miércoles, 30 de noviembre de 2016

Meditación Terapéutica, hacia un Yo Superior (Dharma Singh Khalsa)



El yo imbuido de sí mismo no es de por sí malo. De hecho, es absolutamente humano, pero es limitado... terriblemente limitado. Cuando creemos que el aspecto del yo de nuestro ser representa el ser completo, nos estamos haciendo daño. Si creemos que nuestro yo es todo lo que somos, entonces nos hacemos vulnerables, principalmente al miedo y a la muerte. También nos hacemos vulnerables a todas las otras formas de sufrimiento material, como la enfermedad, los problemas económicos y la humillación. Si creemos que no somos nada más que nuestro yo material, entonces nos vamos a perder la mayor oportunidad de nuestra vida, la oportunidad de experimentar nuestra propia santidad. Sentir nuestra propia chispa de energía divina es el sentimiento más excitante, placentero y fortalecedor que podamos imaginar.

Los maestros del antiguo yoga estaban extremadamente preocupados por la condición humana común de estar adormilados a lo largo de la vida. El sistema que diseñaron para aprender a controlar lo incontrolable, y para estar conscientes, fue el control de la respiración. Este es el fundamento de la meditación avanzada. Es la puerta de acceso a la conciencia. También tiene un fuerte impacto en nuestro nivel etéreo de existencia. Cuando respiramos, no respiramos simplemente una mezcla gaseosa que contiene oxigeno. También respiramos el prana, la fuerza vital universal, que distingue los seres vivos de los objetos inanimados.
     
Todo empieza con la respiración, es nuestra fuente principal de energía, tanto física como etérea. Sin embargo, para utilizar la energía que ofrece, debemos tener el control de nuestras posturas y movimientos. Sin el poder controlador del movimiento, la energía seguiría existiendo, pero no seria más que un torbellino caótico; con el control adecuado se podría convertir en una fuerza de curación.      
     Cuando los meditadores asumen posturas de yoga se hacen conscientes de determinadas áreas de sus cuerpos. Mientras mantienen esas posturas, lo que a veces requiere mucho trabajo, se hacen incómodamente auto-conscientes del esfuerzo. Cuando los meditadores se esfuerzan rigurosamente, esta auto-consciencia les lleva hacia un estado mucho más instructivo de conciencia de uno mismo, puede permitir a una persona ser un "yo consciente".


  
Aunque lo mas importante es que las posturas del yoga ayudan a despertar y canalizar la energía interna o kundalini, que yace enroscada en nuestro interior. Y es esta energía kundalini el último recurso de nuestro verdadero poder personal. Con ella podemos llevar a cabo proezas casi sobrenaturales, y podemos llegar al sentido de independencia y serenidad propio de los yoguis. Cuando llegan a esa independencia y serenidad, invariablemente las personas hacen un compromiso consigo mismas para retener ese poder sorprendente que acaban de encontrar. Ese compromiso para mantener su poder cambia la forma en que se proyectan hacia el mundo exterior. Al hacer esto, se experimenta un cambio fundamental en el sentido mas amplio, nos capacita para ser conscientes y romper con otros aspectos fosilizados de nuestra vida, como vínculos no saludables, hábitos y relaciones. Incluso ayuda a transformar las relaciones más profundas e innatas: la relación entre el ahora y el para siempre, y la relación entre el ser individual y el ser universal.

La Meditación Terapéutica parece notablemente mas eficaz que las otras formas de meditación a la hora de restablecer la salud. La razón principal es que combina el yoga y la meditación. El kundalini yoga traslada la energía y el equilibrio de los Chakras inferiores hacia los superiores utilizando la respiración, el movimiento, la concentración mental, la postura de las manos y los mantras. La mayor ventaja de la Meditación Terapéutica es su especificad. Debido a que canaliza la energía curativa con tanta precisión, cada meditación tiene un foco delimitado. Cada uno de estos focos es una verdadera fuente de poder curativo. Cada Meditación Terapéutica soluciona un problema específico distinto al llegar la energía a los órganos, glándulas y sistemas determinados, y también a los chakras.
     Con la Meditación Terapéutica, que crea la mezcla de moléculas para la curación, la mente cura el cuerpo y el cuerpo cura la mente. Al mismo tiempo, el cuerpo físico cura el cuerpo etéreo y el cuerpo etéreo cura el cuerpo físico. Y el espíritu, tanto el divino como el humano, extiende este medio curativo completo, añadiendo una profundidad y un poder que infunden en el cuerpo y en la mente una fuerza de curación a la que ninguna enfermedad puede resistir. Esta fuerza de curación sencillamente no puede explicarse en términos físicos, en términos de materia y moléculas. Para tener un conocimiento válido o práctico de esta fuerza de curación, debemos ir mas allá de lo físico, a lo etéreo.



Los chakras son nuestros centros etéreos de la conciencia y la comunicación. Interactúan con nuestros pensamientos y emociones, con nuestra salud y nuestras funciones físicas. Intercambian la energía en dos direcciones, de lo físico a lo etéreo y de lo etéreo a lo físico. Son las puertas de la conciencia. Todos son sagrados y vitales, sin embargo, para conseguir la experiencia más completa del ser y para mantener un contacto pleno con la energía que nos envuelve, es importante que las energías se eleven de los chakras inferiores, cerca de la base de la médula, hacia los chakras superiores, en la cabeza y encima de ella. Esto permite que nuestras energías se encuentren y se mezclen con las energías del cosmos, y permite que la energía cósmica regrese a nuestros cuerpos.

El espíritu es inmortal. Éste es el regalo divino para el ser mortal. Es nuestro vínculo con la divinidad misma. El espíritu, por muy magullado que esté, siempre puede revivir. Ésta es la lección que los antiguos maestros enseñaron.
    El espíritu puede convocarse una vez más a través de la Meditación Terapéutica. A diferencia de otros enfoques médicos o filosóficos, éste puede encender el espíritu y unificar las energías de espíritu, mente y cuerpo, que se apoyan mutuamente. Una vez unida, esta tríada sagrada puede ejercer poderes espirituales de curación.

Cuando el abatido cuerpo y la mente mortal están enfermos y furiosos, débiles y afligidos, el espíritu, por muy apagado que esté por el sufrimiento, aún puede ofrecer alimento. Y este alimento siempre es bienvenido y siempre se devuelve. Así empieza el círculo de la curación. No siempre es fácil. La Meditación Terapéutica no es una aspirina que se puede tragar y olvidar. Es un proceso que solo iguala en poder a la energía de la práctica diaria o sadhana.

Pero este proceso o camino puede llevar más lejos de la simple curación de la enfermedad. Este camino puede llevar a un yo superior. Puede llevar de la oscuridad a la luz. Puede llevar a lo ilimitado e incluso al infinito. Ésta es la bendición de la enfermedad. Ésta es la bendición de la curación. Ésta es la bendición de la vida.


Dharma Singh Khalsa, Cameron Stauth - La Meditación como Medicina

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Vivir con Arte (Joaquín Sánchez-Ruiz)



A mayor grado de madurez, más proclives estaremos a experimentar y expresar la belleza del mundo. El hálito vital correrá entonces sin obstáculos a través de la materia humana, como en una ventana abierta de par en par. No tengo la menor duda de que el arte tiene un valor ético. El arte no es una mercancía, sino cultura. Cultura que nos convierte en más humanos. Más humanos significa más sensibles, en sintonía con el entorno, con más capacidad de sentir física y anímicamente, con la mente y el corazón.

La virtud humana no se desarrolla con el conocimiento puramente intelectual. En la cultura falla algo cuando nos dedicamos a aprender lo que una computadora ya sabe. La sociedad debe modificar un sistema basado exclusivamente en la instrucción y en el intelecto. El fin último de la cultura ha de asentarse en la dicha de los seres que la disfrutan. Sencillamente, porque los objetos no tienen más sentido que servirnos y no al revés.

El arte reconoce plásticamente la realidad no ordinaria y la amplifica. Se necesita un estado de simplicidad, apertura y esperanza para experimentar lo extraordinario en la vida normal. El arte no posee una doctrina, ni tiene jerarquías, no es una creencia, sino un proceso de toma de conciencia a través del hacer. El arte consiste en una aventura de descubrir nosotros. La realidad ordinaria está repleta de hechos extraordinarios. Cualidades tales como sensibilidad, equilibrio, riqueza, expresión… artísticas, emanan de una persona previamente equilibrada, sensible, expresiva y rica. La creatividad artística no se ajusta a categorías puramente intelectuales, pues envuelve a la emoción. El artista tiene una misión social y el mundo adquiere más cromatismo y las matemáticas de dios actúan con su inapelable ley: cuanto más arte ofrezco, más pleno me encuentro. El arte responde a la relación con el mundo: “¿Cuánta belleza experimento? ¿Cuánta felicidad colma mi vida?”.



