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jueves, 6 de octubre de 2016

Felicidad es la ética de la compasión (Dalai Lama)




Hemos creado una sociedad en la que las personas cada vez tienen mayores dificultades para darse muestras de afecto. A pesar de que millones de personas viven en muy estrecha proximidad, parece que muchísimas de ellas no tienen a nadie con quien hablar. La moderna sociedad industrial parece una especie de inmensa máquina autopropulsada. En vez de tener a seres humanos al frente de esa máquina, cada individuo no pasa de ser un minúsculo e insignificante elemento, una pieza más de la máquina, sin otra opción que la de moverse cuando se mueve la máquina.

Y así, encontramos enfermedades relacionadas con el estrés. Existe un vínculo entre el énfasis desproporcionado que ponemos en el progreso externo y la infelicidad, la ansiedad y la falta de contento que se da en la sociedad moderna.
    Esta entrega al progreso material nos lleva a suponer que las claves de la felicidad son el bienestar material y, por otra parte, el poder que nos confiere el conocimiento. Y si bien para cualquiera que lo piense con un poco de madurez es evidente que el bienestar material no puede aportarnos por sí mismo la felicidad, tal vez no lo sea tanto que el conocimiento tampoco pueda dárnosla. Lejos de aportarnos felicidad, puede llevarnos a perder el contacto con la realidad más amplia de la experiencia humana y, en particular, con nuestra dependencia de los demás.

El reto ante el cual nos encontramos es el de encontrar un medio para disfrutar de la armonía y la tranquilidad como lo hacen las comunidades más tradicionales, al tiempo que nos beneficiamos plenamente del desarrollo material.
    Nuestros problemas –tanto los que experimentamos externamente, como las guerras, el crimen o la violencia, como los que experimentamos internamente, esto es, nuestros sufrimientos emocionales y psicológicos- no podrán resolverse hasta que abordemos nuestra dimensión interior. No cabe duda de que es necesaria una revolución, pero no será una revolución política, económica, ni siquiera técnica. Lo que yo propongo es una revolución espiritual.



Cuando abogo por una revolución espiritual no pretendo hacer un llamamiento a una revolución religiosa. Tampoco quiero hacer referencia a una manera de vivir que de algún modo sea propia del más allá y, menos aún, a algo mágico o misterioso. Más bien se trata de una invocación o un llamamiento a una radical reorientación que nos aleje de nuestras habituales preocupaciones por el propio yo. Se trata de un llamamiento para centrarnos más en la amplia comunidad de seres con los que mantenemos una estrecha relación, y en un comportamiento que reconozca los intereses de los demás junto con los nuestros. Si las personas optasen más por el amor y la compasión mutua, los problemas son susceptibles de una solución espiritual.

¿Qué relación existe entre la espiritualidad y la práctica ética? Es imposible que amemos y que seamos compasivos si al mismo tiempo no sabemos dominar nuestros impulsos y deseos más perjudiciales. Establecer principios éticos vinculantes es posible siempre y cuando tomemos como punto de partida la observación de que todos deseamos la felicidad y aspiramos a evitar el sufrimiento; todos tienen derecho a tratar de alcanzar esa meta.
    Como nuestros intereses están interrelacionados de manera inextricable, nos vemos impulsados a aceptar la ética como la superficie de contacto indispensable entre mi deseo de ser feliz y el deseo de ser felices que anima a los demás.

La característica principal de la felicidad genuina es la paz, la paz interior. Esta paz está hondamente arraigada en la preocupación por los demás, e implica un alto grado de sensibilidad y sentimiento. ¿Dónde hemos de hallar la paz interior? En nuestra actitud mental básica y las acciones que emprendamos en nuestra búsqueda de la felicidad. En primer lugar, como todos nuestros actos tienen una dimensión universal, una repercusión potencial sobre la felicidad de los demás, la ética es necesaria en cuanto medio para asegurarnos de que no les causemos perjuicios. En segundo lugar, la felicidad genuina consiste en esas cualidades espirituales como son el amor, la compasión, la paciencia, la tolerancia, el perdón, la humildad, etc. estas cualidades son las que proporcionan la felicidad a nosotros y a los demás.



¿Habrá algo más sublime que aquello que aporta paz y felicidad a todos? La mera capacidad que tenemos como seres humanos de cantar las alabanzas del amor y la compasión es sin duda nuestro don más preciado. A la inversa, ni siquiera el más escéptico podría suponer que la paz puede llegarle a resultas de un comportamiento agresivo y desconsiderado, esto es, contrario a la ética. El fundamento de la conducta ética consistente en no perjudicar a los demás es nuestra capacidad de empatía innata. Y a medida que transformemos esta capacidad en amor y compasión, nuestra práctica de la ética tiende a mejorar de forma natural. Esto es algo que nos acerca a la felicidad, tanto propia como ajena.

Por tanto, lo primero será cultivar un hábito de disciplina interior. Las emociones aflictivas son del todo inservibles. Cuanto más cedamos a su empuje, menos espacio tendremos para desarrollar nuestras cualidades positivas y menos capaces seremos de resolver nuestros problemas. De hecho, resulta totalmente contrario a la lógica buscar la felicidad si no hacemos nada para controlar la ira, el rencor y los pensamientos y emociones maliciosas.



