miércoles, 17 de mayo de 2017

Haber nacido humano es un don inapreciable (Ramiro Calle)



Si pudiéramos renovar la mente a cada instante, libres del pasado y del futuro, sin extraviarnos en preocupaciones ni ocupaciones varias, disfrutaríamos de la paz interior.
    La mente engendra sus propias creaciones y la persona se las cree.

Los conceptos son una limitación. Los pensamientos y palabras no pueden pensar ni hablar sobre lo que está más allá de ellos.
    Evita los extremos; son trampas peligrosas. Mantén la mente en equilibrio, sin reacciones desorbitadas. La ecuanimidad es la orquídea más preciosa.

Sé diligente, aplícate sin descanso al autodesarrollo, pues nadie puede liberar por ti las trabas de la mente y hallar la mente iluminada que en ti reside.
    Cuando eliminemos los densos nubarrones de ignorancia de la mente, en el vacío original de la misma surge el revelador sonido de la iluminación.

Según la mente, con su capacidad para amplificar y atenuar, el mismo hecho engendra en unos regresión y en otros evolución.
    Cuando la motivación y el anhelo espiritual son genuinos y van acompañados de la acción diestra, se desencadena la sabiduría reveladora.

Aplícate al cultivo metódico de la mente, porque la mente puede ser una aliada, pero también una implacable enemiga.
    El ego es una carga tan pesada que te sumerge en las aguas de la ignorancia. A lo que hay que renunciar es a la ofuscación de la mente y al ego.



A menudo el ser humano, por falta de visión penetrativa, se estrella contra la apariencia de los fenómenos.
    El hombre debe aprender a navegar hábilmente en dos océanos: el del espíritu y el de lo cotidiano.
    ¡Qué implacables para los demás! ¡Qué indulgentes para nosotros! En tanto la mente está empañada no sabremos ver ni vernos.

No hay pérdida que perderte a ti mismo, ni recuperación más fecunda y maravillosa que volverte a ganar.
    No hay peor apego que el apego a las opiniones y estrechos puntos de vista.



La imaginación descontrolada se vuelve contra uno como un peligroso boomerang.
    Convierte la vida en un ejercitamiento espiritual y no te pierdas solo en mezquindades, porque la muerte no espera en cualquier recodo del camino.

Hay una lección incomparable que aprender en el curso natural de los acontecimientos, sin necesidad de esforzarse inadecuadamente.
    Mediante la observación atenta de desencadena la visión clara; la visión clara conduce al entendimiento correcto; el entendimiento correcto permite tomar las cosa como son.

Duda para seguir investigando espiritualmente, pero no para cerrarte a ti mismo la senda. Confía en la enseñanza, pero no te arriesgues a la obediencia ciega ni a la necesidad de creer a cualquier precio.
    Larga y sinuosa es la marcha hacia la autorrealización, pero a tanto esfuerzo sigue una recompensa ilimitada.

Todo fluye, todo cambia, todo está sometido a la implacable ley de la transitoriedad.
    La senda falsa es aquella que conduce a apuntalar el ego en lugar de debilitarlo.

La perversa inteligencia humana siempre puede encontrar el modo hábil de engañar o autoengañarse.
   Hasta que no probamos el sabor de nuestro ser interno, vivimos de espaldas a nuestra propia identidad, identificados con lo que creemos ser y no somos.



Los maestros dicen: imagina una sola tortuga en un inmenso océano y que ésta solo saca la cabeza a la superficie una vez cada millón de años. Sigue imaginando. Imagina un aro flotando a la deriva sobre las aguas del descomunal océano. Escucha bien. Más difícil aún que la tortuga introduzca la cabeza en el aro cuando sale a respirar a la superficie, es haber obtenido una forma humana.

   Haber nacido humano es un don inapreciable. No lo desaproveches. Concede a tu vida un sentido profundo de lucidez y compasión.


Ramiro Calle – Cuentos espirituales del Tíbet

lunes, 8 de mayo de 2017

Hay un país en España que ya no es (Sergio del Molino)


Los humanos no sabemos vivir fuera de nuestro grupo. Es una ventaja evolutiva por la que hemos pagado un precio muy alto en guerras y matanzas. En las sociedades urbanas y complejas la tribu es cada vez menos reconocida, nos cuesta encontrar a los nuestros. ¿Quiénes son? ¿Los compatriotas? Demasiado diversos. Tengo mucho más en común con un escritor treintañero de Melbourne que con mi vecino. ¿Nuestros compañeros de trabajo? Difícil, aunque la clase obrera ha sido una de las tribus más exitosas de los últimos cien años. ¿Los de mi sexo, los que hablan mi lengua, los de mi religión, la gente de mi edad, los que están en mi tramo de renta, los de mi tendencia sexual, los que tienen hijos, los que no los tienen? Vivimos en sociedades tan complejas que han sustituido las lealtades tribales por afinidades cambiantes y sutiles que vienen a ser sucedáneos de tribu.
    Estos sucedáneos tienen dos ventajas: no nos obligan a ir a la guerra contra la tribu vecina y son, en buena medida electivos. Muchas de estas afinidades tienen que ver con gustos adquiridos, como el equipo de fútbol o la música. Esa riqueza y mutación solo es posible en las ciudades; cuanto más grande es la ciudad en que se vive, más posibilidades hay de tejer afinidades en muchas más direcciones y niveles.




Hay dos Españas. Hay una España urbana y europea, y una España interior y despoblada, que he llamado España vacía. La comunicación entre ambas ha sido y es difícil. A menudo, parecen países extranjeros el uno del otro. Y, sin embargo. La España urbana no se entiende sin la vacía. Los fantasmas de la segunda están en las casas de la primera.

Toda civilización es, por necesidad, urbana, pero cada una tiene formas distintas de integrar o de ignorar ese espacio en blanco que hay entre ciudades, y la forma que elige depende mucho de cuánta gente y de qué tipo vive en ese espacio en blanco. En la España peninsular siempre han sido muy pocos y muy pobres, desperdigados por una meseta de clima hostil, y esta circunstancia tan básica ha marcado una historia de crueldad y desprecio que influye fuertemente en el país tal y como es hoy. El mundo actual es urbano, no solo en términos demográficos y de geografía política, sino en su concepto.

España ha sido un país eminentemente rural hasta bien entrado el siglo XX. Aún hoy más de la mitad de su territorio es rural, aunque el 80% de la población viva en ciudades. El Gran trauma consiste en que el país se urbanizó en un instante. En menos de veinte años, las ciudades duplicaron y triplicaron su tamaño, mientras vastísimas extensiones del interior se terminaron de vaciar y entraron en el declive rural. Entre 1950 y 1970 se produjo el éxodo. Las capitales se colapsaron y los constructores no dieron abasto para levantar bloques de casas baratas en las periferias, que se llenaron de chabolas. En muy poco tiempo, el campo quedó abandonado. Miles de aldeas desaparecieron y otras miles quedaron como residencia de ancianos, sin ninguna actividad económica y sin los servicios más elementales. El paisaje que ha pintado ese Gran Trauma define el país y ha dejado una huella enorme en sus habitantes. Hay una España vacía en la que vive un puñado de españoles, pero hay otra España vacía que vive en la mente y la memoria de millones de españoles.




