jueves, 6 de marzo de 2014

Chirigota (Los políticos del PP) Esto si que es una Chirigota.1º Premio FINAL Carnaval de Cádiz 2014

María Zambrano comentando la Mística de San Juan de la Cruz

Lo que sucede en el alma del místico es sencillamente un abandono de la vida; el místico no puede seguir viviendo, su única salida al parecer consiste en atravesar los umbrales de la vida. Porque si el místico no puede seguir en la vida no es por algo que le ocurra especialmente, sino por algo embebido en la vida misma, por una situación existencial; en definitiva, por nada que le advenga de fuera, sino por un acontecer de su vida misma; no por algo, sino por nada y por todo.



El místico no quiere conocer sino que quiere ser. El alma de quien se hace místico no puede proseguir en la naturaleza, ni tampoco en el conocimiento, ni tampoco en la poesía. Ni puede con el poder, ni le vale el conocer, ni se sostiene en el sentir. Es como si le faltase una parte de sí mismo, algo que no le permite asentarse en ninguna cosa y, al no hallarlo, se siente sin analogía en el mundo donde busca.
   Lo primero que se echa de ver en el místico es una soledad sin compañía posible. Lo que el místico busca es salir de esa soledad, atravesando como la crisálida su cárcel. El alma humana del místico solo ha de hallar remedio en devorar su propia cárcel, su propia alma. Su desaforado amor por el “todo” proviene de que ninguna cosa le trae mensaje alguno, de que la comunicación normal con los seres y las cosas que pureblan el mundo se ha hecho imposible y el alma ha quedado sola, recluida. Del pozo de su soledad ha de salir, aunque le cueste el no ser cuando ya haya salido.

Y así vemos que el místico ha realizado toda una revolución, se ha enajenado por entero; ha realizado la más fecunda destrucción, que es la destrucción de sí mismo, para que en este vacío venga a habitar por entero otro; ha puesto en suspenso su propia existencia para que este otro se resuelva a existir en él.

El alma no es sino el conjunto de resortes que puedan usarse en otro sentido de cómo nos han sido dados. Tal y como encontramos nuestra alma no corre hacia nada; sin el fuego del amor su movimiento sería circular, no tendría camino. Para que encuentre camino es preciso suspenderla, arrebatarla por el fuego. Y este fuego comienza con una acción disociadora, disociación que no destruye, que se limita a producir una indeterminación parecida al caos. La aniquilación anímica se cumple, mas no para quedarse en la moral, que no es sino una norma externa para regular sus funciones. Pero el amor, la voracidad del místico no la necesita para lo que anda buscando.



Consumido lo psíquico, consumido también la moral, el alma del místico se queda vacía, es oscuridad y en silencio. Solo vive la voracidad amorosa, que puede ya salir “sin ser notada”. ¿Adónde sale? Parece que solo la muerte sería el término de esta vida, pero no es así. Aunque parezca imposible, existe un medio entre la vida y la muerte. Se puede haber dejado de vivir sin haber caído en la muerte. Pero eso no es la nada, el vacío que aguarda al alma a su salida; ni la muerte, sino la poesía donde se encuentran en entera presencia todas las cosas. Todo, todo está presente con una fragancia como recién salido de manos del Creador.
  
Y una tan clara mística forzosamente tenía que venir a dar en una realidad perfecta de amor y conocimiento. Unidad que no lleva otro nombre tradicionalmente que el de objetividad. Perfecta objetividad del amor, que lo es también de la poesía, pues no hay poesía mientras algo no quede en las entrañas dibujado. También la idea, el concepto, el conocimiento, cuando logra objetividad, es un dibujarse el ser; mas no en las entrañas sino en la mente. La interioridad más oscura y profunda ya no existe sino como el lugar donde queda dibujado por si mirada –por su luz– el objeto… los ojos, que son lo más espiritual y lo más personal a la vez que miran, cuando son los deseados, hasta las entrañas mismas, donde quedan impresos. Es el cumplimiento de la objetividad, que no es posible sin el amor.

¿Es de extrañar que el amor haya preferido casi siempre el derrotero poético al filosófico? Seguir por el escueto, escarpado camino de la filosofía, llevado solo por el amor, lo han podido realizar únicamente los místicos de la razón (Spinoza), lo que creyeron que la razón era el fondo íntimo de todo; los que encubrieron su remota creencia en la divinidad bajo la forma racional. (El místico) San Juan de la Cruz, más cerca de la vida, la encontró luego transformada en poesía. La finalidad: convertir al alma en cristal de roca; como él invulnerable, como él transparente. No llama a la muerte, apenas la nombra ni la siente barrera de su amor. La vida, al ser reducida, apenas le es un obstáculo. Más afortunado con la unidad que los filósofos, logra transformarse en la figura que adoran; logra encarnar en suma, la objetividad.

¿Cuál fue la hora y este amor tan sin reservas, este fuego del que trasciende la luz?: una transparencia humana que permite la objetividad y un fuego, una voracidad amorosa que la fuerza a entregarse. Violencia empleada en perseguir “la presencia y la figura”, entrega del alma sostenida por el ánimo.
  
San Juan de la Cruz sale de la vida de España, de la de Castilla, y acaso cuesta trabajo reconocerlo por su transparente universalidad. Hay que atravesar la transparencia de esa universalidad para llegar a la raíz misma de donde saliera; hay que recorrer el mismo camino que en su trascender de todo (“toda ciencia trascendiendo”) recorriera, para tocar la necesidad que queda bajo su alto vuelo, la necesidad de su libertad, la sustancia donde prendiera esta llama que después parece haberla consumido enteramente. La existencia de San Juan es un no existir; su ser es al fin haber logrado no-ser.

La palabra es la luz de la sangre.


María Zambrano – Andalucía, sueño y realidad



Coplas hechas sobre un éxtasis de harta contemplación


Entréme donde no supe:
y quedéme no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.

Yo no supe dónde estaba,
pero, cuando allí me vi,
sin saber dónde me estaba,
grandes cosas entendí;
no diré lo que sentí,
que me quedé no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.

De paz y de piedad
era la ciencia perfecta,
en profunda soledad
entendida, vía recta;
era cosa tan secreta,
que me quedé balbuciendo,
toda ciencia trascendiendo.

Estaba tan embebido,
tan absorto y ajenado,
que se quedó mi sentido
de todo sentir privado,
y el espíritu dotado
de un entender no entendiendo.
toda ciencia trascendiendo.

El que allí llega de vero
de sí mismo desfallece;
cuanto sabía primero
mucho bajo le parece,
y su ciencia tanto crece,
que se queda no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.

Cuanto más alto se sube,
tanto menos se entendía,
que es la tenebrosa nube
que a la noche esclarecía:
por eso quien la sabía
queda siempre no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.

Este saber no sabiendo
es de tan alto poder,
que los sabios arguyendo
jamás le pueden vencer;
que no llega su saber
a no entender entendiendo,
toda ciencia trascendiendo.

Y es de tan alta excelencia
aqueste sumo saber,
que no hay facultad ni ciencia
que la puedan emprender;
quien se supiere vencer
con un no saber sabiendo,
irá siempre trascendiendo.