A fin de transformarnos, de cambiar nuestros hábitos y disposiciones de modo que nuestros actos sean acordes con la compasión, es necesario que desarrollemos lo que podríamos denominar una “ética de la virtud”. Esta tarea de la transformación ética, que dura la vida entera, supone convertir en un hábito la preocupación por los demás y su bienestar, es lo que nos aporta mayor alegría y satisfacción. Después, siempre será posible dar otro paso adelante, como los interrogantes fundamentales de la existencia humana, como son el porqué estamos aquí, adónde vamos, el principio del universo, etc., pero es evidente que la generosidad de corazón y la integridad de nuestros actos nos conducen a una mayor paz espiritual.


La felicidad brota de diversas causas, todas ellas relacionadas con la virtud. Si verdaderamente deseamos ser felices, no hay otro proceder que no sea el de la virtud: ése es el método para alcanzar la felicidad. Y la base de la virtud, su fundamento, es la disciplina ética. Cuando llegamos más allá de los estrechos confines del interés propio, nuestros corazones de colman de fuerza. La paz y la alegría pasan a ser nuestros compañeros inseparables; rompen toda clase de barreras y a la postre destruyen la idea de que mis intereses son independientes de los intereses de los demás. Más importante aún, en lo que a la ética se refiere, allí donde viven el amor al prójimo, el afecto, la amabilidad y la compasión, descubrimos que la conducta ética es algo automático. Las acciones éticamente íntegras surgen con toda naturalidad en el contexto de la compasión.


Dalai Lama – El arte de vivir en el nuevo milenio

jueves, 18 de septiembre de 2014

Solo la compasión conduce a la felicidad (Dalai Lama)



Estamos hechos para buscar la felicidad. Todos posemos la base para ser felices, para acceder a los estados cálidos y compasivos de la mente que aportan felicidad. Aunque nuestra naturaleza es fundamentalmente apacible y comprensiva, no es suficiente, tenemos que desarrollar una aguda conciencia de esa condición, cambiar la forma de percibirnos.
   Todos buscamos algo mejor en la vida; así pues, el movimiento primordial de nuestra vida nos encamina en pos de la felicidad. Ésta se puede alcanzar mediante el entrenamiento de nuestra mente, que incluye intelecto y sentimiento, corazón y cerebro. Al imponer una cierta disciplina interna podemos experimentar una transformación de nuestra actitud, perspectiva y enfoque de la vida.

Hablar de esta disciplina interna supone identificar aquellos factores que conducen a la felicidad y los que conducen al sufrimiento. La clave se encuentra en el estado de ánimo. Si utilizamos de forma positiva nuestras circunstancias favorables, éstas pueden transformarse en estados que contribuyen a alcanzar una vida más feliz. Cuanto mayor sea el nivel de calma de nuestra mente, tanto mayor será nuestra capacidad para disfrutar de una vida feliz.
   Cuando se carece de disciplina interna que produce la serenidad mental no importan las posesiones o condiciones externas, ya que éstas nunca proporcionarán a la persona la sensación de alegría y felicidad que busca. Pero si se posee esta cualidad interna es posible tener una vida gozosa, aunque falten las posesiones materiales que uno consideraría normalmente necesarias para alcanzar la felicidad.

Primero tenemos que aprender cómo las emociones y comportamientos negativos son nocivos y cómo son útiles las emociones positivas. Si se desea buscar la felicidad, se deberían buscar las causas que en otras ocasiones la han producido, y si no se desea el sufrimiento, debería procurarse que no vuelvan a presentarse las causas y condiciones que dieron lugar al mismo. Saberlo fortalece nuestra determinación de afrontarlas y superarlas, así como ser conscientes de los efectos beneficiosos de las emociones y comportamientos positivos.



Nuestra siguiente tarea consiste en identificar los estados mentales que experimentamos, identificarlos con claridad en función de que nos conduzcan o no a la felicidad. Por ejemplo, el odio, los celos, la cólera, son nocivos, los consideramos estados negativos de la mente porque destruyen nuestro bienestar mental. Cuando los experimentamos, todo nos parece hostil, hay más temor, una mayor inhibición e indecisión: una sensación de inseguridad.
   Por otro lado, los estados mentales como la afabilidad y la compasión son definitivamente muy positivos, muy útiles. Si tienes sentimientos de compasión y deseas ser amable, hay algo que abre automáticamente tu puerta interior, ese sentimiento de cordialidad  ayuda a abrirse a los demás.

Se descubre entonces que todos los seres humanos son como uno mismo, que podemos relacionarnos más fácilmente con ellos. Eso genera un espíritu de amistad, hay menos necesidad de ocultar las cosas y, como resultado, desaparecen los sentimientos de temor, las dudas sobre uno mismo y la inseguridad.

Alcanzar la verdadera felicidad exige producir una transformación en las perspectivas, en la forma de pensar, y eso no es tan sencillo, no podrá conseguirse rápidamente. El cambio requiere tiempo: se trata de un proceso de aprendizaje. Cada día, al levantarse, se puede desarrollar una sincera motivación positiva al pensar: “Utilizaré este día de una forma más positiva. No lo desperdiciaré”. Luego, por la noche, antes de acostarse, analizar lo que se ha hecho y preguntarse: “¿Utilicé este día como lo tenía previsto?”. Si todo se desarrolló tal como se había deseado, deberíamos alegrarnos por ello. Si alguna cosa salió mal, lamentar lo que se hizo y examinarlo críticamente.