Todas las tensiones entre lo urbano y lo rural se han sufrido en España con un dramatismo raro y exótico, pero, sobre todo, hay una forma de mirar y de mirarse a sí mismos que es difícil de comprender en otros contextos geográficos. Un odio. Un autoodio.

El mito de Babel persiste: narra la historia de cómo los humanos se corrompieron al construir ciudades. La ciudad es lo falso, lo contaminado, lo pecaminoso, la muerte. El campo es lo verdadero, lo puro, lo virtuoso, la vida. Lo curioso es que, con el tiempo, los españoles han invertido los términos; hay una corriente de fondo que observa el campo como un espacio salvaje. La civilización frente a la barbarie; otro mito, éste más reciente y asociado a la expansión de las ideas liberales y progresistas.

Cuando se instituyeron las Comunidades Autónomas hubo discusiones agrias sobre la capitalidad de algunas. Los nacionalistas locales consideraban que la ciudad más grande, la que tradicionalmente había sido la capital, no representaba la esencia de la región. Su crecimiento urbano la había desarraigado, tenía demasiada mezcla y poco sabor vernáculo. En general, esas comunidades escogieron ciudades secundarias con valor histórico. Al final, la España vacía es eso, un frasco de esencias. Aunque esté casi vacío, conserva perfumes porque se ha cerrado muy bien.




En total, la España vacía ocupa un 53% del territorio y viven el 15% de la población. El abismo que separa la España llena de la España vacía es demasiado grande. Probablemente no se borre nunca. Conforme pasa el tiempo y los españoles se alejan más y más de sus orígenes rurales, las mitologías familiares que componen esa España vacía metal también se diluyen. En parte se hacen más fuertes, porque los mitos son más mitos cuanto más brumosa es su narrativa. A medida que se pierden fechas, nombres y referencias concretas, se gana en sugestión y en capacidad para amarrar nuevas identidades, pero también va a persistir el estigma o las huellas del Gran Trauma. Son demasiado siglos de mirar al campo con una misma crueldad.

La recreación consciente y sofisticada de la mitología de la España vacía, la construcción de identidades originales desde la ciudad con una mirada a los mitos heredados, que se reconstruyen y se reinventan con una libertad enorme, es el estadio último de la descomposición de un país, una forma sutil y casi invisible de levantar una patria imaginaria. Todas las patrias lo son, pero se imaginan sobre batallas, reyes y revoluciones. Esta nueva patria se levanta, en cambio, sobre silencios, carraspeos y álbumes de familia. Más que una patria es un aire. Y creo que es lo más parecido a un patriotismo eficaz que ha vivido España en siglos.




La España vacía, vacía sin remedio, imposible ya de llenar, se ha vuelto presencia en la España urbana. Tantas cosas remiten a sus huecos. Distorsionamos los recuerdos para mantenerlos vivos y legarlos a nuestros hijos.
    Hay un país en España que ya no es, pero a veces parece más fuerte y más sólido que el país que es, tan negado a sí mismo, tan arrugado en sus propias vergüenzas, tan asediado por las otras patrias que se levantan orgullosas.

Ahora que algunas formas de patriotismo renacen y que el país parece que va a cambiar de nuevo con brusquedad, tomar conciencia de la forma casi augusta en la que hemos tomado café en nuestra calle ruidosa puede ayudarnos a decidir si queremos de verdad vender nuestro piso y marcharnos.


Es muy difícil que la despoblación se corrija, como difícil es que aparezca en el orden del día de la discusión pública, pero si algunos toman conciencia de lo peculiar que es España y escuchan los ruidos que llegan desde el yermo, tal vez seamos capaces de imaginar una convivencia que tenga en cuenta las rarezas demográficas y sentimentales de este trozo de tierra al sur de Europa. Hemos sabido romper la inercia de la crueldad y el desprecio de los siglos. Nos falta darnos cuenta y hacer algo con esa conciencia.


Sergio del Molino. La España vacía. Viaje por un país que nunca fue.

jueves, 6 de abril de 2017

La poesía es una insurrección (Pablo Neruda)


Cuando el tiempo nos va comiendo con su cotidiano decisivo relámpago, y las actitudes fundadas, las confianzas, la fe ciega se precipitan y la elevación del poeta tiende a caer como el más triste nácar escupido, nos preguntamos si ha llegado ya la hora de envilecernos. La dolorida hora de mirar cómo se sostiene al hombre a puro diente, a puras uñas, a puros intereses. Y cómo entran en la casa de la poesía los dientes y las uñas y las ramas del feroz árbol del odio. Es el poder de la edad o es, tal vez, la inercia que hace retroceder las frutas en el borde mismo del corazón, o tal vez lo “artístico” se apodera del poeta y en vez del canto salobre que las profundas olas deben hacer saltar, vemos cada día al miserable ser humano defendiendo su miserable tesoro de persona preferida.

Ay, el tiempo avanza con ceniza, con aire y con agua! La piedra que han mordido el légamo y la angustia florece de pronto con estruendo de mar, y la pequeña rosa vuelve a su delicada tumba de corola.

El tiempo lava y desenvuelve, ordena y continúa.

Y entonces, qué queda de las pequeñas podredumbres, de las pequeñas conspiraciones del silencio, de los pequeños fríos sucios de la hostilidad? Nada, y en la casa de la poesía no permanece nada sino lo que fue escrito con sangre para ser escuchado por la sangre.




Siempre he querido que en la poesía se vean las manos del hombre. Siempre he deseado una poesía con huellas digitales. Una poesía de greda para que cante en ella el agua. Una poesía de pana, para que se la coma todo el mundo.

Solo la poesía de los pueblos sustenta esta memoria manual. Mientras los poetas se encerraron en los laboratorios, el pueblo siguió cantando son su barro, con su tierra, con sus ríos, con sus minerales. Produjo flores prodigiosas, sorprendentes epopeyas, amasó folletines, relató catástrofes. Celebró a los héroes, defendió sus derechos, coronó a los santos, lloró a sus muertos

Y todo esto lo hizo a pura mano. Estas manos fueron siempre torpes y sabias. Fueron ciegas, pero rompieron las piedras. Fueron pequeñas, pero sacaron los peces del mar. Fueron oscuras, pero buscaban la luz.

Por eso esta poesía tiene ese sortilegio de lo que ha sido creado entre las cosas naturales. Esta poesía del pueblo tiene ese sello de lo que debe vivir a la intemperie, soportando la lluvia, el sol, la nieve, el viento. Es poesía que debe pasar de mano en mano. Es poesía que debe moverse en el aire como una bandera. Poesía que ha sido golpeada, que no tiene la simetría griega de los rostros perfectos. Tiene cicatrices en su rostro alegre y amargo. Yo no doy un laurel a estos poetas del pueblo. Son ellos los que a mí me regalan la fuerza y la inocencia que debe informar toda poesía. Son ellos los que me hacen tocar su nobleza, su superficie de cuero, de hojas verdes, de alegría.

