miércoles, 24 de agosto de 2016

Tu Yo Sagrado (Wayne Dyer)



La libertad es la capacidad para abandonar la única habitación de la conciencia en la que uno nació. En esa habitación se aprende cuáles son los límites de la vida. Fuera de esa habitación se aprende que la vida cuenta con posibilidades ilimitadas. El precio de la libertad es muy alto. La libertad solo puede alcanzarse cuando se sueña sin esperanza, cuando se está dispuesto a perderlo todo, incluso los sueños.
    Para algunos de nosotros el soñar sin esperanza, el luchar sin ninguna meta en la mente es la única manera de mantenernos a la altura de la libertad. La libertad, si se la define como ausencia de cadenas, existe para muchos. Pero si la libertad significa librarse de aquello que nos constriñe la conciencia diaria, si la libertad significa tener visiones ilimitadas y vivir en una dimensión espiritual radicalmente nueva, entonces la libertad existe para muy pocos.
    Cuando no se tiene nada que perder, se es libre por completo, y cuando no preocupa la propia importancia se tiene libertad total. Se tiene un propósito, se vive en júbilo, y uno espera que el mundo sea un lugar divino donde amar a los otros. En realidad está creando de nuevo su mundo con su recién hallada libertad.

Verse a sí mismo como un ser espiritual sin etiquetas es una manera de transformar el mundo y alcanzar un lugar sagrado. Comencemos por tomar la decisión de ser libres despojándonos del pasado. Cuando uno se deshace de su historia sabe que no es ni su nombre, ni su cuerpo, ni su mente, ni su ocupación, ni sus relaciones, ni su identidad étnico-cultural. Así pues, ¿quién somos? Lo que queda es lo invisible, lo intangible.



Cundo uno descubre su yo más sublime, experimenta esa energía interior y permite que le guíe en su vida. El adjetivo más corriente para describir esa fuerza interna es “espiritual”. Cuando hablo de espiritualidad y de ser espiritual describo, una actitud hacia Dios, un viaje interior de iluminación. Hablo de desarrollar las cualidades divinas de amor, perdón, bondad, y éxtasis que tenemos dentro. La espiritualidad no es cuestión de dogmas ni de ideas. Es luz, júbilo y concentración en la experiencia del amor y el éxtasis internos, y transmitir esas cualidades al exterior.
    Al viaje destinado a descubrir su yo más sublime lo llamo “búsqueda sagrada”. Verás que la totalidad del universo está contenido en nosotros mismos. Sabrás que todo no son más que emanaciones de nuestra existencia. Te darás cuenta de que somos quien se refleja en todas partes y que es el propio reflejo el que pasa ante nuestros ojos.

Tienes dentro de sí este poder de trascendencia sobre la vida dominada por el ego. Puedes darte la vuelta y mirar hacia el interior, descubrir nuestra naturaleza espiritual. Entonces podrás vivir cada uno de los días con la sensación de éxtasis que se deriva de hallarte en el sendero de la búsqueda sagrada. Hacer explotar la luz implica entender quién es uno y qué está haciendo aquí, en esta cosa llamada cuerpo, en este lugar llamado mundo, en este momento de nuestra vida. Pero nuestra alma interior sabe que eres eterno. En esa faceta del yo careces de forma, no tienes límites. Sin límites no hay nacimiento ni muerte. ¡Nuestro yo espiritual nunca nació, nunca morirá!
    El saber esto de una forma que no deje lugar para la duda te capacitará en gran manera para la búsqueda sagrada. Cuando llegues a ese estado sabiendo que quien somos es el yo inmutable, tendrás un propósito en la vida.



Cuando cultivamos la condición de testigos comprensivos, adquirimos la conciencia de que somos algo más que nuestros pensamientos, sentimientos y sensaciones. Más que unos cautivos del conjunto de creencias y comportamientos adquiridos practicados a lo largo de la vida. Adquiriremos una visión más amplia de quién somos, y esta nueva percepción conducirá y a niveles de vida más elevados, nos pondrá en contacto con nuestra alma eterna. Al conocer ese yo espiritual, seremos capaces de elevarnos a alturas que creencias anteriores nos impedían ver.

Cuando cultivamos la condición de espectador comprensivo, nos acercamos a la verdadera experimentación de otra dimensión, no estorbada por las limitaciones del mundo material, en la que se ve el cuerpo y los pensamientos sin identificarse con ellos. Hay una realidad espiritual disponible cuando nos separamos del yo material. La conexión con el plano superior la establecemos solo desde esa posición; la energía divina que hay en nuestro interior nos envuelve en amor y paz mientras observamos los pensamientos, sentimientos y sensaciones del cuerpo.

Cuando se produce una profunda revelación se ha de adoptar una actitud muy seria respecto de la propia vida. En el instante en que reconocemos que estamos viviendo la verdad tal cual es, tenemos que darnos cuenta de la trascendencia de lo que nos está siendo revelado.

    Dentro de nosotros existe la dimensión eterna e inmutable de nuestro yo espiritual. Éste es el yo invisible que le habla al yo físico. Es el pensador de los pensamientos. Cuando uno es realmente capaz de creer en el dominio espiritual del espectador, entonces nada va mal, porque el mal carece de sentido para el observador. Todo tiene su orden. Es como vivir en el paraíso, donde está la eternidad y el alma, al tiempo que uno se encuentra en el cuerpo físico. Pero en este espacio, el cuerpo no es el centro de la existencia.


Wayne Dyer – Tu Yo Sagrado

jueves, 18 de agosto de 2016

Recobrar la Mente (Ramiro Calle)



La mente es desarrollable, purificable y factible de ser puesta al servicio de la evolución interior y el perfeccionamiento. Claro que solo algunos seres humanos se deciden a hacerlo. Los restantes siguen aceptando un mente semidesarrollada, crepuscular, en continuo deterioro.

La mente es una gema preciosa. La mente es una orquídea espléndida, solo en proyecto. Lo que la mente termine siendo dependerá del trabajo que se lleve a cabo con ella. Este trabajo nadie puede realizarlo por nosotros, nadie puede purificarla por nosotros. La mente es un gran misterio, sí, pero cada uno puede revelarlo por sí mismo. Si en el mundo hay tantos problemas, desencuentros y horrores, es porque comienzan en la mente. ¿Cómo podremos solucionarlos en el exterior? Mentes conflictivas, neuróticas y ávidas hacen una sociedad conflictiva, neurótica y ávida.
    Debemos aprender a bregar con nuestra mente, es insatisfactoria e indócil, pero puede volverse dócil y dichosa. La mente admite una radical transformación; tal como es ahora, también podría ser de otra forma. Todas las facultades de la mente pueden desarrollarse, pero lo más importante y prometedor: se pueden modificar los cimientos de la mente y proporcionarle una nueva manera de vivenciar, mirar, relacionarse. No hay que ser triunfalistas, no es un trabajo fácil, pero la mente del año próximo será como nosotros vayamos haciéndola a cada momento. Recogeremos la mente que cultivemos, como ahora hemos recogido la mente que hemos permitido.