No obstante, pueden surgir ciertos sentimientos, como cólera o apego debido a la costumbre o a muchas vidas anteriores. Al principio, la utilización de las prácticas positivas es muy débil, porque las influencias negativas siguen siendo muy poderosas. Finalmente, a medida que se intensifican las prácticas positivas, disminuyen los comportamientos negativos. Así que, en realidad, es una batalla constante dentro de nosotros.
   La práctica repetida nos permite llegar a un punto en el que los efectos negativos de una perturbación no pasan más allá del nivel superficial de nuestra mente, como las olas que agitan la superficie del océano, pero que no tienen gran efecto en las profundidades. Eso es lo que se logra mediante la práctica gradual.

Aunque puede haber agresividad, no proviene del sustrato humano fundamental, sino que es más bien el resultado del intelecto, de la inteligencia desequilibrada, del mal uso de ella, o de nuestra imaginación. En cierto modo brota cuando nos sentimos frustrados en nuestros esfuerzos por lograr amor y afecto.
  Así que, por mucha violencia que exista y a pesar de las penalidades por las que tengamos que pasar, la solución definitiva de nuestros conflictos consiste en volver a nuestra naturaleza humana básica, que es bondadosa y compasiva.

La compasión es una actitud mental basada en el deseo de que los demás se liberen de su sufrimiento. No obedece tanto a que tal o cual persona me sea querida como al reconocimiento de que todos los seres humanos desean, como yo, ser felices y superar el sufrimiento.

   Sobre la base del reconocimiento de esta igualdad, se desarrolla un sentido de afinidad, al margen de considerarlo amigo o enemigo. Tal compasión se basa en los derechos fundamentales del otro y no en nuestra proyección mental. De ese modo se genera amor y compasión, la verdadera compasión, que conduce a la felicidad.


Dalai Lama – El Arte de la Felicidad

viernes, 11 de abril de 2014

Ley del karma: Reencarnación (Dalai Lama)

La conciencia no tiene principio, y el continuo de la conciencia de una persona no tiene fin, nunca cesa.




La calidad del renacimiento en la próxima vida está determinada por la calidad de la actividad mental en la vida presente. En general, carecemos del poder de elegir el modo en que vamos a renacer; depende las fuerzas kármicas. No obstante, el período cercano al momento de la muerte ejerce gran influencia en tanto puede activar un karma entre los muchos que una persona ha acumulado anteriormente; por lo tanto, existe la oportunidad de intensificar y activar un karma virtuoso.

La propia mente de la muerte puede ser virtuosa del mismo modo que puede serlo incluso el momento mismo de la concepción. En este caso, una mente virtuosa de la muerte puede actuar como condición inmediatamente precedente, provocando una mente virtuosa de la concepción de la próxima vida. En general, aquellos que han practicado enérgicamente la virtud durante su vida experimentan una muerte fácil y apacible. Si durante la mayor parte de la vida se tiene una buena motivación, tratando sinceramente de ayudar a los demás tanto como sea posible, entonces no habrá arrepentimiento cuando llegue el último día. Cualquiera sentirá que ha hecho lo que ha podido y que ha vivido su vida de un modo significativo y fructífero. Ésta es una de las mejores protecciones para evitar el temor al acercarse el momento de la muerte.
    No obstante, las personas que dedican la mayor parte de su tiempo a engañar, defraudar e insultar a los demás, tienden a desarrollar un profundo sentimiento de culpabilidad. Puede que ni siquiera sus propios amigos conozcan sus sentimientos últimos, pero cuando llegue el último día, emergerán sus propios sentimientos de desasosiego profundamente arraigados.



Durante el proceso de la muerte, el calor del cuerpo se retira de sus partes de diferente manera según los distintos tipos de personas. En aquellas que han acumulado una gran cantidad de karma virtuoso, el calor del cuerpo comienza a retirarse desde las partes inferiores del cuerpo, mientras que en las que han acumulado una gran cantidad de karma no virtuoso, el calor se retira de las partes superiores del cuerpo. Después, paso a paso cesa la respiración externa y el calor se reúne en el corazón. 
   En el proceso de la muerte, las capacidades de los elementos para servir como bases de la conciencia disminuyen gradualmente, con lo que se dan una serie de apariencias mentales. Como signo interno, cuando la capacidad del elemento tierra se deteriora, se experimenta la sensación de ver un espejismo. Cuando lo hace el elemento agua, la lengua se seca y los ojos se hunden; tenemos la sensación de ver humo. Cuando lo hace el elemento aire, la respiración cesa y tenemos la sensación de ver una lámpara de aceite ardiendo en el espacio frente a nosotros. La conciencia permanece dentro del cuerpo mientras la clara luz de la muerte se esté manifestando. Después, simultáneamente a la cesación de la mente de la clara luz de la muerte, se separan la mente y el cuerpo. ¡Éste es el adiós final!

