jueves, 23 de marzo de 2017

Música "Made in Sevilla"

Aquí os traigo una recopilación de listas de reproducción que he ido confeccionando estas últimas semanas sobre la música creada en Sevilla y por sevillanos principalmente en los últimos 50 años, al menos de autores y grupos que han alcanzado cierta o mucha notoriedad en el panorama nacional e internacional, y que permite calibrar el alto nivel alcanzado. Creo que es una muestra muy interesante y permite oír detenidamente en una misma página, circunstancia que no he logrado encontrar en otro lugar. Aunque se presentan estilos muy diversos, hay como un espíritu común que las une en un todo coherente, un perfume de aire sevillano.


Smash




Triana




Lole y Manuel




Guadalquivir




Silvio Fernández




Cuarto Menguante




Kiko Veneno




Pata Negra




Círculo Vicioso




Benito Moreno




Gualberto




José Manuel Soto




El Pali




Romero San Juan




Goma




Storm

lunes, 20 de marzo de 2017

!Danos alma, Don Quijote! (Miguel de Unamuno)




Si uno denuncia un abuso, persigue la injusticia, fustiga la ramplonería, se preguntan los esclavos: ¿qué irá buscando en eso? ¿a qué aspira? Unas veces creen y dicen que lo hace para que le tapen la boca con oro; otras que es por ruines sentimientos y bajas pasiones de vengativo envidioso; otras que lo hacen no más que por meter ruido y que de él se hable, por vanagloria; otras que lo hace por divertirse y pasar el tiempo, por deporte. ¡Lástima tan grande que a tan pocos les dé por deportes semejantes!

Si no hubiera beneficios sino por la gratitudes que de ellos habríamos que recoger, ¿para qué nos servirían en la eternidad? Debe hacerse el bien no solo a pesar de que no nos han de corresponder en el mundo sino precisamente porque no han de correspondérnoslo. El valor infinito de las buenas obras estriba en que no tienes pago adecuado en la vida, y así rebosan de ella. La vida es un bien muy pobre para los bienes que en ella cabe ejercer.

Una locura cualquiera deja de serlo en cuanto se hace colectiva, en cuanto es locura de todo un pueblo, de todo el género humano acaso. En cuanto una alucinación se hace colectiva, se hace popular, se hace social, deja de ser una alucinación para convertirse en una realidad, en algo que está fuera de cada uno de los que la comparten. Hace falta llevar a las muchedumbres, llevar al pueblo, llevar a nuestro pueblo español, una locura cualquiera, la locura de uno cualquiera de sus miembros que esté loco, pero loco de verdad, no de mentirijillas. Loco, y no tonto.




Te debe importar poco lo que eres; lo cardinal para ti es lo que quieras ser. El ser que eres no es más que un ser caduco y perecedero que come de la tierra y al que la tierra se lo comerá un día; el que quieres ser es tu idea en Dios, Conciencia del Universo: es la divina idea de que eres manifestación en el tiempo y en el espacio. Y tu impulso querencioso hacia ese ser que quieres ser no es sino la morriña que te arrastra a tu hogar divino. Solo es hombre hecho y derecho el hombre cuando quiere ser más que hombre.
    La absoluta, la completa, la verdadera soledad consiste en no estar ni aún consigo mismo. Y no estarás de veras completo y absolutamente solo hasta que te despojes de ti mismo, al borde del sepulcro.

No hay porvenir, nunca hay porvenir. Eso que llaman el porvenir es una de las más grandes mentiras. El verdadero porvenir es hoy. ¿Qué será de nosotros mañana? ¡No hay mañana! ¿Qué es de nosotros ahora? Esta es la única cuestión.
    Lo más urgente es lo de ahora y lo de aquí; en el momento que pasa y en el reducido lugar que ocupamos en nuestra eternidad y nuestra infinitud.

¡No hay otro yo en el mundo! He aquí una sentencia que deberíamos no olvidar nunca, y sobre todo cuando al acongojarnos por tener que desaparecer un día, nos vengan con la ridícula monserga de que somos un átomo en el Universo, y que sin nosotros siguen los astros su curso y que el Bien ha de realizarse hasta sin nuestro concurso, y que es soberbia imaginar que toda esa inmensa fábrica se hizo para nuestra salud. ¡No hay otro yo en el mundo! Cada uno de nosotros es único e insustituible.
    ¡No hay otro yo en el mundo! Cada cual de nosotros es absoluto. Si hay un Dios que ha hecho y conserva el mundo, lo ha hecho y conserva para mí. ¡No hay otro yo! Los habrá mayores y menores, mejores y peores, pero no hay otro yo. Yo soy algo enteramente nuevo; en mí se resume una eternidad de pasado y de mí arranca una eternidad de porvenir. ¡No hay otro yo! Esta es la única base sólida del amor entre los hombres, porque tampoco hay otro tú que tú, ni otro él que él.

El ansia de gloria y renombre es el espíritu íntimo del quijotismo, su esencia y su razón de ser, y si no se puede cobrarlos venciendo gigantes y vestigios y enderezando entuertos, cóbraselos endechando a la luna y haciendo de pastor. El toque está en dejar nombre por los siglos, en vivir en la memoria de las gentes. ¡El toque está en no morir! ¡En no morir! ¡No morir!  Ésta es la raíz última, la raíz de las raíces de la locura quijotesca. ¡No morir! ¡no morir! Ansia de vida, ansia de vida eterna es la que te dio vida inmortal, mi señor Don Quijote; el sueño de tu vida fue y es sueño de no morir. 

¿No es acaso la mayor locura dejar perder la gloria inacabable por la gloria pasajera, la eternidad de espíritu para que dure nuestro nombre tanto como dure el mundo, un instante de eternidad?
    Así a nosotros, cuanto más vencidos estemos, cuando el mundo nos aplaste y nos estruje el corazón la vida y se nos derritan las esperanzas todas, danos alma, ¡Caballero!, danos alma y coraje para gritar desde el fondo de nuestra nadería: ¡plenitud de plenitudes y todo plenitud! ¿Qué yo muero en mi demanda? Pues así se hará esta más grande con mi muerte. ¿Qué peleando en pro de mi verdad, me vencen? ¡No importa! Pues ella vivirá y viviendo ella os mostrará que no depende de mí, sino de ella.




¿Para qué afanarse? ¿Para qué todo? Bástele a cada día su malicia. ¿Para qué ir a enderezar los tuertos del mundo? El mundo lo llevamos dentro de nosotros, es nuestro sueño, como lo es la vida; purifiquémonos y la purificaremos. La mirada limpia, limpia cuando mira; los oídos castos, castigan cuanto oyen. La mala intención de un acto ¿está en quien lo comete o en quien lo juzga? La horrible maldad de un Caín o de un Judas ¿no será acaso condensación y símbolo de la maldad de los que han fomentado sus leyendas? ¿No es la maldad nuestra la que nos hace descubrir cuanto hay de malo en nuestro hermano? ¿No es la paja que te anubla el ojo lo que te permite ver la viga del mío? Tal vez el demonio carga con las culpas de los que le temen. Santifiquemos nuestra intención y quedará santificado el mundo, purifiquemos nuestra conciencia, y puro saldrá el ambiente. Los limpios de corazón ven a Dios en todo y todo lo perdonan en su nombre. Las ajenas intenciones caen fuera de nuestro influjo, y solo en la intención está el mal.