Y, si lo queréis oír,
consiste esta suma ciencia
en un subido sentir
de la divinal esencia;
es obra de su clemencia
hacer quedar no entendiendo,
toda ciencia trascendiendo.




 



lunes, 3 de marzo de 2014

... y Dios creó Andalucía (Ortega y Gasset)

Andalucía, que no ha mostrado nunca pujos ni petulancias de particularismo; que no ha pretendido nunca ser un Estado aparte, es, de todas las regiones españolas, la que posee una cultura más radicalmente suya. Entendamos por cultura un sistema de actitudes ante la vida que tenga sentido, coherencia, eficacia. La vida es primeramente un conjunto de problemas esenciales a que el hombre responde con un conjunto de soluciones: la cultura. Y es curioso advertir que cada cultura positiva consigue resolver cierto número de cuestiones vitales mediante el previo abandono y renuncia a resolver las restantes. De suerte que, (el andaluz) del defecto ha hecho una virtud, y si ha logrado algo o mucho ha sido por aceptar alegremente su carácter fragmentario. La cultura andaluza vive de una heroica amputación: precisamente de amputar todo lo heroico de la vida.




La andaluza es una cultura campesina, es decir, agraria. No es lo peculiar de ésta que el hombre cultive el campo, sino que de la agricultura hace principio e inspiración para el cultivo del hombre. En Andalucía se ha despreciado siempre al guerrero. Consecuencia de este desdén a la guerra es que Andalucía haya intervenido tan poco en la historia cruenta del mundo. ¿Qué papel ha sido el de Andalucía en este orden de la historia?: se ha dejado conquistar por todo el que ha querido. Al ataque brutal oponen su blandura; su táctica es la del colchón: ceder. Tanto, que el invasor no encuentra fuerza donde apoyar su ímpetu y cae por sí mismo en la deliciosa blandura.
   Andalucía ha caído en poder de todos los violentos mediterráneos, sin ensayar la resistencia. Su táctica fue ceder y ser blanda. De este modo acabó siempre por embriagar con su delicia el áspero ímpetu del invasor. El olivo bético es símbolo de paz como norma y principio de cultura.

Vive el andaluz en una tierra grasa, ubérrima, que con mínimo esfuerzo da espléndidos frutos. Pero además el clima es tan suave, que el hombre necesita muy pocos de estos frutos para sostenerse sobre el haz de la vida.
   Mientras creamos haberlo dicho todo cuando acusamos al andaluz de holgazanería, seremos indignos de penetrar el sutil misterio de su alma y su cultura. Se dice pronto “holgazanería”, pero el andaluz lleva unos cuatro mil años de holgazán, y no le va mal. La famosa holgazanería andaluza es precisamente la fórmula de su cultura. La cultura no consiste en otra cosa que en hallar una ecuación con que resolvamos el problema de la vida. Pero el problema de la vida se puede plantear de dos maneras distintas. Si por vida entendemos una existencia de máxima intensidad, la ecuación nos obligará a afrontar un esfuerzo máximo. Pero reduzcamos previamente el problema vital, aspiremos a una “vita minima”; entonces, con un mínimo esfuerzo obtendremos una ecuación tan perfecta como la del pueblo más hazañoso. Este es el caso del andaluz. Su solución es profunda e ingeniosa. En vez de aumentar el haber, disminuye el debe; en vez de esforzarse para vivir, vive para no esforzarse, hace de la evitación del esfuerzo principio de existencia.

Podrá en el andaluz ser la pereza también un defecto y un vicio; pero antes que vicio y defecto, es nada menos que su ideal de existencia. Esta es la paradoja que necesita meditar todo el que pretenda comprender a Andalucía: la pereza como ideal y como estilo de cultura. Si sustituimos el vocablo pereza por su equivalente “mínimo esfuerzo”, la idea no varía, y cobra, en cambio, un aspecto más respetable. Pero no exageremos la indolencia de los andaluces. A la postre, vienen a hacer todo lo que es necesario, y su pereza no excluye por completo la labor, sino es más bien el sentido y el aire que adopta su trabajo.



Es la pereza el postrer residuo que nos queda del Paraíso, y Andalucía el único pueblo de Occidente que permanece fiel a un ideal paradisíaco de la vida. Hubiera sido imposible tal fidelidad si el paisaje en que está alojado el andaluz no facilitase ese estilo de existencia. Para el hombre que llega del Norte es la luminosidad y gracia cromática de la campiña andaluza un terrible excitante que le induce a una vida frenética. No cae en cuenta que el andaluz aprovecha en sentido inverso las ventajas de su “medio”. El pueblo andaluz posee una vitalidad mínima, la que buenamente le llega del aire soleado y de la tierra fecunda. Reduce al mínimo la reacción sobre el medio porque no ambiciona más y vive sumergido en la atmósfera como un vegetal. La vida paradisíaca es, ante todo, vida vegetal. Con sus raíces recibe el nutrimiento telúrico, con sus hojas bebe del sol y del viento. Vivir es a un tiempo, recibir de fuera el sustento y gozarse al recibirlo.

A un andaluz le parecen absurdos la manera de trabajar y la manera de divertirse (de otros pueblos), ambas sin mesura, desintegrada la una de la otra. Por su parte, prefiere trabajar poco, y también divertirse sobriamente, pero haciendo a la vez lo uno y lo otro, infusas las dos operaciones en un gesto único de vida que fluye suavemente, sin interrupciones ni sobresaltos. Para los nativos, la fiesta es siempre un poco fiesta y no lo es del todo nunca.
   La vida andaluza excluye toda exaltación y se caracteriza por el fino cuidado de rebajar un tono lo mismo la pena que el placer. Lo que subraya y antepone es precisamente el tono menor de la vida, el repertorio de mínimas y elementales delicias que pueden extenderse, sin altos ni bajos, con perfecta continuidad, por toda la existencia. En el Paraíso no se comprende goces intensos, concentrados frenéticamente en puntos del tiempo, a que siguen horas de vacío o de amargor.

El andaluz tiene un sentido vegetal de la existencia y vive con preferencia en su piel. El bien y el mal tienen ante todo un valor cutáneo: bueno es lo suave, malo lo que roza ásperamente. Su fiesta auténtica y perenne está en la atmósfera, que penetra todo su ser, da un prestigio de luz y de ardor a todos sus actos y es, en suma, el modelo de su conducta. El andaluz aspira a que su cultura se parezca a su atmósfera.



Vive, pues, este pueblo referido a su tierra, adscrito a ella en forma distinta y más esencial que ninguno otro. El andaluz se siente mero usufructuario de esa delicia terrena, y en este sentido, se cree un pueblo privilegiado. Todo andaluz tiene la maravillosa idea de que ser andaluz es una suerte loca con que ha sido favorecido: Dios le ha adscrito al mejor rincón del planeta. Frente al hombre de la “tierra prometida”, es el hombre de la “tierra regalada”, el hijo de Adán a quien ha sido devuelto el Paraíso.
   Para el andaluz es vivir en Andalucía el ideal, consciente ideal. Porque ser andaluz es convivir con la tierra andaluza, responder a sus gracias cósmicas, ser dócil a sus inspiraciones atmosféricas.