Siempre que se renace, existe un estado intermedio entre la vida presente y la próxima. Un ser del estado intermedio no posee un cuerpo físico burdo como el nuestro, tiene un cuerpo sutil formado por los aires internos y la mente, por lo cual el cuerpo de ese ser aparece instantáneamente allí donde el ser del estado intermedio desea ir. Según ciertos textos mántricos, el cuerpo sutil se parece al del ser en quien renacerá. Respecto a su tiempo de duración, una sola vida en él dura un máximo de siete días, al término de los cuales ocurre una pequeña muerte, y el período máximo de permanencia en esta serie de estados intermedios es de siete semanas. Se calcula la duración de un día en términos del tipo de vida en la que se renacerá. 
   ¿Qué tipo de percepciones tiene un ser en el estado intermedio? Ocurren varias apariencias favorables o desfavorables, según el karma (acciones) positivo o negativo de la persona. También puede ver a otros seres que se encuentran en su mismo nivel. Justo después de abandonar el viejo cuerpo y surgir en el estado intermedio podemos ver realmente nuestro antiguo cuerpo; sin embargo, en general no tenemos el deseo de volver a él. Durante el estado intermedio ocurren muchas apariencias distintas; por ello existen prácticas para que las personas puedan reconocer que se encuentran en dicho estado, un estado donde puede lograrse un avance en el camino (el Libro Tibetano de los Muertos las expone, la mayoría de ellas provenientes del Yoga Mantra Superior).



El ser del estado intermedio entra en conexión con un nuevo nacimiento. En general, se describen cuatro tipos de nacimiento: nacimiento espontáneo, nacimiento del vientre de una madre, nacimiento de un huevo y nacimiento por calor y humedad. El nacimiento de un ser en el estado intermedio es espontáneo. Si uno va a renacer por medio del calor y la humedad, percibe un lugar cálido y agradable al que se aferra de tal manera que genera el deseo de permanecer allí. Si debe renacer a través del vientre materno, percibe al padre y a la madre en unión sexual. Los que deben renacer como hombres se sienten atraídos por la madre y la desean; los que deben renacer como mujeres se sienten atraídos por el padre y lo desean. Con este deseo, cesa el estado intermedio y comienza el estado de nacimiento.

La cesación del estado intermedio y la concepción en el vientre materno ocurren simultáneamente. Durante el proceso de cesación del estado intermedio se experimentan varios signos, empezando con la visión de espejismos, al término de los cuales emerge la mente de la luz clara. Dado que el cuerpo del ser del estado intermedio es sutil, estos signos no se perciben con claridad y se suceden rápidamente, en tanto que, como nuestro cuerpo es burdo, los signos aparecen claros y permanecen un período de tiempo más prolongado.

Esta es la manera en que, de un modo aparentemente infinito, viajamos por la existencia cíclica. Mientras que permanezcamos en la existencia cíclica, tendremos que soportar numerosos tipos de sufrimientos distintos, que pueden resumirse en: el propio dolor, el sufrimiento del cambio y el sufrimiento del condicionamiento penetrante. Así pues, decimos que, mientras permanezcamos en la existencia cíclica, estamos atrapados en alguna forma de sufrimiento.
    Es importante tener en cuenta que estos sufrimientos se deben básicamente a nuestros propios errores del pasado. Igualmente es preferible afrontar estas pequeñas cantidades de tragedia durante la vida humana, ya que en ella disponemos de un mejor equipamiento para afrontar los problemas. Si nos ocurriera lo mismo durante un tipo de vida distinto (por ejemplo, como animal) sería más bien desconsolador. Ayudará el pensar que, por mi propia experiencia sé que tengo enfados, deseos, celos, orgullo; todo ello se encuentra en la mente. Desde un tiempo inmemorial, he permanecido demasiado acostumbrado a estas actitudes. Ahora, puesto que ciertamente las causas se encuentran en la mente, tienen que aparecer los resultados negativos. Por esta razón debo afrontar este sufrimiento. Que el sufrimiento que estoy experimentando sirva de actualización de muchos karmas negativos que he acumulado en el pasado.


También nos ayudará considerar el modo de pensar de un Bodhisattva, que busca el bienestar de los demás seres por encima de su propio beneficio, tomar el sufrimiento de los demás y darles la felicidad propia. Con ello, obtenemos una determinación interior, la de un Bodhisattva, firme como el acero. La determinación mental y el poder de la voluntad se encuentran entre los mejores métodos para superar el sufrimiento.


Dalai Lama – Hacia la Paz interior

jueves, 31 de marzo de 2011

Dalai Lama: La felicidad, camino y meta



Creo que el propósito fundamental de nuestra vida es buscar la felicidad. Tanto si se tienen creencias religiosas como si no, si se cree en talo cual religión, todos buscamos algo mejor en la vida. Así pues, creo que el movimiento primordial de nuestra vida nos encamina en pos de la felicidad.
Pero ¿acaso una vida basada en la búsqueda de la felicidad personal no es, por naturaleza, egoísta e incluso poco juiciosa? No necesariamente. De hecho, muchas investigaciones han demostrado que son las personas desdichadas las que tienden a estar más centradas en sí mismas; son a menudo retraídas, melancólicas e incluso propensas a la enemistad. Las personas felices, por el contrario, son generalmente más sociables, flexibles y creativas, más capaces de tolerar las frustraciones cotidianas y, lo que es más importante, son más cariñosas y compasivas que las personas desdichadas.