Son ellos, los poetas populares, los oscuros poetas, los que me enseñan la luz.



Es claro que los enemigos de la poesía siempre pretendieron asestarle una pedrada en un ojo o un golpe de garrote en la nuca. Lo hicieron en diversas formas, como mariscales individuales, enemigos de la luz, o regimientos burocráticos que con paso de ganso marcharon en contra de los poetas. Lograron la desesperación de algunos, la decepción de otros, las tristes rectificaciones de los menos. Pero la poesía siguió brotando como una fuente o manando como una herida, o construyendo a brazo partido, o cantando en el desierto, o levantándose como un árbol, o desbordándose como un río, o estrellándose como la noche en las mesetas de Bolivia.

La poesía acompañó a los agonizantes y restañó los dolores, condujo a las victorias, acompañó a los solitarios, fue quemante como el fuego, ligera y fresca como la nieve, tuvo manos, dedos y puños, tuvo brotes como la primavera, tuvo ojos como la ciudad de Granada, fue más veloz que los proyectiles dirigidos, fue más fuerte que las fortalezas: echó raíces en el corazón del hombre.



La primera edad de un poeta debe recoger con atención apasionada las esencias de su patria, y luego debe devolverlas. Debe reintegrarlas, debe donarlas. Su canto y su acción deben contribuir a la madurez y al crecimiento de su pueblo.

El poeta no puede ser desarraigado, sino por la fuerza. Aun en esas circunstancias sus raíces deben cruzar el fondo del mar, sus semillas seguir el vuelo del viento, para encarnarse, una vez más, en su tierra. Debe ser deliberadamente nacional, reflexivamente nacional, maduramente patrio. El poeta no es una piedra perdida. Tiene dos obligaciones sagradas: partir y regresar.

El poeta que parte y no vuelve es un cosmopolita. Un cosmopolita es apenas un hombre, es apenas un reflejo de la luz moribunda. Sobre todo en estas patrias solitarias, aisladas entre las arrugas del planeta, testigos integrales de los primeros signos de nuestros pueblos, todos, todos, desde los más humildes hasta los más orgullosos, tenemos la fortuna de ir creando nuestra patria, de ser todos un poco padres de ella.



Tal vez, los deberes del poeta fueron siempre los mismos en la historia. El honor de la poesía fue salir a la calle, fue formar parte en ese combate y en aquel. No se asustó el poeta cuando le dijeron insurgente. La poesía es una insurrección. No se ofende el poeta porque le llamen subversivo. La vida sobrepasa las estructuras y hay nuevos códigos para el alma. De todas partes salta la semilla, todas las ideas son exóticas, esperamos cada día cambios inmensos, vivimos con entusiasmo la mutación del orden humano: la primavera es insurreccional.

Los poetas odiamos el odio y hacemos guerra a la guerra.



De todo ello surge una enseñanza que el poeta debe aprender de los demás hombres. No hay soledad inexpugnable. Todos los caminos llevan al mismo punto: a la comunicación de lo que somos. Y es preciso atravesar la soledad y la aspereza, la incomunicación y el silencio para llegar al recinto mágico en que podemos danzar torpemente o cantar con melancolía; mas en esa danza o en esa canción están consumados los más antiguos ritos de la conciencia, de la conciencia de ser hombres y de creer en un destino común.

El poeta no es un “pequeño dios”. No, no es un “pequeño dios”. No está situado por un destino cabalístico superior al de quienes ejercen otros menesteres y oficios. A menudo expresé que el mejor poeta es el hombre que nos entrega el pan de cada día: el panadero más próximo que no se cree dios. Él cumple su majestuosa y humilde faena de amasar, meter al horno, dorar y entregar el pan de cada día, en una obligación humanitaria. Y si el poeta llega a alcanzar esa sencilla conciencia, podrá también la sencilla conciencia convertirse en parte de una colosal artesanía, de una construcción simple o complicada, que es la construcción de la sociedad, la transformación de las condiciones que rodean al hombre, la entrega de una mercadería: pan, verdad, vino y sueños. Si el poeta se incorpora a esa nunca gastada lucha por consignar cada uno en manos de los otros su ración de compromiso, su dedicación y su ternura al trabajo común de cada día y de todos los hombres, el poeta tomará parte en el sudor, en el pan, en el vino, en el sueño de la humanidad entera. Solo por ese camino inalienable de ser hombres comunes llegaremos a restituirle a la poesía el anchuroso espacio que le van recortando en cada época, que le vamos recortando en cada época nosotros mismos.

En conclusión, debo decir a los hombres de buena voluntad, a los trabajadores, a los poetas, que el entero porvenir fue expresado en esa frase de Rimbaud: solo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia y dignidad a todos los hombres.


Así la poesía no habrá cantado en vano.


Pablo Neruda – Para nacer he nacido

miércoles, 29 de marzo de 2017

La fe es creer en lo que sabemos que no existe (Juan Eslava Galán)



Vengo observando, con creciente desasosiego, que muchas ovejas de la grey cristiana abandonan su aprisco y prescinden del director espiritual, descuidan los sacramentos para limitarse a practicar un catolicismo tibio y acomodaticio o directamente no practican nada, engolfados como están en esta sociedad laica que adora al Becerro de oro y corre irreflexivamente tras los placeres del mundo. 
    La verdad es que somos cristianos por pura rutina, por mero acomodo social, porque hemos nacido aquí, en la católica España. Precisamente por eso parece mentira que seamos tan dejados en la práctica de nuestros deberes religiosos. Somos católicos porque nos bautizan, porque hacemos la primera comunión, porque nos confirma el obispo, porque nos casa el cura… Somos católicos porque, en fin, nos dicen una misa de cuerpo presente que, ya finados y confinados en el ataúd, no podemos rehuir y, finalmente, un oficio de difuntos.

Eso es todo: un catolicismo pautado y rutinario, burocrático y registral. ¿Qué panorama contemplamos cuando observamos la comunidad católica? Vivimos como paganos, solo preocupados por los placeres y por las comodidades, como si no existiera otra Vida, como si no hubiera un Infierno para castigar al que no obedece los preceptos de la Santa Madre Iglesia y una Gloria para premiar a los corderos sumisos al pastor.
    El panorama no puede ser más desolador: abandono de las visitas al sagrario y del rezo del Santo rosario en familia, sacramentos diferidos sine die, especialmente el de la penitencia, olvido del cumplimiento pascual, disminución de los óbolos y donaciones a la Iglesia, tibieza en el cumplimiento de los deberes religiosos, aumento escandaloso de las bodas civiles… drástico recorte de las decenas de misas que antes se encargaban en sufragio de las ánimas del purgatorio…
- Bueno, yo no es que sea muy practicante, pero católico soy ¿eh?- dicen las encuestas.
- ¿Católico? ¿Tú te llamas católico, desgraciado? ¿Qué sabes de los dogmas, qué de los misterios, qué de las Escrituras que son el fundamento de nuestra Santa Madre Iglesia?
Nada.
Nada de nada. Cuatro recuerdos desvaídos de la catequesis que te administró aquel cura sobón cuando tenías seis o siete años y pare usted de contar.