El artista se convierte en su propio estilo. No hay arte que se diferencia de la fuente de su autor, como la sombra al cuerpo. Los estilos no resultan sino una elección entre infinitas posibilidades. El arte se entiende como la incesante búsqueda para ensanchar al mundo.
    La separación entre el mundo cinco-sensorial y el multidimensional es delgada como un papel de fumar. La forma que elegimos para rasgarlo es a través del arte, porque nos proporciona más consciencia. El arte así empleado puede resultar un poderoso medio de despertar. Cuando trabajamos en arte, realmente trabajamos con nuestra propia vida. La creencia general es que el artista se basa en la fantasía, pero si fuese así perpetuaría una ilusión, un engaño o un sueño. La creatividad se basa en la estricta realidad, fijando con una percepción más sutil y afinada nuestras vivencias. De ahí que el arte puede servir para evolucionar a los seres humanos.



Podemos convertirnos en verdaderos escultores de nuestro propio yo. El tratamiento comienza en recuperarlo de su letargo, al que ha sido sometido por el intelecto. No en el sentido de objetualizar-lo, sino en sensibilizar-nos. Con esta sensibilización, enfocamos la atención no en actuar-manipular, sino en recibir de manera abierta y confiada del medio. Entonces el yo se diluye, se vuelve más discreto y acallamos los excesos inútiles. Desde este “yo permisivo” sentimos la fuerza creadora y vibrante, la frescura de la existencia. Reconocerse creativo va ligado a reconocerse vivo y usar el talento que tenemos. Para que despierte y prospere el arte en nosotros, aplicamos la paciencia y la amabilidad. Por ello resulta capital atender nuestra vida como si fuese el papel y la tinta de ese lenguaje, evitando emborronarlo, tacharlo o tirarlo, pues, literalmente, eso mismo estaríamos haciendo con nuestra persona. Los pequeños cambios son imprescindibles y suman: pequeñas victorias, pequeñas demostraciones de valor, de generosidad, de diligencia. Finalmente, el artista ha de volverse tan sensible como para proclamar con su obra el verdadero “privilegio de vivir despierto”.



¿Existe un sendero que eleve al ser humano a una existencia superior? El arte actualiza el ser, facilitando la apertura del artista, a través de su corazón. El arte posibilita el ensanche, el relajamiento y el disfrute de nuestra valía, disolviendo los bloqueos autoimpuestos. Somos dignos y con aptitud suficiente para asumir el goce y el dolor que el juego de la vida nos ofrece. Más allá de cumplir expectativas ajenas a nosotros, aceptamos cómo somos en realidad. La sinceridad en el artista resulta así tanto una necesidad como un derecho, y para ello nos concedemos un espacio íntimo. Si experimentamos nuestro mundo interior como algo rico y digno, tanto más trataremos con delicadeza el ajeno.
    Los artistas necesitamos de las personas. Sin ellas no seríamos literalmente nadie. Ofrecemos nuestro corazón y nos completamos compartiéndolo, nos empequeñecemos para agrandar así al mundo, nos callamos para escuchar su sutil murmullo. Esto nos responsabiliza y nos vincula definitivamente al resto de los seres.




Todos en cada momento aspiramos a ser felices. Lo que pugna por salir es el anhelo de amor y la necesidad de sentirse vivo. Cuando experimentamos esta energía fluyendo por nuestro cuerpo, tenemos felicidad a raudales para compartir. No hay nada que completar, somos perfectos. Cada momento nos desafía a ser auténticos y cada desafío se vuelve en un goce. Entonces comprendemos que tal y como somos ya contenemos los ingredientes para nuestra felicidad. Hoy más que nunca existe una urgencia de embellecer y sensibilizar un mundo egoísta, feo y gris. Encontramos una misión, un lugar en el grupo, con confianza, apertura y disciplina interior. El artista es una persona que, consciente del permanente milagro que ve, agradece el privilegio de explicar la belleza de la vida.


Joaquín Sánchez-Ruiz – Enseñar Arte es hacer Feliz

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Intimidad, Asombro, Naturaleza, !Sí! (Carlos G. Vallés)




Intimidad, sensibilidad, delicadeza, ternura. Se me enternecen las entrañas con solo escribir estas palabras. Lo que cuenta en la vida es la amistad, y la satisfacción del alma está en el cariño. De poco sirve la inteligencia, el éxito y la fama si el corazón está vacío y no sabe amar y ser amado. Es lo más delicado del mundo, y por eso es lo que menos se nos ha enseñado. Y por lo visto ni siquiera acertamos a enseñarlo ahora.

La intimidad es la combinación de transparencia de la mente y afecto del corazón. Cuando lo pide la vida, cuando hay crisis o baches, momentos de disgusto o ataques de frustración o, sencillamente, cansancio con todo de una vez, tedio del vivir y tentaciones de darse de baja de todo, entonces se busca la compañía fiel y el oído amigo, se abren diques, se desahogan fondos agobiantes, se confiesan mezquindades humillantes, se habla, se calla y se llora. Y todo se calma porque hay quien lo entiende, lo recibe, lo valora y lo suaviza con solo oírlo, saberlo y aceptarlo. Muchos problemas se solucionan al decirlos y muchas heridas se cierran al mostrarlas. Así es el ser humano.

A la comunión de ideas y experiencias se junta en la amistad el efecto tierno de la cercanía personal. Ahora ya no solo se trata de contar cosas, sino de estar juntos, no es ya la comunicación sino la presencia; no es solo la cabeza, sino el corazón. Y cuando se junta el afecto profundo con la confianza comunicativa, surge el vínculo que une vidas al tiempo que libera la fuerza más sagrada del corazón humano.



La delicadeza es la virtud de las virtudes. Sin ello, las demás dejan de ser virtudes y ella sola por su cuenta constituye ya virtud excelsa. Saber mirar a la gente a la cara, sentir talantes, adivinar necesidades; anticipar deseos; preguntar por interés, escuchar con afecto; no mirar el reloj; reconocer el valor del tacto y administrar delicadamente el toque, la caricia, el largo apretón de manos que comunica más que cualquier otra palabra; mirar con afecto, despedirse con pena y cariño en una misma sonrisa. ¿Quién sabe hacer todo eso?

La intimidad es el alma de la vida. Hay que abrirse con delicadeza a la delicadeza, con sensibilidad a la sensibilidad, con ternura a la ternura. Para todos y para mí deseo la gracia de la intimidad, que es la que en definitiva nos hace hombres y mujeres vivir y reales en lo más íntimo de nuestro ser. El que no ama, no vive.



Asombro. Es la virtud del niño. Es la inocencia de la vida. La capacidad de ver, de aprender, de ser. Es la pupila limpia, la mirada transparente, la memoria sin estrenar. Todo es nuevo, y por eso todo es maravilloso porque todo se vive por primera vez. La capacidad de asombro es la medida de la vitalidad en el ser humano. El pesimismo nos viene de la pérdida de la inocencia. Recobrar nuestra mirada inocente en ponernos en marcha hacia el descubrimiento de la vida. Tal como hemos vivido, nos han dicho el final del cuento antes de empezar a leerlo. Y ya no nos interesa. Hemos aprendido todo y estudiado todo y definido todo. Búscalo en los archivos y los encontrarás. Los archivos están siempre llenos de polvo. Entre ese polvo yacen las reliquias de lo que era fuerza y energía, de lo que era historia, de lo que era vida. Hay que sacudir el polvo para volver a los campos verdes de la historia viva.



La naturaleza espera su turno con paciencia infalible. Vientos juguetones, brisas alegres, chaparrones inesperados, nubarrones ceñudos. Olor a hierba en los prados mojados, flores abiertas en ramas despertadas, vida que le revienta a la tierra por todas partes, la cantan los pájaros, la sienten los árboles y la viven los hombres y mujeres que disfrutan con júbilo la mejor estación de la vida. La estación del asombro.