Los investigadores han realizado algunos experimentos interesantes que demuestran que las personas felices poseen una voluntad de acercamiento y ayuda con respecto a los demás. Han podido, por ejemplo, inducir un estado de ánimo alegre en un individuo organizando una situación por la que éste encontraba dinero en una cabina telefónica. Uno de los experimentadores, totalmente desconocido para el sujeto, pasaba al lado de él y simulaba un pequeño accidente dejando caer los periódicos que llevaba. Los investigadores deseaban saber si el sujeto se detendría para ayudar al extraño. En otra situación, se elevaba el estado de ánimo de los sujetos mediante la audición de una comedia musical y luego se les acercaba alguien para pedirles dinero. Los investigadores descubrieron que las personas que se sentían felices eran más amables, en contraste con un «grupo de control» de individuos a los que se les presentaba la misma oportunidad de ayudar pero cuyo estado de ánimo no había sido estimulado.

Empezamos, pues, con la premisa básica de que el propósito de nuestra vida consiste en buscar la felicidad. Es una visión de ella como un objetivo real, hacia cuya consecución podemos dar pasos positivos. Al empezar a identificar los factores que conducen a una vida más feliz, aprenderemos que la búsqueda de la felicidad produce beneficiosos, no sólo para el individuo, sino también para la familia de éste y para el conjunto de la sociedad.
Aunque es posible alcanzar la felicidad, ésta no es algo simple. Existen muchos niveles. En el budismo, por ejemplo, se hace referencia a los cuatro factores de la realización o felicidad: riqueza, satisfacción mundana, espiritualidad e iluminación. Juntos, abarcan la totalidad de las expectativas de felicidad de un individuo. Dejemos de lado por un momento las más altas aspiraciones religiosas o espirituales, como la perfección y la iluminación, y abordemos la alegría y la felicidad tal como las entendemos desde una perspectiva mundana. Dentro de este contexto, hay ciertos elementos clave que contribuyen a la alegría y la felicidad. La buena salud, por ejemplo, se considera un elemento necesario de una vida feliz. Otra fuente de felicidad son nuestras posesiones materiales o el grado de riqueza que acumulamos. Y también tener amistades o compañeros. Todos reconocemos que, para disfrutar de una vida plena, necesitamos de un círculo de amigos con los que podamos relacionarnos emocionalmente y en los que podamos confiar.

Todos estos factores son, de hecho, fuentes de felicidad. Pero para que un individuo pueda utilizarlos plenamente con el propósito de disfrutar de una vida feliz y realizada, la clave se encuentra en el estado de ánimo. Es lo esencial.
Si utilizamos de forma positiva nuestras circunstancias favorables, como la riqueza o la buena salud, éstas pueden transformarse en factores que contribuyan a alcanzar una vida mas feliz. Y, naturalmente, disfrutamos de nuestras posesiones materiales, éxito, etcétera. Pero sin la actitud mental correcta, sin atención a ese factor, esas cosas tienen muy poco impacto sobre nuestros sentimientos a largo plazo. Si, por ejemplo, se abrigan sentimientos de odio o de intensa cólera se quebranta la salud, destruyendo así una de las circunstancias favorables. Cuando uno se siente infeliz o frustrado, el bienestar físico no sirve de mucha ayuda. Por otro lado, si se logra mantener un estado mental sereno y pacífico, se puede ser una persona feliz aunque se tenga una salud deficiente. Aun teniendo posesiones maravillosas, en un momento intenso de cólera o de odio nos gustaría tirarlo todo por la borda, romperlo todo. En ese momento, las posesiones no significan nada. En la actualidad hay sociedades materialmente muy desarrolladas en las que mucha gente no se siente feliz.

El primer paso en la búsqueda de la felicidad es aprender. Primero tenemos que aprender cómo las emociones y los comportamientos negativos son nocivos y cómo son útiles las emociones positivas. Tenemos que darnos cuenta de que dichas emociones no sólo son malas para cada uno de nosotros, personalmente, sino también para la sociedad y el futuro del mundo. Saberlo fortalece nuestra determinación de afrontarlas y superarlas. Por otra parte, debemos ser conscientes de los efectos beneficiosos de las emociones y comportamientos positivos; ello nos llevará a cultivar, desarrollar y aumentar esas emociones, por difícil que sea: tenemos una fuerza interior espontánea. A través de este proceso de aprendizaje, del análisis de pensamientos y emociones, desarrollamos gradualmente la firme determinación de cambiar, con la certidumbre de que tenemos en nuestras manos el secreto de nuestra felicidad, de nuestro futuro, y de que no debemos desperdiciarlo.

Es posible que no tengamos una inclinación natural a realizar actos sanos, que tengamos que ser conscientemente entrenados para realizarlos. Esto es así, particularmente en la sociedad moderna, porque hay una tendencia a aceptar que todo lo referido a actos sanos e insanos (qué debemos y qué no debemos hacer) pertenece al ámbito de la religión. Tradicionalmente, se ha considerado responsabilidad de la religión el prescribir qué comportamientos son sanos y cuáles no. En la sociedad actual, sin embargo, la religión ha perdido mucho de su prestigio e influencia. Y, al mismo tiempo, no ha surgido algo que pueda sustituirla, algo como por ejemplo una ética laica. Así pues, parece que se presta menos atención a la necesidad de llevar una vida saludable. Debido a ello, creo que necesitamos realizar un esfuerzo para tener acceso a esa clase de conocimiento. Por ejemplo, aunque creo que nuestra naturaleza es fundamentalmente apacible y compasiva, no es suficiente: tenemos que desarrollar una aguda conciencia de esa condición. Cambiar nuestra forma de percibirnos, a través del aprendizaje y la comprensión, puede ejercer una influencia poderosa en nuestra relación con los demás y en la conducción de nuestras vidas.

