viernes, 17 de febrero de 2012
El Alma es la esencia de nuestro Ser (N. López y P. Pascuet)
El alma es la esencia de nuestro ser, “nuestro yo”, lo que somos en realidad. Ella está más allá del nombre que tenemos en esta vida, de la existencia que estamos viviendo, de la familia que tenemos, del trabajo o del entorno que nos rodea, siendo el alma la única que no se implica en nuestras experiencias mundanas y que nos recuerda, con persistencia, que la luz está en nuestro interior. Esta esencia de nuestro ser es libertad, nos conecta con el origen y con nuestro auténtico hogar, acercándonos a la divinidad, recordándonos que la pureza existe dentro de nosotros.
El modo de vida generado por los seres humanos nos aleja considerablemente de ella. El miedo, la inseguridad y el egoísmo tienden a apagar nuestra luz interior, dejando atrás la parte más celestial y la conexión con la divinidad. Cuando las circunstancias de la vida nos aprisionan y nos vemos envueltos en un aprieto, necesitamos una gran dosis de fuerza y de superación; la cualidad del valor se manifiesta y el alma se expande. Son situaciones en las que mostramos el gran poder que duerme en nuestro interior, asegurándonos que, en el momento adecuado, nuestra alma despierta para decirnos que la vida en este planeta es un viaje cargado de experiencias y de vivencias que nos enseñan y enriquecen como seres de luz.
El sentido de nuestra existencia es entonces la riqueza espiritual, dejando atrás la terrenal, que nos acompaña en el viaje de la vida para que ésta sea más placentera y cómoda. El alma nos ofrece la sabiduría y la paz que buscamos los seres humanos a través de religiones, culturas o mundos desconocidos, pensando que lejos encontraremos lo que tenemos en nuestro interior. Todos tenemos la joya de la divinidad, siendo el contacto con los ángeles una gran ayuda para despertar nuestra parte más pura. Ellos nos ayudarán a entrar en armonía con nuestro yo, recordándonos que hay algo de ángel dentro.
Al conocer a nuestra alma descubrimos que un gran poder despierta. La seguridad pasa a formar parte de nosotros y la comprensión se expande por cada rincón de nuestro ser. Cuando el hombre conoce su alma y la acepta como su auténtico ser, el entorno se transforma, cayendo el sistema creado por las masas y encontrando la razón de la vida. El alma es la parte inmortal del ser humano, está por encima de las experiencias mundanas. El alma es nuestro auténtico ser y nuestro cuerpo es donde materializa los actos.
El ser humano puede elevar considerablemente su conciencia, facilitando en estos tiempos que la información de nuestras vidas anteriores llegue a nuestro recuerdo, de forma natural y haciéndonos comprender cuál es la razón de ser. La vida es maravillosa en el momento en que sabemos quiénes somos.
Nuria López y Pere Pascuet - Vivir con los ángeles
miércoles, 15 de febrero de 2012
Cuando miro los ojos de un niño... (Cayetano Arroyo)
Los niños sois las semillas que se preparan para florecer, sois los futuros árboles que darán sombra. Los mayores han de ser para vosotros palos sólidos a los que os amarraréis con las cuerdas del amor y la ternura para crecer rectos. Procurad ser dignos soportes de estos frágiles tallos, porque cuanto hagáis ahora en ellos perdurará en sus rumbos. Y nunca les impongáis vuestros criterios sino hacedlos despertar al criterio y que ellos tomen aquel que más llene su ser. Porque aunque a todos se os han dado por hijos de sangre, a muy pocos de vosotros os serán dados también como hijos de espíritu.
Los niños son quienes heredan nuestras ilusiones por un mundo mejor, a la vez que nuestra mediocridad. Son ellos los que reciben sobre sus frágiles hombros el peso de nuestra conducta, nuestras leyes y costumbres, y a ellos ahogamos su infancia mágica a cambio de un mundo podrido por la competencia y el confort, por la velocidad y el consumo, por la inercia y la mecanicidad.
Demos entrada al periodo en que el hombre toma conciencia de Humanidad y en sí mismo se olvida para ser en todos sus hermanos. Benditos fueron y son aquellos que abren este camino y lo hollan con los pies descalzos de la humanidad. Ellos siembran la nueva semilla a la Escuela del Mundo para acoger al HOMBRE NUEVO.
Muchos son los que viven muertos y pocos son los que VIVEN.
Los primeros son los más numerosos y, aunque sus vidas sean largas, murieron muy jóvenes. Son aquellos que siguen a los muertos y se entierran todos los días con ellos. Y sus vidas se quedan aquí en este Plano, como si en él estuviera todo. Aquí se construyen palacios de egoísmo y viven atormentados porque cada día quieren más. Escogieron un peso mayor que el que podían y una y otra vez caen bajo él. Mas los otros son muy pocos. Son aquellos que mueren, día a día, al egoísmo, siguen a la LUZ , buscándola en cada acción, en cada hecho, a cada paso.
Cuando hacéis un acto bueno, es como una chispa de LUZ que parte de vosotros y se siembra en otro ser y espera ser avivada para inflamarlo. Mas la Voluntad de avivarlo o apagarlo solo es dada a aquel que lo recibe. Sed pues sembradores con vuestros actos, mas no volváis nunca atrás la vista de la curiosidad para comprobar si floreció o no floreció vuestra siembra. Porque es tiempo que perderéis y no ocuparéis en nuevas acciones… Ved que estén ansiosos de recibirla. Porque de nada sirve perder semillas en campos donde no hay agua, o donde las piedras no han sido aún cubiertas por el humus de la Vida.
Mírame en todas las cosas y ámame en ellas. Porque ellas no son sino puntos donde nos unimos en un lazo. No olvides que el Amor nos une en los demás y no nos separa como lo hace el deseo. ¿Acaso una flor no es una materialización del lazo del Amor? ¿Y un pajarillo no es el Amor condensado en el aire?
Ya está bien de querer herir al viento.
Ya está bien de gritar en las playas desnudas de vuestras existencias, queriendo cambiar el curso de las olas.
Ya está bien de que os deleitéis construyendo castillos de arena con una mano para irlos destruyendo con la otra.
¡Has venido al mundo desnudo, hombre, y te quieres arropar con todo cuanto te alcanza la vista! ¡Y has olvidado que te irás desnudo!
