jueves, 19 de enero de 2017

¿Quién soy yo? (David le Breton)




A veces, nuestra existencia nos pesa. Nos gustaría liberarnos, aunque solo fuera por un instante de las necesidades que esta conlleva. Darnos en cierto modo unas vacaciones de nosotros mismos para recobrar el aliento, para descansar.
    El placer de vivir no es fácil de encontrar. Muchos de nuestros contemporáneos aspiran a aliviar un poco la presión sobre sus espaldas, a suspender el esfuerzo necesario para continuar siendo ellos mismos al hilo del tiempo y de las circunstancias, siempre a la altura de las propias exigencias y de las de los demás.

En una sociedad en la que se imponen la flexibilidad, la urgencia, la velocidad, la competitividad, la eficacia, etc., el ser uno mismo no se produce de forma natural, ya no es suficiente con nacer o crecer, ahora es necesario estar constantemente en construcción, permanecer movilizado, dar un sentido a la vida, fundamentar las acciones sobre unos valores. La tarea de ser un individuo es ardua, sobre todo cuando se trata de convertirse en uno mismo. Y se encuentra solo en esta búsqueda. Mantener su lugar en el seno del vínculo social implica una tensión, un esfuerzo.

La velocidad, la fluidez de los acontecimientos, la precariedad del empleo, los múltiples cambios impiden la creación de relaciones privilegiadas con los otros y aíslan al individuo. El individuo hipermoderno está desconectado. El vínculo al otro ha dejado de ser una obligación para convertirse en algo opcional. Cotidianamente, la mayoría de las relaciones no exigen compromiso: la televisión, internet, los chats y los foros, el teléfono móvil son formas de estar sin estar y de liberarse de una relación con solo apagar la pantalla. Las tecnologías, aun estando en el corazón de la vida urbana, son en realidad medios de “apagar la calle” o para poner momentáneamente entre paréntesis la presencia del otro, incluso mientras se mantiene con él una conversación cara a cara. El individuo contemporáneo más que vinculado está conectado, se comunica cada vez más pero se encuentra con los otros cada vez menos, y de hecho prefiere las relaciones superficiales que comienzan y terminan según su voluntad.



Llamaré “blancura” a un estado de ausencia de sí más o menos pronunciado, a un cierto despedirse del propio yo, provocado por la dificultad de ser uno mismo; el yo desaparece. Mantiene su existencia como una página en blanco para no perderse o correr el riesgo de implicarse, de ser afectado por el mundo. Yace en la indiferencia de las cosas, el mundo le ha dejado de preocupar. Permanece en el limbo, ni en la vida ni en el vínculo social, ni del todo dentro ni del todo fuera.
    La blancura alcanza al hombre o la mujer cuando llegan al límite de sus recursos para continuar asumiendo su personaje. Viven entonces un momento paradójico para recrearse, hacer el vacío, despojarse de lo que se les ha hecho demasiado pesado. La blancura es un entumecimiento, un dejar estar que nace de la dificultad para transformar las cosas. La retirada del vínculo social y la indiferencia responden a una voluntad de ponerse fuera de juego, de liberarse de las pasiones comunes. El mundo se le hace extraño. Quiere dejar de ser alguien, despojándose de su existencia. Sigue allí, pero sin estar. Se ha despedido de su antigua personalidad, volviéndose deliberadamente irreconocible.

La blancura es esta voluntad de ralentizar o detener el flujo del pensamiento, una disminución de la energía que conduce a vivir al ralentí, en una suerte de postura zen de desapego absoluto. Ante los movimientos de un mundo que ya no es capaz de seguir, reivindica un derecho, la abstención, al silencio, a la supresión, al retiro. Se convierte en un ermitaño entre la multitud. Permanece en el circuito, pero ya no participa en él. Siente que ya no tiene nada más que ofrecer.
    En ciertos casos, la desaparición no es un excentricidad ni una patología, sino una expresión radical de libertad: la del derecho a colaborar manteniéndose a distancia. La blancura es también una virtualidad infinita, una fuente de renovación. No es la nada, el vacío, sino otra modalidad de existencia, que se teje en la discreción, la lentitud, la humildad. Esta blancura no es un estado duradero, sino un refugio más o menos prolongado, una suerte de esclusa de aire para poder respirar. Es quizá una fuerza, una energía a la espera de su inminente aplicación.




El individuo está siempre en proceso. El sentimiento de ser uno mismo, único, sólido, con los pies en la tierra, es una ficción personal que los demás deben sostener con más o menos buena voluntad. El individuo no cesa de renacer nunca. Las condiciones de vida lo cambian al mismo tiempo que él influye en ellas. Cambia para seguir siendo el mismo. La identidad no es solo lo idéntico, sino que es el paso, el transcurso. Jamás el individuo tiene acceso a una totalidad interior. Solamente conoce una delgada capa de consciencia que no ilumina más que una parte de lo que es. El individuo nunca llega a ser el autor de su existencia, no solo porque necesita insertarse en el seno del vínculo social, sino también porque él no conoce más que una parte de lo que es y de lo que hace.

No se trata solamente de ser sí mismo, sino de asumir las facetas exigidas por los distintos papeles que se suceden en la vida cotidiana. Nadie tiene un camino hecho de antemano. Todo individuo es un guardarropa lleno de personajes que se le pegan a la piel; no accede nunca la conjunto de sus personajes: no posee más que una vida, y no las infinitas vidas que habría podido vivir. La continuidad de sí no es finalmente otra cosa que una creencia necesaria para poder vivir. “Ser uno mismo”, a pesar de su resonancia familiar, nos es más que un sentimiento, un esfuerzo consciente.
    La narración de sí es un intento de reconstruir una unidad de su propia existencia, en una búsqueda de sentido y de coherencia. La identidad que el propio individuo se construye y se reconstruye a través de su narración es una ficción, pero se trata del único medio para acercarse a sí mismo. Para existir se ha impuesto la creencia de que es necesario poseer una consciencia, un Yo, una identidad, aunque sea complicado responder a la pregunta del “¿Quién soy yo?”.




El problema de la identidad se suprime en la vida ordinaria cuando las cosas fluyen con naturalidad y el entorno no para de confirmar que el individuo es realmente quien dice ser. El sentimiento de continuidad de sí en distintos roles y circunstancias no significa en ese caso ninguna dificultad. La identidad no es un problema hasta que deja de resultar evidente por sí misma; la ruptura puede venir, por ejemplo, de un acontecimiento social dramático. El individuo se ve obligado a redefinirse. El mantenimiento de la identidad no es ya algo natural, sino el objeto de una lucha interior.

Quizá algunas personas puedan decir al final de su vida que un fino hilo la recorrió de principio a fin, una especie de fidelidad así mismas, una coherencia, pero la mayoría conocerán en el transcurso de ella rupturas improbables, terminarán siendo irreconocibles para sí mismo y para los demás, y más bien lo que podrán decir es que a lo largo de la vida les han tocado varias vidas distintas. Toda existencia, hasta la más tranquila, contiene desde su inicio un número infinito de posibilidades que se actualizan a cada instante.


