miércoles, 11 de noviembre de 2015
lunes, 9 de noviembre de 2015
Debemos restaurar la consciencia (L. Ronald Hubbard)
La única forma en que se
puede organizar un estado colectivista es convenciendo a los hombres de que
deben ajustarse y adaptarse, como los animales, a un entorno constante. Se
tiene que privar al pueblo del derecho a controlar, como individuos, su
entorno. Entonces se les puede regir y agrupar en manadas. Acaban poseídos, no
poseedores. Se les debe quitar la razón y el derecho de razonar, porque el
centro mismo de la razón es el derecho de formarse su propia opinión sobre su
entorno.
Los elementos luchan
contra el hombre y el hombre lucha contra el hombre. El blanco principal para
los enemigos del hombre es su derecho y su capacidad para razonar. Pero al
igual que la inconsciencia siempre precede a la muerte, aun por instantes, así
precede la muerte de la razón a la muerte del organismo. Y esta acción puede
suceder en un lapso largo, incluso la mitad de una vida, o aun más.
Según disminuye la
consciencia que tiene uno del esplendor de la vida, así ha disminuido su propia
consciencia. La capacidad de darse cuenta disminuye exactamente según disminuye
la consciencia. La capacidad de percibir el mundo en torno a uno y la capacidad
de llegar a conclusiones exactas respecto a ese mundo son, a todos los efectos,
la misma cosa.
La inconsciencia completa
es la muerte. Y conforme uno va acumulando el dolor que acompaña a la vida, y
deja de acumular los placeres, gradualmente va perdiendo la carrera. Y se
inicia, finalmente, la incapacidad física de ver, pensar y ser, conocida como
muerte. ¿Cómo acumula uno este dolor? ¿Y volvería la plena consciencia y un
concepto pleno y prometedor de la vida si se librara de él? Y, ¿hay alguna
forma de librarse de ese dolor?
¿En qué punto deja uno de sobrevivir y
comienza a sucumbir? El punto de delimitación no es la muerte, como nosotros la
conocemos. El punto está marcado por lo que podría llamarse la muerte de la
consciencia del individuo.
La mente debe ser capaz de
evitar el dolor y descubrir el placer para sí misma, las generaciones futuras,
la familia y el grupo, al igual que para la vida misma. El que un organismo de
un grupo no logre resolver adecuadamente problemas de supervivencia es, en
parte, un fracaso para todo el grupo. La vida es un esfuerzo interdependiente,
cooperativo. Por tanto, la mente de un organismo debe llegar a acuerdos con las
mentes de otros organismos, con el fin de que todos puedan sobrevivir al más
elevado nivel que sea posible.
La plena consciencia
significaría pleno reconocimiento de las responsabilidades propias, de su
relación con otros, del cuidado de uno mismo y de la sociedad. Si se pudiera
lograr, se podría elevar un orden social a alturas hasta ahora inalcanzables.
Se podrían vaciar las prisiones y los manicomios. Se podría hacer un mundo
demasiado cuerdo para la guerra, y se podría sanar a la gente que nunca antes
había tenido medios de lograr la salud. Y podría hacerse feliz a la gente que
nuca antes había sabido lo que es la felicidad. Podría elevarse la buena
voluntad y la eficiencia de todos los hombres y de todos los órdenes sociales.
¿Cómo puede lograrse una
cosa así?
El dolor es una
advertencia, un sistema automático de alarma que informa al organismo que
alguna parte de él o su totalidad está bajo tensión y más vale que el organismo
actúe o morirá. El dolor es amenaza de no supervivencia, el castigo por errores
cometidos al tratar de sobrevivir. Pero la vida, en su competencia total con el
universo físico, no soporta el fracaso. Por lo tanto, la consciencia depende de
la ausencia o erradicación de recuerdos de dolor físico, por que la inconsciencia
es parte de ese dolor, es uno de sus síntomas.
La inconsciencia, y todo el dolor que va con
ella, se almacena en una parte de la mente, y este dolor e inconsciencia se
acumulan hasta causar que el organismo comience a morir. Este dolor se puede
borrar, y con ello devolver una consciencia plena y una rehabilitación que
conduce a la supervivencia. En otras palabras, es posible cancelar la
inconsciencia y dolor acumulados a lo largo de los años y restaurar la salud y
la vitalidad de un organismo.
El hombre es básicamente bueno. El dolor y
las aberraciones sociales lo alejan de la ética elevada, la eficiencia y la
felicidad. Libérate del dolor y estarás en un nivel superior. Restáurese la
plena consciencia en un individuo y se estará restaurando el total de su
potencialidad de vida.