¡Has venido al mundo mudo; y con las palabras quieres conquistarlo! ¡Y levantas olas de letras, que chocan con las otras letras, para al final morir en las costas de un horizonte! ¡Y has olvidado que te irás mudo!
¡Has venido solo; y desde que viste la luz, has buscado compañía! ¡Y has olvidado que te irás solo, si no te encuentras a ti mismo!
¡Has venido sin ver! ¡Y cuando abriste esos ojos, creíste ver! ¡Qué iluso eres! ¡Y te irás ciego, porque la mayor ceguera es creer que has visto!
No dejes que los ojos te engañen, ni dejes que los oídos te engañen, ni dejes que te engañen los pensamientos que pasan por ti como nubes mecidas por las circunstancias y los ambientes. No dejes de ser “tú mismo” y descubre en ti esas montañas que ondulan el cielo, esos valles que se adormecen con el sol, esos ríos que se buscan a cada momento, esos árboles que son tu respirar, esos pajarillos que son tu esperanza y tu alegría.
Pocos de vosotros se han parado. Menos aún se han preguntado. Y aún muchos menos han llegado hasta su llama interior, sublimándola como una antorcha en la atalaya de sus cabezas.
Es más cómodo a vuestros corazones levantaros cada día con mayor ceguera. Y tropezando hacer vuestro mundo. Y tropezando hacer Principios y Leyes que os guarden. Y tropezando haceros unas murallas que os dejen dormir tranquilos.
Al igual que es el final de un camino el que lo define, así mismo, es la idea que tengáis del Más Allá, lo que define los pasos que dais en su búsqueda. Muchos hay que anulan hasta los pasos que dan, y no creen ni en los pies que les prestó el tiempo para hollar los senderos. Algunos ven una muralla donde solo hay una cuesta y, sentándose antes de llegar a ella, dicen: ¿Cómo me trata de esta forma la vida que en todo obstruye mis pasos? Y se ponen a fabricar conjeturas en el aire en vez de levantarse y escalarla. El Camino es de aquellos que dejaron los llanos y las laderas y empezaron a ascender el Monte. En cada paso se hacen su camino y lo único que llena sus cabezas es la Cima. Y lo único que llena sus pechos es abrazarla. Ellos son los que crean las veredas que otros muchos tomarán después para el ascenso.
El Conocimiento es el ser de todo cuanto es. Es el hilo de oro que une al ser que desea conocer, aquello que desea conocer y aquello que conoce. No se es libre esencialmente sin que el Conocimiento nos dé su mano. Solo en el Conocimiento se es Consciente.
No es esta el agua que me calmará la sed. Solo un cuenco de comprensión repleto de Amor la saciaría. Porque la sed me la da la angustia que veo en los corazones de los hombres. Sus deseos vanos, sus egoísmos, sus rencillas, sus luchas entre ellos llenas de absurdos y por cosas mezquinas. Se matan por una idea vana o por una apariencia. Y se dividen entre ellos por simples cambios de enfoque sobre las cosas. No ven aquello que les une sino tan solo lo que les separa. Esta es mi sed y mi soledad.
Cuando miro los ojos de un niño veo el semblante de la esperanza, pero veo también como se empañan con las lágrimas de un porvenir donde ya no hay jardines ni alegría. La música se va y viene el ruido. Se van los ríos alegres de aguas transparentes y vienen las cloacas inmundas. Se va el mar azul turquesa para volverse plomo muerto donde los hermanos peces se asfixian. Se va el hermano sol dorado y también se van las gotas de rocío resbalando lentamente por las hojas del manzano en el mes de mayo.
Cuando miro los ojos de un niño siento vergüenza. Siento vergüenza cuando le tengo que hablar de lo que hemos hecho de nuestro común hogar el mundo. De lo que le dejamos por herencia. Siento vergüenza de no poderle ofrecer la posibilidad de que crezca armónico y limpio. Sin prejuicios, sin fronteras, sin ideologías, sin credos.
Siento vergüenza cuando veo que lo que llamamos educación, no es sino conformarlos en nuestros errores, que como una pesada cadena arrastramos desde siglos inmemoriales. Introducirlos en nuestras creencias, que por lo general matan la naturalidad y la sinceridad. Introducirlos en nuestros complejos, que han hecho del corazón del hombre una cueva de rencores y envidias en vez de un valle abierto y soleado.
También siento vergüenza cuando veo que lo que llamamos enseñar no es sino hacerles tragar pensamientos sin que los digieran. Mostrarles el camino de la memoria y no el de la comprensión. Que los libros sean una ventana abierta y no una ventana con rejas.
Por el simple hecho de servirles de guía, deberíamos limpiarnos. Por el simple hecho de no perderlos en el camino hacia “ellos mismos”, deberíamos buscarnos. Por el simple hecho de hablarles del Amor, deberíamos ser Amor.
Cuando miro los ojos de un niño, aunque estén en un cuerpo viejo, veo una llama de esperanza. Una posibilidad, un camino nuevo hacia el gran sueño de la humanidad: la Armonía de todos con todos para que este ser Planeta Tierra, tenga un solo yo en la búsqueda de la luz.
Trabajemos todos por ello. ¡Adelante!
“Soy peregrino de la eternidad, buscando en el murmullo de la Naturaleza el camino y en los cielos la Meta.
Cuando duermo, sueñan en mí todos los soles con sus mundos. Y cuando me viene el despertar, nacen a la vida los seres”.
Cayetano Arroyo – Diálogos con Abul-Beka II
lunes, 13 de febrero de 2012
Pinceladas zen (Alan Watts)
Cuando un hombre ha aprendido a dejar quieta su mente de modo que funcione de la manera integral y espontánea que le es natural, comienza a mostrar esa cualidad especial o poder que llamamos “te”. Es la virtud, en el sentido de eficacia, la virtud espontánea y sin afectación que no puede ser cultivada por ningún método deliberado. Es el ingenio impensable, el poder creador de las funciones espontáneas y naturales del hombre, poder que queda bloqueado cuando tratamos de dominarlo mediante métodos y técnicas formales.
La mente no puede actuar sin renunciar al imposible intento de controlarse a sí misma, más allá de cierto punto. Tiene que abandonarse a sí misma, tanto en el sentido de confiar en su propia memoria y reflexión como en el de actuar espontáneamente, por sí misma hacia lo desconocido. La mente es como un ojo que ve, pero que no puede verse. Esta imposibilidad de agarrar la mente con la mente es la no-acción, entendiéndose que no necesita tratar de abandonarse, ni tratar ni no tratar.