La mente ha ido construyendo autodefensas, parapetos, se ha atrincherado. Ha construido su propia cárcel; más aún: ella misma es la cárcel. Complaciéndose neuróticamente en su propio egocentrismo sin límite, en su paranoica autoimportancia, una mente tal se contrae, se enrarece, se petrifica. Entonces conecta, por así decirlo, con longitudes de onda lerdas, insensitivas, egocéntricas, torpes, mezquinas. Pero si estamos más abiertos y fluidos, si hacemos la mente más expansiva, conecta con longitudes de onda creativas, amorosas.

La mente es una gran jaqueca, ésta vive a la sombra del pasado que anega el presente y condiciona el futuro. Se resiste al momento y añora momentos anteriores o se ilusiona con momentos posteriores, impidiendo así su madurez. Se obsesiona por el logro, por la meta, y deja de apreciar el camino, el proceso. Cuando conquista el logro se sacia, se hastía y se propone otro logro; cuando no alcanza el logro se siente frustrada, lastimada, deprimida; ha entrado en una dinámica peligrosa. Tanto quiere disfrutar, que no disfruta; tanto teme sufrir, que sufre más; tanta demanda de seguridad exige que cada día está más insegura.



Tal como se encuentra ahora, la mente está enferma. No es una exageración. Es una mente herida, desgastada y sometida a sus propias limitaciones y paranoias. De algún modo todavía se está a tiempo y es posible modificarla. Por eso hablo de recobrar la mente, de recuperar su estado original de salud total, entendimiento correcto y cordura. En todo ser humano puede ser restablecido o rescatado ese elemento de cordura. Mediante el método adecuado es posible alertar la mente, amplificar la conciencia, ganando terreno al inconsciente, aproximarse al propio ángulo de quietud interior y reencontrar la inteligencia primordial.

El trabajo interior debe consistir en “desembobinar” la bobina de autoengaños reactivos, acrecentar la conciencia para obtener un nuevo modo de ver y comprender, desalojar los pensamientos y emociones negativas mediante el cultivo de los positivos, ejercitar metódicamente la atención mental para mejorar la relación con nosotros mismos y con los demás, desenraizar los venenos de la mente y conquistar la clara energía de la ecuanimidad.

Aquietarse, detenerse, remansarse, estar, ser… es un medio para reconectar con nuestro propio ángulo de quietud y empezar a transformarse. Cuando las modificaciones de la mente van cediendo y nos vamos desprendiendo de la fuerza centrífuga del pensamiento y cortando con todo lo exterior, vamos sumergiéndonos en lo más profundo de nosotros, atravesamos el núcleo caótico y confuso y, en un gradual y saludable vaciamiento vamos estableciéndonos en nuestra naturaleza más genuina, en un estado de paz y de dicha. Este arte de la detención se ejercita y se aprende. La quietud se torna en ojo de buey hacia otro modo de vivenciar y ser. Cualquiera puede aprender.




Cuando con un entrenamiento adecuado y el trabajo interior vamos recobrando la mente, comienza a emerger una nueva forma de espontaneidad y expresión muy pura. También brota, como una bella luz, la percepción pura, no contaminada por el fango del inconsciente, ni condicionada por el pasado. Para ello hay que ganar una dimensión de la mente libre de las tensiones comunes, y son posibles percepciones que escapan a la mente ordinaria. Esa dimensión supraconceptual se gana mediante un entrenamiento, un trabajo interior que proponga: el desarrollo metódico de la atención pura; el establecimiento en la firme ecuanimidad; la actitud meditativa en la vida diaria; el desenraizamiento de las negaciones y los venenos mentales, el cultivo de sentimientos nobles y positivos; la práctica de métodos y técnicas de contramecanicidad, como el yoga y otras artes.


Ramiro Calle – Recobrar la Mente

domingo, 7 de agosto de 2016

La Ley de la Resonancia (Pierre Franckh)


Según los más recientes conocimientos de la física cuántica, de la biología cuántica, de la matemática moderna y de la epigenética, se hace cada vez más evidente que invariablemente es el poder de los patrones de las convicciones humanas el que nos lleva a ser lo que nosotros creemos que somos: desde la salud hasta la enfermedad, desde las defensas inmunitarias hasta nuestro equilibrio hormonal, desde nuestra capacidad de autocuración hasta nuestra capacidad de ser felices.
    Los verdaderos límites se hallan solo en nuestra cabeza. Por lo demás, tenemos ante nosotros un caudal de posibilidades ilimitadas. Con nuestras convicciones no solo influimos en nuestra propia vida, sino en todo nuestro entorno. Con nuestra fuerza mental y nuestros sentimientos tenemos la posibilidad de acometer en nuestra vida todos los cambios que tanto deseamos.

A través de la Ley de la Resonancia entendemos que todo en el universo se comunica entre sí por medio de vibraciones. Todas las cosas y todos los seres vivos tienen una vibración propia. Existe un campo cuántico que une todo con el todo.
    Este campo de energía recibe varios nombres: matriz divina, holograma cuántico, etc., pero lo especial es que no se parece a ninguna de las formas de energía conocidas hasta la fecha. Este campo energético, que parece funcionar como una red compacta, tiende una especie de puente entre el mundo interno y el externo, nos permite estar unidos con el todo, ya sea de manera consciente o inconsciente, de tal manera que podemos modificar nuestro ADN solo con la fuerza mental. Lo que sentimos, pensamos o decimos de manera persistente, o nuestra convicción, será captado por nuestro ADN intensificando nuestro campo de resonancia. Por ello, cada pensamiento de pérdida refuerza una nueva pérdida y cada convicción con respecto a una victoria refuerza una nueva victoria. Por esta razón, todo lo que queremos modificar en el mundo exterior solo puede ser modificado por medio de nuestro modo de pensar.



Nuestro ADN esté en condiciones de establecer conexiones con todo lo que existe. Esta comunicación tiene lugar fuera del espacio y el tiempo, en una dimensión superior. Mientras mantengamos nuestros deseos y visiones –o también nuestros miedos y temores– nuestro campo de resonancia atraerá lo que tenga una vibración semejante. Invariablemente, es la fuerza de las convicciones humanas lo que hace que nos convirtamos en aquello en lo que creemos.
    Ya sea por la energía de nuestro corazón, por nuestro ADN o por nuestro cerebro, gracias a la fuerza del pensamiento, continuamente –tanto si queremos como si no– enviamos impulsos hacia el exterior, y éstos chocan con la energía de otras personas, que no pueden evitar vibrar cuando se encuentran en el mismo campo de resonancia.

