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miércoles, 27 de febrero de 2019
Biblioteca Maestros Espirituales (3): Coomaraswamy, A.K., Mircea Eliade y Renè Guenon
En esta ocasión os dejo una buena colección de textos de los tres máximos divulgadores de la Espiritualidad y la Metafísica Tradicional del Hinduismo, particularmente, y en general de la Sabiduría Oriental y las Religiones monoteístas. Para aquellos que no estén familiarizados con estas lecturas, recomiendo comenzar con Mircea Eliade, por hablarnos este autor en un lenguaje más asequible y cercano.
Mircea Eliade
https://drive.google.com/drive/folders/1inavgkwztZUjt9MlviLa3PW0mD3q0hfD?usp=sharing
Renè Guenon
https://drive.google.com/drive/folders/1an5F7YYLMzvftXb8Sb32ut_p1ZOYKuDo?usp=sharing
Coomaraswamy, A.K.
https://drive.google.com/drive/folders/16NmxUxouGfP3CY1hSJDNjE11Mr65agVF?usp=sharing
viernes, 30 de octubre de 2015
Reencarnación, una teoría moderna (René Guenon)
Lo cierto es que ninguna
doctrina tradicional auténtica ha hablado jamás de la reencarnación, y ésta no
es más que una invención moderna y occidental. Esta teoría fue adoptada del
espiritismo francés en primer lugar por el teosofismo y luego por el ocultismo papusiano
y otras diversas escuelas, que han hecho de ella uno de sus artículos de fe.
Debemos decir que las objeciones formuladas normalmente contra la teoría
reeencarnacionista apenas son más determinantes que las razones invocadas para apoyarla; ello se debe, en gran medida, a que los adversarios y los partidarios de la
reencarnación se sitúan igualmente sobre un terreno moral y sentimental.
Lamentablemente, hay mucho más que decir contra la reencarnación, ya que se
puede establecer su absoluta imposibilidad.
El término reencarnación
debe ser distinguido de dos términos que tienen un significado totalmente
diferente, y que son los de “metempsicosis” y “transmigración, muy bien
conocidos por los antiguos, como aún lo son de los orientales, pero que los
occidentales modernos, inventores de la reencarnación, ignoran absolutamente.
Está claro que cuando se habla de
reencarnación, esto significa que el ser que ya ha estado encarnado retoma un
nuevo cuerpo, es decir, vuelve al estado por el cual ya ha pasado; por otra
parte, se admite que ello concierne al ser real y completo, y no simplemente a
los elementos más o menos importantes que han podido entrar en su constitución.
Aparte de estas dos condiciones, no puede en absoluto tratarse de reencarnación;
ahora bien, la primera la distingue esencialmente de la transmigración, y la
segunda no la diferencia menos profundamente de la metempsicosis, en el sentido
en que era especialmente entendida por los órficos y los pitagóricos.
Podemos decir (con
respecto al término metempsicosis) que hay en el hombre elementos psíquicos
que se disocian tras la muerte, y que pueden pasar entonces a otros seres
vivos, hombres o animales, sin que por ello tenga más importancia, en el fondo,
que el hecho de que, tras la disolución del cuerpo, los elementos que lo
componían pueden servir para formar otros cuerpos; en ambos casos, se trata de
elementos mortales del hombre, y no de la parte imperecedera que es su ser
real, y que en absoluto es afectada por esas mutaciones póstumas.
En cuanto a la
transmigración, esta vez se trata efectivamente del ser real, aunque no es para
él un retorno al mismo estado de existencia, retorno que si pudiera tener
lugar, sería quizá una “migración” si se quiere, pero no una “transmigración”.
De lo que se trata es, por el contrario, del paso del ser a otros estados de
existencia, definidos por condiciones completamente distintas de aquellas a las
cuales está sometida la individualidad humana.
Quien dice transmigración dice esencialmente
cambio de estado; entendida según el sentido ofrecido por la metafísica pura,
es lo que permite rechazar de forma absoluta y definitiva la idea de
reencarnación. Debe quedar claro que un mismo ser no puede tener dos
existencias en el mundo corporal, poco importa que sea sobre la tierra o sobre
cualquier otro astro, poco importa además que sea en tanto que ser humano o,
según las falsas concepciones de la metempsicosis, bajo cualquier otra forma,
animal, vegetal o incluso mineral; poco importa que se trate de existencias
sucesivas o simultáneas.