Este ideal –la tierra andaluza como ideal- es tan básico y elemental, tan previo a toda otra cosa, que el resto de la vida, al producirse sobre él, nace ya ungido y saturado de idealidad. De aquí que toda la existencia andaluza posea ese divino aire de idealidad que la estiliza de gracia. El andaluz es egregio en lo que se hace y se dice cada minuto, el gesto impremeditado, el uso trivial… Pero este pueblo, donde la base vegetativa de la existencia es más ideal que en ningún otro, apenas si tiene otra idealidad. Fuera de lo cotidiano, el andaluz es el hombre menos idealista que conozco.



(Se detiene en aclarar el profesor Ortega que debemos entender por “sentido vegetal de la existencia”  más bien como que “su actividad espiritual exalta y pule el plano vegetativo de la existencia”. Hay que destacar que en este insigne autor se armonizan a la perfección filosofía y poesía, realismo y metáfora. Bajo este aspecto habría que entender sus alusiones a la pereza y la holgazanería, con una intención y sentido más profundos que el mero tópico, dado por supuesto por todo aquel que desconozca esta tierra y no haya compartido vivencialmente los entresijos del “ser” andaluz.)


Ortega y Gasset – Teoría de Andalucía

sábado, 1 de marzo de 2014

Reflexiones de Juan de Mairena (Antonio Machado)


La cultura debe ser para todos, debe llegar a todos; pero, antes de propagarla, será preciso hacerla. No pretendamos que el vaso rebose antes de llenarse. Sobre todo, no olvidemos que la cultura es intensidad, concentración, labor heroica y callada, pudor, recogimiento, antes, muy antes, que extensión y propaganda.
   Los partidarios de un aristocratismo cultural piensan que mientras menor sea el número de aspirantes a una cultura superior, más seguros estarán ellos de poseerla como privilegio. El Estado debe sentirse revolucionario atendiendo a la educación del pueblo, de donde salen los sabios y los artistas.
   El señoritismo ignora y se complace en ignorar la insuperable dignidad del hombre. El pueblo, en cambio, la conoce y la afirma; en ella tiene su cimiento más firme la ética popular.
   La zona más rica de nuestras almas es aquella que suele estar vedada al conocimiento por nuestro amor propio. La pedantería va escoltando al saber tan frecuentemente como la hipocresía a la virtud, y es, en algunos casos, un ingenuo tributo que rinde la ignorancia a la cultura.



Tenemos un pueblo maravillosamente dotado para la sabiduría, en el mejor sentido de la palabra: un pueblo a quien no acaba de entontecer la clase media, entontecida a su vez por la indigencia científica de nuestras universidades y por el pragmatismo eclesiástico, enemigo siempre de las altas actividades del espíritu.
   Es muy posible que muchas cosas en España estén mejor por dentro que por fuera, y que la crítica del propio escupitajo sobre lo nuestro no solo nos aparte de su conocimiento, sino que acabe por asquearnos de nosotros mismos.
   Estamos abocados a una catástrofe moral de proporciones gigantescas, en la cual solo queden en pie las virtudes cínicas. Los políticos tendrán que aferrarse a ellas y gobernar con ellas. Nuestra misión es adelantarnos por la inteligencia a devolver su dignidad de hombre al animal humano.
 
La inteligencia ha de servir siempre para algo, aplicarse a algo, aprovechar a alguien. Si averiguáramos que la inteligencia no sirve para nada, mucho menos entonces la exhibiríamos en ejercicios superfluos. Que exista una gimnástica intelectual que fortalezca y agilite intelectualmente, es muy posible. Pero sería para nosotros una actividad privada, de puro utilitaria y egoísta, nunca para exhibirla en público.
   El hombre que sabe hacer algo de un modo perfecto –un zapato, un sombrero, una guitarra, un ladrillo- no es nunca un trabajador inconsciente, sino un artista que pone toda su alma en cada momento de su trabajo.


¿Tu verdad? No, la verdad, y ven conmigo a buscarla.

En mi soledad he visto cosas muy claras que no son verdad.

Busca a tu complementario, que marcha siempre contigo, y suele ser tu contrario.

Confiemos en que no será verdad nada de lo que pensemos.

Cuando una cosa está mal…, debemos imaginamos en su lugar otra que esté bien; si encontramos, por azar, algo que esté bien, intentemos pensar algo que esté mejor. Y a partir siempre de lo imaginado, de lo supuesto, nunca de lo real.

Mas nadie logrará ser el que es, si antes no logra pensarse como no es.

Por mucho que un hombre valga, nunca tendrá valor más alto que el de ser un hombre.

No hemos de incurrir nunca en el error de tomarnos demasiado en serio.

Siempre que advirtáis un tono seguro en mis palabras, pensad que os estoy enseñando algo que creo haber aprendido del pueblo.

Confieso mi escasa simpatía hacia aquellos pensadores que parecen estar siempre seguros de lo que dicen.

Vivir es devorar tiempo: esperar, y por muy trascendente que quiera ser nuestra espera, siempre será espera de seguir esperando.

Es lástima que sean siempre los mejores propósitos aquellos que se malogran, mientras prosperan las ideicas de los tontos, arbitristas y revolvedores de la peor especie
  


   ¿Qué son las corridas de toros? ¿Qué es esa afición taurina, esa afición al espectáculo sangriento de un hombre sacrificando a un toro, con riesgo de su propia vida? Y un matador, que no es un matarife, ni un verdugo, ni un simulador de ejercicios cruentos, ¿qué es un matador, una espada, tan hazañoso como fugitivo, un ágil y esforzado sacrificador de reses bravas, mejor diré de reses enfierecidas para el acto de su sacrificio? Si no es un loco, ¿será acaso un sacerdote? No parece que pueda ser otra cosa. ¿Y al culto de qué dioses se consagra?
   Las corridas de toros nunca me han divertido. En realidad, no pueden divertirme, y yo sospecho que no divierten a nadie, porque constituye un espectáculo demasiado serio para diversión. No son un juego, un simulacro más o menos alegre, más o menos estúpido, que responda a una actividad de lujo, tampoco un ejercicio utilitario; menos un arte, puesto que nada hay en ello de ficticio o de imaginado. Son esencialmente un sacrificio. La afición taurina es, en el fondo, pasión taurina; mejor diré fervor taurino, porque la pasión propiamente dicha es la del toro.


Nadie entre en esta escuela que crea saber nada de nada. Porque la finalidad de nuestra escuela consistiría en revelar al pueblo, quiero decir al hombre de nuestra tierra, todo el radio de su posible actividad pensante, toda la enorme zona de su espíritu que pueda ser iluminada y, por consiguiente, oscurecida; en enseñarle a repensar lo pensado, a desaber lo sabido, y a dudar de su propia duda, que es el único modo de empezar a creer en algo.
   Que nadie entre en nuestra escuela que no se atreva a despreciar en sí mismo tantas cuantas cosas desprecia en su vecino, o que sea incapaz de proyectar su propia personalidad en la pantalla del ridículo.



