viernes, 23 de octubre de 2015

Shiva, Dionisos y Jesús; tres caras de un mito (Alain Daniélou)





El mensaje de Jesús se opone al de Moisés y, más tarde, al de Mahoma. Era un mensaje de liberación y de revuelta contra un judaísmo convertido en monoteísta, desecado, litúrgico, fariseo, puritano. El cristianismo, en su forma romana, se opuso inicialmente a la religión del Estado. No sabemos gran cosa sobre las fuentes de las enseñanzas de Jesús ni sobre los años transcurridos “en el desierto”, mirando hacia Oriente. El mito cristiano parece muy vinculado a los mitos dionisíacos. Jesús, como Krishna o Dionisio, es hijo del padre, de Zeus, no tiene esposa, solo la diosa madre encuentra un hueco a su lado. La gente que le escucha y que le sigue –sus “bhaktas”– pertenecen al pueblo llano. Su enseñanza se dirige a los humildes, a los marginados. Su rito es un sacrificio. En la leyenda órfica ocupa un lugar relevante la pasión y la resurrección de Dionisio. Numerosos milagros de éste se atribuyeron a Jesús. Los paralelismos entre las dos mitologías son evidentes. Los mitos y los símbolos relacionados con el nacimiento y la vida del Nazareno –su bautismo, su entorno, su entrada en Jerusalén a lomos de un asno, la Cena (rito del banquete y del sacrificio), la Pasión, la muerte, la resurrección, las fechas y la naturaleza de las fiestas, el poder de curar y de transformar el agua en vino– evocan inevitablemente el modelo dionisíaco.

Parece, pues, que la iniciación de Jesús revistió carácter órfico o dionisíaco, y no esenio, como a menudo se ha sugerido. Su mensaje, que representa una tentativa de regreso a la tolerancia y al respeto por la obra del Padre Creador, fue desnaturalizado por completo después de la muerte de Jesús. El cristianismo posterior a ella se opone frontalmente al que el Maestro predicó: imperialismo religioso, intereses políticos, guerras, masacres, torturas, hogueras, persecución de los herejes y negación del placer, de la sexualidad y de todas las vivencias del goce de lo divino. Nada de eso era así al principio. Durante mucho tiempo se acusó a los cristianos de celebrar sacrificios sangrientos, ritos eróticos y orgías. No es fácil averiguar qué fundamente tenían estas murmuraciones. Más tarde volvieron a desencadenarse en lo concerniente a los círculos secretos de carácter místico e iniciático que intentaban resucitar y perpetuar el cristianismo de los orígenes.



Encontramos de nuevo el simbolismo ternario hindú en la base del concepto de la Trinidad cristiana. El Padre representa el principio generador del mismo modo que Shiva representa el Falo. El Hijo es el dios protector que se encarna y desciende al mundo para salvarlo, como Vishnú y sus avatares. El Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, es la chispa que une ambos polos y equivale a Brahma (la inmensidad). El Hijo –y lo mismo sucede con Vishnú– tiene muchas cosas en común son Shakti (el principio femenino, la diosa) y representa, por lo tanto, al Andrógino. Su culto se mezcla y confunde constantemente con el de la Virgen Madre. Los esfuerzos realizados por la Iglesia para disimular las fuentes órficas y shivaítas de la doctrina de Jesús han arrinconado en el olvido la verdadera y profunda significación del mito cristiano y desembocado en interpretaciones materialistas y pseudohistóricas carentes de sentido ecuménico.

El politeísmo, sin embargo, aún sigue presente tanto en el mundo católico como en el protestante, cuyos teólogos e ideólogos se han limitado a reemplazar los nombres de los antiguos dioses por los inscritos en el santoral. No existe prácticamente ningún templo cristiano dedicado a Dios. Todos están bajo la égida de la Virgen Madre o de esas divinidades menores a las que llaman santos. En un medio politeísta el cristianismo se funde fácilmente con la religión tradicional, como sucede –por ejemplo– en la India, donde lo mismo se invoca a la Virgen que a Kali, donde se confunden los cultos del Niño Krishna con los del Niño Jesús y donde el espíritu bhûta que se apodera de los participantes en ciertas ceremonias de danza extática toma el nombre de los santos cristianos.



¿Se puede recuperar el mensaje de Jesús? Quizá sí. Para ello sería necesario el retorno a un evangelio mucho menos selectivo y el redescubrimiento de cuanto la Iglesia, cuidadosamente, ha ocultado o destruido en lo tocante a sus fuentes y a su historia, prestando especial atención durante esa tentativa de rescate a los llamados evangelios apócrifos, algunos de los cuales son más antiguos que los canónicos. Eso permitiría regresar a lo que pudo ser la verdadera enseñanza de Cristo, fruto del esfuerzo realizado por éste para adaptar su mundo y su época a la gran tradición humana y espiritual de los cultos shivaítas y dionisíacos. Un Jesús despojado de los falsos valores que a partir de San Pablo rodean y deforman su enseñanza podría reincorporarse con facilidad a dicha tradición. Pero eso, evidentemente, solo podría hacerse al margen de quienes con singular audacia se arrogan el título de representantes de Dios en la tierra y de intérpretes exclusivos de su voluntad. La verdadera religión es la que respeta humildemente la obra divina y su misterio.


Se equivocan quienes piensan que el Occidente moderno es cristiano. Lo fue, sí, en la Edad Media, pero luego dejó de serlo. A partir del año mil, aproximadamente, se difunde por Europa la idea de que el hombre es capaz de dominar el mundo y de rectificar la creación echándole, en cierto modo, una mano a Dios. Esa arrogante conjetura socava la base del cristianismo y la modifica profundamente. Ya nunca volverá a ser una verdadera religión, es decir, una religión ecuménica que se dirija a la totalidad del ser humano integrando a éste en la naturaleza y ayudándole a restablecer sus relaciones con el mundo de los espíritus y de los dioses. El último cristiano cabal, desde este punto de vista, fue san Francisco de Asís. Toda religión es, en principio, un sistema o un modo de aproximarse a los divino. De ahí que una verdadera religión no pueda ser exclusiva ni pretender que tiene el monopolio de Dios, pues la realidad divina es tan polimorfa como los caminos que conducen a ella.