En los últimos decenios hemos asistido a la desaceleración de la Iglesia. Hemos asistido a la dispersión de su rebaño, hemos asistido, lo que es peor, a la disminución de las vocaciones y a la deserción de un sin número de pastores que, captados por los cantos de sirena de la sociedad hedonista ahorcaban los hábitos y abandonaban su sagrado ministerio para entregarse a los vicios que antes zaherían desde el púlpito y solo practicaban (algunos) en la intimidad de sus conciencias. Ahora no. Desparecidas las tonsuras, adoptados los atuendos seglares y las formas profanas salen al mundo con hambre atrasada de placeres, como berracos…

En este negocio las ovejas sumisas (o sea, los católicos observantes) nos salvamos, pero los que se apartan del redil se condenan para siempre jamás. O sea, de un lado, a la derecha del Padre, los católicos sumisos que obedecemos al mayoral (el Papa) y a sus gañanes (los integrantes de la Conferencia Episcopal), los que sostenemos a la Iglesia con nuestro óbolo, ovejas camino de la salvación. Del otro lado, a la izquierda del padre, el resto: cabritos destinados al Infierno, a la caldereta de Satanás.

Hoy los teólogos y los fieles reclaman una revisión de las fuentes del cristianismo y los princip0ios sobre los que se asientas sus creencias. Incluso existe una nueva hornada de teólogos laicos comprometidos con la verdad que escudriñan los textos y profundizan en ellos desde un punto de vista científico e histórico.
    Los católicos no debemos temer el resultado de esas investigaciones que iluminan con luz vivísima y certera los fundamentos de nuestra fe. Ya sabemos que la religión es solamente un producto cultural nacido del terror primigenio de los primeros humanos inermes ante una naturaleza hostil que no acertaban a comprender, pero esa certeza robustece nuestra fe. Si nuestros pastores se mantienen imperturbables en la verdad católica, no va a ser solo porque viven de ella, ¿no es cierto?




¿Qué documentos testimonian la presencia de Jesús en la Tierra. El Nuevo Testamento, especialmente los Evangelios. Admitamos que los evangelistas tendieron las redes de su apostolado y en su afán por captar adeptos colmaron sus textos de milagros, apariciones, sucesos sorprendentes y otras fantasías conducentes a convencer a las gentes sencillas de que Dios los reclamaba para su balador rebaño…
    Constataremos que el Jesús histórico, el devoto judío que sanó, exorcizó y prodigió por los caminos de Tierra Santa, guarda escasa relación con el Cristo ideado por San Pablo, el verdadero inventor del cristianismo. El primer siglo de cristianismo silencia la figura histórica de Jesús. Solo muchos años después de su muerte se redactan escritos, a menudo contradictorios y plagados de fantasías, que narran su vida y milagros. En la Iglesia se impone la visión de San Pablo para el que Jesús, ahora llamado Jesucristo, es Dios mismo, la entidad que habita en el Reino de los Cielos, el Ser Supremo. Pablo habla de Cristo y apenas menciona a Jesús. El Jesús de carne y hueso le interesa poco o nada.

Los académicos liberales creen que Jesús fue un reformador social y se preguntan, ¿cómo pudo derivar hasta transformarse en el Cristo cósmico? Algunos autores dudan de la existencia real de este Jesús apenas mencionado en los textos de escritores e historiadores de la época. Los que lo mencionan lo hacen de pasada o en textos algo más extensos falsificados por los copistas cristianos.




Fábulas, mentiras, falsificaciones… ¿sobre estos cimientos se fundamenta el cristianismo? Sí, admitámoslo. ¿Qué el cristianismo se basa en una sarta de mentiras y supercherías? Vale, es cierto, ¿qué pasa? Será todo mentira, pero, a pesar de ello, la Iglesia Católica resiste incólume los embates del vendaval de la historia.
    ¿A qué se debe esa paradoja? No existe paradoja alguna. Lo que permite que de esa ensalada de mentiras florezca una Iglesia siempre renovada es la firme mano de Dios que blande su nudosa y pastoril cayada para guiar a su balador rebaño, Dios nuestro pastor que lanza la certera pedrada de su castigo contra los que se descarrían.


A la luz de la ciencia, el cristianismo se nos revela como un potaje integrado por ingredientes de muy diverso origen: judaísmo, cultos mistéricos, paganismo, gnosticismo… La grandeza del mensaje cristiano reside precisamente en mantener estos dogmas como verdades a que nos obliga la fe. ¿La razón lo rechaza? Pues doblega tu razón y acepta que todo eso es cierto. Es el fundamento de tu religión ¡Nada menos! Y con la fe no se juega. ¿En qué consiste la fe? Muy sencillo: “La fe es creer en lo que sabemos que no existe”.


Juan Eslava Galán – El Catolicismo explicado a las ovejas

jueves, 23 de marzo de 2017

Música "Made in Sevilla"

Aquí os traigo una recopilación de listas de reproducción que he ido confeccionando estas últimas semanas sobre la música creada en Sevilla y por sevillanos principalmente en los últimos 50 años, al menos de autores y grupos que han alcanzado cierta o mucha notoriedad en el panorama nacional e internacional, y que permite calibrar el alto nivel alcanzado. Creo que es una muestra muy interesante y permite oír detenidamente en una misma página, circunstancia que no he logrado encontrar en otro lugar. Aunque se presentan estilos muy diversos, hay como un espíritu común que las une en un todo coherente, un perfume de aire sevillano.


Smash




Triana




Lole y Manuel




Guadalquivir




Silvio Fernández




Cuarto Menguante




Kiko Veneno




Pata Negra




Círculo Vicioso




Benito Moreno




Gualberto




José Manuel Soto




El Pali




Romero San Juan




Goma




Storm

lunes, 20 de marzo de 2017

!Danos alma, Don Quijote! (Miguel de Unamuno)




Si uno denuncia un abuso, persigue la injusticia, fustiga la ramplonería, se preguntan los esclavos: ¿qué irá buscando en eso? ¿a qué aspira? Unas veces creen y dicen que lo hace para que le tapen la boca con oro; otras que es por ruines sentimientos y bajas pasiones de vengativo envidioso; otras que lo hacen no más que por meter ruido y que de él se hable, por vanagloria; otras que lo hace por divertirse y pasar el tiempo, por deporte. ¡Lástima tan grande que a tan pocos les dé por deportes semejantes!

Si no hubiera beneficios sino por la gratitudes que de ellos habríamos que recoger, ¿para qué nos servirían en la eternidad? Debe hacerse el bien no solo a pesar de que no nos han de corresponder en el mundo sino precisamente porque no han de correspondérnoslo. El valor infinito de las buenas obras estriba en que no tienes pago adecuado en la vida, y así rebosan de ella. La vida es un bien muy pobre para los bienes que en ella cabe ejercer.

