sábado, 11 de octubre de 2014
sábado, 27 de septiembre de 2014
jueves, 18 de septiembre de 2014
Solo la compasión conduce a la felicidad (Dalai Lama)
Estamos hechos para buscar
la felicidad. Todos posemos la base para ser felices, para acceder a los
estados cálidos y compasivos de la mente que aportan felicidad. Aunque nuestra
naturaleza es fundamentalmente apacible y comprensiva, no es suficiente,
tenemos que desarrollar una aguda conciencia de esa condición, cambiar la forma
de percibirnos.
Todos buscamos algo mejor en la vida; así
pues, el movimiento primordial de nuestra vida nos encamina en pos de la
felicidad. Ésta se puede alcanzar mediante el entrenamiento de nuestra mente,
que incluye intelecto y sentimiento, corazón y cerebro. Al imponer una cierta
disciplina interna podemos experimentar una transformación de nuestra actitud,
perspectiva y enfoque de la vida.
Hablar de esta disciplina
interna supone identificar aquellos factores que conducen a la felicidad y los
que conducen al sufrimiento. La clave se encuentra en el estado de ánimo. Si
utilizamos de forma positiva nuestras circunstancias favorables, éstas pueden
transformarse en estados que contribuyen a alcanzar una vida más feliz. Cuanto mayor
sea el nivel de calma de nuestra mente, tanto mayor será nuestra capacidad para
disfrutar de una vida feliz.
Cuando se carece de disciplina interna que
produce la serenidad mental no importan las posesiones o condiciones externas,
ya que éstas nunca proporcionarán a la persona la sensación de alegría y
felicidad que busca. Pero si se posee esta cualidad interna es posible tener
una vida gozosa, aunque falten las posesiones materiales que uno consideraría
normalmente necesarias para alcanzar la felicidad.
Primero tenemos que
aprender cómo las emociones y comportamientos negativos son nocivos y cómo son
útiles las emociones positivas. Si se desea buscar la felicidad, se deberían
buscar las causas que en otras ocasiones la han producido, y si no se desea el
sufrimiento, debería procurarse que no vuelvan a presentarse las causas y
condiciones que dieron lugar al mismo. Saberlo fortalece nuestra determinación
de afrontarlas y superarlas, así como ser conscientes de los efectos
beneficiosos de las emociones y comportamientos positivos.
Nuestra siguiente tarea
consiste en identificar los estados mentales que experimentamos, identificarlos
con claridad en función de que nos conduzcan o no a la felicidad. Por ejemplo,
el odio, los celos, la cólera, son nocivos, los consideramos estados negativos
de la mente porque destruyen nuestro bienestar mental. Cuando los
experimentamos, todo nos parece hostil, hay más temor, una mayor inhibición e
indecisión: una sensación de inseguridad.
Por otro lado, los estados mentales como la
afabilidad y la compasión son definitivamente muy positivos, muy útiles. Si
tienes sentimientos de compasión y deseas ser amable, hay algo que abre
automáticamente tu puerta interior, ese sentimiento de cordialidad ayuda a abrirse a los demás.
Se descubre entonces que
todos los seres humanos son como uno mismo, que podemos relacionarnos más
fácilmente con ellos. Eso genera un espíritu de amistad, hay menos necesidad de
ocultar las cosas y, como resultado, desaparecen los sentimientos de temor, las
dudas sobre uno mismo y la inseguridad.
Alcanzar la verdadera
felicidad exige producir una transformación en las perspectivas, en la forma de
pensar, y eso no es tan sencillo, no podrá conseguirse rápidamente. El cambio
requiere tiempo: se trata de un proceso de aprendizaje. Cada día, al
levantarse, se puede desarrollar una sincera motivación positiva al pensar:
“Utilizaré este día de una forma más positiva. No lo desperdiciaré”. Luego, por
la noche, antes de acostarse, analizar lo que se ha hecho y preguntarse:
“¿Utilicé este día como lo tenía previsto?”. Si todo se desarrolló tal como se
había deseado, deberíamos alegrarnos por ello. Si alguna cosa salió mal,
lamentar lo que se hizo y examinarlo críticamente.
No obstante, pueden surgir
ciertos sentimientos, como cólera o apego debido a la costumbre o a muchas
vidas anteriores. Al principio, la utilización de las prácticas positivas es
muy débil, porque las influencias negativas siguen siendo muy poderosas.
Finalmente, a medida que se intensifican las prácticas positivas, disminuyen
los comportamientos negativos. Así que, en realidad, es una batalla constante
dentro de nosotros.
La práctica repetida nos permite llegar a un
punto en el que los efectos negativos de una perturbación no pasan más allá del
nivel superficial de nuestra mente, como las olas que agitan la superficie del
océano, pero que no tienen gran efecto en las profundidades. Eso es lo que se
logra mediante la práctica gradual.
Aunque puede haber
agresividad, no proviene del sustrato humano fundamental, sino que es más bien
el resultado del intelecto, de la inteligencia desequilibrada, del mal uso de
ella, o de nuestra imaginación. En cierto modo brota cuando nos sentimos
frustrados en nuestros esfuerzos por lograr amor y afecto.
Así que, por mucha violencia que exista y a
pesar de las penalidades por las que tengamos que pasar, la solución definitiva
de nuestros conflictos consiste en volver a nuestra naturaleza humana básica,
que es bondadosa y compasiva.
La compasión es una actitud
mental basada en el deseo de que los demás se liberen de su sufrimiento. No
obedece tanto a que tal o cual persona me sea querida como al reconocimiento de
que todos los seres humanos desean, como yo, ser felices y superar el
sufrimiento.