Algunas actividades brindan la posibilidad de descargarse de la erosión que ser uno mismo puede haber provocado, ofreciendo un tiempo de reposo, de sosiego, de vacío de sí. La escritura, la lectura, la creación de manera general, el caminar, el viaje, la meditación, etc., son algunos de los refugios de contornos menos afilados. Son lugares en los que nadie tiene ninguna cuenta que rendir, en los que se accede a una suspensión feliz y gozosa de sí, desvíos que llevan a uno mismo. Medios deliberados de reencontrar la vitalidad, la interioridad, las ganas de vivir.


David le Breton – Desaparecer de sí. Una tentación contemporánea

miércoles, 18 de enero de 2017

Espejos. Silencio Bar Sirena (Joaquín Romero Murube)




Espejos

El espejo es una de las pocas cosas que da todo lo que se le pide.

Hay espejos que sufren una verde, azulina, nostalgia del mar.

Los espejos no tienen más que un enemigo poderoso: el sol. ¡Qué lucha de rayos y fuego.

Es espejo es el hijo predilecto de la luz.

La profundidad en los espejos es la cuarta dimensión.

El genio es el hombre que llega a mirarse en el espejo del cielo.

Basta un espejo para desbaratar el mundo.

Los espejos son aficionados al espiritismo.

El cine es la vida que todos anhelamos fundida en un espejo.

Hay entre nuestras amistades una mujer deliciosa, desaparecida en sesgo, para siempre, por un espejo.

Los campesinos tienen miedo a la violenta desnudez de los espejos y los cubren con un traje de gasa rosa o celeste.

El hombre no sabe disimular el vicio femenino del espejo.

Los espejos tienen una intimidad cristalina de abuelas y antepasados inocentes.

Quien en su casa no tiene más familia que los habitantes de los espejos, vive muerto antes de morirse de verdad.

Los más bellos ensayos de suicidios se verifican en la guillotina del marco de los espejos.

Súbitamente se abren en el fondo de los espejos las más terribles interrogaciones.

Los cristales son espejos sin almas.

Existe el mártir de los espejos: Narciso.

En el río están los espejos atacados de prisa. El mar es el manicomio de los espejos. La luna, el camposanto de las lunas rotas y muertas de los espejos.

El espejo es el mayor enemigo de la soledad.

La única tristeza de los espejos es no tener voz.

Hay muertes ocasionadas por el veneno de los espejos: la de Venecia, entre otras.

Los espejos sitúan matemáticamente. Por eso la estética moderna puede ser definida como la estética del espejo.

La mujer que se vio en el primer espejo del mundo quedó privada de razón.

El Anticristo entrará en el mundo por la puerta del espejo.

El espejo es un encanto.

Un espejo sin luz produce la misma sensación que una mujer desnuda en la oscuridad.

Los espejos guardan el cadáver del aire.





Silencio Bar Sirena

El ocio me hace naufragar nuevamente, con la hora, el sol, la fiesta y la ausencia de tantas amistades y alegría, en este gran mar del espejo vecino, mar de la marinería de los licores, trasfondo y paisaje ultramarino adecuado a los aguardientes, a los cacaos, a los cócteles de química difícil. Naufrago en este mar seducido por la caricia del espejo desnudo, atraído, imantado por su serenidad absoluta de agua muerta o dormida que complementa, hasta el éxtasis, mi ocio, mi reposo, mi voluptuosa quietud. Yo, dios en este instante de la difícil soledad del bar, sobre la tierra, y, a un tiempo, en la superficie fiel, exacta y enemiga del espejo vecino, me ahogo, sumergiéndome poco a poco, con lentitud majestuosa, en la hondura del agua imaginaria, lecho de cristales de plumas, cárcel infinita del aire y de la luz. ¡Qué placer en la tarde de este domingo, atravesada en la semana como un folleto molesto entre nuestros libros buenos, sumergirse, hundirse, nadar, subir, bajar, flotar, jugar –tan inmóviles– sobre el agua del espejo, en el mar de la licorería rara, bogando hacia la isla de los whiskys con el motor de un sueño viajero! Es este uno de esos espejos nostálgicos que enjaulan al aire limpio, que biselan y rompen con su friso de agua verde o azul la simetría perpendicular y hostil de las paredes y los techos, y que en los fondos, hondos, guardan –doblados, torcidos como suicidas al comenzar la suerte del balcón a la calle; sobre el aire, o mejor, fuera del aire, del espacio normal– guardan, digo, estos espejos entre sus elásticas paredes a todos los paseantes del bar, trasegantes buscadores del ajenjo, los magnetizados por la copa verde, áurea o negra del licor de las madrugadas, los hombres buenos, santos, patriotas, del “mitad y mitad”, bocadillos de jamón, limonada, pastel, o –mejor gente todavía– seltz y visual a la adolescente cajera enjaulada. Todo, el gesto, y el trago, la mirada y la palabra, el cuerpo y la sombra, la voz y el eco, la rosa y el deseo, el humo, el silencio y hasta el ángulo de los huidizos pensamientos, todo queda hundido en el fondo del espejo del bar, ahogado en sus inclinadas aguas muertas, aguas verdeantes, aguas relucientes, aguas plateadas por el cuajo de tantas calmas y serenidades. Por este mar fingido de la pared del bar arriban los grandes navíos que llenan de humo y tropicales esencias los ámbitos poblados de presurosas gentes; por este gran espejo comienzan el desnivel y el desorden arquitectónico en las mareas de las altas borracheras de todos los Santiagos de todos los meses; por él huye ese hombre negro –luto en silencio– que desaparece sin que nadie lo haya visto salir por las puertas, y en sus aguas, por fin, se suicida también el adolescente que llega al final de una espesa noche de mayo, trémulo, sombra del horror, con los ojos encendidos en amores contrarios, horribles, porque el mundo se le ha abierto de pronto en el fondo de un misterio repugnante, y bebe el aguardiente más fuerte, el aguardiente de los grados infinitos que insensibilizan hasta el vértigo de los ojos, y lo arroja a uno al mar del espejo o a cualquier otro mar: indiferente.





…-¿Un rumor? ¿Agua? ¿Luz?... ¡Cuidado, cuidado! Abramos bien los ojos… ¡Sí, sí, en el mar, por la orilla, por la orilla del mar!... ¡Quietos! Sí, una sirena… una sirena… ¡¡Quietos!! Ha nacido, como la aurora., del silencio y la sombra… Una sirena, una sirena auténtica. Ha aparecido por el ángulo norte del espejo, digo del mar, por donde debe caer justamente el meridiano de Los Ángeles, de Hollywood… ¡Una sirena, sí, una sirena!... Ahora se sienta al borde las aguas. Se parece, claro, a todas sus otras hermanas, sirenas de la sombra: verdes los ojos y justa, fina la nariz sobre los labios frescos, frutales, llenos., y el cabello gris, áureo, rubio, revuelto, movido, arremolinado por la brisa marinera del anclado bar… ¡Qué alegría! El domingo me ha traído como regalo encerrado en la más difícil de sus horas, una sirena… ¿Habrá sobre el haz de la tierra persona alguna con mayor felicidad que la mía? ¡Una sirena de pintados labios y de ojos…! ¿cómo son los ojos?... ¡Qué felicidad! Yo oiré su canto pérfido y acabaré de morir, consciente –hombre moderno– de mi bello engaño, hecho mi cuerpo sombra apasionada de su huida. ¿Por dónde al mar de la sirenita? Ahora bebe una copa de pipermint… Ahora me mira: siento sus ojos clavados en mí –¡qué deliciosa muerte! – y tengo que correr los míos por el horizonte marino del espejo, en huida confusa, para no ahogarme prematuramente de miedos e impaciencias… ¿Por dónde a ella? ¿Por dónde a sus palabras, a sus ojos, a sus labios?.. Pero… ¿y la sirenita? ¿Dónde está ahora la sirena? ¿Ni sombra ya de su estancia? ¿Mar fingido, mar solitario otra vez? ¿Soledad?... ¡Soledad, sí, soledad llena de femenina ausencia!