L. Ronald Hubbard – Auto-Análisis
viernes, 30 de octubre de 2015
Reencarnación, una teoría moderna (René Guenon)
Lo cierto es que ninguna
doctrina tradicional auténtica ha hablado jamás de la reencarnación, y ésta no
es más que una invención moderna y occidental. Esta teoría fue adoptada del
espiritismo francés en primer lugar por el teosofismo y luego por el ocultismo papusiano
y otras diversas escuelas, que han hecho de ella uno de sus artículos de fe.
Debemos decir que las objeciones formuladas normalmente contra la teoría
reeencarnacionista apenas son más determinantes que las razones invocadas para apoyarla; ello se debe, en gran medida, a que los adversarios y los partidarios de la
reencarnación se sitúan igualmente sobre un terreno moral y sentimental.
Lamentablemente, hay mucho más que decir contra la reencarnación, ya que se
puede establecer su absoluta imposibilidad.
El término reencarnación
debe ser distinguido de dos términos que tienen un significado totalmente
diferente, y que son los de “metempsicosis” y “transmigración, muy bien
conocidos por los antiguos, como aún lo son de los orientales, pero que los
occidentales modernos, inventores de la reencarnación, ignoran absolutamente.
Está claro que cuando se habla de
reencarnación, esto significa que el ser que ya ha estado encarnado retoma un
nuevo cuerpo, es decir, vuelve al estado por el cual ya ha pasado; por otra
parte, se admite que ello concierne al ser real y completo, y no simplemente a
los elementos más o menos importantes que han podido entrar en su constitución.
Aparte de estas dos condiciones, no puede en absoluto tratarse de reencarnación;
ahora bien, la primera la distingue esencialmente de la transmigración, y la
segunda no la diferencia menos profundamente de la metempsicosis, en el sentido
en que era especialmente entendida por los órficos y los pitagóricos.
Podemos decir (con
respecto al término metempsicosis) que hay en el hombre elementos psíquicos
que se disocian tras la muerte, y que pueden pasar entonces a otros seres
vivos, hombres o animales, sin que por ello tenga más importancia, en el fondo,
que el hecho de que, tras la disolución del cuerpo, los elementos que lo
componían pueden servir para formar otros cuerpos; en ambos casos, se trata de
elementos mortales del hombre, y no de la parte imperecedera que es su ser
real, y que en absoluto es afectada por esas mutaciones póstumas.
En cuanto a la
transmigración, esta vez se trata efectivamente del ser real, aunque no es para
él un retorno al mismo estado de existencia, retorno que si pudiera tener
lugar, sería quizá una “migración” si se quiere, pero no una “transmigración”.
De lo que se trata es, por el contrario, del paso del ser a otros estados de
existencia, definidos por condiciones completamente distintas de aquellas a las
cuales está sometida la individualidad humana.
Quien dice transmigración dice esencialmente
cambio de estado; entendida según el sentido ofrecido por la metafísica pura,
es lo que permite rechazar de forma absoluta y definitiva la idea de
reencarnación. Debe quedar claro que un mismo ser no puede tener dos
existencias en el mundo corporal, poco importa que sea sobre la tierra o sobre
cualquier otro astro, poco importa además que sea en tanto que ser humano o,
según las falsas concepciones de la metempsicosis, bajo cualquier otra forma,
animal, vegetal o incluso mineral; poco importa que se trate de existencias
sucesivas o simultáneas.
Debemos agregar que la
demostración válida contra todas las teorías reeencarnacionistas, se aplica
igualmente a ciertas concepciones de aspecto más propiamente filosófico como la
idea del “eterno retorno”, y que suponga en el Universo una repetición
cualquiera. El fundamento de la teoría metafísica de los estados múltiples del
ser es que la Posibilidad
universal y total es necesariamente infinita, pues comprendiéndolo todo y no
dejando nada fuera de sí, no puede ser limitada absolutamente por nada, una
limitación de la
Posibilidad universal es una imposibilidad, una pura nada;
suponer una repetición es suponer una limitación.
Desde el momento en que el
Universo es verdaderamente un todo o, mejor dicho, el Todo Absoluto, no puede
existir en parte alguna un ciclo cerrado, jamás puede volver nada al mismo
punto. En la Posibilidad
total, esas posibilidades particulares que son los estados condicionados son
necesariamente en multiplicidad indefinida; negar esto es pretender limitar la Posibilidad.
A quienes imaginan que
rechazando la reencarnación corremos el riesgo de limitar de otra forma la Posibilidad universal,
simplemente les responderemos que lo que rechazamos es una imposibilidad, que
no es nada, y que no aumentaría la suma de posibilidades más que de un modo
puramente ilusorio, al no ser sino un puro cero. Por otro lado, según los
“neoespiritualistas”, cada ser debería, en el curso de su evolución, pasar
sucesivamente por todas las formas de vida. Tal teoría no expresa más que una
imposibilidad manifiesta, por la simple razón de que existen indefinidas formas
de vida por las cuales podrá pasar un ser cualquiera, siendo éstas todas
aquellas que están ocupadas por los demás seres. Incluso aunque un ser hubiera
recorrido sucesivamente indefinidas posibilidades particulares, no por ello
estaría más avanzado respecto al término final, que no podría ser de este modo
alcanzado.
