jueves, 8 de junio de 2017

El poder purificador de la música (Andrzej Szczeklik)



El concepto de Katharsis (purificación) suele atribuirse a Pitágoras, pero el mismo término apareció mucho antes, en los orígenes del arte griego: en la corea, una mezcla de danza y música, de cante y poesía. Practicada durante los misterios y las ceremonias, la corea servía para aplacar y aliviar los sufrimientos, para purificar las almas, para la catarsis. Pseudo-Plutarco afirma que la música tiene orígenes comunes con la medicina. Pudo ser un don del mismo Quirón, que educó y formó a Asclepio, y que “fue maestro, a la vez, de música, de justicia y de medicina”.

Los pitagóricos creían que el alma estaba aprisionada en el cuerpo por culpa de sus pecados y sería liberada cuando se purificase. Consideraban esta purificación “medicina para el alma”, y pensaban que era posible gracias a la música. Como afirma Aristóteles “los pitagóricos utilizaban la medicina para purificar el cuerpo, y la música para purificar las almas”. Por ejemplo creían que, en el éxtasis provocado por la música báquica, el alma se liberaba y abandonaba el cuerpo por un instante. De ahí que consideraran la música como un estado excepcional, un don de los dioses.

Aristóteles al mencionar la catarsis con referencia a la música, recurre a la terminología médica en su significado técnico. O sea, que la catarsis contiene tanto un elemento médico como un elemento órfico. El elemento órfico es la influencia taumatúrgica y mágica de la música, que es capaz de modificar el curso normal de los sucesos y burlar las leyes de la naturaleza, curar y elevar al hombre a la altura de un ser divino, pero también precipitarlo al abismo del mal. Cuando Orfeo tocaba y cantaba, la gente y los animales se detenían extasiados, los ríos cambiaban su curso, los árboles sacaban las raíces de la tierra y avanzaban hacia él, e incluso las rocas se acercaban rodando a sus pies.



Para explicar el poder de la música, los pitagóricos desarrollaron la idea del parentesco entre los movimientos y sonidos y el alma. Por un lado, las figuras de la danza o los tonos musicales expresan las emociones, y por el otro, las despiertan al actuar sobre el alma… “los sonidos despiertan un eco en el alma y vibran al unísono con él. Como en el caso de dos liras que están cerca: cuando tañemos las cuerdas de una, responde la otra”.
    La música curaba mediante una purificación espiritual. Aristóteles decía que, bajo la influencia de una melodía que extasía el alma, alguna gente encuentra alivio, como si hubiera tomado una medicina o un sedante. En cambio, los intentos de amansar a los orates con música consistían en grabar profundamente “en sus almas desafinadas el mágico orden cósmico, numérico, a fin de armonizarlos con las proporciones del cosmos”.

En la poesía griega, las imágenes de la felicidad están llenas de tonos musicales, y la danza, el canto, la lira, amenizan todas las festividades. La música fortalecía o debilitaba el carácter, imponía el orden o sembraba la amargura, traía la paz o provocaba disturbios. Expresiones como “sin música”, “sin coro”, “sin lira” solían relacionarse con la guerra, con la venganza de las Erinias y con la muerte… “no me hagas vivir sin música”, canta el coro de ancianos en una tragedia de Eurípides.




Una idea brillante de Pitágoras, según la cual las armonías musicales, es decir, los intervalos, se reflejan en simples relaciones numéricas, dio origen a una teoría de la belleza basada en el orden y la proporción. En cambio, la fuerza emocional de la melodía y la influencia que ejerce sobre el alma eran temas del “ethos (talante) de la música”. Insistía con particular énfasis en distinguir la música buena de la mala para “no dejar nada al azar” y no correr los riesgos que esto supondría en una materia moral y socialmente tan importante como la música.
    El efecto educativo y espiritual de la música dependería, pues, de la escala musical, que aproximadamente podríamos comparar con nuestra tonalidad. Pero ninguna característica es capaz de crear un ethos por sí sola: ni la estructura modal, ni la altura del tono ni la bifocalidad de algunas melodías.

Unas investigaciones recientes de pediatras norteamericanos, que se basan en un registro minucioso de la actividad del cerebro, indican que los bebés de cuatro meses prefieren las consonancias que las disonancias. Las consonancias son intervalos agradables al oído, que están construidos sobre proporciones pitagóricas simples entre números naturales, por ejemplo la octava (1:2), la quinta (2:3) o la cuarta (3:4). A juzgar por el comportamiento del bebé, la música basada en consonancias no estimula los mismos centros del cerebro que una sarta de disonancias. Una música así afinaría el cerebro como si fuera un instrumento, y conseguiríamos una afinación limpia, buena, positiva… ¿a que esto suena como la doctrina del ethos de la música de los griegos?



Lo cierto es que el cerebro humano viene al mundo dotado de la capacidad de percibir y extraer del entorno algunas regularidades musicales. La frecuencia de octavas y quintas en la música de culturas geográficamente muy distantes puede derivar de la estructura del órgano auditivo. Todos tenemos una pequeña arpa dentro del oído porque, en el oído interno, la membrana de la cóclea está formada por fibras transversales más cortas en la base y varias veces más largas en la cúspide. El conjunto de fibras hace pensar en un arpa o en las cuerdas de un piano. De la longitud de onda, es decir, de la altura del tono, depende qué fibras empiezan a oscilar, a vibrar. Las señales de las fibras vibrantes son recogidas por unos receptores sensoriales y a través de las neuronas llegan al cerebro. En cuanto a su ordenación, concuerdan con la serie de tonos armónicos que forman parte de todos los sonidos. El compositor Leonard Bernstein llama a los tonos armónicos “la prefiguración del universo” y “la fuente común de toda la música”. ¿Acaso llevamos este universo implantado en el cuerpo?

Basándose en la comparación entre el canto de los pájaros, las ballenas y los hombres, algunos estudiosos suponen la existencia de un solo, universo musical platónico que aún está por descubrir.


Las observaciones de los neonatólogos americanos no dejaban lugar a dudas: la música tiene una influencia benigna en el estado de ánimo, la percepción del dolor, el ritmo cardíaco, la presión arterial, el aumento de peso e incluso la oxigenación de la sangre de los niños prematuros tratados en unidades de cuidados intensivos. ¿Acaso tenía razón Novalis cuando, hace más de doscientos años, escribió: “Toda enfermedad es un problema musical, toda curación es una solución musical”.


Andrzej Szczeklik – Catarsis. Sobre le poder curativo de la naturaleza y el arte







lunes, 29 de mayo de 2017

Michi, un gato ejemplar




Nos han quitado un tesoro.
Algún ser humano despreciable le disparó sin piedad, absurdamente.
Era parte de la familia, apenas un adolescente.
Pasan los días, pero la herida tardará en cicatrizar.

