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lunes, 26 de noviembre de 2018

Los libros son cosas vivas (José María izquierdo)



Son los libros cosas vivas… Bajo su corteza conservan una savia inagotable, que fluye perenne de un mundo inmortal. Recogen en sus páginas la sangre preciosa y vital de un genio o de un ingenio, y la preservan para una vida que superará a su vida.



Son los libros palpitaciones de la realidad… Y porque lo son, nos dan la llave de los palacios encantados del ensueño. Nos hacen salir de nosotros mismos y de nuestras miserias, nos convierten en conciudadanos de todos los pueblos y contemporáneos de todos los siglos, nos transportan a las más bellas regiones del mundo sin fatiga, sin hastío…

Son los libros cosas vivas… Tan vivas, que por su propia superabundancia y excelencia vital, por hacernos vivir una vida doble, una múltiple vida, vida quizás infinita…, es acaso por lo que a veces los que mucho leyeron no acertaron a vivir esta pobre y triste vida terrenal.

Nadie hace los libros que quiere. Hay una fatalidad que nos inspira la idea de un libro; y hay una fuerza desconocida, una voluntad superior, una especie de necesidad de escribir que impone la obra y guía la pluma. No basta saber leer –porque haya libros y se haya aprendido a deletrearlos. Hace falta saber leer; leer no la letra, que mata, sino el espíritu, que vivifica. Hacer resonar las voces calladas de la escritura, como la aguja del fonógrafo hace revibrar los sonidos impresionados en el disco.



La elección de los libros, como la de los amigos, como la de los maestros, como la de nuestra compañera, es un deber importante, capitalísimo en nuestra existencia. Somos tan responsables de lo que leemos como de lo que hacemos. Leyendo una sola clase de libros limitamos nuestro horizonte mental. Leyendo, en cambio, cuanto cae en nuestras manos, llegamos a ese estado de incoherencia, de vagueación, característico de los sonámbulos, de los que viven en perpetua dormivela.

Claro que convendría saberlo todo, hasta lo malo, probar del árbol de la ciencia del bien y del mal, para prevernirlo todo, para estar advertidos de los riesgos y tentaciones de la vida, si no fuera que todo lo que con el mal nos familiariza ya es un mal. Verdad es que en los libros malos hay algo de bueno. Pero frente a la vida no es éste el modo de plantear la cuestión. Y no por otra razón que por falta de tiempo.

Los libros de fácil y amena lectura son útiles, como el azúcar, que forma parte de nuestra alimentación, pero no podemos vivir solo de eso. Necesitamos también libros que remuevan, que agiten y conforten nuestra alma, que a veces la hagan sufrir; pues, en este cambio, en esta lucha están el ritmo y el vigor de la vida. Hay libros en abundancia, por fortuna, que es imposible leerlos sin sentirse mejor. Son esos libros que tienen un vivo calor de humanidad, más alma que la misma palabra hablada, porque nosotros acabamos más nuestros pensamientos para escribirlos que para decirlos.



Y así como se ha hecho elogio del hombre diciendo: “habla como un libro”, el del libro se ha podido hacer de este modo: “habla como un hombre”. Saber leer no es todo. Es menester, además, querer leer, leer con fruto. Si un libro no nos interesa, no siempre tiene la culpa el libro. Unas veces, porque estamos poco preparados para penetrar en el mundo que nos descubre; otras, porque no estamos dispuestos para comunicarnos con otras almas y renovar así la curva ideal de su telepatía. No queremos escuchar ni responder, permanecemos sordos y mudos en esa conversación con los grandes espíritus.

Leer pasivamente no es leer. Cuando leemos de esta manera piensa otro por nosotros, nos limitamos a repetir su universo mental. La lectura es, en muchos casos, una manera de miedo a la vida. Para no verla cara a cara, para no afrontar sus miserias, nos entregamos a ella en solicitud de una escapada al ensueño…

Si al sentir no sintiéramos con toda el alma, y al pensar no pensáramos que todo tiene un alma; si no pusiéramos alma en todo y nonos diéramos con toda el alma... ¿queréis decirme para que serviría la vida? ¿Es la ilusión cosa distinta de la realidad? ¿No será la ilusión el deseo de una realidad más pura, más verdadera? Y cuando una obra es sinceramente, hondamente real ¿no es al propio tiempo y por su misma esencia más espiritualmente  humana, más elevada, más altamente ideal?




José María izquierdo – Divagando por la Ciudad de la Gracia



lunes, 11 de septiembre de 2017

Vivo sin vivir en mí… (José María Izquierdo)





Ahí os envío unas cuartillas que quisieron expresar lo que sentía… y que lo expresaron a medias. Luego, al copiarlas… las modifiqué. Comprendí que el público no había de enterarse del sentido íntimo que tenían. Y no comprendiéndolas me parecía inútil, impropio publicarlas. Puede guardarlas aquel de vosotros, a quien menos estorben.


Vivo sin vivir en mí…

Y tan poca vida tengo,
que muero porque me muero…

Esta es mi paráfrasis –como mía triste y fría– del estribillo inglosable de la monja andariega y de la doctora mística.
Que muero… porque me muero… y quisiera vivir.
Que muero con el mal de la muerte… y no sé nada de la vida.
Y tan poca vida tengo… que vivo muriendo
y tan sin vida estoy… que vivo con la vida sin vida de la muerte.
Vivo sin vivir en mí.
Vivo fuera de mí. Enajenado…
Vivo muy dentro de mí mismo. Enmimismado
vivo conmigo sin vivir en mí, y en mí sin vivir conmigo
no vivo; muero…
Para vivir y no morir…

Vivo sin vivir en mí…
No me hallo en mí. Por mí… no hallo a mi yo. Yo no me hallo.
Mi cuerpo ¿es el cuerpo mío? Mi alma ¿es el alma mía?
Mi cuerpo no es el cuerpo de mi alma, ni mi alma es el alma de mi cuerpo.
Pero ¿acaso son míos este cuerpo y esta alma?
¿Quién soy yo? ¿Quién soy yo… extranjero en mi cuerpo, extraño de mi alma?
Este cuerpo que no es el mío-, este alma que no es mi alma-; ¿de quién son? Si son míos ¿por qué casados mueren y divorciados viven?
Así no me hallo… no me siento… ni me pienso… ni me quiero.
Así ¿cómo ser espontáneos?
Y así vivo muriendo.

Así me he pasado mi vida… así llegará mi muerte…
Sin que llegue mi hora… si gozar mi devenir…
Sin dejar de pasar… sin poder decir: ¡ahora!...
Y ahora…
Viviendo muero.