La creación toda es algo que hemos de perder un día o que un día o que un día ha de perdernos, pues ¿qué otra cosa es desvanecernos del mundo sino desvanecerse el mundo de nosotros? ¿Te puedes concebir como no existiendo? Inténtalo, concentra tu imaginación en ello y figúrate a ti mismo sin ver ni oír, ni tocar, ni recordar nada; inténtalo, y acaso llames y atraigas a ti esa angustia que nos visita cuando menos lo esperamos, y sientas el mundo que te aprieta el gaznate del alma, por donde resuella tu espíritu.

Y en esa angustia, en esa suprema congoja del ahogo espiritual, cuando se te escurran las ideas, te alzarán de un vuelo congojoso para recobrarlas al conocimiento sustancial. Y verás que el mundo es tu creación, no tu representación. A fuerza de ese supremo trabajo de congoja conquistamos la verdad, que no es, no, el reflejo del Universo en la mente, sino su asiento en el corazón. La congoja del espíritu es la puerta de la verdad sustancial. Sufre, para que creas y creyendo vivas. Frente a todas las negaciones de la “lógica”, que rige las relaciones aparenciales de las cosas, se alza la afirmación de lo “cardíaco” que rige los toques sustanciales de ellas. Aunque tu cabeza diga que se te ha de derretir la conciencia un día, tu corazón, despertado y alumbrado por la congoja infinita, te enseñará que hay un mundo en que la razón no es guía. La verdad es lo que hace vivir, no lo que hace pensar.





Nada pasa, nada se disipa, nada se anonada; eternízase la más pequeña partecilla de materia y el más débil golpecillo de fuerza, y no hay visión, por huidera que sea, que no quede reflejada para siempre en alguna parte. Así como si al pasar por un punto, en el infinito de las tinieblas, se encendiera y brillara por un momento todo lo que por allí pasase, así brilla por un momento en nuestra conciencia del presente cuanto desfila de lo insondable del porvenir a lo insondable del pasado. No hay visión ni cosa ni momento de ella que no descienda de las honduras eternas de donde salió y allí se quede. Sueño es este súbito y momentáneo encendimiento de la sustancia tenebrosa, sueño es la vida, y apagado el pasajero fulgor, desciende su reflejo a las honduras de las tinieblas y allí queda y persiste hasta que una suprema sacudida lo reenciende para siempre un día. Porque la muerte no triunfa de la vida con la muerte de ésta. Muerte y vida son mezquinos términos de que nos valemos en esta prisión del tiempo y del espacio; tienen ambas una raíz común y la raigambre de esta raíz arraiga en la eternidad de lo infinito: en Dios, Conciencia del Universo.



Miguel de Unamuno – Vida de Don Quijote y Sancho

jueves, 16 de marzo de 2017

Hoy es siempre todavía (Bernabé Tierno)




La felicidad es un guiso que cada cual condimenta de acuerdo con su propio carácter, con sus objetivos e ilusiones y con las circunstancias en que se encuentra. No es lo mismo la felicidad que busca y se confecciona a sí mismo el consumidor de placeres que la que pretende el indolente, y mucho menos que la felicidad de las personas comprometidas y solidarias. Los mendigos y vagabundos, los pobres de este mundo, los enfermos y desahuciados, todos sin excepción, pueden ser aceptablemente felices, porque existe ese rango fijo, ese termostato de felicidad personal que a todos nos lleva a recuperar el estado básico de felicidad que nos caracteriza. No obstante, hay un elevado porcentaje de felicidad que depende de nuestra actitud en las circunstancias que nos afecten en el Hoy, Aquí y Ahora de nuestra vida cotidiana. Ésa es la felicidad que está en nuestra mano depararnos en cada instante de nuestra existencia.

El rumbo que das a tu vida, tus proyectos y objetivos contribuirán a proporcionarte felicidad solamente si están pensados y orientados a vivirlos y disfrutarlos de forma gozosa en el Hoy de cada día que la vida te vaya desgranando, en el Aquí concreto de lugar en que vivas o te encuentres en el Ahora de ese instante que se hace realidad en el presente continuo en que hablas, actúas, piensas, sientes… en definitiva, todos tus proyectos, como todos los rumbos posibles, no tienen más razón de ser que contribuir a otra cosa que no sea el que sientas vivamente la dicha de ¡existir!, de sentirte presente con todo lo que disfrutas en el Ahora del instante, integrado en el Hoy de todos y cada uno de los días que jalonan tu vida.




Los problemas no provienen de las cosas, personas y circunstancias, sino más bien del juicio que emitimos sobre todo lo que nos sucede, sucedió o pensamos que puede sucedernos. “Hoy es siempre todavía”, lo que significa que estás a tiempo de lograr lo que te propongas, pero con una condición: que seas absolutamente impecable y no te permitas rumiar el pasado negativo, aquello que ya fue y no puede dejar de ser. Tampoco debes inquietarte ni montar películas agobiantes sobre el futuro. Toda la energía de tu ser debe estar concentrada y centrada en lo que tienes programado para el Hoy y disfrutarlo plenamente.
    Cualquier día en que te encuentres viviendo tiene su fin, y esta realidad es muy positiva por muy beneficiosa y gozosa que sea la experiencia que vives y disfrutas, perdería su fuerza motivadora, su atractivo y encanto, si no la cambiaras por otra que activara en ti nuevos deseos, una mayor dificultad y te provocara mayor curiosidad y deseos de logro. Si la experiencia que vives, la realidad que te ha tocado afrontar y los hechos tozudos te fueran adversos, y no te fuera posible encontrar la solución adecuada, a veces saber que llegará un nuevo día con otras opciones y circunstancias nos fortalece para aceptar de buen grado lo que es desagradable y problemático. De este modo no permitimos que toda una cadena de pensamientos y sentimientos derrotistas nos impida sacar el mayor provecho posible al hoy que tenemos en nuestras manos.

Otra maravilla es la renovación que debes hacer de ti mismo en cada nuevo hoy de tu existencia. La maravilla de ser el mismo pero no lo mismo, es decir, como si nada cambiara en ti. Ser tú mismo en tu esencia, pero introduciendo en tu cotidiano vivir nuevas alegrías, más sentido del humor, ternura, más o menos pasión, que unas veces es fuego y otras prefiere quedarse en rescoldo, te renovará y rejuvenecerá, pero también rejuvenecerá y renovará a todas las personas a quienes de manera más o menos directa y cercana hoy “toques” con tus palabras, con tu presencia o simplemente con tu mirada.




Ese aquí que llamamos Mundo, y en el que habitamos los humanos, ha sido creado para que todos sin excepción lo recreemos y lo embellezcamos. Es una responsabilidad ineludible de cualquier mortal contribuir con su vida a hacer un mundo mejor, y curiosamente la clave de la Felicidad con mayúsculas, ese chirimiri de dicha que cala de gozo hasta el alma, tiene que ver con las acciones desinteresadas, solidarias y generosas de quienes tienen como proyecto de sus vidas ser útiles a los demás y dejar el mundo con menos violencia, menos pobreza y dolor y más riqueza, bienestar y paz para todos.