Sobre la base del reconocimiento de esta
igualdad, se desarrolla un sentido de afinidad, al margen de considerarlo amigo
o enemigo. Tal compasión se basa en los derechos fundamentales del otro y no en
nuestra proyección mental. De ese modo se genera amor y compasión, la verdadera
compasión, que conduce a la felicidad.
Dalai Lama – El Arte de la Felicidad
lunes, 8 de septiembre de 2014
El maestro: director de orquesta de la educación (Fernando Pastor)
Los educadores tienen su
más grave dificultad en el sistema de enseñanza cuando éste no contempla y no
defiende que la base de toda ella es la vocación pedagógica del maestro. Solo
con maestros felices en su labor pueden surgir las nuevas generaciones con una
formación técnica conveniente, acompañada por la formación ética y moral
imprescindible, impartida por maestros que han enseñado en un clima de relación
y comunicación con el alumno, al que han trasladado, además de conocimientos,
el humanismo que, por venir de quien tiene vocación de enseñar, ya tiene
garantía de generosidad y altruismo.
Los planes de enseñanza,
piedras angulares en el basamento de la sociedad, son redactados por los
gobernantes desde criterios enormemente politizados, y tienen la posibilidad de
educar mentes y ahormar voluntades de futuros seguidores y votantes desde sus
primeros años. Los maestros y profesores serán sus instrumentos, sujetos a la
disciplina administrativa. Y es aquí donde
los educadores tienen su verdadera misión, su gran reto y su grave
responsabilidad. Deberán enseñar por vocación y por profesión lo que convierta
a sus alumnos en hombres de provecho para sí y para la sociedad, conscientes de
que encontrarán su mayor felicidad en lo que no se mide con la eficiencia, la
técnica, la productividad, el enriquecimiento y el brillo social, sino en sus
conocimientos y en su sensibilidad para apreciar y disfrutar del arte y la
belleza, de la generosidad y la bondad.
La mejor asignatura que el
educador debe enseñar es la de desear aprender. Ha de estimular esa natural
curiosidad del ser humano, haciéndole saber que este hambre intelectual es una
fuente inmensa de satisfacción, de felicidad, que ayuda a serenar el espíritu,
al tiempo que lo excita ante la nueva aventura que cada interrogante le
plantea. Las respuestas las encontrará casi siempre en los libros, pero también
preguntando, observando, comprobando y analizando. Todo ello más emocionante
que vivir pasivamente, cumpliendo normas sin preguntar el porqué, viendo sin
mirar y oyendo sin escuchar.
Si al estudiante se le
hace comprender que en su cabeza tiene el juguete más apasionante,
increíblemente superior a esos juegos electrónicos en los que pierde su tiempo,
se le habrá enseñado la lección básica. A partir de ese momento no necesitará
estímulos; los programas de estudio serán para él curiosidades a satisfacer no
solo aprendiéndolos, sino comprendiéndolos.
Los pueblos admiran y
miman a sus deportistas, a sus artistas, a sus científicos, pero prestan escasa
atención a sus educadores. Para vergüenza nacional, nuestro país ha acuñado una
triste frase, “pasa más hambre que un maestro de escuela”, que resume la
consideración de que en España tenemos
por los que deben enseñar a nuestros hijos escaso aprecio y pobre sueldo. Así
nos va.
Cada ministro de Educación
procura entrar en la gris historia de la enseñanza española dejando un plan con
su apellido. Tenemos infinidad de planes, arrinconados por fracasados,
conservadores, renovadores, utópicos y disparatados, pero nada preocupados por
fortalecer, potenciar, dignificar y ennoblecer la figura fundamental en toda
esa gran orquesta de la educación, el que produce la música de la enseñanza: el
maestro.
Este es uno de los más
importantes objetivos a conseguir en este país.
Fernando Pastor Álvarez – Reflexiones de un hombre corriente
miércoles, 3 de septiembre de 2014
Persona: cree en ti (Leo Buscaglia)
La vida es un largo viaje
y cada uno de nosotros solo posee una existencia para viajar. Ventearemos
nuestro camino, continua e incansablemente, moldeando, desarrollando y
modificando nuestro indefinido curso, realizando actos irrepetibles, en una
senda por la que no volveremos a pasar. Cada momento nos acerca más al final
del viaje y, cuando lo alcancemos, perecerá un vago y nebuloso recuerdo en
nuestra mente… algo inexplicable, cual un sueño interrumpido, intuido, pero
olvidado a medias y, al parecer, sin propósito.
Mientras continuemos del
todo conscientes, mantendremos el proceso de asimilar lo que nos rodea y darnos
una interpretación del mundo. Éste es un proceso continuo; nos desarrollamos
hasta el extremo en que nos vemos forzados, deseamos o somos capaces de
adaptarnos a ese alud de nuevas experiencias. En cada estadio de nuestras
vidas, seremos requeridos para llevar a cabo reajustes personales en lo
referente a nuestro mundo cambiante, a medida que nos enzarcemos cada vez más
en el proceso activo de hacerlo nuestro. Nuestro principal desafío en este
proceso radica en descubrir, desarrollar y conservar nuestra individualidad.
Hacer esto requiere que seamos plenamente conscientes, sensibles y flexibles.