Aún lo veo escondiéndose en la maleza, o persiguiendo mariposas, con esa mirada plena de inocencia, como cuando se encontró frente al mar inmenso; un día antes cazó su primer y único ratón.




Nos seguía sin dudar cuando bajábamos a la playa a pasear a las perras; o nos esperaba tras la cancela a nuestra llegada a la hora del almuerzo. También se echaba a nuestros pies al acostarnos y, al amanecer, se encaramaba sobre nuestro pecho ronroneando para que le abriéramos la puerta.




No quiero alargar este relato, las lágrimas me asaltan… ¡cuántas cosas quedarían sin decir! Siento un vacío que no puedo llenar, jamás pensé tener ese apego y cariño a un gato.




Pero es que Michi era especial, ¡cómo posaba con su límpida mirada ante la cámara! Un bello ejemplar de ojos azules, pelo blanco, largo y sedoso, porte esbelto y garboso, actitud dócil y confiada. Ese fue su único error.

No puedo olvidar cuando lo encontré malherido, bajo el níspero, apenas a diez metros de la ventana de nuestra habitación, sin poder moverse ni llamarnos esperando, quizá, que lo salvara de un destino fatal. No pudo ser.

Otra víctima inocente, como tántas otras, de esta sociedad desquiciada, cruel y violenta.


Nunca te olvidaré… ¡hasta siempre, campeón!















Las únicas verdades (Jorge Bucay)




Todos los que hemos vivido buscando la verdad, nos hemos encontrado en el camino con muchas ideas que nos sedujeron y habitaron en nosotros con la fuerza suficiente como para condicionar nuestro sistema de creencias.
    Sin embargo, pasado un tiempo, muchas de las verdades terminaban siendo descartadas porque no soportaban nuestros cuestionamientos internos, o porque una “nueva verdad”, incompatible con aquellas, competía en nosotros por los mismos espacios. O simplemente porque estas verdades dejaban de serlo.

En cualquier caso, aquellos conceptos que habíamos tenido como referentes dejaban de ser tales y nos encontrábamos, de pronto, a la deriva. Dueños del timón de nuestro barco y conscientes de nuestras posibilidades, pero incapaces de trazar un rumbo confiable.
    Y entonces me pregunto, por un lado: ¿existirán las verdades sólidas como rocas e imperturbables como accidentes geográficos? ¿O será la verdad solo un concepto que lleva en sí mismo la esencia de lo transitorio y frágil de las flores? ¿Es que acaso las montañas, los ríos y las estrellas no están también amenazados de pronta desaparición?



El primero de estos pensamientos confiables forma parte inseparable de la filosofía guestáltica y es la idea de saber que
  
   Lo que es, es

El concepto, no por obvio menos ignorado, contiene en sí mismo tres implicaciones que me parece significativo remarcar: saber que “lo que es, es” implica la aceptación de que los hechos, las cosas, las situaciones son como son.

La realidad no es como a mí me convendría que fuera
No es como debería ser
No es como me dijeron que iba a ser
No es como fue
No es como será mañana
La realidad de mi afuera es como es.

Solo puedo iniciar mi camino desde mi punto de partida, y esto es aceptar que las cosas son como son.

La segunda derivación directamente relacionada con esta idea es que

Yo soy quien soy
Yo no soy quien quisiera ser
No soy el que debería ser
No soy el que mi mamá quería que fuese
Ni siquiera soy el que fui
Yo soy quien soy.

De paso, para mí, toda nuestra patología psicológica proviene de la negación de esta frase. Todas nuestras neurosis empiezan cuando tratamos de ser quienes no somos.

Y si es difícil aceptar que yo soy quien soy, cuánto más difícil no es, a veces, aceptar la tercera derivación del concepto “lo que es, es”:

Tú… eres quien eres
Tú no eres quien yo necesito que seas
Tú no eres el que fuiste
Tú no eres como a mí me conviene
Tú no eres como yo quiero
Tú eres como eres.

Aceptar eso es respetarte y no pedirte que cambies.




La segunda verdad que creo imprescindible la tomo de la sabiduría sufí:

    Nada que sea bueno es gratis

Y de aquí derivan, para mí, por lo menos dos ideas. La primera: si deseo algo que es bueno para mí, debería saber que voy a pagar un precio por ello. Este precio es a veces muy alto, y otras muy pequeño, pero siempre existe. Porque nada que sea bueno es gratis. La segunda: darme cuenta de que si algo recibo de fuera, si algo bueno me está pasando, si vivo situaciones de placer y de goce es porque me las he ganado. He pagado por ellas, me las merezco.

Incorporar esta verdad (nada que sea bueno es gratis) es abandonar para siempre la idea infantil de que alguien debe darme algo porque sí, porque yo lo quiero. Que la vida tiene que procurarme lo que deseo “solo porque lo deseo”, de pura suerte, mágicamente.

Y la tercera idea que creo que es un punto de referencia podría enunciarla de la siguiente manera: es cierto que nadie puede hacer todo lo que quiere, pero cualquier puede NO hacer NUNCA lo que NO QUIERE.
    Me repito a mí mismo:
    Nunca hacer lo que no quiero

Incorporar este concepto como una referencia real, es decir, vivir coherentemente con esta idea, no es fácil. Y sobre todo no es gratis.



  
Estoy diciendo que, si soy un adulto, nadie puede obligarme a hacer lo que no quiero hacer. Lo máximo que puede pasarme, en todo caso, es que el precio sea mi vida.
    Sin embargo, en lo cotidiano, en el pasar de todos los días, los precios son mucho más bajos. En general, lo único que es necesario es incorporar la capacidad de renunciar a que algunos de los demás me aprueben, me aplaudan, me quieran.

Estas tres verdades son para mí ideas-montaña, ideas-río, ideas-estrella.
    Verdades que continúan siendo ciertas a través del tiempo y de las circunstancias. Conceptos que no son relativos a determinados momentos, sino a todos y cada uno de los instantes que, sumados, solemos llamar “nuestra vida”.

Verdades-montaña para poder construir nuestra casa sobre una base sólida.

Verdades-río para poder calmar nuestra sed y para navegar sobre ellas en la búsqueda de nuevos horizontes.


Verdades-estrella para poder servirnos de guías, aun en nuestras noches más oscuras…


Jorge Bucay – Cuentos para pensar

jueves, 25 de mayo de 2017

El valor de rendirse al ahora (Eckhart Tölle)



No ofrecer resistencia a la vida es estar en un estado de gracia, tranquilidad y ligereza, un estado que no depende de que las cosas sean de cierta manera, buenas o malas. Cuando desaparece la dependencia, la vida fluye con tranquilidad.