Debemos agregar que la
demostración válida contra todas las teorías reeencarnacionistas, se aplica
igualmente a ciertas concepciones de aspecto más propiamente filosófico como la
idea del “eterno retorno”, y que suponga en el Universo una repetición
cualquiera. El fundamento de la teoría metafísica de los estados múltiples del
ser es que la Posibilidad
universal y total es necesariamente infinita, pues comprendiéndolo todo y no
dejando nada fuera de sí, no puede ser limitada absolutamente por nada, una
limitación de la
Posibilidad universal es una imposibilidad, una pura nada;
suponer una repetición es suponer una limitación.
Desde el momento en que el
Universo es verdaderamente un todo o, mejor dicho, el Todo Absoluto, no puede
existir en parte alguna un ciclo cerrado, jamás puede volver nada al mismo
punto. En la Posibilidad
total, esas posibilidades particulares que son los estados condicionados son
necesariamente en multiplicidad indefinida; negar esto es pretender limitar la Posibilidad.
A quienes imaginan que
rechazando la reencarnación corremos el riesgo de limitar de otra forma la Posibilidad universal,
simplemente les responderemos que lo que rechazamos es una imposibilidad, que
no es nada, y que no aumentaría la suma de posibilidades más que de un modo
puramente ilusorio, al no ser sino un puro cero. Por otro lado, según los
“neoespiritualistas”, cada ser debería, en el curso de su evolución, pasar
sucesivamente por todas las formas de vida. Tal teoría no expresa más que una
imposibilidad manifiesta, por la simple razón de que existen indefinidas formas
de vida por las cuales podrá pasar un ser cualquiera, siendo éstas todas
aquellas que están ocupadas por los demás seres. Incluso aunque un ser hubiera
recorrido sucesivamente indefinidas posibilidades particulares, no por ello
estaría más avanzado respecto al término final, que no podría ser de este modo
alcanzado.
Quienes sostienen la
teoría de la multiplicidad de nacimientos humanos jamás han desarrollado en sí
mismos el estado lúcido de conciencia espiritual. Una educación exterior es
relativamente ineficaz como medio para obtener el verdadero conocimiento. La
bellota se hace roble; pero, por muchas miríadas de frutos que dé el roble,
éste jamás se hará bellota. Al igual para el hombre; desde el instante en que
el alma se ha manifestado en el plano humano, y ha alcanzado así la conciencia
de la vida exterior, nunca volverá a pasar por ninguno de sus estados
rudimentarios. Todos los pretendidos
"despertares de recuerdos" latentes, por los cuales algunas personas
aseguran recordar sus existencias pasadas, pueden explicarse, e incluso sólo
pueden explicarse por las simples leyes de la afinidad y de la forma.
René Guenon – Reencarnación
jueves, 30 de julio de 2015
Restaurar el Estado Primordial (René Guenon)
Quien se apegue al
razonamiento y no lo supere en el momento requerido permanece prisionero de la
forma, que es la limitación mediante la que se define el estado individual; no
sobrepasará jamás a ésta, y nunca irá más lejos de lo exterior, es decir,
permanecerá unido al ciclo indefinido de la manifestación. El paso de lo
“exterior” a lo “interior” es también el paso de la “multiplicidad” a la
unidad, de la circunferencia al centro, al punto único desde donde le es
posible al ser humano, restaurado en las prerrogativas del “estado primordial”
elevarse a los estados superiores y, mediante la realización total de su
verdadera esencia, ser en fin efectiva y actualmente lo que es desde toda
eternidad potencialmente.
Quien se conoce a sí mismo
en la “verdad” de la “Esencia” eterna e infinita conoce y posee todas las cosas
en sí mismo, pues ha alcanzado el estado incondicionado que no deja fuera de sí
ninguna posibilidad, y este estado, con respecto al cual todos los demás, por
elevados que sean, no son realmente sino estados preliminares sin ninguna
medida común con él; este estado, que es el fin último de toda iniciación, es
propiamente lo que debe entenderse por la “Identidad Suprema”.