Alain Daniélou - Shiva y Dionisio (la religión de la naturaleza y del eros)

miércoles, 21 de octubre de 2015

El silencio de la conciencia del yo (José L. Pallarés González)




El “centro" es esa conciencia profunda que todos tenemos y a la que nos referimos cuando decimos yo. Este yo es el punto de identidad que mantenemos a través de todos los cambios, de todas las fases de crecimiento. Es necesario ahondar en ese centro para descubrir quién soy yo. Todo lo que vivo no tiene sentido si no descubro quién es el que vive esto. El yo es el que da significado a cada una de mis experiencias. Cada experiencia, tomada aisladamente, no tiene de por sí un sentido. El sentido se encuentra en la fuente donde mana. El descubrimiento del yo marca el grado de madurez de la persona. Cuanto más ahonda y se sienta a sí mismo. Menos peligro tiene de confundirse con sus cosas y menos vulnerable será.

Ese centro interior es mi realidad más profunda; de ella brotan todas las demás realidades que me constituyen: la inteligencia, la voluntad, la moral, la estética… En ese “centro”, yo me siento yo, y me afirmo yo, y declaro y reivindico todo lo demás que siento como mío.
    En todo momento estoy tratando de descubrir tanto que soy yo, como quién soy yo. Lo que soy yo es todo lo que registra mi conciencia, todo lo que existe para mí, todos los contenidos de mi conciencia. Estos contenidos son todo el mundo de sensaciones, salud, fuerza, inteligencia, intuición. También soy la conciencia que yo tengo de todo lo demás: las personas, la naturaleza, la sociedad. Yo, en resumen, soy todas las cosas en tanto las conozco.
    Por ello, cuando hay problemas dentro de la conciencia, hay problemas fuera, en mis relaciones objetivas. Solo cuando existe una perfecta unidad interna, la persona está asimismo integrada en su exterior. Yo soy, por tanto, todo el campo de mi conciencia.



A la pregunta ¿quién soy yo?, hemos de responder que yo soy el sujeto, el centro de este campo, el punto alrededor del cual gira todo y del que surge todo. En la compleja experiencia de mi interioridad percibo un solo y único centro que da sentido y coherencia a todo lo demás.

Ese centro lo experimento como carente de partes, no puede ser localizado en ningún lugar. Es, además, autoconsciente; es decir, tiene conocimiento de sí mismo, y aunque se da cuenta que en muchos aspectos es para sí un misterio se siente, en cambio, dueño e independiente de sí mismo. La actividad o dinamismo del yo consiste en una permanente opción, en un constante ejercicio de su autonomía, de su mismidad, de su profunda unidad de ser. En este sentido, la libertad es el ejercicio de la estructura más característica del sí mismo, de aquello por lo cual yo me siento persona humana.

Pero la experiencia de mi libertad es paradójica, contradictoria. Por una parte, quiero ejercer cada vez más mi autonomía y mi unidad, ser más yo; pero, a la vez, experimento mis límites y siento una cierta angustia interior. Esta conciencia de la precariedad de mi ser me impulsa a la búsqueda de algo o de alguien en quien pueda encontrar un punto de apoyo seguro a la debilidad de mi ser.



El yo como centro constituye el punto de partida. “Yo soy” en el acto esencial de la existencia, como individuo. Toda la existencia no es más que variantes de la realidad de mi ser.
    Este meterme hacia dentro, este interiorizarme, no ha de perturbar nunca el cumplimiento de mis obligaciones exteriores. En este repliegue sobre sí mismo se trata de descubrir el fondo de mí mismo, la realidad de mí mismo como sujeto, yo en mi identidad profunda.

La autoconciencia requiere una atmósfera de interioridad y un hábitat de silencio. Es muy difícil, en una civilización del ruido, oír la vibraciones del espíritu; percibir los mensajes transcendentes, oír las voces de la propia conciencia.
    El silencio nos hace descubrir experimentalmente la unidad profunda que hay detrás de toda la multiplicidad de formas y manifestaciones de nuestro ser. Nos lleva a descubrir al sujeto último de todas las manifestaciones personales. Nos conduce a la realización de nuestra identidad profunda. El silencio profundo nos trae la paz auténtica. Gracia a él podemos acumular fuerzas físicas, afectivas, mentales y espirituales para llevar a cabo nuestro trabajo y todo nuestro quehacer vital. El poder del silencio es tan grande que puede transformar profundamente nuestras conciencias, nuestra vida; a la sociedad toda.



Para conseguir el silencio, “mi silencio”, es necesario que yo esté libre interiormente de problemas, de deseos, de emociones, de conflictos. La gran dificultad que tenemos para estar en paz es nuestra guerra interior.
    Para que el silencio sea un camino positivo es necesario que la persona esté orientada; tenga como opción preferencial la búsqueda de la verdad. En la práctica del silencio se impone que, en todo momento, se mantenga la autoconciencia, y que haya una gran lucidez. El silencio practicado de esta manera es siempre esencialmente transformante, renovador y creativo, externa e internamente.


El silencio no es nada más que el reposo de nuestra personalidad y de nuestro yo personal. El silencio que se pide es el silencio profundo de la conciencia del yo.


José Luis Pallarés González – En torno al hombre

jueves, 15 de octubre de 2015

En el Punto de Quietud (Ramiro Calle)




Si el cavernícola levantara la cabeza, se quedaría estupefacto al comprobar hasta qué punto la consciencia del ser humano se ha quedado estancada y no ha progresado. Nuestra mente sigue siendo la del hombre de hace decenas de miles de años. Si la evolución de la biología es exasperadamente lenta, ¡cuánto más no lo es la da la consciencia! Seguimos detenidos en un estado de consciencia crepuscular y en la mente humana siguen anidando con todo vigor la ofuscación, la avidez desmedida y el odio. El progreso exterior no se ha visto correspondido por el progreso interior, y de ahí que se esté produciendo una inevitable esquizofrenización. El mayor enemigo sigue estando en la mente del ser humano.