Toda resistencia interna se experimenta como negatividad de uno u otro tipo. El ego cree que puede manipular la realidad mediante la negatividad y conseguir lo que quiere. En lugar de atraer un estado deseable, más bien le impide emerger. En lugar de disolver un estado indeseable, lo mantiene en su lugar. La única “utilidad” de la negatividad es fortalecer al ego, y por eso al ego le encanta. Cuando estás identificado con una emoción negativa  no quieres soltarla, y en algún profundo nivel inconsciente no deseas un cambio para mejor porque pondría en peligro tu identidad de persona deprimida, enfadada o maltratada. Entonces ignorarás, negarás o sabotearás lo positivo de tu vida.

Observa cualquier planta o animal y permite que te enseñe a aceptar lo que es, a rendirte al ahora. Deja que te enseñe a Ser. Deja que te enseñe integridad, que significa ser uno mismo, ser real. Deja que te enseñe a vivir y a morir, y a no hacer un problema de la vida y de la muerte. Cuando sientas surgir la negatividad en tu interior, tanto si está causada por algo externo como si está provocada por algún pensamiento o por nada concreto de lo que seas consciente, considérala como una voz que te dice “Atención. Aquí y ahora. Despierta. Sal de tu mente. Mantente presente”.



No busques la paz. No busques ningún estado diferente del que tienes; así ni producirás conflicto interno ni resistencias inconscientes.
    Perdónate por no estar en paz. En el momento en que aceptas completamente tu falta de paz, la no-paz se transforma en paz. Cualquier cosas que aceptes plenamente te llevará allí, al estado de paz. Éste es el milagro de la rendición. Cuando aceptas lo que es, cada momento es el mejor. Eso es iluminación.

La rendición es una sabiduría simple. Simple pero profunda que implica ceder más que oponerse al flujo de la vida. El único lugar en el que puedes experimentar el flujo de la vida es el ahora; por tanto, rendirse es aceptar el momento presente incondicionalmente y sin reservas. Es renunciar a la resistencia interna a lo que es. La resistencia es la mente.
    Rendición no es resignación. No tienes por qué aceptar una situación de vida desagradable o indeseable. No. Reconoces plenamente que quieres salir de ella y entonces limitas tu atención al momento presente sin ponerle ninguna etiqueta mental. Eso significa que no hay juicio sobre el ahora. Por tanto, no hay resistencia ni negatividad emocional. Aceptas el momento tal como es. Después te pones en acción y haces todo lo posible por salir de esa situación. Eso es lo que denomino acción positiva.



La rendición es perfectamente compatible con la acción, con iniciar cambios o alcanzar objetivos. Pero, en el estado de rendición, tu acción fluye desde una energía completamente diferente. La rendición te conecta con la fuente-energía del Ser, y tu hacer, imbuido en el Ser, se convierte en una alegre celebración de la energía de vida que te lleva más profundamente al ahora.
    La no-resistencia realza enormemente la cualidad de tu conciencia y, por tanto, la cualidad de cualquier cosa que estás haciendo o creando. Entonces los resultados vendrán por sí mismos.

Hasta que practicas la rendición, la dimensión espiritual es algo sobre lo que lees, sobre lo que hablas, algo en lo que piensas, algo en lo que crees o no crees. Todo lo anterior no supone ninguna diferencia. No hasta que la rendición hace que se vuelva una realidad en tu vida. Cuando te rindes, la energía que emanas y que a partir de ese momento dirige tu vida es de una frecuencia vibratoria mucho más elevada que la energía mental que gobierna el mundo. A través de la rendición, la energía espiritual entra en este mundo. No genera sufrimiento para ti, para los demás seres humanos ni para el resto de los seres vivos del planeta.

No resistirse no significa necesariamente no hacer nada. Lo único que implica es que la “acción” no va a ser negativa. Recuerda la profunda sabiduría que subyace en la práctica oriental de las artes marciales: no te resistas a la fuerza del oponente. Cede para vencer.



“No hacer nada” cuando estás en un estado de intensa presencia es un poderoso transformador que sana a las personas y a las situaciones. Es radicalmente diferente de la inactividad en el estado de conciencia ordinario que surge del miedo, de la inercia o de la indecisión. El verdadero “no hacer nada” implica ausencia de resistencia interna e intensa alerta. El ego cree que la fuerza reside en resistirse, cuando en realidad la resistencia te separa del Ser, el único estado de verdadero poder.

Hasta que se produce la rendición, buena parte de la interacción humana se limita a cumplir papeles inconscientes. Cuando te rindes, ya no necesitas las máscaras del ego ni sus defensas. Te vuelves muy simple, muy real. “Eso es peligroso”, dice el ego. “Te sentirás herido, serás muy vulnerable”.

    Lo que el ego no sabe, por supuesto, es que solo abandonando la resistencia, haciéndote “vulnerable” puedes descubrir tu verdadera y esencial in-vulnerabilidad.


Eckhart Tölle – Practicando el Poder del Ahora

miércoles, 17 de mayo de 2017

Haber nacido humano es un don inapreciable (Ramiro Calle)



Si pudiéramos renovar la mente a cada instante, libres del pasado y del futuro, sin extraviarnos en preocupaciones ni ocupaciones varias, disfrutaríamos de la paz interior.
    La mente engendra sus propias creaciones y la persona se las cree.

Los conceptos son una limitación. Los pensamientos y palabras no pueden pensar ni hablar sobre lo que está más allá de ellos.
    Evita los extremos; son trampas peligrosas. Mantén la mente en equilibrio, sin reacciones desorbitadas. La ecuanimidad es la orquídea más preciosa.

Sé diligente, aplícate sin descanso al autodesarrollo, pues nadie puede liberar por ti las trabas de la mente y hallar la mente iluminada que en ti reside.
    Cuando eliminemos los densos nubarrones de ignorancia de la mente, en el vacío original de la misma surge el revelador sonido de la iluminación.

Según la mente, con su capacidad para amplificar y atenuar, el mismo hecho engendra en unos regresión y en otros evolución.
    Cuando la motivación y el anhelo espiritual son genuinos y van acompañados de la acción diestra, se desencadena la sabiduría reveladora.

Aplícate al cultivo metódico de la mente, porque la mente puede ser una aliada, pero también una implacable enemiga.
    El ego es una carga tan pesada que te sumerge en las aguas de la ignorancia. A lo que hay que renunciar es a la ofuscación de la mente y al ego.



A menudo el ser humano, por falta de visión penetrativa, se estrella contra la apariencia de los fenómenos.
    El hombre debe aprender a navegar hábilmente en dos océanos: el del espíritu y el de lo cotidiano.
    ¡Qué implacables para los demás! ¡Qué indulgentes para nosotros! En tanto la mente está empañada no sabremos ver ni vernos.

No hay pérdida que perderte a ti mismo, ni recuperación más fecunda y maravillosa que volverte a ganar.
    No hay peor apego que el apego a las opiniones y estrechos puntos de vista.