Para el zen todos los seres están en nirvana desde el principio, todo dualismo es una falsa imagen, la mente ordinaria es el Tao. Propone no eliminar el pensamiento reflexivo sino eliminar el bloqueo tanto en la acción como en el pensamiento, sentirse en libertad de bloquear, con lo que el bloqueo se elimina automáticamente. Con frecuencia se dice que aferrarse a sí mismo es como tener una espina clavada en la piel y que el budismo es una espina para sacar la primera, pero si éste se convierte en otro método de aferrarse a sí mismo mediante la búsqueda de una seguridad espiritual, las dos espinas se convierten en una, y entonces ¿cómo se las va a extraer?
Por tanto en el zen no hay ni Buddha al que uno pueda aferrarse, ni bien que ganar ni mal que evitar, ni pensamientos que desarraigan, ni cuerpo que perecer ni alma que salvar… “para salvar la vida hay que destruirla. Cuando está totalmente destruida, por primera vez quedamos en paz”. La práctica del zen no es una verdadera práctica en tanto tenga un fin de vista, y cuando no tiene en vista ningún fin es el despertar: la vida autosuficiente, sin objeto, del eterno ahora. Se practica el zen porque uno ya es Buddha desde el comienzo.
Lo que podemos conocer –la vida y la muerte, la luz y las tinieblas, lo sólido y lo vacío- serán los aspectos relativos de algo tan inconcebible como el color del espacio. Despertar significa saber lo que la realidad no es, es dejar de identificarnos a nosotros mismos como cualquier objeto de conocimiento. Así como cualquier afirmación acerca de la substancia o energía básica de la realidad tiene que resultar absurda, cualquier afirmación referente a lo que “yo soy” tiene que ser también el colmo de la tonteria.
El engaño es la falsa premisa metafísica en que arraiga el sentido común del hombre, su tácito supuesto de que él “es algo”. Está claro que el supuesto de que “yo no soy nada” sería igualmente falso, puesto que algo y nada, ser y no ser, son conceptos relativos, y corresponden igualmente a lo conocido.
Sobre el río la luna brillante, en los pinos el viento que suspira; toda la noche tan tranquila: “por qué” y, “para quién”.
Los gansos salvajes no se proponen reflejarse en el agua; el agua no piensa recibir su imagen.
Tú enciendes el fuego;
te mostraré algo lindo:
¡una gran bola de nieve!
¡Qué admirable
el que no piensa “la vida es fugaz”
al ver el relámpago!
La larga noche;
el sonido del agua
dice lo que pienso.
En el bosque oscuro
cae una bellota:
sonido del agua.
El mar se oscurece;
las voces de los patos salvajes
son débilmente blancas.
La alondra:
sólo su voz cayó,
sin dejar eco.
¿Una flor caída
volviendo a la rama?
Era una mariposa.
Si la mente no está recubierta de viento y de olas, siempre vivirá entre montes azules y árboles verdes. Si tu verdadera naturaleza tiene la fuerza creadora de la Naturaleza misma, dondequiera que vayas verás peces que saltan y gansos que vuelan.
Nan-in, un maestro japonés de la era Meiji, recibió la visita de una persona que se tenía por docta, y que había ido a verle para interrogarle sobre el Zen. Nan-in sirvió el té. Llenó hasta el borde la taza de su huésped, y luego continuó vertiendo.
La persona que se consideraba docta vio cómo el té se salía de la taza, y tras unos instantes no pudo contenerse: "Pero, maestro, la taza está colmada. ¡Ya no entra más!".
"Al igual que esta taza -dijo Nan-in-, tú estás colmado de tus opiniones y conjeturas. ¿Cómo puedo explicarte el Zen, si antes no vacías tu taza?".
jueves, 9 de febrero de 2012
Acojo a un niñ@ saharaui
¡Por fin! nos hemos decidido (antes no podíamos por falta de espacio…) a solicitar la acogida de un niño/a saharaui para este verano. Desde siempre hemos sentido simpatía por ese pueblo injustamente expulsado de sus tierras y obligado a una casi imposible supervivencia en el desierto. Todo lo que tienen –alimentación, ropa, medicamentos– les llega por medio de la ayuda humanitaria, caravanas de camiones que deben superar miles de kilómetros expuestos a la rapiña de bandas nómadas.
Podemos ayudar a dar sentido la vida de un niño/a, que pueda salir del desierto y observar con óptica diferente la situación de su pueblo, y saber que tienen un gran respaldo solidario en otras partes del mundo, darle esperanza. Quizá eso sea posterior, lo principal en estos dos meses es proporcionarle la atención médica que necesite y una buena alimentación –ya que es habitual que lleguen en alto grado de desnutrición–, además de que pueda llegar a sentirse como en familia y, ¿por qué no? disfrutar de algunos lujos que estaban totalmente fuera de su alcance.
Hay quien piensa que es contraproducente, perjudicial y hasta traumatizante el shock que pueden sufrir algunos con este cambio tan radical, que es mejor que permanezcan en la ignorancia del mundo que les rodea. Me parece cruel y egoísta esta postura, no tiene en cuenta la injusticia que se está cometiendo, condenados a sobrevivir en la miseria bajo condiciones extremas. Ellos pueden cambiar algún día la situación de su pueblo.
También aquí habría que recuperar la memoria histórica, cuando una vez tuvieron la ciudadanía y protección españolas que les fue arrebatada impunemente. Un acto de justicia sería devolvérsela a los jóvenes, para que pudieran cursar estudios en nuestro país y alcanzar una formación que les permitiera actuar en el concierto internacional a favor de su libertad, y recuperar su territorio lo antes posible.
En fin, todas estas consideraciones y muchas otras me envuelven ahora… será una experiencia de calado emocional.