Si utilizáramos esta capacidad de manea concreta, disponemos de la posibilidad de transformar nuestra vida según nuestra voluntad. La premisa para ello es que conozcamos el verdadero alcance de nuestras convicciones y de nuestros pensamientos y dirigirlos de manera consciente.
    La energía no indaga sobre moralidad o provecho, reacciona solo de acuerdo con los impulsos que emitimos. La Ley de la Resonancia dice siempre “sí”; además, podemos abandonar otra vez este mundo que hemos creado. Solo hemos de hacer una cosa: modificar un poco nuestras perspectivas. La clave está en darnos cuenta de cómo podemos transformar de manera consciente nuestro campo de resonancia, de modo que atraigamos a nuestra vida las experiencias que deseamos. En cuanto nos consideremos como parte de este mundo y no como algo separado de él, habremos dado el primer paso para atraer a nuestra vida todos nuestros deseos y anhelos. Cuando comprendamos de qué manera estamos unidos con todo, tendremos acceso a la mayor fuerza del universo.



Se ha descubierto que nuestro cerebro es moldeable, tiene la capacidad de variar de manera radical sus conexiones y de crear nuevos enlaces de neuronas, cuando hacemos o pensamos cosas nuevas durante un tiempo. En un plazo breve, la nueva habilidad, los nuevos pensamientos o las nuevas convicciones se convertirán en una verdad llena de fuerza, el cerebro se ajusta a ello. Solo el trabajo constante con las nuevas convicciones deseadas nos permite eliminar las viejas muestras no deseadas. Las afirmaciones nos ayudan a transformar nuestra fe de la manera más rápida. Cuando no disponemos de algo, es que no hemos creado el campo de resonancia adecuado para ello.

En tu mundo solo puede suceder aquello que tú mismo eres. Cualquier otra cosa no puede realizarse. Cuanto antes entres en resonancia contigo mismo, antes tu mundo cambiará de tal manera que te parecerá un milagro.

    ¿Es posible cambiar el mundo de manera duradera por medio del pensamiento positivo?


Pierre Franckh – La Ley de la Resonancia

lunes, 25 de julio de 2016

Conviértete en lo que eres (Alan Watts)




Algunos de nosotros siempre estaremos intentando –con un exasperante grado de relativo éxito mejorar de un modo u otro, y por más que queramos aceptarnos a nosotros mismos, lo seguiremos haciendo. La renuncia a uno mismo y la aceptación de sí mismo no son más que diferentes nombres para definir la misma cosa, el ideal para el que no existe un camino, el arte para el que no existe una técnica. Evidentemente, hay una vital contradicción en la idea de renunciar a uno mismo, y también en la de aceptarse a uno mismo. Nuestras tentativas de rechazo o aceptación son igualmente infructuosas, ya que no logran alcanzar ese centro inaccesible de nuestro yo más íntimo que está intentando aceptar o rechazar. La parte de nosotros que puede cambiarnos es la que necesita ser cambiada.

El único resultado importante de cualquier serio intento de renunciar o aceptarse a sí mismo es el humillante descubrimiento de que es imposible. Y a eso se refiere precisamente la muerte de uno mismo, que es la improbable fuente de un modo de vida tan nuevo y tan vivo que da la sensación de haber vuelto a nacer. En sentido metafórico, el ego muere al descubrir su propia incapacidad, su ineptitud de hacer variar algo de uno mismo que sea realmente importante.
    Cuando la vida nos obliga finalmente a ceder, a rendirnos ante la plena manifestación de lo que ordinariamente se llama “temor a lo desconocido”, el sentimiento reprimido surge súbitamente como un manantial de puro gozo. Lo que antes se experimentaba con horror a nuestra inevitable mortalidad, se transforma, por medio de una alquimia interior, en un casi extático sentido de liberación de las cadenas de la individualidad.

Pero es exactamente cuando descubro que no puedo abandonarme a mí mismo cuando me abandono; exactamente cuando creo que no puedo aceptarme cuando me acepto. Ya que al topar con la dura roca de lo imposible es cuando uno alcanza la sinceridad, en la que ya no puede perdurar el encubridor “juego del escondite” del yo y del mí, del “buen yo” que trata de cambiar al “malo de mí”.



Recibir el universo en uno mismo, a la manera de algunos “místicos”, es vanagloriarse con la idea de que uno es Dios, creando una nueva oposición entre el gran todo y la degradada parte. Darse de modo pleno e incondicional al mundo es convertirse en una no-entidad espiritual, un mecanismo, una cáscara, una hoja llevada por los vientos de las circunstancias. Pero, si al mismo tiempo, se percibe el mundo y se abandona el yo, entonces prevalece esa unión que origina el Segundo Nacimiento.
    Así, cuando decimos que de la unión del yo y la vida (o el mundo) nace el Cristo, queremos dar a entender que el ser humano se eleva a un nuevo centro de conciencia en el cual no es él ni solo él mundo… En realidad, este centro ya existía...
  
El desapego significa no sentir ningún remordimiento por el pasado ni miedo por el futuro; dejar que la vida siga su curso sin intentar interferir en su movimiento y cambio, sin intentar prolongar las cosas placenteras ni provocar la desaparición de las desagradables.
    Actuar de este modo es moverse al ritmo de la vida, estar en perfecta armonía con su música cambiante, a esto se llama iluminación. Dicho brevemente: es no apegarse al pasado ni al futuro y vivir en el eterno ahora. Por sí mismo el pasado y el futuro son una ilusión. La vida existe solo en este preciso momento, y es en este momento cuando es infinita y eterna. Ya que el momento presente es infinitamente pequeño, antes de que podamos medirlo ha desaparecido y, sin embargo, persiste para siempre. Este movimiento y cambio ha sido llamado Tao por los chinos.
    Un sabio dijo que si pretendemos vivir en armonía con el Tao debemos alejarnos de el. Pero no acababa de estar en lo cierto. Ya que lo curioso del caso es que no podemos alejarnos de él aunque queramos; aunque tus pensamientos huyan hacia el pasado o corran hacia el futuro; no pueden escapar del momento presente.


Quizá te creas fuera de la armonía de la vida y de su eterno ahora, pero no podrías existir, ya que tú eres vida y existes ahora. De ahí que no sea posible escapar ni atrapar el Tao infinito; no hay ni un acercarse a él, ni un alejarse de él; simplemente es, y tú lo eres. Por lo tanto, conviértete en lo que eres.




Alan Watts – Conviértete en lo que eres





sábado, 23 de julio de 2016

Entronizar el alma, el individuo psíquico en lugar del ego (Sri Aurobindo)




Entiendo por ser psíquico el alma íntima del ser y la naturaleza. Ése no es el sentido que se le da en el lenguaje ordinario. El ser psíquico es el núcleo divino que se mantiene detrás de la mente, la vida y el cuerpo, pero que nosotros no percibimos más que débilmente. Es una parcela del Divino que se perpetúa de vida en vida, recogiendo la experiencia de la vida por medio de sus instrumentos exteriores.