Estamos hechos para buscar la felicidad. Y está claro que los sentimientos de amor, afecto, intimidad y compasión traen consigo la felicidad. Estoy convencido de que todos poseemos la base para ser felices, para acceder a esos estados cálidos y compasivos de la mente que aportan felicidad. De hecho, una de mis convicciones fundamentales es que no sólo poseemos el potencial necesario para la compasión, sino que la naturaleza básica o fundamental de los seres humanos es la benevolencia.
En cuanto estimulas la actitud compasiva en tu mente, en cuanto se hace activa, tu actitud hacia los demás cambia automáticamente. Si te acercas a los demás con disposición compasiva, reducirás tus temores, lo que te permitirá una mayor apertura. Creas un ambiente positivo y amistoso. Con esa actitud abres la posibilidad de recibir afecto o de obtener una respuesta positiva de la otra persona. Y, aunque el otro no se muestre afable o no responda de una forma positiva, al menos te habrás aproximado a él con una actitud abierta, que te proporciona flexibilidad y libertad para cambiar tu enfoque cuando sea necesario. Esa clase de apertura facilita al menos la posibilidad de tener una conversación significativa con el otro. Pero sin esa actitud de compasión, si estás cerrado, irritado o indiferente, te sentirás incómodo aunque seas abordado por tu mejor amigo.

Hablé sobre los factores necesarios para disfrutar de una vida feliz y gozosa, como la buena salud, los bienes materiales, los amigos, etcétera. Y todos ellos dependen de nuestros semejantes. Para mantener una buena salud se necesitan los medicamentos fabricados por otros y servicios de atención sanitaria ofrecidos por otros. Si examinan todas las cosas que les proporcionan bienestar, descubrirán que no existe ningún objeto que no tenga conexión con otras personas. Si lo piensan cuidadosamente, verán que en la fabricación de esos objetos intervienen muchas personas, ya sea directa o indirectamente. No hace falta decir que cuando hablamos de buenos amigos y compañeros como otro factor necesario para llevar una vida feliz, hablamos de interacción con otros seres sensibles, con otros seres humanos.

Como pueden ver, todos esos factores se hallan inextricablemente unidos con los esfuerzos y la cooperación de otras personas. Los otros seres son indispensables. Así que, a pesar de que el proceso de relacionarse con los demás suponga a veces momentos difíciles, disputas, debemos intentar mantener una actitud de amistad y cordialidad, de modo que la interacción con ellos nos proporcione una vida feliz.

Creo que la empatía es importante, no sólo como medio para aumentar la compasión, sino que en términos generales, al tratar con los demás cuando están en dificultades, resulta extremadamente útil para situarse en el lugar del otro y ver cómo reaccionaría uno ante la situación. Aunque no se tengan experiencias comunes con la otra persona o su estilo de vida sea muy diferente, siempre puede intentarse con la imaginación. Quizá haya que ser algo creativo. Esta técnica supone la capacidad para suspender temporalmente el propio punto de vista y buscar la perspectiva de la otra persona, imaginar cuál sería la situación si uno estuviera en su lugar, y cómo la afrontaría. Eso ayuda a desarrollar una conciencia de los sentimientos del otro y a respetar dichos sentimientos, algo importante para reducir los conflictos y problemas con los demás.

Conviene dejar claro que también se puede tener una relación buena y saludable que incluya la atracción sexual. Parece ser, por tanto, que existen dos clases de relación basadas en la atracción sexual. Una de ellas obedece al puro deseo sexual. En ese caso, la motivación o el impulso que hay tras el vínculo es realmente la satisfacción temporal, la gratificación inmediata. Los individuos se relacionan entre si no tanto como personas, sino más bien como objetos. Ese vínculo no es muy sano, porque sin ningún componente de respeto mutuo termina por convertirse casi en prostitución, como una casa construida sobre cimientos de hielo: el edificio se desploma en cuanto se funde el hielo.
No obstante, hay relaciones en que la atracción sexual, si bien es poderosa, no es fundamental. Existe un aprecio de valores relacionados con la cordialidad. Estas relaciones son, por lo general, más duraderas y fiables. y para establecer una relación semejante es preciso dedicar tiempo suficiente a conocer las características del otro.

La compasión puede definirse como un estado mental que no es violento, no causa daño y no es agresivo. Se trata de una actitud mental basada en el deseo de que los demás se liberen de su sufrimiento, y está asociada con un sentido del compromiso, la responsabilidad y el respeto a los demás. En la definición de compasión, la palabra denota también un estado mental que implica el deseo de cosas buenas para uno mismo. Para desarrollar el sentimiento de compasión, puede empezarse por el deseo de liberarse uno mismo del sufrimiento, para luego cultivarlo, incrementarlo y dirigirlo hacia los demás.