El Alma "etérea" de Sevilla (J. Romero Murube)
“Joaquín Romero Murube (1904-1969), escritor desde la juventud y profundo admirador y biógrafo sentimental de la obra de José Mª Izquierdo, toda su obra está dedicada a profundizar en las raíces universales de Sevilla. Conversador inigualable, vital, irónico y tierno, divagador solitario por la hondura de los jardines del alma de la ciudad, decir su nombre es formular un mundo sensitivo donde belleza, precisión y espíritu clásico se conjugan como norma de unidad. Y esa unidad se llama Sevilla. Decir entonces Sevilla es como traer a la luminosidad viva de la palabra su nombre mismo, porque pocas veces se da en nuestra literatura una identificación semejante: la Sevilla sin narcisismos localistas pero con características propias, que desveló esforzándose por expandirla. Joaquín significa también conciencia histórica y lúcida premonición contra los desastres urbanísticos, un crecimiento desmesurado y pocas veces planificado, ojo avizor inquisitivo que la realidad posterior ha confirmado, en sentido contrario y sin fortuna”, (retrato de José Luis Ortiz de Lanzagorta, en su prólogo de Discurso de la Mentira , escrito mientras Joaquín dirigía los Reales Alcázares en 1943, cargo que poseyó hasta el final de sus días con notable dedicación).
Ahí van algunos retazos de esta obra sobre el “alma de Sevilla”.
Un sabio profesor alemán de la Universidad de Munich, que llegó y se instaló en Sevilla para completar un trabajo de índole cultural dijo que después de haber recorrido Europa y muchos lugares del mundo, había encontrado en el elemento popular de Sevilla unas características vitales –convivencia social, sentido filosófico de la vida– totalmente distintos de los que había visto. Y mostrábase perplejo y seducido por ello, como ante un enigma maravilloso. Aquel amigo terminó su labor y abandonó la ciudad. Pasados unos años nos encontramos con él en un barrio sevillano y nos dijo: “Créame, amigo, no he encontrado una ciudad de características vitales más difíciles y sorprendentes que las de Sevilla. La rapidez de concepto, las valoraciones morales, los fundamentos sobre los que se asienta –trabajo, economía, familia, disciplina social, muerte, amor, sacrificio…– los maneja el sevillano de una manera tan distinta del resto del mundo, que uno no puede por menos que pararse aquí, para tratar de inquirir lo que logre alcanzar de este plasma social singularísimo. ¿Se debe esto a que Sevilla es ciudad viejísima, milenaria y atesora un plus de experiencia ciega, intuitiva, que se traduce en esas manifestaciones sabias, anómalas, desconcertantes?
Sí, hay una Sevilla de pandereta, de azulejos, turística y relumbrona. Pero hay otra de sangre, miserias, pasiones y difíciles verdades que es la que está esperando, intacta, que un día llegue el artista, el escritor, que sepa descubrir la belleza peregrina, su hondísima sabiduría. Sevilla en la Literatura , en el Arte, será siempre una fina interrogación desafiadora. Hay ciudades cuyo espíritu ha quedado para siempre fijado. Con Sevilla esto no es posible, porque repugna a la esencia misma, al alma misteriosa de la ciudad. El secreto de Sevilla es su constante mutación, es un fluir inextinguible de algo recóndito que moviliza y mantiene estas sucesiones, siempre llenas de igual vitalidad y dinamismo.
Alguien ha expresado la teoría de que este persistir de Sevilla en todas las épocas tal vez procede de un secreto destino que le infundieron aquellos remotísimos pobladores, los tartesios, huéspedes cultos y primeros de estas maravillosas márgenes del Guadalquivir. Y esta singularidad es exclusiva de Sevilla. Solo ella vive y se transforma y renace constantemente en su gracia secular. Parece amarrada al carro del sol que cada día se vivifica y liriza con nueva gracia. En el vértigo de esta mutabilidad asombrosa se llega a dudar de su existencia. Por eso, alguien ha dicho, con razón, que Sevilla no existe y que no es más que un embrujo de la luz.
Alguien ha expresado la teoría de que este persistir de Sevilla en todas las épocas tal vez procede de un secreto destino que le infundieron aquellos remotísimos pobladores, los tartesios, huéspedes cultos y primeros de estas maravillosas márgenes del Guadalquivir. Y esta singularidad es exclusiva de Sevilla. Solo ella vive y se transforma y renace constantemente en su gracia secular. Parece amarrada al carro del sol que cada día se vivifica y liriza con nueva gracia. En el vértigo de esta mutabilidad asombrosa se llega a dudar de su existencia. Por eso, alguien ha dicho, con razón, que Sevilla no existe y que no es más que un embrujo de la luz.
Manuel Chaves Nogales dejó escrito: “Embebecido en vuestras exploraciones con la ciudad, os halláis un momento perplejo ante una visión inesperada, acaso anacrónica, tal vez absurda. Estudiáis esa plaza, esa calle, esa casa, y no tardáis en encontrar otra razón espiritual de su existencia… se ha llamado a Sevilla la ciudad misteriosa e indefinible; por eso, los espíritus selectos se elevaron hasta la exaltación, y las almas torpes cayeron en el panderetismo”. No todo es falso en las obras llamadas de panderetismo; algunas de ellas responden a una honradez informativa plausible y veracunda. Lo que ocurre es que, con relación al espíritu de la ciudad, que avanza y se supera y afina por momentos, la obra que en ciertos instantes logró apresar determinados aspectos del alma sevillana, al poco tiempo queda, con referencia a la ciudad que la inspiró, en un anacronismo inevitable.
Sevilla se deja besar por todos sus adoradores; pero ella renace todos los días, es perennemente joven, y los hombres envejecen con rapidez extraordinaria junto a sus encantos inmarcesibles. Es cierto que existe una Sevilla superficial, alegre, aérea, cristalina, como un prodigio de armonía y ponderación. Pero el auténtico veneno del emocionario sevillano es más recóndito y profundo, y muy poca gente logra captarlo y definirlo. Se habla mucho de la alegría sevillana… es lo que se ve desde fuera; porque el sevillano tiene siempre la suprema elegancia de callar el dolor. No le preguntéis entonces qué le ocurre. No lo dirá nunca. El alma de Sevilla tiene el supremo pudor de sus dolores. Derrama su alegría por las calles y llora en los patios y en las salas de cal, entre encajes blancos y flores marchitas.