Porque el poeta no sacará nunca la poesía de la poesía misma. Crear es sacar una cosa de otra, convertir una cosa en otra, y la materia sobre la cual se opera no puede ser la obra misma. Así, el hombre consagrado a la poesía y no a las mil realidades de la vida, será el más grave enemigo de las musas.
   Poesía será el residuo obtenido después de una delicada operación crítica, que consiste en eliminar de cuanto se vende por poesía todo lo que no lo es.
   Los grandes filósofos son poetas que creen en la realidad de sus poemas.
   Las obras poéticas realmente bellas rara vez tienen un solo autor. Son obras que se hacen solas, a través de los siglos y los poetas.
   La poesía, aun la más amorfa y negativa, era siempre un acto vidente, porque el poeta cree siempre en lo que ve, cualesquiera que sean los ojos con los que mire.

   Para el poeta solo hay un ver y cegar, un ver que se ve, pura evidencia, que es el ser mismo, y un acto creador, necesariamente negativo, que es la misma nada.


Antonio Machado – Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo

lunes, 24 de febrero de 2014

Nociones básicas de Hermetismo (René Guenon)

La base de toda enseñanza verdaderamente iniciática es que toda realización es de orden esencialmente interior, aún cuando sea susceptible de tener repercusiones en el exterior; el hombre no puede encontrar sus principios y medios más que en sí mismo, y puede hacerlo porque lleva en sí la correspondencia de todo cuanto existe: el hombre es un símbolo de la Existencia universal. Y si consigue penetrar hasta el centro de su propio ser, alcanza por ello el conocimiento total, con todo cuanto implica por añadidura: aquel que conoce a su Sí, conoce a su Señor, y entonces conoce todas las cosas en la suprema unidad del Principio mismo, fuera del cual nada hay que pueda tener el menor grado de realidad.




Es concebible que los elementos que constituyen el cuerpo puedan ser “transmitidos” y “sutilizados”, de modo que puedan transferirse a una modalidad extracorporal, donde el ser podrá desde entonces existir en condiciones menos estrechamente limitadas en relación con el dominio corporal, especialmente bajo el aspecto de la duración. En tal caso, el ser desaparecerá en un determinado momento sin dejar tras él ninguna huella de su cuerpo; podrá, por otra parte, reaparecer temporalmente en el mundo corporal, en razón de las interferencias entre éste y las demás modalidades del estado humano.

Ello no sería en suma más que una demora más o menos prolongada sobre la vía que debe normalmente conducir a la restauración del “estado primordial”. El ser que lo ha alcanzado está virtualmente “liberado” y “transformado”; por supuesto, su “transformación” no puede ser efectiva, ya que todavía no ha salido del estado humano, del cual solamente ha realizado integralmente la perfección; pero las posibilidades adquiridas desde ese momento reflejan y “prefiguran” en cierto modo a las del ser verdaderamente transformado. El ser establecido en este punto ocupa una posición “central” con respecto a todas las condiciones del estado humano, de manera que, sin haber pasado más allá, las domina en lugar de estar dominado por ellas, como en el caso del hombre ordinario.

De ahí que podrá entonces, si quiere, transportarse a un momento cualquiera del tiempo, así como a un lugar cualquiera del espacio, como una consecuencia inmediata de la reintegración en el centro del estado humano; es el reflejo, es el dominio humano de la propia eternidad principial. Esta posibilidad puede no manifestarse al exterior en modo alguno, pero el ser que la adquiere la posee entonces de una manera permanente e inmutable, y nada podría hacérsela perder; le basta con retirarse del mundo exterior y entrar en sí mismo para encontrar en el centro de su propio ser la verdadera “fuente de la inmortalidad”.
   El hombre no puede encontrar los principios sino en sí mismo, y puede porque lleva en él la correspondencia de todo lo que existe, pues “el hombre es el símbolo de la existencia universal”, si alcanza a penetrar hasta el centro de su propio ser, en el cual está comprendida “eminentemente” toda realidad.



El cuerpo tiene su principio inmediato en el alma, pero no procede del espíritu sino indirectamente y por intermedio del alma. Solamente cuando se considera al ser viendo en el espíritu ese aspecto “esencial” y en el cuerpo el aspecto “substancial” puede encontrarse una simetría entre los aspectos primero y último del ser ternario (espíritu=alma=cuerpo). Entonces, el alma es intermedia entre el espíritu y el cuerpo, pero en modo alguno puede ser considerada como producto o resultado de  aquellas. El espíritu es yang y el alma yin, y por ello suelen simbolizarse respectivamente por el Sol y la Luna. El espíritu es la luz emanada directamente del Principio, mientras que el alma no presenta sino una reflexión de esa luz. El “mundo intermedio” o esfera anímica es propiamente el medio en el que se elaboran las formas y constituye un papel “maternal”; y esta elaboración se produce bajo la influencia del espíritu, que así tiene en ese aspecto un papel “paternal”.

La consideración del ternario de espíritu, alma y cuerpo nos conduce bastante naturalmente a la del ternario alquímico, Azufre, Mercurio y Sal. Se puede decir que el Azufre, cuyo carácter activo hace que se le asimile a un principio ígneo, es esencialmente un principio de actividad interior, que se considera se irradia a partir del centro mismo del ser. En el hombre tal fuerza interna suele identificarse por el poder de la voluntad, a condición de entender la voluntad de manera análoga a la “Voluntad divina” o, según la terminología oriental, la “Voluntad del Cielo”. Esta identificación está plenamente justificada en el “Hombre verdadero”, que se sitúa en el centro de todo, y cuya voluntad está necesariamente unida a la “Voluntad del Cielo”.



En cuanto al Mercurio, se considera que reacciona desde el exterior, de suerte que desempeña el papel de fuerza centrípeta que se opone a la fuerza centrífuga del Azufre, y en cierta manera la limita. El Mercurio no se sitúa en la esfera corporal, sino en la esfera sutil o anímica. De la acción interior del Azufre y exterior del Mercurio resulta una especie de cristalización que determina una zona neutra en la que se encuentran y estabilizan las influencias opuestas de uno y otro; el producto de esa cristalización es la Sal, que constituye para el ser como una envoltura por la que a la vez está en contacto con el ambiente y a la vez aislado. La Sal se convierte así en intermediaria entre ellas; es como su resultante y se sitúa en el propio límite de los dos ámbitos “interior” y “exterior”.
   Simbólicamente, el Azufre (Purusha-Yang-Activo-Seco-Sol-Padre) es comparable con el rayo luminoso (Agni, Sol espiritual, fuego central de la Creación), y el Mercurio (Prakriti-Yin-Pasivo-Húmedo-Luna-Madre) con su plano de reflexión. Así tenemos que la Sal (Materia) es el producto del primero con el segundo.

En el orden microcósmico, la “puerta solar”, que es el “ojo” de la bóveda cósmica, corresponde al séptimo chakra, es decir, al punto de contacto del individuo con el “séptimo rayo del sol espiritual”, punto cuya localización se encuentra en la coronilla, y que se corresponde también con la abertura superior del athanor hermético.
   La serpiente enroscada en torno al “Huevo del Mundo” es la kundalini enroscada en torno del “núcleo de inmortalidad”; a esta posición inferior de luz se alude en la fórmula hermética: “Visita las partes inferiores de la tierra, y rectificando, encontrarás la piedra oculta”. La rectificación es aquí el enderezamiento que señala, después del “descenso”, el comienzo del movimiento, “verdadera medicina” pócima de la inmortalidad.