Quienes sostienen la
teoría de la multiplicidad de nacimientos humanos jamás han desarrollado en sí
mismos el estado lúcido de conciencia espiritual. Una educación exterior es
relativamente ineficaz como medio para obtener el verdadero conocimiento. La
bellota se hace roble; pero, por muchas miríadas de frutos que dé el roble,
éste jamás se hará bellota. Al igual para el hombre; desde el instante en que
el alma se ha manifestado en el plano humano, y ha alcanzado así la conciencia
de la vida exterior, nunca volverá a pasar por ninguno de sus estados
rudimentarios. Todos los pretendidos
"despertares de recuerdos" latentes, por los cuales algunas personas
aseguran recordar sus existencias pasadas, pueden explicarse, e incluso sólo
pueden explicarse por las simples leyes de la afinidad y de la forma.
René Guenon – Reencarnación
viernes, 23 de octubre de 2015
Shiva, Dionisos y Jesús; tres caras de un mito (Alain Daniélou)
El mensaje de Jesús se
opone al de Moisés y, más tarde, al de Mahoma. Era un mensaje de liberación y
de revuelta contra un judaísmo convertido en monoteísta, desecado, litúrgico,
fariseo, puritano. El cristianismo, en su forma romana, se opuso inicialmente a
la religión del Estado. No sabemos gran cosa sobre las fuentes de las
enseñanzas de Jesús ni sobre los años transcurridos “en el desierto”, mirando
hacia Oriente. El mito cristiano parece muy vinculado a los mitos dionisíacos.
Jesús, como Krishna o Dionisio, es hijo del padre, de Zeus, no tiene esposa,
solo la diosa madre encuentra un hueco a su lado. La gente que le escucha y que
le sigue –sus “bhaktas”– pertenecen al pueblo llano. Su enseñanza se dirige a
los humildes, a los marginados. Su rito es un sacrificio. En la leyenda órfica
ocupa un lugar relevante la pasión y la resurrección de Dionisio. Numerosos
milagros de éste se atribuyeron a Jesús. Los paralelismos entre las dos
mitologías son evidentes. Los mitos y los símbolos relacionados con el
nacimiento y la vida del Nazareno –su bautismo, su entorno, su entrada en
Jerusalén a lomos de un asno, la
Cena (rito del banquete y del sacrificio), la Pasión , la muerte, la
resurrección, las fechas y la naturaleza de las fiestas, el poder de curar y de
transformar el agua en vino– evocan inevitablemente el modelo dionisíaco.
Parece, pues, que la
iniciación de Jesús revistió carácter órfico o dionisíaco, y no esenio, como a
menudo se ha sugerido. Su mensaje, que representa una tentativa de regreso a la
tolerancia y al respeto por la obra del Padre Creador, fue desnaturalizado por
completo después de la muerte de Jesús. El cristianismo posterior a ella se
opone frontalmente al que el Maestro predicó: imperialismo religioso, intereses
políticos, guerras, masacres, torturas, hogueras, persecución de los herejes y
negación del placer, de la sexualidad y de todas las vivencias del goce de lo
divino. Nada de eso era así al principio. Durante mucho tiempo se acusó a los
cristianos de celebrar sacrificios sangrientos, ritos eróticos y orgías. No es
fácil averiguar qué fundamente tenían estas murmuraciones. Más tarde volvieron
a desencadenarse en lo concerniente a los círculos secretos de carácter místico
e iniciático que intentaban resucitar y perpetuar el cristianismo de los
orígenes.
Encontramos de nuevo el
simbolismo ternario hindú en la base del concepto de la Trinidad cristiana. El
Padre representa el principio generador del mismo modo que Shiva representa el
Falo. El Hijo es el dios protector que se encarna y desciende al mundo para
salvarlo, como Vishnú y sus avatares. El Espíritu Santo, que procede del Padre
y del Hijo, es la chispa que une ambos polos y equivale a Brahma (la
inmensidad). El Hijo –y lo mismo sucede con Vishnú– tiene muchas cosas en común
son Shakti (el principio femenino, la diosa) y representa, por lo tanto, al
Andrógino. Su culto se mezcla y confunde constantemente con el de la Virgen Madre. Los esfuerzos
realizados por la Iglesia
para disimular las fuentes órficas y shivaítas de la doctrina de Jesús han
arrinconado en el olvido la verdadera y profunda significación del mito
cristiano y desembocado en interpretaciones materialistas y pseudohistóricas
carentes de sentido ecuménico.