El “todos para todos” forma parte integrante e integradora del TODO que a todos nos acoge y al que pertenecemos, pero teniendo bien presente que el Mundo es obra nuestra: si llenamos los océanos y mares de inmundicia, si continuamos sin respetar las sabias leyes de la Naturaleza y entre los individuos que poblamos la Tierra apenas quedan buen entendimiento, amor y acogida, y son el odio, la violencia y el terrorismo los que todo lo inundan, este mundo, que fue creado para que lo fuéramos recreando y enriqueciendo con nuestro buen hacer de cada día, será pasto de las llamas de la
destrucción a la que lo tenemos sometido.

Es verdad que este Aquí o Mundo que a todos nos acoge en su regazo es el libro más gigantesco, la enciclopedia más completa, llena de sabiduría sin límites, a la que todos podemos acceder. El problema no es del Mundo, sino de quienes ni saben ni quieren aprender a leerlo y tampoco tienen el menor interés en acceder a su insondable e inagotable sabiduría.
     Somos nosotros los que debemos adaptarnos al Mundo, al aquí en que nos ha tocado vivir. Me refiero especialmente al "aquí" con minúscula, al lugar donde vivimos, la familia a la que pertenecemos, el lugar y momento en que existimos y actuamos.

La aceptación gozosa de la realidad que nos ha tocado vivir y la adaptación de buen grado a lo que nos depara el lugar en que nos encontramos, las personas con las que convivimos y el momento que estamos viviendo, son aspectos esenciales para esa buena vida que viven las personas más sabias y felices.


Bernabé Tierno – Hoy, Aquí y Ahora



jueves, 9 de marzo de 2017

Solo lo humano es eternamente castizo (Miguel de Unamuno)




Elévanse a diario en España amargas quejas porque la cultura extraña nos invade y arrastra o ahoga lo castizo, y va zapando poco a poco nuestra personalidad nacional. Es una idea arraigadísima lo de creer que la subordinación ahoga la individualidad, que hay que resistirse a aquélla o perder ésta. Lo mismo los que piden que cerremos o poco menos las fronteras y pongamos puertas al campo, que los que piden más o menos explícitamente que nos conquisten, se salen de la verdadera realidad de las cosas, de la eterna y honda realidad, arrastrados por el espíritu de anarquismo que llevamos todos en el meollo del alma, que es el pecado original de la sociedad humana, pecado no borrado por el largo bautismo de sangre de tantas guerras. Mas no hace falta conquista, ni la conquista purifica, porque, a su pesar y no por ella, se civilizan los pueblos.

Si no tuviese significación viva lo de ciencia y arte españoles, no calentarían esas ideas a ningún espíritu, no habrían muerto hombres, hombres vivos, peleando por lo castizo. Mientras pasan sistemas, escuelas y teorías, va formándose el sedimento de las verdades eternas de la eterna esencia. Sobre el suelo compacto y firme de la esencia y arte eternos corre el río del progreso que le fecunda y acrecienta.

Hay una tradición eterna, legado de los siglos, la de la ciencia y el arte universales y eternos, he aquí una verdad que hemos dejado morir. Hay una tradición eterna, como hay una tradición del pasado y una tradición del presente. Debajo de la historia, es donde vive la verdadera tradición, la eterna, en el presente, no en el pasado muerto para siempre y enterrado en cosas muertas. En el fondo del presente hay que buscar la tradición eterna, en las entrañas del mar, no en los témpanos del pasado, que al querer darles vida se derriten, revertiendo sus aguas al mar.
    Así como la tradición es la sustancia de la Historia, la eternidad lo es del tiempo; la historia es la forma de la tradición, como el tiempo la de la eternidad. Y buscar la tradición en el pasado muerto es buscar la eternidad en el pasado, en la muerte, buscar la eternidad de la muerte.





La tradición hace posible la ciencia, mejor dicho, la ciencia misma es tradición. Estas últimas leyes a que la ciencia llega no son más que fórmulas de la eternidad viva, que no está fuera del tiempo, sino dentro de él. La tradición eterna es el fondo del ser del hombre mismo. El hombre, esto es lo que hemos de buscar en nuestra alma. Lo verdaderamente original es lo originario, la humanidad en nosotros.
    ¡Gran locura la de querer despojarnos del fondo común a todos, de la masa idéntica sobre la que se moldean las formas diferenciales, de lo que nos asemeja y une, de lo que hace que seamos prójimos, de la madre del amor de la humanidad, en fin, del hombre, del verdadero hombre, del legado de la especie! ¡Qué empeño por entronizar lo pseudo-original, lo distintivo, la mueca, la caricatura, lo que nos viene de fuera! Preferimos el arte a la vida, cuando la vida más oscura y humilde vale infinitamente más que la más grande obra de arte.



Hay un ejército que desdeña la tradición eterna, que descansa en el presente de la Humanidad, y se va en busca de lo castizo e histórico de la tradición, al pasado de nuestra casta, mejor dicho, de la casta que nos precedió en este suelo. Los más de los que se llaman a sí mismos tradicionalistas, o sin llamarse así se creen tales, no ven la tradición eterna, sino su sombra vana en el pasado. ¡Qué pena de ejército! Son gentes que por huir del ruido presente que les aturde, incapaces de sumergirse en el silencio de que es ese ruido, se recrean en ecos y retintines de sonidos muertos.

Hay que ir a la tradición eterna, madre del ideal, que no es otra cosa que ella misma reflejada en el futuro. Y la tradición eterna es tradición universal cosmopolita. Combatir contra ella es querer destruir la humanidad en nosotros, es ir a la muerte, empeñarnos en distinguirnos de los demás. Para hallar la humanidad en nosotros y llegar al pueblo nuevo, conviene, sí, que nos estudiemos, porque lo accidental, lo pasajero, lo temporal, lo castizo, de puro sublimarse y exaltarse se purifica destruyéndose. Pero ¡ay de aquel que al hacer examen de conciencia se complace en los pecados pasados y ve su originalidad en las pasiones que le han perdido, pone el pundonor mundano sobre todo!



El estudio de la propia historia, que debía ser un impecable examen de conciencia, se toma, por desgracia, como fuente de apologías y apologías de vergüenzas, y de excusas, y de disculpaciones y de componendas con la conciencia, como medio de defensa contra la penitencia regeneradora. Apena leer trabajos de historia en que se llama glorias a nuestras mayores vergüenzas, a las glorias de que purgarnos, en que se hace jactancia de nuestros pecados pasados; en que se trata de disculpar nuestras atrocidades innegables con las de otros. Mientras no sea la historia una confesión de un examen de conciencia no servirá para despojarnos del pueblo viejo, y no habrá salvación para nosotros.


La humanidad es la casta entera, sustancia de las castas históricas que se hacen y deshacen como las olas del mar; solo lo humano es eternamente castizo. Mas para hallar lo humano eterno hay que romper lo castizo temporal y ver cómo se hacen y deshacen las castas, cómo se ha hecho lo nuestro y qué indicios nos da de su porvenir su presente.


Miguel de Unamuno – En torno al casticismo

viernes, 3 de marzo de 2017

¿Los animales tienen alma? (Marguerite Yourcenar)


Un cuento de las mil y una noches cuenta que la Tierra y los animales temblaron el día en que Dios creó al hombre. Esta admirable visión de poeta adquiere todo su valor para nosotros, que sabemos mucho mejor que el cuentista árabe de la Edad Media hasta qué punto la Tierra y los animales tenían razón al temblar. Cuando veo ganado y caballos en el campo, incluso cuando veo algunas gallinas picoteando todavía libremente en el patio de una granja, me digo que, bien es cierto que esos animales serán sacrificados al apetito del hombre, o gastarán su vida en servirle, y morirán de “mala muerte” sangrados, muertos a palos, estrangulados o, siguiendo la antigua costumbre según la cual se daba muerte a los caballos que no pueden enviarse a la “carnicería”, sacrificados de un tiro, torpe la mayor parte de las veces y que casi nunca es un verdadero “tiro de gracia”, o abandonados en la soledad de la sierra como aún hacen los campesinos de Madeira o incluso (¿en qué país me contaron este hecho?), empujados con la punta de la aijada hasta el precipicio en donde se romperán los huesos.