Un enderezamiento deberá en efecto operarse, y no será posible sino cuando el punto más bajo haya sido alcanzado (espíritu-núcleo de inmortalidad-piedra oculta-kundalini). Todo ello se relaciona propiamente con el secreto de la “inversión de los polos”. Esta alteración deberá por lo demás ser preparada, incluso visiblemente, antes del fin del ciclo actual (Kali-yuga), pero no podrá serlo sino por aquel que, uniendo en sí las potencias del Cielo y de la Tierra, las de oriente y Occidente, manifestará al exterior, a la vez en el dominio del conocimiento y en el de la acción, el doble poder sacerdotal y real conservado a través de las edades, en la integridad de su principio único, por los depositarios de la Tradición primordial.

   Sería además inútil el querer saber ahora cuándo y cómo se producirá tal manifestación, y sin duda será muy diferente de todo lo que se podría imaginar a este respecto; los “misterios del polo” están con seguridad bien guardados, y nada podrá darse a conocer al exterior antes de que el tiempo fijado sea cumplido.


René Guenon - Hermetismo

viernes, 21 de febrero de 2014

Frases y Pensamientos Malditos

El más ponzoñoso dardo con que el escepticismo puede atravesar el corazón del hombre es decirle que no hay otra vida más allá de la presente en otro estado, con posibilidades de ulterior progreso, que perfeccione su actual naturaleza. 
THOMAS BROWNE





La división de las cosas en materia y espíritu es filosóficamente inexacta, y conviene diferenciarlas en voluntad y manifestación, con la ventaja de espiritualizar todas las cosas, pues lo real y objetivo, los cuerpos y la materia, los consideramos como manifestación dimanante de la voluntad. 
KANT


Aún en los más apartados confines de la historia, descubrimos desde un principio el divino don de la vigorosa y razonable inteligencia, de suerte que es imposible sostener que la raza humana haya surgido lentamente de las profundidades de la brutalidad animal. 
MAX MULLER


De extraña condición es la inteligencia humana, pues antes de alcanzar la verdad parece como si necesitara obstinarse durante largo tiempo en el error. 
MAGENDIE


¡Orgullo! Cuando la razón desfallezca, acude en nuestro auxilio y llena hasta los bordes el enorme vacío de la mente. 
POPE


No califiques de locura aquello de que han probado no saber nada.
TERTULIANO


No acepto sin reservas la opinión de ningún hombre, vivo o muerto. 
H. GREELEY


La mente no basta por sí sola para abarcar lo espiritual. De la misma manera que el sol ofusca la luz de una llama, así el espíritu ofusca la luz de la mente.
HOWITT



La gravitación de una piedra es tan inexplicable como el pensamiento en el cerebro humano. Si no sabemos por qué cae al suelo un objeto material, tampoco sabemos si este objeto es capaz o no de pensar… Tan pronto como pasamos de lo experimental a lo especulativo, de lo físico a lo metafísico, nos atajan al paso las enigmáticas fuerzas de cohesión, afinidad, gravitación, etc., cuyo misterio es para nuestros sentidos tan profundo como la voluntad y el pensamiento humanos. Nuestra razón y nuestros sentidos solo son capaces de conocer lo superficial, pero jamás penetrarán en la última substancia de las cosas. 
SCHOPENHAUER


La creencia en lo sobrenatural se ha manifestado espontáneamente desde un principio en todos los pueblos de la raza humana. La incredulidad en lo sobrenatural conduce al materialismo, el materialismo a la sensualidad, y la sensualidad a las catástrofes sociales, entre cuyas convulsiones aprende el hombre otra vez a crecer y orar. 
GUIZOT


Las más potentes almas perciben intuitivamente la verdad y son de más ingeniosa índole. Estas almas se salvan por su propio esfuerzo. 
PROCLO


La fe ha de ser la corroboradora de la imaginación, pues por la fe se establece la voluntad... En  todas las obras mágicas, es requisito indispensable la firmeza de voluntad. Las artes no tienen reglas fijas y ciertas, porque los hombres no saben imaginar ni creer en el resultado eficaz de lo que imaginan. 
PARACELSO


Puesto que el alma evoluciona perpetuamente y en determinado tiempo pasa a través de todas las cosas, se ve luego precisada a retroceder por el mismo camino y a proceder en el mismo orden de generación en el mundo, porque tantas cuantas veces se repiten las causas, otras tantas han de repetirse los efectos. 
FICIN



La luz astral, en el momento de la concepción, se transforma en luz humana, de que se reviste el alma como de primer envoltorio y, combinada con los más sutiles fluidos, forma el cuerpo etéreo, que ya no se desprende por completo del cuerpo hasta el momento de la muerte. 
ELIPHAS LEVI


Sin un fin peculiar es el estudio artificiosa frivolidad de la mente. 
YOUNG


Empezamos las investigaciones en donde las modernas conjeturas pliegan sus engañosas alas. Y con nosotros están los elementos científicos que los sabios del día desdeñan por quiméricos o con prevención los miran como arcanos insondables. 
El espejo del alma no puede reflejar a la vez la tierra y el cielo. La tierra desaparece de la superficie luego que el cielo se retrata en el fondo.
BULWER


Millones de seres espirituales recorren la tierra y no les vemos, ni cuando estamos dormidos ni cuando estamos despiertos.  MILTON




Nuestro más arduo negocio es redimirnos de la esclavitud de la vida senciente y vencer los titánicos elementos de nuestra naturaleza carnal por medio de la divina. 
CICERÓN


La química llegó en tiempos antiguos a una altura no alcanzada ni siquiera bordeada por nosotros. 
WENDELL


Los conocimientos científicos de los primitivos tiempos de la sociedad humana eran mucho mayores de lo que los modernos suponen, pero estaban cuidadosamente velados en los templos a los ojos del vulgo y tan solo a disposición de los sacerdotes. 
A. THOMSON


El testimonio de la existencia del espíritu es inasequible en las condiciones de la vida terrena, puesto que escapa a toda experimentación, y por numerosas que sean sus pruebas, no cabe esperanza de hallarlas. Nuestro fracaso en este empeño no es seguramente de valor contra la existencia del espíritu. En este concepto, la creencia en la vida futura carece de base científica, porque en manera alguna la necesita, ni es posible someterla a la crítica de los científicos. 
FISK


La voluntad es la potencia capital y superior de todas. La voluntad del creador puso en movimiento todas las cosas. La voluntad es atributo de todas las entidades espirituales y se desenvuelve con tanta mayor actividad cuanto más libre está de la materia. 
VAN HELMONT



¿Por qué esta placentera esperanza, este hondo deseo, este ardiente anhelo de espiritualidad? ¿Por qué el secreto temor, el íntimo espanto de caer en la nada? ¿Por qué se encoge el alma en sí misma y tiembla a la sola idea de aniquilación? Es la divinidad que en nuestro interior se agita. Es el cielo que señala nuestro porvenir y revela la inmortalidad del hombre. ¡Oh, eternidad, encantadora y pavorosa idea!
ADDISON