Vivo sin un deseo, sin una experiencia…
Y muero de una vaga emoción, por mi imposible ensueño.
Vivo lleno de un vacío interior. Sin un acto, sin una obra…
Y muero en medio del vacío exterior… de las cosas, de los sucesos…
Vivo de voliciones no queridas, de impensados pensamientos…
Sin un recuerdo perdurable… sin una esperanza realizada…
Con un pasado ingrato… y un porvenir esquivo…
y muero de… amor,… de amar… de amar el amor… el amor de amar.
Así me hallo,… así me siento,… así me pienso… así me quiero…
y así ¿cómo ser claro?
Y así muero viviendo.

Así he pasado por la vida… así llegaré a la muerte
sin llegar a parte alguna… Sin comprender mi destino
sin que pase la dicha… Sin poder decir: ¡hela aquí!
Y he aquí, cómo…
Muriendo vivo…
Vivo sin vivir en mí…





Vida sin vida… ¿cómo expresarla?
Muerte sin muerte… ¿cómo explicarla?
¿Cómo razonar… enajenado…?
¿Cómo dialogar ensimismado?
Sin espontaneidad ¿cómo manifestarse en el mundo de las formas?
Sin claridad ¿cómo conducirse por el mundo de los conceptos?

Expresar lo que sentimos y queremos, es una manera de dar
nuestra vida, de comunicarnos. Es una comunión de nuestra alma bajo una forma sensible.
Explicar lo que pensamos es un modo de librarnos del caos, de salir de nuestro yo. Es una revelación, un desdoblamiento, un desarrollo de nuestro espíritu…
Y ¿cómo darnos, si es tan pobre nuestra vida, y vivimos fuera de nosotros mismos?
¿Y cómo desdoblarnos, si no acertamos a salir de nosotros mismos, sino… para ir muriendo?
Vagando en la región de las abstracciones sentimentales –tan lejos del mundo sensible como del inteligible– ¿cómo triunfar en los negocios y brillar en sociedad?

Sin vida que dar y sin poder librarme de la muerte ¿dónde hallar la simpatía que nos haga amables? ¿dónde hallar la virtud que nos haga amados?
¿Cómo presentarnos en escena, si estamos idos…?
¿Cómo atender a los demás si permanecemos absortos?
Y si hasta el sonreír es para nosotros un esfuerzo, y la misma meridiana realidad es para nosotros nebulosa como un sueño, ¿podremos saborear y compartir el exquisito placer convival, como lo saborean y comparten, las almas amigas que son flor de elegancia y de gracia?




Este es mi cuento… El cuento de un hombre que perdió su nombre.

Este era un hombre que un día abandonó su cuerpo –en una esquina– para mas divagar, con el alma libre, por la región de las ideas puras.. Cuando quiso volver a su cuerpo… para contemplarse en los ojos azules de una mujer… halló que ni su cuerpo, ni su alma, servían para vivir la vida… Y desde entonces vive muriendo… y solo revive, para morir muy luego, cuando divisa una sonrisa, que rima con aquella otra que aureolaban unos ojos azules… o cuando percibe la música de un alma que le recuerda aquella edad en que era ingenuo y puro, como un niño… que era.


José María Izquierdo Martínez (1886-1922)

miércoles, 18 de enero de 2017

Espejos. Silencio Bar Sirena (Joaquín Romero Murube)




Espejos

El espejo es una de las pocas cosas que da todo lo que se le pide.

Hay espejos que sufren una verde, azulina, nostalgia del mar.

Los espejos no tienen más que un enemigo poderoso: el sol. ¡Qué lucha de rayos y fuego.

Es espejo es el hijo predilecto de la luz.

La profundidad en los espejos es la cuarta dimensión.

El genio es el hombre que llega a mirarse en el espejo del cielo.

Basta un espejo para desbaratar el mundo.

Los espejos son aficionados al espiritismo.

El cine es la vida que todos anhelamos fundida en un espejo.

Hay entre nuestras amistades una mujer deliciosa, desaparecida en sesgo, para siempre, por un espejo.

Los campesinos tienen miedo a la violenta desnudez de los espejos y los cubren con un traje de gasa rosa o celeste.

El hombre no sabe disimular el vicio femenino del espejo.

Los espejos tienen una intimidad cristalina de abuelas y antepasados inocentes.

Quien en su casa no tiene más familia que los habitantes de los espejos, vive muerto antes de morirse de verdad.

Los más bellos ensayos de suicidios se verifican en la guillotina del marco de los espejos.

Súbitamente se abren en el fondo de los espejos las más terribles interrogaciones.

Los cristales son espejos sin almas.

Existe el mártir de los espejos: Narciso.

En el río están los espejos atacados de prisa. El mar es el manicomio de los espejos. La luna, el camposanto de las lunas rotas y muertas de los espejos.

El espejo es el mayor enemigo de la soledad.

La única tristeza de los espejos es no tener voz.

Hay muertes ocasionadas por el veneno de los espejos: la de Venecia, entre otras.

Los espejos sitúan matemáticamente. Por eso la estética moderna puede ser definida como la estética del espejo.

La mujer que se vio en el primer espejo del mundo quedó privada de razón.

El Anticristo entrará en el mundo por la puerta del espejo.

El espejo es un encanto.

Un espejo sin luz produce la misma sensación que una mujer desnuda en la oscuridad.

Los espejos guardan el cadáver del aire.