El politeísmo, sin
embargo, aún sigue presente tanto en el mundo católico como en el protestante,
cuyos teólogos e ideólogos se han limitado a reemplazar los nombres de los
antiguos dioses por los inscritos en el santoral. No existe prácticamente
ningún templo cristiano dedicado a Dios. Todos están bajo la égida de la Virgen Madre o de
esas divinidades menores a las que llaman santos. En un medio politeísta el
cristianismo se funde fácilmente con la religión tradicional, como sucede –por
ejemplo– en la India ,
donde lo mismo se invoca a la
Virgen que a Kali, donde se confunden los cultos del Niño
Krishna con los del Niño Jesús y donde el espíritu bhûta que se apodera de los
participantes en ciertas ceremonias de danza extática toma el nombre de los
santos cristianos.
¿Se puede recuperar el
mensaje de Jesús? Quizá sí. Para ello sería necesario el retorno a un evangelio
mucho menos selectivo y el redescubrimiento de cuanto la Iglesia , cuidadosamente,
ha ocultado o destruido en lo tocante a sus fuentes y a su historia, prestando
especial atención durante esa tentativa de rescate a los llamados evangelios
apócrifos, algunos de los cuales son más antiguos que los canónicos. Eso
permitiría regresar a lo que pudo ser la verdadera enseñanza de Cristo, fruto
del esfuerzo realizado por éste para adaptar su mundo y su época a la gran
tradición humana y espiritual de los cultos shivaítas y dionisíacos. Un Jesús
despojado de los falsos valores que a partir de San Pablo rodean y deforman su
enseñanza podría reincorporarse con facilidad a dicha tradición. Pero eso,
evidentemente, solo podría hacerse al margen de quienes con singular audacia se
arrogan el título de representantes de Dios en la tierra y de intérpretes
exclusivos de su voluntad. La verdadera religión es la que respeta humildemente
la obra divina y su misterio.
Se equivocan quienes
piensan que el Occidente moderno es cristiano. Lo fue, sí, en la
Edad Media , pero luego dejó de serlo. A
partir del año mil, aproximadamente, se difunde por Europa la idea de que el
hombre es capaz de dominar el mundo y de rectificar la creación echándole, en
cierto modo, una mano a Dios. Esa arrogante conjetura socava la base del
cristianismo y la modifica profundamente. Ya nunca volverá a ser una verdadera
religión, es decir, una religión ecuménica que se dirija a la totalidad del ser
humano integrando a éste en la naturaleza y ayudándole a restablecer sus
relaciones con el mundo de los espíritus y de los dioses. El último cristiano
cabal, desde este punto de vista, fue san Francisco de Asís. Toda religión es,
en principio, un sistema o un modo de aproximarse a los divino. De ahí que una
verdadera religión no pueda ser exclusiva ni pretender que tiene el monopolio
de Dios, pues la realidad divina es tan polimorfa como los caminos que conducen
a ella.
Alain Daniélou - Shiva y Dionisio (la religión de la naturaleza y del eros)
miércoles, 21 de octubre de 2015
El silencio de la conciencia del yo (José L. Pallarés González)
El “centro" es esa
conciencia profunda que todos tenemos y a la que nos referimos cuando decimos
yo. Este yo es el punto de identidad que mantenemos a través de todos los
cambios, de todas las fases de crecimiento. Es necesario ahondar en ese centro
para descubrir quién soy yo. Todo lo que vivo no tiene sentido si no descubro
quién es el que vive esto. El yo es el que da significado a cada una de mis
experiencias. Cada experiencia, tomada aisladamente, no tiene de por sí un
sentido. El sentido se encuentra en la fuente donde mana. El descubrimiento del
yo marca el grado de madurez de la persona. Cuanto más ahonda y se sienta a sí
mismo. Menos peligro tiene de confundirse con sus cosas y menos vulnerable
será.
Ese centro interior es mi
realidad más profunda; de ella brotan todas las demás realidades que me
constituyen: la inteligencia, la voluntad, la moral, la estética… En ese
“centro”, yo me siento yo, y me afirmo yo, y declaro y reivindico todo lo demás
que siento como mío.
En todo momento estoy tratando de descubrir
tanto que soy yo, como quién soy yo. Lo que soy yo es todo lo que registra mi
conciencia, todo lo que existe para mí, todos los contenidos de mi conciencia.
Estos contenidos son todo el mundo de sensaciones, salud, fuerza, inteligencia,
intuición. También soy la conciencia que yo tengo de todo lo demás: las
personas, la naturaleza, la sociedad. Yo, en resumen, soy todas las cosas en
tanto las conozco.
Por ello, cuando hay problemas dentro de la
conciencia, hay problemas fuera, en mis relaciones objetivas. Solo cuando
existe una perfecta unidad interna, la persona está asimismo integrada en su
exterior. Yo soy, por tanto, todo el campo de mi conciencia.