Al tratar de la fe, como ésta no es en esencia sino cosa de voluntad, no de razón, como creer es querer creer, y creer en Dios ante todo y sobre todo es querer que le haya. Y así, creer en la inmortalidad del alma es querer que el hombre sea inmortal, pero quererlo con tanta fuerza que esta querencia, atropellando a la razón, pase sobre ella
No comprendo a los hombres que me dicen que nunca les atormenta la perspectiva de allende la muerte, ni el anonadamiento propio les inquieta; y por mi parte no quiero poner paz entre mi corazón y mi cabeza, entre mi fe y mi razón; quiero más bien que se peleen entre sí. En una palabra, que con razón, sin razón o contra ella, no me da la gana morirme. Y cuando al fin me muera, si es del todo, no me habré muerto yo, esto es, no me habré dejado morir, sino que me habrá matado el destino humano. Como no llegue a perder la cabeza, o mejor aún que la cabeza, el corazón, yo no dimito de la vida, se me destituirá de ella.
UNAMUNO

Si alguien no cree en estas cosas, guarde para sí su opinión y no contradiga a quienes por ellas se ven inclinados a la práctica de la virtud. 

JOSEFO


martes, 18 de febrero de 2014

Serenidad, Sosiego, Autoconocimiento... (Ramiro Calle)


El más fantástico reto del ser humano es vivir más despierto. El desafío más colosal, hallar la paz interior. El logro más provechoso, la claridad mental. El sosiego conduce a la lucidez de la mente; la lucidez de la mente desemboca en el sosiego. Éste es una energía que no se halla sino en nuestro interior. El auténtico descanso es la quietud. Es lo que nos renueva, «re-centra», armoniza y sana.
Lucidez y sosiego son los dos puntales de la clara comprensión, aquella que carece de pantallas y filtros mentales, hace la visión más libre y con más brillo, vitalidad e intensidad, sin enmascararla tras deseos o antipatías. Esa mirada despejada y no condicionada es la que permite el aprendizaje a cada instante, porque no remolca los esquemas, frustraciones y experiencias del pasado. Resulta capaz de transformar interiormente a la persona, ya que le permite liberarse del surco repetitivo de conciencia en el que ha estado inmersa. Es una visión sin interferencias, que invita a evolucionar y convierte el devenir cotidiano en un ejercicio de autoconocimiento y madurez.



De este modo, el sosiego interior, que se gana mediante un esfuerzo consciente y la sujeción del ego, nos permite percibir sin superponer nuestros anhelos, miedos y aversiones. Desde esta claridad, la mente, más silente, puede descubrir lo que es en todo su fluir y esplendor; podemos tomar conciencia de nuestros movimientos psíquicos y emocionales, escuchar con viveza inusual a la persona con la que nos comunicamos, sentir con gran frescura y vitalidad el abrazo del ser querido o conectar con el prodigio de un amanecer. El ego deja de interferir y, con él, se relegan la sombra del pasado, los moldes de pensamiento, la visión condicionada. La verdadera quietud interior abre una vía de acceso a esa totalidad que nos contiene y recupera la percepción unitaria de todo lo existente. Ésa es una enseñanza que, a diferencia de la acumulación de datos y experiencias mecánicamente codificados, nos aporta realmente algo muy valioso y nos ayuda a evolucionar. Sin embargo, hasta que no mudamos de veras nuestra fosilizada psicología, somos víctimas de innumerables autodefensas narcisistas y atrincheramientos mentales que enrarecen nuestra atmósfera interior y nos impiden abrirnos y aprender de las configuraciones cambiantes de la existencia. Recurrimos a la racionalización incluso para ocultar nuestras cualidades más negativas y justificar nuestra ausencia de virtud.

Los oscurecimientos de la mente la ocultan y nos la roban. Lo que nos pertenece se nos escapa, lo que es nuestro parece no serlo. Las personas viven en la zozobra, el desasosiego, la agitación y el desconcierto. Se le da la espalda a la preciosa energía de quietud. El sosiego nos es sustraído por muchos factores y estados mentales, entre los que destaca el miedo. No nos referimos a aquel que nos protege, es razonable y está codificado biológicamente para la supervivencia, sino a ese miedo imaginario y psicológico que tanto llega a limitamos y causarnos constante inseguridad e incertidumbre. Hábil en disfraces y máscaras de todo tipo, se esconde tras muchas de nuestras emociones negativas. ¿Qué son la envidia, los celos, la vanidad, la irritabilidad y otras muchas emociones negativas sino distintas formas de miedo? Abundan los temores: miedo a la vida y a la muerte, a la soledad y a la compañía, a nosotros mismos y a los demás; recelo a ser desaprobado, examinado, despreciado o desconsiderado; pánico a no satisfacer las expectativas propias o ajenas, a no encajar en los modelos o descripciones de los demás, o a no estar a la altura de nuestro Yo idealizado; temor a lo nuevo, a los puntos de vista de otras personas, a lo transitorio o extraño. El miedo es un fantasma negro que impregna la psique humana y que se ve potenciado por la imaginación descontrolada, la fantasía neurótica y el pensamiento que reclama excesiva seguridad, no sabe adaptarse ni fluir, no acepta lo inevitable y genera conflicto sin cesar. Asimismo, turba la percepción de nosotros mismos, con lo que entorpece el autoconocimiento, sin el cual ni siquiera sabemos qué queremos hacer realmente con nuestra vida ni qué deseamos modificar en nosotros mismos. Preferimos ocultárnoslo y seguir acarreándolo. Ninguna ceguera se paga tan cara.



Nuestra mente siempre está inquieta e insatisfecha, no importa qué logre o cuánto acumule. Tiene una especial capacidad para buscar satisfacción y contento donde no puede hallarlos. Se frustra, se decepciona, se desencanta y se convierte en una fábrica de desdicha. Nada sabe de sí misma. Se debate en su incertidumbre; se desertiza en su atroz egocentrismo y su soledad, que le empujan, junto al tedio, a buscar frenéticamente por rumbos que no van a reportar ni calma, ni bienestar, ni plenitud interior. La mente elabora proyecciones, creaciones, decorados de lo más cambiantes y diversos, deseos compulsivos y antipatías de todo orden. No descansa, no se aquieta; no produce certidumbre y paz, sino agitación sobre la agitación, voracidad y conflicto.

¿Qué podemos esperar de una mente así? Sólo una sociedad de las mismas características; un mundo igual. Las revoluciones sin la transformación real de la mente no modifican en su base las circunstancias. Algunas mentes humanas tienden a hacerse extremadamente intolerantes y autoritarias; otras, a obedecer a las mentes imperativas, convertidas en líderes, someterse a su voluntad y obedecerlas ciegamente. Ambos tipos de mente carecen de libertad interior, lucidez, sosiego. Unas son espada y las otras son tajo; unas son martillo y las otras son yunque. Las mentes autoritarias anhelan mentes que se sometan; las mentes dóciles requieren mentes a las que someterse. No puede haber en esa enfermiza relación ningún tipo de paz, comprensión o amor. El culto al ego y el desenfrenado narcisismo prevalecen en una sociedad como la de los países tecnificados. Deben de ser la clave para mantener lo más putrescible de la sociedad cibernética. Todas las pautas de referencia o consignas conllevan la afirmación del ego.