Puede que el sentir sevillano sea –en cierto grado o profundidad– tesoro exclusivo de los hispálicos temperamentos. Ahora bien, la concepción sevillana sobre un orden de juicios y razones, coloca ya el sentido interpretativo de la urbe sibilina en un cauce de universalidad, que se lo debemos exclusivamente a José Mª Izquierdo. El ensayo, en él, es una interpretación de Sevilla que supera por medio de la idea y del raciocinio lo que hasta entonces solo había tenido una exposición, una justificación poemática o sentimental. Nos dice Izquierdo, en su platonismo sevillano: “Las ideas son como lo más santo, como lo más sabio, como lo más bello de la vida. Las ideas son como el aroma sutil, como el aroma puro, como el nimbo de gloria que rodea a los seres. Las ideas son como algo virginal y casto, como una cosa celeste y blanca, como una novia, como la novia ideal que nunca desposamos…”. Él llegó a hablar del sentido musical de Sevilla: “…tiene una musicalidad que aún no ha sido artizada, porque el rumor callejero, el ruido, la sonería exterior, la sonoridad aparente, impidieron que se percibieran el ritmo y la armonía de su soberano silencio”.
Es una ciudad abierta, confiada y aparentemente alegre. Quien besa los labios de esta diosa indolente, ya nunca más puede huir de la seducción de sus encantos. Todos los pueblos, todas las razas pasaron por aquí, y a todos sedujo el sortilegio de la ciudad. Nadie es forastero en Sevilla, porque apenas quedan vencidas las ineludibles resistencias primeras, ya la ciudad ha tendido sobre el alma peregrinante la sutilísima trama de sus seducciones. Sevilla, como ciertas obras, es un nivel de valoraciones espirituales. Sevilla casi no tiene leyendas ni paisajes; es el hecho vivo de cada hora, es la llama de sol fundida con el grito, la risa y el dolor de cada día, de cada momento que pasa feliz por los corazones de este pueblo que, en el jocundo goce de su vida, casi no tiene tiempo de pensar ni de recordar nada: vive solamente.
Sevilla es ciudad de religiosidad ponderada, colectiva, ecuménica; revive en su Semana Santa el sentimiento clásico de la tragedia, la pasión, con el coro enorme de las muchedumbres, unidas en el goce religioso. Aquí, cuando surge el caso de una encendida religiosidad, se sabe poner junto a la penitencia el aroma de unos rosales. Porque, desde luego, la virtualidad primera y definitiva de Sevilla es un hondo y vasto sentido religioso, que late de los turbios momentos de su fundación. ¿Y cuál es el primer aspecto de la religiosidad sevillana?: la humildad. En Sevilla nada es altivo e imponente; todo tiene una suprema facilidad, un desgaire elegante, que hace que hasta lo más sólido tenga apariencias de ingravidez.
Existe por ahí el falso concepto de una Sevilla jaranera, y hasta ha prevalecido la absurda creencia que personifica en Don Juan el tipo representativo de nuestra urbe. Nada más alejado de la verdad. Don Juan –o el señorito, que ha sido su sucesor en la escena precaria de nuestra época– puede que sea sevillano. Pero a Sevilla la representa todo aquel que en su oficio o profesión logra captar e infundir el espíritu de la ciudad.
Había un anuncio que podía leerse en cierta calle muy céntrica de Sevilla, de un palmo las letras sobre fondo blanco. Era una pared que quería hacer un anuncio e hizo un poema:
Coronas naturales y artificiales
Efectos de novia y primera comunión
Alas de ángeles
Moñas y banderillas de lujo.
¿Cabe algo más sublime que vender alas de ángeles? ¿Hay algo más íntimo, más inefable, que tener en su casa un almacén de “efectos de novias”… ¡qué españolísima bulla y confusión la de las coronas, el temblor de las novias, las banderillas y alas para ángeles!
Sevilla se encuentra amenazada de un gravísimo peligro: o atiende y ordena la conservación de sus veneros históricos y artísticos, o se convierte en una población monstruosa, híbrida y desaforada. Esta lucha por conservar lo antiguo y dar plaza a lo moderno constituye un gravísimo problema sevillano. Ya vemos como en algunos puntos del cuerpo de Sevilla van surgiendo elementos arquitectónicos disparatados que rompen, injuriosamente, la armonía del conjunto urbano hispalense. Y lo que denota es que el concepto claro, ordenado, de Sevilla, como una categoría artística, ha desaparecido. Hay que ir a una norma que evite depredaciones, torpezas y abusos en todos los sentidos.
Sevilla, bella sultana
del amante musulmán,
que vino a prestar su fuego
al fuego meridional.
Sevilla, cuna de reyes;
heroica, noble, leal;
patria gloriosa de héroes
de eterna celebridad…
lunes, 6 de febrero de 2012
El futuro es Ahora (Krishnamurti)
La verdad no se encuentra a lo lejos, está cerca, se encuentra bajo cada hoja, en cada sonrisa, en cada lágrima, en las palabras, en los sentimientos y pensamientos que uno tiene. Pero está tan cubierta que debemos ponerla al descubierto para verla, o sea, descubrir lo falso.
La verdad es una cosa viviente de instante en instante, no es para que se crea en ella, ni se la cite, ni se la formule. Nuestra educación se basa en el cultivo de la memoria, fortalecerla. ¿Por qué se ha vuelto tan importante la memoria? Porque no sabemos vivir de manera íntegra, completa, en el presente. Usamos el presente como un medio con vistas al futuro, un pasaje hacia el futuro. Debido a que voy a llegar a ser esto o aquello, jamás hay una comprensión de mí mismo, y eso no requiere el cultivo de la memoria. Por el contrario, la memoria es un obstáculo para la comprensión de “lo que es”. La verdad es lo desconocido y una mente que anda en busca de la verdad jamás la encontrará, porque la mente está compuesta de lo conocido, es producto del pasado, solo puede moverse de lo conocido a lo conocido, no puede pensar en lo desconocido. No es posible pensar en Dios o en la Verdad , solo la mente silenciosa verá la verdad.
No se entiende la verdad mediante el esfuerzo, solo la mente quieta, sencilla, no abrumada por sus propios esfuerzos es la mente que comprenderá y verá la verdad. No existe sendero alguno hacia la verdad, no es del pasado ni del presente, es intemporal. La mente que se esfuerza, que se disciplina a fin de alcanzar un objetivo, no puede conocer la verdad, porque el objetivo es su propia proyección, es una forma de autoadoración. Conocerá la verdad sólo aquel que no la busca, que no trata de obtener un resultado.