Silencio Bar Sirena

El ocio me hace naufragar nuevamente, con la hora, el sol, la fiesta y la ausencia de tantas amistades y alegría, en este gran mar del espejo vecino, mar de la marinería de los licores, trasfondo y paisaje ultramarino adecuado a los aguardientes, a los cacaos, a los cócteles de química difícil. Naufrago en este mar seducido por la caricia del espejo desnudo, atraído, imantado por su serenidad absoluta de agua muerta o dormida que complementa, hasta el éxtasis, mi ocio, mi reposo, mi voluptuosa quietud. Yo, dios en este instante de la difícil soledad del bar, sobre la tierra, y, a un tiempo, en la superficie fiel, exacta y enemiga del espejo vecino, me ahogo, sumergiéndome poco a poco, con lentitud majestuosa, en la hondura del agua imaginaria, lecho de cristales de plumas, cárcel infinita del aire y de la luz. ¡Qué placer en la tarde de este domingo, atravesada en la semana como un folleto molesto entre nuestros libros buenos, sumergirse, hundirse, nadar, subir, bajar, flotar, jugar –tan inmóviles– sobre el agua del espejo, en el mar de la licorería rara, bogando hacia la isla de los whiskys con el motor de un sueño viajero! Es este uno de esos espejos nostálgicos que enjaulan al aire limpio, que biselan y rompen con su friso de agua verde o azul la simetría perpendicular y hostil de las paredes y los techos, y que en los fondos, hondos, guardan –doblados, torcidos como suicidas al comenzar la suerte del balcón a la calle; sobre el aire, o mejor, fuera del aire, del espacio normal– guardan, digo, estos espejos entre sus elásticas paredes a todos los paseantes del bar, trasegantes buscadores del ajenjo, los magnetizados por la copa verde, áurea o negra del licor de las madrugadas, los hombres buenos, santos, patriotas, del “mitad y mitad”, bocadillos de jamón, limonada, pastel, o –mejor gente todavía– seltz y visual a la adolescente cajera enjaulada. Todo, el gesto, y el trago, la mirada y la palabra, el cuerpo y la sombra, la voz y el eco, la rosa y el deseo, el humo, el silencio y hasta el ángulo de los huidizos pensamientos, todo queda hundido en el fondo del espejo del bar, ahogado en sus inclinadas aguas muertas, aguas verdeantes, aguas relucientes, aguas plateadas por el cuajo de tantas calmas y serenidades. Por este mar fingido de la pared del bar arriban los grandes navíos que llenan de humo y tropicales esencias los ámbitos poblados de presurosas gentes; por este gran espejo comienzan el desnivel y el desorden arquitectónico en las mareas de las altas borracheras de todos los Santiagos de todos los meses; por él huye ese hombre negro –luto en silencio– que desaparece sin que nadie lo haya visto salir por las puertas, y en sus aguas, por fin, se suicida también el adolescente que llega al final de una espesa noche de mayo, trémulo, sombra del horror, con los ojos encendidos en amores contrarios, horribles, porque el mundo se le ha abierto de pronto en el fondo de un misterio repugnante, y bebe el aguardiente más fuerte, el aguardiente de los grados infinitos que insensibilizan hasta el vértigo de los ojos, y lo arroja a uno al mar del espejo o a cualquier otro mar: indiferente.





…-¿Un rumor? ¿Agua? ¿Luz?... ¡Cuidado, cuidado! Abramos bien los ojos… ¡Sí, sí, en el mar, por la orilla, por la orilla del mar!... ¡Quietos! Sí, una sirena… una sirena… ¡¡Quietos!! Ha nacido, como la aurora., del silencio y la sombra… Una sirena, una sirena auténtica. Ha aparecido por el ángulo norte del espejo, digo del mar, por donde debe caer justamente el meridiano de Los Ángeles, de Hollywood… ¡Una sirena, sí, una sirena!... Ahora se sienta al borde las aguas. Se parece, claro, a todas sus otras hermanas, sirenas de la sombra: verdes los ojos y justa, fina la nariz sobre los labios frescos, frutales, llenos., y el cabello gris, áureo, rubio, revuelto, movido, arremolinado por la brisa marinera del anclado bar… ¡Qué alegría! El domingo me ha traído como regalo encerrado en la más difícil de sus horas, una sirena… ¿Habrá sobre el haz de la tierra persona alguna con mayor felicidad que la mía? ¡Una sirena de pintados labios y de ojos…! ¿cómo son los ojos?... ¡Qué felicidad! Yo oiré su canto pérfido y acabaré de morir, consciente –hombre moderno– de mi bello engaño, hecho mi cuerpo sombra apasionada de su huida. ¿Por dónde al mar de la sirenita? Ahora bebe una copa de pipermint… Ahora me mira: siento sus ojos clavados en mí –¡qué deliciosa muerte! – y tengo que correr los míos por el horizonte marino del espejo, en huida confusa, para no ahogarme prematuramente de miedos e impaciencias… ¿Por dónde a ella? ¿Por dónde a sus palabras, a sus ojos, a sus labios?.. Pero… ¿y la sirenita? ¿Dónde está ahora la sirena? ¿Ni sombra ya de su estancia? ¿Mar fingido, mar solitario otra vez? ¿Soledad?... ¡Soledad, sí, soledad llena de femenina ausencia!

(Se ha tornado todo el placer de las aguas en veneno, borrasca de la tarde. Hay que huir lejos., pronto, de estas playas, testigos de mi felicidad y de mi engaño. Hay que huir para sanar de la herida de la sirenita. Huir, huir, huir…)


Y luego, mientras el tranvía en su huida ciega y torpe me enseña, a través de los cristales de su japonesa arquitectura, la ciudad despoblada, tierna y amarilla de la tarde del domingo, doy gracias a mi señor don Apolo, director del trust de las liras azules, por haberme hecho poeta desde esta tarde, poeta verdadero, poeta terriblemente auténtico que ha gozado la presencia de una sirenita en el fondo marino –¡ay qué lejanía! – del espejo de un bar americano.


Joaquín Romero Murube – Sombra apasionada

lunes, 24 de octubre de 2016

¿Dios ha muerto? (María Zambrano)


  
Hace muy poco tiempo que el hombre cuenta su historia, examina su presente y proyecta su futuro sin contar con los dioses, con Dios, con alguna forma de manifestación de lo divino. Lo divino eliminado como tal, borrado bajo el nombre familiar y conocido de Dios, aparece, múltiple, irreductible, ávido, hecho “ídolo”, en suma, de la historia. Pues la historia parece devorarnos con la misma insaciable avidez de los ídolos más remotos. El hombre está siendo reducido, allanado en su condición a simple humano, degradado bajo la categoría de la cantidad.

Reducir lo humano llevará consigo, inexorablemente, dejar sitio a lo divino, en esa forma en que se hace posible que lo divino se insinúe y aparezca como presencia y aún como ausencia que nos devora. La deificación que arrastra por fuerza la limitación humana –la impotencia de ser Dios– provoca, hace que lo divino se configure en ídolo insaciable, a través del cual el hombre –sin saberlo– devora su propia vida, destruye él mismo su existencia. Ante lo divino “verdadero”, el hombre se detiene, espera, inquiere, razona. Ante lo divino extraído de su propia sustancia, queda inerme. Porque es su propia impotencia de ser Dios la que se le presenta y representa, objetivamente, bajo un nombre que designa tan solo la realidad que él no puede eludir.



La ausencia, el vacío de Dios podemos sentirlo bajo la forma intelectual del ateísmo, y la angustia, la anonadadora irrealidad que envuelve al hombre cuando Dios ha muerto. Que no haya Dios, que nos dispongamos a pensar acerca de todas las cosas sin contar con Él, parece marcar la situación de la mente actual. Mas existe otra situación, y dentro de ese vivir sin Dios se distingue la simple aceptación casi inconsciente de ese ímpetu, de esa violencia, de esa otra esperanza que cifra el cumplimiento de lo humano, la promesa final de nuestra historia sobre la tierra a la desaparición total de la conciencia de Dios.
    Y aún… lo más inabordable: toda la desenfrenada provocación en que, sin conciencia o con ella, algunos hombres han apurado las posibilidades del mal, el reto a todos los temores últimos, llegando hasta la acción sin sentido ni justificación en que el hombre no es ya reconocible; desafíos realizados como un crimen que traspasa a las víctimas y que va dirigido contra esa instancia ultima de la conciencia antes ocupada por Dios, esa violencia pasiva, ese abandonarse automáticamente a cualquier instinto o “tentación”, si todo ese horror múltiple se produjera sobre un vacío y una anonadada conciencia que se dijera: “Puesto que Dios ha muerto”.