(Se ha tornado todo el placer de las aguas en veneno, borrasca de la tarde. Hay que huir lejos., pronto, de estas playas, testigos de mi felicidad y de mi engaño. Hay que huir para sanar de la herida de la sirenita. Huir, huir, huir…)


Y luego, mientras el tranvía en su huida ciega y torpe me enseña, a través de los cristales de su japonesa arquitectura, la ciudad despoblada, tierna y amarilla de la tarde del domingo, doy gracias a mi señor don Apolo, director del trust de las liras azules, por haberme hecho poeta desde esta tarde, poeta verdadero, poeta terriblemente auténtico que ha gozado la presencia de una sirenita en el fondo marino –¡ay qué lejanía! – del espejo de un bar americano.


Joaquín Romero Murube – Sombra apasionada

miércoles, 11 de enero de 2017

Reencuentros


Hurgando casualmente en un cajón encontré una vieja y raída carterita en la que, revueltas en una mezcolanza de carnets, certificados, tickets de metro y autobús, servilletas de papel con nombres y números de teléfono ya ignorados, listas de compra, tarjetas de visita, una hojita de mini-golf, calendarios y alguna poesía  conocida escrita en cuartilla…, encuentro estas cortas reflexiones que reproduzco a continuación y que tenía completamente en el olvido. Debí realizarlas entre 1980 y 1981, lo deduzco por su oscuro y enigmático lenguaje; algo posterior será el poemilla a la primavera, algo más claro y esperanzador. Aún hoy me estremezco un poco al releerlas, como si hubiera sido otro su autor, suplantándome.






Diagnosis

No tener nada que envidiar.

Por eso mismo,

por no tener nada.

Solo yo y mi vida




Sin las mínimas precauciones me pongo a investigar la clave sincera de mi estancación, ambiguamente irascible, distorsionada. Mas no sé qué otras almas de entre mi ajuar podría utilizar para confeccionar el fetiche elegido para el deambulamiento callejero.
   Y es el encierro voluntario el que provee con más intensidad de visiones reales. Para aumentar la discordia, comparto la grisácea vida mundana, sumido ampliamente en mi relatividad y logicismo con los que abatallo las decenas de rayos que eructan los cuerpos por emanaciones intensas de sentimentalismo de presos y roñosos seres.





Al ultimar mis teorías sobre sentimientos escapatorias del sistema, me he sentido ya vivaz y danzante, en el estricto confín de mi satisfactorio silencio. Los resultados no son, por ahora, tan felices como esperaba, ya que mis formas de contacto persiguen la dicha en su inestabilidad, y no penetro en la especie de sumario particular de cada conocido con firme propósito, y no más lejos del ridículo renazco solo por mí, aunque espero obtener mejores victorias en cuanto inicie la decrépita cruzada contra casi todo.
    Más cerca todavía que esa  absurda anticipación se encuentra la mera posibilidad de escape vista en su obtención completa. Y antes de eso, la intención controlada, totalmente voluntaria, como antecesora de cualquier suceso auténtico, firme, sensato e interrogativamente positivo…







Por esa loma de la montaña verde y ocre,
por esas hojas del naranjo y el almendro,
por la cara alegre de la naturaleza entera,
por ahí se ve venir nuestra amiga eterna,
de siempre con su frescura; ¿vienes ya, primavera?

No te retrases, porque caería en nosotros la pena.
No vengas vacilante y temerosa, que cantaremos
y viviremos contigo, para llenarnos de vida.
Te regalaremos nuestras almas felices y dichosas.
Te necesitamos como el amante a su amor.

No te retrases, primavera, porque todo será noche.
Llama a nuestro corazón sin olvidar sus penas

y perfúmalo con tu amoroso mensaje.


miércoles, 28 de diciembre de 2016

Morimos y renacemos a cada instante; no hay reencarnación (Coomaraswamy)



El “gran dicho” de los Upanishads es “Eso eres tú”. “Eso” es aquí, por supuesto, el Atman o Espíritu, la esencia espiritual, indivisa bien sea transcendente o bien sea inmanente, el motor inmutable. Se presta a todas las modalidades del ser pero él mismo jamás deviene un alguien o un algo. “Eso”, en otras palabras, es el Brahman, o Dios en el sentido general del Logos o del Ser, considerado como la fuente universal de todo ser, fuente de todas las cosas. Todas las cuales están “en” él como lo finito en lo infinito. Aunque no como una parte de él, puesto que lo infinito no tiene partes.

Este Atman, en tanto que eso que sopla e ilumina, es primordialmente el Espíritu, a causa de que él es este Eros divino que es la esencia vivificante de todas las cosas y así su ser real. Se usa también para significar “sí mismo”, bien “uno mismo” en todos los sentidos, o bien con referencia al Sí mismo o Persona espiritual, y debe ser distinguido del “yo” afectado y contingente que es un compuesto del cuerpo y de todo lo que nosotros entendemos por “alma” cuando hablamos de una psicología.



Cada una de estas aparentes definiciones del Espíritu representa la actualidad en el tiempo de una de sus indefinidamente numerosas posibilidades de manifestación formal. La existencia comienza con el nacimiento y acaba con la muerte, jamás puede repetirse. Nada sobrevive excepto un legado; el hombre ha devenido una memoria. Todo el problema del fin último del hombre, la liberación, la beatitud o la deificación es, por consiguiente, un problema de encontrarse a “uno mismo” no ya en “este hombre” sino en el Hombre Universal, que es independiente de todos los órdenes del tiempo y que no tiene ni comienzo ni fin.

Cualquier ser nacido es por completo literalmente una criatura de las circunstancias, un autómata; no se da cuenta de que él es lo que es y hace todo lo que él hace, a causa de que otros antes que él han sido lo que fueron, y han hecho lo que hicieron, y todo esto sin ningún comienzo concebible, un eslabón en una cadena causal de la que no podemos imaginar ni un comienzo ni un fin. 
    A su muerte, el ser compuesto se deshace en el cosmos; no hay nada que pueda sobrevivir como una consciencia de ser. Los elementos de la entidad psicofísica se desintegran y pasan a otros como un legado. Es un proceso que ha estado teniendo lugar a lo largo de la vida, un proceso descrito en la tradición india como el “renacimiento del padre en y como el hijo” vive en sus descendientes directos e indirectos. Esta es la supuesta doctrina india de la “reencarnación”; es la misma que la doctrina griega de la metempsicosis; es la doctrina cristiana de nuestra preexistencia en Adán, y es la doctrina moderna de la “repetición de los caracteres ancestrales”.