Existe una compasión libre de tal apego. Ésa es la verdadera compasión. No obedece tanto a que tal o cual persona me sea querida como al reconocimiento de que todos los seres humanos desean, como yo, ser felices y superar el sufrimiento, y también tienen el derecho natural de satisfacer esta aspiración fundamental. Sobre la base del reconocimiento de esta igualdad, se desarrolla un sentido de afinidad. Tomando eso como fundamento, se puede sentir compasión por el otro, al margen de considerarlo amigo o enemigo. Tal compasión se basa en los derechos fundamentales del otro y no en nuestra proyección mental. De ese modo, se genera amor y compasión, la verdadera compasión.
Al generar compasión, se empieza por reconocer que no se desea el sufrimiento y que se tiene el derecho a alcanzar la felicidad. Eso es algo que puede verificarse con facilidad. Se reconoce luego que las demás personas, como uno mismo, no desean sufrir y tienen derecho a alcanzar la felicidad. Eso se convierte en la base para empezar a generar compasión.

Al aceptar que el sufrimiento forma parte de nuestra existencia se pueden empezar a examinar los factores que normalmente dan lugar a sentimientos de insatisfacción e infelicidad. En términos generales, por ejemplo, te sientes feliz si tú o personas cercanas a ti reciben alabanzas, consiguen fama, fortuna y otras cosas agradables. Y uno se siente desdichado y descontento si no se tienen esas cosas o si las alcanza un enemigo. Sin embargo, al considerar tu vida cotidiana, descubres a menudo que son muchos los factores que causan dolor, sufrimiento y sentimientos de insatisfacción, mientras que las situaciones que dan lugar a la alegría y la felicidad son comparativamente raras. Eso es algo por lo que tenemos que pasar, tanto si nos gusta como si no, y puesto que ésta es la realidad de nuestra existencia, es posible que haya que modificar nuestra actitud hacia el sufrimiento. Esa actitud es muy importante porque determinará nuestra forma de afrontar el sufrimiento cuando llegue. Ahora bien, la actitud habitual consiste en una aversión e intolerancia intensas hacia nuestro dolor. Sin embargo, si pudiéramos adoptar una actitud que nos permitiera una mayor tolerancia, eso contribuiría mucho a contrarrestar los sentimientos de infelicidad, de insatisfacción y de descontento.

Existe la posibilidad de liberarnos del sufrimiento. Al eliminar sus causas, es posible liberarse de él. Según el pensamiento budista, las causas profundas del sufrimiento son la ignorancia, el anhelo y el odio, a las que se llama "los tres venenos de la mente". Estos términos tienen connotaciones específicas utilizados en un contexto budista. "Ignorancia", por ejemplo, no se refiere a la falta de información, sino más bien a una falsa percepción de la verdadera naturaleza del ser y de todos los fenómenos. Al generar una percepción de la verdadera naturaleza de la realidad y eliminar los estados negativos de la mente como el anhelo y el odio, se puede alcanzar un estado completamente purificado de la mente, libre del sufrimiento. En un contexto budista, al reflexionar sobre el hecho de que el sufrimiento caracteriza la existencia cotidiana, nos estimulamos a realizar prácticas que eliminarán sus causas profundas. De otro modo, si no hubiera esperanza o posibilidad de liberarnos del sufrimiento, la simple reflexión sobre el mismo sería enfermiza y, por tanto, bastante negativa.

A menudo también incrementamos nuestro dolor con una sensibilidad excesiva, al reaccionar con exageración ante cosas nimias. Tendemos a tomarnos las cosas pequeñas demasiado seriamente, a sacarlas de quicio mientras por otro lado seguimos indiferentes a cosas realmente importantes, a aquellas que tienen efectos profundas sobre nuestras vidas y consecuencias sobre ellas a largo plazo. »Así pues, creo que en buena medida el sufrimiento depende de cómo se responda ante una situación dada. Por ejemplo, descubrimos que alguien habla mal de nosotros a nuestras espaldas. Si se reacciona ante este conocimiento, ante esta negatividad, con un sentimiento de cólera o de dolor, es uno mismo el que destruye su propia paz mental. El dolor no es sino una creación personal. Por otro lado, si uno se contiene y evita reaccionar de manera negativa y deja pasar la difamación como un viento silencioso al que no se hace caso, se está protegiendo de sentirse herido, de esa sensación de agonía. Así pues, y aunque no siempre se puedan evitar las situaciones difíciles, sí se pue¬de modificar la extensión del propio sufrimiento.

A menudo, cuando surgen los problemas, nuestra perspectiva se estrecha. Quizá tengamos concentrada toda nuestra atención en preocuparnos por el problema y abriguemos la sensación de que únicamente nosotros pasamos por tales dificultades. Eso puede conducir a una especie de ensimismamiento que hace que el problema parezca muy grave. Cuando sucede eso, creo que puede ayudar mucho el ver las cosas desde una perspectiva más amplia, dándonos cuenta, por ejemplo, de que hay muchas personas que han pasado por experiencias similares e incluso peores. Este cambio de perspectiva puede ser muy útil incluso en ciertas enfermedades o cuando se sufre. Claro que cuando aparece el dolor resulta muy difícil practicar la meditación para serenar la mente. Pero si se hacen comparaciones, si se ve la situación desde una perspectiva diferente, algo ocurre. Si sólo se observa el acontecimiento, en cambio, éste parece cada vez más y más importante. Si se fija la atención intensamente en un problema, éste termina por parecer incontrolable. Pero si se compara con otro de mayor envergadura, entonces parece más pequeño y menos abrumador.
el enemigo es el elemento necesario para practicar la paciencia. Sin su oposición no pueden surgir la paciencia o la tolerancia. Normalmente, nuestros amigos no nos ponen a prueba ni nos ofrecen la oportunidad de cultivar la paciencia; eso es algo que sólo hacen nuestros enemigos.