¿De dónde ha surgido tan tremenda pesadilla? Pues la religión para una conciencia irreligiosa ha de ser considerada como delirio, pesadilla sufrida en común. Que los dioses, que lo divino en sus diversas configuraciones se muera, que Dios haya muerto a manos del hombre, de los hombres. Y así, tenemos un proceso “sagrado” de destrucción de lo divino. Parece como si esta acción de negar a Dios naciera en un momento de querer volver a la situación primaria de la vida, a la situación en que el hombre no había recibido ninguna revelación, ni había él mismo descubierto a Dios; a la situación en que lo sagrado envolvía la vida humana.

El ateísmo niega matemáticamente la existencia de Dios, mas se refiere al Dios-idea, mientras que la destrucción de lo divino solamente se verifica en el abismo del Dios desconocido, atentando a lo que de irrevelado, de no descubierto hay bajo la idea de Dios. Y es, así, la acción sagrada y trágica entre todas, pues la tragedia solo tiene lugar bajo el dominio del Dios desconocido. La acción destructora de lo divino nace de una desesperación, de la necesidad.
   El vacío de Dios que deja sentir el ateísmo formalmente expresado, no es todavía la muerte de Dios. Mas la muerte de Dios no es su negación. Solo se entiende plenamente el “Dios ha muerto” cuando es el Dios del amor quien muere, pues solo muere en verdad lo que se ama. Y solo cuando Dios se hizo Dios del amor pudo morir por y entre los hombres de verdad. Y Dios no puede morir si no es a manos humanas.



Y es que el hombre necesita proyectar en lo divino, en una acción absoluta, el fondo oculto de sus acciones más secretas. La necesidad que exige matar a lo que se ama, y aún más, lo que se adora, es un afán de poderío con la avidez de absorber lo que oculta dentro. Se quiere heredar lo que se adora, liberándose al par de ello.
    Y así la destrucción de los dioses es una etapa cumplida en toda religión, que no la muerte de Dios. El hombre se ha alimentado de la destrucción de sus dioses, de cada uno de ellos gana en su medio o en su sustancia.

“Dios ha muerto” es la frase que Nietzsche enuncia y profetiza al par la tragedia de nuestra época. Para sentirlo así, es preciso creer en Él y aún más, amarlo. Pues solo el amor descubre la muerte; solo por el amor sabemos lo poco que sabemos de ella. Y en cuanto a Dios, el amor ha sido una fase tardía. Los primeros sentimientos que señalan la relación del hombre con un Dios revelado son el temor y aun el espanto.



“Dios ha muerto”, el grito de Nietzsche no es sino el grito de una conciencia cristiana. Aún para el no cristiano, este grito tendrá que ser aceptado como un momento límite de la condición humana.
   El crimen contra Dios es el crimen contra el amor. Quien dice “Dios ha muerto” participa al menos en su muerte, en el crimen. ¿No lo hará acaso movido por la esperanza de hundirse en Él, de identificarse abismándose, llevado por esa locura de amor que llega hasta el crimen cuando ya no se soporta más la diferencia con el amado, el abismo que aun en los amores entre iguales permanece siempre? Y profiere su grito “Dios ha muerto” esperando, quizá, absorber a Dios dentro de sí, comulgar en la muerte de un modo absoluto, que no haya más esa diferencia entre la vida divina y la nuestra. Desesperación de seguir soportando la inaccesibilidad de lo divino.


Dios puede morir; podemos matarlo… mas solo en nosotros, haciéndolo descender a nuestro infierno, a esas entrañas donde el amor germina; donde toda destrucción se vuelve en ansia de creación. Donde el amor padece la necesidad de engendrar y toda la sustancia acumulada se convierte en semilla. Nuestro infierno creador.


María Zambrano – El hombre y lo divino

domingo, 19 de abril de 2015

La filosofía separó la vida de la realidad (María Zambrano)



La poesía unida a la realidad es la historia. Pero, no es preciso decirlo así, no debiera serlo porque la realidad es poesía al mismo tiempo y al mismo tiempo, historia. El pensamiento, el riguroso pensamiento filosófico tradicional separó a ambas y casi las anuló reservándose para sí la realidad íntegra, para sustituirla en seguida por otra realidad, segura, ideal, estable y hecha a la medida del intelecto humano.

El hombre, todo hombre, ha sido racionalista con un racionalismo esencial, de base, de fundamento, que podía, inclusive, escindirse en teorías o «ismos» de enunciación opuesta. Mas, esta oposición no alteraba la medida, la proporción de verdad, seguridad y liberación que habían hecho de la confusa realidad virginal, de las oscuras y terribles pasiones, un mundo habitable, un orbe donde el hombre instalado ya casi naturalmente, se sentía con potencia para edificar y con humildad para contemplar lo edificado, con violencia para desprenderse de mucho y con amor para adherirse profundamente a algo.
         
Hoy este mundo se desploma. Nos ha tocado a nosotros, los vivientes de hoy, pero todavía más a los que atravesamos la difícil edad que pasa de la juventud y no alcanza la madurez, soportar este derrumbamiento; y digo «soportar» porque es el mínimo exigible y no me atrevo a expresar afirmativamente lo que late en el fondo de cada uno de nosotros. Porque no me atrevo a aceptar, sin más, el mandato, cuya voz de tantas maneras evitamos el oír: la voz que nos llama más allá del mero soportar este derrumbamiento para participar en la creación de lo que le siga. Porque algo forzosamente le ha de seguir.




Vemos un horizonte histórico cuando ya no estamos propiamente bajo su curva, cuando ya se ha congelado en algo escultórico, fundido en el hielo inmortal de toda muerte (allí donde acaban todas las confusiones, todas las disputas). Pero hay un instante peligroso y difícil en que podemos percibir el horizonte en unidad que nos deja y del que no acabamos de desprendernos por superstición e inercia, también por desamparo. Es el tiempo del desamparo, del triste desamparo humano de quien no siente su cabeza cubierta por un firmamento organizador. Tan sólo cúpulas, las falsas, mentirosas, cúpulas de la impostura.