Yo era ecologista antes de saberlo. Antes de que se descubriera la ecología y se inventara el nombre. Antes de leer libros sobre ecosistemas o de preocuparme por la capa de ozono. El amor a la naturaleza, el contacto con el entorno vivo, la devoción al agua y el cariño a las rocas, la reverencia a las montañas y la contemplación del mar han sido parte de mi vida desde que me conozco. La madre Tierra. El saludo al sol. La amistad con las estrellas. Vibro con todo lo que me habla de aire y de espacio, de pájaros y de flores. Me siento ciudadano del universo.

Los valles tienen su historia, su belleza, sus peligros y su vida, tienen fuentes de agua y caminos encontrados, tienen cuevas de refugio y alturas de observación para dominar el terreno y fijar direcciones. Hay que cultivar su amistad y conversar con sus espíritus si deseamos un buen viaje y un feliz regreso. Las montañas son las dueñas del  paisaje, y nos miran con benevolencia si les hablamos con respeto. Nos trae cuenta dialogar con la tierra.

La tierra son también las ciudades, ya que en ellas vivimos, y no hay que esperar ir al campo para sentir el cosmos. También aquí hay aire y luz, y se ven el sol, la luna y las estrellas, y hay árboles y pájaros, y se adivina la superficie del planeta bajo el asfalto, el hierro y el cemento. Hay que hacer lo posible para mejorar la salud ecológica de las ciudades; pero no podemos esperar a su salud perfecta para sentirnos a gusto en nuestro entorno. Amo la tierra tal y como es, al tiempo que quiero verla cada vez mejor.



¿Te has fijado que cuando dices ¡! estás afirmando tu vida, estás confiando en Dios, estás invocando a la Providencia que se compromete a hacer realidad tu confianza y verdad tu palabra? Cuando dices ¡sí! Con esa energía y esa vibración con que lo dices, estás haciendo que todo el que te oiga crea en la vida, se enamore del mundo, se afiance en la eternidad. Cada “sí” tuyo es un sermón, un testimonio, un empujón de gracia para los que te oímos.

Toda la vida es un lento aprender a decir ¡sí! Nos cuesta. Es decir, no nos cuesta el decir que sí, así por las buenas en cualquier momento y con cualquier motivo. Son afirmaciones fáciles de valor pasajero. Hay un sí más serio, más profundo y comprometido, más vital y decisivo, que es el que ha de sonar en la vida para que tenga sentido, dirección, valor y finalidad. Si el sí que define nuestra vida nos sale de dentro y suena en plenitud, todos los otros síes que nos saldrán en la conversación derivarán su sentido de él, y entonces nuestra palabra tendrá fuerza y nuestra vida tendrá fundamento. Sin ese sí radical de entrega y compromiso, la vida quedará vacía de contenido e inerme de fuerzas. Nos falta afirmación.

El sí alegra el alma. No hay palabra más abierta, más confiada, más entregada. Es ensanchar los horizontes y respirar a fondo. Ante un nuevo plan, una propuesta, una ventana abierta, una senda adivinada, la primera reacción es lanzarse, avanzar y explorar. Para volver sobre los pasos siempre habrá tiempo. De entrada, déjame ver y averiguar lo que hay por delante. Si nunca me muevo, nunca me entero. El “no” viene de la pereza, que quiere evitarse las molestias que le vendrán del “sí”. Ése es el origen del “no”. La pereza, la comodidad, la cobardía. El miedo a lo desconocido. El creerse con el derecho adquirido de hacer siempre lo que se ha hecho. El “no” es fácil, cómodo y seguro. El “sí” es atrevido, arriesgado y aventurado.


Yo prefiero la aventura, decir que sí a la idea nueva, a la inspiración súbita, a la novedad inesperada. Abrirme confiado a nuevos paisajes de ideas, trabajo, gentes y lugares. Me he equivocado con  frecuencia, pero los errores son el precio normal que se paga a gusto para seguir avanzando. Se da media vuelta, se aprende con la experiencia y se intenta otro camino. No hay que hacer tragedias de los fracasos. Y sin fracasos tampoco hay éxitos. Me han salido cosas bien porque me arriesgué en ellas.


Carlos G. Vallés – Las 7 palabras

domingo, 30 de octubre de 2016

Condiciones para una vida feliz (Bertrand Russell)




Toda infelicidad se basa en algún tipo de desintegración o falta de integración; hay desintegración en el yo cuando falla la coordinación entre la mente consciente y la subconsciente; hay falta de integración entre el yo y la sociedad cuando los dos no están unidos por la fuerza de intereses y afectos objetivos. 

El hombre feliz es el que no sufre ninguno de estos dos fallos de unidad, aquel cuya personalidad no está escindida contra sí misma ni enfrentada al mundo. Un hombre así se siente ciudadano del mundo y goza libremente del espectáculo que le ofrece y de las alegrías que le brinda, sin miedo a la idea de la muerte porque en realidad no se siente separado de los que vendrán detrás de él. En esta unión profunda e instintiva con la corriente de la vida es donde se encuentra la mayor dicha.
    El hombre feliz es el que vive objetivamente, el que es libre en sus afectos y tiene amplios intereses, el que se asegura la felicidad por medio de estos intereses y afectos que, a su vez, le convierten a él en objeto del interés y el afecto de otros muchos. Que otros te quieran es una causa importante de felicidad; pero el cariño no se concede a quien más lo pide. Hablando en general, recibe cariño el que lo da.

Cuantas más cosas le interesen a un hombre, más oportunidades de felicidad tendrá, y menos expuesto estará a los caprichos del destino, ya que si le falla una de las cosas siempre puede recurrir a otra. La vida es demasiado corta para que podamos interesarnos por todo, pero conviene interesarse en tantas cosas como sean necesarias para llenar nuestra vida. Todos somos propensos a la enfermedad del introvertido, que al ver desplegarse ante él los múltiples espectáculos del mundo, desvía la mirada y solo se fija en su vacío interior. Pero no vayamos a imaginar que existe algo de grandeza en la infelicidad del introvertido. Así pues, el hombre cuya atención se dirige hacia dentro no encuentra nada digno de su interés, mientras que el que dirige su atención hacia fuera puede encontrar en su interior, en esos raros momentos en que uno examina su alma, los ingredientes más variados e interesantes, desmontándose y recombinándose en patrones hermosos y constructivos.



Tanto para las mujeres como para los hombres el entusiasmo es el secreto de la felicidad y el bienestar, es el rasgo más universal y distintivo de las personas felices. El auténtico entusiasmo, no el que en realidad es una búsqueda del olvido, forma parte de la naturaleza humana. A cada momento de su vida, el hombre civilizado se ve frenado por restricciones a los impulsos, esto hace que sea más difícil mantener el entusiasmo, porque las continuas restricciones tienden a provocar fastidio y aburrimiento. Para superar estos obstáculos, se necesita salud y energía en abundancia, o bien tener la buena suerte de trabajar en algo que sea interesante por sí mismo. Algunas personas mantienen el entusiasmo a pesar de los impedimentos de la vida civilizada, y muchos más podrían hacerlo si se libraran de los conflictos psicológicos internos en que gastan una gran parte de su energía.

Los que se enfrentan a la vida con sensación de serenidad son mucho más felices que los que la afrontan con sensación de inseguridad. Y en muchísimos casos la misma sensación de seguridad les ayuda a escapar de peligros en los que otros sucumbirían. Pero la confianza general en uno mismo es consecuencia, sobre todo, de estar acostumbrado a recibir todo el afecto que uno necesita.
La felicidad, esto es evidente, depende en parte de circunstancias externas y en parte de uno mismo. Todos nuestros gustos y deseos tienen que encajar en el marco general de la vida. Para que sean una fuente de felicidad tienen que ser compartidos con la salud, con el cariño de nuestros seres queridos y con el respeto de la sociedad en que vivimos. 
    Para ser feliz en este mundo es necesario sentir que uno no es solo un individuo aislado cuya vida terminará pronto, sino que forma parte del río de la vida, que fluye desde la primera célula hasta el remoto y desconocido futuro. Como sentimiento consciente está claro que esto conlleva una visión del mundo intelectual e hipercivilizada; pero como vaga emoción instintiva es algo primitivo y natural, y lo hipercivilizado es no sentirla.