Así que, desde este punto de vista, podemos considerar a nuestro enemigo un gran maestro, y reverenciado incluso por habernos proporcionado esa preciosa oportunidad.
Es ahora cuando deberíamos fortalecer la paz. La verdadera paz, no sólo la simple ausencia de guerra. Porque una simple ausencia de guerra no es una verdadera paz mundial. La paz tiene que basarse en la confianza mutua. Y puesto que las armas constituyen el mayor obstáculo para el desarrollo de la confianza mutua, creo que ha llegado el momento de pensar cómo podríamos librarnos de ellas. Es muy importante. Claro que no se puede Conseguir de la noche a la mañana. Lo más realista sería avanzar paso a paso. Pero, en todo caso, deberíamos tener muy claro cuál es nues¬tro objetivo final: que todo el mundo quede desmilitarizado. Por tanto debemos trabajar para desarrollar paz interior y al mismo tiempo trabajar por el desarme externo y la paz tanto como podamos. Ésa es nuestra responsabilidad.


Creo que hay una muy estrecha conexión entre humildad y paciencia. La humildad supone que, teniendo capacidad para adoptar una postura de mayor enfrentamiento, de tomar represalias si se desea, se decida deliberadamente no hacerlo. Eso es lo que consideraría verdadera humildad. Creo que la verdadera tolerancia o paciencia tiene un componente de autodisciplina y control; darse cuenta de que se podría haber actuado de otro modo, de que se podría haber adoptado una actitud más agresiva, pero se decidió no hacerlo. Por otro lado, verse obligado a una respuesta pasiva porque se tiene un sentimiento de impotencia o incapacidad, no puede ser considerado una verdadera humildad; en todo caso, una cierta mansedumbre, pero no es ver¬dadera tolerancia.
»Al decir que debemos aprender tolerancia hacia quienes nos hacen daño, no hay que malinterpretarlo como que deberíamos aceptar mansamente lo que hayan hecho contra nosotros.

Uno de los métodos que personalmente me parecen útiles para reducir esa clase de preocupación consiste en cultivar el siguiente pensamiento: si la situación o problema puede remediarse, no hay necesidad de preocuparse. En otras palabras, si existe una solución o una forma de salir de la dificultad, no habría necesidad de sentirse abrumado por ella. La acción apropiada, por tanto, es la de buscar su solución. Es más sensato dedicar la energía a concentrarse en la solución que preocuparse por el problema. Por otro lado, si no hay forma de encontrar una solución, si no hay posibilidad de resolverla, tampoco sirve de nada preocuparnos por ella, puesto que, de todos modos, tampoco podemos hacer nada. En tal caso, cuanto antes se acepte ese hecho, tanto más fáciles serán las cosas. Esta fórmula, claro está, supone abordar directamente el problema. De otro modo, no podremos descubrir si hay una solución o no.

La motivación adecuada es una especie de protectora contra estos sentimientos de temor y ansiedad. Por eso es tan importante la motivación. De hecho, todas las acciones humanas pueden verse en términos de movimiento y lo que se mueve por detrás de todas las acciones es lo que las impulsa. Si se desarrolla una motivación pura y sincera, si se está motivado por el deseo de ayudar, sobre la base de la amabilidad, la compasión y el respeto, se puede desarrollar cualquier trabajo en cualquier ámbito y funcionar con mayor efectividad, con menor miedo o preocupación, sin temor a lo que digan los demás o si al final se tiene éxito y se puede alcanzar el objetivo. Aunque no logres alcanzar tu objetivo, puedes sentirte bien con el simple hecho de haber realizado el esfuerzo.
Pero si tienes una mala motivación, aunque la gente te alabe o alcances los objetivos que te habías propuesto, no te sentirás feliz.
Al establecer la distinción entre engreimiento y seguridad en uno mismo, cabría pensar en términos de las consecuencias de la propia actitud; generalmente, el engreimiento y la arrogancia tienen consecuencias negativas, mientras que una sana seguridad en uno mismo tiene consecuencias positivas. Así pues, cuando hablamos de "seguridad en sí mismo", tenemos que examinar el sentido subyacente del "sí mismo". Creo que se pueden establecer dos tipos. Un sentido del yo mismo o "ego" se preocupa únicamente por la realización del propio interés, de los deseos egoístas, con un completo desinterés hacia el bienestar de los demás. El otro tipo de ego o sentido de uno mismo se basa en una verdadera preocupación por los demás y el deseo de rendirles un servicio. Para realizar ese deseo de servir hay que tener un fuerte sentido y una gran seguridad en uno mismo. Esa clase de seguridad es la que tiene consecuencias positivas.