¿Qué es lo que se va? De este horizonte de veinticuatro siglos de razón. ¿Qué es lo que nos deja o nos ha dejado ya? Muchas cosas; y lo que nos importa no son tanto las cosas de la cultura como la cultura misma; el horizonte y el suelo que la hizo posible. Y este horizonte fue el racionalismo.  
   Triunfó conquistándose la realidad indefinida definiéndola como ser; ser que es unidad, identidad consigo mismo, inmutabilidad residente más allá de las apariencias contradictorias del mundo sensible del movimiento; ser captable únicamente por una mirada intelectual que es «idea». Ser ideal, verdadero, en contraposición a la fluyente, movediza, confusa y dispersa heterogeneidad que es el encuentro primero de toda vida.
    
Fácilmente se comprende que todo ello significa una condena de la poesía. Y mientras tanto, de otro lado el poeta seguía su vía de desgarramiento, crucificado en las apariencias, en las adoradas apariencias, de las que no sabe ni quiere desprenderse, apegado a su mundo sensible: al tiempo, al cambio y a las cosas que más cambian, cual son los sentimientos y pasiones humanas, a lo irracional sin medida, íbamos a decir sin remedio, porque esto es sin remedio ni curación posible.



La Filosofía fue además curación, consuelo y remedio de la melancolía inmensa del vivir entre fantasmas, sombras y espejismos. Pero la poesía no quiso curarse, no aceptó remedio ni consuelo ante la melancolía  irremediable del tiempo, ante la tragedia del amor inalcanzado, ante la muerte. Más leal tal vez en esto que la filosofía, no quiso aceptar consuelo alguno y escarbó, escarbó en el misterio. Su única cura estaba en la contemplación de la propia herida y, tal vez, en herirse más y más.
     Aun otra cosa, muy decisiva: el pensamiento filosófico se presentó a sí mismo como desinteresado. Y mientras, el poeta vagaba entregado a la confusión de sus ensueños, ajeno en su poesía al establecimiento y afirmación del poder; tomaba el mundo tal y como se lo encontraba, sin pretender ejercer sobre él reforma alguna, porque su atención iba hacia lo que no puede reformarse, y porque sobre el fracaso que implica toda vida humana, reacciona aceptándolo, y más: hundiéndose en él.

Y con esto, hemos tocado el punto más íntimo y delicado de la divergencia -que muchas veces ha sido enemistad- entre filosofía y pensamiento, entendiendo por filosofía esta del racionalismo tradicional: la diferencia frente al hecho del humano fracaso. Porque, toda vida humana es en su fondo una vida que se encuentra ante el fracaso, sin que el reconocer esto lleve por el momento ninguna calificación de pesimismo, pues quizá sea la previa condición para no llegar a él. Pertenece a la contextura esencial de la vida el serse insuficiente, el verse incompleta, el estar siempre en déficit. De no ser así, nada se haría ni se hubiera hecho. Y hay muchas maneras de salvar este fracaso; hay la manera apresurada e ingenua que pretende llenar de «cosas», de éxitos, este vacío, como el que quiere cubrir un abismo y el abismo se traga todo lo que se echa en él y siempre sigue ahí con su boca abierta, ávido y siempre necesitado de más.
         
Ante este fracaso originario, la poesía no toma conscientemente posición alguna, no se hace problema y aquí está la divergencia porque la filosofía es problema ante todo. Para la poesía nada es problemático sino misterioso. La poesía no se pregunta ni toma determinaciones, sino que se abraza al fracaso, se hunde en él y hasta se identifica con él. No pretende resolverlo, porque no le interesa actuar; su único actuar es su decir y su decir es una momentánea liberación en que el grado de libertad es el mínimo, pues vuelve a caer en aquello de que se ha liberado. Poesía es siempre retorno; subir para caer de nuevo; por esto hay quien ha visto solamente el instante en que cae y la identifica con la caída, porque no ve ni su vuelo ni su morosa reiteración que es causa de su eterno retorno. Retorno que nos dice que la realidad para el poeta es inagotable, como para todo amante.




Pero, quedaba otra cosa, un saber acerca de lo temporal denominado historia, saber de lo temporal, del acontecimiento contingente que esclaviza, del dato cierto del que no cabe liberación; saber de este mundo sin trasmundo posible, ni vuelo. Oscilante entre el saber y la ignorancia, entre el poder y el desinterés, llena de consideraciones concretas y rebasando lo concreto a cada paso. Mientras ha durado el amplio racionalismo de que hablamos, la historia no ha alcanzado categoría de saber con plenitud. «Semiciencia» y «semiarte», razonable y sin ser plenamente racional. No se había hecho sino asimilar imperialmente la historia. La razón había subido a su más alto punto y con ello había llegado justamente a su límite, a su dintel. Más allá no podría proseguir.
          
Lo que queda claro es que adentrándose en el ámbito de la razón, la historia subió de rango, se relacionó íntimamente con el saber esencial; mas no se encontró consigo misma. Ha sido necesario que a la razón la sustituya la vida, que aparezca la comprensión de la vida, para que la historia tenga independencia y rango, tenga plenitud. La vida misma del hombre es historia, toda vida está en la historia por lo pronto, sin que sepamos si ha de salir de ella. Antes se creía que sólo algunas vidas alcanzaban lo histórico; hoy sabemos que toda vida es, por lo pronto, histórica. La irracionalidad profunda de la vida que es su temporalidad y su individualidad, el que la vida se dé en personas singulares, inconfundibles e incanjeables, es el punto de partida dramático de la actual filosofía que ha renunciado así, humildemente, a su imperialismo racionalista.


María Zambrano – La Crisis del racionalismo europeo



miércoles, 4 de junio de 2014

El Ideal Andaluz: una verdad incumplida




“Todos los regionalismos, en el fondo egoístas, nacen de intereses o cuando más de accidentes geográficos. Andalucía, único sector de España que podría juzgarse nacionalidad por constituir unidad geográfica, geológica, botánica y antropológica; y por la opulencia de sus producciones; la única poseedora de acentuada personalidad patente en su propio carácter, en su condición étnica, en sus genuinas costumbres; la única víctima de la centralización, con la cual coinciden su decadencia y la de la patria así como el progreso de otras comarcas antes tributarias suyas, es la sola región de España que repugna el regionalismo. No falta explicación a tan inverosímil antinomia. Andalucía no es, no puede ser regionalista, porque Andalucía es España”


“Somos tal vez los andaluces los únicos, o al menos los que mejor podemos hablar sin despertar recelos de regionalismo, porque a nadie envidiamos, ni somos egoístas, ni fundamos en insensatas emulaciones, ni en africanos odios, la exaltación de la personalidad…. Y es que Andalucía es la España por excelencia; que todo lo andaluz se convierte en nacional y todo lo nacional es andaluz”