¿Necesito decir que esto no es una doctrina de la reencarnación? ¿Necesito decir que ninguna doctrina de la reencarnación, acordemente a la cual el ser y la persona mismos de un hombre que ha vivido una vez sobre la tierra y que ahora está muerto renacerá de otra madre terrestre, ha sido enseñada nunca en la India, ni siquiera en el budismo ni, por supuesto, en la tradición neoplatónica ni en ninguna otra tradición ortodoxa? Tanto en los Brahmanas como en el Antiguo Testamento se afirma con igual rotundidad que aquellos que han partido una vez de este mundo han partido para siempre, y que no han de ser vistos de nuevo entre los vivos.

Desde el punto de vista indio como desde el punto de vista platónico, todo cambio es un morir. Nosotros morimos y renacemos diariamente y a cada instante, y la muerte “cuando llega la hora” es solamente un caso especial. Yo no digo que una creencia en la reencarnación no haya sido mantenida nunca en la India. Digo que una creencia tal, solo puede haber resultado de una mala interpretación popular del lenguaje simbólico de los textos; y que la creencia de los eruditos y los teosofistas es el resultado de una interpretación igualmente simplista y desinformada.

Por “reencarnación” nosotros entendemos un renacimiento aquí del ser y la persona del decedido. Nosotros afirmamos que esto es una imposibilidad, por buenas y convincentes razones metafísicas. La consideración principal es ésta: que si bien el Cosmos abarca un rango de posibilidades indefinido, todas las cuales deben realizarse en una duración igualmente indefinida, el presente universo habrá cumplido su curso cuando todas las potencialidades se hayan reducido a acto, justamente como cada vida humana ha cumplido su curso cuando todas sus posibilidades se han agotado. El fin de una “aeviternidad” habrá sido alcanzado entonces sin lugar alguno para una repetición de los acontecimientos ni para una repetición de las condiciones pasadas. La sucesión temporal implica una sucesión de cosas diferentes. Nosotros podemos hablar de una “migración” de “genes” y llamar a esto un renacimiento de tipos, pero esta reencarnación del carácter de alguien debe ser distinguida de la “transmigración” de su persona verdadera.



Tales son la vida y la muerte del animal racional y mortal. El Vedanta afirma que el único Ser verdadero del hombre es el espiritual y que este ser suyo no está “en” alguien ni en ninguna “parte” de él, sino que solamente se refleja en él. Afirma que este ser no está en el plano de él ni está en modo alguno limitado por su campo, sino que se extiende desde este campo hasta su centro, independientemente de los recintos que penetra. Lo que tiene lugar a la muerte, entonces, por encima de su desintegración, es una retirada del espíritu del vehículo fenoménico del cual él había sido la “vida”. Nos referimos a la muerte como una “entrega del espíritu”. Así pues, a la muerte, el polvo retorna al polvo y el espíritu a su fuente. Es el espíritu, como lo expresan los textos vedánticos, el que “queda” cuando el cuerpo y el alma se deshacen.

Empezamos a ver ahora lo que se entiende por el gran mandato “Conócete a ti mismo”. Suponiendo que nuestra conciencia de ser ha sido centrada en el espíritu, cuanto más completamente hemos “devenido lo que nosotros somos”, o “despertado” antes de la disolución del cuerpo, tanto más cerca del centro del campo será nuestra próxima aparición o “renacimiento”. A la muerte, nuestra consciencia no va a ninguna parte donde ella no esté ya.


Ananda Kentish Coomaraswamy – El Vedanta y la Tradición Occidental

lunes, 19 de diciembre de 2016

Todo lo que necesitas es Amar (Anthony de Mello)




¿Qué se necesita para comprender la fórmula de la felicidad? Una sola cosa: la capacidad de escuchar. Escuchar significa estar alerta. Si estás alerta, estás observando, estás escuchando, con una especie de mente virgen. No es fácil escuchar con una mente virgen, sin prejuicios, sin fórmulas establecidas.

No nos gusta lo nuevo; es demasiado molesto, demasiado liberador. Si rechazamos lo nuevo, no estamos dispuestos a escuchar. Pero si lo aceptamos sin discriminar, tampoco estamos escuchando. Tenemos a mano la solución del problema de la felicidad. ¿Por qué no la usamos? No la queremos. Imagina que te digo: voy a darte una fórmula que te va a hacer feliz por el resto de tu vida, disfrutarás de cada minuto del resto de tu vida… ¿Sabes lo que probablemente responderás?: “No me lo diga ¡Basta! No quiero oírlo”.

Ante todo, tu vida es un enredo. ¿No te gusta oírlo? Bueno, quizás eso prueba que es cierto. ¿Estás asustado? Tu vida es un enredo. Se puede perder el miedo y encontrar la felicidad. ¿Estas angustiado por el futuro? ¡Estás en un enredo! Estamos “sentados” sobre una mina de diamantes y no lo sabemos. Pero tú no quieres salir del enredo: la última cosa que quiere un paciente es la cura, no quiere curarse, busca alivio. Preferimos ser desdichados. ¿Estas preparado para cambiar éxito por felicidad? ¿Se te ha ocurrido alguna vez que aquello que llamas tu felicidad es en realidad tu condena? No saber en absoluto de ansiedades, de conflictos internos, vivir sin tensiones, sin desconcierto, sin congoja. ¿Que queda entonces? Felicidad pura, sin diluir. Eso es lo que tienes. Eso es vivir como un rey.




¿Que hago para ser feliz? No debes hacer nada para ser feliz. No puedes adquirir la felicidad, porque la tienes, ¡la tienes en este mismo momento! ¡la tienes! Pero estás todo el tiempo obstruyéndola.
     El enredo existe también porque tienes ideas equivocadas, no porque algo esté mal en ti. Tenemos instrucciones equivocadas. A tu cultura y a la mía no les importa para nada si tú y yo somos felices o no. Nacimos felices. Toda la vida ésta atravesada de felicidad. Nacimos con el sentido de la vida, pero lo perdimos. ¿Por qué lo perdimos? Porque nos enseñaron a trabajar activamente para volvernos desdichados. ¿Como lo lograron? Enseñándonos a apegarnos, a tener deseos tan intensos que rehusaríamos a ser felices a menos que fueran satisfechos. La formula es sencilla: el mundo está lleno de sufrimiento; la raíz del sufrimiento es el deseo-apego; la supresión del sufrimiento es el abandono del apego. Porque el apego produce ansiedad. De modo que la felicidad solo podría definirse como el abandono de la ilusión, el abandono del apego. Cuando se abandona la desdicha causada por el apego, se alcanza la felicidad. Si para ti la felicidad significa emociones, diversión, placer..., entonces hay contradicción. Emociones, diversión, placer, no son felicidad. La felicidad es un estado de desapego.

¿Carecer de apegos significa abandonar los esfuerzos creativos humanos, dejar de luchar e incluso de soñar? De ninguna manera. Se tiene mucha más energía cuando no se tiene apego, se tiene toda la energía disponible para uno.
   En el momento que te atrevas a exponerte –aunque sea durante dos segundos– a la verdad, estarás “perdido”. Porque si la vislumbras aunque sea una vez, algo en ti te volverá a llevar hacia ella. Si la ves, serás conducido a ella nuevamente y, cada vez en mayor medida, te volverás más libre y feliz.



Nada en la realidad, nada en la vida, nada en el mundo te perturba; nada tiene el poder de perturbarte. Toda perturbación está en ti, no en la realidad. Si no existiera la mente humana no habría problemas. Todos ellos existen solo en la mente humana. Todos son creados por la mente. Nada te perturba. Te perturbas a ti mismo cuando algo sucede. Hemos sido adiestrados para depender emocionalmente de los demás, para no ser capaces de vivir emocionalmente sin ellos. Cuando uno se perturba, tiene menos energía para hacer cosas y tiene menos capacidad de percepción. Ya no ve las cosas correctamente, reacciona con exceso.