La verdad no es continua, es siempre nueva, es conocida solo cuando la mente es libre, y está quieta. Uno debe dejar que ella venga, no es posible ir hacia ella. Uno no puede, mediante ningún proceso, ninguna disciplina, ninguna forma de meditación ir hacia la verdad, hacia Dios –o cualquiera sea el nombre que prefieran darle-. No puede ser concebida, ninguna descripción puede abarcarla, ningún libro ni palabra pueden contenerla. De modo que no hay método tortuoso alguno, no hay ningún sacrificio, ninguna disciplina, ningún guru, por medio de los cuales puedan ustedes ir hacia la verdad.
Podemos decir que solo la mente en estado de desesperación puede encontrar la realidad. Una mente por completo descontenta es capaz de penetrar en la realidad; no así una mente satisfecha, respetable, cercada por creencias. Especialmente en tiempos de grandes infortunios cada uno de nosotros tiene que ser el músico, deleitarnos con la canción, vaciar el corazón de las cosas con las que lo ha llenado la mente. Entonces, cuando el corazón está vacío y la mente está quieta, hay una canción, la cual no puede ser destruida ni pervertida, porque no ha sido generada por la mente. Un hombre que se halla internamente en paz no necesita dioses, porque entonces puede penetrar profundamente dentro de sí mismo y llegar muy lejos, ahí donde han dejado de existir por completo las fronteras del reconocimiento. Y esas fronteras deben tocar a su fin antes de que se pueda recibir aquello que es eterno.
Debemos examinar el mundo de la realidad que el pensamiento ha creado. En ese mundo el conflicto es el movimiento de la vida. El conflicto adopta numerosas formas. Si un hombre tiene ideales y trata de vivir a la altura de esos ideales –lo cual implica conflicto-, decimos que es un excelente, maravilloso ser humano. Esos ideales son proyectados por el pensamiento, por lo que hay conflicto entre el ideal y lo factual. Es lo que sucede en el mundo de las tiranías de las dictaduras. Los pocos entienden que lo que ellos piensan es correcto y que los demás deben seguirlos. Si uno tiene una ilusión, una fantasía, una imagen, un concepto romántico de la verdad o del amor, eso es la barrera misma que le impide seguir avanzando. Cuando somos incapaces de enfrentarnos a lo que realmente sucede dentro de nosotros mismos, creamos ilusiones para escapar de ello, para alejarnos de “lo que es”, lo factual, lo que está sucediendo. Así pues, una mente que ya no engendra más ilusión, que no elabora hipótesis, que no desea captar una experiencia de lo que llaman la verdad, una mente así ha originado orden dentro de sí misma.
Para descubrir qué es lo verdadero, qué es la verdad, es indispensable que haya una gran sensibilidad, un gran sentido de libertad, no solo la idea de libertad, sino auténtica libertad, libertad respecto del miedo, etc. La mayoría de nosotros tiene muchas ilusiones, y esas ilusiones se han vuelto la verdad, lo real. Y el estar libre de ilusiones es la más necesaria y difícil de las tareas, solo entonces puede uno descubrir qué es lo verdadero y qué es lo falso. Todos los seres humanos están atrapados en esta red de deseos, y se sienten desdichados cuando sus deseos no se ven satisfechos, ya sean ideológicos, religiosos, platónicos, o tan solo físicos. El deseo nace cuando el pensamiento da forma a la sensación, cuando le confiere una imagen. Hemos aprendido a reprimir o a conquistar el deseo, o bien a convivir con él y con todos los problemas que acarrea.
El amor contiene simpatía, generosidad, discreción. Comprender eso requiere gran sentido y apreciación de la belleza. La belleza está donde no está el yo. Para dar con este gran sentido de la belleza, tiene que haber ausencia del yo, del ego, de la actividad egocéntrica del devenir. Tiene que existir en uno el gran silencio. Ese silencio implica vacío de todo. En ese vacío hay un vasto espacio. En ese vasto espacio existe una energía inmensa, no la energía del interés propio, sino una energía ilimitada infinita.
Y… ¿qué puedo hacer yo, el individuo? Enfrentado con una enorme complicación, con las divisiones nacionales y religiosas, los problemas de la miseria, el hambre, la guerra, el desempleo, la rápida degradación y desintegración… ¿qué puede hacer con respecto a todo eso un individuo? Nada. Pero puede poner en marcha una nueva corriente de pensamiento que creará una serie diferente de acciones. Si hubiese media docena de personas que pudieran pensar de un modo completo sobre la totalidad del problema, pondrían en marcha una actitud y una acción completamente distintas.
Un acercamiento a la enorme figura espiritual de Krishnamurti, enlazando notas del libro "Sobre la Verdad".
viernes, 3 de febrero de 2012
Rey Don Pedro I de Castilla, una historia deformada
Rey de Castilla y León (Burgos, 1334 - Montiel, 1369), llamado por unos el Justiciero y por otros el Cruel, era hijo de Alfonso XI, a quien sucedió en 1350. Según el cronista Pedro López de Ayala, Pedro I era blanco, de buen rostro autorizado con cierta majestad, los cabellos rubios, el cuerpo descollado y ceceaba un poco a la manera andaluza. Se veían en él muestras de osadía y consejo. Su cuerpo no se rendía con el trabajo, ni el espíritu con ninguna dificultad. Gustaba principalmente de la cetrería, era muy frugal en el comer y beber, dormía poco, fue muy trabajador en la guerra y amó a muchas mujeres. De este rey era conocido que tenía un defecto, y es que le sonaban las rodillas al andar, se decía que le crujían como si fuesen nueces. Se piensa que debido a una parálisis que tuvo de pequeño.