Los seres humanos son muy diferentes en lo que se refiere a la tendencia a considerar sus vidas como un todo. Algunos los hacen de forma natural y consideran que para ser feliz es imprescindible hacerlo con cierta satisfacción. Para otros, la vida es una serie de incidentes inconexos, sin rumbo y sin unidad. Creo que los primeros tienen más posibilidades de alcanzar la felicidad que los segundos, porque poco a poco van acumulando circunstancias de las que pueden obtener satisfacción y autoestima, mientras que los otros son arrastrados de un lado a otro por los vientos de las circunstancias, sin llegar nunca a ninguna parte.

Acostumbrarse a ver la vida como un todo es un requisito imprescindible para la sabiduría y la auténtica moral, y es una de las cosas que deberían fomentarse en la educación. La constancia en los propósitos no basta para hacerle a uno feliz, pero es una condición casi indispensable para una vida feliz.


Bertrand Russell – La conquista de la felicidad

lunes, 24 de octubre de 2016

¿Dios ha muerto? (María Zambrano)


  
Hace muy poco tiempo que el hombre cuenta su historia, examina su presente y proyecta su futuro sin contar con los dioses, con Dios, con alguna forma de manifestación de lo divino. Lo divino eliminado como tal, borrado bajo el nombre familiar y conocido de Dios, aparece, múltiple, irreductible, ávido, hecho “ídolo”, en suma, de la historia. Pues la historia parece devorarnos con la misma insaciable avidez de los ídolos más remotos. El hombre está siendo reducido, allanado en su condición a simple humano, degradado bajo la categoría de la cantidad.

Reducir lo humano llevará consigo, inexorablemente, dejar sitio a lo divino, en esa forma en que se hace posible que lo divino se insinúe y aparezca como presencia y aún como ausencia que nos devora. La deificación que arrastra por fuerza la limitación humana –la impotencia de ser Dios– provoca, hace que lo divino se configure en ídolo insaciable, a través del cual el hombre –sin saberlo– devora su propia vida, destruye él mismo su existencia. Ante lo divino “verdadero”, el hombre se detiene, espera, inquiere, razona. Ante lo divino extraído de su propia sustancia, queda inerme. Porque es su propia impotencia de ser Dios la que se le presenta y representa, objetivamente, bajo un nombre que designa tan solo la realidad que él no puede eludir.



La ausencia, el vacío de Dios podemos sentirlo bajo la forma intelectual del ateísmo, y la angustia, la anonadadora irrealidad que envuelve al hombre cuando Dios ha muerto. Que no haya Dios, que nos dispongamos a pensar acerca de todas las cosas sin contar con Él, parece marcar la situación de la mente actual. Mas existe otra situación, y dentro de ese vivir sin Dios se distingue la simple aceptación casi inconsciente de ese ímpetu, de esa violencia, de esa otra esperanza que cifra el cumplimiento de lo humano, la promesa final de nuestra historia sobre la tierra a la desaparición total de la conciencia de Dios.
    Y aún… lo más inabordable: toda la desenfrenada provocación en que, sin conciencia o con ella, algunos hombres han apurado las posibilidades del mal, el reto a todos los temores últimos, llegando hasta la acción sin sentido ni justificación en que el hombre no es ya reconocible; desafíos realizados como un crimen que traspasa a las víctimas y que va dirigido contra esa instancia ultima de la conciencia antes ocupada por Dios, esa violencia pasiva, ese abandonarse automáticamente a cualquier instinto o “tentación”, si todo ese horror múltiple se produjera sobre un vacío y una anonadada conciencia que se dijera: “Puesto que Dios ha muerto”.



¿De dónde ha surgido tan tremenda pesadilla? Pues la religión para una conciencia irreligiosa ha de ser considerada como delirio, pesadilla sufrida en común. Que los dioses, que lo divino en sus diversas configuraciones se muera, que Dios haya muerto a manos del hombre, de los hombres. Y así, tenemos un proceso “sagrado” de destrucción de lo divino. Parece como si esta acción de negar a Dios naciera en un momento de querer volver a la situación primaria de la vida, a la situación en que el hombre no había recibido ninguna revelación, ni había él mismo descubierto a Dios; a la situación en que lo sagrado envolvía la vida humana.

El ateísmo niega matemáticamente la existencia de Dios, mas se refiere al Dios-idea, mientras que la destrucción de lo divino solamente se verifica en el abismo del Dios desconocido, atentando a lo que de irrevelado, de no descubierto hay bajo la idea de Dios. Y es, así, la acción sagrada y trágica entre todas, pues la tragedia solo tiene lugar bajo el dominio del Dios desconocido. La acción destructora de lo divino nace de una desesperación, de la necesidad.
   El vacío de Dios que deja sentir el ateísmo formalmente expresado, no es todavía la muerte de Dios. Mas la muerte de Dios no es su negación. Solo se entiende plenamente el “Dios ha muerto” cuando es el Dios del amor quien muere, pues solo muere en verdad lo que se ama. Y solo cuando Dios se hizo Dios del amor pudo morir por y entre los hombres de verdad. Y Dios no puede morir si no es a manos humanas.



Y es que el hombre necesita proyectar en lo divino, en una acción absoluta, el fondo oculto de sus acciones más secretas. La necesidad que exige matar a lo que se ama, y aún más, lo que se adora, es un afán de poderío con la avidez de absorber lo que oculta dentro. Se quiere heredar lo que se adora, liberándose al par de ello.
    Y así la destrucción de los dioses es una etapa cumplida en toda religión, que no la muerte de Dios. El hombre se ha alimentado de la destrucción de sus dioses, de cada uno de ellos gana en su medio o en su sustancia.

“Dios ha muerto” es la frase que Nietzsche enuncia y profetiza al par la tragedia de nuestra época. Para sentirlo así, es preciso creer en Él y aún más, amarlo. Pues solo el amor descubre la muerte; solo por el amor sabemos lo poco que sabemos de ella. Y en cuanto a Dios, el amor ha sido una fase tardía. Los primeros sentimientos que señalan la relación del hombre con un Dios revelado son el temor y aun el espanto.



“Dios ha muerto”, el grito de Nietzsche no es sino el grito de una conciencia cristiana. Aún para el no cristiano, este grito tendrá que ser aceptado como un momento límite de la condición humana.
   El crimen contra Dios es el crimen contra el amor. Quien dice “Dios ha muerto” participa al menos en su muerte, en el crimen. ¿No lo hará acaso movido por la esperanza de hundirse en Él, de identificarse abismándose, llevado por esa locura de amor que llega hasta el crimen cuando ya no se soporta más la diferencia con el amado, el abismo que aun en los amores entre iguales permanece siempre? Y profiere su grito “Dios ha muerto” esperando, quizá, absorber a Dios dentro de sí, comulgar en la muerte de un modo absoluto, que no haya más esa diferencia entre la vida divina y la nuestra. Desesperación de seguir soportando la inaccesibilidad de lo divino.


Dios puede morir; podemos matarlo… mas solo en nosotros, haciéndolo descender a nuestro infierno, a esas entrañas donde el amor germina; donde toda destrucción se vuelve en ansia de creación. Donde el amor padece la necesidad de engendrar y toda la sustancia acumulada se convierte en semilla. Nuestro infierno creador.


María Zambrano – El hombre y lo divino

lunes, 10 de octubre de 2016

Plena-Mente Consciente (Andrés Martín Asuero)



Tengo un curioso trabajo, trata sobre cómo enseñar a “traer de vuelta de forma voluntaria una atención errante”. Se llama Mindfulness, una palabra que podría traducirse como “conciencia plena” o “atención consciente”, y cuya práctica resulta en una mayor serenidad, mejor atención y mayor armonía en las relaciones interpersonales. También reduce el estrés y genera resiliencia, que es la capacidad de crecer en la adversidad. Estamos redescubriendo el Mindfulness, un fenómeno moderno con raíces muy antiguas, gracias a una coincidencia de intereses que comparten la medicina, la psicología y las tradiciones contemplativas. No solamente resulta útil para la educación, sino que también es una forma de vivir más plena.

El Mindfulness es una habilidad eminentemente práctica y que nace al conectar de manera directa con la experiencia personal. Expresa la calidad de la presencia, el grado de conexión que tenemos con lo que está pasando, mientras está pasando, es decir, en el momento del aquí-y-ahora. Es la conciencia que surge cuando se presta atención a un propósito, atendiendo a lo que ocurre en el momento presente y suspendiendo los juicios. Es una definición que tiene tres componentes.



