de un misterio repugnante, y bebe el aguardiente más fuerte, el aguardiente de los grados infinitos que insensibilizan hasta el vértigo de los ojos, y lo arroja a uno al mar del espejo o a cualquier otro mar: indiferente.





…-¿Un rumor? ¿Agua? ¿Luz?... ¡Cuidado, cuidado! Abramos bien los ojos… ¡Sí, sí, en el mar, por la orilla, por la orilla del mar!... ¡Quietos! Sí, una sirena… una sirena… ¡¡Quietos!! Ha nacido, como la aurora., del silencio y la sombra… Una sirena, una sirena auténtica. Ha aparecido por el ángulo norte del espejo, digo del mar, por donde debe caer justamente el meridiano de Los Ángeles, de Hollywood… ¡Una sirena, sí, una sirena!... Ahora se sienta al borde las aguas. Se parece, claro, a todas sus otras hermanas, sirenas de la sombra: verdes los ojos y justa, fina la nariz sobre los labios frescos, frutales, llenos., y el cabello gris, áureo, rubio, revuelto, movido, arremolinado por la brisa marinera del anclado bar… ¡Qué alegría! El domingo me ha traído como regalo encerrado en la más difícil de sus horas, una sirena… ¿Habrá sobre el haz de la tierra persona alguna con mayor felicidad que la mía? ¡Una sirena de pintados labios y de ojos…! ¿cómo son los ojos?... ¡Qué felicidad! Yo oiré su canto pérfido y acabaré de morir, consciente –hombre moderno– de mi bello engaño, hecho mi cuerpo sombra apasionada de su huida. ¿Por dónde al mar de la sirenita? Ahora bebe una copa de pipermint… Ahora me mira: siento sus ojos clavados en mí –¡qué deliciosa muerte! – y tengo que correr los míos por el horizonte marino del espejo, en huida confusa, para no ahogarme prematuramente de miedos e impaciencias… ¿Por dónde a ella? ¿Por dónde a sus palabras, a sus ojos, a sus labios?.. Pero… ¿y la sirenita? ¿Dónde está ahora la sirena? ¿Ni sombra ya de su estancia? ¿Mar fingido, mar solitario otra vez? ¿Soledad?... ¡Soledad, sí, soledad llena de femenina ausencia!

(Se ha tornado todo el placer de las aguas en veneno, borrasca de la tarde. Hay que huir lejos., pronto, de estas playas, testigos de mi felicidad y de mi engaño. Hay que huir para sanar de la herida de la sirenita. Huir, huir, huir…)


Y luego, mientras el tranvía en su huida ciega y torpe me enseña, a través de los cristales de su japonesa arquitectura, la ciudad despoblada, tierna y amarilla de la tarde del domingo, doy gracias a mi señor don Apolo, director del trust de las liras azules, por haberme hecho poeta desde esta tarde, poeta verdadero, poeta terriblemente auténtico que ha gozado la presencia de una sirenita en el fondo marino –¡ay qué lejanía! – del espejo de un bar americano.


Joaquín Romero Murube – Sombra apasionada

miércoles, 11 de enero de 2017

Reencuentros


Hurgando casualmente en un cajón encontré una vieja y raída carterita en la que, revueltas en una mezcolanza de carnets, certificados, tickets de metro y autobús, servilletas de papel con nombres y números de teléfono ya ignorados, listas de compra, tarjetas de visita, una hojita de mini-golf, calendarios y alguna poesía  conocida escrita en cuartilla…, encuentro estas cortas reflexiones que reproduzco a continuación y que tenía completamente en el olvido. Debí realizarlas entre 1980 y 1981, lo deduzco por su oscuro y enigmático lenguaje; algo posterior será el poemilla a la primavera, algo más claro y esperanzador. Aún hoy me estremezco un poco al releerlas, como si hubiera sido otro su autor, suplantándome.






Diagnosis

No tener nada que envidiar.

Por eso mismo,

por no tener nada.

Solo yo y mi vida




Sin las mínimas precauciones me pongo a investigar la clave sincera de mi estancación, ambiguamente irascible, distorsionada. Mas no sé qué otras almas de entre mi ajuar podría utilizar para confeccionar el fetiche elegido para el deambulamiento callejero.
   Y es el encierro voluntario el que provee con más intensidad de visiones reales. Para aumentar la discordia, comparto la grisácea vida mundana, sumido ampliamente en mi relatividad y logicismo con los que abatallo las decenas de rayos que eructan los cuerpos por emanaciones intensas de sentimentalismo de presos y roñosos seres.