Pero me digo también que en ese momento, y puede que durante meses e incluso años, esos animales habrán vivido al aire libre, a pleno sol y a plena noche, maltratados a menudo, bien tratados a veces, recorriendo de una manera más o menos normal los ciclos de su existencia animal, igual que nosotros nos resignamos a cumplir los ciclos de nuestra propia vida. Pero esa relativa “normalidad” ya no se lleva entre nosotros, en donde la espantosa superproducción (que finalmente también mata y envilece al hombre) hace de los animales unos productos fabricados en cadena, que viven su pobre y breve existencia envueltos en el insoportable resplandor de la luz eléctrica, atracados  de hormonas que después nos transmitirá peligrosamente su carne, poniendo huevos y “haciéndose encima” como antaño decían las enfermeras y las nodrizas; privados, en el caso de las aves confinadas unas contra otras, del pico y de las uñas que, durante su horrible vida empaquetada volverían contra sus compañeros de miseria.



Aquí como en todas partes se ha roto el equilibrio; la horrible materia prima animal es un hecho nuevo, igual que el bosque aniquilado para suministrar la parte necesaria para nuestros periódicos y revistas de propaganda y falsas noticias, igual que nuestros océanos donde el pescado se ve sacrificado a los petroleros. Durante milenios, el hombre consideró al animal como su cosa, pero subsistía un estrecho contacto. El jinete quería, aunque abusara de ella, a su montura; el cazador de antaño conocía las formas de vida de los animales que cazaba, y “amaba” a su manera a esos mismos animales a los que se gloriaba en matar: una especie de familiaridad se mezclaba con el horror…

Hemos cambiado todo esto: los niños de la ciudad no han visto nunca una vaca ni un cordero; ahora bien, uno no ama aquello que no conoce, no ama al animal al que jamás tuvo ocasión de acercarse y al que nunca ha acariciado. Del mismo modo, los abrigos de pieles presentados con cuidados exquisitos en los escaparates de las grandes peleterías parecen estar a cien leguas de la foca derribada a palos sobre el banco de hielo, o del mapache cogido en una trampa y royéndose una pata para tratar de recobrar su libertad. La hermosa mujer que se maquilla no sabe que sus cosméticos han sido probados en conejos o cobayas que han muerto sacrificados o se han quedado ciegos. La inconsciencia y, consecuentemente, la tranquilidad de conciencia, del comprador o de la compradora es total. Una civilización que se aleja cada vez más de la realidad produce cada vez más víctimas, comprendida ella misma.
    Y sin embargo, el amor a los animales es tan antiguo como la raza humana. Millones de testimonios escritos o hablados, de obras de arte y de gestos apercibidos, dan fe de ello.



Al parecer, una de las formidables causas del sufrimiento animal –en Occidente, por lo menos– fue la conminación bíblica de Yahvé a Adán antes de la culpa, cuando le mostró al pueblo de los animales, haciéndoselos nombrar y declarándolo dueño y señor de los mismos. Esta escena mítica siempre ha sido interpretada por el cristiano y el judío ortodoxo como un permiso para sacrificar indiscriminadamente a esas millones de especies que expresan, por sus formas diferentes de las nuestras, la infinita variedad de la vida, y por su organización interna, su poder de actuar, de gozar y de sufrir, la evidente unidad de la misma.
    Y sin embargo hubiera sido muy fácil interpretar el viejo mito de otra manera: aquel Adán, aún no afectado por la caída, lo mismo hubiera podido sentirse promovido al rango de protector, de árbitro, de ordenador de la creación entera, utilizando los dones que se le habían otorgado, superiores o diferentes de aquellos concedidos a los animales, para consolidar y mantener el equilibrio del mundo del cual Dios le había hecho no el tirano sino el intendente.

El cristianismo podía haber insistido en las sublimes leyendas que mezclan al animal con el hombre. Había en el cristianismo todos los elementos de un folclore animal casi tan rico como el del budismo, pero el seco dogmatismo y la prioridad otorgada al egoísmo humano ganaron la partida.
    Por otra parte, una teoría diferente iba a ponerse al servicio de aquellos para quienes el animal no merece ayuda alguna y se encuentra desprovisto de la dignidad que, en principio y sobre el papel, concedemos a cada hombre: el animal-máquina de Descartes se ha convertido en artículo de fe, tanto más fácil de acepta cuanto que favorece la explotación y la indiferencia. El animal-máquina, pero ni más ni menos que el mismo hombre, que también es una máquina, máquina de producir y ordenar las acciones, las pulsiones y las reacciones que constituyen las sensaciones de frío y calor, de hambre y de satisfacción digestiva, los impulsos sexuales y también el dolor, el cansancio, el temor que los animales experimentan igual que nosotros. El animal es una máquina, el hombre también y fue su duda a blasfemar del alma inmortal lo que impide a Descartes ir abiertamente más lejos en esa hipótesis, que hubiera establecido los fundamentos de una fisiología y de una zoología auténticas.



En el estado actual de la cuestión, en una época en que nuestros abusos se agravan sobre este punto como sobre tantos otros, podemos preguntarnos si una Declaración de los derechos del animal va a ser útil. Yo la recibo con alegría, pero ya hay buenas almas que murmuran: “hace cerca de doscientos años que fue proclamada la Declaración de los derechos humanos y ¿cuál ha sido el resultado? No ha habido ninguna época más concentracionaria, más llevada a las destrucciones masivas de vidas humanas, más dispuesta a degradar hasta en sus mismas víctimas la noción de humanidad. ¿Será efectivo promulgar a favor del animal otro documento de este tipo que –mientras el hombre no cambie– será tan inútil como la Declaración de los derechos del hombre?”. Creo que sí. Creo que siempre conviene promulgar o reafirmar las leyes verdaderas, que no dejarán por ello de ser incumplidas, pero dejando aquí y allá a los transgresores el sentimiento de haber obrado mal. “No matarás”. Toda la historia de la que tan orgullosos nos sentimos, es una perpetua infracción a esa ley.


“No harás sufrir a los animales, o al menos les harás sufrir lo menos posible. Tienen sus derechos y su dignidad como tú mismo”, es con toda seguridad, una amonestación bien modesta, en el estado actual de las mentes es casi subversiva. Seamos subversivos. Hay que rebelarse contra la ignorancia, la indiferencia, la crueldad que, por lo demás, suele aplicarse a menudo contra el hombre, porque antes se ha ejercitado con el animal. Recordemos, puesto que hay que relacionarlo todo con nosotros mismos, que habría menos niños mártires si hubiese menos animales torturados, menos vagones precintados llevando hacia la muerte a las víctimas de ciertas dictaduras si no nos hubiéramos acostumbrado a ver furgones en donde las reses agonizan sin alimento y sin agua, de camino hacia el matadero; menos caza humana derribada de un tiro si la afición y la costumbre de matar no fueran patrimonio de los cazadores. Y en la humilde medida de lo posible (es decir, mejoremos si es que se puede) la vida.