Es una personalidad espiritual formada por el alma en su evolución. Al principio está velado por las mente, el ser vital y el cuerpo, limitado en su autoexpresión. Pero a medida que crece se torna capaz de salir a la superficie y dominar mente, vida y cuerpo. Nosotros tenemos, en efecto, dos mentes; una la mente superficial de nuestro ego que se expresa en la evolución, la mente superficial que creamos emergiendo de la Materia; la otra, una mente subliminal que no está obstaculizada por nuestra vida mental actual y sus rigurosas limitaciones, y que es grande, poderosa y luminosa, el ser mental verdadero, detrás de esta forma superficial de la personalidad mental que nosotros tomamos por nosotros mismos erróneamente.
    Tenemos paralelamente dos vidas, una exterior, tejida en el cuerpo físico, ligada por su evolución pasada en la Materia, que vive, que ha nacido y que morirá; la otra, una fuerza subliminal de vida que no está encerrada entre las estrechas fronteras de nuestro nacimiento y nuestra muerte físicas, pero que es nuestro ser vital verdadero. Está abierta al conocimiento universal de la Mente cósmica.



La verdadera alma secreta en nosotros es la llama del Divino siempre encendida. Habitante luminoso de la Ignorancia, crece en ella hasta el momento en que puede volverla hacia el Conocimiento. Es lo que subsiste, lo que es imperecedero en nosotros de nacimiento en nacimiento, inalcanzable por la muerte. Teniendo por misión conducir al hombre desde la Ignorancia hasta la luz de la Conciencia divina, absorbe la esencia de todo lo que es vivido en la Ignorancia para formar el núcleo del crecimiento del alma en la naturaleza. Es esta entidad psíquica secreta la que es la verdadera Consciencia original en nosotros. Ésta es la función del Ser Psíquico: actuar en cada plano para que uno despierte a la auténtica verdad y a la Realidad divina.

Si no existiese un Ser Psíquico en la Materia, no podría haber contacto directo con el Divino, y es gracias a esta presencia que el contacto puede ser directo entre la Materia y el Divino. Y se puede decir de todos los seres humanos: vosotros lleváis el Divino dentro y lo encontraréis. Es una infusión directa, especial y redentora en la Materia más inconsciente y oscura, para que ella pueda despertar de nuevo, por etapas, a la Consciencia divina, a la presencia divina y, finalmente, al Divino mismo.




Es la presencia del Ser Psíquico la que hace del hombre un ser excepcional. Y, a decir verdad, no saca gran provecho de ello. No parece que considere su virtud como algo muy deseable, por la forma con que trata esta presencia. Prefiere sus ideas de la mente, prefiere sus deseos del vital y prefiere sus hábitos del físico. En el hombre es posible y, de hecho, inevitable, como la evolución debe y puede efectuarse. Existe el renacimiento, el progreso del alma elevándose de escalón en escalón en la existencia que evoluciona. En el curso de esta progresión, la entidad psíquica esta todavía velada pos sus instrumentos, por la mente, la vida y el cuerpo; ella no puede manifestarse plenamente y es impedida de ponerse al frente donde podía revelarse como dominadora de su naturaleza. Pero en el hombre, la parte psíquica de la personalidad puede desarrollarse mucho más rápidamente que en la creación inferior, y puede ocurrir sin duda que llegue un momento en el que la entidad del alma alcanzará el punto en que, emergiendo desde detrás del velo, se manifestará abiertamente y tomará las riendas de sus instrumentos en la Naturaleza.
    Pero eso significaría que el espíritu interior secreto, el Divino interior, ha llegado a su punto de emergencia; y no se puede apenas dudar, de que en el momento de esta emergencia, él exigirá una existencia más divina y espiritual, como ya es el caso para la Mente misma cuando está bajo la influencia interior del Ser Psíquico.
    En la naturaleza de la vida terrestre, donde la mente es un instrumento de la Ignorancia, eso no puede efectuarse más que por un cambio de Consciencia, el paso de una fundación en la Ignorancia a una fundación en el Conocimiento, de la consciencia mental a una Consciencia supramental, una instrumentación supramental de la Naturaleza.




En el conocimiento espiritual del ser, existen tres etapas que llevan a la autorrealización y que son al mismo tiempo tres partes del conocimiento único.  La primera es el descubrimiento del alma, no del alma exterior atada a los pensamientos, a las emociones y a los deseos, sino de la secreta entidad psíquica, del elemento divino en nosotros. Cuando esta entidad consigue dominar la naturaleza, cuando nosotros somos conscientemente el alma y la mente, la vida y el cuerpo ocupan su verdadero lugar, que es el de sus instrumentos, somos conscientes de un guía interior que conoce la verdad, el bien, el verdadero deleite, la verdadera belleza de la existencia, somete el corazón y el intelecto a su luz luminosa y conduce nuestra vida y nuestro ser hacia la plenitud espiritual. Incluso en las oscuras operaciones de la Ignorancia tenemos entonces un testigo que discierne, una luz viva que ilumina, una voluntad que rehúsa dejarse extraviar y separa la verdad mental del error mental. Tal es la primera etapa de la autorrealización: entronizar el alma, el individuo psíquico en lugar del ego.

La etapa siguiente consiste en tomar consciencia de un ser racional eterno en nosotros, no nacido y uno con el ser de todos los seres. Esta realización libera y universaliza, incluso si nuestra acción sigue todavía la dinámica de la Ignorancia, ella no se encadena ni se extravía porque nuestro ser interior está instalado en la luz del conocimiento del ser-en-sí.


La tercera etapa consiste en conocer al Ser divino que es a la vez nuestro Yo supremo trascendente, el ser cósmico, asiento de nuestra universalidad, y la Divinidad interior, de la que nuestro ser psíquico, el individuo evolutivo verdadero es nuestra naturaleza, es una porción, una chispa, una llama que llega a ser el Fuego eterno, del cual ella ha sido encendida y del que es el testigo siempre vivo en nosotros, siendo el instrumento consciente de su luz, de su poder, de su gozo y de su belleza.


Sri Aurobindo – El Ser Psíquico

miércoles, 20 de julio de 2016

El Tránsito hacia el Todo, que es la Nada (Emilio Carrillo)


(Comentario del Libro de Emilio Carrillo - El Tránsito)

Realmente me gustaría que el concepto básico que da lugar a este libro, o sea, el de la reencarnación, fuera un hecho cierto, y yo durante muchos años lo he tenido por principio vital, en cuanto que por comodidad y lógica existencial, evitaba considerar un final absoluto a la vida, ¿y por qué no más positivo y tranquilizador creer en ello que lo contrario?
    Sin embargo, por lo que creemos saber, debemos cuestionar la afirmación categórica de que todas las tradiciones religiosas tenían entre sus credos la reencarnación. Si hacemos una sinopsis escueta de ello, tenemos que:

-El hinduismo creía en la transmigración y la metempsicosis, muy distintas de la reencarnación.
-Buda negaba la existencia de algo permanente en la persona que ocupe distintos cuerpos.
-El chamanismo nos dice que en el momento de la muerte, el espíritu sobrevive y vuelve al mundo de los espíritus para siempre.
-El Druidismo habla de un estado gozoso tras la muerte en mundos felices, sin reencarnación.
-Para Sumerios y egipcios, el alma realizaba una especie de recorrido o bien hasta una especie de infierno o hasta el mundo de los dioses para toda la eternidad.
-El Mazdeísmo o Zoroastrismo dice que el alma externa permanece 3 días y 3 noches junto al cuerpo muerto. Durante este tiempo todas las acciones anteriores se presentan en un juicio inexorable. Al final de los tiempos, se produce una especie de Apocalipsis y Resurrección.
-El Cristianismo, el Judaísmo y el Islamismo asumen lo anterior, basándose en las tradiciones espirituales de la zona de la que surgen.
-El Taoísmo no cree en la vida después de la muerte. El objetivo es alcanzar el conocimiento y la inmortalidad, pero no la del alma, sino la del cuerpo físico.
-El Sintoísmo considera que el espíritu que reside en el cuerpo sobrevive eternamente en el más allá.
-Para Aztecas y Mayas, el alma va al inframundo.
-Platón habla de la reencarnación en Fedro, quizá por influencia del Brahmanismo.
-Por fin el Brahmanismo, posterior al hinduismo, nos dice que el alma evoluciona a través de la reencarnación según obras y el karma. Supuestamente es una idea meditada por los brahmanes para dar sentido al sistema de castas, una especie de compesnsación hacia los menos favorecidos, y mantener su status de poder. Posteriormente, el budismo tibetano, a partir del S.VIII lo adopta, creando el conocido como “Libro de los Muertos”. Igualmente, lo adopta el ocultismo, el teosofismo y el esoterismo del finales del s.XIX.
-La Metafísica pura derivada de la tradición ancestral, uno de cuyos máximos exponentes fue Renè Guenon, declara que es un concepto imposible, un mismo ser no puede ocupar distintos cuerpos, que ya están ocupados por otros seres en cada uno de los grados de existencia. Solo la metempsicosis tiene posibilidad, en cuanto a la permanencia temporal de nuestros contenidos psíquicos en otro ser.



Otra cuestión es que el hecho de admitir las ECM (experiencias cercanas a la muerte) no implica en modo alguno la persistencia y posterior reencarnación, serían los últimos latidos de la energía vital o alma, tal como yo la entiendo. Solo tenemos noticia de sensaciones de los que no han llegado a morir cerebralmente; más allá de lo que hay al final del túnel, no sabemos nada.

¿De qué me sirve a mí particularmente una persistencia o reencarnación de un supuesto yo (alma o chispa divina) superior individualizado del que no sé nada, que está toda la vida en silencio absoluto, como esperando que yo muera en el momento que ya previó antes de nacer? Si mi yo pequeño, por el cual tomo conciencia de ser, por el que vivo, sufro y muero, aquí y ahora, desaparece, todo lo demás no es de mi incumbencia inmediata.
¿Qué es eso de la multidimensionalidad coetánea en otros planos vibratorios más sutiles, que somos incapaces de experimentar?

Según el autor, todo depende del estado de conciencia justo un minuto antes del fallecimiento. Evidentemente, todos, cuando sintamos la muerte inminente, por si acaso, en ese momento y por ansia vital, acaso nuestro instinto de supervivencia innato nos hará creer en que espíritu divino y alma persisten, para poder descansar y morir en paz.

El libro, de hecho, niega  que nuestro libre albedrío sirva para algo, ya que casi todo lo importante que nos sucede está predeterminado por un supuesto espíritu que tiene completamente prefijada nuestra vida, las enfermedades que vamos a sufrir, ¡y en que momento vamos a morir y junto a quién!



Igualmente, nos dice que el conductor de nuestra vida es el espíritu. No llego a comprenderlo. El conductor soy yo, y en todo caso, el espíritu es un pasajero desconocido que no ha pagado ni el billete del viaje. Lo máximo que podemos constatar es que el conjunto de mi pequeño yo físico, mental y emocional, tira a duras penas de un coche, que es el alma, dentro del cual va paseando inmisericorde el espíritu.

Como si no lo necesitara en absoluto, el autor no aporta investigaciones importantes que se están dando en este terreno, ningún dato ni estudio científico. ¿Y por qué? ¿No será porque precisamente estas investigaciones ponen en serias dudas las teorías de la reencarnación? No obstante, toma como ejemplo lo expuesto en libros y películas de ficción como el "6º Sentido" o "4 Bodas y un Funeral" y otras más.
¿No existen la enfermedad, ni los cánceres, ni las epidemias? El autor recalca que son producto de nuestra imaginación…“La muerte es un imposible un fantasma de la imaginación humana”, ¿cómo vamos a estar de acuerdo en eso? “El yo no es nada”, pero resulta que lo es, por ahora, casi todo.

“Si nos muriéramos y no nos recreáramos, seríamos la única excepción en el universo entero”.  Un dicho oriental nos dice que:”la bellota se hace roble, pero el roble, por mucho que lo intente, jamás volverá a ser bellota.
“Las tragedias colectivas conmueven a muchas personas e impulsan su proceso consciencial y evolutivo” ¿De qué manera, si ya estamos curados de espanto…? No entiendo la relación entre sufrimiento y consciencia divina.

Por otro lado, el autor nos presenta un comentario ecléctico y coherente del Bardo Todol tibetano, única doctrina que deberíamos tener en cuenta. Pero aquellos que gustan de la lectura y la investigación razonada no encuentran en él un apoyo firme.



En fin, sin poder negar que el contenido del libro pueda tener algo u mucho de cierto, aun teniéndolo por completo, le veo escasa utilidad; al contrario, nos empapa de un determinismo peor que el de las religiones tradicionales, pero modernizado. Precisamente, aquellos que no creen que haya otra vida, tienen más razones aún para vivir intensamente ésta y no dejar nada para un mañana incierto.

Parece más bien la Biblia de un nuevo profeta del S. XXI, uno más, que ha vuelto para “transmitir seguridad a las personas”, proclamando una verdad absoluta, que no admite réplica, como una nueva religión sin posibilidad alguna de comprobación científica ni intelectual, ignorando los esfuerzos de grandes pensadores e investigadores en estos turbios vericuetos. Una nueva fe consoladora, pero no es la que el ser humano necesita actualmente.

Evidentemente, ni yo ni un montón de cientos de millones de los encarnados actualmente pertenecerán a ese grupo selecto de 9 mil millones que se necesitan, según el autor, para el cambio total de conciencia planetaria, ya que la conciencia vibracional del planeta no admitirá nuestros renacimientos. Quiero creer en la transformación  de la materia por el ser Psíquico, según la denominación de Sri Aurobindo del espíritu divino, presente en nuestro interior, pura consciencia que aspira a la Consciencia Pura a través de indefinidas encarnaciones, para lo que necesita una ardua y concienzuda ascesis, pero no comparto el tránsito como base del sistema, y de que solo es necesario tener consciencia de la única realidad de este yo-espíritu divino para ese salto evolutivo.


Aún así, recomiendo su lectura encarecidamente, ni yo mismo estoy convencido de mis propias críticas; es posible que a otros les suponga una auténtica transformación. Puede que, por mi parte, aún no esté preparado para interiorizar este asunto y que, algún día, sienta haber desperdiciado el tiempo con tantas dudas.