Por consiguiente, todo ser
tiende, conscientemente o no, a realizar en él mismo, por los medios apropiados
a su naturaleza particular, el plan del Gran Arquitecto del Universo, lo cual
no es en suma sino la universalización de su propia realización personal. Es en
el punto preciso de su desarrollo en el cual un ser toma realmente conciencia
de esta finalidad, cuando comienza para él la iniciación efectiva, que debe
conducirle por grados, y según su vía personal, a esa realización integral que
se cumple en el desarrollo completo, armónico y jerárquico de todas las
posibilidades implicadas en la esencia de ese ser.
Aquellos que han pasado
más allá de la forma están, por ello mismo, liberados de las limitaciones
inherentes a la condición individual de la humanidad ordinaria; aquellos que no
han llegado más que al centro del estado humano, sin todavía haber realizado
efectivamente los estados superiores, están al menos libres de las limitaciones
por las cuales el hombre caído de este “estado primordial” en el cual están
reintegrados, está unido a una individualidad particular así como a una forma
determinada.
Lo que está en la base
misma de toda enseñanza verdaderamente iniciática, es que toda realización
digna de este nombre es de orden esencialmente interior, incluso aunque sea
susceptible de tener repercusiones de cualquier género en el exterior. El
hombre no puede encontrar los principios sino en sí mismo; y puede porque lleva
en él la correspondencia de todo lo que existe, pues “el hombre es el símbolo
de la existencia universal”; y, si alcanza a penetrar hasta el centro de su
propio ser, alcanzará con ello el conocimiento total, con todo lo que por
añadidura implica: “aquel que conoce a su Sí conoce a su Señor”, y conoce
entonces todas las cosas en la suprema unidad del Principio, en el cual está
contenida “eminentemente” toda realidad.
Los elementos que
constituyen el cuerpo pueden ser “transmutados” y “sutilizados”, de modo que
puedan transferirse a una modalidad extracorporal, donde el ser podrá desde
entonces existir en condiciones menos estrechamente limitadas en relación con
las del dominio corporal, especialmente bajo el aspecto de la duración. En tal caso,
el ser desaparecerá en un determinado momento sin dejar tras él ninguna huella
de su cuerpo; podrá, por otra parte, en circunstancias particulares, reaparecer
temporalmente en el mundo corporal. No es necesario por otra parte ver en ello
nada “trascendente” en el verdadero sentido de la palabra, puesto que no se
trata todavía sino de posibilidades humanas, cuya realización, además, no puede
tener interés más que para un ser al que ésta torna capaz de desempeñar alguna
“misión” especial; aparte de este caso, ello no sería en suma sino una simple
“digresión” en el curso del proceso iniciático, y una demora más o menos
prolongada sobre la vía que debe normalmente conducir a la restauración del
“estado primordial”.
El ser establecido en este
punto ocupa una posición realmente “central” con respecto a todas las
condiciones del estado humano, de manera que, sin haber pasado más allá, las
domina no obstante en cierta manera, en lugar de estar por el contrario
dominado por ellas, como es el caso del hombre ordinario; y esto es cierto
especialmente en lo que concierne a la condición temporal como a la espacial.
De ahí que él podrá entonces, si quiere (por alguna razón profunda)
transportarse a un momento cualquiera del tiempo, así como a un lugar
cualquiera del espacio. Esta posibilidad puede, por lo demás, en el curso
ordinario de las cosas, no manifestarse al exterior en modo alguno; pero el ser
que la adquiera la posee desde entonces de una manera permanente e inmutable, y
nada podrá hacérsela perder, le basta con retirarse del mundo exterior y entrar
en sí mismo, todas las veces que le convenga hacerlo, para encontrar siempre en
el centro de su propio ser, la verdadera “fuente de la inmortalidad”.
René Guenon - Apreciaciones sobre la Iniciación.
Hermetismo
lunes, 24 de febrero de 2014
Nociones básicas de Hermetismo (René Guenon)
La base de toda enseñanza verdaderamente iniciática
es que toda realización es de orden esencialmente interior, aún cuando sea
susceptible de tener repercusiones en el exterior; el hombre no puede encontrar
sus principios y medios más que en sí mismo, y puede hacerlo porque lleva en sí
la correspondencia de todo cuanto existe: el hombre es un símbolo de la Existencia universal. Y
si consigue penetrar hasta el centro de su propio ser, alcanza por ello el
conocimiento total, con todo cuanto implica por añadidura: aquel que conoce a
su Sí, conoce a su Señor, y entonces conoce todas las cosas en la suprema
unidad del Principio mismo, fuera del cual nada hay que pueda tener el menor
grado de realidad.