Estamos muy lejos todavía de la conquista de una mente clara y un corazón tierno. No hay genuina inteligencia, no hay verdadero amor. Aunque no hay mayor felicidad, ni más estable, que la paz interior, es como si pusiéramos todos los medios para no conseguirla. Vivimos de espaldas a nuestro sol interno y nos preguntamos por qué estamos a oscuras. Sin quietud todo pierde su valor, todo palidece. No ponemos los medios para recuperar nuestro “punto de quietud”, sino que nos enredemos cada vez en mayor grado en la egorrealización y frenamos nuestro desenvolvimiento interior. Los logros solo en lo externo pueden “satisfacer” únicamente a aquellos que tienen una visión muy esclerótica de la existencia.



Para aquellos que la mente no está completamente empañada, hay una Vía hacia la quietud, hacia la visión cabal y hacia la clara comprensión que libera de las trabas mentales. Solo desde la quietud que emerge cuando el pensamiento se acalla y nos conectamos con el espacio de renovado vacío, que está más allá del núcleo de caos y de confusión, puede desencadenarse la visión de los fenómenos tal y como son, desde la pureza de la mente.

Desde el ángulo de quietud, el aprendizaje y el desaprendizaje para volver a aprender se suceden y se producen de momento en momento. Dejamos que la mente muera cada noche para que nazca cada mañana. Así estrenamos mente y estrenamos vida. Aprendemos a hacer desde ese inmaculado y pleno vacío interior, que nada puede herir.

Desde la perspectiva de la consciencia de ser, podremos afincarnos más en la voluntad de ser que de aparentar o someter, más en lo propio y genuino que en lo adquirido. El punto de quietud que nos proponemos conseguir tenemos que trasladarlo a la vida cotidiana y mantenerlo como el tornado mantiene en su propio centro un estado de calma. Con intención y ecuanimidad bien establecidas logramos residir en la consciencia de puro ser en su estado natural.



Si estamos atentos, la vida se convierte en objeto de meditación. Desde el punto de quietud, podemos contemplar los fenómenos cómo surgen y cómo se desvanecen, sin que el “contemplador” se involucre tanto en lo contemplado. Ese punto de quietud se vuelve un eje o terreno seguro en el que mantenerse retirado y equilibrado. Una parte de nosotros logra permanecer detrás del escenario psicológico y del escenario existencial. Ese espacio de quietud es un reducto de cordura y armonía. Es la naturaleza pura o perfecto equilibrio, allende la pasión encadenante y la inercia que ofusca la mente.

Cuando el buscador llega a su “punto de saturación”, es decir, cuando experimenta la inevitable pesadumbre de lo existencial, se decide viajar hacia la quietud. En la quietud halla un espacio de equilibrio.
   En ese centro, que es pureza, explosiona la visión clara y uno contempla, imperturbablemente, el juego de la creación. Es una contemplación sin reacción, donde uno comprueba que es parte de se enajenante juego, pero que puede ser más que un juguete o marioneta en ese juego. Solo la consciencia pura puede dar el gran salto más allá de la película existencial y sustraerse a las fuerzas ciegas de la creación. El “espectador” deja de ser el espectáculo, descubre los trucos del Ilusionista. Instalado en la poderosa energía del vacío, ve sin dejarse concernir alienadamente por la película de los fenómenos externos, ni por la película de su propio complejo psicomental.



En la fuente del pensamiento se halla el “punto de quietud”, la cámara del vacío inmaculado, y más allá está el “punto sin retorno”, donde uno descubre que nunca ha sido ni no ha sido, y donde uno conecta con la energía sin límites que permite estar en el mundo sin estar en él.

   La Búsqueda misma se convierte en el significado más profundo de la vida y el más relevante de los sentidos. Cuando la vida se convierte en una Búsqueda genuina toma el sabor de lo Incondicionado. Todo puede parecer igual, pero ya no es lo mismo.


Ramiro Calle – El Libro de los Yogas


jueves, 8 de octubre de 2015

Tú tienes la capacidad para ser un héroe o heroína cotidiana (Pilar Jericó)



Siempre han existido héroes y heroínas a lo largo de la historia de la humanidad. Sin embargo, el modelo de héroe tradicional está en crisis. Los valores sociales han cambiado drásticamente y ahora necesitamos nuevos referentes, más cercanos a nosotros, que nos inspiren y no sean esclavos ni del reconocimiento social ni de comportamientos agresivos. Necesitamos héroes que sean integradores y que se entreguen a sus noches oscuras para renacer fortalecidos de ellas. Dichos héroes son los héroes cotidianos.

El héroe cotidiano es un buscador hacia fuera y hacia dentro de sí mismo. Confía en sí mismo, tiene el coraje para ser auténtico, tiene una sana aceptación de la vida a pesar de las dificultades. Busca la trascendencia en sus actuaciones, ejerce una influencia positiva en su entorno.
    Los héroes cotidianos se salvan a sí mismos de las dificultades, del dolor de sus propias sombras o de los momentos de desesperación personal. Y solo cuando lo consiguen, resultan un ejemplo para otros.

Tú tienes la capacidad para ser un héroe o heroína cotidiana. La heroicidad cotidiana es una actitud, no un resultado. Ser héroe no consiste en conseguir siempre lo que se quiere, sino en afrontar la vida con una actitud de búsqueda, de entereza y de compromiso. No hay héroe sin dificultad, sin atravesar desiertos o sufrir noches oscuras. El heroísmo está en lo que te cuesta.
   Ante la búsqueda o las dificultades, si quieres vivir una vida plena, tendrás que adentrarte en la “senda del héroe cotidiano”. Tu reto es atreverte a buscar y alcanzar cuanto antes una vida plena sin resentimientos, victimismos ni sufrimientos innecesarios. Posiblemente, la sabiduría de los maestros se base en haber atravesado muchas veces la senda de lo héroes: atender la llamada de la aventura, confrontarse con uno mismo, atravesar el desierto personal y vivir la noche oscura; explorar una nueva realidad, conectarse con la esencia, apoyarse en amigos o maestros y volver a soñar; adquirir nuevos hábitos y ganar recursos personales, enfrentarse con la sombra y regresar a los cotidiano.