(Comentario del Libro de Emilio Carrillo: El Tránsito)

martes, 19 de julio de 2016

El Oscuro mar de la Conciencia (Carlos Castaneda)



Parece que en nuestra mente el universo entero es la palabra de Dios: algo absoluto e inmutable. Así nos comportamos. En lo más profundo de nuestra mente existe un mecanismo de control que nos impide detenernos a analizar que, tal como la aceptamos y creemos en ella, la palabra de Dios pertenece a un mundo muerto. Por su parte, el mundo vivo es un flujo constante. Se mueve, cambia, invierte la dirección. El motivo por el cual los pases mágicos de los chamanes de mi linaje lo son consiste en que, al ejecutarlos, los cuerpos de los practicantes se percatan de que, en lugar de ser una cadena ininterrumpida de objetos afines, todo es una corriente, un flujo. Si todo lo que existe en el universo es un flujo o una corriente, ésta puede detenerse. Es posible represarla para detener o desviar el flujo.

Los chamanes del linaje de Don Juan creían que, en un sentido amplio, la conciencia acrecentada creaba un estado de bienestar. Se dieron cuenta de que, al entrar en estados de conciencia acrecentada, sus cuerpos se movían involuntariamente de determinadas maneras que eran el origen de la peculiar sensación de plenitud física y mental, los movimientos se producían espontáneamente y una fuerza guiaba los efectos sin la intervención de la voluntad. Los pases mágicos producen un efecto que no responde a las explicaciones habituales. Los movimientos no son ejercicios físicos ni posturas corporales, sino verdaderos intentos de alcanzar el estado óptimo del Ser. Se denominan pases mágicos ya que, al practicarlos, en lo que a la percepción de refiere, los chamanes son transportados a otros estados del ser en los que perciben el mundo de manera indescriptible. El propósito es redistribuir la energía. Los seres humanos tienden espontáneamente a apartar la energía de los centros de vitalidad, a través de las preocupaciones y dejándose arrastrar por el estrés de la vida cotidiana. La coerción de las actividades diarias pasa factura al cuerpo; se acumula en la periferia de la bola luminosa y en ocasiones forma un depósito grueso semejante a la corteza del árbol.



Los pases mágicos se vinculan con el ser humano total en cuanto cuerpo físico y como conglomerado de campos de energía. Agitan la energía acumulada en la bola luminosa y la devuelven al cuerpo físico propiamente dicho. La verdadera magia de los pases mágicos es que permiten que la energía encastrada vuelva a entrar en los centros de vitalidad.

El objetivo es la redistribución de la energía y las tres cuestiones que lo acompañan: la interrupción del diálogo interior, la posibilidad del silencio interior y la fluidez del punto de encaje. Una vez que el diálogo interior se reduce al mínimo, notas la llegada del silencio interior. Un nuevo flujo de cosas entra en tu campo de percepción. Estas cuestiones siempre estuvieron en la periferia de tu conciencia general, pero no disponías de suficiente energía para ser deliberadamente consciente de su existencia. A medida que desvías el diálogo interior otros elementos de la conciencia ocupan el espacio vacío. El nuevo flujo de energía que los pases mágicos llevan a tus centros de vitalidad da una fluidez a tu punto de encaje, que ya no está rígidamente vallado. Los miedos ancestrales que nos impiden dar un paso han dejado de impulsarte.

Mediante la redistribución de la energía que no se utiliza, los pases mágicos conducen a los practicantes a un nivel de conciencia en el cual los parámetros de la percepción normal tradicional quedan anulados porque se expanden. Así, los practicantes incluso pueden entrar en mundos inimaginables. Ahora sé que los humanos somos seres de la conciencia, que participamos en el evolutivo viaje de la conciencia y que estamos llenos a rebosar de recursos increíbles que jamás aprovechamos.




La recapitulación es la técnica descubierta por los brujos del antiguo México con el fin de alcanzar dos objetivos trascendentales: en primer lugar, el fin abstracto de cumplir el código universal que exige renunciar a la conciencia en el momento de la muerte. Vieron que en el universo existe una fuerza descomunal, un inmenso conglomerado de campos de energía al que denominaron águila o el oscuro mar de la conciencia, que es la fuerza que da conciencia a todos los seres vivos. En su opinión, los seres vivos mueren porque están obligados a devolver su conciencia prestada. Consideraban que la recapitulación suponía dar al oscuro mar de la conciencia lo que buscaba: experiencias vitales, es decir, adquirían un grado de control que les permitía separar las conciencias vitales de la fuerza vital, que no estaban unidas de manera indisoluble.
    Como es imposible explicar estos fenómenos según la lógica al uso, los chamanes aspiraban a lograr la hazaña de retener la fuerza vital sin saber cómo lo hacían. Solo se trata del ingreso en un proceso evolutivo con la ayuda del único medio de que el hombre dispone: la conciencia. Los chamanes tenían el convencimiento de que, biológicamente, el hombre no puede seguir evolucionando, por lo que llegaron a la conclusión de que la conciencia humana era el único modo de evolución. En el momento de la muerte, los chamanes no son aniquilados, sino que se transforman en seres inorgánicos, seres que tienen conciencia pero carecen de organismo. Para ellos, la transformación era evolucionar, y suponía el acceso a una clase de conciencia nueva e indescriptible, conciencia que realmente duraría millones de años y que algún día tendrían que devolver.

El segundo objetivo de la recapitulación es el fin pragmático de adquirir fluidez perceptiva. El fundamento se relaciona con uno de los temas más esquivos de la brujería: el punto de anclaje, punto de luminosidad intensa, del tamaño de una pelota de tenis, perceptible cuando los chamanes ven al ser humano como un conglomerado de campos de energía. Billones de campos de energía con forma de filamentos de luz que proceden del universo en general convergen en el punto de anclaje y los atraviesan. El ser humano la convierte en datos sensoriales. A continuación, los interpreta como el mundo de la vida cotidiana, es decir, en función de la socialización y el potencial humano.



La recapitulación significa revivir todas o casi todas las experiencias que hemos tenido y, de este modo, desplazar un poco o mucho el punto de anclaje y llevarlo a adoptar la posición que ocupaba cuando aconteció el hecho recapitulado. El acto de desplazarse entre posiciones anteriores y la presente proporciona la fluidez necesaria para salvar los obstáculos extraordinarios en sus viajes al infinito.

Los chamanes están convencidos de que el misterio de la recapitulación reside en el acto aspirar y espirar. Como se trata de una función que sustenta la vida, creen que a través de la respiración también podemos entregar al oscuro mar de la conciencia el facsímil de las propias experiencias vitales. Cuestiones como la recapitulación no se explican, simplemente se experimentan. Al vivirla podemos encontrar la liberación, y explicarla equivale a consumir energía en esfuerzos inútiles. Cualquier cambio de comportamiento tendría que realizarse a través de la recapitulación, porque es el único medio que puede realzar la conciencia y liberarnos de las demandas implícitas de la socialización.