Es concebible que los elementos que constituyen el
cuerpo puedan ser “transmitidos” y “sutilizados”, de modo que puedan
transferirse a una modalidad extracorporal, donde el ser podrá desde entonces
existir en condiciones menos estrechamente limitadas en relación con el dominio
corporal, especialmente bajo el aspecto de la duración. En tal caso, el ser
desaparecerá en un determinado momento sin dejar tras él ninguna huella de su
cuerpo; podrá, por otra parte, reaparecer temporalmente en el mundo corporal,
en razón de las interferencias entre éste y las demás modalidades del estado
humano.
Ello no sería en suma más que una demora más o menos
prolongada sobre la vía que debe normalmente conducir a la restauración del “estado
primordial”. El ser que lo ha alcanzado está virtualmente “liberado” y “transformado”;
por supuesto, su “transformación” no puede ser efectiva, ya que todavía no ha
salido del estado humano, del cual solamente ha realizado integralmente la
perfección; pero las posibilidades adquiridas desde ese momento reflejan y “prefiguran”
en cierto modo a las del ser verdaderamente transformado. El ser establecido en
este punto ocupa una posición “central” con respecto a todas las condiciones
del estado humano, de manera que, sin haber pasado más allá, las domina en
lugar de estar dominado por ellas, como en el caso del hombre ordinario.
De ahí que podrá entonces, si quiere, transportarse
a un momento cualquiera del tiempo, así como a un lugar cualquiera del espacio,
como una consecuencia inmediata de la reintegración en el centro del estado
humano; es el reflejo, es el dominio humano de la propia eternidad principial. Esta
posibilidad puede no manifestarse al exterior en modo alguno, pero el ser que
la adquiere la posee entonces de una manera permanente e inmutable, y nada podría
hacérsela perder; le basta con retirarse del mundo exterior y entrar en sí
mismo para encontrar en el centro de su propio ser la verdadera “fuente de la
inmortalidad”.
El hombre
no puede encontrar los principios sino en sí mismo, y puede porque lleva en él
la correspondencia de todo lo que existe, pues “el hombre es el símbolo de la
existencia universal”, si alcanza a penetrar hasta el centro de su propio ser,
en el cual está comprendida “eminentemente” toda realidad.
El cuerpo tiene su principio inmediato en el alma,
pero no procede del espíritu sino indirectamente y por intermedio del alma. Solamente
cuando se considera al ser viendo en el espíritu ese aspecto “esencial” y en el
cuerpo el aspecto “substancial” puede encontrarse una simetría entre los
aspectos primero y último del ser ternario (espíritu=alma=cuerpo). Entonces, el
alma es intermedia entre el espíritu y el cuerpo, pero en modo alguno puede ser
considerada como producto o resultado de
aquellas. El espíritu es yang y el alma yin, y por ello suelen
simbolizarse respectivamente por el Sol y la
Luna. El espíritu es la luz emanada directamente
del Principio, mientras que el alma no presenta sino una reflexión de esa luz. El
“mundo intermedio” o esfera anímica es propiamente el medio en el que se
elaboran las formas y constituye un papel “maternal”; y esta elaboración se
produce bajo la influencia del espíritu, que así tiene en ese aspecto un papel “paternal”.
La consideración del ternario de espíritu, alma y
cuerpo nos conduce bastante naturalmente a la del ternario alquímico, Azufre, Mercurio
y Sal. Se puede decir que el Azufre, cuyo carácter activo hace que se le
asimile a un principio ígneo, es esencialmente un principio de actividad
interior, que se considera se irradia a partir del centro mismo del ser. En el
hombre tal fuerza interna suele identificarse por el poder de la voluntad, a
condición de entender la voluntad de manera análoga a la “Voluntad divina” o,
según la terminología oriental, la “Voluntad del Cielo”. Esta identificación
está plenamente justificada en el “Hombre verdadero”, que se sitúa en el centro
de todo, y cuya voluntad está necesariamente unida a la “Voluntad del Cielo”.