Como héroe cotidiano no has de conformarte con lo establecido, ¡emprende nuevos caminos dentro de tus posibilidades! El buscador no solo hace, sino también reflexiona sobre lo que hace. Quien está muy seguro de todo, está lejos de ser un buscador y de ser un héroe cotidiano, al igual que quien se resigna ante lo que le ha tocado vivir. La búsqueda interior es un billete de partida de un viaje del que no se conoce el destino. Acepta que la incertidumbre forma parte de la vida, olvídate de buscar el control absoluto para evitar la incertidumbre, porque es imposible.
    En el fondo, se trata de desarrollar una actitud inconformista y constructiva de uno mismo, atreverse a ser de un modo diferente, explorar otras realidades. Cada dificultad es una invitación de la vida a buscar en ti, a conocerte mejor, a revisar tus principios y a dar lo mejor de ti mismo.

Para vivir un proceso de transformación tienes que cuestionarte y solo se consigue siendo humilde. El reto es tener la voluntad de ver tu sombra y atravesar el umbral. Cruzar el umbral significa “morir”, y hay que morir para renacer. Tienes la capacidad de decidir y eres libre hasta de ti mismo: no eres esclavo de tus instintos, ni de las emociones, ni tan siquiera de tu infancia. Tienes que desprenderte del orgullo, del resentimiento, del victimismo y evitar la adicción al dolor. La aceptación de la derrota y del dolor es el primer paso para salir de él. De todas las situaciones se sale de una forma u otra y se ganan cosas, aunque sean sutiles. Esta certeza es un faro para atravesar la noche.



Quererse sin los disfraces es querer la autenticidad de uno mismo. Quererse es también ser honesto con uno mismo y ser leal a los principios que quieres en tu vida, aunque eso pueda significar a veces soledad e incomprensión, incluso de las personas más queridas. Un héroe cotidiano ha de asumir que un camino de búsqueda y crecimiento personal puede suponer alejarse de otros.

Cuando tu actitud ha cambiado, aceptas tu dualidad, integras tu sombra y reconoces que en lo pequeño está la grandeza, es cuando la aventura ha concluido. Si todo va bien, recorrerás muchas más veces la senda de lo héroes cotidianos, pero esta ocasión te ha ayudado a comprender que tú eres el guionista de tu propia vida, que eres un buscador con capacidad de dar lo mejor de ti mismo y de comprometerte con lo que haces, sabiendo que eres humano con tus grandezas y tus fragilidades.


En definitiva, el objetivo final es atender la llamada, es decir, aceptar la invitación de la vida y confiar en toda la capacidad de adaptación biológica y evolutiva que tienes para la aventura. En otras palabras, atreverte a comprender ese proyecto o esa relación o ese cambio que deseas, atreverte a mirar a los ojos a la enfermedad, o al dolor, o a la culpa que te daña. Aceptar la llamada es el principio de la grandeza del héroe cotidiano.


Pilar Jericó – Héroes cotidianos






lunes, 5 de octubre de 2015

Salgamos de nuestro yo limitado (Carlos Aravaca)




La mayoría de los centros de enseñanza dan prioridad a aumentar los conocimientos para fines lucrativos porque son conocedores de nuestra capacidad, más bien gregaria, de ir compensando los sufrimientos con bienes materiales. Esa capacidad de acción y reacción, de esfuerzo y recompensa es, aparentemente, más rentable, en cuanto al tiempo y al esfuerzo necesario para educar, que la idealista basada en los valores humanos que, sin esperar nada a cambio, nos satisfará plenamente partiendo del amor.

En los grupos nace un “yo” colectivo, basado en la amistad, el clima afectivo y emocional, las normas y las tradiciones, etc.; cuanto más arraigada sea esta atmósfera, más difícil será la posibilidad de admitir un pensamiento crítico en detrimento del colectivo, dando lugar, a través de las vivencias, a alguna actuación irracional como ocurre en algunas sectas, clubes o partidos políticos. Se puede llegar incluso, a encontrar motivos que justifican la atrocidad de una guerra. ¿Y qué hacemos con la alegría de todo un pueblo, ante la victoria o conmemoración de esa barbaridad? Habrá que combatirla, sí, pero con amor.

Todos nos hemos preguntado alguna vez acerca de la creación y del fin de la vida ¿hay algo después de la muerte?, ¿existe un Dios? Si la respuesta es afirmativa ¿cómo es ese Dios?, ¿qué relación tengo con él? Si negamos su existencia, ¿qué función cumplo yo en este universo?




Antes que dar un paso firme en la vida preferimos ir dando traspiés, pisando en falso sobre tanta duda dejándonos arrastrar en el redil de una masa guiada por unas ideas, principios o fines que no nos convencen plenamente. ¿Cómo voy a proyectar mi vida, basándola en tantas dudas? Lo menos que debería hacer es tener el coraje de intentar resolverlas y no optar por la “postura del avestruz”. Nos preocupamos sobremanera del cultivo de los conocimientos para un fin lucrativo pensando siempre en el rendimiento material. ¿No deberíamos también preocuparnos en poco del “mundo espiritual”? tal vez, al encontrarle sentido a la vida, nuestro rendimiento sería mayor o menor, pero con sentido y, a la postre, más beneficiosa para nosotros y para la humanidad.

Vivimos en un mundo donde predomina lo material y recibimos una educación basada en este yo material; se nos induce y predispone a que seamos egoístas. Esto, no cabe duda, potencia la personalidad, pero hasta un límite: el de mi genética y mis circunstancias. Incluso podré superar esa limitación agregándome elementos ajenos y creyendo que son míos. Pero, ¿qué pensamos de la persona que nos habla presumiendo de su país, de su casa, de su coche, de su familia, de su dinero, de su club, de su rey, etc.? En primer lugar, en la suerte que ha tenido por esas circunstancias que le han sido dadas; por el contrario, después, pensaremos en su pobreza o dependencia personal, por necesitar de esos factores para destacar. Veremos que, de aumentar algo, incrementamos el valor añadido, que no deja de ser otra limitación.
    Agotados todos los caminos, solo nos queda una posibilidad para superarnos. Consiste, simplemente, en romper con nuestro ego, con nuestro yo, y dejar de ser egoístas para convertirnos en seres más universales, más amorosos. Algún día, cuando entendamos de veras qué es el amor, el esfuerzo será tan liviano que acabará convirtiéndose en una actuación placentera. Además, podremos comprobar como, al ser amor igual a energía, se puede conseguir hacer lo indecible sin esfuerzo, ya que recibimos la fuente de energía por la vía del amor.