Marguerite Yourcenar – ¿Quién puede saber si el animal desciende bajo la tierra?

jueves, 23 de febrero de 2017

Dar sin esperar a recibir (Salvador Badillo)


Cuando la sociedad está tan dividida, cuando parece que cada uno va a lo suyo resulta que, de repente, la gente deja de ser gente y pasan a ser personas que colaboran, sin pensar en ideologías, banderas ni credos; se unen como una gran masa de amor y compasión y arriesgan sus vidas, todo lo que son y tienen para ayudar, dar consuelo, para demostrar que, a pesar de lo que nos intenten inculcar, el ser humano puede sortear cualquier obstáculo, y convertirse en algo maravilloso y digno de admiración.

El ser humano no está en crisis, solo lo está el poder de algunos seres humanos egoístas. En ocasiones perdemos la fe en la humanidad y en su capacidad de sentir y de ser mejores. A diario, los noticiarios nos proporcionan el lado más ruin y negativo de nuestros congéneres y, en definitiva, de nosotros mismos. Esto es una información sesgada. En el mundo ocurren cosas maravillosas cada día, pero esto no debe ser especialmente interesante para ciertos grupos que se dedican a utilizarnos como esclavos de un sistema que a ellos les conviene. Necesitan muchas manos que trabajen y que se preocupen por sostener un sistema económico y social que les beneficia a ellos, pero en el que la mayoría somos perjudicados. Hemos pasado de la esclavitud física a la mental y espiritual por arte de magia.

Mi fe, que podría ser tan irracional o sólida como casi cualquier otra, es la de que la humanidad está compuesta de seres que en muchas ocasiones se juzgan con demasiada dureza, que actúan de tal forma que causan su propio sufrimiento y el ajeno pero que, en esencia, ante una tragedia, cuando consiguen superar sus limitaciones autoimpuestas pueden, sin duda, convertirse en héroes anónimos que poseen las más bellas virtudes.
      Pero lo cierto y verdad es que incluso en las grandes tragedias –o especialmente en ellas– encontramos fuerzas para comportarnos según nuestra verdadera naturaleza: la bondad. Cuando las personas se hallan en una situación límite, acostumbran a actuar de una forma heroica y desinteresada. Cuando un hecho trágico es tan impactante como para que desconectemos el piloto automático por el cual otorgamos trascendencia a cosas que por los demás solo tienen el alcance de lo efímero, eso debería darnos la oportunidad de comprender que todos los seres humanos tienen la capacidad de ser compasivos y, en esencia, héroes.



Tienes una fuerza en tu interior capaz de aportar al mundo una diferencia. Eres capaz de dar amor, ayuda, amparo, compasión y heroísmo. Y eres capaz porque lo llevas dentro. El ser humano es como un trozo de carbón, que cuando se somete a muchísima presión, da como resultado un diamante de belleza sobrecogedora. Eso somos, diamantes por descubrir y, mediante la decisión consciente, podemos pulirnos adecuadamente para brillar, tal vez para dar más luz a un mundo que, nos quieren convencer, está lleno de oscuridad.
     Solo los locos han tenido la visión suficiente para hacer cosas que a los demás les hubieran parecido absurdas, carentes de lógica, arriesgadas y peligrosas. A algunos de estos “locos” hoy en día se les conoce como grandes genios. Estos genios en algún momento dieron un paso más allá, como poseídos por una visión propia. Ellos dieron la espalda a lo que era comúnmente aceptado y se embarcaron en una aventura que era desaconsejada por todos.

Podemos tener la absoluta seguridad de que todas nuestras acciones tendrán una consecuencia, lo que llamamos Karma. Estrictamente hablando, las consecuencias no son buenas o malas, sino que lo son las acciones. Si las acciones son conscientes, podemos tener un mayor control sobre las consecuencias, darles el toque mágico de la intención positiva, constructiva, alegre y desinteresada. Así, cuando comenzamos a crear rutinas conscientes y positivas, nos acercamos mucho a una visión mejorada de nosotros mismos. De hecho, al ser conscientes creamos las rutinas que nos aportan la dinámica de acciones positivas que tendrán consecuencias felices. Creamos nuestro futuro desde nuestro más inmediato presente gobernando la nave de nuestros pensamientos y emociones.
    Traer al consciente lo que es inconsciente, estando presentes en cada acción que emprendemos y haciéndolo con una intención positiva y generosa. Abrir nuestra mente y dejar que la magia ocurra. Dar sin esperar a recibir. Demos: demos constantemente, seamos generosos. No esperemos, no, no nos sentemos a esperar, sigamos dando porque recibiremos mientras sigamos en nuestra acción de dar.



Ahora podemos crear las consecuencias que viviremos mañana. Si elegimos correctamente, si para elegir nos paramos un segundo a pensar en cómo puede afectarnos esa acción, podremos actuar con sabiduría creándonos así el futuro que nos deseamos. No basta con dejarse arrastrar por la vorágine. Eso no es vivir. Vivir es plantarse firmemente y decidir. Hemos de vivir ahora, con todas nuestras fuerzas, nuestra atención, decidiendo sobre nuestras vidas, tomando el control. Eternidad es cualquier instante vivido intensamente, cualquier sensación de luz, de paz, de alegría íntima. Alcancemos la inmortalidad en un instante. El tiempo no es más que una percepción.


El bendito Karma tiene un cien por cien de éxito debido a que no te exige que hagas cosas complicadas, te pido que actúes con las armas que ya posees, tratando de dedicar un pequeño tiempo a cuidar de dichas herramientas: no olvides dar las gracias constantemente; evita la negatividad; reprograma tu mente con mensajes en positivo; trae al consciente lo que está en el inconsciente. Deja espacio para que la magia ocurra.


Salvador Badillo - ¡Bendito Karma! Atraer el éxito personal y la felicidad con gestos cotidianos

jueves, 9 de febrero de 2017

Hemos tolerado la incompetencia y la corrupción (Antonio Muñoz Molina)





Todo lo que era sólido se desvanece en el aire. Lo que recordamos es como si no hubiera existido. Lo que ahora nos parece retrospectivamente tan claro era invisible mientras sucedía. Lo que había valido mucho de pronto no valía nada. El dinero parece lo más irrefutable y tiene el poder de comprarlo todo y trastornarlo todo, y de pronto se evapora y ya es como si no hubiera existido.

Ahora que de un día a otro todo lo que dábamos por supuesto y nos permitíamos desdeñar puede que esté a punto de perderse, quizá nos falta poco para sentir nostalgia de un tiempo que casi nadie supo apreciar mientras lo vivía. Ahora nos da miedo abrir el periódico o esperar la hora del telediario porque no sabemos si nos informarán de que ya no existe lo que creíamos perdurable, de que los billetes que guardamos en la cartera se han quedado sin valor o nuestro puesto de trabajo o nuestros ahorros los ha barrido un viento de desastre, de que iremos a un servicio de urgencias y no habrá un médico que nos atienda. Ahora el porvenir de dentro de unos días o semanas es una incógnita llena de amenazas y el pasado es un lujo que ya no podemos permitirnos.