Primero está el proceso atencional que es algo que se puede entrenar. Orientar la atención es el resultado de una intención determinada, la intención de estar presente en lo que ocurre. La intención es responsable de sostener la atención en aquello que es más importante en ese momento, reconociendo la distracción, pero sin dejarse arrastrar por ella. Es “apagar el piloto automático” realizando una actividad rutinaria. Parece sencillo, pero no es fácil, estamos muy habituados a realizar tareas sencillas mientras la mente está ocupada en fantasías, recuerdos, planes o preocupaciones.

El segundo componente es la conexión con la experiencia, cuando se está presente realmente se vive la vida; por el contrario, si se está desconectado, pensando en el futuro o en el pasado, la atención se encuentra dislocada y no hay presencia. Orientarse a la experiencia es sintonizar con las sensaciones corporales, como la postura o la respiración, conectando con las emociones de cada momento. En realidad, la mejor forma de saber si se está presente es verificando la conexión con el cuerpo y notando la presencia a nivel físico. Una mayor sensibilidad hacia el cuerpo nos ayuda a desarrollar posturas más saludables y evitar lesiones, notar cuando el cuerpo necesita hidratarse, descansar o alimentarse, y así poder funcionar de forma efectiva sin desgastar la salud.

El tercer componente es la amabilidad, una actitud necesaria para suspender el juicio y aceptar la realidad de ese momento tal y como es, no como a mí me gustaría que fuera, sino como es en realidad. La práctica de Mindfulness es una cualidad del corazón, y ello requiere una actitud amorosa que acoge, abraza y acepta lo que está pasando. Cuando una situación está ocurriendo, la única opción inteligente es aceptarla. De la aceptación de la realidad surgen nuevas posibilidades que llevan al siguiente momento, aparecerán nuevas opciones o surgirá algo nuevo. Así fluye la vida cuando se está abierto a ella.
    La bondad se practica con la suspensión del juicio, que es un acto de amabilidad hacia las otras personas o hacia sí mismo. Gran parte de los problemas interpersonales están basados en juicios y suposiciones que tomamos como la única verdad posible; suspender el juicio permite abrirse a otras posibilidades, activa la empatía y facilita las relaciones.
    Suspender el juicio significa aceptar lo que está pasando sin querer encontrar una solución inmediata. Implica compensar el yo narrativo con el yo experiencia, superando ideas previas y entrando en contacto con la novedad, ver la realidad con profundidad, sobre todo cuando hay emociones intensas en juego.



La meditación en la práctica de Mindfulness se conoce como conciencia abierta o atención plena, donde se entrena la capacidad de reconocer pensamientos, emociones o sensaciones como algo que surge y desaparece sin activar reacciones emocionales. Los obstáculos son la mente crítica, las agitaciones y distracciones desagradables, el sueño o la falta de energía, la irritación y los deseos o fantasías.

Los tres ámbitos donde sería de gran ayuda aplicar los fundamentos del Mindfulness son: la educación, donde impera un modelo heredado de la Edad Media, que cada vez resulta más frustrante. Incluir la inteligencia emocional, aprovechar la curiosidad humana, respetar los talentos naturales y, sobre todo, facilitar que los niños desarrollen una mente sana y feliz. El sistema sobrevalora el conocimiento, cuando lo que hace falta en el mundo son personas con una mente sana, con ética y felicidad; la naturaleza, con la que nos relacionamos como si el ser humano fuera una especie distinta de las demás, que dispone de toda la naturaleza para su uso y disfrute. Si no integramos rápido la sostenibilidad en nuestras decisiones, nuestros hijos sufrirán por esta inconsciencia; la igualdad, el beneficio de uno no puede estar aislado del beneficio de otros. Es importante poner límite a la codicia y entender que la vida, la cultura, la salud y la felicidad son mucho más valiosas que variables económicos.
    Si tomamos conciencia de lo realmente precioso que es la vida y conectamos con las verdaderas necesidades del planeta, nuestras decisiones empezarán a ser más éticas.



Espero que la práctica del Mindfulness te permita experimentar momentos de simplicidad absoluta y sentir así esa felicidad que siempre está ahí, ese estado de confianza en la vida donde se siente que “todo irá bien”. El valor de la meditación Mindfulness se manifiesta en calmar la mente y hacerla excelente, desarrollando ecuanimidad, amor, compasión y alegría. A medida que una mente se vuelve excelente se va desprendiendo de la codicia o la aversión y entonces la felicidad surge gradualmente. Esto es vivir “Plena Mente”.

Si de verdad cultivamos este potencial de excelencia de la mente humana, podremos decir orgullosos que somos miembros de la especie Homo sapiens sapiens, los homínidos que llegaron a darse cuenta del valor de ser conscientes y así aprendieron a vivir con armonía, de forma beneficiosa para todos los seres.


Andrés Martín Asuero – Plenamente (Mindfulness o el arte de estar presente)



jueves, 6 de octubre de 2016

Felicidad es la ética de la compasión (Dalai Lama)




Hemos creado una sociedad en la que las personas cada vez tienen mayores dificultades para darse muestras de afecto. A pesar de que millones de personas viven en muy estrecha proximidad, parece que muchísimas de ellas no tienen a nadie con quien hablar. La moderna sociedad industrial parece una especie de inmensa máquina autopropulsada. En vez de tener a seres humanos al frente de esa máquina, cada individuo no pasa de ser un minúsculo e insignificante elemento, una pieza más de la máquina, sin otra opción que la de moverse cuando se mueve la máquina.

Y así, encontramos enfermedades relacionadas con el estrés. Existe un vínculo entre el énfasis desproporcionado que ponemos en el progreso externo y la infelicidad, la ansiedad y la falta de contento que se da en la sociedad moderna.
    Esta entrega al progreso material nos lleva a suponer que las claves de la felicidad son el bienestar material y, por otra parte, el poder que nos confiere el conocimiento. Y si bien para cualquiera que lo piense con un poco de madurez es evidente que el bienestar material no puede aportarnos por sí mismo la felicidad, tal vez no lo sea tanto que el conocimiento tampoco pueda dárnosla. Lejos de aportarnos felicidad, puede llevarnos a perder el contacto con la realidad más amplia de la experiencia humana y, en particular, con nuestra dependencia de los demás.

El reto ante el cual nos encontramos es el de encontrar un medio para disfrutar de la armonía y la tranquilidad como lo hacen las comunidades más tradicionales, al tiempo que nos beneficiamos plenamente del desarrollo material.
    Nuestros problemas –tanto los que experimentamos externamente, como las guerras, el crimen o la violencia, como los que experimentamos internamente, esto es, nuestros sufrimientos emocionales y psicológicos- no podrán resolverse hasta que abordemos nuestra dimensión interior. No cabe duda de que es necesaria una revolución, pero no será una revolución política, económica, ni siquiera técnica. Lo que yo propongo es una revolución espiritual.



Cuando abogo por una revolución espiritual no pretendo hacer un llamamiento a una revolución religiosa. Tampoco quiero hacer referencia a una manera de vivir que de algún modo sea propia del más allá y, menos aún, a algo mágico o misterioso. Más bien se trata de una invocación o un llamamiento a una radical reorientación que nos aleje de nuestras habituales preocupaciones por el propio yo. Se trata de un llamamiento para centrarnos más en la amplia comunidad de seres con los que mantenemos una estrecha relación, y en un comportamiento que reconozca los intereses de los demás junto con los nuestros. Si las personas optasen más por el amor y la compasión mutua, los problemas son susceptibles de una solución espiritual.

¿Qué relación existe entre la espiritualidad y la práctica ética? Es imposible que amemos y que seamos compasivos si al mismo tiempo no sabemos dominar nuestros impulsos y deseos más perjudiciales. Establecer principios éticos vinculantes es posible siempre y cuando tomemos como punto de partida la observación de que todos deseamos la felicidad y aspiramos a evitar el sufrimiento; todos tienen derecho a tratar de alcanzar esa meta.
    Como nuestros intereses están interrelacionados de manera inextricable, nos vemos impulsados a aceptar la ética como la superficie de contacto indispensable entre mi deseo de ser feliz y el deseo de ser felices que anima a los demás.