Siempre he pensado que un ser humano universal será aquel individuo que salga de su yo, esforzándose en conocer a sus congéneres y sepa entregarse de forma empática, haciendo que fluya su energía para el bien de la humanidad. A este individuo, cuya obra manifiesta amor, sí se le debe considerar universal en su totalidad, a hacerse ilimitado en su entrega desinteresada.

Los humanos, en general, somos egoístas; y en las “sociedades desarrolladas”, cada vez más. Luego lo máximo que se puede conseguir es ser tolerantes. Por eso nos halagan cuando lo somos y nos educan pensando que es lo mejor. En efecto, es lo mejor en el mundo del egoísmo. Nuestra realidad no está solo en el fin material, está en el Todo, y esa unidad del yo engloba un mundo material y un mundo espiritual, salvo para aquel que no tenga mundo espiritual, aquel que sea un ser limitado.



Es bueno tener sentido común para aplicarlo en nuestra vida cotidiana, pero es extraordinario saber prescindir de él para avanzar en el conocimiento universal y, así, poder acercarnos al yo infinito o espiritual. Aplicado al yo actual nos daría la paz del conocimiento, del yo venidero, o sea, la Nada. Aquel que quiera afianzar su futuro que se lance fuera de lo cotidiano; la lucha contra la incertidumbre forja al valiente. Salgamos de nuestro yo limitado, ayudados con la mente, haciéndonos más universales, menos egoístas, más amorosos, más parecidos a Dios.


¡Ojalá! sepamos vivir la vida con toda la intensidad que nos brinda, y alcancemos la sabiduría de no ansiar lo material. Saber disolver el yo, más bien querer la Nada, nos dará paz, al tenerlo Todo. Y, al final de la vida, con la muerte, al librarnos de lo limitado, ante la Nada, alcanzar el Todo: la Felicidad, la Paz, el Amor, la Eternidad, ser Dios, ser Uno, ser Nada; en un Silencio Infinito.


Carlos Aravaca – Un salto al infinito 

martes, 8 de septiembre de 2015

Presencia sagrada en el corazón (Shivapremananda)



Por la práctica se puede encontrar una serenidad interna. Cuando se tienen aspiraciones espirituales, habiendo comprendido los valores espirituales de nuestra vida, la práctica significa poder aplicarlos en distintas circunstancias, formando nuestra actitud más sana y fuerte hacia los desafíos que se presentan. Por ejemplo, con la restricción de nuestras expectativas excesivas, apegos que sofocan nuestras relaciones con los demás por la posesividad, deseos exagerados, y también educando y sublimando nuestro egoísmo, vanidad y prepotencia.

Al fin vivimos para tener un sentido de vivir, ya que vivir es la manera en que formamos nuestros valores, cómo los realizamos y experimentamos en nuestra vida cotidiana. Vivir es realizar al máximo nuestro ser. Vivimos en una familia para sentir una satisfacción espiritual con sus integrantes, tenemos amigos no solamente porque nos sirven para entretenernos, sino que debemos satisfacer nuestro corazón compartiendo valores espirituales con ellos.

Cuando nuestro ego quiere poner su peso sobre otros egos se necesita restricción, lo cual no quiere decir represión, sino que debemos respetar el derecho de pensar de otras personas. Nos podemos comunicar bien con otra persona solamente si respetamos su opinión. No es correcto querer imponer nuestro ego. Debemos educarlo practicando la modestia, sabiendo que tenemos mucho por aprender. Es un proceso que se va dando a medida que hay valores superiores al del beneficio personal.

Cuando actuamos, cuando hacemos un trabajo, se puede sentir una satisfacción, pero eso no es felicidad. Cuando nos involucramos en la sensación de posesión, en la sensación del cuerpo, del éxito, del poder, no sentimos felicidad sino placer. La felicidad es una plenitud espiritual. Ella se logra en una meditación profunda, en una unión con nuestro ser espiritual, o sea, con la presencia de Dios en nuestro interior.



La verdadera paz espiritual es una nobleza del espíritu, y cuando se logra esa serenidad interna, se es una persona productiva, se es capaz de concretar los ideales en el trabajo, en la relación con los demás, se piensa en cómo ser útil y en cómo compartir esos mismos ideales con todos. Ésta es la meta real de la paz espiritual. Pero cuando algunos la buscan en grupos de meditación, se aíslan, no se quieren involucrar en responsabilidades; esto es escapismo.


La meditación es un proceso de búsqueda de la serenidad interna, pero su valor real es el de hacer sentir la identidad del yo con su fuente original, es decir, llegar a amar esa presencia sagrada en el corazón. Meditación no es meramente relajar la mente en un proceso autohipnótico repitiendo un mantra, unas letras, una palabra o un grupo de palabras sagradas. La mente es un campo de energía, y cuando existen varias pulsaciones de energía dispersa en distintas direcciones, se produce un conflicto en la mente y ésta pierde energía. Cuando capturamos estas pulsaciones a través de la repetición continua de un mantra, la energía se mueve en círculo y se produce un equilibrio que sería un pequeño grado de autohipnosis. La mente siente así calma y serenidad y descarga tensiones*.



Pero esto no es suficiente. Lo más importante es amar esa “presencia”, sentir el cuerpo como un templo, la mente como un altar, y sobre este altar sentir la esencia espiritual de nuestro ser. La meditación es mucho más que repetir un mantra, ya que sobre todo debe existir un cultivo de los ideales espirituales, una autosugerencia sobre las cualidades para la formación del carácter, y un llegar a sentir al yo unido con su fuente espiritual, que es Dios.

La realidad es que el hombre no ha encontrado la felicidad que busca, y en este proceso de búsqueda ha creado un Dios, producto de su imaginación. Si la imaginación es primitiva y dedicada a conseguir protección, los huesos de sus miedos y prejuicios resonarán en la estrechez de sus escrituras. Si la imaginación del hombre se amplía y eleva, transformándose en aspiración espiritual, encontrará la realidad de la paz y de la plenitud, y hará del mundo, dentro de su capacidad, un mejor lugar para vivir.