Ahora poseemos suficiente
conocimiento del potencial de lo que es el ser humano como para superar el
odio, el miedo, el dolor, el hambre, la guerra y la desesperación. No se debe
mirar hacia atrás, no somos prisioneros del pasado. Podemos partir del punto en
que estamos. Nos bastamos para ello. No existen “otros” a los que echar la
culpa: cada uno de nosotros es el otro. Nosotros somos ellos. Cuando las cosas
no se hacen, todos somos culpables; cuando domina la incomprensión, somos
nosotros quienes no comprendemos; cuando nos encontramos en un estado de dolor
emocional o tensión, somos nosotros quienes hemos elegido estar así. Si no nos
convertimos en todo lo que somos, es que no estamos cambiando.
Pero la personalidad no
realizada reclama nuestra atención. No puede ser ignorada durante demasiado
tiempo. Nos fuerza, o bien a marchar hacia delante o hacia atrás, o a vivir en
la confusión, la ansiedad y la frustración. Somos conscientes de que nos falta
algo y de que sentimos una desesperada necesidad de descubrir qué es. Nos vemos
impulsados hacia el desarrollo a pesar del hecho de que, en el mejor de los
casos, las recompensas se hallan envueltas en las brumas de la ilusión; que
siempre parecemos mal preparados; que hemos fracasado con frecuencia en el
pasado; que el intelecto nos engaña; que la emoción nos confunde y que
continuamente en nuestro camino se interfieren los otros viajeros.
Como personas en plena
realización, sabemos que tenemos derecho a ser lo que somos, incluso aunque lo
que seamos no sea compatible con lo que nos han enseñado a ser. Tenemos derecho
a elegir nuestra propia personalidad, aunque ésta sea diferente a la de los
demás. Tenemos derecho a sentir como lo hacemos, aunque estos sentimientos sean
desaprobados por quienes nos rodean. Eso no significa que tengamos derecho a
imponernos sobre los demás. Significa que tenemos derecho a elegir, a
desarrollar y a vivir congruentemente con nosotros mismos y a compartir sin
tener que disculparnos.
Debemos alentar el impulso
a la autorrealización de una forma que sea buena, amorosa, dichosa, paciente y
disciplinada. Debemos afirmarnos a nosotros mismos. Ya no somos marionetas a
las que manipulan unas poderosas fuerzas exteriores, nosotros mismos nos hemos
convertido en la poderosa fuerza. Nadie que esté tratando de ser él mismo, se
verá libre de experimentar situaciones trágicas: las circunstancias externas
continuarán frustrando nuestro camino. Esto es otra forma de decir que las
personas en plena realización se sirven por igual del dolor y la dicha para
determinarse a sí mismos. Pueden abandonar la responsabilidad de sus vidas a
unas fuerzas exteriores, como la sociedad, la familia, amigos o amantes, o bien
pueden asumir la agridulce responsabilidad de su propia autocreación.
Sea lo que sea la inmortalidad,
queda asegurada por una continua participación en el proceso de producción.
Gracias a nuestros actos, las cosas cobran más importancia. Merced a nuestra
existencia el mundo se ha hecho más importante. Con ello no queremos decir que
estamos obligados a hacer algo grande. Solo debemos hacer aquello para lo que
estamos capacitados, pero eso sí, hacerlo bien; algo que conduzca al bien, a la
alegría, a la comprensión. Es este conocimiento de la capacidad de uno mismo
para contribuir a la universal, continua e infinita productividad lo que añade
especial significado a nuestras vidas y alienta nuestra mortalidad.
Dado que no existen
límites al potencial de la cualidad de persona, esta obra no tendría fin. La
búsqueda de una plena humanidad se halla en el proceso de tratar de llegar a
cierto sentido personal en las contradicciones, de intentar desenredar las
presuntas complejidades, de forcejear con las imperfecciones, se sobreponerse a
las incertidumbres y de revelar la magia de una forma activa. Nuestro deseo
consiste en hacernos de nuevo. El poder individual se halla en cada uno de
nosotros. Podemos utilizarlo cuando lo deseemos, nunca muere, simplemente yace
dormido.
La vida está siempre
dispuesta y abierta, y a nuestro lado, para compartir sus recursos. Simplemente
aguarda a que la abracemos. En cualquier momento dado permite empezar de nuevo.
Intenta siempre guiarnos para que nuestras personalidades sean activas y
alcancen la plena realización, puesto que, de ese modo, se puede realizar a sí
misma. Solo la vida engendra vida. Armados con la vida de nuestra parte, y de
toda una existencia para experimentar, las probabilidades se hallan de nuestro
lado. No hay nada que temer.
Tu cualidad de persona es
real; es tu más valiosa posesión. Mientras esa cualidad permanece con vida,
puede crecer indefinidamente, desarrollarse y cambiar. Se génesis es un
milagro, que por un momento toma la forma llamada tú, y luego sigue su camino. Despreciar ese milagro puede ser un
crimen imperdonable. El impedir que se actualice a sí misma equivale a condenar
tu papel en el necesario proceso de que la vida se recree a sí misma.