A la pregunta ¿quién soy
yo?, hemos de responder que yo soy el sujeto, el centro de este campo, el punto
alrededor del cual gira todo y del que surge todo. En la compleja experiencia
de mi interioridad percibo un solo y único centro que da sentido y coherencia a
todo lo demás.
Ese centro lo experimento
como carente de partes, no puede ser localizado en ningún lugar. Es, además,
autoconsciente; es decir, tiene conocimiento de sí mismo, y aunque se da cuenta
que en muchos aspectos es para sí un misterio se siente, en cambio, dueño e
independiente de sí mismo. La actividad o dinamismo del yo consiste en una
permanente opción, en un constante ejercicio de su autonomía, de su mismidad,
de su profunda unidad de ser. En este sentido, la libertad es el ejercicio de
la estructura más característica del sí mismo, de aquello por lo cual yo me
siento persona humana.
Pero la experiencia de mi
libertad es paradójica, contradictoria. Por una parte, quiero ejercer cada vez
más mi autonomía y mi unidad, ser más yo; pero, a la vez, experimento mis
límites y siento una cierta angustia interior. Esta conciencia de la
precariedad de mi ser me impulsa a la búsqueda de algo o de alguien en quien
pueda encontrar un punto de apoyo seguro a la debilidad de mi ser.
El yo como centro
constituye el punto de partida. “Yo soy” en el acto esencial de la existencia,
como individuo. Toda la existencia no es más que variantes de la realidad de mi
ser.
Este meterme hacia dentro, este
interiorizarme, no ha de perturbar nunca el cumplimiento de mis obligaciones
exteriores. En este repliegue sobre sí mismo se trata de descubrir el fondo de mí
mismo, la realidad de mí mismo como sujeto, yo en mi identidad profunda.
La autoconciencia requiere
una atmósfera de interioridad y un hábitat de silencio. Es muy difícil, en una
civilización del ruido, oír la vibraciones del espíritu; percibir los mensajes
transcendentes, oír las voces de la propia conciencia.
El silencio nos hace descubrir
experimentalmente la unidad profunda que hay detrás de toda la multiplicidad de
formas y manifestaciones de nuestro ser. Nos lleva a descubrir al sujeto último
de todas las manifestaciones personales. Nos conduce a la realización de
nuestra identidad profunda. El silencio profundo nos trae la paz auténtica.
Gracia a él podemos acumular fuerzas físicas, afectivas, mentales y
espirituales para llevar a cabo nuestro trabajo y todo nuestro quehacer vital.
El poder del silencio es tan grande que puede transformar profundamente
nuestras conciencias, nuestra vida; a la sociedad toda.
Para conseguir el
silencio, “mi silencio”, es necesario que yo esté libre interiormente de
problemas, de deseos, de emociones, de conflictos. La gran dificultad que
tenemos para estar en paz es nuestra guerra interior.
Para que el silencio sea un camino positivo
es necesario que la persona esté orientada; tenga como opción preferencial la
búsqueda de la verdad. En la práctica del silencio se impone que, en todo
momento, se mantenga la autoconciencia, y que haya una gran lucidez. El
silencio practicado de esta manera es siempre esencialmente transformante,
renovador y creativo, externa e internamente.
El silencio no es nada más
que el reposo de nuestra personalidad y de nuestro yo personal. El silencio que
se pide es el silencio profundo de la conciencia del yo.
José Luis Pallarés González – En torno al hombre
jueves, 15 de octubre de 2015
En el Punto de Quietud (Ramiro Calle)
Si el cavernícola
levantara la cabeza, se quedaría estupefacto al comprobar hasta qué punto la
consciencia del ser humano se ha quedado estancada y no ha progresado. Nuestra
mente sigue siendo la del hombre de hace decenas de miles de años. Si la
evolución de la biología es exasperadamente lenta, ¡cuánto más no lo es la da
la consciencia! Seguimos detenidos en un estado de consciencia crepuscular y en
la mente humana siguen anidando con todo vigor la ofuscación, la avidez
desmedida y el odio. El progreso exterior no se ha visto correspondido por el
progreso interior, y de ahí que se esté produciendo una inevitable
esquizofrenización. El mayor enemigo sigue estando en la mente del ser humano.
Estamos muy lejos todavía
de la conquista de una mente clara y un corazón tierno. No hay genuina
inteligencia, no hay verdadero amor. Aunque no hay mayor felicidad, ni más
estable, que la paz interior, es como si pusiéramos todos los medios para no
conseguirla. Vivimos de espaldas a nuestro sol interno y nos preguntamos por
qué estamos a oscuras. Sin quietud todo pierde su valor, todo palidece. No ponemos
los medios para recuperar nuestro “punto de quietud”, sino que nos enredemos
cada vez en mayor grado en la egorrealización y frenamos nuestro
desenvolvimiento interior. Los logros solo en lo externo pueden “satisfacer”
únicamente a aquellos que tienen una visión muy esclerótica de la existencia.