Swami Shivapremananda – Cómo comprendo yoga




(*Podemos hacer un ejercicio de autosugerencia para sembrar en nosotros ideales espirituales, repitiendo, por ejemplo, las siguientes afirmaciones:
   Al inhalar, sintiendo la respiración, se repite mentalmente de manera lenta y con una profunda convicción: “paz es mi naturaleza real”, y al exhalar “no el conflicto”, varias veces tratando de absorber el significado en silencio. Se continúa con: “amor es mi naturaleza real”, “no el egoísmo”; “la verdad es mi naturaleza real”, “no la falsedad”; “felicidad es mi naturaleza real”, “no la infelicidad”; “fortaleza es mi naturaleza real”, “no la debilidad”; “libertad es mi naturaleza real”, “no la atadura”.)


lunes, 31 de agosto de 2015

Tecnología, droga del siglo (Aldous Huxley)



Parece muy improbable que la humanidad en libertad pueda alguna vez dispensarse de los Paraísos Artificiales. La mayoría de los hombres y mujeres llevan vidas tan penosas en el peor de los casos y tan monótonas, pobres y limitadas en el mejor, que el afán de escapar, el ansia de trascender de sí mismo aunque solo sea por breves momentos es y ha sido siempre uno de los principales apetitos del alma.
    El arte y la religión, los  carnavales y los saturnales, el baile…, son cosas que han servido de Puertas en el Muro. Y para el uso privado y cotidiano, siempre ha habido los tóxicos químicos. Los sedantes y narcóticos vegetales, los eufóricos que crecen en los árboles y los alucinógenos que maduran en las bayas o pueden ser exprimidos de las raíces, han sido conocidos y utilizados sistemáticamente desde tiempo inmemorial. Y a estos modificadores naturales de conciencia, la ciencia ha añadido su cuota de sintéticos.

El afán universal y permanente de autotrascendencia no puede ser abolido cerrando de golpe las más populares Puertas del Muro. La única acción razonable es abrir puertas mejores, con la esperanza de que hombres y mujeres cambien sus viejas y malas costumbres por hábitos nuevos y menos dañinos.



Algunas de estas puertas podrán ser de naturaleza social y tecnológica, otras religiosas o psicológicas, y otras más dietéticas, educativas o atléticas. Pero subsistirá indudablemente la necesidad de tomarse frecuentes vacaciones químicas del intolerable sí mismo y del repulsivo ambiente. Lo que hace falta es una nueva droga, que alivie y consuele a nuestra doliente especie sin hacer a la larga más daño del bien que hace a la corta. Debe producir cambios en la conciencia que sean más interesantes e intrínsecamente valiosos que el mero alivio o la mera ensoñación, que ilusiones de omnipotencia o escapes a la inhibición.

El razonamiento sistemático es algo de lo que tal vez no podamos prescindir ni como especie ni como individuos. Pero tampoco podemos prescindir, si hemos de permanecer sanos, de la percepción directa de los mundos interior y exterior en lo que hemos nacido. Esta realidad es un infinito que está más allá de toda comprensión y, sin embargo, puede ser percibida directamente de modo total.
   Es una trascendencia que pertenece a un orden distinto al humano y que, sin embargo, puede estar presente en nosotros como una inmanencia sentida, como una participación experimentada. Saber es darse cuenta, siempre, de la realidad total en su diferenciación inmanente; darse cuenta de ello y, aún así, permanecer en condiciones de sobrevivir como animal, de pensar y sentir como ser humano. Nuestra finalidad es descubrir que siempre hemos estado donde deberíamos estar.




El hombre que regresa por la Puerta en el Muro ya no será nunca el mismo que salió por ella. Será más instruido y menos engreído, estará más contento y menos satisfecho de sí mismo, y reconocerá su ignorancia más humildemente pero, al mismo tiempo, equipado para comprender la relación de las palabras con las cosas, del razonamiento sistemático con el insondable Misterio que trata, por siempre jamás, vanamente, de comprender.


Aldous Huxley – Las puertas de la percepción

domingo, 23 de agosto de 2015

Salvación mediante mutación provocada (Paul Misraki)


La ley natural, instaurada sobre la Tierra con la aparición del hombre, es una ley dura. Toda evolución se halla ligada a ella por una lucha sin contemplaciones. Toda vida se alimenta a expensas de otras vidas. El más fuerte o el más hábil, devora al más débil, o el menos astuto. El equilibrio de la economía terrestre encuentra unas bases paradójicas en la fertilidad de la podredumbre.
   Y no obstante, incluso comprobando a nuestro alrededor un orden semejante de cosas, jamás hemos llegado a resignarnos a ello. La idea de que la Tierra no es sino un gigantesco matadero choca frecuentemente con nuestra sensibilidad y preferimos no pensar en ello. Por lo demás, la crueldad de la vida nos deja con frecuencia amargados y rencorosos. Los males que nos asaltan no son considerados por nosotros como una servidumbre fatal, sino como una injusticia.




El animal acepta su suerte y perpetúa de generación en generación los mismos gestos, leyes inherentes a unas condiciones ontológicas, obedecidas sin vanas tentativas de huir de ellas. El hombre, en esto, es del todo diferente. Prisionero de un sistema que juzga inaceptable, pone todos sus recursos en movimiento para desprenderse de él. De este modo, todo gesto que tienda a modificar, dominar, vencer esta Naturaleza tiránica contra la cual nos hallamos en abierta rebeldía, constituye una actividad específica del hombre. El hombre es, ante todo, un rebelde.
   ¿Por qué? Sin duda porque, efectivamente, no nos hallamos en nuestro lugar y porque, en lo más hondo de nuestra alma, lo sabemos. Somos, según la expresión bíblica, unos “extranjeros”, unos “viajeros sobre la Tierra”. Tal vez deberíamos, como afirman las tradiciones, inaugurar sobre nuestro planeta un nuevo orden de cosas. No aptos para el sufrimiento, teníamos el encargo de cultivar nuestro jardín, es decir, administrar nuestro dominio siguiendo nuestras preferencias y nuestros gustos.