El silencio interior es el estado natural de la percepción humana en el que los pensamientos quedan bloqueados y nuestras facultades funcionan con un nivel de conciencia que no exige la utilización del sistema cognitivo cotidiano. La percepción humana que funciona en las condiciones de silencio interior puede alcanzar niveles indescriptibles. Algunos de ellos son universos en sí mismos, son estados inefables e inexplicables.
    El silencio interior es la matriz de un espectacular paso evolutivo: el conocimiento silencioso, es decir, el nivel de la conciencia humana donde el conocimiento es espontáneo e instantáneo. A este nivel el conocimiento no es consecuencia de la reflexión cerebral, la inducción y la deducción lógicas, o las generalizaciones basadas en las semejanzas y las diferencias. En el nivel de conocimiento silencioso no hay nada apriorístico o que constituya un caudal de conocimiento, ya que todo ocurre inminentemente ahora. El conocimiento silencioso le fue insinuado al hombre primitivo pero, en realidad, nunca lo poseyó. A pesar de que hemos perdido dicha insinuación, a través del silencio interior la humanidad siempre tendrá abierto el camino que conduce a él.


El silencio interior debe acumularse o almacenarse poco a poco, segundo a segundo, tenemos que obligarnos a ahorrar silencio y alcanzar el umbral de tiempo acumulado. Entonces se experimenta parar el mundo; éste deja de ser lo que era y se es consciente de ver la energía como fluye por el universo. Lo que se experimenta en el instante de parar el mundo es el resurgimiento del cuerpo energético, y que esta configuración energética es la que siempre fue capaz de ver la energía como fluye por el universo.




Carlos Castaneda – Pases Mágicos

lunes, 20 de junio de 2016

Listas de Reproducción (1957-1971)

Subo aquí estas listas de reproducción que he confeccionado por varios motivos.

Primero el gran álbum de Carole King (Music) remasterizado que no hallaba completo en Youtube. Después uno de los mejores discos de Jazz para mí que tampoco encontraba completo, Charles Mingus Trio (1957) con un Charlie Mingus insuperable, formidablemente acompañado por Hampton Hawes y Danny Richmond. Sigue el mejor conjunto de temas de Howlin Wolf, con el blues más auténtico y desgarrado. Y, por último, una selección de singles de los 60, que aún  conservo y que escuchaba infinidad de veces.















lunes, 13 de junio de 2016

Humanismo: libertad y autorrealización





Un humanista es alguien que sitúa a la persona, su vida y sus valores en el centro de su visión del mundo. El humanismo da gran importancia a la libertad, la razón y las posibilidades y derechos del individuo; pero la razón es solo una de las herramientas que empleamos para comprender el mundo. También hemos de usar nuestra capacidad de cosechar experiencias. Razón y experiencia constituyen la base de nuestro conocimiento.

El ser humano no puede, ni basándose en la razón, ni en las experiencias, decir que existe un dios. Pero tampoco se puede decir con seguridad absoluta que no exista ninguno. Un humanista suele por tanto definirse como agnóstico.
    Los humanistas reconocen que las facultades del ser humano son limitadas. Hay preguntas a las que no sabemos contestar. Hay enigmas que no sabemos solucionar. Y sin embargo es humano formarse ideas sobre lo desconocido. Lo que no debemos hacer es convertir esas ideas en principios religiosos absolutos. En la práctica, los humanistas adoptan por tanto una postura atea. Viven como si no existiera ningún dios. No aceptan ninguna realidad sobrenatural, porque carecen de fundamento para creer en alguna; existe una sola realidad que es relevante para la vida.




Como los humanistas no cuentan con ningún destino o voluntad divina que dirija la vida de los hombres, subrayan que el ser humano tiene que fiarse de sí mismo. El hombre es su propio señor. La visión que tiene el humanismo de los seres humanos es positiva y optimista. El ser humano tiene gran valor y muchas posibilidades, y es bueno por naturaleza.
   Los humanistas señalan a menudo al hombre como un ser espiritual, con facultades y posibilidades que superan a las de todos los demás seres, y también una libertad muy distinta. Posee la facultad de crear algo mediante el trabajo y la actividad artística.

El ser humano constituye también una parte de la naturaleza, y como tal está ligado a sus leyes. El alma humana está totalmente relacionada con las funciones del cerebro. El humanismo rechaza por ello que el hombre tenga un alma inmortal. El hombre no tiene ninguna consciencia después de la muerte.
   El ser humano es un ser único. Pero, aunque somos distintos, todos los seres humanos somos igual de valiosos. La tolerancia mutua ante las cualidades que distinguen a los unos de los otros es uno de sus ideales principales.



También es muy importante el que ningún ser humano sea usado como medio para algún otro fin, sea por “necesidad histórica”, medios políticos superiores u otra cosa parecida. Una persona a menudo puede encontrar sentido en lo de “sacrificarse” por una causa, pero jamás debe ser convertido involuntariamente en víctima para los fines de otros. Cualquier persona es un fin en sí misma, jamás ha de ser tratada como un mero número en la masa.
   El objetivo debe ser que todo el mundo pueda realizarse personalmente y desarrollar sus aptitudes; la felicidad y la autorrealización del individuo son por tanto de gran importancia.

Con su énfasis en la singularidad de cada uno, los humanistas tienen una visión individualista del ser humano. Pero éste no vive solo para sí y lo suyo. Los humanistas suelen identificarse con la humanidad en general, y tienen una visión optimista de su evolución.

Opinan que el ser humano gracias a su razón conoce la diferencia entre el bien y el mal. No necesita ningún mensaje o reglas impuestas desde fuera. Sobre una base puramente racional sabe establecer ciertos valores y normas fundamentales.
   El principio ético más importante de los humanistas es la regla de oro que dice que debes hacer a los demás lo que quieres que los demás te hagan a ti. Dicho “principio de reciprocidad” se puede establecer sobre una base humana, como el respeto por la dignidad y la inviolabilidad del ser humano. Los derechos humanos ocupan, por tanto, un lugar principal. Como prójimo, estoy obligado a luchar por la libertad, la igualdad y la justicia entre los hombres en el mundo entero.





Con su énfasis en la vida en la tierra, en el aquí y ahora, los humanistas también luchan por un mayor bienestar material. Ahora bien, este objetivo tiene que sopesarse constantemente con los valores vitales y la calidad de vida en un sentido amplio. El fin en sí no es un aumento ciego de la eficiencia, ni un materialismo ávido de placeres. En este sentido, el humanismo se opone al materialismo y al desarrollo tecnológico unidimensional, sea bajo el auspicio socialista o capitalista.


Jostein Gaardner, Victor Hellern, Henry Notaker – El Libro de las Religiones

martes, 31 de mayo de 2016

La lucha entre la memoria y el olvido (Jaime Rodríguez Sacristán)





Los olvidos son esquivos y misteriosos. Se ocultan detrás de los pensamientos, de los sentimientos y de las palabras. Apenas sabemos cómo se van o cuándo han de volver. Los olvidos se mueven en tierras de penumbra. Son recuerdos ocultos que de momento no están presentes en nuestro mundo consciente.