La imaginación descontrolada se vuelve contra uno como un peligroso boomerang.
    Convierte la vida en un ejercitamiento espiritual y no te pierdas solo en mezquindades, porque la muerte no espera en cualquier recodo del camino.

Hay una lección incomparable que aprender en el curso natural de los acontecimientos, sin necesidad de esforzarse inadecuadamente.
    Mediante la observación atenta de desencadena la visión clara; la visión clara conduce al entendimiento correcto; el entendimiento correcto permite tomar las cosa como son.

Duda para seguir investigando espiritualmente, pero no para cerrarte a ti mismo la senda. Confía en la enseñanza, pero no te arriesgues a la obediencia ciega ni a la necesidad de creer a cualquier precio.
    Larga y sinuosa es la marcha hacia la autorrealización, pero a tanto esfuerzo sigue una recompensa ilimitada.

Todo fluye, todo cambia, todo está sometido a la implacable ley de la transitoriedad.
    La senda falsa es aquella que conduce a apuntalar el ego en lugar de debilitarlo.

La perversa inteligencia humana siempre puede encontrar el modo hábil de engañar o autoengañarse.
   Hasta que no probamos el sabor de nuestro ser interno, vivimos de espaldas a nuestra propia identidad, identificados con lo que creemos ser y no somos.



Los maestros dicen: imagina una sola tortuga en un inmenso océano y que ésta solo saca la cabeza a la superficie una vez cada millón de años. Sigue imaginando. Imagina un aro flotando a la deriva sobre las aguas del descomunal océano. Escucha bien. Más difícil aún que la tortuga introduzca la cabeza en el aro cuando sale a respirar a la superficie, es haber obtenido una forma humana.

   Haber nacido humano es un don inapreciable. No lo desaproveches. Concede a tu vida un sentido profundo de lucidez y compasión.


Ramiro Calle – Cuentos espirituales del Tíbet

lunes, 8 de mayo de 2017

Hay un país en España que ya no es (Sergio del Molino)


Los humanos no sabemos vivir fuera de nuestro grupo. Es una ventaja evolutiva por la que hemos pagado un precio muy alto en guerras y matanzas. En las sociedades urbanas y complejas la tribu es cada vez menos reconocida, nos cuesta encontrar a los nuestros. ¿Quiénes son? ¿Los compatriotas? Demasiado diversos. Tengo mucho más en común con un escritor treintañero de Melbourne que con mi vecino. ¿Nuestros compañeros de trabajo? Difícil, aunque la clase obrera ha sido una de las tribus más exitosas de los últimos cien años. ¿Los de mi sexo, los que hablan mi lengua, los de mi religión, la gente de mi edad, los que están en mi tramo de renta, los de mi tendencia sexual, los que tienen hijos, los que no los tienen? Vivimos en sociedades tan complejas que han sustituido las lealtades tribales por afinidades cambiantes y sutiles que vienen a ser sucedáneos de tribu.
    Estos sucedáneos tienen dos ventajas: no nos obligan a ir a la guerra contra la tribu vecina y son, en buena medida electivos. Muchas de estas afinidades tienen que ver con gustos adquiridos, como el equipo de fútbol o la música. Esa riqueza y mutación solo es posible en las ciudades; cuanto más grande es la ciudad en que se vive, más posibilidades hay de tejer afinidades en muchas más direcciones y niveles.




Hay dos Españas. Hay una España urbana y europea, y una España interior y despoblada, que he llamado España vacía. La comunicación entre ambas ha sido y es difícil. A menudo, parecen países extranjeros el uno del otro. Y, sin embargo. La España urbana no se entiende sin la vacía. Los fantasmas de la segunda están en las casas de la primera.

Toda civilización es, por necesidad, urbana, pero cada una tiene formas distintas de integrar o de ignorar ese espacio en blanco que hay entre ciudades, y la forma que elige depende mucho de cuánta gente y de qué tipo vive en ese espacio en blanco. En la España peninsular siempre han sido muy pocos y muy pobres, desperdigados por una meseta de clima hostil, y esta circunstancia tan básica ha marcado una historia de crueldad y desprecio que influye fuertemente en el país tal y como es hoy. El mundo actual es urbano, no solo en términos demográficos y de geografía política, sino en su concepto.

España ha sido un país eminentemente rural hasta bien entrado el siglo XX. Aún hoy más de la mitad de su territorio es rural, aunque el 80% de la población viva en ciudades. El Gran trauma consiste en que el país se urbanizó en un instante. En menos de veinte años, las ciudades duplicaron y triplicaron su tamaño, mientras vastísimas extensiones del interior se terminaron de vaciar y entraron en el declive rural. Entre 1950 y 1970 se produjo el éxodo. Las capitales se colapsaron y los constructores no dieron abasto para levantar bloques de casas baratas en las periferias, que se llenaron de chabolas. En muy poco tiempo, el campo quedó abandonado. Miles de aldeas desaparecieron y otras miles quedaron como residencia de ancianos, sin ninguna actividad económica y sin los servicios más elementales. El paisaje que ha pintado ese Gran Trauma define el país y ha dejado una huella enorme en sus habitantes. Hay una España vacía en la que vive un puñado de españoles, pero hay otra España vacía que vive en la mente y la memoria de millones de españoles.




Todas las tensiones entre lo urbano y lo rural se han sufrido en España con un dramatismo raro y exótico, pero, sobre todo, hay una forma de mirar y de mirarse a sí mismos que es difícil de comprender en otros contextos geográficos. Un odio. Un autoodio.

El mito de Babel persiste: narra la historia de cómo los humanos se corrompieron al construir ciudades. La ciudad es lo falso, lo contaminado, lo pecaminoso, la muerte. El campo es lo verdadero, lo puro, lo virtuoso, la vida. Lo curioso es que, con el tiempo, los españoles han invertido los términos; hay una corriente de fondo que observa el campo como un espacio salvaje. La civilización frente a la barbarie; otro mito, éste más reciente y asociado a la expansión de las ideas liberales y progresistas.

Cuando se instituyeron las Comunidades Autónomas hubo discusiones agrias sobre la capitalidad de algunas. Los nacionalistas locales consideraban que la ciudad más grande, la que tradicionalmente había sido la capital, no representaba la esencia de la región. Su crecimiento urbano la había desarraigado, tenía demasiada mezcla y poco sabor vernáculo. En general, esas comunidades escogieron ciudades secundarias con valor histórico. Al final, la España vacía es eso, un frasco de esencias. Aunque esté casi vacío, conserva perfumes porque se ha cerrado muy bien.




En total, la España vacía ocupa un 53% del territorio y viven el 15% de la población. El abismo que separa la España llena de la España vacía es demasiado grande. Probablemente no se borre nunca. Conforme pasa el tiempo y los españoles se alejan más y más de sus orígenes rurales, las mitologías familiares que componen esa España vacía metal también se diluyen. En parte se hacen más fuertes, porque los mitos son más mitos cuanto más brumosa es su narrativa. A medida que se pierden fechas, nombres y referencias concretas, se gana en sugestión y en capacidad para amarrar nuevas identidades, pero también va a persistir el estigma o las huellas del Gran Trauma. Son demasiado siglos de mirar al campo con una misma crueldad.