La ruina en la que nos ahogamos hoy empezó cuando la potestad de disponer del dinero público pudo ejercerse sin los mecanismos previos de control de las leyes; y cuando las leyes se hicieron tan elásticas como para no entorpecer el abuso, la fantasía insensata, la codicia, el delirio –o simplemente para no ser cumplidas. Pero una administración clientelar no solo fomenta la incompetencia y facilita la corrupción: también desalienta a los empleados más capaces y vuelve habitual el cinismo.




Las únicas carreras administrativas que se han hecho en España a lo largo de los últimos treinta años son la de los mediocres arrimados a los partidos que han llegado a ocupar los puestos más altos sin poseer ningún mérito, sin saber nada, sin adquirir a lo largo del tiempo otra habilidad que la de simular que hacen algo, o que han aprendido algo. No hay lugar de la administración cultural o de la política o de la vida económica que no hayan escalado. Nadie puede calcular el número o el costo total de los puestos que se fueron creando no para cubrir ninguna necesidad racional prevista de antemano, sino para dar colocación a parientes más o menos cercanos o pagar favores políticos. Ahora mismo nos hundimos bajo el peso muerto de su innumerable incompetencia.

Había un país real, más bien austero, habitado por gente dedicada a trabajar lo mejor que podía, a cuidar enfermos, a criar niños y educarlos, a construir casas sólidas, a juzgar delitos, a cultivar la tierra, a ganar dinero ideando o vendiendo bienes necesarios. Pero por encima de ese país más visible estuvo desde muy pronto el otro país de los simulacros y los espejismos, el de las obras ingentes destinadas no a ningún uso real sino al exhibicionismo de los políticos que las imaginaban y al halago paleto de los ciudadanos que se sentían prestigiados por ellas.
    Casi cualquier gasto era factible, a condición de que se dedicara  a algo superfluo: porque ni en las épocas de mayor abundancia ha sobrado el dinero para lo que era necesario, para la educación pública rigurosa, para la investigación científica, para la protección de la naturaleza, para dotar de sueldos dignos a los empleados públicos de los que depende la salud o la vida de los demás y los que se juegan la vida para protegerlos.
    A la tarea poco gloriosa de administrar con austeridad y eficiencia el país que existía, prefirieron muy pronto la invención de otros países paralelos, de ciudades convertidas en proyecciones fantásticas o decorados de sí mismas.

En una sociedad sólida los méritos están muy repartidos y el protagonismo de lo que sale bien casi nunca corresponde a quien ostenta un cargo público. Cuanto más razonablemente funciona un país menos espacio queda para el providencialismo populista del buen líder que sabe lo que es mejor para los suyos y les consigue lo que piden o lo que necesitan, casi siempre arrancándoselo con determinación a un poder más lejano al que también podría achacar oportunamente cualquier contratiempo.



Una mezcla del viejo caciquismo español y del reverdecido populismo sudamericano coincidió con los flujos de dinero barato que llegaba de Europa para engendrar una multiplicación fantástica de simulacros y festejos, de despliegues barrocos para durar unas semanas o unos días y celebraciones hipertróficas, algunas rancias y otras recién inventadas, muchas de ellas bárbaras: la conmemoración y no el presente; el simulacro y no la realidad; la apariencia y no la sustancia; el acontecimiento espectacular de unos días y no el empeño duradero en mejorar lo cotidiano; la fiesta como identidad y casi como forma de vida y no la secuencia del tiempo en el que el trabajo se compensa con el ocio.

Para bien y para mal lo que parecía más sólido deja de existir. Lo que no existía y casi no se imaginaba puede hacerse real. Lo que hoy es más indiscutible y más sólido y nos importa más mañana puede haberse desmoronado o puede haber sucumbido a un desguace motivado por intereses económicos o designios políticos, o simplemente porque no hubo un número suficiente de personas capaces que tuvieran el coraje de defenderlo.
    Nada importó demasiado mientras había dinero. Nada importaba de verdad. Podíamos estar gobernados por incompetentes o por ladrones o por ignorantes o por gente que reunía las tres cualidades a la vez.




Hace falta una serena rebelión cívica que utilice con inteligencia y astucia todos los recursos de las leyes y toda la fuerza de la movilización para rescatar los territorios de soberanía usurpados por la clase política. Hay que exigir de manera eficaz la limitación de mandatos, las listas electorales abiertas, la profesionalidad e independencia de la administración; la revisión cuidadosa de toda la maraña de organismos y empresas oficiales para decidir qué puede aligerarse o suprimirse, a qué límites estrictos tienen que estar sujetos, el número de puestos y las remuneraciones, qué normas se deben eliminar. Hay que defender sin timidez ni mala conciencia el valor de lo público.

Ha terminado el simulacro. Que la clase política española quiera seguir viviendo en él es una estafa que ya no podemos permitirles, que no podemos permitirnos. Tenemos un país a medias desarrollado y a medias devastado, con una administración hipertrofiada y politizada, sin el pulso cívico necesario para emprender grandes proyectos comunes.
    Hemos mirado con demasiada tolerancia o demasiado distraidamente la incompetencia y la corrupción. Ya no nos queda más remedio que empeñarnos en ver las cosas tal como son, a la sobria luz de lo real.

    Después de tantas alucinaciones, quizás solo ahora hemos llegado o deberíamos haber llegado a la edad de la razón.


Antonio Muñoz Molina – Todo lo que era sólido

domingo, 5 de febrero de 2017

Estrena la mente cada amanecer (Ramiro Calle)



El ser humano puede ganarse a sí mismo recobrando su sentido de “sí a la vida” y aprendiendo que toda forma de existencia, de la más infinita a la más infinitesimal, es sagrada y hay que darle la bienvenida. Las personas sensibles y lo suficientemente evolucionadas tratarán de no dañar jamás a ninguna criatura, porque saben que la vida de un ser es de un valor incalculable.

Con demasiada frecuencia, y debido a enfoques incorrectos, el ser humano es despiadado y poco compasivo con los demás. ¡Cuán indulgentes podemos llegar a ser con nosotros mismos y cuán inclementes con los otros! Con demasiada frecuencia no nos ponemos en su lugar y, por falta de sensibilidad y egoísmo, nos mostramos impositivos. Demasiado preocupados de nosotros mismos, no somos capaces de descubrir y verdaderamente satisfacer las necesidades ajenas. La generosidad comienza cuando valoramos a los demás como son y tratamos de procurarles algún tipo de felicidad.

El corazón, o sea, el interior del ser humano, es la sede de lo Absoluto, como quiera que cada uno lo denomine o lo conciba, incluso muchas respuestas que no pueden encontrarse en la simple razón, hay que intuirlas en el silencio elocuente del corazón. Si nos desorientamos con palabras y opiniones, conceptos y dogmas, lo que está más allá de cualquier designación nos será desconocido. Cuando el intelecto se rinde, brota lo que está más allá de él y lo hace posible.

Llenamos la vida de muchas actividades inútiles, pero no nos aplicamos rigurosamente a la búsqueda interior y a la práctica para el mejoramiento interno. Disipamos nuestras mejores energías en toda suerte de insustanciales actividades, cuando bien podríamos acopiarla para ponerla al servicio del autoconocimiento y la realización. El verdadero autoconocimiento consiste en descubrir los propios autoengaños, por sutiles que sean, y tratar de superar la imagen que hemos conformado sobre nosotros mismos y que nos impide captar nuestra naturaleza real. La máscara de la personalidad impide el acceso al ser real. El desenmascaramiento es doloroso, pero necesario.