Leo Buscaglia – Ser persona
lunes, 1 de septiembre de 2014
Salida Pablo Iglesias
Salida Pablo Iglesias
Por un angosto y lóbrego túnel
inundado de miserias, protegiéndose del acecho voraz de múltiples alimañas,
camina una heterogénea muchedumbre. Es una representación del ciudadano medio
español: desahuciados del fruto de su esfuerzo de tantos años; jóvenes
universitarios sin empleo; jubilados y ancianos estafados por las preferentes;
parados de larga duración cuya experiencia ya no cuenta; mendicantes forzados,
vagabundos, inmigrantes y otros marginados sin techo; parejas de jóvenes sin
acceso a préstamos ni ayudas públicas; indignados de toda edad ante la
injusticia de sus políticos; campesinos y ganaderos obligados a abandonar sus explotaciones; futuras
promesas pronto derrotados del arte, la literatura, la ciencia, el deporte; enfermos
crónicos que ya no pueden costear su tratamiento; idealistas que una vez
confiaron en una democracia convertida en una farsa de la corrupción, del
amiguismo, de la evasión de capitales, del desvirtuamiento de principios éticos…
Los perros de presa del
capitalismo y del sistema opresor les acosan sin piedad, empujándolos a un callejón sin salida
aparente. No obstante, a cada paso, la multitud iba creciendo de nuevas
víctimas de todas las capas sociales, pobres miserables que un día tuvieron
dignidad.
El aire se enrarece por
momentos, las fuerzas del orden establecido luchan sin tregua frente a la masa
desesperada por la defensa de los bienes de los afortunados, de los poderosos,
de gobernantes sin escrúpulos…
Sin apenas esperanzas, al
límite de su aguante, empezaron a vislumbrar que, de alguna manera, se iba
abriendo un hueco al final de esa catacumba, por donde se colaban rayos de luz
acompañados de voces amigas que les animaban a unirse a ellos. La muchedumbre
aceleró el paso con decisión, la luz se agrandaba, cada vez más cálida, hasta
llegar a abrirse una puerta que inundó la oscuridad.
Una voz que destacaba y
lideraba la esperanza, alguien salido del pueblo, propugnaba una redistribución
justa de la riqueza, aplicar la justicia a los depravados, reescribir una ley
más justa acorde con los tiempos, terminar con la casta dominante de una vez
por todas, la salida a tanta inmundicia y pesar acumulados. Había que actuar
sin más tardanza, poco o nada que perder y un futuro por conquistar estaba en
juego…
lunes, 25 de agosto de 2014
Educar es manipular; sí, pero con respeto y libertad (Carlos Díaz)
No hay neutralidad en la
escuela, lo que hay es manipulación, que significa modelar, inflexionar,
conformar, adecuar. ¿Quién, con un mínimo de honestidad, puede negar que él es
manipulador de sus alumnos, y que por su parte él no ha sido manejado por los
profesores que tuvo, ni está siendo manipulado por la sociedad en que habita?
No estaría de más
desterrar de entrada el nombre de pedagogía,
término que solo abarca a una esfera muy restringida de la educación. Se es ser
humano desde que se nace hasta que se muere; por ello la educación es
permanente. Hay que hablar de antropogogía,
de educación de hombres, de seres humanos. Pero educar y ser educados permanentemente
no es no más ni menos que renunciar a vivir o ser vividos con la guardia baja,
animarse a estar siempre entre las cuerdas del cuadrilátero de la vida, entre
el clamor de la masa enloquecida y el sordo silencio interior del gladiador.
No hay ni puede haber una
escuela angélica o desinteresada, neutra o aséptica. Que toda docencia es de
hecho militancia, toma de partido. Nuestra pedagogía no puede nunca entrar en
vigor si quiere mantenerse vigorosa. Su voluntad es también noluntad, y su lema
es: destruiré y luego edificaré. Si tuviésemos que dar una normativa al
irresoluto necesitado de guías, sería ésta: nuestra pedagogía no coadunará
institución con enseñanza. Será renuente a toda moda. Tendrá más de profética
que de tecnocrática. Estará lejos del poder
y de la tranquilidad. Será imaginativa. Será una pedagogía de las
profundidades: responderá al mar de fondo.
No podríamos por menos de
reconocer, como mínimo, en la palabra “educación” tres sentidos: educir,
inducir, conducir. Las tres coinciden en que educar es, de algún modo,
manipular. No hay educación sin proceso de transmisión manipuladora de saberes
y haceres; siempre en el seno de unas condiciones socio-históricas determinadas
y siempre manipuladas. Eso ocurre porque el saber y el hacer han nacido en el
entramado de una estructura de clases sociales, y se ha desarrollado en medio
de una dialéctica histórica, es decir, que ha surgido de un clima de tensión
poco propicio para la neutralidad epistemológica. Podemos hablar de una
sobredeterminación de los saberes que, en el seno de la estructura en que se
han desarrollado, han adoptado muy frecuentemente la forma de una ideología al
servicio de una intención política muy determinada.
Nos guste o no, educar es
manipular, transformar, adaptar. Y, por lo tanto, destruir. Destruir la
ignorancia causada por el miedo, el inmovilismo causado por el poder, la
pudibundez enraizada en la hipocresía. Tal persona “educada” es una persona
domesticada, acomodada, asimilada, usada, abusada, sacrificada. La manipulación
es inevitable, pero destapémosla. No más fariseísmos que pretendan encubrir una
subterránea, artera e interesada manipulación al servicio de una clase, con
aires hipócritas de neutralidad y asepsia. Para una pedagogía de la
manipulación honrada y sin nada que ocultar, destruyamos el mito virginal de un
saber aséptico e incontaminado. Educar es también saber callar. Es desviarse.
Un aséptico distante siempre de lo que enseña, desvinculado de los contenidos
que su cabeza alberga, es un espantapájaros.
En la educación actual se
fomenta la esquizofrenia muy frecuentemente, al escindir y parcelar las
materias, que deberían aprenderse coordinadamente. Lo único que evita la total
esquizofrenia para la tecnocracia es la posesión del título, dotado de virtud unitiva
y englobante de los saberes parcelados y disconexos.