Una locura cualquiera deja de serlo en cuanto se hace colectiva, en cuanto es locura de todo un pueblo, de todo el género humano acaso. En cuanto una alucinación se hace colectiva, se hace popular, se hace social, deja de ser una alucinación para convertirse en una realidad, en algo que está fuera de cada uno de los que la comparten. Hace falta llevar a las muchedumbres, llevar al pueblo, llevar a nuestro pueblo español, una locura cualquiera, la locura de uno cualquiera de sus miembros que esté loco, pero loco de verdad, no de mentirijillas. Loco, y no tonto.




Te debe importar poco lo que eres; lo cardinal para ti es lo que quieras ser. El ser que eres no es más que un ser caduco y perecedero que come de la tierra y al que la tierra se lo comerá un día; el que quieres ser es tu idea en Dios, Conciencia del Universo: es la divina idea de que eres manifestación en el tiempo y en el espacio. Y tu impulso querencioso hacia ese ser que quieres ser no es sino la morriña que te arrastra a tu hogar divino. Solo es hombre hecho y derecho el hombre cuando quiere ser más que hombre.
    La absoluta, la completa, la verdadera soledad consiste en no estar ni aún consigo mismo. Y no estarás de veras completo y absolutamente solo hasta que te despojes de ti mismo, al borde del sepulcro.

No hay porvenir, nunca hay porvenir. Eso que llaman el porvenir es una de las más grandes mentiras. El verdadero porvenir es hoy. ¿Qué será de nosotros mañana? ¡No hay mañana! ¿Qué es de nosotros ahora? Esta es la única cuestión.
    Lo más urgente es lo de ahora y lo de aquí; en el momento que pasa y en el reducido lugar que ocupamos en nuestra eternidad y nuestra infinitud.

¡No hay otro yo en el mundo! He aquí una sentencia que deberíamos no olvidar nunca, y sobre todo cuando al acongojarnos por tener que desaparecer un día, nos vengan con la ridícula monserga de que somos un átomo en el Universo, y que sin nosotros siguen los astros su curso y que el Bien ha de realizarse hasta sin nuestro concurso, y que es soberbia imaginar que toda esa inmensa fábrica se hizo para nuestra salud. ¡No hay otro yo en el mundo! Cada uno de nosotros es único e insustituible.
    ¡No hay otro yo en el mundo! Cada cual de nosotros es absoluto. Si hay un Dios que ha hecho y conserva el mundo, lo ha hecho y conserva para mí. ¡No hay otro yo! Los habrá mayores y menores, mejores y peores, pero no hay otro yo. Yo soy algo enteramente nuevo; en mí se resume una eternidad de pasado y de mí arranca una eternidad de porvenir. ¡No hay otro yo! Esta es la única base sólida del amor entre los hombres, porque tampoco hay otro tú que tú, ni otro él que él.

El ansia de gloria y renombre es el espíritu íntimo del quijotismo, su esencia y su razón de ser, y si no se puede cobrarlos venciendo gigantes y vestigios y enderezando entuertos, cóbraselos endechando a la luna y haciendo de pastor. El toque está en dejar nombre por los siglos, en vivir en la memoria de las gentes. ¡El toque está en no morir! ¡En no morir! ¡No morir!  Ésta es la raíz última, la raíz de las raíces de la locura quijotesca. ¡No morir! ¡no morir! Ansia de vida, ansia de vida eterna es la que te dio vida inmortal, mi señor Don Quijote; el sueño de tu vida fue y es sueño de no morir. 

¿No es acaso la mayor locura dejar perder la gloria inacabable por la gloria pasajera, la eternidad de espíritu para que dure nuestro nombre tanto como dure el mundo, un instante de eternidad?
    Así a nosotros, cuanto más vencidos estemos, cuando el mundo nos aplaste y nos estruje el corazón la vida y se nos derritan las esperanzas todas, danos alma, ¡Caballero!, danos alma y coraje para gritar desde el fondo de nuestra nadería: ¡plenitud de plenitudes y todo plenitud! ¿Qué yo muero en mi demanda? Pues así se hará esta más grande con mi muerte. ¿Qué peleando en pro de mi verdad, me vencen? ¡No importa! Pues ella vivirá y viviendo ella os mostrará que no depende de mí, sino de ella.




¿Para qué afanarse? ¿Para qué todo? Bástele a cada día su malicia. ¿Para qué ir a enderezar los tuertos del mundo? El mundo lo llevamos dentro de nosotros, es nuestro sueño, como lo es la vida; purifiquémonos y la purificaremos. La mirada limpia, limpia cuando mira; los oídos castos, castigan cuanto oyen. La mala intención de un acto ¿está en quien lo comete o en quien lo juzga? La horrible maldad de un Caín o de un Judas ¿no será acaso condensación y símbolo de la maldad de los que han fomentado sus leyendas? ¿No es la maldad nuestra la que nos hace descubrir cuanto hay de malo en nuestro hermano? ¿No es la paja que te anubla el ojo lo que te permite ver la viga del mío? Tal vez el demonio carga con las culpas de los que le temen. Santifiquemos nuestra intención y quedará santificado el mundo, purifiquemos nuestra conciencia, y puro saldrá el ambiente. Los limpios de corazón ven a Dios en todo y todo lo perdonan en su nombre. Las ajenas intenciones caen fuera de nuestro influjo, y solo en la intención está el mal.

La creación toda es algo que hemos de perder un día o que un día o que un día ha de perdernos, pues ¿qué otra cosa es desvanecernos del mundo sino desvanecerse el mundo de nosotros? ¿Te puedes concebir como no existiendo? Inténtalo, concentra tu imaginación en ello y figúrate a ti mismo sin ver ni oír, ni tocar, ni recordar nada; inténtalo, y acaso llames y atraigas a ti esa angustia que nos visita cuando menos lo esperamos, y sientas el mundo que te aprieta el gaznate del alma, por donde resuella tu espíritu.

Y en esa angustia, en esa suprema congoja del ahogo espiritual, cuando se te escurran las ideas, te alzarán de un vuelo congojoso para recobrarlas al conocimiento sustancial. Y verás que el mundo es tu creación, no tu representación. A fuerza de ese supremo trabajo de congoja conquistamos la verdad, que no es, no, el reflejo del Universo en la mente, sino su asiento en el corazón. La congoja del espíritu es la puerta de la verdad sustancial. Sufre, para que creas y creyendo vivas. Frente a todas las negaciones de la “lógica”, que rige las relaciones aparenciales de las cosas, se alza la afirmación de lo “cardíaco” que rige los toques sustanciales de ellas. Aunque tu cabeza diga que se te ha de derretir la conciencia un día, tu corazón, despertado y alumbrado por la congoja infinita, te enseñará que hay un mundo en que la razón no es guía. La verdad es lo que hace vivir, no lo que hace pensar.