La recreación consciente y sofisticada de la mitología de la España vacía, la construcción de identidades originales desde la ciudad con una mirada a los mitos heredados, que se reconstruyen y se reinventan con una libertad enorme, es el estadio último de la descomposición de un país, una forma sutil y casi invisible de levantar una patria imaginaria. Todas las patrias lo son, pero se imaginan sobre batallas, reyes y revoluciones. Esta nueva patria se levanta, en cambio, sobre silencios, carraspeos y álbumes de familia. Más que una patria es un aire. Y creo que es lo más parecido a un patriotismo eficaz que ha vivido España en siglos.




La España vacía, vacía sin remedio, imposible ya de llenar, se ha vuelto presencia en la España urbana. Tantas cosas remiten a sus huecos. Distorsionamos los recuerdos para mantenerlos vivos y legarlos a nuestros hijos.
    Hay un país en España que ya no es, pero a veces parece más fuerte y más sólido que el país que es, tan negado a sí mismo, tan arrugado en sus propias vergüenzas, tan asediado por las otras patrias que se levantan orgullosas.

Ahora que algunas formas de patriotismo renacen y que el país parece que va a cambiar de nuevo con brusquedad, tomar conciencia de la forma casi augusta en la que hemos tomado café en nuestra calle ruidosa puede ayudarnos a decidir si queremos de verdad vender nuestro piso y marcharnos.


Es muy difícil que la despoblación se corrija, como difícil es que aparezca en el orden del día de la discusión pública, pero si algunos toman conciencia de lo peculiar que es España y escuchan los ruidos que llegan desde el yermo, tal vez seamos capaces de imaginar una convivencia que tenga en cuenta las rarezas demográficas y sentimentales de este trozo de tierra al sur de Europa. Hemos sabido romper la inercia de la crueldad y el desprecio de los siglos. Nos falta darnos cuenta y hacer algo con esa conciencia.


Sergio del Molino. La España vacía. Viaje por un país que nunca fue.

jueves, 6 de abril de 2017

La poesía es una insurrección (Pablo Neruda)


Cuando el tiempo nos va comiendo con su cotidiano decisivo relámpago, y las actitudes fundadas, las confianzas, la fe ciega se precipitan y la elevación del poeta tiende a caer como el más triste nácar escupido, nos preguntamos si ha llegado ya la hora de envilecernos. La dolorida hora de mirar cómo se sostiene al hombre a puro diente, a puras uñas, a puros intereses. Y cómo entran en la casa de la poesía los dientes y las uñas y las ramas del feroz árbol del odio. Es el poder de la edad o es, tal vez, la inercia que hace retroceder las frutas en el borde mismo del corazón, o tal vez lo “artístico” se apodera del poeta y en vez del canto salobre que las profundas olas deben hacer saltar, vemos cada día al miserable ser humano defendiendo su miserable tesoro de persona preferida.

Ay, el tiempo avanza con ceniza, con aire y con agua! La piedra que han mordido el légamo y la angustia florece de pronto con estruendo de mar, y la pequeña rosa vuelve a su delicada tumba de corola.

El tiempo lava y desenvuelve, ordena y continúa.

Y entonces, qué queda de las pequeñas podredumbres, de las pequeñas conspiraciones del silencio, de los pequeños fríos sucios de la hostilidad? Nada, y en la casa de la poesía no permanece nada sino lo que fue escrito con sangre para ser escuchado por la sangre.




Siempre he querido que en la poesía se vean las manos del hombre. Siempre he deseado una poesía con huellas digitales. Una poesía de greda para que cante en ella el agua. Una poesía de pana, para que se la coma todo el mundo.

Solo la poesía de los pueblos sustenta esta memoria manual. Mientras los poetas se encerraron en los laboratorios, el pueblo siguió cantando son su barro, con su tierra, con sus ríos, con sus minerales. Produjo flores prodigiosas, sorprendentes epopeyas, amasó folletines, relató catástrofes. Celebró a los héroes, defendió sus derechos, coronó a los santos, lloró a sus muertos

Y todo esto lo hizo a pura mano. Estas manos fueron siempre torpes y sabias. Fueron ciegas, pero rompieron las piedras. Fueron pequeñas, pero sacaron los peces del mar. Fueron oscuras, pero buscaban la luz.

Por eso esta poesía tiene ese sortilegio de lo que ha sido creado entre las cosas naturales. Esta poesía del pueblo tiene ese sello de lo que debe vivir a la intemperie, soportando la lluvia, el sol, la nieve, el viento. Es poesía que debe pasar de mano en mano. Es poesía que debe moverse en el aire como una bandera. Poesía que ha sido golpeada, que no tiene la simetría griega de los rostros perfectos. Tiene cicatrices en su rostro alegre y amargo. Yo no doy un laurel a estos poetas del pueblo. Son ellos los que a mí me regalan la fuerza y la inocencia que debe informar toda poesía. Son ellos los que me hacen tocar su nobleza, su superficie de cuero, de hojas verdes, de alegría.

Son ellos, los poetas populares, los oscuros poetas, los que me enseñan la luz.



Es claro que los enemigos de la poesía siempre pretendieron asestarle una pedrada en un ojo o un golpe de garrote en la nuca. Lo hicieron en diversas formas, como mariscales individuales, enemigos de la luz, o regimientos burocráticos que con paso de ganso marcharon en contra de los poetas. Lograron la desesperación de algunos, la decepción de otros, las tristes rectificaciones de los menos. Pero la poesía siguió brotando como una fuente o manando como una herida, o construyendo a brazo partido, o cantando en el desierto, o levantándose como un árbol, o desbordándose como un río, o estrellándose como la noche en las mesetas de Bolivia.

La poesía acompañó a los agonizantes y restañó los dolores, condujo a las victorias, acompañó a los solitarios, fue quemante como el fuego, ligera y fresca como la nieve, tuvo manos, dedos y puños, tuvo brotes como la primavera, tuvo ojos como la ciudad de Granada, fue más veloz que los proyectiles dirigidos, fue más fuerte que las fortalezas: echó raíces en el corazón del hombre.



La primera edad de un poeta debe recoger con atención apasionada las esencias de su patria, y luego debe devolverlas. Debe reintegrarlas, debe donarlas. Su canto y su acción deben contribuir a la madurez y al crecimiento de su pueblo.