La característica principal de la felicidad genuina es la paz, la paz interior. Esta paz está hondamente arraigada en la preocupación por los demás, e implica un alto grado de sensibilidad y sentimiento. ¿Dónde hemos de hallar la paz interior? En nuestra actitud mental básica y las acciones que emprendamos en nuestra búsqueda de la felicidad. En primer lugar, como todos nuestros actos tienen una dimensión universal, una repercusión potencial sobre la felicidad de los demás, la ética es necesaria en cuanto medio para asegurarnos de que no les causemos perjuicios. En segundo lugar, la felicidad genuina consiste en esas cualidades espirituales como son el amor, la compasión, la paciencia, la tolerancia, el perdón, la humildad, etc. estas cualidades son las que proporcionan la felicidad a nosotros y a los demás.



¿Habrá algo más sublime que aquello que aporta paz y felicidad a todos? La mera capacidad que tenemos como seres humanos de cantar las alabanzas del amor y la compasión es sin duda nuestro don más preciado. A la inversa, ni siquiera el más escéptico podría suponer que la paz puede llegarle a resultas de un comportamiento agresivo y desconsiderado, esto es, contrario a la ética. El fundamento de la conducta ética consistente en no perjudicar a los demás es nuestra capacidad de empatía innata. Y a medida que transformemos esta capacidad en amor y compasión, nuestra práctica de la ética tiende a mejorar de forma natural. Esto es algo que nos acerca a la felicidad, tanto propia como ajena.

Por tanto, lo primero será cultivar un hábito de disciplina interior. Las emociones aflictivas son del todo inservibles. Cuanto más cedamos a su empuje, menos espacio tendremos para desarrollar nuestras cualidades positivas y menos capaces seremos de resolver nuestros problemas. De hecho, resulta totalmente contrario a la lógica buscar la felicidad si no hacemos nada para controlar la ira, el rencor y los pensamientos y emociones maliciosas.



A fin de transformarnos, de cambiar nuestros hábitos y disposiciones de modo que nuestros actos sean acordes con la compasión, es necesario que desarrollemos lo que podríamos denominar una “ética de la virtud”. Esta tarea de la transformación ética, que dura la vida entera, supone convertir en un hábito la preocupación por los demás y su bienestar, es lo que nos aporta mayor alegría y satisfacción. Después, siempre será posible dar otro paso adelante, como los interrogantes fundamentales de la existencia humana, como son el porqué estamos aquí, adónde vamos, el principio del universo, etc., pero es evidente que la generosidad de corazón y la integridad de nuestros actos nos conducen a una mayor paz espiritual.


La felicidad brota de diversas causas, todas ellas relacionadas con la virtud. Si verdaderamente deseamos ser felices, no hay otro proceder que no sea el de la virtud: ése es el método para alcanzar la felicidad. Y la base de la virtud, su fundamento, es la disciplina ética. Cuando llegamos más allá de los estrechos confines del interés propio, nuestros corazones de colman de fuerza. La paz y la alegría pasan a ser nuestros compañeros inseparables; rompen toda clase de barreras y a la postre destruyen la idea de que mis intereses son independientes de los intereses de los demás. Más importante aún, en lo que a la ética se refiere, allí donde viven el amor al prójimo, el afecto, la amabilidad y la compasión, descubrimos que la conducta ética es algo automático. Las acciones éticamente íntegras surgen con toda naturalidad en el contexto de la compasión.


Dalai Lama – El arte de vivir en el nuevo milenio

jueves, 29 de septiembre de 2016

La Inteligencia triunfará (José A. Marina)



Si existe una teoría científica de la inteligencia, debería haber otra igualmente científica de la estupidez. Creo, incluso, que enseñarla como asignatura troncal en todos los niveles educativos produciría enormes beneficios sociales. El primero de ellos vacunarnos contra la tontería, profilaxis de urgente necesidad, pues es un morbo del que todos podemos contagiarnos. Por cierto, un síntoma de estupidez es haber convertido la palabra “morbo” (enfermedad) en un elogio. Si la inteligencia es nuestra salvación, la estupidez es nuestra gran amenaza. Por ello merece ser investigada.

La historia de la estupidez abarcaría gran parte de la historia humana. El empecinamiento de nuestra especie en tropezar no dos sino doscientas veces en la misma piedra da mucho que pensar. Me parece que hay que hacer una inversión de toda la historia, porque es indecente. La glorificación de una raza, de una nación, de un partido, el afán de poder, la obnubilación colectiva, esa pedante seriedad, ese engolamiento feroz y ridículo, la cascada del horror, deberían contarse como un fracaso de la inteligencia.
    La inteligencia fracasa cuando es incapaz de ajustarse a la realidad, de solucionar los problemas afectivos, sociales o políticos; cuando se equivoca sistemáticamente, emprende metas disparatadas, o se empeña en usar medios ineficaces, cuando decide amargarse la vida; cuando se despeña por la crueldad o la violencia.



Necesitamos un Pasteur que descubra la vacuna contra esa rabia festejada, una pedagogía de la inteligencia que evite tales obcecaciones asesinas, o, al menos, que no las condecore. No es fácil, porque la estupidez se disfraza con muchos ropajes.
    Muchas veces es difícil distinguir entre la inteligencia dañada y la fracasada, porque ambas llegan a los mismos penosos resultados. No me gusta el fracaso, lo confieso. Creo que la inteligencia puede triunfar y sería deseable que lo hiciera. La principal función de la inteligencia es salir bien parados de la situación en que estemos. Una cosa es la capacidad intelectual y otra el uso que hacemos de esa capacidad. Una persona muy inteligente puede usar su inteligencia estúpidamente. Ésta es la esencia del fracaso, la gran paradoja de la inteligencia. La causa del fracaso de la inteligencia es la intervención de un módulo inadecuado, que ha adquirido una inmerecida preeminencia por un fallo de la inteligencia ejecutiva.
    La inteligencia fracasa cuando se equivoca en la elección del marco establecido. El marco de superior jerarquía para el individuo es su felicidad. Es un fracaso de la inteligencia aquello que le aparte o le impida conseguir la felicidad.

Sociedades estúpidas son aquellas en que las creencias vigentes, los modos de resolver conflictos, los sistemas de evaluación y los modos de vida, disminuyen las posibilidades de las inteligencias privadas. Debemos conceder a la inteligencia social la máxima jerarquía cuando proponga formas de vida que un sujeto ilustrado y virtuoso, en pleno uso público de su inteligencia, tras aprovechar críticamente la información disponible, considera buenas. Pero la complejidad social impide que una inteligencia aislada pueda manejar toda la información necesaria. Las experiencias personales, la variedad de las circunstancias, la comprobación práctica de la eficacia de las propuestas teóricas, son indispensables para una justa solución de los problemas.

Son inteligentes las sociedades justas, y estúpidas las injustas. Puesto que la inteligencia tiene como meta la felicidad –privada o pública–, todo fracaso de la inteligencia entraña desdicha. La desdicha privada es el dolor. La desdicha pública es el mal, es decir, la injusticia.
    Lo que nos dice la inteligencia comunitaria es que la justicia, que es su gran creación, exige un uso público de la inteligencia. La libertad de conciencia solo adquiere su legitimidad total cuando esa conciencia se compromete a buscar la verdad, a escuchar argumentos ajenos, atender a razones y rendirse valientemente a la evidencia, aunque vaya en su contra. Es decir, a saltar por encima de los muros de su privacidad. El uso público de la inteligencia se propone buscar el mundo de las evidencias universalizables que puedan compartir todos los seres humanos. En todo lo que afecta a las relaciones entre seres humanos, una verdad privada es de rango inferior a una verdad universal.



Debemos anhelar el triunfo de la inteligencia porque de ello depende nuestra felicidad privada y nuestra felicidad pública. En aquellos asuntos que nos afectan a todos, la inteligencia comunitaria es el último marco de evaluación. Abre el campo de juego donde podremos desplegar nuestra inteligencia personal. Colaborará a nuestro bienestar y a la ampliación de nuestras posibilidades. La justicia –la bondad inteligente y poco sensiblera– aparece inequívocamente como la gran creación de la inteligencia. La maldad es el definitivo fracaso.