El comienzo de su reinado con solo quince años estuvo marcado por la debilidad del poder real frente a las facciones que se disputaban el poder: los diversos hijos bastardos que había tenido Alfonso XI con Leonor de Guzmán, los infantes aragoneses primos del rey y la reina madre -María de Portugal-. A pesar de ello dio rápidamente muestras de tener un talento político superior y unos ideales muy avanzados para su época, como querer unificar el territotio peninsular y someter bajo la autoridad real a los nobles y prelados. Se propuso centralizar el poder bajo leyes, hacienda y ejército únicos; esto lógicamente iba en contra de los intereses de sus oponentes, incluida su propia madre, que no vaciló en formar parte de banderías y alianzas contra su propio hijo. No obstante, la primera medida fue intentar la concordia entre la familia legítima y la bastarda, llamando a su lado a los hijos que su padre había tenido con Dª Leonor de Guzmán y a ella misma. Eran éstos Enrique de Trastamara, el maestre de Santiago Don Fadrique y otros seis hermanos, que en principio aceptaron la generosidad del rey y se vinieron a Sevilla a vivir en el Alcázar. No lo interpretó así Dª Leonor, que urdió una intriga arrebatando para su hijo Enrique a Juana de Villena, destinada al rey. No actuó contra esa ofensa el rey, sino que fue su madre, celosa de la amante de su marido, quien mandó darle muerte. Esto enojó enormemente a Don Pedro, que la apartó de donde pudiera ejercer cualquier autoridad. Desde ese momento formó causa común con los enemigos de su hijo.
Inicialmente controló el poder la facción de la reina madre y del favorito Juan Alfonso de Alburquerque, que reorientó la política exterior hacia la alianza con Francia; para cimentarla, se concertó el matrimonio del rey con Blanca de Borbón, sobrina del rey de Francia. El rey mandó embajadores para traerla a Castilla, entre ellos su hermanastro Don Fadrique. Parece cosa cierta que en el camino se enamoraron y unieron. Lo supo Don Pedro, que por la grave afrenta mandó matar a Don Fadrique, aunque demoró por el momento la sentencia. Pero por entonces el rey era ya amante de María de Padilla, con la que llevó a cabo matrimonio canónico nunca discutido por la Iglesia, y por la que abandonó a su esposa tres días después de la boda, haciéndola encerrar en el Alcázar de Toledo, como castigo a su infidelidad. Fue María de Padilla mujer pequeña de cuerpo pero grande en hermosura, dotada de grandes cualidades y de genio agradable y compasivo, aunque tuvo la mala fortuna de ver morir a su único hijo varón y posible heredero prematuramente. Todo ello provocó la ruptura con Francia, la caída de Alburquerque y el estallido de una rebelión en Toledo, que pronto se extendió a otras ciudades del reino.
No vamos a detenernos aquí en el desarrollo de la contienda, que fue desigual y tormentosa, repleta de alianzas y conspiraciones, sino en algunos episodios. Uno de ellos nos emplaza hacia 1368, cuando varias ciudades del norte estaban cercadas por los rebeldes, entre ellas Logroño. No siendo posible enviarles socorro desde Sevilla, el jefe del ejército real sugirió a don Pedro entregar dichas plazas al rey de Navarra, para que no cayeran en manos de los rebeldes. Mostró su desacuerdo don Pedro contestando” Que nunca se separen de la corona de Castilla, y que antes, se de al Conde de Trastamara”.
Para terminar de una vez con el peligro del incipiente poder de Castilla, llegaron abundantes tropas entranjeras, de Francia y Aragón principalmente, auspiciadas por la corte pontificia, hasta quedar sin salida las tropas reales en el Castillo de Montiel. Sus aliados, el Príncipe de Gales y después los moros granadinos le abandonaron, por lo que Don Pedro tuvo que pactar un armisticio con el jefe de las tropas francesas, Duguesclin. Éste faltó a su palabra, avisando del encuentro a Enrique de Trastamara, el cual, en una encerrona, dio muerte al rey.
Es importante recordar que su fama de cruel es consecuencia de cuanto expresa Pedro López de Ayala en su Crónica de los reyes de Castilla, escrita durante el reinado de su enemigo y sucesor, Enrique II, a cuyo servicio trabajaba este canciller. Se le atribuyen todo tipo de crímenes y atrocidades. Opino que los vencedores tuvieron que justificar por todos los medios posibles su magnicidio, incluso con romances, y el hecho grave de usurpar la corona una rama bastarda. La opinión actual, generalizada entre los historiadores, es que Pedro I de Castilla no fue más ni menos cruel que sus coetáneos, en una época sumida en la barbarie en que cada uno se tomaba la justicia por su propia mano.
La tradición popular ha visto en este monarca un rey justiciero, enemigo de los grandes y defensor de los pequeños; era un rey amado por el pueblo, incluso después de su muerte. El pueblo recelaba de la nobleza, por lo que las venganzas del monarca, que recaían por lo general en aquella clase, a menudo fueron percibidas como legítimos actos de justicia. La poesía, alimentada de las tradiciones populares, representó mayoritariamente al monarca con el carácter de justiciero.
Cumplió su sentencia Don Pedro respecto a Don Fadrique. Se cuenta que éste pudiera haberse arrenpetido de su acción y buscara acercamiento al rey, por lo que no temió cuando fue llamado a su presencia. Existe la leyenda de que en el pavimento del alcázar quedó indeleble sobre un mármol de rojizas vetas la sangre de Fadrique, asaeteado en su trayecto por el ballestero real.
Una historia cierta que afirma su talante justiciero y no cruel, es la de un clérigo de la catedral que cometió cierta violencia contra un zapatero. El tribunal eclesiástico sólo le condenó con la prohibición de acudir al coro durante un año. Exaltado el zapatero por la injusticia infligió por su propia mano la misma violencia al clérigo que éste había cometido con él. Enterado Don Pedro y asumiendo dar sentencia al asunto, dictaminó que si el clérigo no tuvo mayor más castigo que un año sin oficio, en el caso del zapatero el castigo debía ser el mismo, por lo que condenó al zapatero a que en un año no hiciera zapatos.
Puso cerco Don Pedro a Dª Mª Coronel, viuda de don Juan de la Cerda, mujer bellísima, que para zafarse del acoso insistente del rey en sus pretensiones se desfiguró el rostro echándose aceite hirviendo en la cara. Libre ya de la persecución amorosa, Dª María se retiró y fundó el monasterio de Santa Inés, donde aún se expone su cuerpo incorrupto. Don Pedro, desolado al conocer su abnegada y virtuosa acción protegió con sus fondos al monasterio.
Otros hechos que tienen visos de certeza son la muerte del Rey Bermejo, Abu Said ajusticiado por supuesta traición –o por intereses políticos- por propia mano del rey en los campos de Tablada, y la muerte de doña Urraca Osorio, mujer de don Álvaro de Guzmán que había intervenido activamente en la rebelión contra el rey, acciones execrables hoy día, pero habituales en la época.