Olvido no es desmemoria. No es el almacén cerrado y pasivo de lo inservible, de lo que ya no tiene vida. Al contrario, el olvido es algo vivo, que forma parte de nosotros porque está presente en la batalla del hombre contra el tiempo. Está en la historia personal y en la historia colectiva de los hombres y de los pueblos. Está en el amor, en la soledad, en las relaciones del hombre con Dios y con lo sobrenatural.

Algunos olvidos no vuelven, no se hacen recuerdos, nunca salen de las sombras para recibir la luz de nuestro tiempo consciente, de nuestro mundo actual. Algunos olvidos salen a la luz de forma no deseada. Otros olvidos siguen caminos tortuosos para hacerse recuerdo. Y hay olvidos que están a mitad de camino entre lo consciente y lo inconsciente, que están ocultos detrás de algo; quieren salir a la superficie, están a la espera de que alguien sepa levantar el velo de misterio que los envuelve y los esconde.




La lucha entre la memoria y el olvido es como un fuego que se enciende y que ilumina al ser humano. La memoria tiene, como el fuego, un enorme potencial de fuerza, de energía interior que puede quemarnos. Los recuerdos no son solo pasado, matizan y condicionan el presente y preparan y determinan el futuro. Hay recuerdos que se repiten de manera martilleante. Los olvidos ocultos están ahí, vivos, para intervenir, para aflorar en nuestro mundo consciente. El olvido no es la ausencia, porque está lleno de vida.

El olvido se mueve entre lo irracional, lo imaginario y lo fantástico. Somos conscientes de sucesos que hemos olvidado, pero el material del que están hechos los olvidos posee el carácter de las fabulaciones huidizas y el añadido de un toque fantástico, inefable y misterioso. Todo olvido posee algo de perturbador que irrumpe en nuestra vida, un pasado que vuelve, a veces emocionalmente neutro y otras cargado de emoción disturbadora.

El olvido no tendría sentido si no se tratara de tiempos vividos, traídos a un tiempo presente y con repercusiones en un tiempo por llegar. Los olvidos tienen vocación de permanencia y oficio de desaparición y de huida. Todo empezó en un momento que fue presente, cuando se vivió lo que después será olvidado y recordado. En esos momentos se vive una experiencia que queda impresa en lugares de nuestro cuerpo. Y a partir de ahí todo es vivo, móvil, con un juego de tiempos, porque se trae el pasado al presente. Retener supone permanecer, mantener en el tiempo lo vivido para poderlo tener a nuestra disposición en un momento dado.



Después de “fijar los recuerdos” empieza la batalla memoria-olvido. Una guerra en que la sal, la salsa y los condimentos los ponen los sentimientos y las emociones. A partir de ese momento aumentan los enigmas, cuando los recuerdos huyen y no sabemos cómo. La búsqueda de los recuerdos que permanecen ocultos en nosotros sigue siendo un misterio. No estamos seguros de cuáles son los recuerdos que van a hacerse inolvidables y apenas sabemos por qué no hay manera de olvidar ciertas experiencias; por qué hay recuerdos que huyen y recuerdos encubridores, y el por qué del olvido de la ausencia y el olvido del olvido.

No todos los olvidos son tristes, pero la constelación de la tristeza siempre está cerca de los olvidos y de la pérdida de los recuerdos. El hombre actual es consciente de su finitud y del paso del tiempo y también sabe que al no estar será olvidado. Este hombre postmoderno vacío que se siente intrascendente reacciona con sentimientos, ideas y comportamientos de la constelación de la tristeza, tristeza que se convierte con facilidad en depresión. Muchos hombres sensibles actuales son conscientes de la cercanía entre el olvido y el tiempo, que están hechos de la misma materia, la misma que da cuerpo a los sueños. El olvido también porta el peligro del alejamiento, la ausencia y la pérdida de lo que somos, de lo que constituye el eje de nuestro ser en el mundo, de lo que sabemos de nosotros mismos.



Algunas experiencias que parecen no ser ni llamativas ni alarmantes poseen capacidad para generar imposibles olvidos. Son olvidos y recuerdos que vuelven a nosotros a medias, a través de simbolismos variados, en situaciones conflictivas, cuando hay lucha interior o angustia. Las experiencias semiolvidadas han sido vividas en un tiempo decisivo, emociones e ideas pugnando entre sí, que no son aceptables en nuestro mundo consciente. Ahí están, semiolvidadas, pero activas y con capacidad para asociarse y constituirse más adelante en olvidos imposibles.

Algunos recuerdos solo salen en los sueños. La voluntad no puede controlarlos. El deseo de olvidarlos no consigue su exclusión, la determinación de olvidar no es suficiente. Vuelven esos recuerdos a nuestro mundo consciente a través de los sueños y lo hacen acompañados de sentimientos contradictorios: una mezcla de rechazo, complacencia  e inquietud. Tienen mucho en común  los sueños y el olvido. Los dos son atractivos y misteriosos. Las imágenes que utilizan los sueños y el olvido son huidizas y parecen alucinatorias, son como imágenes desfiguradas que se desvanecen y cambian; también tienen en común la forma de utilizar el tiempo y el espacio, se presentan siguiendo unas reglas aparentemente caprichosas. También comportan una aparente ausencia de lógica, porque ambos poseen una lógica propia, una dinámica coherente en sí misma, por la que se rigen.




Saber olvidar es un arte, que no se aprende fácilmente. El arte del olvido es necesario para mantener el equilibrio inestable de la existencia humana. El arte de la memoria es útil y conveniente para vivir mejor. La batalla memoria-olvido y la guerra entre el recuerdo consciente y el inconsciente hacen que el saber sea limitado, débil y frágil. La duda está siempre presente. No sabemos cuánto sabemos ni lo que hemos olvidado. La duda, la inseguridad y el error son habituales en lo recordado. El olvido se queda con parte del contenido de los recuerdos y le añade, maliciosamente, imaginación. La fiabilidad de lo recordado es discutible, los falsos recuerdos aparecen con demasiada facilidad. La realidad vivida no es siempre la recordada y la deformación es habitual. La vulnerabilidad del recuerdo y la presencia misteriosa de los olvidos es debido a la propia esencia de los seres humanos.

Los olvidos son necesarios y van donde el corazón los lleva. Son la sal de la vida. Los recuerdos ocultos dan el toque de misterio y de milagro a nuestro vivir en el mundo, al querer retener en nuestro interior lo que hemos vivido y lo que hemos sentido. Tanto los olvidos como los recuerdos ocultos llevan siempre nuestro sello personal y diferenciativo, porque las formas de vivir y de elaborar los olvidos son tan diferentes como son las personas.

Al asomarnos al interior del hombre, a los vacíos de la memoria y a los vacíos del espíritu, aprendemos que todos los hombres somos portadores de una memoria y de un olvido que son expresión de nuestra vulnerabilidad, de nuestros sufrimientos y de nuestras esperanzas.


Jaime Rodríguez Sacristán – El olvido y los recuerdos ocultos