El ser humano está hecho para el egoísmo y para el altruismo, para el juego y el rigor, para el placer y la grandeza, para la soledad y la compañía. Armonizar esos elementos contradictorios exige un gran alarde de la inteligencia. Sabiduría es la inteligencia habilitada para la felicidad privada y para la felicidad política, es decir, para la justicia.
    La inteligencia triunfante es pues la que inventa lo valioso en nuestra vida privada o pública. Es nuestra gran posibilidad, nuestra salvación. Los humanos alcanzan su areté (virtud) básica en la sabiduría, que es la inteligencia aplicada a la creación de una vida buena. Es un modo de ser expansivo, que integra la inteligencia del individuo y la inteligencia del ciudadano. Frente a la torpe, monótona, repetitiva historia de la estupidez –otra equivocación, otro desvarío, otra crueldad, otra batalla, otra obcecación, otra codicia– tenemos que contar la historia triunfal de la humanidad, es decir, de la inteligencia.
    Esto obliga a despojar de grandeza las acostumbradas narraciones históricas, cuyos argumentos están llenos de ferocidad y ensañamiento. Necesitamos abolir esa glorificación del fracaso, edificar una sensibilidad que reniegue de la estupidez ensalzada y de la torpe connivencia estética con la brutalidad.


La evolución biológica dejó al ser humano en la playa de la historia. Aún no sabemos si triunfará la sabiduría o la estupidez. La inteligencia es un caudal poderoso y, contra viento y marea, triunfará, a menos que la especie humana se degrade. Confío en una inteligencia resuelta, inventiva, cuidadosa, poética, ingeniosa, intensa y estimulante. Y espero que alguna vez podamos contar su éxito con palabras altas y grandes.


José Antonio Marina – La Inteligencia fracasada

jueves, 22 de septiembre de 2016

Ser Consciente, Curación Cuántica (Frank Kinslow)



La calidad de tu conciencia determina la calidad de tu vida. Sin conciencia no tienes nada. La conciencia no es tu mente. Si la mente fuese una bombilla, la conciencia será la electricidad que la ilumina. Una mente iluminada por la conciencia está en paz y está presente, tiene una plácida amabilidad que hace que los demás se sientan bien. Si consideras a la conciencia como tu “luz interior”, estarás más cerca de comprender su vital importancia.

La conciencia es como la luz del sol. Esclarece las emociones e ilumina la mente. Las mentes embotadas y las emociones turbias también reflejan mal la conciencia. La conciencia está en todas partes en todo momento, lo que ocurre es que no nos fijamos en ella. Normalmente andamos preocupados por cosas, personas y pensamientos que ocupan nuestras vidas cotidianas. Somos conscientes de todos ello, pero ¿lo somos de la conciencia? No mucho.
     La conciencia pura no puede captarse con el ojo de la mente. No es un objeto, una idea o una emoción. No es algo físico, así que no puedes hacerte con ella. No obstante, una vez que has experimentado la conciencia pura de manera directa o, en realidad, no-experimentado, todo esto tendrá un perfecto y hermoso sentido.
No es necesario comprender nada acerca de la conciencia para que ella obre maravillas en tu vida.

La conciencia pura es una e informe. Eso significa que carece de límites que nuestras mentes pudieran identificar, ni llegarás a poder controlarla ni a manipularla. No existe como una cosa, y en lo que respecta a tu mente, ésta considera que no existe. Pero sí existe. Así que esa es la tarea a la que nos enfrentamos. Debemos encontrar algo que carece de forma y sustancia. Luego debemos llegar a conocer esa “no-cosa” de una manera más íntima de lo que conocemos nuestras propias mentes. Finalmente, hemos de utilizar esta “no-fuerza” para curarnos a nosotros mismos y curar a otros.



Este conocimiento es secreto porque vivimos en nuestras mentes, inconscientes de la conciencia. A pesar de que la experiencia de toda una vida nos dice lo contrario, creemos a nuestra mente cuando nos dice que la alegría, la paz y el alma infinitas proceden de las cosas, y que una “no-cosa”, una nada, carece de valor. Pero sin embargo la tiene.
     Este tipo de nada dura para siempre. Todo el resto, es decir, toda la creación, cambia y acaba dejando de existir. El cambio es la única constante en la esfera de lo creado. La conciencia pura nunca cambia, nunca muere. Es el terreno del amor eterno y la paz infinita. Todo lo que tiene forma procede de la informe conciencia pura.

En nuestra jerarquía energía-orden, cuanto más tangible es el orden de un objeto, menos energía expresa. Cuanto más sutil es el nivel de creación, mayor energía contiene. La forma creada más básica es la onda y, justo después de la conciencia pura, hallamos el campo de punto cero o estado cuántico. A este nivel básico de la creación se lo denomina fuerza vital, y es lo que insufla vida a la existencia orgánica.

¿Alguna ves se te han acabado los pensamientos? Me parece a mí que no. Si los pensamientos son energía y resulta que nunca se agotan, tiene sentido pensar que el origen del pensamiento es una fuente de energía inextinguible. De ello también se desprende que aprovechar de manera directa esa fuente de pensamiento nos beneficiaría enormemente. Todo ello indica que desvelar la fuente del pensamiento puede tener una influencia curativa positiva definida y apabullante sobre las dolencias físicas, las relaciones personales, los éxitos económicos, el buen estado emocional y, sí, incluso la vida amorosa. Todos los aspectos de nuestras vidas quedan maravillosamente transformados con el simple hecho de hacernos conscientes de dónde procede todo. Es decir, nuestra siempre presente compañera la conciencia pura.



Aquí es necesario comprender un aspecto vital: la conciencia pura es la fuente de energía, pero no es energía. Tiene el potencial de crear, pero todavía no lo ha hecho. Podría decirse que la conciencia pura es la perfección a la espera de expresarse.

Cada pensamiento de reciente creación es un punto de energía chispeante en el umbral de la conciencia pura. Una vez que nace, el pensamiento corta el cordón umbilical que lo une con la madre conciencia y empieza a expandirse. El ego nace en el preciso instante en que el pensamiento se separa de la totalidad. Al expandirse, el pensamiento se va debilitando cuanto más se aleja de su origen. Finalmente, estallará como una burbuja en la superficie de la mente. Es en ese momento cuando actuamos siguiendo nuestros pensamientos conscientes. Cuanto más se aleja el pensamiento de la conciencia pura más posibilidades tiene de ser disonante. Si somos capaces de ampliar nuestra conciencia de manera que podamos acercar el pensamiento a su origen, disminuiremos la posibilidad de disonancia.
     Cuanto más cerca de la conciencia pura contactemos un pensamiento, más energía y orden tendrá. Contactar un pensamiento en su concepción es realizar la perfección, libre de influencias disonantes.

La clave es detener los pensamientos, permanecer atentos al intervalo, al espacio entre pensamientos. Ese intervalo es conciencia pura. Puede ser fugaz, pero no por eso deja de aparecer. Pon atención al intervalo, cuando aparezca. Búscalo cuando no lo haga, te darás cuenta de que tus pensamientos están más sosegados y tu cuerpo más relajado.
     ¿Por qué ser consciente de la conciencia pura implica una diferencia tan grande en el modo en que sentimos y nos comportamos? Al ser consciente, eres capaz de contactar tus pensamientos a niveles más refinados y sutiles. Cada nivel ofrece más orden y energía. El intervalo que percibiste entre los pensamientos fue la experiencia de la no-experiencia. Esa no-experiencia era conciencia pura, un espacio lleno de calma.



¿Quién observa el intervalo? No hay pensamientos, ni emociones, ni movimiento de ningún tipo… Pero tú sigues ahí, estabas justo esperando que volviese a aparecer el pensamiento. ¿Quién es el que percibe? ¿Quién es ese tú? ¿Quién observa cuando la mente desaparece? Para observar debes estar presente, ¿no es así? Por tanto, cuando la mente se apaga no eres consciente de nada. En ese momento no hay nada sino conciencia pura. Y ahora acabas de resolver el misterio de quién eres. ¡Eres conciencia! Tu percepción directa ha revelado que tu ser interior es conciencia. Así es: antes de que naciese el “yo”, estaba el ser solitario, conciencia pura. Ha permanecido inmutable a lo largo de todas las fases de tu vida. Cuando llegas a apreciar tu ser interior como conciencia inmutable, ilimitada y eterna, eres consciente de que estás más allá de todas las cosas y pensamientos que son tu “yo”, existes eternamente como conciencia. Descubrir que eres conciencia pura es el primer paso para vivir una vida plena y llena de abundancia.

Al proceso de sanación a partir de la conciencia pura para aprovechar directamente la fuente de la creación, lo denomino Curación Cuántica. La conciencia pura es el origen de la energía y el orden, y cuando utilizas la Curación Cuántica estás recurriendo a la más pura y potente que existe. Cuando empleas la Conciencia Cuántica, no serás tú quien realiza la curación, sino la conciencia pura.