Una leyenda popular cuenta que una noche se produjo una trifulca en una de las calles de Sevilla, dos hombres entraron en armas resultando muerto uno de ellos; uno de estos hombres era Don Pedro. Unos dicen que esta noche salió por líos de faldas, otros cuentan que por desafiar al entonces alcalde de la ciudad Domingo Cerón, quien afirmaba que en la ciudad no se cometía ningún delito que quedase sin castigo y que el monarca lo quiso comprobar. Lo cierto es que el rey iba de noche envuelto en su capa cuando se encontró con un enemigo suyo, hijo del Conde de Niebla, persona muy influyente en Sevilla de la familia de los Guzmanes, el cual apoyaba a su hermano Enrique en la pretensión de quitarle el trono.
El ruido que hacía la lucha en el silencio de la noche, despertó a una anciana, la cual quiso asomarse a la ventana y alumbrando con su candil pretendía ver lo que sucedía. Quiso el destino que fuese testigo de como uno de los dos hombres en ese momento mataba a su oponente. Al fijarse en el individuo que mató al otro, la anciana reconoció al mismísimo rey, era de tez blanca, rubio y le sonaban las rodillas de una forma muy exagerada al andar, como nueces cascándose. La anciana ante el descubrimiento le entró el pánico e hizo que se le cayera el candil, justo al lado del muerto.
Al encontrar el candil y hacer las oportunas averiguaciones de a quien pertenecía éste, la anciana fue llevada a presencia del rey por los alguaciles. El rey prometió hacer todo lo posible por encontrar al culpable y concluyó: "Cuando se halle al culpable, haré poner su cabeza en el lugar de la muerte".
Por mucho que los alguaciles y el mismísimo alcalde Cerón interrogaron a la anciana no consiguieron sacar prenda de ésta. Admitió haber visto lo sucedido pero se negó rotundamente a contarlo. En un momento, el rey llamó a la anciana a su presencia y le dijo al oído "Di a quien vistes y no te ocurrirá nada, te doy mi palabra". La anciana ante la promesa del rey se tranquilizó y pidió a este que le trajesen un espejo. Se situó justo delante del rey con el espejo frente a éste y le dijo: "Aquí tenéis a vuestro asesino".
El rey digamos que cumplió a su manera la promesa de cortar la cabeza del asesino. Mandó colocar una caja de madera en la cual se guardaba la cabeza del asesino y ordenó que esta no se abriese hasta el día de su muerte. Al morir Pedro I se abrió la caja y cual fue la sorpresa de todos al encontrar en ella un busto del monarca realizado en barro, reconociendo así Don Pedro el crimen cometido.
La cabeza desde entonces permanece en una hornacina, en la calle Cabeza del Rey Don Pedro de Sevilla, a la cual le pusieron dicho nombre en honor a esta historia. Hoy en día se puede contemplar el busto del escultor Marcos Cabrera, que realizó a finales del siglo XVI y que la sustituyó.
Como quiera que a veces el destino es caprichoso y parece dar a cada uno lo suyo, hay que fijarse en el curioso final que le esperaba a Pedro I. Le cortaron la cabeza y la colgaron en la almena del castillo, como si el destino le hubiera obligado al final a cumplir su palabra. Por fin la cabeza del justiciero fue cortada y expuesta públicamente.
Fuentes principales:
José María de Mena – Historia de Sevilla
Julio Domínguez Arjona – La Sevilla que no vemos
Varios reportajes en la red.
martes, 31 de enero de 2012
Lo que da sentido a nuestra vida es el amor (Álex Rovira)
“Si tienes un amor, déjalo libre; si vuelve a ti, es porque es tuyo; si no vuelve, es porque nunca lo fue”.
Lo que da sentido a nuestra vida es el amor. Está en el origen de toda hoja de ruta, pero es mucho más que el punto de partida; es también la fuerza que nos mueve a avanzar, es el camino sobre el que iremos viajando, y es también el destino anhelado. Allí, en el proceso de desarrollo personal que nace del amor, se vive una experiencia mucho más intensa que el placer: la felicidad. Esta parece emerger de la toma de conciencia de aquello que es obvio y que precisamente por ello, obviamos: un buen estado de salud, la compañía de nuestros afectos, el contacto con la naturaleza, una buena conversación, tener el privilegio de trabajar en algo que nos gusta.
Y mientras hay quienes se dedican a perseguir la felicidad, otros la crean amando, sintiendo, desarrollando su conciencia, procurando cuidar lo esencial o brindando pellizcos de alegría a quienes les rodean. El verdadero poder surge de lo más profundo del alma de cada ser humano: es aquella fuerza que nos hace afrontar los retos, levantarnos después de caer una y mil veces, luchar por una causa justa o necesaria, no perder nunca la esperanza. Perseverar, dar una lectura constructiva a todo cuanto nos suceda; saber que eso que llamamos “yo” es en realidad un “nosotros” y actuar en consecuencia. Celebrar y agradecer cada instante de la vida, poner al mal tiempo buena cara, trabajar con el corazón por un futuro mejor para todos. Avanzar sin miedo, entregarse a cada soplo de la vida con coraje, responsabilidad, humildad y confianza.
La muerte del amigo o del ser amado que llega inesperadamente nos suele llevar no solo al inevitable duelo, sino a cuestionarnos los “para qué” de nuestra propia existencia y, eventualmente, a apretar el acelerador del coraje, atrevernos a crear nuevos escenarios existenciales, sabiendo que vivimos de prestado y que, de esta aventura que se llama vida, merece la pena que nos bebamos hasta la última gota.
Vivir significa asumir la responsabilidad de encontrar la respuesta correcta a los problemas que ello plantea y cumplir las tareas que la vida asigna continuamente a cada individuo.
Vivir significa asumir la responsabilidad de encontrar la respuesta correcta a los problemas que ello plantea y cumplir las tareas que la vida asigna continuamente a cada individuo.
Somos simplemente Presencia, Consciencia, Ser. La presencia que se da cuenta de que uno piensa, siente, vive, es. Su valor es infinito, porque es la vida misma. ¿Por qué no conectamos con el fluir de la vida aquí y ahora? Es en ese espacio, aquí y ahora donde yace nuestro poder de transformación y nuestra libertad de decidir, de elegir en conciencia.
La confianza en uno mismo, aunque sea contagiada por un tercero, puede darnos alas y ayudarnos a construir una vida mejor.
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