En cuanto al Mercurio, se considera que reacciona
desde el exterior, de suerte que desempeña el papel de fuerza centrípeta que se
opone a la fuerza centrífuga del Azufre, y en cierta manera la limita. El Mercurio
no se sitúa en la esfera corporal, sino en la esfera sutil o anímica. De la
acción interior del Azufre y exterior del Mercurio resulta una especie de
cristalización que determina una zona neutra en la que se encuentran y
estabilizan las influencias opuestas de uno y otro; el producto de esa cristalización
es la Sal , que
constituye para el ser como una envoltura por la que a la vez está en contacto
con el ambiente y a la vez aislado. La
Sal se convierte así en intermediaria entre ellas; es como su
resultante y se sitúa en el propio límite de los dos ámbitos “interior” y “exterior”.
Simbólicamente,
el Azufre (Purusha-Yang-Activo-Seco-Sol-Padre) es comparable con el rayo
luminoso (Agni, Sol espiritual, fuego central de la Creación ), y el Mercurio
(Prakriti-Yin-Pasivo-Húmedo-Luna-Madre) con su plano de reflexión. Así tenemos
que la Sal (Materia)
es el producto del primero con el segundo.
En el orden microcósmico, la “puerta solar”, que es
el “ojo” de la bóveda cósmica, corresponde al séptimo chakra, es decir, al
punto de contacto del individuo con el “séptimo rayo del sol espiritual”, punto
cuya localización se encuentra en la coronilla, y que se corresponde también
con la abertura superior del athanor hermético.
La serpiente
enroscada en torno al “Huevo del Mundo” es la kundalini enroscada en torno del “núcleo
de inmortalidad”; a esta posición inferior de luz se alude en la fórmula hermética:
“Visita las partes inferiores de la tierra, y rectificando, encontrarás la piedra
oculta”. La rectificación es aquí el enderezamiento que señala, después del “descenso”,
el comienzo del movimiento, “verdadera medicina” pócima de la inmortalidad.
Un enderezamiento deberá en efecto operarse, y no
será posible sino cuando el punto más bajo haya sido alcanzado (espíritu-núcleo
de inmortalidad-piedra oculta-kundalini). Todo ello se relaciona propiamente
con el secreto de la “inversión de los polos”. Esta alteración deberá por lo
demás ser preparada, incluso visiblemente, antes del fin del ciclo actual (Kali-yuga),
pero no podrá serlo sino por aquel que, uniendo en sí las potencias del Cielo y
de la Tierra ,
las de oriente y Occidente, manifestará al exterior, a la vez en el dominio del
conocimiento y en el de la acción, el doble poder sacerdotal y real conservado
a través de las edades, en la integridad de su principio único, por los
depositarios de la Tradición
primordial.
Sería además
inútil el querer saber ahora cuándo y cómo se producirá tal manifestación, y
sin duda será muy diferente de todo lo que se podría imaginar a este respecto;
los “misterios del polo” están con seguridad bien guardados, y nada podrá darse
a conocer al exterior antes de que el tiempo fijado sea cumplido.
René Guenon - Hermetismo
viernes, 5 de octubre de 2012
Crisis en el mundo moderno (René Guenon)
Si se dice que el mundo moderno sufre una crisis, lo que se entiende más habitualmente por tal es que ha llegado a un punto crítico, o, en otros términos, que una transformación más o menos profunda es inminente, que un cambio de orientación deberá producirse inevitablemente en breve plazo, de grado o por fuerza, de una manera más o menos brusca, con o sin catástrofe. Esta acepción es perfectamente legítima y corresponde a una parte de lo que pensamos nosotros mismos, pero a una parte sólo, ya que, para nosotros, y colocándonos en un punto de vista más general, es toda la época moderna, en su conjunto, la que representa para el mundo un período de crisis; parece por lo demás que nos acercamos al desenlace, y es lo que hace más posible hoy que nunca el carácter anormal de este estado de cosas que dura desde hace ya algunos siglos, pero cuyas consecuencias no habían sido aún tan visibles como lo son ahora. También por eso los acontecimientos se desarrollan con esa velocidad acelerada; sin duda, eso puede continuar así algún tiempo todavía, pero no indefinidamente; e incluso, sin poder asignar un límite preciso, se tiene la impresión de que ya no puede durar mucho tiempo.