La Curación Cuántica nos despierta a nuestra conciencia interior. la conciencia pura es un potente regenerador de todo lo que se estropea. La salud es orden. Cuanto más orden reflejamos, más sanos estamos. El proceso de Curación Cuántica no es una técnica curativa, es el proceso de ser consciente de la conciencia pura. De hecho, la curación es un efecto secundario de ser consciente.


Frank Kinslow – La Curación Cuántica

miércoles, 14 de septiembre de 2016

La Reencarnación: una interpretación errónea de los textos orientales (Alan Watts)



La idea de la liberación no se refiere al maya del mundo físico, sino al de las instituciones sociales. No es más que una hipótesis que permite captar el sentido del Budismo y el Vedanta, el Yoga y el Taoísmo mejor que cualquier otra interpretación. El nirvana sería una visión transformada del mundo físico, una percepción del mundo en su plena relatividad. Si, entonces, el maya o irrealidad no reside en el mundo físico sino en los conceptos o formas mentales por las cuales se le describe, es claro que el maya se refiere a las instituciones sociales y a las formas en que modifican nuestra percepción del mundo.

La Divinidad juega a ser finita, el Uno disimula ser muchos, solo que durante el proceso, mientras hace el papel de cada individuo, el Uno se ha olvidado de sí mismo, por así decirlo, incurriendo en la inconsciencia o ignorancia. Mientras dure esta ignorancia, la forma individualizada de la Divinidad, el alma renacerá constantemente sobre el mundo, elevando o degradando su suerte y condición de acuerdo a sus acciones y sus consecuencias. Hay varios niveles, por encima y por debajo del humano, que el alma individual puede atravesar en el transcurso de su reencarnación durante periodos de tiempo fascinantemente largos, rozando las más altas variedades de placer y los abismos más hondos de dolor, girando una y otra vez en la rueda del samsara durante miles y millones de años.

Todas las formas de liberación han ofrecido una salida del infinito ciclo de las reencarnaciones: el Vedanta y el Yoga a través del verdadero Yo, y el Budismo por medio de la comprensión de que la vida no le está ocurriendo a ningún sujeto, de modo que no hay nadie que pueda reencarnarse. Coinciden en que el alma individual con sus reencarnaciones sucesivas de una vida a otra, e incluso de momento a momento, es maya, una ilusión traviesa.



La gran mayoría de los hindúes y budistas asiáticos conserva la creencia de que la reencarnación es un hecho, y los occidentales que adoptan el Vedanta o el Budismo abrazan también, en general, la creencia en la reencarnación. Los budistas occidentales afirman, incluso, que esta creencia les consuela, en abierta contradicción con su objetivo declarado: obtener la libertad de los renacimientos. Sin embargo, es lógico conservar la creencia en la reencarnación si uno cree, también, que maya es el mundo físico, y no las ideas sobre el mundo físico. Esto es lo mismo que decir que uno sigue creyendo en esta cosmología hindú hasta que comprende que no es más que una institución social. A mi juicio, los budistas y vedantistas que comprenden profundamente sus propias doctrinas, que de hecho están liberados, no creen en la reencarnación en sentido literal. Esta liberación fue, y sigue siendo, una retirada fuera del alcance de las instituciones sociales, y no una liberación del hecho de estar vivo.

El Budismo Mahayana incorporó un refinamiento lógico y final: el Bodhisattva que regresa a la sociedad acepta sus convenciones, pero sin “apego”, jugando al juego social, pero sin tomárselo en serio.
     Si esta tesis es correcta, ¿por qué no fue expresada con claridad, por qué se ha permitido que la mayoría de los budistas y vedantistas siguiera creyendo literalmente en la cosmología reencarnacionista? Hay dos razones. Primero, liberación no es revolución. No es salir del propio camino para perturbar el orden social, arrojando dudas sobre las ideas convencionales que unen a la gente. Además, la sociedad se siente insegura, y por lo tanto hostiliza a quienes desafían sus convenciones. Segundo, la propia técnica de la liberación requiere que el individuo descubra la verdad por sí mismo, se le ha de exigir que experimente, que actúe de forma coherente de cara a los conceptos que da por ciertos, hasta encontrarse con que no lo son.

Las formas orientales de liberación parecen culminar en un mismo estado de modalidad de conciencia, caracterizada por la superación de la dualidad del ego y el mundo. Llámesela “conciencia cósmica” o “experiencia mística”, a mí me parece una comprensión sensorial del mundo físico como campo. Pero, a causa de la condición divisoria del lenguaje, este sentimiento puede sugerir intentos descriptivos contrapuestos. El Budismo subraya la irrealidad del ego, mientras que el Vedanta enfatiza la unidad del campo. De ahí que, al descubrir la liberación, el primero parezca afirmar simplemente que el punto de vista egocéntrico se evapora, mientras que el segundo sostiene que descubrimos que nuestro verdadero yo es el Yo del universo.



Sin embargo, hay buenos motivos para creer que algunos maestros de las formas de liberación saben perfectamente bien lo que están haciendo, que tienen plena conciencia de su piadosa triquiñuela, así como del hecho de que la liberación obtenida no proviene de la reencarnación física sino de un pensar y sentir en medio de la confusión.
    ¿En Asia se considera, realmente, que la liberación se refiere a las condiciones sociales, más bien que a las físicas o metafísicas? Mis propias conversaciones con los maestros de Budismo Zen sobre este asunto no me han dejado la menor duda. No he hallado uno solo que creyera en la reencarnación como hecho físico, y menos aún que se atribuyera algún tipo de poderes literalmente milagrosos sobre el mundo físico. A todas estas cuestiones se las entiende simbólicamente.
    ¿Y qué decir de los misteriosos “maestros del Tibet” a quienes tanto se ha atribuido en materia de conocimientos ocultos sobre los mundos supra-físicos? Son contados los occidentales que practicaron realmente sus disciplinas sobre el terreno. Una excepción es Alexandra David-Neel, que afirma que la reencarnación no debe ser entendida literalmente, como corporizaciones consecutivas de un ego individual, ni siquiera como “cadena de karma” individual, o configuración de conducta casualmente conectada. La multitud de vidas del individuo solo refleja la multiplicidad de sus vínculos físicos y sociales. “Se espera que el estudiante logre comprender que el incesante trabajo de su mente y la actividad física efectuada por el cuerpo, nada de todo eso es de él, ni es él. Él, física y mentalmente es la multitud de los otros. Esta “multitud de los otros” incluye los elementos materiales que él adeuda a su herencia, a su atavismo, y luego los que ha ingerido, ha inhalado antes de su nacimiento… En el plano mental, esta “multitud de los otros” incluye muchos seres que le son contemporáneos: gente que está ligada a él, personas con las que conversa, cuyas acciones mira. De aquí la sostenida acción inhibitoria que sufre el individuo mientras absorbe parte de las diversas energías que emiten aquellos con los que está en contacto; estas energías desarticuladas, instalándose en lo que él considera su “yo”, forman allí un hormigueante tropel. Esto incluye, en realidad, un considerable número de seres pertenecientes a lo que llamamos el Pasado…”.



La interpretación simbólica (y no física) de la reencarnación, es un elemento crucial para tomar conciencia de que maya pertenece a la esfera social de la descripción y el pensamiento, y no a la esfera más vasta de las relaciones físicas y naturales. en la doctrina original de Buda, toda especulación metafísica, así como todo interés en controles milagrosos sobre el mundo físico, eran tenidos no solo por banalidades, sino también por estorbos concretos de la liberación. Habría que agregar, también, que la teoría de la reencarnación física no existe en el Taoísmo, y que, de acuerdo a A.K.Coomaraswamy, la interpretación adecuada del Vedanta es que “el único y singular transmigrante” es el Supremo Yo, el Atman-Brahman; nunca, pues, un alma individual.


Estos enfoques disolvieron la totalidad de la cosmología reencarnacionista de la antigua India, reduciéndola, ora a mito, ora a simple posibilidad que no debe preocuparnos. La pesadilla de que un mismo individuo soportara repetidamente la miseria, la enfermedad y la muerte por periodos infinitamente largos de tiempo, o un cautiverio de siglos en las cámaras de tortura de los demonios, llego a su fin con la comprensión de que no hay nadie para sufrir todo esto.


Alan Watts – Psicoterapia del Este, Psicoterapia del Oeste