Por eso no hay afecto ni real cooperación, porque el ego excesivo desasosiega y crea continuo desamor. Es preciso que el ego mengüe para que brote la compasión, que se traduce en quietud interior; ésta desencadena la compasión. La mayoría de las relaciones son una farsa vergonzante. La amistad es cada vez una orquídea más rara y difícil de encontrar: muy pocos la valoran y aprecian su aroma. Al no hallar sosiego y lucidez, las personas se aferran a las ideas y opiniones y hacen de ellas su esclerótico ego. Creencias y dogmas dividen, y generan todo tipo de desórdenes y conductas malévolas. A menudo llevamos una vida interior miserable, y quizá no nos damos cuenta. ¿Tenemos la suficiente valentía y coraje para ser conscientes de ello? Hay cosas que nunca van a cambiar: la enfermedad, la vejez, la muerte y otras muchas; pero es preciso enfocar la vida con otra actitud.



La mente confusa y agitada no investiga ni se moviliza lo suficiente para emerger de su ofuscación, prefiere poner su salvación en manos de otros, someterse a los autoritarios, seguir creando una jerarquía de corruptos. Se abstiene de asumir su responsabilidad, su soledad humana y su necesidad de ir más allá de la imitación y de los modelos prefabricados, en fin, de recuperar su paz y cordura. La hermosa simplicidad y la sencillez se sustituyen por una saturación de artificios, pues devenimos utilitaristas, voraces y dependientes. En una mente así no hay cabida para la dulce caricia del sosiego, sino sólo para la sombra de la inquietud y el desaliento.

Urge modificar la disposición mental. Todo está más que dicho; sin embargo, nada o casi nada está hecho. Mientras no seamos capaces de ir superando los movimientos automáticos de nuestra psique que nos incitan a la avidez y al odio, no resultará fácil conectar con nuestro espacio interior de quietud. Tenemos que aprender a afirmamos sólidamente en una conciencia más equilibrada para reconducir la energía no sólo hacia fuera, sino también al testigo de la mente, a fin de no dejamos envolver y obsesionar por lo que nos place o lo que nos disgusta. Mediante una ejercitación y una actitud correctas podemos estimular un «centro» de conciencia clara e inmutable, no enraizada en el ego personalista, que nos permitirá mantener lenitiva distancia de los fenómenos, apartarnos de todo aquello que nos perturba.

No se trata de una voluntad de evasión, sino de un distanciamiento anímico, por lo que nuestro interior puede hallar equilibrio en el desequilibrio, sosiego en el desasosiego, silencio en el estruendo, pasividad en la agitación o la actividad frenética. Aun en las situaciones más conflictivas, es posible seguir conectado con el espacio interno de quietud, porque se sitúa antes de los pensamientos y, mediante el esfuerzo consciente, nos deja recobrar la armonía perdida. Se aprende a detectar los movimientos de atracción y rechazo de la mente, como las olas que vienen y van pero no nos sumergen, porque hemos ejercitado no sólo el estar inmersos en el espectáculo de luces y sombras, sino también el constituir el sereno y apacible «espectador».



Superar las tendencias perjudiciales -temores, anhelos, odios y obsesiones- no implica reprimir o mutilar las energías instintivas o las emocionales, sino encauzarlas y reorientarlas. De este modo se madura y se aprende a no dejarse anegar por las corrientes nocivas de pensamiento. La mente cuenta con numerosos recursos (energía, confianza, contento, tranquilidad, volición y demás) que es preciso actualizar, intensificar y emplear para erradicar tendencias neuróticas. El ser humano, si se lo propone, puede caminar con paso firme hacia el equilibrio integral y convertir su desorden interno en armonía. Si hubiera paz en la mente, las actitudes fueran las correctas y la energía se utilizara noblemente, la sociedad podría experimentar cambios tan saludables como profundos. Pero cada uno debe asumir la responsabilidad de recuperar este equilibrio de la mente y purificar las intenciones. Es asombroso y alarmante comprobar cómo el ser humano, a pesar de reconocer las calamidades que ha producido a lo largo de la historia debido a las tendencias nocivas de su mente, no toma la firme e inquebrantable resolución de conocerla, reformarla y reorganizarla. Es la constante negativa a aprender de los propios errores y remediarlos.


Para ello es necesario tomar lúcida conciencia de que nada bueno puede nacer de los pensamientos y tendencias neuróticos y destructivos, así como de que a cada persona compete ir poniendo los medios para conseguir una visión más clara, un corazón más compasivo y un ánimo más sereno. Sólo así, un mundo tan hostil dejará de serio y florecerán la simpatía, el amor, la benevolencia, la cooperación desinteresada y la tan necesaria clemencia. Se podría volver -permítasenos la utopía- a una vida sencilla y sin artificios, iluminada por la generosidad, la auténtica liberalidad, la indulgencia y la coparticipación, y entonces, por fin, no habría lugar para los voraces conductores de masas ni para los mercenarios del espíritu. Cada persona sería su propio guía y su propia lámpara que encender.


Ramiro Calle – El Libro de la Serenidad



lunes, 17 de febrero de 2014

El Conocimiento de los Brujos (Carlos Castaneda)

Nuestra gran falla colectiva es el vivir nuestras vidas sin tomar en cuenta para nada una conexión, una fuerza que posee conciencia total y que surge de los propios campos de energía que componen el universo. Para nosotros, lo precipitado de nuestra existencia, nuestros inflexibles intereses, preocupaciones, esperanzas, frustraciones y miedos, tienen prioridad. En el plano de nuestros asuntos prácticos, no tenemos ni la más vaga idea de que estamos unidos con todo lo demás.



La brujería es el uso especializado de la energía. Los seres humanos nacen con una cantidad limitada de energía, una energía que a partir del momento de nacer es sistemáticamente desplegada y utilizada por la modalidad de la época,  de la manera más ventajosa. La modalidad de la época es el determinado conjunto de campos de energía que los seres humanos perciben. La época determina cuál conjunto de campos de energía, en particular, de entre un número incalculable de ellos, será percibido. Manejar la modalidad de la época absorbe toda nuestra fuerza, dejándonos sin nada que pueda ayudarnos a percibir otros campos de energía, otros mundos. El hombre común y corriente carece de energía para tratar con la brujería. Utilizando solamente la energía que dispone, no puede percibir los mundos que los brujos perciben.

Eso es la brujería: la habilidad de usar otros campos de energía que no son necesarios para percibir el mundo que conocemos. La brujería es un estado de conciencia. Cada guerrero que emprende el camino del conocimiento, lo que está haciendo es dejarse convencer de que existe un poder escondido dentro de su ser y que puede alcanzarlo. Una vez que lo alcanzamos, el poder mismo hará uso de esos inaccesibles campos de energía. Empezamos entonces a “ver”, es decir, a percibir algo más, no como una cosa de la imaginación, sino como algo real y concreto, y después comenzamos a saber de manera directa, sin tener que usar palabras.Y lo que cada uno haga con esa percepción acrecentada, con ese conocimiento silencioso, dependerá de nuestro propio temperamento.