Al ultimar mis teorías sobre sentimientos escapatorias del sistema, me he sentido ya vivaz y danzante, en el estricto confín de mi satisfactorio silencio. Los resultados no son, por ahora, tan felices como esperaba, ya que mis formas de contacto persiguen la dicha en su inestabilidad, y no penetro en la especie de sumario particular de cada conocido con firme propósito, y no más lejos del ridículo renazco solo por mí, aunque espero obtener mejores victorias en cuanto inicie la decrépita cruzada contra casi todo.
    Más cerca todavía que esa  absurda anticipación se encuentra la mera posibilidad de escape vista en su obtención completa. Y antes de eso, la intención controlada, totalmente voluntaria, como antecesora de cualquier suceso auténtico, firme, sensato e interrogativamente positivo…







Por esa loma de la montaña verde y ocre,
por esas hojas del naranjo y el almendro,
por la cara alegre de la naturaleza entera,
por ahí se ve venir nuestra amiga eterna,
de siempre con su frescura; ¿vienes ya, primavera?

No te retrases, porque caería en nosotros la pena.
No vengas vacilante y temerosa, que cantaremos
y viviremos contigo, para llenarnos de vida.
Te regalaremos nuestras almas felices y dichosas.
Te necesitamos como el amante a su amor.

No te retrases, primavera, porque todo será noche.
Llama a nuestro corazón sin olvidar sus penas

y perfúmalo con tu amoroso mensaje.


miércoles, 28 de diciembre de 2016

Morimos y renacemos a cada instante; no hay reencarnación (Coomaraswamy)



El “gran dicho” de los Upanishads es “Eso eres tú”. “Eso” es aquí, por supuesto, el Atman o Espíritu, la esencia espiritual, indivisa bien sea transcendente o bien sea inmanente, el motor inmutable. Se presta a todas las modalidades del ser pero él mismo jamás deviene un alguien o un algo. “Eso”, en otras palabras, es el Brahman, o Dios en el sentido general del Logos o del Ser, considerado como la fuente universal de todo ser, fuente de todas las cosas. Todas las cuales están “en” él como lo finito en lo infinito. Aunque no como una parte de él, puesto que lo infinito no tiene partes.

Este Atman, en tanto que eso que sopla e ilumina, es primordialmente el Espíritu, a causa de que él es este Eros divino que es la esencia vivificante de todas las cosas y así su ser real. Se usa también para significar “sí mismo”, bien “uno mismo” en todos los sentidos, o bien con referencia al Sí mismo o Persona espiritual, y debe ser distinguido del “yo” afectado y contingente que es un compuesto del cuerpo y de todo lo que nosotros entendemos por “alma” cuando hablamos de una psicología.



Cada una de estas aparentes definiciones del Espíritu representa la actualidad en el tiempo de una de sus indefinidamente numerosas posibilidades de manifestación formal. La existencia comienza con el nacimiento y acaba con la muerte, jamás puede repetirse. Nada sobrevive excepto un legado; el hombre ha devenido una memoria. Todo el problema del fin último del hombre, la liberación, la beatitud o la deificación es, por consiguiente, un problema de encontrarse a “uno mismo” no ya en “este hombre” sino en el Hombre Universal, que es independiente de todos los órdenes del tiempo y que no tiene ni comienzo ni fin.

Cualquier ser nacido es por completo literalmente una criatura de las circunstancias, un autómata; no se da cuenta de que él es lo que es y hace todo lo que él hace, a causa de que otros antes que él han sido lo que fueron, y han hecho lo que hicieron, y todo esto sin ningún comienzo concebible, un eslabón en una cadena causal de la que no podemos imaginar ni un comienzo ni un fin. 
    A su muerte, el ser compuesto se deshace en el cosmos; no hay nada que pueda sobrevivir como una consciencia de ser. Los elementos de la entidad psicofísica se desintegran y pasan a otros como un legado. Es un proceso que ha estado teniendo lugar a lo largo de la vida, un proceso descrito en la tradición india como el “renacimiento del padre en y como el hijo” vive en sus descendientes directos e indirectos. Esta es la supuesta doctrina india de la “reencarnación”; es la misma que la doctrina griega de la metempsicosis; es la doctrina cristiana de nuestra preexistencia en Adán, y es la doctrina moderna de la “repetición de los caracteres ancestrales”.





¿Necesito decir que esto no es una doctrina de la reencarnación? ¿Necesito decir que ninguna doctrina de la reencarnación, acordemente a la cual el ser y la persona mismos de un hombre que ha vivido una vez sobre la tierra y que ahora está muerto renacerá de otra madre terrestre, ha sido enseñada nunca en la India, ni siquiera en el budismo ni, por supuesto, en la tradición neoplatónica ni en ninguna otra tradición ortodoxa? Tanto en los Brahmanas como en el Antiguo Testamento se afirma con igual rotundidad que aquellos que han partido una vez de este mundo han partido para siempre, y que no han de ser vistos de nuevo entre los vivos.