Uno percibe sin esfuerzo que esta preocupación del «fin del mundo» se relaciona estrechamente con el estado de malestar general en el cual vivimos ahora: el presentimiento obscuro de algo que está efectivamente a punto de acabar, agitándose sin control en algunas imaginaciones, produce en ellas naturalmente representaciones desordenadas
Así pues, para reducir las cosas a sus justas proporciones, diremos que parece efectivamente que nos aproximamos realmente al fin de un mundo, es decir, al fin de una época o de un ciclo histórico que, por lo demás, puede estar en correspondencia con un ciclo cósmico, según lo que enseñan a este respecto todas las doctrinas tradicionales. Ha habido ya en el pasado muchos acontecimientos de este género, y sin duda habrá todavía otros en el porvenir; acontecimientos de importancia desigual, por lo demás, según que terminen períodos más o menos extensos y que conciernan, ya sea a todo el conjunto de la humanidad terrestre, ya sea solamente a una o a otra de sus porciones, una raza o un pueblo determinado. En el estado presente del mundo, hay que suponer que el cambio que ha de intervenir tendrá un alcance muy general, y que, cualquiera que sea la forma que revista, y que no entendemos buscar definir, afectará más o menos a la tierra toda entera.
¿Llegará el mundo moderno hasta el fondo de esta pendiente fatal, o bien, como ha ocurrido en la decadencia del mundo grecolatino, se producirá, esta vez también, un nuevo enderezamiento antes de que haya alcanzado el fondo del abismo a donde es arrastrado? Parece que ya no sea apenas posible una detención a mitad de camino, y que, según todas las indicaciones proporcionadas por las doctrinas tradicionales, hayamos entrado verdaderamente en la fase final del Kali-Yuga, en el período más sombrío de esta «edad sombría», en ese estado de disolución del que no es posible salir más que por un cataclismo, porque ya no es un simple enderezamiento el que entonces es necesario, sino una renovación total. El desorden y la confusión reinan en todos los dominios; han sido llevados hasta un punto que rebasa con mucho todo lo que se había visto precedentemente, y, partiendo del Occidente, amenazan ahora con invadir el mundo todo entero; sabemos bien que su triunfo no puede ser nunca más que aparente y pasajero, pero, en un grado tal, parece ser el signo de la más grave de todas las crisis que la humanidad haya atravesado en el curso de su ciclo actual.
Algunos hablan hoy día de la «defensa de Occidente», lo que es verdaderamente singular, cuando es Occidente el que amenaza con sumergirlo todo y con arrastrar a la humanidad entera en el torbellino de su actividad desordenada; singular, decimos, y completamente injustificado, si entienden, como así parece a pesar de algunas restricciones, que esta defensa debe dirigirse contra Oriente, ya que el verdadero Oriente no piensa ni en atacar ni en dominar nada, y no pide más que su independencia y su tranquilidad, lo que, se convendrá en ello, es bastante legítimo. No obstante, la verdad es que Occidente tiene en efecto gran necesidad de ser defendido, pero únicamente contra sí mismo, contra sus propias tendencias que, si se llevan al extremo, le conducirán inevitablemente a la ruina y a la destrucción; así pues, es más bien «reforma de Occidente» lo que sería menester decir, y esta reforma, si fuera lo que debe ser, es decir, una verdadera restauración tradicional, tendría como consecuencia completamente natural un acercamiento a Oriente. Por nuestra parte, no pedimos más que contribuir, en la medida de nuestros medios, a la vez a esta reforma y a este acercamiento, si no obstante hay tiempo todavía, y si puede obtenerse un tal resultado antes de la catástrofe final hacia la que la civilización marcha a grandes pasos; pero, incluso si fuera ya demasiado tarde para evitar esta catástrofe, el trabajo cumplido con esta intención no sería inútil, ya que, en todo caso, serviría para asegurar así la conservación de los elementos que deberán escapar al naufragio del mundo actual para devenir los gérmenes del mundo futuro.
René Guenon : La Crisis del Mundo Moderno”
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