Camino de convertirnos en unos soberanos, hemos dejado escapar aquella primacía, después del mal uso que nuestros antepasados hicieron de su libre albedrío –tal vez también bajo la influencia de quienes tenían interés en despojarnos de nuestros privilegios, con el fin de eliminar una eventual competencia-. La famosa “revuelta de los ángeles”, de la que nuestros padres decían que abarcó a los cielos, tenía al hombre como objetivo, pues una parte de los extraterrestres se rebelaron ante la perspectiva de llegar un día a tener que hincarse de rodillas ante la descendencia de Adán.
    Caída, la humanidad se encontró sometida a las leyes de la antigua naturaleza, aquellas que reinaban en nuestro globo antes de la era del hombre. Nuestra raza quedó sujeta a la misma, a la enfermedad, a la muerte… ¿Venganza? ¿Castigo? En absoluto; sino simple consecuencia, ineludible, de un remozamiento del reino animal.



Desde entonces, todo sucede como si las fuerzas “luciferianas” poseyeran el completo dominio de nuestro globo, en el que se aplican a perpetuar el reino de la antigua “naturaleza”. ¿No ha sido llamado Lucifer el príncipe del mundo? Si es el príncipe, es decir, el jefe nombrado, si es él –y no como pensamos frecuentemente el “buen” Dios- quien impone sus órdenes sobre este desgraciado planeta, nada de sorprendente tiene que nuestra suerte nos reserve tantas penas al tiempo que algunas “alegrías” acordes con la “naturaleza”. Satán está aquí, en su casa.
    Por el contrario, las potencias a quienes hemos dado en llamar “yávicas” (únicamente por razones de comodidad –entendidas en este caso como benéficas-) están en lucha abierta contra esa forma de naturaleza; parecen, en todo caso, animadas a la preocupación de sustraer a la humanidad a dicha “naturaleza”. Pero es preciso decir que la Tierra no es su dominio; su acción se ejerce desde el exterior, a la manera de comandos, en operaciones discontinuas, limitadas, como si nuestra esfera constituyera para ellos un territorio enemigo, y celosamente defendido, pues la Tierra sigue bajo un régimen de “ocupación”.

Limitadas… ¿pero también por la obligación de no minar la libertad del hombre, puesto que sería una raza “salvada” si esa salvación le era impuesta, únicamente, desde fuera? Libertado a pesar suyo, ¿estaría el hombre verdaderamente “salvado”? de donde la obligación de contar con una resistencia organizada por los propios hombres o, mejor aún, por aquellos de entre los que no aceptan la “naturaleza” tal como es.




Se correrá el peligro de pasar por alto muchos descubrimientos si no se tiene bien presente el hecho de que nuestro mundo recibe sus leyes de un príncipe que no es Dios, sino uno de sus adversarios –mientras que el ejército de los emisarios yávicos intenta “ayudarnos”, forzando para ello un orden establecido.
   Pero se sabe que una de las astucias más perniciosas del diablo consiste en hacernos olvidar incluso su existencia, olvido que alcanza incluso a los espíritus más sinceramente piadosos, y las confusiones que resultan son inimaginables. La táctica del clan “yavista”, que busca nuestra liberación, es notable por su longanimidad, pues la operación salvación” comienza alrededor del 1950 a.C.


La apuesta es la siguiente: desposeer a los luciferianos de su dominio sobre “este mundo”, librar al hombre de las leyes naturales por medio de una mutación provocada.


Paul Misraki – Los Extraterrestres  (Título original: Des signes dans le ciel. Les extraterrestres, 1968)

lunes, 17 de agosto de 2015

Estar atentos a la Sincronicidad (James Redfield)



Nuestro desafío personal consiste en superar el condicionamiento cultural que nos lleva a reducir la vida a lo ordinario, al lugar común y a lo carente de misterio. La mayoría de nosotros hemos aprendido a ir por la vida solo con nuestro ego y pensar que debemos tener un control total sobre nuestra vida. Creamos listas mentales inflexibles de proyectos que pensamos llevar a cabo y perseguimos esos fines con una especie de visión de túnel. Sin embargo, el misterio sigue estando, bailando en las orillas de nuestra vida, dándonos visiones fugaces de posibilidades. Debemos tomar la decisión de desacelerarnos y modificar nuestro punto de atención, y empezar a actuar de acuerdo con las oportunidades que se presentan en nuestro camino.

Es casi imposible que, al mirar hacia atrás no veamos un esquema de sincronicidad en los hechos misteriosos que pasaron para hacernos llegar a lo que ahora tenemos. Mucho más difícil es la percepción de esos hechos tan importantes en la vida del presente, cuando ocurren. Las coincidencias pueden ser impactantes, pero también muy sutiles y fugaces y por lo tanto fácilmente pasadas por alto, como si fueran obra del azar o simple casualidad.




Cómo llega la información es siempre un misterio, pero siempre es la perspectiva, la investigación o la idea de un ser humano sobre el mundo que nos llega justo en el momento indicado para ampliar nuestra conciencia. Nuestra sensación de que la información nos está llegando quizá derive de que estamos integrando todos los pasos de crecimiento necesarios para establecer nuestra aptitud al siguiente capítulo en la historia de nuestra vida. La sincronicidad, al igual que la nueva conciencia espiritual que estamos construyendo, es apenas la concientización de la forma en que lo divino obra en nuestras vidas, la percepción o la experiencia de nuestra conexión con esta fuerza divina.

Tal vez el mayor desafío para los que empezamos a vivir la nueva conciencia espiritual sea relacionarnos con los escépticos. Debemos recordar que un grado de escepticismo es, de hecho, importante. No hay que tomar una idea de moda al pie de la letra, y todos debemos contemplar con ojo crítico cualquier afirmación sobre la naturaleza de la realidad, sin olvidar mantener la mente lo bastante abierta.