Desde el punto de vista indio como desde el punto de vista platónico, todo cambio es un morir. Nosotros morimos y renacemos diariamente y a cada instante, y la muerte “cuando llega la hora” es solamente un caso especial. Yo no digo que una creencia en la reencarnación no haya sido mantenida nunca en la India. Digo que una creencia tal, solo puede haber resultado de una mala interpretación popular del lenguaje simbólico de los textos; y que la creencia de los eruditos y los teosofistas es el resultado de una interpretación igualmente simplista y desinformada.

Por “reencarnación” nosotros entendemos un renacimiento aquí del ser y la persona del decedido. Nosotros afirmamos que esto es una imposibilidad, por buenas y convincentes razones metafísicas. La consideración principal es ésta: que si bien el Cosmos abarca un rango de posibilidades indefinido, todas las cuales deben realizarse en una duración igualmente indefinida, el presente universo habrá cumplido su curso cuando todas las potencialidades se hayan reducido a acto, justamente como cada vida humana ha cumplido su curso cuando todas sus posibilidades se han agotado. El fin de una “aeviternidad” habrá sido alcanzado entonces sin lugar alguno para una repetición de los acontecimientos ni para una repetición de las condiciones pasadas. La sucesión temporal implica una sucesión de cosas diferentes. Nosotros podemos hablar de una “migración” de “genes” y llamar a esto un renacimiento de tipos, pero esta reencarnación del carácter de alguien debe ser distinguida de la “transmigración” de su persona verdadera.



Tales son la vida y la muerte del animal racional y mortal. El Vedanta afirma que el único Ser verdadero del hombre es el espiritual y que este ser suyo no está “en” alguien ni en ninguna “parte” de él, sino que solamente se refleja en él. Afirma que este ser no está en el plano de él ni está en modo alguno limitado por su campo, sino que se extiende desde este campo hasta su centro, independientemente de los recintos que penetra. Lo que tiene lugar a la muerte, entonces, por encima de su desintegración, es una retirada del espíritu del vehículo fenoménico del cual él había sido la “vida”. Nos referimos a la muerte como una “entrega del espíritu”. Así pues, a la muerte, el polvo retorna al polvo y el espíritu a su fuente. Es el espíritu, como lo expresan los textos vedánticos, el que “queda” cuando el cuerpo y el alma se deshacen.

Empezamos a ver ahora lo que se entiende por el gran mandato “Conócete a ti mismo”. Suponiendo que nuestra conciencia de ser ha sido centrada en el espíritu, cuanto más completamente hemos “devenido lo que nosotros somos”, o “despertado” antes de la disolución del cuerpo, tanto más cerca del centro del campo será nuestra próxima aparición o “renacimiento”. A la muerte, nuestra consciencia no va a ninguna parte donde ella no esté ya.


Ananda Kentish Coomaraswamy – El Vedanta y la Tradición Occidental

lunes, 19 de diciembre de 2016

Todo lo que necesitas es Amar (Anthony de Mello)




¿Qué se necesita para comprender la fórmula de la felicidad? Una sola cosa: la capacidad de escuchar. Escuchar significa estar alerta. Si estás alerta, estás observando, estás escuchando, con una especie de mente virgen. No es fácil escuchar con una mente virgen, sin prejuicios, sin fórmulas establecidas.

No nos gusta lo nuevo; es demasiado molesto, demasiado liberador. Si rechazamos lo nuevo, no estamos dispuestos a escuchar. Pero si lo aceptamos sin discriminar, tampoco estamos escuchando. Tenemos a mano la solución del problema de la felicidad. ¿Por qué no la usamos? No la queremos. Imagina que te digo: voy a darte una fórmula que te va a hacer feliz por el resto de tu vida, disfrutarás de cada minuto del resto de tu vida… ¿Sabes lo que probablemente responderás?: “No me lo diga ¡Basta! No quiero oírlo”.

Ante todo, tu vida es un enredo. ¿No te gusta oírlo? Bueno, quizás eso prueba que es cierto. ¿Estás asustado? Tu vida es un enredo. Se puede perder el miedo y encontrar la felicidad. ¿Estas angustiado por el futuro? ¡Estás en un enredo! Estamos “sentados” sobre una mina de diamantes y no lo sabemos. Pero tú no quieres salir del enredo: la última cosa que quiere un paciente es la cura, no quiere curarse, busca alivio. Preferimos ser desdichados. ¿Estas preparado para cambiar éxito por felicidad? ¿Se te ha ocurrido alguna vez que aquello que llamas tu felicidad es en realidad tu condena? No saber en absoluto de ansiedades, de conflictos internos, vivir sin tensiones, sin desconcierto, sin congoja. ¿Que queda entonces? Felicidad pura, sin diluir. Eso es lo que tienes. Eso es vivir como un rey.