Si el saber es “crisis”,
es decir, crítica, muerte de lo decrépito y nacimiento de lo que nos hace más
libres, entonces el tutor, el hombre de las seguridades, el contenedor, el
asegurador, está de más. Su función es bloquear, calmar, neutralizar. El tutor
es la “paz”, el bastión del apoliticismo y el pilar del orden docente
establecido. Callar es otorgar. Quien calla otorga su consentimiento a la
pedagogía interesada en la neutralidad aparente. En una pedagogía estática, el
tutor sería el garante de las ideas transmitidas, que hay que defender, caiga
quien caiga. Lo importante de este tipo de magisterio es lograr cabezas bien llenas, sin importar que las
cabezas estén bien hechas: somos un
objeto más que sujetos. Somos en la clase su propiedad privada, por eso nos
“especializa”, nos reduce; de si tiene sentido o de cuál es el sentido de
cuanto aprendemos, ¿para qué acordarse?
En el fondo de tanta
tutoría lo que hay es una propensión a aceptar la disposición
institucionalizadora de la enseñanza. La docencia aséptica se suele ejercer por
vía de magistralidad: el magíster se limita a dar lecciones indiscutibles.
Tiene tras de sí, si no la fuerza de su saber, sí al menos el saber de su
fuerza. ¿Se entendería a un profesor que no aprobase ni suspendiese? ¿Sabemos
lo que puede ser una educación dinámica, si nunca lo hemos comprobado?
Los sentimientos más
contradictorios albergan al profesor honrado en su manipulación. Si no aprueba,
perpetúa la situación. Si aprueba, perpetúa la injusticia. Es un dilema que se
renueva en cada evaluación. Con ella, se desglosa de tal suerte la identidad de
la materia explicada, que queda pulverizada en exámenes parciales que todo lo
desconectan. El resultado es que el saber, que es auténtico placer de dioses,
resulta para muchos alumnos un aborrecible objeto, del que se zafan cuando
abandonan.
Solamente habrá
posibilidad de diálogo y de una manipulación que respete a la persona en la
medida en que renuncie a saberlo todo, a preverlo todo, a organizarlo todo. Sin
la libertad, no es posible una pedagogía. Una libertad estructural, y por lo
tanto no minoritaria, una libertad para toda la sociedad, que repercuta en toda
la sociedad a todos los niveles. A eso no tendríamos inconveniente en llamarla
pedagogía socialista. Pero no en un sentido dogmático de un Estado burocrático,
sino en una pedagogía socialista donde la persona cuente como el motor y el
plan primero que es el de la movilidad social, una pedagogía personalista y comunitaria
desde los pies hasta la cabeza, es decir, en la plurifuncionalidad de todos los
miembros que concurren integralmente para la marcha armónica del organismo.
Porque, en el fondo, lo
único claro es que una pedagogía nueva tiene que ser una pedagogía enraizada en
el pueblo en marcha, y no un elemento para garantizar la ominosa opresión
perpetuada de una minoría.
Carlos Díaz – No hay escuela neutral
miércoles, 20 de agosto de 2014
El amor es una reacción emocional aprendida (Leo Buscaglia)
Casi todos nosotros
continuamos comportándonos como si el amor no fuese algo que se aprende, sino
que parece que esté dormido en cada ser humano y, sencillamente, espera surgir
en pleno florecimiento en algún momento místico de clarividencia. De modo que
cada persona vive el amor a su modo limitado, y no parece relacionar la soledad
y la confusión resultantes con su falta de conocimientos sobre el amor. No se
puede vivir aquello a lo que uno no se dedica. Para dedicarse al amor hay que
estar siempre creciendo en amor.
La forma en que cada uno
aprenda lo que es amor está determinada, de alguna manera, por la cultura en la
que se eduque. Pero la mayoría de nosotros nunca aprendemos a amar, aunque el
potencial de amor ilimitado existe en cada persona, ansioso por ser reconocido,
deseoso de ser desarrollado, anhelante de crecimiento. Nunca es demasiado tarde
para aprender algo para lo cual se está capacitado potencialmente. Para
aprender a amar hay que descubrir lo que es el amor, las cualidades que hacen a
una persona amorosa y cómo se desarrollan. Toda persona tiene su potencial para
el amor, pero aquél nunca se desarrolla sin esfuerzos. El amor, especialmente,
se aprende mejor en la maravilla, en el gozo, la paz, en el vivir.
La persona amante se
deshace de etiquetas. Las etiquetas son un fenómeno distanciador. No hay
palabra suficientemente significativa para comenzar a describir ni al más
simple de los hombres. Existen demasiadas cosas bellas en cada ser humano para
que sea etiquetado con un apodo y arrinconado sin consideración.
La persona amorosa
aborrece tanto el desaprovechamiento del tiempo como del potencial humano.
La persona amorosa es
espontánea. Si siente algo, deja que la gente sepa que lo siente. Si tiene
ganas de reír, ríe. No teme tocar, sentir o mostrar sus emociones. Lo más fácil
es ser lo que posee, sentir lo que siente. Lo más difícil es ser lo que otros
quieren que seamos.
La persona amorosa es
también quien aprecia la maravilla y el gozo continuo de estar vivo. La única
realidad es lo que hay aquí, lo que está sucediendo entre tú y yo en este
momento. ¡Atrapa la belleza del momento!
La persona amorosa no
tiene necesidad de ser perfecta, solamente humana.
La persona amorosa
reconoce las necesidades. Necesita a la gente que se preocupa, necesita a
alguien que se preocupe por lo menos de ella, que la vea y oiga de verdad.