Mucho más importante que hacer es ser. Incluso en la actividad hay que aprender a mantener una actitud de calma y presencia de ser. La voluntad de actividad debe complementarse con la de “seidad”. Es la contemplación en la acción, la meditación en la actividad. En el “simplemente estoy” hay una afirmación vivencial de ser, porque no es estar para esto o para lo otro, sino simplemente estar con uno mismo y sin urgencia ni compulsión, fluyendo con la energía universal.
    Permanece atento, conectado con lo que es a cada instante, para renovar las energías de la mente y percibir las cosas tal cual son. Así el aprendizaje no cesa y la atención pone en marcha todos sus recursos y va desplegando otros factores de iluminación, como la ecuanimidad, el contento, el sosiego y la visión clara. Muchos son los seres humanos que, creyéndose conscientes, no se ejercitan para la evolución de la consciencia y que, creyéndose despiertos, no ponen lo medios para despertar.

No desperdicies tu vida cultivando aflictivos estados de ánimo o extraviándote en preguntas sobre el sentido o el propósito de la vida. A cada instante puedes procurarle un significado. Ennoblece tus pensamientos, tus palabras y tus actos… ¿qué mayor propósito puede haber? Aprovecha que eres un ser humano y humanízate, poniendo medios para que la consciencia evolucione y poder así ganar un sentido dentro de cada uno de nosotros.




Todo transita, muda, se modifica. A una estación sigue la otra, a la tempestad la calma y a la calma la tempestad. Ante los eventos, lo más sabio es mantener una mente firme, es decir, una actitud de inquebrantable ecuanimidad.
    Hay que aprender a asir y a soltar, según lo requieran las circunstancias. El arte de saber tomar sin apego, y saber dejar sin amargura. Incluso hasta el cuerpo tendremos que soltarlo, inevitablemente, un día. Soltar nos hace libres.

Nunca es tarde para emprender el viaje hacia uno mismo y comenzar a caminar por la senda hacia el autoconocimiento y la autorrealización. Pero no debemos dejarnos tomar por la enfermedad del mañana, que nos induce a dejarlo todo para el día siguiente, incluso la búsqueda espiritual. La senda gradual hacia la autorrealización está abierta para cualquier persona, pero en cuanto descubrimos que existe debemos, para nuestro beneficio, comenzar a recorrerla.
    Toma una dirección hacia la libertad interior, persevera y alcanza el objetivo espiritual. No malgastes tus energías en fútiles indecisiones, enfermizas vacilaciones o dudas escépticas. Una vez tu discernimiento haya mostrado un camino, recórrelo.
    El mayor estímulo para el verdadero buscador es tener consciencia de que se está aproximando, por lentamente que sea, hacia la libertad suprema. Esa firme motivación le permitirá redoblar sus esfuerzos y no desfallecer.




¡Estrena la mente cada amanecer! Porque para que algo pueda adquirirse, algo debe abandonarse. ¡Arrójalo! Arroja fuera de la mente viejos patrones, condicionamientos, filtros socioculturales y trastos inútiles, para que pueda florecer como un cielo despejado y creativo.


Para el que se ha activado el mecanismo de la búsqueda y tiene inquietudes espirituales, surgen muchas preguntas, incertidumbres e incluso inevitables penumbras. Para el que ya avanza con paso firme por la senda directa hacia la liberación, muchas preguntas cesan, porque las experiencias sustituyen a las ideas.


Ramiro A. Calle – Cuentos espirituales de Oriente


viernes, 3 de febrero de 2017

Fósiles intelectuales (Jordi Gracia)




La melancolía de mi susceptibilidad es el aire de hastío cansado y de abandono, de derrota y de renuncia que genera la transformación desordenada del presente en intelectuales con muy pocas razones para quejarse y sin argumentos más allá de la irritabilidad que el desorden suscita en sus órdenes fosilizados.

Los intelectuales melancólicos profetizan el apocalipsis que anida en cada nuevo gesto social o público para denunciar la disolución de la alta cultura en la sociedad atolondrada del presente. Hablan como enviados de los dioses para salvarnos de la insalubridad de un tiempo domado por valores disminuidos; su apocalipsis doméstico ciega las vías de remedio práctico y racional para las taras que las novedades comportan. En lugar de cooperar, se apartan casi siempre envueltos en un aire de melancolía que nos deja el muerto entre los trenos.
    La melancolía es sobre todo un estado de ánimo que predice el desfondamiento de las esperanzas de hacer de la sociedad el bosque rico de imaginación, fuerza creadora y atadura a la tradición que ha sido siempre y ya no va a ser más.



El melancólico contemporáneo prefiere actuar como el guardián de esencias que ha olvidado o, peor aún, que la memoria ha ido tergiversando y convirtiendo en un texto tan simplificado y liofilizado que está muerto o se parece demasiado a la dieta blanda de enfermo. Ya no recuerda que leyó aquellas páginas que por fin le revelaban una sabiduría ignorada y que entonces parecía imborrable. Pero se ha borrado. Se ha borrado el saber sobre la rutinaria percepción catastrofista que todo presente tuvo de su propio tiempo; se ha borrado la humildad de admirar en los nuevos la calidad que secretamente envidian; se ha borrado la percepción de la mudanza como ley y sistema complejo, lleno de nódulos y encrucijadas.
    ¿Cómo ha llegado a convertirse lo que debía ser sabiduría sobre la condición humana en munición contra la evolución de las cosas y de los nuevos gustos y los nuevos fetiches, que no son nada más que las expresiones actuales de la misma agitación de siempre?

En la melancolía anida una impaciencia violenta y en ella crece una máquina de rencor contra el atropello del presente que padece el intelectual sensible. La melancolía humana como blindaje contra las corrientes disolutas del presente, y decora al intelectual elevándolo a ser sensible e intolerante ante la estupidez. Probada la degradada evolución de todo, reaparece la fe difusa y nebulosa en alguna superstición más o menos sofisticada como refugio de la incertidumbre, de la soledad, del desconsuelo, de la mortificante incomprensión que el mundo expresa con su indiferencia o su pasividad.

Casi siempre, el melancólico de hoy fue el progresista ilustrado y burgués de la Europa del sesentayocho. Fue un joven iconoclasta y hoy es un adulto resentido por el fracaso de su utopía menor, pero sobre todo porque el cambio social ha tomado una dirección para la que no tiene mapa ni brújula. Su insatisfacción no estimula el sentido autocrítico. Al revés, el melancólico arremete, cargado de razón emocional, contra la ingratitud que no ha primado el sacrificio, el estudio, el chorro de luz que ha difundido sobre nuestras pobres cabezas. Se comportan entonces como adultos mimados y demasiadas veces consentidos por los medios de información, son también culpables de sus desengaños y corresponsables del rebajamiento de la exigencia que los ha dejado fuera de juego.

La deserción de los presuntos maestros multiplica las defecciones y el abstencionismo cultural en lugar de estimular el conocimiento, el aprecio y el juicio ponderado de lo real. Parece creer que hoy la mala preparación, la indolencia crítica, la pasividad intelectual o la mera inercia cultural son superiores a etapas anteriores, cuando de hecho semejante visión es manifiestamente sectaria, parcial y poco atenta a la diversidad del presente.