El poeta no puede ser desarraigado, sino por la fuerza. Aun en esas circunstancias sus raíces deben cruzar el fondo del mar, sus semillas seguir el vuelo del viento, para encarnarse, una vez más, en su tierra. Debe ser deliberadamente nacional, reflexivamente nacional, maduramente patrio. El poeta no es una piedra perdida. Tiene dos obligaciones sagradas: partir y regresar.

El poeta que parte y no vuelve es un cosmopolita. Un cosmopolita es apenas un hombre, es apenas un reflejo de la luz moribunda. Sobre todo en estas patrias solitarias, aisladas entre las arrugas del planeta, testigos integrales de los primeros signos de nuestros pueblos, todos, todos, desde los más humildes hasta los más orgullosos, tenemos la fortuna de ir creando nuestra patria, de ser todos un poco padres de ella.



Tal vez, los deberes del poeta fueron siempre los mismos en la historia. El honor de la poesía fue salir a la calle, fue formar parte en ese combate y en aquel. No se asustó el poeta cuando le dijeron insurgente. La poesía es una insurrección. No se ofende el poeta porque le llamen subversivo. La vida sobrepasa las estructuras y hay nuevos códigos para el alma. De todas partes salta la semilla, todas las ideas son exóticas, esperamos cada día cambios inmensos, vivimos con entusiasmo la mutación del orden humano: la primavera es insurreccional.

Los poetas odiamos el odio y hacemos guerra a la guerra.



De todo ello surge una enseñanza que el poeta debe aprender de los demás hombres. No hay soledad inexpugnable. Todos los caminos llevan al mismo punto: a la comunicación de lo que somos. Y es preciso atravesar la soledad y la aspereza, la incomunicación y el silencio para llegar al recinto mágico en que podemos danzar torpemente o cantar con melancolía; mas en esa danza o en esa canción están consumados los más antiguos ritos de la conciencia, de la conciencia de ser hombres y de creer en un destino común.

El poeta no es un “pequeño dios”. No, no es un “pequeño dios”. No está situado por un destino cabalístico superior al de quienes ejercen otros menesteres y oficios. A menudo expresé que el mejor poeta es el hombre que nos entrega el pan de cada día: el panadero más próximo que no se cree dios. Él cumple su majestuosa y humilde faena de amasar, meter al horno, dorar y entregar el pan de cada día, en una obligación humanitaria. Y si el poeta llega a alcanzar esa sencilla conciencia, podrá también la sencilla conciencia convertirse en parte de una colosal artesanía, de una construcción simple o complicada, que es la construcción de la sociedad, la transformación de las condiciones que rodean al hombre, la entrega de una mercadería: pan, verdad, vino y sueños. Si el poeta se incorpora a esa nunca gastada lucha por consignar cada uno en manos de los otros su ración de compromiso, su dedicación y su ternura al trabajo común de cada día y de todos los hombres, el poeta tomará parte en el sudor, en el pan, en el vino, en el sueño de la humanidad entera. Solo por ese camino inalienable de ser hombres comunes llegaremos a restituirle a la poesía el anchuroso espacio que le van recortando en cada época, que le vamos recortando en cada época nosotros mismos.

En conclusión, debo decir a los hombres de buena voluntad, a los trabajadores, a los poetas, que el entero porvenir fue expresado en esa frase de Rimbaud: solo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia y dignidad a todos los hombres.


Así la poesía no habrá cantado en vano.


Pablo Neruda – Para nacer he nacido

miércoles, 29 de marzo de 2017

La fe es creer en lo que sabemos que no existe (Juan Eslava Galán)



Vengo observando, con creciente desasosiego, que muchas ovejas de la grey cristiana abandonan su aprisco y prescinden del director espiritual, descuidan los sacramentos para limitarse a practicar un catolicismo tibio y acomodaticio o directamente no practican nada, engolfados como están en esta sociedad laica que adora al Becerro de oro y corre irreflexivamente tras los placeres del mundo. 
    La verdad es que somos cristianos por pura rutina, por mero acomodo social, porque hemos nacido aquí, en la católica España. Precisamente por eso parece mentira que seamos tan dejados en la práctica de nuestros deberes religiosos. Somos católicos porque nos bautizan, porque hacemos la primera comunión, porque nos confirma el obispo, porque nos casa el cura… Somos católicos porque, en fin, nos dicen una misa de cuerpo presente que, ya finados y confinados en el ataúd, no podemos rehuir y, finalmente, un oficio de difuntos.

Eso es todo: un catolicismo pautado y rutinario, burocrático y registral. ¿Qué panorama contemplamos cuando observamos la comunidad católica? Vivimos como paganos, solo preocupados por los placeres y por las comodidades, como si no existiera otra Vida, como si no hubiera un Infierno para castigar al que no obedece los preceptos de la Santa Madre Iglesia y una Gloria para premiar a los corderos sumisos al pastor.
    El panorama no puede ser más desolador: abandono de las visitas al sagrario y del rezo del Santo rosario en familia, sacramentos diferidos sine die, especialmente el de la penitencia, olvido del cumplimiento pascual, disminución de los óbolos y donaciones a la Iglesia, tibieza en el cumplimiento de los deberes religiosos, aumento escandaloso de las bodas civiles… drástico recorte de las decenas de misas que antes se encargaban en sufragio de las ánimas del purgatorio…
- Bueno, yo no es que sea muy practicante, pero católico soy ¿eh?- dicen las encuestas.
- ¿Católico? ¿Tú te llamas católico, desgraciado? ¿Qué sabes de los dogmas, qué de los misterios, qué de las Escrituras que son el fundamento de nuestra Santa Madre Iglesia?
Nada.
Nada de nada. Cuatro recuerdos desvaídos de la catequesis que te administró aquel cura sobón cuando tenías seis o siete años y pare usted de contar.



En los últimos decenios hemos asistido a la desaceleración de la Iglesia. Hemos asistido a la dispersión de su rebaño, hemos asistido, lo que es peor, a la disminución de las vocaciones y a la deserción de un sin número de pastores que, captados por los cantos de sirena de la sociedad hedonista ahorcaban los hábitos y abandonaban su sagrado ministerio para entregarse a los vicios que antes zaherían desde el púlpito y solo practicaban (algunos) en la intimidad de sus conciencias. Ahora no. Desparecidas las tonsuras, adoptados los atuendos seglares y las formas profanas salen al mundo con hambre atrasada de placeres, como berracos…

En este negocio las ovejas sumisas (o sea, los católicos observantes) nos salvamos, pero los que se apartan del redil se condenan para siempre jamás. O sea, de un lado, a la derecha del Padre, los católicos sumisos que obedecemos al mayoral (el Papa) y a sus gañanes (los integrantes de la Conferencia Episcopal), los que sostenemos a la Iglesia con nuestro óbolo, ovejas camino de la salvación. Del otro lado, a la izquierda del padre, el resto: cabritos destinados al Infierno, a la caldereta de Satanás.