Necesita ser escuchada, ser reconocida por el hecho de hacer alguna cosa bien.
Además, para aprender, cambiar y transformarse también necesita libertad, no
deja que nadie le imponga su estilo.
El amor es una reacción
emocional aprendida. Es una respuesta a un grupo aprendido de estímulos y
conductas. Como todo comportamiento
aprendido, se efectúa por la interacción del que aprende con su entorno, la
habilidad para aprender de la persona, y el tipo y la fortaleza de los
refuerzos presentes; es decir, cómo y hasta qué punto se responde a ese amor
expresado. El amor es una interacción dinámica, vivida durante cada segundo de
nuestras vidas, está siempre en todas partes. El hombre crece constantemente en
el amor, o muere en el amor. La persona aprenderá sobre el amor solamente
cuando pueda interiorizarlo, poniendo en práctica con los actos cada fracción
de conocimiento, que recibe también su reacción.
No es una mercancía que
pueda traficarse, comprarse o venderse, ni puede obligarse a nadie a aceptarlo.
Es algo que solo se da voluntariamente. El amor no puede ser apresado, se
desliza por entre las cadenas. Si desea emprender otro curso, nada ni nadie
podrá impedirlo. Amor significa brazos abiertos. Si cierras los brazos en el
amor, te encontrarás finalmente solo con los brazos vacíos. El amor perfecto
es, sin duda, una rareza; eso no significa que sea imposible, ni que no debamos
esforzarnos por llegar a ese objetivo. El amor perfecto es aquel que lo da todo
y no espera nada. Naturalmente, estaría dispuesto y encantado de aceptar lo que
se le ofreciera; cuanto más, mejor; pero nunca pediría nada. Solamente cuando
el amor exige es cuando produce dolor y aflicción.
El hombre ama porque lo
desea, porque eso le proporciona gozo, porque sabe que el crecimiento y el
descubrimiento de sí mismo dependen de ello. La aventura consiste en descubrir
el amor en ti y en los otros, en contemplar cómo se revela en los otros.
El amor se ofrece como un
ágape continuo que nos brinda su aliento. El amor enseña al hombre a demostrar
lo que está sintiendo; nunca presupone que pueda ser distinguido o sentido sin
expresión.
El amor tiene necesidad de
ser expresado físicamente.
El amor tiene significado
solamente mientras se vive en el ahora.
El amante ha de decirse a
menudo: “Yo amo porque debo, porque quiero. Yo amo por mí mismo, no para los
otros. Yo amor por el gozo que me produce –e incidentalmente, tan solo– por el
gozo que proporciona a los demás. Si ellos me refuerzan, eso será bueno. Y si
no lo hacen, será igualmente bueno, porque yo tengo voluntad de amar”.
Para amar a los demás has
de amarte a ti mismo. No puedes dar lo que no has aprendido ni experimentado. De
modo que al amarte a ti mismo descubres la auténtica maravilla de tu yo; no
solamente tu yo presente, sino las muchas posibilidades de tu yo. Supone la
continua realización de que tú eres único, distinto a cualquier otra persona
del mundo, y que la vida es, o debería ser, el descubrimiento, el desarrollo y
el compartir de esta unicidad. En la proporción en la que te conozcas, podrás
conocer a los demás. Cuando consigas amarte serás capaz de amar a los demás en
la misma profundidad.
Cuando el amor es verdaderamente
responsable, se siente el deber de amar a todos los seres humanos. Ser
responsable en amor es ayudar a los otros a amar. Ser ayudado hacia la
realización del amor es ser amado por los otros. El amor auténtico siempre
crea, nunca destruye. En esto radica la única promesa del hombre. Es él quien
pone obstáculos al amor; éste nunca se detiene, fluye como el río; siempre es
el mismo y, sin embargo, siempre cambiante, sin reconocer ningún obstáculo.
Leo Buscaglia – Amor
miércoles, 13 de agosto de 2014
¿Cómo vivir una vida completa, total? (Krishnamurti)
¿Qué va uno a hacer en un
mundo que es en realidad espantoso, brutal; un mundo en que hay tal violencia,
tal corrupción; en el que importa enormemente el dinero, dinero, dinero, y en
que uno está dispuesto a sacrificar a otro al buscar poder, posición,
prestigio, fama; donde cada hombre quiere o se esfuerza por afirmarse, por
llenar un cometido, por ser alguien? ¿Qué va uno a hacer?
¿Qué voy a hacer, viviendo en este mundo, viendo todo esto ante mí: la
desdicha, el enorme sufrimiento que el hombre causa al hombre, el hondo
sufrimiento por el que uno pasa, la ansiedad, el miedo, el sentido de culpa, la
esperanza y la desesperación? ¿Qué voy a hacer viviendo en un mundo así? ¿Cómo
vivir una vida completa, total? ¿Hay una vida de acción que nunca sea
fragmentaria, nunca exclusiva, nunca dividida? ¿Cómo vamos a descubrirla? ¿Cuál
es la acción que no engendra conflicto, contradicciones?
El intelecto no puede
contestar la pregunta que nos hemos formulado, ni puede hacerlo el pensamiento.
El pensamiento nunca puede producir unidad de acción. Vivir de acuerdo con una
fórmula, con una ideología, con una conclusión previsible, es vivir una vida de
adaptación, de limitación, de conformidad y por lo tanto, una vida de
oposiciones, de dualidad, de interminable conflicto y confusión.