Cuando no hay tensión ni perturbación, se desatan todas las fuerzas dentro de ti. Si lo logras, comprenderás qué es la verdadera dicha y el verdadero entusiasmo, que significa zambullirse en la vida, con alma y vida, con pasión. ¡Lánzate directamente a eso, sin dudar!, porque ya no estarás atenazado por emociones programadas.
    Nunca vivirás hasta que dejes de aferrarte a la vida. Cuando te aferras, la felicidad muere. Si tu felicidad depende de alguien o de algo, es inquietud, es tensión, es presión, es temor. Deja de lado la obstrucción, abandona las creencias falsas y el apego desaparecerá. Entonces sabrás qué es la felicidad.

Para alcanzar la iluminación, la espiritualidad, la liberación, todo lo que tienes que hacer es comprender. Hasta ahora siempre te has identificado con lo que sentías, pero ahora descubrirás que no eres tus sentimientos, no eres tu desdicha, no eres tu disgusto. La vida no es cruel contigo. ¿Cómo lo “arreglo”? No lo “arregles”. Entiéndelo, míralo; no cambias, la vida cambia, como también lo hace la naturaleza. Uno debe limitarse a hacer algo para ayudarla.




Vemos que todos estamos embarcados en el cambio. Queremos cambiarnos a nosotros mismos, queremos cambiar el mundo. Eso es lo que nuestra estúpida programación nos ha inculcado. Tenemos que cambiar todo, sin antes haber entendido nada. Lo que necesitas no es cambiar, es comprender. Compréndete a ti mismo, comprende a los demás. No estás aquí para cambiar el mundo, estás aquí para amarlo. ¿Sabes qué significa amar? “Amar” significa ¡Ver! ¡Comprender!

Una gran mentira que nos han contado cuando éramos niños es la siguiente: “Necesitas ser amado” ¡Basura! Y todos lo creen. Te diré lo que necesitas. Hay solo una necesidad, que es “amar”. No hay otra.




Anthony de Mello - Medicina del Alma




lunes, 5 de diciembre de 2016

Dios y Alma existen... virtualmente (Deepak Chopra)




A nivel cuántico nada perteneciente al mundo material queda intacto, todo el cosmos es como una luz intermitente, todo el universo es un espejismo. No hay estrellas ni galaxias, sino solamente campos de energía vibratoria que nuestros sentidos, demasiado embotados y lentos, no pueden captar, dada la increíble velocidad a la que se mueve la electricidad. Los destellos cuánticos son millones de veces más rápidos de lo que podemos registrar, por lo que nuestros cerebros nos engañan haciéndonos ver objetos sólidos que son continuos en el tiempo y el espacio, de la misma manera que las imágenes de una película parecen moverse constantemente.

Existimos en tanto que protones destellantes en un vacío negro entre dos destellos, y este espectáculo de luz incluye todo nuestro cuerpo, cada uno de nuestros pensamientos y deseos, y cada uno de los acontecimientos en los que tomamos parte. En otras palabras, estamos siendo creados una y otra vez, constantemente. El génesis ocurre ahora y siempre ha ocurrido, pero ¿quién está detrás de esta creación sin fin? ¿De quién es el poder mental o la visión capaz de desintegrar el universo  y volver a integrarlo en una fracción de segundo?

El poder de la creación está más allá de la energía, una fuerza con la capacidad de convertir nubes gaseosas de polvo en estrellas e incluso en ADN. En la terminología de la física, nos referimos a este nivel precuántico como virtual. Cuando vamos más allá de toda la energía no hay nada más que un vacío. La luz visible se convierte en luz virtual, el espacio y tiempo reales se convierten en espacio y tiempo virtuales. En el proceso se desvanecen todas las propiedades. La luz ya no brilla, el espacio no cubre una distancia, el tiempo es eterno. Éste es el útero de la creación, infinitamente dinámico y vivo, al que no pueden aplicarse palabras como vacío, oscuro y frío. El campo virtual es tan inconcebible que sólo el lenguaje religioso parece tocarlo todo.



A cada persona se le permite tener alguna versión de Dios que parezca real. ¿Quien es Dios? ¿No puede que sea sólo impersonal, un principio o un nivel de realidad, o un campo? En nuestra búsqueda del único Dios perseguimos lo imposible. Seleccionamos una deidad basada en nuestra interpretación de la realidad, y esta interpretación esta arraigada en la biología. Si aceptamos que el mundo es como somos nosotros, es lógico aceptar que Dios es como somos nosotros. Si no aceptamos que somos multidimensionales no podemos comprender la noción de Dios. Dios no puede ser solo lo que queremos, sino solamente la porción de él que percibimos debe ser como deseamos, porque utilizamos nuestro propio cerebro, sentidos y memoria.
     Como somos el observador, es correcto verlo a través de una imagen que para nosotros tenga sentido. La misma realidad puede ser solo un símbolo para las obras de la mente de Dios y, en este caso, la creencia primitiva que habla por todo el mundo antiguo pagano de que Dios existe en cada brizna de hierba, en cada criatura e incluso en la tierra y en el cielo, puede contener la mayor de las verdades. Llegar a esta verdad es el fin de la vida espiritual, y cada fase de Dios nos lleva a un viaje cuyo punto final es la total claridad, una sensación de paz que nada puede perturbar.

El hecho de que no estamos confinados a nuestro cuerpo físico y a nuestra mente nos da razones para creer en la existencia de una inteligencia cósmica que deja pasar la vida y nos acerca a la mente de Dios. Pero como estamos hablando de fenómenos cuánticos, no es correcto decir que hemos encontrado a Dios de la forma que encontraríamos un libro perdido en el lugar donde olvidamos buscarlo. En el modelo cuántico no hay interior ni exterior, y Dios no está más en nosotros que en cualquier otra parte, ya que es sencillamente ilocalizable. Decir que vamos dentro a meditar, a rezar o a encontrar a Dios es solo un convencionalismo. El lugar intemporal en el que Dios existe no puede ser reducido a una dirección.




Sería imposible conocer a Dios si él no quisiera que se le reconociese. Nada puede evitar que cada fase de la espiritualidad sea un engaño. Según Aurobindo, Dios puede enviar flechas de luz a nuestro mundo, pero van solamente en una dirección y podemos recibirlas como impulsos de inspiración, aunque nuestros pensamientos no puedan remontar su camino. Para volver al origen de los mensajes de Dios tendríamos que utilizar la segunda atención, que es nuestra capacidad de saber una cosa sin ningún tipo de información física, como la intuición, pero antes tenemos que desprendernos del autoengaño. Para conocer a Dios personalmente tenemos que penetrar en un límite que los físicos llaman "el horizonte de los acontecimientos", que es la línea que divide la realidad netamente en dos. Si el cerebro humano contiene su propio "horizonte de los acontecimientos", también lo tiene el cosmos, debemos traspasarlo para encontrar la casa del espíritu.