Para aquellos que la mente
no está completamente empañada, hay una Vía hacia la quietud, hacia la visión
cabal y hacia la clara comprensión que libera de las trabas mentales. Solo
desde la quietud que emerge cuando el pensamiento se acalla y nos conectamos
con el espacio de renovado vacío, que está más allá del núcleo de caos y de
confusión, puede desencadenarse la visión de los fenómenos tal y como son,
desde la pureza de la mente.
Desde el ángulo de quietud,
el aprendizaje y el desaprendizaje para volver a aprender se suceden y se
producen de momento en momento. Dejamos que la mente muera cada noche para que
nazca cada mañana. Así estrenamos mente y estrenamos vida. Aprendemos a hacer
desde ese inmaculado y pleno vacío interior, que nada puede herir.
Desde la perspectiva de la
consciencia de ser, podremos afincarnos más en la voluntad de ser que de
aparentar o someter, más en lo propio y genuino que en lo adquirido. El punto
de quietud que nos proponemos conseguir tenemos que trasladarlo a la vida
cotidiana y mantenerlo como el tornado mantiene en su propio centro un estado
de calma. Con intención y ecuanimidad bien establecidas logramos residir en la
consciencia de puro ser en su estado natural.
Si estamos atentos, la
vida se convierte en objeto de meditación. Desde el punto de quietud, podemos
contemplar los fenómenos cómo surgen y cómo se desvanecen, sin que el
“contemplador” se involucre tanto en lo contemplado. Ese punto de quietud se
vuelve un eje o terreno seguro en el que mantenerse retirado y equilibrado. Una
parte de nosotros logra permanecer detrás del escenario psicológico y del
escenario existencial. Ese espacio de quietud es un reducto de cordura y
armonía. Es la naturaleza pura o perfecto equilibrio, allende la pasión
encadenante y la inercia que ofusca la mente.
Cuando el buscador llega a
su “punto de saturación”, es decir, cuando experimenta la inevitable pesadumbre
de lo existencial, se decide viajar hacia la quietud. En la quietud halla un
espacio de equilibrio.
En ese centro, que es pureza, explosiona la
visión clara y uno contempla, imperturbablemente, el juego de la creación. Es
una contemplación sin reacción, donde uno comprueba que es parte de se
enajenante juego, pero que puede ser más que un juguete o marioneta en ese
juego. Solo la consciencia pura puede dar el gran salto más allá de la película
existencial y sustraerse a las fuerzas ciegas de la creación. El “espectador”
deja de ser el espectáculo, descubre los trucos del Ilusionista. Instalado en
la poderosa energía del vacío, ve sin dejarse concernir alienadamente por la
película de los fenómenos externos, ni por la película de su propio complejo
psicomental.
En la fuente del
pensamiento se halla el “punto de quietud”, la cámara del vacío inmaculado, y
más allá está el “punto sin retorno”, donde uno descubre que nunca ha sido ni
no ha sido, y donde uno conecta con la energía sin límites que permite estar en
el mundo sin estar en él.
Ramiro Calle – El Libro de los Yogas
jueves, 8 de octubre de 2015
Tú tienes la capacidad para ser un héroe o heroína cotidiana (Pilar Jericó)
Siempre han existido héroes y heroínas a lo largo de la historia de la humanidad. Sin embargo, el modelo de héroe tradicional está en crisis. Los valores sociales han cambiado drásticamente y ahora necesitamos nuevos referentes, más cercanos a nosotros, que nos inspiren y no sean esclavos ni del reconocimiento social ni de comportamientos agresivos. Necesitamos héroes que sean integradores y que se entreguen a sus noches oscuras para renacer fortalecidos de ellas. Dichos héroes son los héroes cotidianos.
El héroe cotidiano es un buscador hacia fuera y hacia dentro de sí mismo. Confía en sí mismo, tiene el coraje para ser auténtico, tiene una sana aceptación de la vida a pesar de las dificultades. Busca la trascendencia en sus actuaciones, ejerce una influencia positiva en su entorno.
Los héroes cotidianos se salvan a sí mismos de las dificultades, del dolor de sus propias sombras o de los momentos de desesperación personal. Y solo cuando lo consiguen, resultan un ejemplo para otros.
Tú tienes la capacidad para ser un héroe o heroína cotidiana. La heroicidad cotidiana es una actitud, no un resultado. Ser héroe no consiste en conseguir siempre lo que se quiere, sino en afrontar la vida con una actitud de búsqueda, de entereza y de compromiso. No hay héroe sin dificultad, sin atravesar desiertos o sufrir noches oscuras. El heroísmo está en lo que te cuesta.