¿Puede uno romper con esta
estructura: la tradición, cosa en que estamos presos, y descubrir ese estado de
amor que no es nada de esto? ¿Es posible una vida en que el vivir mismo sea la
belleza de la acción y del amor? Solo hay una acción que proviene del amor; no
hay ninguna otra que no engendre contradicción o conflicto. ¿Es posible, pues,
que nosotros, los seres humanos, lleguemos a envolvernos en esta belleza de la
acción, que es amor?
Sería extraordinario que
desde hoy mismo saliéramos efectivamente a una dimensión distinta y viviéramos
una vida tan completa, total, tan sagrada. Tal es la vida religiosa, no hay
otra vida, no hay otra religión. Una vida así resolverá todo problema, porque
el amor es extraordinariamente inteligente y práctico, y posee la más elevada
forma de sensibilidad. Además, en él hay humildad. Esto es lo único importante
en la vida: o uno está empapado de amor o no lo está. Si todos pudiéramos
llegar a esto de forma natural, fácil, sin ningún esfuerzo o conflicto,
entonces tendríamos una vida distinta, de gran inteligencia y claridad. Es esta
claridad la que constituye una luz para uno mismo; esta claridad resuelve todos
los problemas.
Lo importante no es
acumular palabras, razonamientos o explicaciones, sino más bien producir, en
cada uno de nosotros, una honda revolución, una profunda mutación psicológica,
para que haya una sociedad de tipo distinto, una relación totalmente diferente
entre hombre y hombre, que no se base en la inmoralidad, como ahora. Una
revolución así no se realiza mediante sistema alguno, ni por acción de la
voluntad, ni por ninguna combinación del hábito y de la previsión.
El amor nunca puede ser
una cosa del hábito. El placer puede convertirse en hábito, mas yo no veo cómo
puede volverse hábito el amor. Y el cambio profundo y radical que estamos
hablando ha de venir con esta cualidad del amor, una cualidad que nada tiene
que ver con la emoción o el sentimentalismo; no tiene nada que ver con la
tradición, con la cultura hondamente arraigada de sociedad alguna. Al darnos
cuenta de cómo todo este proceso de vivir en el hábito produce insensibilidad,
incapacitando la mente para comprender y para moverse con rapidez, empezamos a
ver el temor como es realmente. Mirando el temor y dejándolo en libertad,
termina el temor. El temor no es un problema insoluble. Cuando se comprende el
temor, se comprenden también todos los problemas relacionados con ese temor.
Cuando no hay miedo hay
libertad. Y cuando existe esta libertad interna, psicológica, total, y no hay
dependencia alguna, entonces la mente no queda tocada por ningún hábito. El
amor no es hábito, no puede cultivarse. Para dar con el amor tiene que haber
libertad. Cuando la mente está en completa calma, dentro de su propia libertad,
entonces surge lo “imposible, que es el amor. Éste es el único problema: cómo
vivir una vida de bienaventuranza, de gran intensidad para que, conociendo la
naturaleza misma y la estructura del propio ser –que está arraigado en el
animal– uno lo trascienda.
Cuando no hay distorsión
alguna, entonces hay orden, que en sí mismo lleva su propia disciplina,
extraordinaria, sutil. Y lo único que puede uno hacer es dejar abierta esa
puerta, venga o no por ella esa realidad. No puede uno invitarla. Y, si uno es
muy afortunado, por alguna casualidad extraña, puede que venga y dé su
bendición. Después de todo, así son la belleza y el amor. No podemos buscarlas;
si las buscamos, llegan a ser simplemente la continuación del placer, que no es
amor.
Hay una dicha que no es
placer. Cuando la mente se halla en ese estado de meditación hay dicha inmensa.
La meditación no es una desviación del curso de la vida o un entretenimiento;
es parte de toda nuestra vida. Si no hay meditación, entonces no sabe uno cómo
amar, no sabe lo que es la belleza. Y, haga uno lo que quiera nunca descubrirá
nada, porque la “búsqueda” de la verdad implica que una mente puede hallarla y
que tiene la capacidad de decir “esa es la verdad”. No hay sendero que conduzca
a la Verdad.
Procedamos , pues, a descubrir lo que es el amor. No
“encontrarle”, sino hallarnos en ese estado de perfección, en esa condición de
la mente que no está agobiada por los celos, la desdicha, el conflicto, la
propia lástima. Solo entonces hay una posibilidad de vivir en una dimensión
diferente, que es el amor.
Entonces el vivir diario,
con sus contradicciones, brutalidades y violencias, no tiene aquí lugar. Pero
tiene que trabajar uno de manera muy intensa todos los días, para echar los
cimientos; eso es lo único que importa, ninguna otra cosa. De ese silencio, que
es la naturaleza misma de una mente meditativa, puede venir el amor y la
belleza. Y, cuando todo esto se ve con mucha claridad y uno vive de esa manera,
entonces tal vez haya una vida sin principio ni fin, una vida eterna.
Krishnamurti – La libertad total: reto esencial del hombre
domingo, 10 de agosto de 2014
La amistad epicúrea para profanos (Maite Larrauri)
“De todos los bienes que
la sabiduría procura para que la vida sea por completo feliz, el mejor con
mucho es la adquisición de la amistad”
“No necesitamos tanto de
la ayuda de nuestros semejantes cuanto de la confianza en esa ayuda”
Mejor que suspirar por lo
que no tenemos, mejor que llevar una existencia poblada de sueños, miedos y
fantasías, sería que aprendiéramos a gozar los bienes que poseemos, entre los
cuales el máximo es la amistad.