Hoy los teólogos y los fieles reclaman una revisión de las fuentes del cristianismo y los princip0ios sobre los que se asientas sus creencias. Incluso existe una nueva hornada de teólogos laicos comprometidos con la verdad que escudriñan los textos y profundizan en ellos desde un punto de vista científico e histórico.
    Los católicos no debemos temer el resultado de esas investigaciones que iluminan con luz vivísima y certera los fundamentos de nuestra fe. Ya sabemos que la religión es solamente un producto cultural nacido del terror primigenio de los primeros humanos inermes ante una naturaleza hostil que no acertaban a comprender, pero esa certeza robustece nuestra fe. Si nuestros pastores se mantienen imperturbables en la verdad católica, no va a ser solo porque viven de ella, ¿no es cierto?




¿Qué documentos testimonian la presencia de Jesús en la Tierra. El Nuevo Testamento, especialmente los Evangelios. Admitamos que los evangelistas tendieron las redes de su apostolado y en su afán por captar adeptos colmaron sus textos de milagros, apariciones, sucesos sorprendentes y otras fantasías conducentes a convencer a las gentes sencillas de que Dios los reclamaba para su balador rebaño…
    Constataremos que el Jesús histórico, el devoto judío que sanó, exorcizó y prodigió por los caminos de Tierra Santa, guarda escasa relación con el Cristo ideado por San Pablo, el verdadero inventor del cristianismo. El primer siglo de cristianismo silencia la figura histórica de Jesús. Solo muchos años después de su muerte se redactan escritos, a menudo contradictorios y plagados de fantasías, que narran su vida y milagros. En la Iglesia se impone la visión de San Pablo para el que Jesús, ahora llamado Jesucristo, es Dios mismo, la entidad que habita en el Reino de los Cielos, el Ser Supremo. Pablo habla de Cristo y apenas menciona a Jesús. El Jesús de carne y hueso le interesa poco o nada.

Los académicos liberales creen que Jesús fue un reformador social y se preguntan, ¿cómo pudo derivar hasta transformarse en el Cristo cósmico? Algunos autores dudan de la existencia real de este Jesús apenas mencionado en los textos de escritores e historiadores de la época. Los que lo mencionan lo hacen de pasada o en textos algo más extensos falsificados por los copistas cristianos.




Fábulas, mentiras, falsificaciones… ¿sobre estos cimientos se fundamenta el cristianismo? Sí, admitámoslo. ¿Qué el cristianismo se basa en una sarta de mentiras y supercherías? Vale, es cierto, ¿qué pasa? Será todo mentira, pero, a pesar de ello, la Iglesia Católica resiste incólume los embates del vendaval de la historia.
    ¿A qué se debe esa paradoja? No existe paradoja alguna. Lo que permite que de esa ensalada de mentiras florezca una Iglesia siempre renovada es la firme mano de Dios que blande su nudosa y pastoril cayada para guiar a su balador rebaño, Dios nuestro pastor que lanza la certera pedrada de su castigo contra los que se descarrían.


A la luz de la ciencia, el cristianismo se nos revela como un potaje integrado por ingredientes de muy diverso origen: judaísmo, cultos mistéricos, paganismo, gnosticismo… La grandeza del mensaje cristiano reside precisamente en mantener estos dogmas como verdades a que nos obliga la fe. ¿La razón lo rechaza? Pues doblega tu razón y acepta que todo eso es cierto. Es el fundamento de tu religión ¡Nada menos! Y con la fe no se juega. ¿En qué consiste la fe? Muy sencillo: “La fe es creer en lo que sabemos que no existe”.


Juan Eslava Galán – El Catolicismo explicado a las ovejas

jueves, 23 de marzo de 2017

Música "Made in Sevilla"

Aquí os traigo una recopilación de listas de reproducción que he ido confeccionando estas últimas semanas sobre la música creada en Sevilla y por sevillanos principalmente en los últimos 50 años, al menos de autores y grupos que han alcanzado cierta o mucha notoriedad en el panorama nacional e internacional, y que permite calibrar el alto nivel alcanzado. Creo que es una muestra muy interesante y permite oír detenidamente en una misma página, circunstancia que no he logrado encontrar en otro lugar. Aunque se presentan estilos muy diversos, hay como un espíritu común que las une en un todo coherente, un perfume de aire sevillano.


Smash




Triana




Lole y Manuel




Guadalquivir




Silvio Fernández




Cuarto Menguante




Kiko Veneno




Pata Negra




Círculo Vicioso




Benito Moreno




Gualberto




José Manuel Soto




El Pali




Romero San Juan




Goma




Storm

lunes, 20 de marzo de 2017

!Danos alma, Don Quijote! (Miguel de Unamuno)




Si uno denuncia un abuso, persigue la injusticia, fustiga la ramplonería, se preguntan los esclavos: ¿qué irá buscando en eso? ¿a qué aspira? Unas veces creen y dicen que lo hace para que le tapen la boca con oro; otras que es por ruines sentimientos y bajas pasiones de vengativo envidioso; otras que lo hacen no más que por meter ruido y que de él se hable, por vanagloria; otras que lo hace por divertirse y pasar el tiempo, por deporte. ¡Lástima tan grande que a tan pocos les dé por deportes semejantes!

Si no hubiera beneficios sino por la gratitudes que de ellos habríamos que recoger, ¿para qué nos servirían en la eternidad? Debe hacerse el bien no solo a pesar de que no nos han de corresponder en el mundo sino precisamente porque no han de correspondérnoslo. El valor infinito de las buenas obras estriba en que no tienes pago adecuado en la vida, y así rebosan de ella. La vida es un bien muy pobre para los bienes que en ella cabe ejercer.

Una locura cualquiera deja de serlo en cuanto se hace colectiva, en cuanto es locura de todo un pueblo, de todo el género humano acaso. En cuanto una alucinación se hace colectiva, se hace popular, se hace social, deja de ser una alucinación para convertirse en una realidad, en algo que está fuera de cada uno de los que la comparten. Hace falta llevar a las muchedumbres, llevar al pueblo, llevar a nuestro pueblo español, una locura cualquiera, la locura de uno cualquiera de sus miembros que esté loco, pero loco de verdad, no de mentirijillas. Loco, y no tonto.




Te debe importar poco lo que eres; lo cardinal para ti es lo que quieras ser. El ser que eres no es más que un ser caduco y perecedero que come de la tierra y al que la tierra se lo comerá un día; el que quieres ser es tu idea en Dios, Conciencia del Universo: es la divina idea de que eres manifestación en el tiempo y en el espacio. Y tu impulso querencioso hacia ese ser que quieres ser no es sino la morriña que te arrastra a tu hogar divino. Solo es hombre hecho y derecho el hombre cuando quiere ser más que hombre.
    La absoluta, la completa, la verdadera soledad consiste en no estar ni aún consigo mismo. Y no estarás de veras completo y absolutamente solo hasta que te despojes de ti mismo, al borde del sepulcro.