A nivel cuántico la objetividad y la subjetividad se funden. El punto de fusión es el alma; por lo tanto conocer a Dios se reduce a esto: nuestra mente choca contra una pared cuando intenta pensar sobre el alma, del mismo modo que un fotón cuando se acerca a un agujero negro; el alma se siente cómoda con la incertidumbre y acepta que podamos estar en dos sitios, tiempo y eternidad. Simultáneamente, observa cómo trabaja la inteligencia cósmica y no se preocupa por el hecho de que la fuerza creativa esté fuera del universo.

     La mente se va acercando lentamente al alma, que reside en el límite del mundo de Dios, en el horizonte de los acontecimientos. Puede llegar a darse el caso de que lleguen a acercarse tanto que la mente y el alma no tengan otra opción que fundirse, y, cuando esto sucede, para la mente será como si el caer en el mundo de Dios fuera para siempre, una eternidad en consciencia de éxtasis. Desde el punto de vista de Dios, esta fusión tiene lugar en una fracción de segundo y, desde luego, si estamos por completo dentro del mundo de Dios, donde el tiempo no tiene significado alguno, entonces resulta que este proceso nunca ha tenido lugar, sino que la mente ha formado parte del alma desde el principio, aunque sin saberlo.


Deepak Chopra - Conocer a Dios

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Meditación Terapéutica, hacia un Yo Superior (Dharma Singh Khalsa)



El yo imbuido de sí mismo no es de por sí malo. De hecho, es absolutamente humano, pero es limitado... terriblemente limitado. Cuando creemos que el aspecto del yo de nuestro ser representa el ser completo, nos estamos haciendo daño. Si creemos que nuestro yo es todo lo que somos, entonces nos hacemos vulnerables, principalmente al miedo y a la muerte. También nos hacemos vulnerables a todas las otras formas de sufrimiento material, como la enfermedad, los problemas económicos y la humillación. Si creemos que no somos nada más que nuestro yo material, entonces nos vamos a perder la mayor oportunidad de nuestra vida, la oportunidad de experimentar nuestra propia santidad. Sentir nuestra propia chispa de energía divina es el sentimiento más excitante, placentero y fortalecedor que podamos imaginar.

Los maestros del antiguo yoga estaban extremadamente preocupados por la condición humana común de estar adormilados a lo largo de la vida. El sistema que diseñaron para aprender a controlar lo incontrolable, y para estar conscientes, fue el control de la respiración. Este es el fundamento de la meditación avanzada. Es la puerta de acceso a la conciencia. También tiene un fuerte impacto en nuestro nivel etéreo de existencia. Cuando respiramos, no respiramos simplemente una mezcla gaseosa que contiene oxigeno. También respiramos el prana, la fuerza vital universal, que distingue los seres vivos de los objetos inanimados.
     
Todo empieza con la respiración, es nuestra fuente principal de energía, tanto física como etérea. Sin embargo, para utilizar la energía que ofrece, debemos tener el control de nuestras posturas y movimientos. Sin el poder controlador del movimiento, la energía seguiría existiendo, pero no seria más que un torbellino caótico; con el control adecuado se podría convertir en una fuerza de curación.      
     Cuando los meditadores asumen posturas de yoga se hacen conscientes de determinadas áreas de sus cuerpos. Mientras mantienen esas posturas, lo que a veces requiere mucho trabajo, se hacen incómodamente auto-conscientes del esfuerzo. Cuando los meditadores se esfuerzan rigurosamente, esta auto-consciencia les lleva hacia un estado mucho más instructivo de conciencia de uno mismo, puede permitir a una persona ser un "yo consciente".


  
Aunque lo mas importante es que las posturas del yoga ayudan a despertar y canalizar la energía interna o kundalini, que yace enroscada en nuestro interior. Y es esta energía kundalini el último recurso de nuestro verdadero poder personal. Con ella podemos llevar a cabo proezas casi sobrenaturales, y podemos llegar al sentido de independencia y serenidad propio de los yoguis. Cuando llegan a esa independencia y serenidad, invariablemente las personas hacen un compromiso consigo mismas para retener ese poder sorprendente que acaban de encontrar. Ese compromiso para mantener su poder cambia la forma en que se proyectan hacia el mundo exterior. Al hacer esto, se experimenta un cambio fundamental en el sentido mas amplio, nos capacita para ser conscientes y romper con otros aspectos fosilizados de nuestra vida, como vínculos no saludables, hábitos y relaciones. Incluso ayuda a transformar las relaciones más profundas e innatas: la relación entre el ahora y el para siempre, y la relación entre el ser individual y el ser universal.

La Meditación Terapéutica parece notablemente mas eficaz que las otras formas de meditación a la hora de restablecer la salud. La razón principal es que combina el yoga y la meditación. El kundalini yoga traslada la energía y el equilibrio de los Chakras inferiores hacia los superiores utilizando la respiración, el movimiento, la concentración mental, la postura de las manos y los mantras. La mayor ventaja de la Meditación Terapéutica es su especificad. Debido a que canaliza la energía curativa con tanta precisión, cada meditación tiene un foco delimitado. Cada uno de estos focos es una verdadera fuente de poder curativo. Cada Meditación Terapéutica soluciona un problema específico distinto al llegar la energía a los órganos, glándulas y sistemas determinados, y también a los chakras.
     Con la Meditación Terapéutica, que crea la mezcla de moléculas para la curación, la mente cura el cuerpo y el cuerpo cura la mente. Al mismo tiempo, el cuerpo físico cura el cuerpo etéreo y el cuerpo etéreo cura el cuerpo físico. Y el espíritu, tanto el divino como el humano, extiende este medio curativo completo, añadiendo una profundidad y un poder que infunden en el cuerpo y en la mente una fuerza de curación a la que ninguna enfermedad puede resistir. Esta fuerza de curación sencillamente no puede explicarse en términos físicos, en términos de materia y moléculas. Para tener un conocimiento válido o práctico de esta fuerza de curación, debemos ir mas allá de lo físico, a lo etéreo.



Los chakras son nuestros centros etéreos de la conciencia y la comunicación. Interactúan con nuestros pensamientos y emociones, con nuestra salud y nuestras funciones físicas. Intercambian la energía en dos direcciones, de lo físico a lo etéreo y de lo etéreo a lo físico. Son las puertas de la conciencia. Todos son sagrados y vitales, sin embargo, para conseguir la experiencia más completa del ser y para mantener un contacto pleno con la energía que nos envuelve, es importante que las energías se eleven de los chakras inferiores, cerca de la base de la médula, hacia los chakras superiores, en la cabeza y encima de ella. Esto permite que nuestras energías se encuentren y se mezclen con las energías del cosmos, y permite que la energía cósmica regrese a nuestros cuerpos.

El espíritu es inmortal. Éste es el regalo divino para el ser mortal. Es nuestro vínculo con la divinidad misma. El espíritu, por muy magullado que esté, siempre puede revivir. Ésta es la lección que los antiguos maestros enseñaron.
    El espíritu puede convocarse una vez más a través de la Meditación Terapéutica. A diferencia de otros enfoques médicos o filosóficos, éste puede encender el espíritu y unificar las energías de espíritu, mente y cuerpo, que se apoyan mutuamente. Una vez unida, esta tríada sagrada puede ejercer poderes espirituales de curación.