Esa imposibilidad de
retener los bienes, acompañada de una demanda insaciable y del miedo
inconfesable a la muerte, establecen los principios sobre los que se asienta la
infelicidad de los humanos: no saben vivir, y tampoco saben morir. Esta es la
sentencia que tenemos que memorizar: cuando soy, la muerte no está, y cuando la
muerte está, entonces ya no soy. La perspectiva de nuestra muerte nos hace
temblar porque valoramos como escaso lo que hemos hecho o lo que las
circunstancias nos han permitido vivir. La vida nos parece demasiado corta o
demasiado injusta, y sufrimos por lo que supuestamente la muerte nos robaría.
Es ese sufrimiento el que nos hace pobres y menesterosos.
Los amigos nos permiten
gozar plenamente del presente. Cuando mi capacidad de sentir placer en un
momento determinado se ve totalmente colmada, el goce que obtengo no admite
nada más. Podría morir en el instante siguiente y no por ello tendría sentido
decir que me perdería algo, a no ser que se entienda que me perdería la
posibilidad de la repetición. Pero la repetición no añadirá nada, la perfección
de la felicidad, ese instante de equilibrio y armonía, está toda ella allí, en
ese día, en esas horas, siempre y cuando las viva con la confianza que la
existencia de mis amigos me aporta.
Tanto la ausencia de dolor
como la alegría son una expresión de equilibrio y armonía. ¿Por qué entonces
existen los que quieren aumentar constantemente sus placeres hasta el punto de
llevar una vida disoluta? No hay que limitar los placeres porque los placeres
ya son en sí mismos un límite. En cambio, si hay que limitar los deseos. Es una
enfermedad mental la de querer tener siempre más y más: la falta de moderación
requiere una rectificación terapéutica que devuelva al individuo a los límites
de la naturaleza. Esa rectificación es la negación de la superioridad del alma sobre el cuerpo. De
él nacen las sensaciones, y las sensaciones son verdaderas. Si rechazáramos las
sensaciones perderíamos toda posibilidad de referencia para poder distinguir
entre lo auténtico en las sensaciones y lo añadido por la imaginación.
“La amistad baila
alrededor de la tierra habitada y, como un heraldo, nos anuncia a todos
nosotros que despertemos para la felicidad”
Instálate en el presente,
no lo dejes escapar. La amistad posibilita gozar del placer más puro, la
instantaneidad del placer, en la medida en que extiende esa instantaneidad a la
totalidad de la vida. A la perfección del momento, la amistad añade la
extensión del momento. No es el cuerpo la fuente de nuestras miserias, sino el
impulso incontrolable de la mente. El descontrol mental produce deseos
ilimitados que nos hacen infelices. Y ahí es donde debe intervenir la
filosofía.
No se trata de establecer
un discurso moral que actúe como una policía de las costumbres, frenando los
apetitos supuestamente inmoderados del cuerpo, sino que la filosofía tiene que
parecerse más a una higiene, a una terapia mental. La filosofía tiene que ser
un remedio, un fármaco. Necesitamos la filosofía porque todos tenemos vanas
opiniones que nos invaden la mente y nos alejan de la felicidad. Se trata de
restablecer el orden de la naturaleza, el del cuerpo, devolver la salud a la
mente para que el cuerpo con su sabiduría nos indique el camino de la buena
vida. Ningún placer es un mal, pero ciertos placeres, aquellos que nacen de
querer realizar deseos innecesarios, generan más perturbaciones que
satisfacciones.
La farmacia de Epicuro
contiene la máxima de “al Dios no hay que temer”; por eso, la curación del mal
de la religión es desarrollar las explicaciones racionales, el conocimiento
científico para ahuyentar el miedo. Nos propone otro modo de concebir que los
humanos puedan estar “religados”: no obedeciendo a una iglesia, sino
sintiéndose unidos a la humanidad en su conjunto, en lo que la humanidad tiene
de superior sobre el resto de los seres vivos.
Cada vez que alguien se
piensa a sí mismo como sujeto de transformación y se junta con algunos de sus
semejantes para perseguir conjuntamente otro tipo de vida, una vida placentera
basada en principios humanistas y materialistas, renueva el jardín, contribuye a
la eternidad de la amistad entre los humanos.
“El hombre bien nacido se
dedica principalmente a la sabiduría y a la amistad. De éstas, una es un bien
mortal; la otra, inmortal”
La amistad es un deseo
natural porque expresa la aspiración humana de crear una relación por medio de
la cual se puede alcanzar la felicidad. Este deseo está inscrito en la
naturaleza de los humanos, es su parte divina e inmortal. Su conquista, su
realización es lo único que permite decir que la vida vale la pena ser vivida.
No son los lazos de sangre, familiares o nacionales, ni las coincidencias
ideológicas con lo que se construye el jardín, esa comunidad superior en la que
la felicidad florece.
La amistad es una
finalidad en sí misma y una relación libre, “una comunidad de almas en el
placer”. La construcción de esa comunidad se realiza a partir del contacto. El
amigo puede practicar un tipo de sinceridad que nos aproxime al conocimiento de
nuestros errores y nos sitúe en una posición moderada en cuanto al amor a
nosotros mismos. Su imparcialidad nos puede salvar de la pasión narcisista. Si
aceptamos la verdad sobre nosotros cuando la oímos en boca de un amigo,
entonces podemos juntos salvarnos de la ignorancia y de la infelicidad.
Maite Larrauri – La amistad según Epicuro (Filosofía para profanos)
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