Nada pasa, nada se disipa, nada se anonada; eternízase la más pequeña partecilla de materia y el más débil golpecillo de fuerza, y no hay visión, por huidera que sea, que no quede reflejada para siempre en alguna parte. Así como si al pasar por un punto, en el infinito de las tinieblas, se encendiera y brillara por un momento todo lo que por allí pasase, así brilla por un momento en nuestra conciencia del presente cuanto desfila de lo insondable del porvenir a lo insondable del pasado. No hay visión ni cosa ni momento de ella que no descienda de las honduras eternas de donde salió y allí se quede. Sueño es este súbito y momentáneo encendimiento de la sustancia tenebrosa, sueño es la vida, y apagado el pasajero fulgor, desciende su reflejo a las honduras de las tinieblas y allí queda y persiste hasta que una suprema sacudida lo reenciende para siempre un día. Porque la muerte no triunfa de la vida con la muerte de ésta. Muerte y vida son mezquinos términos de que nos valemos en esta prisión del tiempo y del espacio; tienen ambas una raíz común y la raigambre de esta raíz arraiga en la eternidad de lo infinito: en Dios, Conciencia del Universo.



Miguel de Unamuno – Vida de Don Quijote y Sancho

jueves, 16 de marzo de 2017

Hoy es siempre todavía (Bernabé Tierno)




La felicidad es un guiso que cada cual condimenta de acuerdo con su propio carácter, con sus objetivos e ilusiones y con las circunstancias en que se encuentra. No es lo mismo la felicidad que busca y se confecciona a sí mismo el consumidor de placeres que la que pretende el indolente, y mucho menos que la felicidad de las personas comprometidas y solidarias. Los mendigos y vagabundos, los pobres de este mundo, los enfermos y desahuciados, todos sin excepción, pueden ser aceptablemente felices, porque existe ese rango fijo, ese termostato de felicidad personal que a todos nos lleva a recuperar el estado básico de felicidad que nos caracteriza. No obstante, hay un elevado porcentaje de felicidad que depende de nuestra actitud en las circunstancias que nos afecten en el Hoy, Aquí y Ahora de nuestra vida cotidiana. Ésa es la felicidad que está en nuestra mano depararnos en cada instante de nuestra existencia.

El rumbo que das a tu vida, tus proyectos y objetivos contribuirán a proporcionarte felicidad solamente si están pensados y orientados a vivirlos y disfrutarlos de forma gozosa en el Hoy de cada día que la vida te vaya desgranando, en el Aquí concreto de lugar en que vivas o te encuentres en el Ahora de ese instante que se hace realidad en el presente continuo en que hablas, actúas, piensas, sientes… en definitiva, todos tus proyectos, como todos los rumbos posibles, no tienen más razón de ser que contribuir a otra cosa que no sea el que sientas vivamente la dicha de ¡existir!, de sentirte presente con todo lo que disfrutas en el Ahora del instante, integrado en el Hoy de todos y cada uno de los días que jalonan tu vida.




Los problemas no provienen de las cosas, personas y circunstancias, sino más bien del juicio que emitimos sobre todo lo que nos sucede, sucedió o pensamos que puede sucedernos. “Hoy es siempre todavía”, lo que significa que estás a tiempo de lograr lo que te propongas, pero con una condición: que seas absolutamente impecable y no te permitas rumiar el pasado negativo, aquello que ya fue y no puede dejar de ser. Tampoco debes inquietarte ni montar películas agobiantes sobre el futuro. Toda la energía de tu ser debe estar concentrada y centrada en lo que tienes programado para el Hoy y disfrutarlo plenamente.
    Cualquier día en que te encuentres viviendo tiene su fin, y esta realidad es muy positiva por muy beneficiosa y gozosa que sea la experiencia que vives y disfrutas, perdería su fuerza motivadora, su atractivo y encanto, si no la cambiaras por otra que activara en ti nuevos deseos, una mayor dificultad y te provocara mayor curiosidad y deseos de logro. Si la experiencia que vives, la realidad que te ha tocado afrontar y los hechos tozudos te fueran adversos, y no te fuera posible encontrar la solución adecuada, a veces saber que llegará un nuevo día con otras opciones y circunstancias nos fortalece para aceptar de buen grado lo que es desagradable y problemático. De este modo no permitimos que toda una cadena de pensamientos y sentimientos derrotistas nos impida sacar el mayor provecho posible al hoy que tenemos en nuestras manos.

Otra maravilla es la renovación que debes hacer de ti mismo en cada nuevo hoy de tu existencia. La maravilla de ser el mismo pero no lo mismo, es decir, como si nada cambiara en ti. Ser tú mismo en tu esencia, pero introduciendo en tu cotidiano vivir nuevas alegrías, más sentido del humor, ternura, más o menos pasión, que unas veces es fuego y otras prefiere quedarse en rescoldo, te renovará y rejuvenecerá, pero también rejuvenecerá y renovará a todas las personas a quienes de manera más o menos directa y cercana hoy “toques” con tus palabras, con tu presencia o simplemente con tu mirada.




Ese aquí que llamamos Mundo, y en el que habitamos los humanos, ha sido creado para que todos sin excepción lo recreemos y lo embellezcamos. Es una responsabilidad ineludible de cualquier mortal contribuir con su vida a hacer un mundo mejor, y curiosamente la clave de la Felicidad con mayúsculas, ese chirimiri de dicha que cala de gozo hasta el alma, tiene que ver con las acciones desinteresadas, solidarias y generosas de quienes tienen como proyecto de sus vidas ser útiles a los demás y dejar el mundo con menos violencia, menos pobreza y dolor y más riqueza, bienestar y paz para todos.

El “todos para todos” forma parte integrante e integradora del TODO que a todos nos acoge y al que pertenecemos, pero teniendo bien presente que el Mundo es obra nuestra: si llenamos los océanos y mares de inmundicia, si continuamos sin respetar las sabias leyes de la Naturaleza y entre los individuos que poblamos la Tierra apenas quedan buen entendimiento, amor y acogida, y son el odio, la violencia y el terrorismo los que todo lo inundan, este mundo, que fue creado para que lo fuéramos recreando y enriqueciendo con nuestro buen hacer de cada día, será pasto de las llamas de la
destrucción a la que lo tenemos sometido.

Es verdad que este Aquí o Mundo que a todos nos acoge en su regazo es el libro más gigantesco, la enciclopedia más completa, llena de sabiduría sin límites, a la que todos podemos acceder. El problema no es del Mundo, sino de quienes ni saben ni quieren aprender a leerlo y tampoco tienen el menor interés en acceder a su insondable e inagotable sabiduría.
     Somos nosotros los que debemos adaptarnos al Mundo, al aquí en que nos ha tocado vivir. Me refiero especialmente al "aquí" con minúscula, al lugar donde vivimos, la familia a la que pertenecemos, el lugar y momento en que existimos y actuamos.