Cuando el abatido cuerpo y la mente mortal están enfermos y furiosos, débiles y afligidos, el espíritu, por muy apagado que esté por el sufrimiento, aún puede ofrecer alimento. Y este alimento siempre es bienvenido y siempre se devuelve. Así empieza el círculo de la curación. No siempre es fácil. La Meditación Terapéutica no es una aspirina que se puede tragar y olvidar. Es un proceso que solo iguala en poder a la energía de la práctica diaria o sadhana.

Pero este proceso o camino puede llevar más lejos de la simple curación de la enfermedad. Este camino puede llevar a un yo superior. Puede llevar de la oscuridad a la luz. Puede llevar a lo ilimitado e incluso al infinito. Ésta es la bendición de la enfermedad. Ésta es la bendición de la curación. Ésta es la bendición de la vida.


Dharma Singh Khalsa, Cameron Stauth - La Meditación como Medicina

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Vivir con Arte (Joaquín Sánchez-Ruiz)



A mayor grado de madurez, más proclives estaremos a experimentar y expresar la belleza del mundo. El hálito vital correrá entonces sin obstáculos a través de la materia humana, como en una ventana abierta de par en par. No tengo la menor duda de que el arte tiene un valor ético. El arte no es una mercancía, sino cultura. Cultura que nos convierte en más humanos. Más humanos significa más sensibles, en sintonía con el entorno, con más capacidad de sentir física y anímicamente, con la mente y el corazón.

La virtud humana no se desarrolla con el conocimiento puramente intelectual. En la cultura falla algo cuando nos dedicamos a aprender lo que una computadora ya sabe. La sociedad debe modificar un sistema basado exclusivamente en la instrucción y en el intelecto. El fin último de la cultura ha de asentarse en la dicha de los seres que la disfrutan. Sencillamente, porque los objetos no tienen más sentido que servirnos y no al revés.

El arte reconoce plásticamente la realidad no ordinaria y la amplifica. Se necesita un estado de simplicidad, apertura y esperanza para experimentar lo extraordinario en la vida normal. El arte no posee una doctrina, ni tiene jerarquías, no es una creencia, sino un proceso de toma de conciencia a través del hacer. El arte consiste en una aventura de descubrir nosotros. La realidad ordinaria está repleta de hechos extraordinarios. Cualidades tales como sensibilidad, equilibrio, riqueza, expresión… artísticas, emanan de una persona previamente equilibrada, sensible, expresiva y rica. La creatividad artística no se ajusta a categorías puramente intelectuales, pues envuelve a la emoción. El artista tiene una misión social y el mundo adquiere más cromatismo y las matemáticas de dios actúan con su inapelable ley: cuanto más arte ofrezco, más pleno me encuentro. El arte responde a la relación con el mundo: “¿Cuánta belleza experimento? ¿Cuánta felicidad colma mi vida?”.



El artista se convierte en su propio estilo. No hay arte que se diferencia de la fuente de su autor, como la sombra al cuerpo. Los estilos no resultan sino una elección entre infinitas posibilidades. El arte se entiende como la incesante búsqueda para ensanchar al mundo.
    La separación entre el mundo cinco-sensorial y el multidimensional es delgada como un papel de fumar. La forma que elegimos para rasgarlo es a través del arte, porque nos proporciona más consciencia. El arte así empleado puede resultar un poderoso medio de despertar. Cuando trabajamos en arte, realmente trabajamos con nuestra propia vida. La creencia general es que el artista se basa en la fantasía, pero si fuese así perpetuaría una ilusión, un engaño o un sueño. La creatividad se basa en la estricta realidad, fijando con una percepción más sutil y afinada nuestras vivencias. De ahí que el arte puede servir para evolucionar a los seres humanos.



Podemos convertirnos en verdaderos escultores de nuestro propio yo. El tratamiento comienza en recuperarlo de su letargo, al que ha sido sometido por el intelecto. No en el sentido de objetualizar-lo, sino en sensibilizar-nos. Con esta sensibilización, enfocamos la atención no en actuar-manipular, sino en recibir de manera abierta y confiada del medio. Entonces el yo se diluye, se vuelve más discreto y acallamos los excesos inútiles. Desde este “yo permisivo” sentimos la fuerza creadora y vibrante, la frescura de la existencia. Reconocerse creativo va ligado a reconocerse vivo y usar el talento que tenemos. Para que despierte y prospere el arte en nosotros, aplicamos la paciencia y la amabilidad. Por ello resulta capital atender nuestra vida como si fuese el papel y la tinta de ese lenguaje, evitando emborronarlo, tacharlo o tirarlo, pues, literalmente, eso mismo estaríamos haciendo con nuestra persona. Los pequeños cambios son imprescindibles y suman: pequeñas victorias, pequeñas demostraciones de valor, de generosidad, de diligencia. Finalmente, el artista ha de volverse tan sensible como para proclamar con su obra el verdadero “privilegio de vivir despierto”.



¿Existe un sendero que eleve al ser humano a una existencia superior? El arte actualiza el ser, facilitando la apertura del artista, a través de su corazón. El arte posibilita el ensanche, el relajamiento y el disfrute de nuestra valía, disolviendo los bloqueos autoimpuestos. Somos dignos y con aptitud suficiente para asumir el goce y el dolor que el juego de la vida nos ofrece. Más allá de cumplir expectativas ajenas a nosotros, aceptamos cómo somos en realidad. La sinceridad en el artista resulta así tanto una necesidad como un derecho, y para ello nos concedemos un espacio íntimo. Si experimentamos nuestro mundo interior como algo rico y digno, tanto más trataremos con delicadeza el ajeno.
    Los artistas necesitamos de las personas. Sin ellas no seríamos literalmente nadie. Ofrecemos nuestro corazón y nos completamos compartiéndolo, nos empequeñecemos para agrandar así al mundo, nos callamos para escuchar su sutil murmullo. Esto nos responsabiliza y nos vincula definitivamente al resto de los seres.




Todos en cada momento aspiramos a ser felices. Lo que pugna por salir es el anhelo de amor y la necesidad de sentirse vivo. Cuando experimentamos esta energía fluyendo por nuestro cuerpo, tenemos felicidad a raudales para compartir. No hay nada que completar, somos perfectos. Cada momento nos desafía a ser auténticos y cada desafío se vuelve en un goce. Entonces comprendemos que tal y como somos ya contenemos los ingredientes para nuestra felicidad. Hoy más que nunca existe una urgencia de embellecer y sensibilizar un mundo egoísta, feo y gris. Encontramos una misión, un lugar en el grupo, con confianza, apertura y disciplina interior. El artista es una persona que, consciente del permanente milagro que ve, agradece el privilegio de explicar la belleza de la vida.


Joaquín Sánchez-Ruiz – Enseñar Arte es hacer Feliz

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Intimidad, Asombro, Naturaleza, !Sí! (Carlos G. Vallés)




Intimidad, sensibilidad, delicadeza, ternura. Se me enternecen las entrañas con solo escribir estas palabras. Lo que cuenta en la vida es la amistad, y la satisfacción del alma está en el cariño. De poco sirve la inteligencia, el éxito y la fama si el corazón está vacío y no sabe amar y ser amado. Es lo más delicado del mundo, y por eso es lo que menos se nos ha enseñado. Y por lo visto ni siquiera acertamos a enseñarlo ahora.