Ante la búsqueda o las dificultades, si quieres vivir una vida plena, tendrás que adentrarte en la “senda del héroe cotidiano”. Tu reto es atreverte a buscar y alcanzar cuanto antes una vida plena sin resentimientos, victimismos ni sufrimientos innecesarios. Posiblemente, la sabiduría de los maestros se base en haber atravesado muchas veces la senda de lo héroes: atender la llamada de la aventura, confrontarse con uno mismo, atravesar el desierto personal y vivir la noche oscura; explorar una nueva realidad, conectarse con la esencia, apoyarse en amigos o maestros y volver a soñar; adquirir nuevos hábitos y ganar recursos personales, enfrentarse con la sombra y regresar a los cotidiano.
Como héroe cotidiano no has de conformarte con lo establecido, ¡emprende nuevos caminos dentro de tus posibilidades! El buscador no solo hace, sino también reflexiona sobre lo que hace. Quien está muy seguro de todo, está lejos de ser un buscador y de ser un héroe cotidiano, al igual que quien se resigna ante lo que le ha tocado vivir. La búsqueda interior es un billete de partida de un viaje del que no se conoce el destino. Acepta que la incertidumbre forma parte de la vida, olvídate de buscar el control absoluto para evitar la incertidumbre, porque es imposible.
En el fondo, se trata de desarrollar una actitud inconformista y constructiva de uno mismo, atreverse a ser de un modo diferente, explorar otras realidades. Cada dificultad es una invitación de la vida a buscar en ti, a conocerte mejor, a revisar tus principios y a dar lo mejor de ti mismo.
Para vivir un proceso de transformación tienes que cuestionarte y solo se consigue siendo humilde. El reto es tener la voluntad de ver tu sombra y atravesar el umbral. Cruzar el umbral significa “morir”, y hay que morir para renacer. Tienes la capacidad de decidir y eres libre hasta de ti mismo: no eres esclavo de tus instintos, ni de las emociones, ni tan siquiera de tu infancia. Tienes que desprenderte del orgullo, del resentimiento, del victimismo y evitar la adicción al dolor. La aceptación de la derrota y del dolor es el primer paso para salir de él. De todas las situaciones se sale de una forma u otra y se ganan cosas, aunque sean sutiles. Esta certeza es un faro para atravesar la noche.
Quererse sin los disfraces es querer la autenticidad de uno mismo. Quererse es también ser honesto con uno mismo y ser leal a los principios que quieres en tu vida, aunque eso pueda significar a veces soledad e incomprensión, incluso de las personas más queridas. Un héroe cotidiano ha de asumir que un camino de búsqueda y crecimiento personal puede suponer alejarse de otros.
Cuando tu actitud ha cambiado, aceptas tu dualidad, integras tu sombra y reconoces que en lo pequeño está la grandeza, es cuando la aventura ha concluido. Si todo va bien, recorrerás muchas más veces la senda de lo héroes cotidianos, pero esta ocasión te ha ayudado a comprender que tú eres el guionista de tu propia vida, que eres un buscador con capacidad de dar lo mejor de ti mismo y de comprometerte con lo que haces, sabiendo que eres humano con tus grandezas y tus fragilidades.
En definitiva, el objetivo final es atender la llamada, es decir, aceptar la invitación de la vida y confiar en toda la capacidad de adaptación biológica y evolutiva que tienes para la aventura. En otras palabras, atreverte a comprender ese proyecto o esa relación o ese cambio que deseas, atreverte a mirar a los ojos a la enfermedad, o al dolor, o a la culpa que te daña. Aceptar la llamada es el principio de la grandeza del héroe cotidiano.
Pilar Jericó – Héroes cotidianos
lunes, 5 de octubre de 2015
Salgamos de nuestro yo limitado (Carlos Aravaca)
La mayoría de los centros
de enseñanza dan prioridad a aumentar los conocimientos para fines lucrativos
porque son conocedores de nuestra capacidad, más bien gregaria, de ir
compensando los sufrimientos con bienes materiales. Esa capacidad de acción y
reacción, de esfuerzo y recompensa es, aparentemente, más rentable, en cuanto
al tiempo y al esfuerzo necesario para educar, que la idealista basada en los
valores humanos que, sin esperar nada a cambio, nos satisfará plenamente
partiendo del amor.
En los grupos nace un “yo”
colectivo, basado en la amistad, el clima afectivo y emocional, las normas y
las tradiciones, etc.; cuanto más arraigada sea esta atmósfera, más difícil
será la posibilidad de admitir un pensamiento crítico en detrimento del
colectivo, dando lugar, a través de las vivencias, a alguna actuación
irracional como ocurre en algunas sectas, clubes o partidos políticos. Se puede
llegar incluso, a encontrar motivos que justifican la atrocidad de una guerra.