La aceptación gozosa de la realidad que nos ha tocado vivir y la adaptación de buen grado a lo que nos depara el lugar en que nos encontramos, las personas con las que convivimos y el momento que estamos viviendo, son aspectos esenciales para esa buena vida que viven las personas más sabias y felices.


Bernabé Tierno – Hoy, Aquí y Ahora



jueves, 9 de marzo de 2017

Solo lo humano es eternamente castizo (Miguel de Unamuno)




Elévanse a diario en España amargas quejas porque la cultura extraña nos invade y arrastra o ahoga lo castizo, y va zapando poco a poco nuestra personalidad nacional. Es una idea arraigadísima lo de creer que la subordinación ahoga la individualidad, que hay que resistirse a aquélla o perder ésta. Lo mismo los que piden que cerremos o poco menos las fronteras y pongamos puertas al campo, que los que piden más o menos explícitamente que nos conquisten, se salen de la verdadera realidad de las cosas, de la eterna y honda realidad, arrastrados por el espíritu de anarquismo que llevamos todos en el meollo del alma, que es el pecado original de la sociedad humana, pecado no borrado por el largo bautismo de sangre de tantas guerras. Mas no hace falta conquista, ni la conquista purifica, porque, a su pesar y no por ella, se civilizan los pueblos.

Si no tuviese significación viva lo de ciencia y arte españoles, no calentarían esas ideas a ningún espíritu, no habrían muerto hombres, hombres vivos, peleando por lo castizo. Mientras pasan sistemas, escuelas y teorías, va formándose el sedimento de las verdades eternas de la eterna esencia. Sobre el suelo compacto y firme de la esencia y arte eternos corre el río del progreso que le fecunda y acrecienta.

Hay una tradición eterna, legado de los siglos, la de la ciencia y el arte universales y eternos, he aquí una verdad que hemos dejado morir. Hay una tradición eterna, como hay una tradición del pasado y una tradición del presente. Debajo de la historia, es donde vive la verdadera tradición, la eterna, en el presente, no en el pasado muerto para siempre y enterrado en cosas muertas. En el fondo del presente hay que buscar la tradición eterna, en las entrañas del mar, no en los témpanos del pasado, que al querer darles vida se derriten, revertiendo sus aguas al mar.
    Así como la tradición es la sustancia de la Historia, la eternidad lo es del tiempo; la historia es la forma de la tradición, como el tiempo la de la eternidad. Y buscar la tradición en el pasado muerto es buscar la eternidad en el pasado, en la muerte, buscar la eternidad de la muerte.





La tradición hace posible la ciencia, mejor dicho, la ciencia misma es tradición. Estas últimas leyes a que la ciencia llega no son más que fórmulas de la eternidad viva, que no está fuera del tiempo, sino dentro de él. La tradición eterna es el fondo del ser del hombre mismo. El hombre, esto es lo que hemos de buscar en nuestra alma. Lo verdaderamente original es lo originario, la humanidad en nosotros.
    ¡Gran locura la de querer despojarnos del fondo común a todos, de la masa idéntica sobre la que se moldean las formas diferenciales, de lo que nos asemeja y une, de lo que hace que seamos prójimos, de la madre del amor de la humanidad, en fin, del hombre, del verdadero hombre, del legado de la especie! ¡Qué empeño por entronizar lo pseudo-original, lo distintivo, la mueca, la caricatura, lo que nos viene de fuera! Preferimos el arte a la vida, cuando la vida más oscura y humilde vale infinitamente más que la más grande obra de arte.



Hay un ejército que desdeña la tradición eterna, que descansa en el presente de la Humanidad, y se va en busca de lo castizo e histórico de la tradición, al pasado de nuestra casta, mejor dicho, de la casta que nos precedió en este suelo. Los más de los que se llaman a sí mismos tradicionalistas, o sin llamarse así se creen tales, no ven la tradición eterna, sino su sombra vana en el pasado. ¡Qué pena de ejército! Son gentes que por huir del ruido presente que les aturde, incapaces de sumergirse en el silencio de que es ese ruido, se recrean en ecos y retintines de sonidos muertos.

Hay que ir a la tradición eterna, madre del ideal, que no es otra cosa que ella misma reflejada en el futuro. Y la tradición eterna es tradición universal cosmopolita. Combatir contra ella es querer destruir la humanidad en nosotros, es ir a la muerte, empeñarnos en distinguirnos de los demás. Para hallar la humanidad en nosotros y llegar al pueblo nuevo, conviene, sí, que nos estudiemos, porque lo accidental, lo pasajero, lo temporal, lo castizo, de puro sublimarse y exaltarse se purifica destruyéndose. Pero ¡ay de aquel que al hacer examen de conciencia se complace en los pecados pasados y ve su originalidad en las pasiones que le han perdido, pone el pundonor mundano sobre todo!



El estudio de la propia historia, que debía ser un impecable examen de conciencia, se toma, por desgracia, como fuente de apologías y apologías de vergüenzas, y de excusas, y de disculpaciones y de componendas con la conciencia, como medio de defensa contra la penitencia regeneradora. Apena leer trabajos de historia en que se llama glorias a nuestras mayores vergüenzas, a las glorias de que purgarnos, en que se hace jactancia de nuestros pecados pasados; en que se trata de disculpar nuestras atrocidades innegables con las de otros. Mientras no sea la historia una confesión de un examen de conciencia no servirá para despojarnos del pueblo viejo, y no habrá salvación para nosotros.


La humanidad es la casta entera, sustancia de las castas históricas que se hacen y deshacen como las olas del mar; solo lo humano es eternamente castizo. Mas para hallar lo humano eterno hay que romper lo castizo temporal y ver cómo se hacen y deshacen las castas, cómo se ha hecho lo nuestro y qué indicios nos da de su porvenir su presente.


Miguel de Unamuno – En torno al casticismo

viernes, 3 de marzo de 2017

¿Los animales tienen alma? (Marguerite Yourcenar)


Un cuento de las mil y una noches cuenta que la Tierra y los animales temblaron el día en que Dios creó al hombre. Esta admirable visión de poeta adquiere todo su valor para nosotros, que sabemos mucho mejor que el cuentista árabe de la Edad Media hasta qué punto la Tierra y los animales tenían razón al temblar. Cuando veo ganado y caballos en el campo, incluso cuando veo algunas gallinas picoteando todavía libremente en el patio de una granja, me digo que, bien es cierto que esos animales serán sacrificados al apetito del hombre, o gastarán su vida en servirle, y morirán de “mala muerte” sangrados, muertos a palos, estrangulados o, siguiendo la antigua costumbre según la cual se daba muerte a los caballos que no pueden enviarse a la “carnicería”, sacrificados de un tiro, torpe la mayor parte de las veces y que casi nunca es un verdadero “tiro de gracia”, o abandonados en la soledad de la sierra como aún hacen los campesinos de Madeira o incluso (¿en qué país me contaron este hecho?), empujados con la punta de la aijada hasta el precipicio en donde se romperán los huesos.