¿Que hago para ser feliz? No debes hacer nada para ser feliz. No puedes adquirir la felicidad, porque la tienes, ¡la tienes en este mismo momento! ¡la tienes! Pero estás todo el tiempo obstruyéndola.
     El enredo existe también porque tienes ideas equivocadas, no porque algo esté mal en ti. Tenemos instrucciones equivocadas. A tu cultura y a la mía no les importa para nada si tú y yo somos felices o no. Nacimos felices. Toda la vida ésta atravesada de felicidad. Nacimos con el sentido de la vida, pero lo perdimos. ¿Por qué lo perdimos? Porque nos enseñaron a trabajar activamente para volvernos desdichados. ¿Como lo lograron? Enseñándonos a apegarnos, a tener deseos tan intensos que rehusaríamos a ser felices a menos que fueran satisfechos. La formula es sencilla: el mundo está lleno de sufrimiento; la raíz del sufrimiento es el deseo-apego; la supresión del sufrimiento es el abandono del apego. Porque el apego produce ansiedad. De modo que la felicidad solo podría definirse como el abandono de la ilusión, el abandono del apego. Cuando se abandona la desdicha causada por el apego, se alcanza la felicidad. Si para ti la felicidad significa emociones, diversión, placer..., entonces hay contradicción. Emociones, diversión, placer, no son felicidad. La felicidad es un estado de desapego.

¿Carecer de apegos significa abandonar los esfuerzos creativos humanos, dejar de luchar e incluso de soñar? De ninguna manera. Se tiene mucha más energía cuando no se tiene apego, se tiene toda la energía disponible para uno.
   En el momento que te atrevas a exponerte –aunque sea durante dos segundos– a la verdad, estarás “perdido”. Porque si la vislumbras aunque sea una vez, algo en ti te volverá a llevar hacia ella. Si la ves, serás conducido a ella nuevamente y, cada vez en mayor medida, te volverás más libre y feliz.



Nada en la realidad, nada en la vida, nada en el mundo te perturba; nada tiene el poder de perturbarte. Toda perturbación está en ti, no en la realidad. Si no existiera la mente humana no habría problemas. Todos ellos existen solo en la mente humana. Todos son creados por la mente. Nada te perturba. Te perturbas a ti mismo cuando algo sucede. Hemos sido adiestrados para depender emocionalmente de los demás, para no ser capaces de vivir emocionalmente sin ellos. Cuando uno se perturba, tiene menos energía para hacer cosas y tiene menos capacidad de percepción. Ya no ve las cosas correctamente, reacciona con exceso.

Cuando no hay tensión ni perturbación, se desatan todas las fuerzas dentro de ti. Si lo logras, comprenderás qué es la verdadera dicha y el verdadero entusiasmo, que significa zambullirse en la vida, con alma y vida, con pasión. ¡Lánzate directamente a eso, sin dudar!, porque ya no estarás atenazado por emociones programadas.
    Nunca vivirás hasta que dejes de aferrarte a la vida. Cuando te aferras, la felicidad muere. Si tu felicidad depende de alguien o de algo, es inquietud, es tensión, es presión, es temor. Deja de lado la obstrucción, abandona las creencias falsas y el apego desaparecerá. Entonces sabrás qué es la felicidad.

Para alcanzar la iluminación, la espiritualidad, la liberación, todo lo que tienes que hacer es comprender. Hasta ahora siempre te has identificado con lo que sentías, pero ahora descubrirás que no eres tus sentimientos, no eres tu desdicha, no eres tu disgusto. La vida no es cruel contigo. ¿Cómo lo “arreglo”? No lo “arregles”. Entiéndelo, míralo; no cambias, la vida cambia, como también lo hace la naturaleza. Uno debe limitarse a hacer algo para ayudarla.




Vemos que todos estamos embarcados en el cambio. Queremos cambiarnos a nosotros mismos, queremos cambiar el mundo. Eso es lo que nuestra estúpida programación nos ha inculcado. Tenemos que cambiar todo, sin antes haber entendido nada. Lo que necesitas no es cambiar, es comprender. Compréndete a ti mismo, comprende a los demás. No estás aquí para cambiar el mundo, estás aquí para amarlo. ¿Sabes qué significa amar? “Amar” significa ¡Ver! ¡Comprender!

Una gran mentira que nos han contado cuando éramos niños es la siguiente: “Necesitas ser amado” ¡Basura! Y todos lo creen. Te diré lo que necesitas. Hay solo una necesidad, que es “amar”. No hay otra.




Anthony de Mello - Medicina del Alma