El retrato del melancólico de hoy puede parecerse mucho al del narcisista, perpetuamente descontento por la indiferencia que sobre él proyecta un presente movido por intereses espurios y sin sustancia alguna. Por eso no le queda otro espacio al melancólico que la consciencia blindada contra las embestidas de un presente descarnadamente soez.



El melancólico pasea altivo o cabizbajo por una ciudad de letras que le sume en la desilusión, víctima de un ciclo histórico que nos conduce sin tregua al abismo final de los tiempos. El apocalipsis estético y ético parece estar al otro lado del semáforo de una avenida que cruza con el orgullo herido, mientras se pregunta qué afanes y qué prisas impiden que se les vea y se les escuche, qué arrebata a tantos detrás de tan poco, mientras el saber verdadero sigue solo y demediado, y por qué todos viven ajenos a su percepción dramática de la cultura actual.

Lo peor es que ellos saben que encarnan los mismos sentimientos de preterición y olvido que nunca creyeron experimentar, cuando vivían enrolados en las banderas del futuro. Y también saben que nunca leyeron promesa alguna de futuro feliz y pleno en los maestros de la antigüedad grecolatina ni en los maestros modernos, pero se dejan engañar como una forma del consuelo de la insatisfacción.

Alguien les ha estafado, pero la quejumbre lastimera del privilegiado por clase y cultura, por profesión de inteligencia, por país y tiempo histórico, hace mucho tiempo que delata la conducta menos disculpable y más dolorosamente improductiva. Y al narcisista herido ya ni siquiera se le ve por la calle, a punto de cruzar con el verde imperturbable, mientras la gente atareada más o menos feliz sigue en sus cosas.


Jordi Gracia – El Intelectual melancólico. Un panfleto


lunes, 23 de enero de 2017

Encuentro con la Belleza (François Cheng)





¿Para qué hablar de la belleza si no es para tratar de hacer volver al hombre a lo mejor de sí mismo y sobre todo aventurar una palabra que pueda transformarlo?
    No se nos escapa el hecho de que mal y belleza no solo se sitúan en las antípodas, sino que también están a veces imbricados. Porque nada hay, ni la belleza siquiera, que el mal no pueda convertir en instrumento de engaño, de dominación o de muerte. ¿Sigue siendo “bella” una belleza que no esté basada en el bien?

Nos rendimos a la evidencia de que la unicidad del instante está ligada a nuestra condición de mortales; nos la recuerda sin cesar. Es la razón por la cual la belleza nos parece casi siempre trágica, atormentados como estamos por la conciencia de que toda belleza es efímera. Una verdadera belleza nunca sería un estado perpetuamente anclado en su fijeza. Su aparecer ahí, constituye siempre un instante único, es su modo de ser. Puesto que cada ser es único y cada de sus instantes es único, su belleza reside en su impulso instantáneo hacia la belleza, constantemente renovado y cada vez como nuevo.
    Dentro de la presencia de cada ser se establece una compleja red. En el seno de esta red se sitúa el deseo que siente cada ser de tender hacia la plenitud de su presencia en el mundo. Cuanto más consciente es el ser, más complejo se vuelve ese deseo, deseo de unirse al Deseo original del que se diría que procede el universo mismo. La transcendencia de cada ser solo existe en una relación que la eleva y la supera. La verdadera transcendencia está en el “entre”.



El universo no está obligado a ser bello, pero es bello. ¿Acaso la belleza solo es un exceso, algo superfluo, un añadido ornamental, o se arraiga obedeciendo a alguna intencionalidad? Nuestro sentido de un universo con sentido procede también de la belleza, en la medida en que este universo adopta siempre una orientación precisa, la de tender hacia la realización del deseo del estallido del ser que lleva en sí, hasta que certifique la plenitud de su presencia.

La verdadera belleza es la que sigue el sentido de la Vía, que no es sino la marcha irresistible hacia la vida abierta, un principio de vida que mantiene abiertas todas sus promesas. La belleza es algo que virtualmente está ahí, que ha estado siempre ahí, un deseo que brota del interior de los seres, o del Ser, cual fuente inagotable que se manifiesta como presencia radiante que incita a la aceptación, a la interacción, a la transfiguración.
    Es una manera de ser, un estado de existencia. La verdadera belleza es impulso del ser hacia la belleza. El deseo de belleza aspira a unirse al deseo original de belleza que rigió el advenimiento del universo, en la aventura de la vida. Cada experiencia de belleza, tan breve en el tiempo y sin embargo transcendiéndolo, nos restituye cada vez la frescura del albor del mundo.

Toda verdadera belleza tiende hacia la suprema armonía, emana armonía a su alrededor dispersando una luz benefactora. Cuando la autenticidad de la belleza se ve garantizada por la bondad, nos encontramos en el estado superior de la belleza, la que va en el sentido de la vida abierta. La belleza es la nobleza del bien, el placer del bien, el goce del bien. La bondad que alimenta a la belleza es exigencia misma, exigencia de justicia, de dignidad, de generosidad, de responsabilidad, de elevación hacia la pasión espiritual. La belleza como redención.




La verdadera belleza –la que adviene y se revela, la que es un aparecer que conmueve de repente al alma que la capta– es resultado del encuentro de dos seres, o del espíritu humano con el universo vivo. Y la obra de belleza, siempre nacida de un “entre”, es un tres que, al brotar del dos en  interacción, permite a éste superarse. Si hay transcendencia, está en esa superación.

Cuando, ante una escena de naturaleza, un árbol que florece, un pájaro que vuela graznando, un rayo de sol o de luna que ilumina un momento de silencio, de repente uno pasa al otro lado de la escena, se encuentra más allá de la pantalla de los fenómenos y siente la impresión de una presencia entera, indivisa, inexplicable y sin embargo innegable, como un don generoso que hace que todo esté allí milagrosamente, difundiendo una luz del color del origen, murmurando un canto nativo de corazón a corazón, de alma a alma.




El infinito buscado es efectivamente un in-finito. Ese vacío movido por el hálito encierra una espera, una escucha que está dispuesta a acoger un nuevo advenimiento, anunciador de un nuevo acuerdo. Para lograrlo, el artista, por su parte, siempre está dispuesto a sufrir dolor y tristeza, privaciones y pérdidas, hasta dejarse consumir por el fuego de su acto, dejarse aspirar por el espacio de la obra. Sabe que la belleza, más que un dato, es un don supremo de parte de lo que ha sido ofrecido. Y que, para el hombre, más que un logro, siempre será un desafío, una apuesta.
    En el seno de una obra, el hálito rítmico genera estructura, unifica, suscita metamorfosis y transformación. En los vacíos es donde se regenera y circula el Hálito. Estos vacíos dan respiración a una obra, puntúan sus formas y permiten que advenga lo inesperado.


La belleza atrae la belleza, la aumenta y la eleva. A partir de ahí, de mirada en mirada, el sujeto aspira quizá –si la inspiración se presenta– a un encuentro supremo, el que lo uniría a la mirada inicial del universo. Sin que necesite una creencia, siente quizá por instinto que ese universo, que ha sido capaz de engendrar seres dotados de mirada, debió de poseer también una mirada. Si el universo se creó, debió de “verse” crear, y de “decirse”: “es bello”, o más sencillamente: “esto es, efectivamente”. Si ese “es bello” no hubiera sido dicho, ¿habría sido el hombre capaz de decir algún día: “Es bello”?.


François Cheng – Cinco meditaciones sobre la belleza