El hombre renunció al conocimiento silencioso por el mundo de la razón. Cuanto más se aferra al mundo de la razón, más efímero se vuelve el conocimiento silencioso.
A medida que el sentimiento de tener un yo individual se torna más fuerte, el hombre va perdiendo su conexión natural con el conocimiento silencioso. La causa del cinismo y la desesperación del hombre es el fragmento de conocimiento silencioso que aún queda en él, que permite al hombre vislumbrar su antigua conexión con la fuente de todo y le hace sentir que, sin esa conexión, no tiene esperanzas de satisfacción, logro o de paz. La guerra para el brujo es la lucha total contra ese yo individual que ha privado al hombre de su poder.

Cualquier movimiento que aleje el punto de encaje de su posición habitual equivale a alejarse de la imagen de sí, de la importancia personal. La importancia personal es la fuerza generada por la imagen de sí. Por este motivo, la meta de todo cuanto hacen los brujos es el destronar la importancia personal que es, en realidad, la compasión por sí mismo disfrazada.

Para el hombre racional es inconcebible que exista un punto invisible en donde se encaja la percepción. Y más inconcebible aún que ese punto no esté en el cerebro, como podría suponerlo si llegara a aceptar la idea de su existencia. El hombre racional, al aferrarse tercamente a la imagen de sí, garantiza su abismal ignorancia.

En el universo, por tanto, hay una fuerza inmensurable e indescriptible que los brujos llaman “intento”, y que absolutamente todo cuanto existe en el cosmos está enlazado, ligado a esa fuerza por un vínculo de conexión. Por ello, el total interés de los brujos es delinear, entender y utilizar tal vínculo, especialmente limpiarlo de los efectos nocivos de las preocupaciones de la vida cotidiana. Este proceso de limpieza es sumamente difícil de comprender y llevar a cabo. En estados de conciencia acrecentados, los brujos obtenían el conocimiento directamente del intento, sin la intervención del lenguaje hablado. A través de miles de años de tremendos esfuerzos, los brujos obtuvieron un conocimiento específico y al mismo tiempo incomprensible del intento. La tarea principal consiste en tomar ese incomprensible conocimiento y hacerlo comprensible al nivel de la conciencia cotidiana.



La maestría del “intento” es el enigma del espíritu, el enigma de lo abstracto. La instrucción proporcionada por don Juan se basa en la instrucción del estar consciente de ser, según las siguientes premisas básicas:

1)     El universo es una infinita aglomeración de campos de energía, semejantes a filamentos de luz que se extienden infinitamente en todas direcciones.
2)     Estos campos de energía irradian de una fuente de inconcebibles proporciones, metafóricamente llamada el Águila.
3)     Los seres humanos están compuestos de esos mismos campos de energía filiforme. A los brujos, los seres humanos se les aparecen como unas gigantescas bolas o huevos luminosos, que son recipientes a través de los cuales pasan esos filamentos luminosos de infinita extensión.
4)     Del número total de campos de energía filiformes solo un pequeño grupo está encendido por un punto de intensa brillantez localizado en la superficie de la bola.
5)     La percepción ocurre cuando los campos de energía extienden su luz hasta resplandecer aún fuera de la bola. A este punto se le llama “punto de encaje”.
6)     Es posible lograr que el punto de encaje se desplace de su posición habitual. Dado que la brillantez del punto de encaje es suficiente, en sí mismo, para iluminar cualquier campo de energía con el cual entra en contacto, el punto, al moverse a una nueva posición, de inmediato hace resplandecer diferentes campos de energía, haciéndolos de este modo percibibles. Al acto de percibir de esa manera se le llama “ver”.
7)     La nueva posición del punto de encaje permite la percepción de un mundo completamente diferente al mundo cotidiano; un mundo tan objetivo y real como el que percibimos normalmente. Los brujos entran a ese otro mundo con el fin de obtener energía, poder, soluciones a problemas generales o particulares, o para enfrentarse con lo inimaginable.
8)     El intento es la fuerza omnipresente que nos hace percibir. No nos tornamos conscientes porque percibimos, sino que percibimos como resultado de la presión y la intromisión del intento.
9)     El objetivo final de los brujos es alcanzar un estado de conciencia total y ser capaces de experimentar todas las posibilidades perceptuales que están a disposición del hombre. Este estado de conciencia implica, asimismo, una forma alternativa de morir  

La noción de la muerte es de monumental importancia en la vida de los brujos; lo que da cordura y fortaleza es saber que nuestro fin es inevitable. Nuestro error más costoso es permitirnos no pensar en la muerte. Es como si creyéramos que, al no pensar en ella, nos vamos a proteger de sus efectos. Para los brujos es una farsa grotesca. Sin una visión clara de la muerte, no hay orden para ellos, no hay sobriedad, no hay belleza. Los brujos se esfuerzan sin medida por tener su muerte en cuenta, con el fin de saber, al nivel más profundo, que no tienen ninguna otra certeza sino la de morir. Saber esto da a los brujos el valor de tener paciencia sin dejar de actuar, les da el valor de aceptar todo sin llegar a ser estúpidos, les da valor para ser astutos sin  ser presumidos y, sobre todo, les da valor para no tener compasión sin entregarse a la importancia personal. Sí, la idea de la muerte es lo único que da valor a los brujos.

La muerte no es un enemigo, aunque así lo parezca. La muerte no es nuestra destructora, aunque así lo pensemos. La muerte es nuestro único adversario que vale la pena. La muerte es quien nos reta y nosotros nacemos para aceptar ese reto, seamos hombres comunes y corrientes o brujos. Los brujos lo saben; los hombres comunes y corrientes, no. La vida es el proceso mediante el cual la muerte nos desafía. La muerte es la fuerza activa. La vida es solo el medio, el ruedo, y en ese ruedo hay solamente dos contrincantes a la vez: la muerte y uno mismo.



Nosotros somos seres pasivos. Si nos movemos es debido a la presión de la muerte. La muerte marca el paso a nuestras acciones y sentimientos y nos empuja sin misericordia hasta que nos derrota y gana la contienda. O hasta que nosotros superamos todas las imposibilidades y derrotamos a la muerte. Los brujos hacen eso; derrotan a la muerte y ésta reconoce su derrota dejándolos en libertad, para nunca retarlos jamás. Esto no significa que los brujos se vuelvan inmortales, la muerte deja de retarles, eso es todo. Eso quiere decir que el pensamiento ha dado un salto mortal a lo inconcebible, es el descenso del espíritu, el acto de romper nuestras barreras conceptuales. Es el momento en que la percepción del hombre alcanza sus límites.

Cualquier descenso del espíritu es como morir. Todo en nosotros se desconecta, y después vuelve a conectarse a una fuente de mayor potencia. La amplificación de energía se siente como una angustia mortífera.


Los brujos tienen dominio sobre su propia muerte. Mueren solamente cuando deben hacerlo.


Carlos Castaneda – El Conocimiento Silencioso