Mario Méndez Bejarano - Andalucía y Ultramar (1929)





“Hoy hay también, al lado de una realidad andaluza, un ideal andaluz, la idea de una Andalucía ideal; pero ésta no se pretende ofrecer como una visión del presente, sino como un presentimiento del porvenir”

“Este vaso de elección, que es Andalucía, sugiere  la imagen, tiene el suave contorno de una copa de champaña… Y es tradición artística que el seno de la mujer; copa augusta y dulce, fue el sagrado modelo del primer vaso… Andalucía es el seno fecundo de España. Andalucía es un ideal. Por eso se ha podido hablar del ideal andaluz. Andalucía es una idealidad… Su alma es tan aérea, que mejor que de un alma andaluza debemos hablar de un aura de Andalucía: hálito de su alma y halo de si cielo… Andalucía es inmensa: es toda una inmensidad. Pero no una inmensidad vacía de contenido, uniforme y simplicista. Andalucía encierra un potencial de diferenciación, como difícilmente puede encontrarse otro igual en pueblo alguno. En menos grados de latitud no cabe una mayor diversidad, ni más suma de contrastes que los ofrecidos por esta región en sus condiciones atmosféricas, en las producciones de su suelo y subsuelo, en su fauna y en su flora, hasta el punto de poderse afirmar con exactitud que no hay una, sino varias Andalucías. Así se puede hablarse de una Andalucía levantina y de otra lusitana y de otra manchega. Y así como hay una Andalucía campesina y otra ciudadana, así hay una Andalucía serrana y una Andalucía costera, marinera, la Andalucía de las playeras y de la mar bella”

“El ensueño andaluz –dotado de la infusa sabiduría del gay saber, y de la espontánea santidad de los bienaventurados– era un ensueño libre, laborioso, liberal… Un aparente sensualismo rebozaba su plenitud espiritual: y por bajo el reposo aparente de la siesta, las ideas y las emociones rondaban y emergían en una intensa e inquieta vida interior… Misterio gozoso de la vida fácil del dejarse vivir; contento ingenuo del dejarse penetrar del encanto de las cosas… y de las almas, del ambiente y del cielo, de todo y de nada… Sonreír perenne y hondo que impregna a la contemplación de una dulce y serena recatada, tácita”



José María Izquierdo - Divagando Por La ciudad de la gracia (1914)





“Tenemos el deber de crear para Andalucía una vida mejor, y debemos hacerlo formando, sin artificios, el espíritu colectivo. Una política clara, limpia y sin sabor es esta de crear el espíritu colectivo. Las individualidades, o sea los egoísmos, deben ceder por el dominio de cada uno sobre sí mismo para la vida de la relación con los demás. Unos y otros, por amor a Andalucía, a España y a la Humanidad, debéis procurar que dejen de ser una contradicción perenne el cielo azul de nuestra región alegre y las almas torturadas de los andaluces. El espíritu se gobierna por la economía de la paciencia. Hay que reflexionar, callados, sobre estas cotizaciones de la moral, positivo valor financiero de los pueblos que quieren salvarse”

“Nosotros creemos en la redención de Andalucía; pero solo por medio de un programa integral, cuya recia base ha de ser un previo e imprescindible fortalecimiento del alma colectiva, que ponga en posesión al pueblo de su plena conciencia cívica. El ideal regionalista que sentimos está contenido en la fórmula de una intensa y extensa cultura previa. Cuando Andalucía sea una fuerza, no ya como ciega avalancha arrolladora surgida al influjo de la soflama revolucionaria, sino por la fortaleza del pensamiento y la afirmación de la conciencia colectiva, todos los problemas se resolverán con facilidad sorprendente. Basta con que el pueblo quiera, y sepa lo que quiere, para pedir y obtener cuanto le convenga. Intensifiquemos la cultura, que es la base del edificio social. Cuando la cultura media sea capaz de ahogar la ignorancia del ambiente, el problema de Andalucía caminará rápido hacia su resolución”



José Andrés Vázquez - Epistolario Bético (1919)





“El federalismo es una nueva receta emanada de un grupo de pensadores que concebían la nación no como un todo orgánico, moralmente indivisible, sino como un compuesto, como un conglomerado de distintas sociedades unidas entre sí por medio de pactos hipotéticos. Y en esta nueva fórmula, se volvía a hacer caso omiso de lo que representaba todo el amor regionalista, es decir, la unidad viviente que constituía la “región”, suficiente por sí misma –como organismo moral dotado de vida propia– para los fines de un solo Estado”

“Es preciso, pues, concretar este ideal, no fabricándolo, sino haciéndolo surgir del pueblo con sus vigores y hasta con sus defectos. Es preciso, por tanto, trazar una norma que, originada por el sentimiento colectivo del pueblo, sea explicitada por los pensadores lo más clara y naturalmente posible para que el mismo pueblo vuelva a recogerla y asimilársela. De este modo, los que fueron sentimientos innatos y confusamente sentidos serían después ideas poderosas que desarrollarían toda la vitalidad adormecida de la masa”

“No, nuestro regionalismo no existe; sería preciso que concentráramos nuestro cariño en una labor íntima sin rebasar las lindes y demarcaciones de Andalucía. Y eso, actualmente, sería contrario a nuestro sentimiento y a nuestro carácter. El andaluz es tan espléndido, tan derrochador de su alegría y de sus pasiones, que inunda toda España con su sangre generosa o con su verbo típico y gracioso. Y con una prodigalidad, que acaso le sea dañina, ensancha las lindes de su región y el andaluz lleva a Castilla, a Cataluña, a Aragón, a toda España, en fin, la esplendidez de sus amores y el derroche fácil de su corazón grande. Un andaluz, en cualquier parte de España, será en pocos días, un conocido que sabrá  simpatizar con el derroche de su viveza y con la facilidad maravillosa de su adaptación”


Isidro de las Cagigas - Apuntaciones para un estudio del regionalismo andaluz (1914)





“Libertad es autonomía en el discernimiento y en la manifestación de hechos de aquella facultad. Igualdad para enriquecer el ser o superarlo. El desarrollo de estos dos conceptos se acelera por la paz y solidaridad libre entre los seres humanos… La instrucción no alcanzará el fin educativo como arma de una formalista educación ciudadana o colectiva; sino como instrumento de una íntima y primordial aspiración religiosa, concretamente definida de Eternidad, esto es, como arma de la finalidad última de vivir, y la interpretación económica de la historia es, precisamente, la negación de esta finalidad… Necesitamos gobernantes que sean maestros; Estado que sea escuela; política que sea arte de Educación. Crear hombres justos, no burócratas que nos aniquilen la verdadera ley del espíritu… El ideal andaluz ha de ser el que traduzca el ideal humano, concretado en una fórmula que condense y resuma todo un credo de optimismo, concebido, sentido y esperado con efusión. Ese ideal representará la meta del amor a la creación que por la vida se realiza, del amor que consagra al hombre creador que, en las avanzadas de ésta, lucha y se debate, dirigiéndola a su final destino, por medio del culto al ritmo y del esfuerzo por realizar la armonía en suma, por medio de la perfección y del progreso incesante y eficiente que es belleza y poder”