No hay porvenir, nunca hay porvenir. Eso que llaman el porvenir es una de las más grandes mentiras. El verdadero porvenir es hoy. ¿Qué será de nosotros mañana? ¡No hay mañana! ¿Qué es de nosotros ahora? Esta es la única cuestión.
    Lo más urgente es lo de ahora y lo de aquí; en el momento que pasa y en el reducido lugar que ocupamos en nuestra eternidad y nuestra infinitud.

¡No hay otro yo en el mundo! He aquí una sentencia que deberíamos no olvidar nunca, y sobre todo cuando al acongojarnos por tener que desaparecer un día, nos vengan con la ridícula monserga de que somos un átomo en el Universo, y que sin nosotros siguen los astros su curso y que el Bien ha de realizarse hasta sin nuestro concurso, y que es soberbia imaginar que toda esa inmensa fábrica se hizo para nuestra salud. ¡No hay otro yo en el mundo! Cada uno de nosotros es único e insustituible.
    ¡No hay otro yo en el mundo! Cada cual de nosotros es absoluto. Si hay un Dios que ha hecho y conserva el mundo, lo ha hecho y conserva para mí. ¡No hay otro yo! Los habrá mayores y menores, mejores y peores, pero no hay otro yo. Yo soy algo enteramente nuevo; en mí se resume una eternidad de pasado y de mí arranca una eternidad de porvenir. ¡No hay otro yo! Esta es la única base sólida del amor entre los hombres, porque tampoco hay otro tú que tú, ni otro él que él.

El ansia de gloria y renombre es el espíritu íntimo del quijotismo, su esencia y su razón de ser, y si no se puede cobrarlos venciendo gigantes y vestigios y enderezando entuertos, cóbraselos endechando a la luna y haciendo de pastor. El toque está en dejar nombre por los siglos, en vivir en la memoria de las gentes. ¡El toque está en no morir! ¡En no morir! ¡No morir!  Ésta es la raíz última, la raíz de las raíces de la locura quijotesca. ¡No morir! ¡no morir! Ansia de vida, ansia de vida eterna es la que te dio vida inmortal, mi señor Don Quijote; el sueño de tu vida fue y es sueño de no morir. 

¿No es acaso la mayor locura dejar perder la gloria inacabable por la gloria pasajera, la eternidad de espíritu para que dure nuestro nombre tanto como dure el mundo, un instante de eternidad?
    Así a nosotros, cuanto más vencidos estemos, cuando el mundo nos aplaste y nos estruje el corazón la vida y se nos derritan las esperanzas todas, danos alma, ¡Caballero!, danos alma y coraje para gritar desde el fondo de nuestra nadería: ¡plenitud de plenitudes y todo plenitud! ¿Qué yo muero en mi demanda? Pues así se hará esta más grande con mi muerte. ¿Qué peleando en pro de mi verdad, me vencen? ¡No importa! Pues ella vivirá y viviendo ella os mostrará que no depende de mí, sino de ella.




¿Para qué afanarse? ¿Para qué todo? Bástele a cada día su malicia. ¿Para qué ir a enderezar los tuertos del mundo? El mundo lo llevamos dentro de nosotros, es nuestro sueño, como lo es la vida; purifiquémonos y la purificaremos. La mirada limpia, limpia cuando mira; los oídos castos, castigan cuanto oyen. La mala intención de un acto ¿está en quien lo comete o en quien lo juzga? La horrible maldad de un Caín o de un Judas ¿no será acaso condensación y símbolo de la maldad de los que han fomentado sus leyendas? ¿No es la maldad nuestra la que nos hace descubrir cuanto hay de malo en nuestro hermano? ¿No es la paja que te anubla el ojo lo que te permite ver la viga del mío? Tal vez el demonio carga con las culpas de los que le temen. Santifiquemos nuestra intención y quedará santificado el mundo, purifiquemos nuestra conciencia, y puro saldrá el ambiente. Los limpios de corazón ven a Dios en todo y todo lo perdonan en su nombre. Las ajenas intenciones caen fuera de nuestro influjo, y solo en la intención está el mal.

La creación toda es algo que hemos de perder un día o que un día o que un día ha de perdernos, pues ¿qué otra cosa es desvanecernos del mundo sino desvanecerse el mundo de nosotros? ¿Te puedes concebir como no existiendo? Inténtalo, concentra tu imaginación en ello y figúrate a ti mismo sin ver ni oír, ni tocar, ni recordar nada; inténtalo, y acaso llames y atraigas a ti esa angustia que nos visita cuando menos lo esperamos, y sientas el mundo que te aprieta el gaznate del alma, por donde resuella tu espíritu.

Y en esa angustia, en esa suprema congoja del ahogo espiritual, cuando se te escurran las ideas, te alzarán de un vuelo congojoso para recobrarlas al conocimiento sustancial. Y verás que el mundo es tu creación, no tu representación. A fuerza de ese supremo trabajo de congoja conquistamos la verdad, que no es, no, el reflejo del Universo en la mente, sino su asiento en el corazón. La congoja del espíritu es la puerta de la verdad sustancial. Sufre, para que creas y creyendo vivas. Frente a todas las negaciones de la “lógica”, que rige las relaciones aparenciales de las cosas, se alza la afirmación de lo “cardíaco” que rige los toques sustanciales de ellas. Aunque tu cabeza diga que se te ha de derretir la conciencia un día, tu corazón, despertado y alumbrado por la congoja infinita, te enseñará que hay un mundo en que la razón no es guía. La verdad es lo que hace vivir, no lo que hace pensar.





Nada pasa, nada se disipa, nada se anonada; eternízase la más pequeña partecilla de materia y el más débil golpecillo de fuerza, y no hay visión, por huidera que sea, que no quede reflejada para siempre en alguna parte. Así como si al pasar por un punto, en el infinito de las tinieblas, se encendiera y brillara por un momento todo lo que por allí pasase, así brilla por un momento en nuestra conciencia del presente cuanto desfila de lo insondable del porvenir a lo insondable del pasado. No hay visión ni cosa ni momento de ella que no descienda de las honduras eternas de donde salió y allí se quede. Sueño es este súbito y momentáneo encendimiento de la sustancia tenebrosa, sueño es la vida, y apagado el pasajero fulgor, desciende su reflejo a las honduras de las tinieblas y allí queda y persiste hasta que una suprema sacudida lo reenciende para siempre un día. Porque la muerte no triunfa de la vida con la muerte de ésta. Muerte y vida son mezquinos términos de que nos valemos en esta prisión del tiempo y del espacio; tienen ambas una raíz común y la raigambre de esta raíz arraiga en la eternidad de lo infinito: en Dios, Conciencia del Universo.



Miguel de Unamuno – Vida de Don Quijote y Sancho