¿Y qué hacemos con la alegría de todo un pueblo, ante la victoria o
conmemoración de esa barbaridad? Habrá que combatirla, sí, pero con amor.
Todos nos hemos preguntado
alguna vez acerca de la creación y del fin de la vida ¿hay algo después de la
muerte?, ¿existe un Dios? Si la respuesta es afirmativa ¿cómo es ese Dios?,
¿qué relación tengo con él? Si negamos su existencia, ¿qué función cumplo yo en
este universo?
Antes que dar un paso
firme en la vida preferimos ir dando traspiés, pisando en falso sobre tanta
duda dejándonos arrastrar en el redil de una masa guiada por unas ideas,
principios o fines que no nos convencen plenamente. ¿Cómo voy a proyectar mi
vida, basándola en tantas dudas? Lo menos que debería hacer es tener el coraje
de intentar resolverlas y no optar por la “postura del avestruz”. Nos
preocupamos sobremanera del cultivo de los conocimientos para un fin lucrativo
pensando siempre en el rendimiento material. ¿No deberíamos también
preocuparnos en poco del “mundo espiritual”? tal vez, al encontrarle sentido a
la vida, nuestro rendimiento sería mayor o menor, pero con sentido y, a la
postre, más beneficiosa para nosotros y para la humanidad.
Vivimos en un mundo donde
predomina lo material y recibimos una educación basada en este yo material; se
nos induce y predispone a que seamos egoístas. Esto, no cabe duda, potencia la
personalidad, pero hasta un límite: el de mi genética y mis circunstancias.
Incluso podré superar esa limitación agregándome elementos ajenos y creyendo
que son míos. Pero, ¿qué pensamos de la persona que nos habla presumiendo de su
país, de su casa, de su coche, de su familia, de su dinero, de su club, de su
rey, etc.? En primer lugar, en la suerte que ha tenido por esas circunstancias
que le han sido dadas; por el contrario, después, pensaremos en su pobreza o
dependencia personal, por necesitar de esos factores para destacar. Veremos
que, de aumentar algo, incrementamos el valor añadido, que no deja de ser otra
limitación.
Agotados todos los caminos, solo nos queda
una posibilidad para superarnos. Consiste, simplemente, en romper con nuestro
ego, con nuestro yo, y dejar de ser egoístas para convertirnos en seres más
universales, más amorosos. Algún día, cuando entendamos de veras qué es el
amor, el esfuerzo será tan liviano que acabará convirtiéndose en una actuación
placentera. Además, podremos comprobar como, al ser amor igual a energía, se
puede conseguir hacer lo indecible sin esfuerzo, ya que recibimos la fuente de
energía por la vía del amor.
Siempre he pensado que un
ser humano universal será aquel individuo que salga de su yo, esforzándose en
conocer a sus congéneres y sepa entregarse de forma empática, haciendo que
fluya su energía para el bien de la humanidad. A este individuo, cuya obra
manifiesta amor, sí se le debe considerar universal en su totalidad, a hacerse
ilimitado en su entrega desinteresada.
Los humanos, en general,
somos egoístas; y en las “sociedades desarrolladas”, cada vez más. Luego lo
máximo que se puede conseguir es ser tolerantes. Por eso nos halagan cuando lo
somos y nos educan pensando que es lo mejor. En efecto, es lo mejor en el mundo
del egoísmo. Nuestra realidad no está solo en el fin material, está en el Todo,
y esa unidad del yo engloba un mundo material y un mundo espiritual, salvo para
aquel que no tenga mundo espiritual, aquel que sea un ser limitado.
Es bueno tener sentido
común para aplicarlo en nuestra vida cotidiana, pero es extraordinario saber
prescindir de él para avanzar en el conocimiento universal y, así, poder
acercarnos al yo infinito o espiritual. Aplicado al yo actual nos daría la paz
del conocimiento, del yo venidero, o sea, la Nada. Aquel que quiera afianzar
su futuro que se lance fuera de lo cotidiano; la lucha contra la incertidumbre
forja al valiente. Salgamos de nuestro yo limitado, ayudados con la mente,
haciéndonos más universales, menos egoístas, más amorosos, más parecidos a
Dios.
¡Ojalá! sepamos vivir la
vida con toda la intensidad que nos brinda, y alcancemos la sabiduría de no
ansiar lo material. Saber disolver el yo, más bien querer la Nada , nos dará paz, al
tenerlo Todo. Y, al final de la vida, con la muerte, al librarnos de lo
limitado, ante la Nada ,
alcanzar el Todo: la
Felicidad , la
Paz , el Amor, la
Eternidad , ser Dios, ser Uno, ser Nada; en un Silencio
Infinito.
Carlos Aravaca – Un salto al infinito
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