Hemos llegado por fin a un punto en que la idea de una experiencia personal trascendente forma parte de nuestra nueva conciencia espiritual. Lo importante es la percepción mística aumentada que expande nuestra conciencia y nos baña en una sensación de seguridad, bienestar  y claridad nunca antes soñada. Cuando la sincronicidad nos lleva a dar el siguiente paso a la experiencia mística directa, todos superamos la tentación de simplemente intelectualizar este pasaje. Todos debemos encontrar esa experiencia espiritual que expande nuestro sentido del yo desde el interior, que transforma nuestra comprensión respecto de quiénes somos y nos abre a la inteligencia que hay detrás del universo.



Al alcanzar lo trascendente nos sentimos más vigorosos, como si un canal de energía espiritual hubiera empezado a inflarnos desde adentro; experimentamos una sensación de unidad con todas las cosas. Al mirar nuestro medio mientras estamos en este nivel de conciencia, todo lo que percibimos nos parece parte de nosotros mismos, sentir que todo lo que nos rodea es parte de nuestro yo cósmico más amplio que ahora está viendo a través de nuestros ojos.

Al abrirnos a la energía interior divina, tenemos la certeza de que la vida es eterna y espiritual, formamos parte de l gran orden del universo. No solo somos eternos sino que estamos protegidos, incluidos, colaboramos incluso en el gran pan que es la vida en la Tierra. Y, si estamos atentos al sentido de bienestar y seguridad que penetra en nosotros, podemos ver que nos sentimos a salvo, porque estamos llenos de una fuerte emoción que impulsa todas las otras emociones: estamos imbuidos de un gran sentido de amor, que existe sin un punto de atención pensado y en una constante penetrante que mantiene a todas las demás emociones en su contexto. La constancia del amor evita que las emociones negativas invadan nuestra mente, quedan dentro de un contexto razonable en el cual podemos sentirlas y dejarlas ir, concentrándonos en el amor penetrante que energiza nuestro ser.


Podemos descubrir quiénes somos en realidad, y cuando la sincronicidad continúe y la inspiración aumente, nuestros cuerpos alcanzarán niveles de energía cada vez más altos hasta convertirnos en seres espirituales de luz.


James Redfield – La Nueva Visión Espiritual

jueves, 6 de agosto de 2015

En España, todos los gobiernos han ido a destruir…




Lo más grave que ha ocurrido en España es que después de muchos años en los que tuvimos un progreso social lento pero continuo hayan aumentado las diferencias sociales. Estas cosas, aparte de ser terriblemente injustas, son muy peligrosas, porque es muy difícil mantener el sistema democrático saludable y funcionando con niveles de desigualdad tan graves como los que se están imponiendo.

Parece que el único camino que había era ese: el camino de la rebaja de impuestos a los más ricos, el de debilitar la situación de los trabajadores… Parecía que no había otra alternativa, que el mundo tenía que ser así. Igual que cuando se hace la globalización de una manera que siempre perjudica a los más débiles y siempre beneficia a los más poderosos. Generalmente los que mandan quieren convencernos de que las cosas son como son porque es la única manera que tiene de ser, porque es lo natural. Pero eso no es lo natural, eso es algo que se ha hecho para beneficio de algunos.

Una cosa que me ha llamado la atención durante estos años es que la izquierda estaba dejando de poner el acento en los problemas de clase y se estaba concentrando caso exclusivamente en los problemas de identidad colectiva. Es decir, en vez de hablar de ricos y pobres, la izquierda hablaba de grupos nacionales, de la identidad colectiva de los catalanes, de las mujeres, de los gays… Y una cosa son los derechos civiles y otra cosa es dividir a la gente en este tipo de identidades. Y esto ha ocurrido mientras se ampliaban cada vez más las diferencias sociales, las diferencias entre los que tienen y los que no tienen. La izquierda, que es la que se supone que tenía que ocuparse de esas cosas, estaba distraída con otras, se ha quedado en muchos casos muy perdida, sin estrategia, sin saber qué era lo que tenía que defender.



Mientras tanto se estaban acentuando más las diferencias sociales, con gran alegría de los que estaban beneficiándose. Hace 15 años, la diferencia de la media de los mejor pagados y la media de los trabajadores normales era de 1 a 30. Ahora es de 1 a 400 y, claro, ¿cómo mantienes un sistema democrático o un estado del bienestar con esas diferencias sociales, cuando además los que más tienen se las arreglan para no pagar impuestos, cuando los que pagan los impuestos son la clase media y la clase trabajadora? ¿Cómo mantienes así el estado del bienestar? El mundo está hecho para el beneficio del que más tiene de una manera cada vez más escandalosa y grosera. Ya que, por una parte, están los ejecutivos que ganan más que nunca y, por debajo, cada vez más becarios y gente que está siendo superexplotada. Ese progreso de la desigualdad, de la injusticia y de la falta de salidas es una de las cosas más graves que ha pasado.

En una democracia, lo normal sería que una persona cualquiera pudiera tener la posibilidad de estar un tiempo ejerciendo un cargo y luego retirarse a su profesión. La profesionalización de la política es uno de los grandes males del sistema español. Igual que la politización de ciertas profesiones públicas. El hecho de que tantos cargos que tendrían que ser exclusivamente técnicos sean políticos. Eso es una sociedad cautiva de la política.



Estos gobiernos brutales de los últimos años se han dedicado sobre todo a hacer todo el daño que han podido; creo que con una perspectiva ideológica, que es pensar que todo lo que tiene que ver con la cultura o la educación es cosa de izquierdistas y hay que dañarlo. Todos los gobiernos han ido a destruir: el Gobierno del PSOE por falta de coraje y por demagogia; y el Gobierno del PP por pura brutalidad. Lo que se ha hecho con el cine o con el teatro es una cosa destructiva, cuando la cultura en un país como el nuestro es un eje fundamental de la prosperidad, porque la cultura crea muchos puestos de trabajo. La industria de la cultura ha sido abandonada a conciencia para destruirla.

En España hay mucho odio al conocimiento. La derecha española es brutal y ha sido siempre enemiga del saber, siempre, entre otras cosas porque ha sido esclava de la Iglesia Católica, y la Iglesia Católica ha sido el peor enemigo que ha tenido la educación y el conocimiento en nuestro país.




Antonio Muñoz Molina (Extracto de entrevista para 20 Minutos)