“Ya, nuestra Asamblea de Ronda (1918) hubo de expresar como lema de nuestra empresa restauradora: “Andalucía, por sí, para España y la Humanidad.” Esto es: Andalucía quiere volver a ser, por sí, para reanudar la obra creadora de su historia imparable; pero esta inspiración, hacia la distinción de su propio esfuerzo y responsabilidad, tiene por fin: dar a España cuanto por sí llegase a crear con la propia energía; esto es, tiene por superiores incentivos, España y la Humanidad, para las cuales anhela lograr en derechos propios el devenir creador de su alma privativa; acreditado por una historia particular ininterrumpida de elaboraciones culturales, intensas, originales, directoras”


Blas Infante - El Ideal Andaluz (1915-1921)



(Manuel Ruiz Lagos - Ensayistas del Mediodía)

viernes, 14 de marzo de 2014

El Amor trasciende siempre (María Zambrano)




Una de las indigencias de nuestros días es la que al amor se refiere. No es que no exista, sino que su existencia no halla lugar, acogida en la propia mente de quien es visitado por él. En el limitado espacio que en apariencia la mente de hoy abre a toda realidad, el amor tropieza con barreras infinitas. Y ha de justificarse y dar razones sin término, y ha de resignarse por fin a ser confundido con la multitud de los sentimientos, o de los instintos, o ser tratado como una enfermedad secreta, de la que habría que liberarse. La libertad, todas las libertades no parecen haberle servido de nada; la libertad de conciencia menos que ninguna, pues a medida que el hombre ha creído que su ser consistía en la conciencia y nada más, el amor se ha ido encontrando sin espacio vital donde alentar, como pájaro asfixiado en el vacío de una libertad negativa.

Vida en la negación, es la que se vive en la ausencia del amor. Cuando el amor se retira, no parece perderse nada de momento, y aún parecen emerger con más fuerza y claridad cosas como los derechos del hombre independiente. Al amor de nada le sirve aparecer bajo la forma de una arrebatadora pasión, para dejarlo convertido en un suceso, en el ejercicio de un humano derecho y nada más. En un episodio de la necesidad y de la justicia.

La ausencia del amor no consiste en que no aparezca en episodios, en pasiones, sino en su confinamiento en esos estrechos límites de la pasión individual descalificada en hecho, en raro acontecer. El amor está siendo juzgado por una conciencia donde no hay lugar para él, ante una razón que se le ha negado. Está como enterrado vivo, viviente, pero sin fuerza creadora. El amor no tiene espacio para su trascender cuando la vida humana le ha rechazado en ese movimiento de querer librarse de lo divino, al mismo tiempo que quiere absorberlo dentro de sí, que es una forma de querer librarse de ello. Y entonces no queda espacio para el trascender del amor, puente sin orillas en que tenderse. No tiene nada entre que mediar, realidad e irrealidad, ser y no ser, lo que ya es con el futuro sin término. La pretendida divinización total del hombre y de la historia produce la misma asfixia que debió haber cuando, en tiempos remotos, el hombre no lograba un lugar bajo el espacio lleno de Dioses, semidioses, de demonios. Tampoco entonces existía el amor.



El amor trasciende siempre. Abre el futuro, esa apertura sin límite, a otra vida que se nos aparece como la vida de verdad. El amor es el agente de destrucción más poderoso, porque al descubrir la inanidad de su objeto, deja libre un vacío, una nada aterradora al principio de ser percibida. Es el abismo en que se hunde no solo lo amado, sino la propia vida, la realidad misma del que ama. Es el amor el que descubre el no-ser y aún la nada. El Dios creador creó al mundo de la nada por amor. Y todo el que lleva en sí una brizna de este amor descubre algún día el vacío de las cosas, porque toda cosa y ser aspira a más de lo que realmente es. Y el que ama queda prendido en esta realidad no lograda.

Y así, el amor hace transitar, ir y venir entre las zonas antagónicas de la realidad, se adentra en ella y descubre su no-ser, sus infiernos. Descubre el ser y el no-ser, porque aspira a ir más allá del ser, de todo proyecto.
   Mas no existe engaño alguno en el amor, pues aquello que se ha amado, lo que en verdad se amaba, cuando se amaba, es verdad. Es la verdad, aunque no esté enteramente realizada y a salvo: la verdad que espera en el futuro. Pues el amor que integra la persona, la conduce a su entrega; exige hacer del propio ser una ofrenda, un sacrificio. Y este abatimiento que hay en el centro mismo del sacrificio anticipa la muerte. El que de veras ama, aprende a morir. Es un verdadero aprendizaje para la muerte.



El amor aparecerá ante la mirada del mundo como amor-pasión. Pero esas pasiones serán los episodios de su gran historia semiescondida. Estaciones necesarias para que pueda dar el amor su fruto último, para que pueda actuar como fuego que depura y como conocimiento; un conocimiento inexpresable. No es más valedero el amor que se expresa directamente, el que arrebata en un episodio. La acción del amor, se carácter de agente de lo divino en el hombre, se conoce sobre todo en ese afinamiento del ser que lo sufre y lo soporta. Y aún en un desplazamiento del centro de gravedad, que se ha trasladado a la persona amada, y cuando la pasión desaparece, quedará ese movimiento, el más difícil de estar “fuera de sí”. Vivir fuera de sí, por estar más allá de sí mismo.

Vivir dispuesto al vuelo, es el futuro inimaginable, el inalcanzable futuro de esa promesa de vida verdadera que el amor insinúa en quien lo siente. El futuro que consuela del presente haciendo descreer de él, de donde brota la creación, lo no previsto. Ese fuego sin fin que alienta en el secreto de toda vida. Lo que unifica con el vuelo de su trascender vida y muerte, como simples momentos de un amor que renace siempre de sí mismo. Lo más escondido del abismo de la divinidad. Lo inaccesible que desciende a toda hora.