La intimidad es la combinación de transparencia de la mente y afecto del corazón. Cuando lo pide la vida, cuando hay crisis o baches, momentos de disgusto o ataques de frustración o, sencillamente, cansancio con todo de una vez, tedio del vivir y tentaciones de darse de baja de todo, entonces se busca la compañía fiel y el oído amigo, se abren diques, se desahogan fondos agobiantes, se confiesan mezquindades humillantes, se habla, se calla y se llora. Y todo se calma porque hay quien lo entiende, lo recibe, lo valora y lo suaviza con solo oírlo, saberlo y aceptarlo. Muchos problemas se solucionan al decirlos y muchas heridas se cierran al mostrarlas. Así es el ser humano.

A la comunión de ideas y experiencias se junta en la amistad el efecto tierno de la cercanía personal. Ahora ya no solo se trata de contar cosas, sino de estar juntos, no es ya la comunicación sino la presencia; no es solo la cabeza, sino el corazón. Y cuando se junta el afecto profundo con la confianza comunicativa, surge el vínculo que une vidas al tiempo que libera la fuerza más sagrada del corazón humano.



La delicadeza es la virtud de las virtudes. Sin ello, las demás dejan de ser virtudes y ella sola por su cuenta constituye ya virtud excelsa. Saber mirar a la gente a la cara, sentir talantes, adivinar necesidades; anticipar deseos; preguntar por interés, escuchar con afecto; no mirar el reloj; reconocer el valor del tacto y administrar delicadamente el toque, la caricia, el largo apretón de manos que comunica más que cualquier otra palabra; mirar con afecto, despedirse con pena y cariño en una misma sonrisa. ¿Quién sabe hacer todo eso?

La intimidad es el alma de la vida. Hay que abrirse con delicadeza a la delicadeza, con sensibilidad a la sensibilidad, con ternura a la ternura. Para todos y para mí deseo la gracia de la intimidad, que es la que en definitiva nos hace hombres y mujeres vivir y reales en lo más íntimo de nuestro ser. El que no ama, no vive.



Asombro. Es la virtud del niño. Es la inocencia de la vida. La capacidad de ver, de aprender, de ser. Es la pupila limpia, la mirada transparente, la memoria sin estrenar. Todo es nuevo, y por eso todo es maravilloso porque todo se vive por primera vez. La capacidad de asombro es la medida de la vitalidad en el ser humano. El pesimismo nos viene de la pérdida de la inocencia. Recobrar nuestra mirada inocente en ponernos en marcha hacia el descubrimiento de la vida. Tal como hemos vivido, nos han dicho el final del cuento antes de empezar a leerlo. Y ya no nos interesa. Hemos aprendido todo y estudiado todo y definido todo. Búscalo en los archivos y los encontrarás. Los archivos están siempre llenos de polvo. Entre ese polvo yacen las reliquias de lo que era fuerza y energía, de lo que era historia, de lo que era vida. Hay que sacudir el polvo para volver a los campos verdes de la historia viva.



La naturaleza espera su turno con paciencia infalible. Vientos juguetones, brisas alegres, chaparrones inesperados, nubarrones ceñudos. Olor a hierba en los prados mojados, flores abiertas en ramas despertadas, vida que le revienta a la tierra por todas partes, la cantan los pájaros, la sienten los árboles y la viven los hombres y mujeres que disfrutan con júbilo la mejor estación de la vida. La estación del asombro.

Yo era ecologista antes de saberlo. Antes de que se descubriera la ecología y se inventara el nombre. Antes de leer libros sobre ecosistemas o de preocuparme por la capa de ozono. El amor a la naturaleza, el contacto con el entorno vivo, la devoción al agua y el cariño a las rocas, la reverencia a las montañas y la contemplación del mar han sido parte de mi vida desde que me conozco. La madre Tierra. El saludo al sol. La amistad con las estrellas. Vibro con todo lo que me habla de aire y de espacio, de pájaros y de flores. Me siento ciudadano del universo.

Los valles tienen su historia, su belleza, sus peligros y su vida, tienen fuentes de agua y caminos encontrados, tienen cuevas de refugio y alturas de observación para dominar el terreno y fijar direcciones. Hay que cultivar su amistad y conversar con sus espíritus si deseamos un buen viaje y un feliz regreso. Las montañas son las dueñas del  paisaje, y nos miran con benevolencia si les hablamos con respeto. Nos trae cuenta dialogar con la tierra.

La tierra son también las ciudades, ya que en ellas vivimos, y no hay que esperar ir al campo para sentir el cosmos. También aquí hay aire y luz, y se ven el sol, la luna y las estrellas, y hay árboles y pájaros, y se adivina la superficie del planeta bajo el asfalto, el hierro y el cemento. Hay que hacer lo posible para mejorar la salud ecológica de las ciudades; pero no podemos esperar a su salud perfecta para sentirnos a gusto en nuestro entorno. Amo la tierra tal y como es, al tiempo que quiero verla cada vez mejor.



¿Te has fijado que cuando dices ¡! estás afirmando tu vida, estás confiando en Dios, estás invocando a la Providencia que se compromete a hacer realidad tu confianza y verdad tu palabra? Cuando dices ¡sí! Con esa energía y esa vibración con que lo dices, estás haciendo que todo el que te oiga crea en la vida, se enamore del mundo, se afiance en la eternidad. Cada “sí” tuyo es un sermón, un testimonio, un empujón de gracia para los que te oímos.

Toda la vida es un lento aprender a decir ¡sí! Nos cuesta. Es decir, no nos cuesta el decir que sí, así por las buenas en cualquier momento y con cualquier motivo. Son afirmaciones fáciles de valor pasajero. Hay un sí más serio, más profundo y comprometido, más vital y decisivo, que es el que ha de sonar en la vida para que tenga sentido, dirección, valor y finalidad. Si el sí que define nuestra vida nos sale de dentro y suena en plenitud, todos los otros síes que nos saldrán en la conversación derivarán su sentido de él, y entonces nuestra palabra tendrá fuerza y nuestra vida tendrá fundamento. Sin ese sí radical de entrega y compromiso, la vida quedará vacía de contenido e inerme de fuerzas. Nos falta afirmación.

El sí alegra el alma. No hay palabra más abierta, más confiada, más entregada. Es ensanchar los horizontes y respirar a fondo. Ante un nuevo plan, una propuesta, una ventana abierta, una senda adivinada, la primera reacción es lanzarse, avanzar y explorar. Para volver sobre los pasos siempre habrá tiempo. De entrada, déjame ver y averiguar lo que hay por delante. Si nunca me muevo, nunca me entero. El “no” viene de la pereza, que quiere evitarse las molestias que le vendrán del “sí”. Ése es el origen del “no”. La pereza, la comodidad, la cobardía. El miedo a lo desconocido. El creerse con el derecho adquirido de hacer siempre lo que se ha hecho. El “no” es fácil, cómodo y seguro. El “sí” es atrevido, arriesgado y aventurado.


Yo prefiero la aventura, decir que sí a la idea nueva, a la inspiración súbita, a la novedad inesperada. Abrirme confiado a nuevos paisajes de ideas, trabajo, gentes y lugares. Me he equivocado con  frecuencia, pero los errores son el precio normal que se paga a gusto para seguir avanzando. Se da media vuelta, se aprende con la experiencia y se intenta otro camino. No hay que hacer tragedias de los fracasos. Y sin fracasos tampoco hay éxitos. Me han salido cosas bien porque me arriesgué en ellas.


Carlos G. Vallés – Las 7 palabras