Pero me digo también que en ese momento, y puede que durante meses e incluso años, esos animales habrán vivido al aire libre, a pleno sol y a plena noche, maltratados a menudo, bien tratados a veces, recorriendo de una manera más o menos normal los ciclos de su existencia animal, igual que nosotros nos resignamos a cumplir los ciclos de nuestra propia vida. Pero esa relativa “normalidad” ya no se lleva entre nosotros, en donde la espantosa superproducción (que finalmente también mata y envilece al hombre) hace de los animales unos productos fabricados en cadena, que viven su pobre y breve existencia envueltos en el insoportable resplandor de la luz eléctrica, atracados  de hormonas que después nos transmitirá peligrosamente su carne, poniendo huevos y “haciéndose encima” como antaño decían las enfermeras y las nodrizas; privados, en el caso de las aves confinadas unas contra otras, del pico y de las uñas que, durante su horrible vida empaquetada volverían contra sus compañeros de miseria.



Aquí como en todas partes se ha roto el equilibrio; la horrible materia prima animal es un hecho nuevo, igual que el bosque aniquilado para suministrar la parte necesaria para nuestros periódicos y revistas de propaganda y falsas noticias, igual que nuestros océanos donde el pescado se ve sacrificado a los petroleros. Durante milenios, el hombre consideró al animal como su cosa, pero subsistía un estrecho contacto. El jinete quería, aunque abusara de ella, a su montura; el cazador de antaño conocía las formas de vida de los animales que cazaba, y “amaba” a su manera a esos mismos animales a los que se gloriaba en matar: una especie de familiaridad se mezclaba con el horror…

Hemos cambiado todo esto: los niños de la ciudad no han visto nunca una vaca ni un cordero; ahora bien, uno no ama aquello que no conoce, no ama al animal al que jamás tuvo ocasión de acercarse y al que nunca ha acariciado. Del mismo modo, los abrigos de pieles presentados con cuidados exquisitos en los escaparates de las grandes peleterías parecen estar a cien leguas de la foca derribada a palos sobre el banco de hielo, o del mapache cogido en una trampa y royéndose una pata para tratar de recobrar su libertad. La hermosa mujer que se maquilla no sabe que sus cosméticos han sido probados en conejos o cobayas que han muerto sacrificados o se han quedado ciegos. La inconsciencia y, consecuentemente, la tranquilidad de conciencia, del comprador o de la compradora es total. Una civilización que se aleja cada vez más de la realidad produce cada vez más víctimas, comprendida ella misma.
    Y sin embargo, el amor a los animales es tan antiguo como la raza humana. Millones de testimonios escritos o hablados, de obras de arte y de gestos apercibidos, dan fe de ello.



Al parecer, una de las formidables causas del sufrimiento animal –en Occidente, por lo menos– fue la conminación bíblica de Yahvé a Adán antes de la culpa, cuando le mostró al pueblo de los animales, haciéndoselos nombrar y declarándolo dueño y señor de los mismos. Esta escena mítica siempre ha sido interpretada por el cristiano y el judío ortodoxo como un permiso para sacrificar indiscriminadamente a esas millones de especies que expresan, por sus formas diferentes de las nuestras, la infinita variedad de la vida, y por su organización interna, su poder de actuar, de gozar y de sufrir, la evidente unidad de la misma.
    Y sin embargo hubiera sido muy fácil interpretar el viejo mito de otra manera: aquel Adán, aún no afectado por la caída, lo mismo hubiera podido sentirse promovido al rango de protector, de árbitro, de ordenador de la creación entera, utilizando los dones que se le habían otorgado, superiores o diferentes de aquellos concedidos a los animales, para consolidar y mantener el equilibrio del mundo del cual Dios le había hecho no el tirano sino el intendente.

El cristianismo podía haber insistido en las sublimes leyendas que mezclan al animal con el hombre. Había en el cristianismo todos los elementos de un folclore animal casi tan rico como el del budismo, pero el seco dogmatismo y la prioridad otorgada al egoísmo humano ganaron la partida.
    Por otra parte, una teoría diferente iba a ponerse al servicio de aquellos para quienes el animal no merece ayuda alguna y se encuentra desprovisto de la dignidad que, en principio y sobre el papel, concedemos a cada hombre: el animal-máquina de Descartes se ha convertido en artículo de fe, tanto más fácil de acepta cuanto que favorece la explotación y la indiferencia. El animal-máquina, pero ni más ni menos que el mismo hombre, que también es una máquina, máquina de producir y ordenar las acciones, las pulsiones y las reacciones que constituyen las sensaciones de frío y calor, de hambre y de satisfacción digestiva, los impulsos sexuales y también el dolor, el cansancio, el temor que los animales experimentan igual que nosotros. El animal es una máquina, el hombre también y fue su duda a blasfemar del alma inmortal lo que impide a Descartes ir abiertamente más lejos en esa hipótesis, que hubiera establecido los fundamentos de una fisiología y de una zoología auténticas.



En el estado actual de la cuestión, en una época en que nuestros abusos se agravan sobre este punto como sobre tantos otros, podemos preguntarnos si una Declaración de los derechos del animal va a ser útil. Yo la recibo con alegría, pero ya hay buenas almas que murmuran: “hace cerca de doscientos años que fue proclamada la Declaración de los derechos humanos y ¿cuál ha sido el resultado? No ha habido ninguna época más concentracionaria, más llevada a las destrucciones masivas de vidas humanas, más dispuesta a degradar hasta en sus mismas víctimas la noción de humanidad. ¿Será efectivo promulgar a favor del animal otro documento de este tipo que –mientras el hombre no cambie– será tan inútil como la Declaración de los derechos del hombre?”. Creo que sí. Creo que siempre conviene promulgar o reafirmar las leyes verdaderas, que no dejarán por ello de ser incumplidas, pero dejando aquí y allá a los transgresores el sentimiento de haber obrado mal. “No matarás”. Toda la historia de la que tan orgullosos nos sentimos, es una perpetua infracción a esa ley.


“No harás sufrir a los animales, o al menos les harás sufrir lo menos posible. Tienen sus derechos y su dignidad como tú mismo”, es con toda seguridad, una amonestación bien modesta, en el estado actual de las mentes es casi subversiva. Seamos subversivos. Hay que rebelarse contra la ignorancia, la indiferencia, la crueldad que, por lo demás, suele aplicarse a menudo contra el hombre, porque antes se ha ejercitado con el animal. Recordemos, puesto que hay que relacionarlo todo con nosotros mismos, que habría menos niños mártires si hubiese menos animales torturados, menos vagones precintados llevando hacia la muerte a las víctimas de ciertas dictaduras si no nos hubiéramos acostumbrado a ver furgones en donde las reses agonizan sin alimento y sin agua, de camino hacia el matadero; menos caza humana derribada de un tiro si la afición y la costumbre de matar no fueran patrimonio de los cazadores. Y en la humilde medida de lo posible (es decir, mejoremos si es que se puede) la vida.


Marguerite Yourcenar – ¿Quién puede saber si el animal desciende bajo la tierra?