María Zambrano – Dos fragmentos sobre el Amor (Andalucía, sueño y realidad)


sábado, 1 de marzo de 2014

Reflexiones de Juan de Mairena (Antonio Machado)


La cultura debe ser para todos, debe llegar a todos; pero, antes de propagarla, será preciso hacerla. No pretendamos que el vaso rebose antes de llenarse. Sobre todo, no olvidemos que la cultura es intensidad, concentración, labor heroica y callada, pudor, recogimiento, antes, muy antes, que extensión y propaganda.
   Los partidarios de un aristocratismo cultural piensan que mientras menor sea el número de aspirantes a una cultura superior, más seguros estarán ellos de poseerla como privilegio. El Estado debe sentirse revolucionario atendiendo a la educación del pueblo, de donde salen los sabios y los artistas.
   El señoritismo ignora y se complace en ignorar la insuperable dignidad del hombre. El pueblo, en cambio, la conoce y la afirma; en ella tiene su cimiento más firme la ética popular.
   La zona más rica de nuestras almas es aquella que suele estar vedada al conocimiento por nuestro amor propio. La pedantería va escoltando al saber tan frecuentemente como la hipocresía a la virtud, y es, en algunos casos, un ingenuo tributo que rinde la ignorancia a la cultura.



Tenemos un pueblo maravillosamente dotado para la sabiduría, en el mejor sentido de la palabra: un pueblo a quien no acaba de entontecer la clase media, entontecida a su vez por la indigencia científica de nuestras universidades y por el pragmatismo eclesiástico, enemigo siempre de las altas actividades del espíritu.
   Es muy posible que muchas cosas en España estén mejor por dentro que por fuera, y que la crítica del propio escupitajo sobre lo nuestro no solo nos aparte de su conocimiento, sino que acabe por asquearnos de nosotros mismos.
   Estamos abocados a una catástrofe moral de proporciones gigantescas, en la cual solo queden en pie las virtudes cínicas. Los políticos tendrán que aferrarse a ellas y gobernar con ellas. Nuestra misión es adelantarnos por la inteligencia a devolver su dignidad de hombre al animal humano.
 
La inteligencia ha de servir siempre para algo, aplicarse a algo, aprovechar a alguien. Si averiguáramos que la inteligencia no sirve para nada, mucho menos entonces la exhibiríamos en ejercicios superfluos. Que exista una gimnástica intelectual que fortalezca y agilite intelectualmente, es muy posible. Pero sería para nosotros una actividad privada, de puro utilitaria y egoísta, nunca para exhibirla en público.
   El hombre que sabe hacer algo de un modo perfecto –un zapato, un sombrero, una guitarra, un ladrillo- no es nunca un trabajador inconsciente, sino un artista que pone toda su alma en cada momento de su trabajo.


¿Tu verdad? No, la verdad, y ven conmigo a buscarla.

En mi soledad he visto cosas muy claras que no son verdad.

Busca a tu complementario, que marcha siempre contigo, y suele ser tu contrario.

Confiemos en que no será verdad nada de lo que pensemos.

Cuando una cosa está mal…, debemos imaginamos en su lugar otra que esté bien; si encontramos, por azar, algo que esté bien, intentemos pensar algo que esté mejor. Y a partir siempre de lo imaginado, de lo supuesto, nunca de lo real.

Mas nadie logrará ser el que es, si antes no logra pensarse como no es.

Por mucho que un hombre valga, nunca tendrá valor más alto que el de ser un hombre.

No hemos de incurrir nunca en el error de tomarnos demasiado en serio.

Siempre que advirtáis un tono seguro en mis palabras, pensad que os estoy enseñando algo que creo haber aprendido del pueblo.

Confieso mi escasa simpatía hacia aquellos pensadores que parecen estar siempre seguros de lo que dicen.

Vivir es devorar tiempo: esperar, y por muy trascendente que quiera ser nuestra espera, siempre será espera de seguir esperando.

Es lástima que sean siempre los mejores propósitos aquellos que se malogran, mientras prosperan las ideicas de los tontos, arbitristas y revolvedores de la peor especie
  


   ¿Qué son las corridas de toros? ¿Qué es esa afición taurina, esa afición al espectáculo sangriento de un hombre sacrificando a un toro, con riesgo de su propia vida? Y un matador, que no es un matarife, ni un verdugo, ni un simulador de ejercicios cruentos, ¿qué es un matador, una espada, tan hazañoso como fugitivo, un ágil y esforzado sacrificador de reses bravas, mejor diré de reses enfierecidas para el acto de su sacrificio? Si no es un loco, ¿será acaso un sacerdote? No parece que pueda ser otra cosa. ¿Y al culto de qué dioses se consagra?
   Las corridas de toros nunca me han divertido. En realidad, no pueden divertirme, y yo sospecho que no divierten a nadie, porque constituye un espectáculo demasiado serio para diversión. No son un juego, un simulacro más o menos alegre, más o menos estúpido, que responda a una actividad de lujo, tampoco un ejercicio utilitario; menos un arte, puesto que nada hay en ello de ficticio o de imaginado. Son esencialmente un sacrificio. La afición taurina es, en el fondo, pasión taurina; mejor diré fervor taurino, porque la pasión propiamente dicha es la del toro.


Nadie entre en esta escuela que crea saber nada de nada. Porque la finalidad de nuestra escuela consistiría en revelar al pueblo, quiero decir al hombre de nuestra tierra, todo el radio de su posible actividad pensante, toda la enorme zona de su espíritu que pueda ser iluminada y, por consiguiente, oscurecida; en enseñarle a repensar lo pensado, a desaber lo sabido, y a dudar de su propia duda, que es el único modo de empezar a creer en algo.
   Que nadie entre en nuestra escuela que no se atreva a despreciar en sí mismo tantas cuantas cosas desprecia en su vecino, o que sea incapaz de proyectar su propia personalidad en la pantalla del ridículo.



Porque el poeta no sacará nunca la poesía de la poesía misma. Crear es sacar una cosa de otra, convertir una cosa en otra, y la materia sobre la cual se opera no puede ser la obra misma. Así, el hombre consagrado a la poesía y no a las mil realidades de la vida, será el más grave enemigo de las musas.
   Poesía será el residuo obtenido después de una delicada operación crítica, que consiste en eliminar de cuanto se vende por poesía todo lo que no lo es.
   Los grandes filósofos son poetas que creen en la realidad de sus poemas.
   Las obras poéticas realmente bellas rara vez tienen un solo autor. Son obras que se hacen solas, a través de los siglos y los poetas.
   La poesía, aun la más amorfa y negativa, era siempre un acto vidente, porque el poeta cree siempre en lo que ve, cualesquiera que sean los ojos con los que mire.

   Para el poeta solo hay un ver y cegar, un ver que se ve, pura evidencia, que es el ser mismo, y un acto creador, necesariamente negativo, que es la misma nada.


Antonio Machado – Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo