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lunes, 24 de julio de 2017

Un Mundo Infeliz (Aldous Huxley)



En la actualidad (finales de los años 50) nos hallamos en la primera fase de lo que quizá sea la penúltima revolución. Su próxima fase puede ser la bomba atómica, en cuyo caso no vale la pena de que nos preocupemos por las profecías sobre el futuro. Pero cabe en lo posible que tengamos la cordura suficiente, si no para dejar de luchar unos contra otros, al menos para comportarnos tan racionalmente como lo hicieron nuestros antepasados del Siglo XVIII. Suponiendo que seamos capaces de aprender, podemos esperar un periodo, no de paz, ciertamente, pero sí de guerra limitada y solo parcialmente ruinosa. Durante este periodo cabe suponer que la energía nuclear estará sujeta al yugo de los usos industriales.

El resultado de ello será, evidentísimamente, una serie de cambios económicos y sociales sin precedentes en cuanto a su rapidez y radicalismo. Todas las formas de vida humana actuales estarán periclitadas, y será preciso improvisar otras nuevas formas adecuadas al hecho –no humano– de la energía atómica. El científico nuclear preparará el lecho en el cual deberá yacer la Humanidad, y si la Humanidad no se adapta al mismo…, bueno, será una pena para la Humanidad. Habrá que forcejear un poco y practicar alguna amputación, la misma clase de forcejeos y amputaciones que se están produciendo desde que la ciencia aplicada se lanzó a la carrera; solo que esta vez serán mucho más drásticas que en el pasado.
    Estas operaciones, lejos de ser indoloras, serán dirigidas por gobiernos totalitarios sumamente centralizados; porque el futuro inmediato es probable que se parezca al pasado inmediato, y en el pasado inmediato los rápidos cambios tecnológicos, que se produjeron en una economía de producción masiva y entre una población predominantemente no propietaria, han tendido siempre a producir un confusionismo social y económico. Para luchar contra la confusión el poder ha sido centralizado y se han incrementado las prerrogativas del gobierno. Es probable que todos los gobiernos del mundo sean más o menos enteramente totalitarios, aun antes de que se logre domesticar la energía atómica; y parece casi seguro que lo serán durante el proceso de domesticación de dicha energía y después del mismo.



Desde luego, no hay razón alguna para que el nuevo totalitarismo se parezca al antiguo, que se ha comprobado que es ineficaz. Un estado totalitario realmente eficaz sería aquel en el cual los jefes políticos todopoderosos y su ejército de colaboradores pudieran gobernar una población de esclavos sobre los cuales no fuera necesario ejercer coerción alguna por cuanto amarían su servidumbre. Inducidos a amarla es la tarea asignada en los actuales estados totalitarios a los Ministerios de Propaganda, los directores de los periódicos y los maestros de escuela. Pero sus métodos todavía son toscos y acientíficos. Los mayores triunfos  de la propaganda se han logrado, no haciendo algo, sino impidiendo que algo se haga. Grande es la verdad, pero más grande todavía, desde un punto de vista práctico, el silencio sobre la verdad. Por el simple procedimiento de no mencionar ciertos temas, la propaganda totalitarista ha influido en la opinión de manera mucho más eficaz de lo que hubiese conseguido mediante las más elocuentes denuncias y las más convincentes refutaciones lógicas. Pero el silencio no basta. Si se quiere evitar la persecución, la liquidación y otros síntomas de fricción social, es preciso que los aspectos positivos de la propaganda sean tan eficaces como los negativos.



Los más importantes Proyectos Manhattan del futuro serán vastas encuestas, patrocinadas por los gobiernos, sobre lo que los políticos y los científicos llamarán el problema de la felicidad; en otras palabras, el problema de lograr que la gente ame su servidumbre. Sin seguridad económica, el amor a la servidumbre no puede llegar a existir. Pero la seguridad tiende muy rápidamente a darse por sentada. Para llevar a cabo esta revolución, necesitamos, entre otras cosas, los siguientes descubrimientos e inventos.

En primer lugar, una técnica mucho más avanzada de la sugestión, mediante el condicionamiento de los infantes y, más adelante, con la ayuda de drogas como la escopolamina. En segundo lugar, una ciencia, plenamente desarrollada de las diferencias humanas que permita a los dirigentes gubernamentales destinar a cada individuo dado a su adecuado lugar en la jerarquía social y económica. En tercer lugar (puesto que la realidad, por utópica que sea, es algo de lo cual la gente siente la necesidad de tomarse frecuentes vacaciones) un sustitutivo para el alcohol y los demás narcóticos, algo que sea al mismo tiempo menos dañino y más placentero que la ginebra o la heroína. Y finalmente (aunque este será un proyecto a largo plazo, que exigiría generaciones de dominio totalitario para llegar a una conclusión satisfactoria) un sistema de eugenesia a prueba de tontos, destinada a estandarizar el producto humano y a facilitar así la tarea de los dirigentes.

En colaboración con la libertad de soñar despiertos bajo la influencia de los narcóticos, del cine y de la radio, la libertad sexual ayudará a reconciliar a sus súbditos con la servidumbre que es su destino.




Ciertamente, a menos que nos decidamos a descentralizar y emplear la ciencia aplicada, no como un fin para el cual los seres humanos deben ser tenidos como medios, sino como el medio para producir una raza de individuos libres, solo podemos elegir entre dos alternativas: o cierto número de totalitarismos nacionales, militarizados, que tendrán sus raíces en el temor que suscita la bomba atómica y, en consecuencia, la destrucción de la civilización, o bien un solo totalitarismo supranacional cuya existencia sería provocada por el caos social que resultara del rápido progreso tecnológico en general y la revolución atómica en particular, que se desarrollaría, a causa de la necesidad de eficiencia y estabilidad, hasta convertirse en la benéfica tiranía de la utopía. Usted es quien paga con su dinero, y puede elegir a su gusto.


Aldous Huxley – Un Mundo Feliz (Brave New World)

miércoles, 5 de julio de 2017

El reciente incendio de Moguer y el Parque Natural de Doñana. Una catástrofe provocada



¿Podrían buscarse las causas del incendio en el interés de ciertas industrias especializadas en biomasa de disponer de ingentes cantidades de madera de pino?

Al día de hoy quedan pocas dudas de que todo obedece a un complot cuidadosamente diseñado para que el incendio afectara el mayor número de hectáreas posible. Se espera a un día propicio con altas temperaturas, con fuerte viento de componente Norte que empujara sin piedad las llamas desde la zona de Moguer hacia todo el Parque Natural. Un sábado por la tarde, cuando hay muchos efectivos de descanso, alrededor de las ocho y media, para que cuando cobre intensidad inunde la noche y las avionetas no puedan actuar. A un buen número de bomberos preocupados por la situación y dispuestos a actuar se les asegura que “no hace falta”, que “ya se les llamará”. No se les dejó actuar:






Yo estaba entonces en la playa, a la altura del camping de Mazagón, y observé atónito la columna de humo cómo se iba extendiendo. Lo primero que pensé es que era tan evidente que no tardarían en ponerse en marcha todos los medios disponibles: estaba en peligro el Parque Natural; ni me imaginé el alcance que tendría después. Cuando la nube de humo, a eso de las 10 de la tarde-noche, empezaba a inundar toda la playa, observé una avioneta que pasaba muy bajo, pero no me pareció dirigirse hacia el fuego, sino más bien hacia Huelva. Un poco más tarde, unos vecinos comentaban que en solo tres horas el frente del incendio había avanzado siete kilómetros. ¿Cómo podía ser?

A eso de las doce intentaba dormir, pero el humo se hacía cada vez más insoportable. Entonces, empezamos a escuchar gritos de socorro, madres llamando a sus hijos presas del pánico, un revuelo generalizado, todo el mundo bajando precipitadamente a la playa… la montaña ardía como el mismo infierno.

Tras este incendio tan devastador que ha afectado a unas 8.500, has. de pino y matorral, uno se pregunta sobre todo quién puede salir beneficiado de todo ello. Inmediatamente varias posibles causas se transmitieron a la opinión pública. En primer lugar, la mano de un pirómano, cómoda opción que hace recaer las culpas en un loco anónimo. Después, se sospecha en una negligencia, como la que pudo resultar de un descuido de una empresa de carbón vegetal. También se habló del interés de Gas Natural en lograr la recalificación del suelo necesario para llevar a cabo sin trabas su proyecto “Marismas” para almacenar gas en el subsuelo; varias objeciones legales lo dificultan, aparte de que el emplazamiento previsto no ha sido dañado por el fuego. Pero resulta que, por algunos medios y testigos, se filtra el dato de que el incendio comienza en tres focos distintos; un dato revelador.

Puede que esas “causas” solo hayan servido para desviar la atención de los verdaderos responsables y que obedezcan a intereses económicos de alto nivel. Ya sabemos que, desgraciadamente, nuestro materialismo económico desprecia generalmente la riqueza medioambiental y el medio natural, aunque sus actuaciones suelen enmascararse con un falso halo benéfico de proteccionismo.

Tras el cierre hace algunos años de la fábrica de celulosa de San Juan del Puerto, con la consiguiente pérdida de 2.500 puestos de trabajo, originada por su falta de competitividad y la legislación que impide la siembra de eucaliptos, ciertas empresas se han orientado a la producción de biomasa, un combustible cuya fabricación es poco o nada contaminante y deja un pequeño nivel de residuos. La obtención de biomasa a gran escala tiene un futuro muy halagüeño, pues puede contrarrestar nuestra dependencia del petróleo y el carbón. Su conversión en pellets la convierte en el combustible ideal para todo tipo de calderas, pero el interés principal se centra en su poder para generar energía eléctrica. Un negocio redondo, si se dispone de la cantidad necesaria de la materia base. Este vídeo es muy ilustrativo:





Ya lo vemos, ¿cuál es la materia prima ideal para producir la biomasa? Precisamente, entre otras, la madera de pino que, “casualmente”, tras este incendio, estará disponible en grandes cantidades a un precio casi nulo, apenas la tala de los árboles afectados y su transporte a factorías cercanas. No obstante y, paralelamente, como para darle un apoyo científico al asunto, se están realizando estudios con ciertas especies vegetales que den el máximo rendimiento posible. La ardua tarea está en reconocerlas, disponer de cientos o miles de has. para su cultivo y la paciencia necesaria para esperar su crecimiento. No es la paciencia la principal virtud del liberalismo económico que nos envuelve. Todo ello puede haberse superado de un plumazo.

La hipótesis de una catástrofe provocada para la obtención de biomasa parece tan razonable que uno se pregunta cómo los responsables políticos y los medios de comunicación no la han barajado desde el principio. A menos, claro está, que compartan múltiples intereses. A poco que uno investigue y busque, las coincidencias son demasiado sospechosas y las piezas del puzzle encajan demasiado bien. Y si ello es así, no sabremos qué pensar del papel que juega en todo ello tanto el Ministerio de Agricultura, La Junta de Andalucía como los propios Ayuntamientos afectados. No en vano, hace pocos meses se adjudicó una importante subvención para acelerar los trabajos de una nueva planta de biomasa en el entorno de Huelva. Con las tres plantas en funcionamiento se espera generar unos 140 Mw.

Espero que esta posibilidad aquí esbozada sirva para que otros con más medios y conocimientos la profundicen. Espero estar equivocado, pero si dentro de unos meses observamos un trasiego constante de camiones transportando troncos de pino chamuscados, fijémonos adónde van.
Si se confirmase rotundamente (no lo creo) que el incendio ha devenido por causas habituales, como la negligencia, ya no podemos hacer nada sino exigir la mejora de los planes de prevención, la limpieza de montes y el marco legal. Si ha sido obra de un pirómano menos aún, porque el número de trastornados parece que va en aumento. Pero si la causa se asemeja a lo descrito o a otros oscuros intereses políticos y económicos, la cara que se nos va a quedar es la de haber sido engañados una vez más por los titiriteros del poder, los que deciden a nuestras espaldas.



Entonces, otra vez, deberíamos cuestionarnos muy en serio la validez global de nuestro sistema social, de la democracia y del canibalismo del modelo económico, como incapaces de ofrecer una ética saludable y sí un negro futuro.

lunes, 8 de mayo de 2017

Hay un país en España que ya no es (Sergio del Molino)


Los humanos no sabemos vivir fuera de nuestro grupo. Es una ventaja evolutiva por la que hemos pagado un precio muy alto en guerras y matanzas. En las sociedades urbanas y complejas la tribu es cada vez menos reconocida, nos cuesta encontrar a los nuestros. ¿Quiénes son? ¿Los compatriotas? Demasiado diversos. Tengo mucho más en común con un escritor treintañero de Melbourne que con mi vecino. ¿Nuestros compañeros de trabajo? Difícil, aunque la clase obrera ha sido una de las tribus más exitosas de los últimos cien años. ¿Los de mi sexo, los que hablan mi lengua, los de mi religión, la gente de mi edad, los que están en mi tramo de renta, los de mi tendencia sexual, los que tienen hijos, los que no los tienen? Vivimos en sociedades tan complejas que han sustituido las lealtades tribales por afinidades cambiantes y sutiles que vienen a ser sucedáneos de tribu.
    Estos sucedáneos tienen dos ventajas: no nos obligan a ir a la guerra contra la tribu vecina y son, en buena medida electivos. Muchas de estas afinidades tienen que ver con gustos adquiridos, como el equipo de fútbol o la música. Esa riqueza y mutación solo es posible en las ciudades; cuanto más grande es la ciudad en que se vive, más posibilidades hay de tejer afinidades en muchas más direcciones y niveles.




Hay dos Españas. Hay una España urbana y europea, y una España interior y despoblada, que he llamado España vacía. La comunicación entre ambas ha sido y es difícil. A menudo, parecen países extranjeros el uno del otro. Y, sin embargo. La España urbana no se entiende sin la vacía. Los fantasmas de la segunda están en las casas de la primera.

Toda civilización es, por necesidad, urbana, pero cada una tiene formas distintas de integrar o de ignorar ese espacio en blanco que hay entre ciudades, y la forma que elige depende mucho de cuánta gente y de qué tipo vive en ese espacio en blanco. En la España peninsular siempre han sido muy pocos y muy pobres, desperdigados por una meseta de clima hostil, y esta circunstancia tan básica ha marcado una historia de crueldad y desprecio que influye fuertemente en el país tal y como es hoy. El mundo actual es urbano, no solo en términos demográficos y de geografía política, sino en su concepto.

España ha sido un país eminentemente rural hasta bien entrado el siglo XX. Aún hoy más de la mitad de su territorio es rural, aunque el 80% de la población viva en ciudades. El Gran trauma consiste en que el país se urbanizó en un instante. En menos de veinte años, las ciudades duplicaron y triplicaron su tamaño, mientras vastísimas extensiones del interior se terminaron de vaciar y entraron en el declive rural. Entre 1950 y 1970 se produjo el éxodo. Las capitales se colapsaron y los constructores no dieron abasto para levantar bloques de casas baratas en las periferias, que se llenaron de chabolas. En muy poco tiempo, el campo quedó abandonado. Miles de aldeas desaparecieron y otras miles quedaron como residencia de ancianos, sin ninguna actividad económica y sin los servicios más elementales. El paisaje que ha pintado ese Gran Trauma define el país y ha dejado una huella enorme en sus habitantes. Hay una España vacía en la que vive un puñado de españoles, pero hay otra España vacía que vive en la mente y la memoria de millones de españoles.




Todas las tensiones entre lo urbano y lo rural se han sufrido en España con un dramatismo raro y exótico, pero, sobre todo, hay una forma de mirar y de mirarse a sí mismos que es difícil de comprender en otros contextos geográficos. Un odio. Un autoodio.

El mito de Babel persiste: narra la historia de cómo los humanos se corrompieron al construir ciudades. La ciudad es lo falso, lo contaminado, lo pecaminoso, la muerte. El campo es lo verdadero, lo puro, lo virtuoso, la vida. Lo curioso es que, con el tiempo, los españoles han invertido los términos; hay una corriente de fondo que observa el campo como un espacio salvaje. La civilización frente a la barbarie; otro mito, éste más reciente y asociado a la expansión de las ideas liberales y progresistas.

Cuando se instituyeron las Comunidades Autónomas hubo discusiones agrias sobre la capitalidad de algunas. Los nacionalistas locales consideraban que la ciudad más grande, la que tradicionalmente había sido la capital, no representaba la esencia de la región. Su crecimiento urbano la había desarraigado, tenía demasiada mezcla y poco sabor vernáculo. En general, esas comunidades escogieron ciudades secundarias con valor histórico. Al final, la España vacía es eso, un frasco de esencias. Aunque esté casi vacío, conserva perfumes porque se ha cerrado muy bien.




En total, la España vacía ocupa un 53% del territorio y viven el 15% de la población. El abismo que separa la España llena de la España vacía es demasiado grande. Probablemente no se borre nunca. Conforme pasa el tiempo y los españoles se alejan más y más de sus orígenes rurales, las mitologías familiares que componen esa España vacía metal también se diluyen. En parte se hacen más fuertes, porque los mitos son más mitos cuanto más brumosa es su narrativa. A medida que se pierden fechas, nombres y referencias concretas, se gana en sugestión y en capacidad para amarrar nuevas identidades, pero también va a persistir el estigma o las huellas del Gran Trauma. Son demasiado siglos de mirar al campo con una misma crueldad.

La recreación consciente y sofisticada de la mitología de la España vacía, la construcción de identidades originales desde la ciudad con una mirada a los mitos heredados, que se reconstruyen y se reinventan con una libertad enorme, es el estadio último de la descomposición de un país, una forma sutil y casi invisible de levantar una patria imaginaria. Todas las patrias lo son, pero se imaginan sobre batallas, reyes y revoluciones. Esta nueva patria se levanta, en cambio, sobre silencios, carraspeos y álbumes de familia. Más que una patria es un aire. Y creo que es lo más parecido a un patriotismo eficaz que ha vivido España en siglos.




La España vacía, vacía sin remedio, imposible ya de llenar, se ha vuelto presencia en la España urbana. Tantas cosas remiten a sus huecos. Distorsionamos los recuerdos para mantenerlos vivos y legarlos a nuestros hijos.
    Hay un país en España que ya no es, pero a veces parece más fuerte y más sólido que el país que es, tan negado a sí mismo, tan arrugado en sus propias vergüenzas, tan asediado por las otras patrias que se levantan orgullosas.

Ahora que algunas formas de patriotismo renacen y que el país parece que va a cambiar de nuevo con brusquedad, tomar conciencia de la forma casi augusta en la que hemos tomado café en nuestra calle ruidosa puede ayudarnos a decidir si queremos de verdad vender nuestro piso y marcharnos.


Es muy difícil que la despoblación se corrija, como difícil es que aparezca en el orden del día de la discusión pública, pero si algunos toman conciencia de lo peculiar que es España y escuchan los ruidos que llegan desde el yermo, tal vez seamos capaces de imaginar una convivencia que tenga en cuenta las rarezas demográficas y sentimentales de este trozo de tierra al sur de Europa. Hemos sabido romper la inercia de la crueldad y el desprecio de los siglos. Nos falta darnos cuenta y hacer algo con esa conciencia.


Sergio del Molino. La España vacía. Viaje por un país que nunca fue.

jueves, 9 de marzo de 2017

Solo lo humano es eternamente castizo (Miguel de Unamuno)




Elévanse a diario en España amargas quejas porque la cultura extraña nos invade y arrastra o ahoga lo castizo, y va zapando poco a poco nuestra personalidad nacional. Es una idea arraigadísima lo de creer que la subordinación ahoga la individualidad, que hay que resistirse a aquélla o perder ésta. Lo mismo los que piden que cerremos o poco menos las fronteras y pongamos puertas al campo, que los que piden más o menos explícitamente que nos conquisten, se salen de la verdadera realidad de las cosas, de la eterna y honda realidad, arrastrados por el espíritu de anarquismo que llevamos todos en el meollo del alma, que es el pecado original de la sociedad humana, pecado no borrado por el largo bautismo de sangre de tantas guerras. Mas no hace falta conquista, ni la conquista purifica, porque, a su pesar y no por ella, se civilizan los pueblos.

Si no tuviese significación viva lo de ciencia y arte españoles, no calentarían esas ideas a ningún espíritu, no habrían muerto hombres, hombres vivos, peleando por lo castizo. Mientras pasan sistemas, escuelas y teorías, va formándose el sedimento de las verdades eternas de la eterna esencia. Sobre el suelo compacto y firme de la esencia y arte eternos corre el río del progreso que le fecunda y acrecienta.

Hay una tradición eterna, legado de los siglos, la de la ciencia y el arte universales y eternos, he aquí una verdad que hemos dejado morir. Hay una tradición eterna, como hay una tradición del pasado y una tradición del presente. Debajo de la historia, es donde vive la verdadera tradición, la eterna, en el presente, no en el pasado muerto para siempre y enterrado en cosas muertas. En el fondo del presente hay que buscar la tradición eterna, en las entrañas del mar, no en los témpanos del pasado, que al querer darles vida se derriten, revertiendo sus aguas al mar.
    Así como la tradición es la sustancia de la Historia, la eternidad lo es del tiempo; la historia es la forma de la tradición, como el tiempo la de la eternidad. Y buscar la tradición en el pasado muerto es buscar la eternidad en el pasado, en la muerte, buscar la eternidad de la muerte.





La tradición hace posible la ciencia, mejor dicho, la ciencia misma es tradición. Estas últimas leyes a que la ciencia llega no son más que fórmulas de la eternidad viva, que no está fuera del tiempo, sino dentro de él. La tradición eterna es el fondo del ser del hombre mismo. El hombre, esto es lo que hemos de buscar en nuestra alma. Lo verdaderamente original es lo originario, la humanidad en nosotros.
    ¡Gran locura la de querer despojarnos del fondo común a todos, de la masa idéntica sobre la que se moldean las formas diferenciales, de lo que nos asemeja y une, de lo que hace que seamos prójimos, de la madre del amor de la humanidad, en fin, del hombre, del verdadero hombre, del legado de la especie! ¡Qué empeño por entronizar lo pseudo-original, lo distintivo, la mueca, la caricatura, lo que nos viene de fuera! Preferimos el arte a la vida, cuando la vida más oscura y humilde vale infinitamente más que la más grande obra de arte.



Hay un ejército que desdeña la tradición eterna, que descansa en el presente de la Humanidad, y se va en busca de lo castizo e histórico de la tradición, al pasado de nuestra casta, mejor dicho, de la casta que nos precedió en este suelo. Los más de los que se llaman a sí mismos tradicionalistas, o sin llamarse así se creen tales, no ven la tradición eterna, sino su sombra vana en el pasado. ¡Qué pena de ejército! Son gentes que por huir del ruido presente que les aturde, incapaces de sumergirse en el silencio de que es ese ruido, se recrean en ecos y retintines de sonidos muertos.

Hay que ir a la tradición eterna, madre del ideal, que no es otra cosa que ella misma reflejada en el futuro. Y la tradición eterna es tradición universal cosmopolita. Combatir contra ella es querer destruir la humanidad en nosotros, es ir a la muerte, empeñarnos en distinguirnos de los demás. Para hallar la humanidad en nosotros y llegar al pueblo nuevo, conviene, sí, que nos estudiemos, porque lo accidental, lo pasajero, lo temporal, lo castizo, de puro sublimarse y exaltarse se purifica destruyéndose. Pero ¡ay de aquel que al hacer examen de conciencia se complace en los pecados pasados y ve su originalidad en las pasiones que le han perdido, pone el pundonor mundano sobre todo!



El estudio de la propia historia, que debía ser un impecable examen de conciencia, se toma, por desgracia, como fuente de apologías y apologías de vergüenzas, y de excusas, y de disculpaciones y de componendas con la conciencia, como medio de defensa contra la penitencia regeneradora. Apena leer trabajos de historia en que se llama glorias a nuestras mayores vergüenzas, a las glorias de que purgarnos, en que se hace jactancia de nuestros pecados pasados; en que se trata de disculpar nuestras atrocidades innegables con las de otros. Mientras no sea la historia una confesión de un examen de conciencia no servirá para despojarnos del pueblo viejo, y no habrá salvación para nosotros.


La humanidad es la casta entera, sustancia de las castas históricas que se hacen y deshacen como las olas del mar; solo lo humano es eternamente castizo. Mas para hallar lo humano eterno hay que romper lo castizo temporal y ver cómo se hacen y deshacen las castas, cómo se ha hecho lo nuestro y qué indicios nos da de su porvenir su presente.


Miguel de Unamuno – En torno al casticismo

jueves, 9 de febrero de 2017

Hemos tolerado la incompetencia y la corrupción (Antonio Muñoz Molina)





Todo lo que era sólido se desvanece en el aire. Lo que recordamos es como si no hubiera existido. Lo que ahora nos parece retrospectivamente tan claro era invisible mientras sucedía. Lo que había valido mucho de pronto no valía nada. El dinero parece lo más irrefutable y tiene el poder de comprarlo todo y trastornarlo todo, y de pronto se evapora y ya es como si no hubiera existido.

Ahora que de un día a otro todo lo que dábamos por supuesto y nos permitíamos desdeñar puede que esté a punto de perderse, quizá nos falta poco para sentir nostalgia de un tiempo que casi nadie supo apreciar mientras lo vivía. Ahora nos da miedo abrir el periódico o esperar la hora del telediario porque no sabemos si nos informarán de que ya no existe lo que creíamos perdurable, de que los billetes que guardamos en la cartera se han quedado sin valor o nuestro puesto de trabajo o nuestros ahorros los ha barrido un viento de desastre, de que iremos a un servicio de urgencias y no habrá un médico que nos atienda. Ahora el porvenir de dentro de unos días o semanas es una incógnita llena de amenazas y el pasado es un lujo que ya no podemos permitirnos.

La ruina en la que nos ahogamos hoy empezó cuando la potestad de disponer del dinero público pudo ejercerse sin los mecanismos previos de control de las leyes; y cuando las leyes se hicieron tan elásticas como para no entorpecer el abuso, la fantasía insensata, la codicia, el delirio –o simplemente para no ser cumplidas. Pero una administración clientelar no solo fomenta la incompetencia y facilita la corrupción: también desalienta a los empleados más capaces y vuelve habitual el cinismo.




Las únicas carreras administrativas que se han hecho en España a lo largo de los últimos treinta años son la de los mediocres arrimados a los partidos que han llegado a ocupar los puestos más altos sin poseer ningún mérito, sin saber nada, sin adquirir a lo largo del tiempo otra habilidad que la de simular que hacen algo, o que han aprendido algo. No hay lugar de la administración cultural o de la política o de la vida económica que no hayan escalado. Nadie puede calcular el número o el costo total de los puestos que se fueron creando no para cubrir ninguna necesidad racional prevista de antemano, sino para dar colocación a parientes más o menos cercanos o pagar favores políticos. Ahora mismo nos hundimos bajo el peso muerto de su innumerable incompetencia.

Había un país real, más bien austero, habitado por gente dedicada a trabajar lo mejor que podía, a cuidar enfermos, a criar niños y educarlos, a construir casas sólidas, a juzgar delitos, a cultivar la tierra, a ganar dinero ideando o vendiendo bienes necesarios. Pero por encima de ese país más visible estuvo desde muy pronto el otro país de los simulacros y los espejismos, el de las obras ingentes destinadas no a ningún uso real sino al exhibicionismo de los políticos que las imaginaban y al halago paleto de los ciudadanos que se sentían prestigiados por ellas.
    Casi cualquier gasto era factible, a condición de que se dedicara  a algo superfluo: porque ni en las épocas de mayor abundancia ha sobrado el dinero para lo que era necesario, para la educación pública rigurosa, para la investigación científica, para la protección de la naturaleza, para dotar de sueldos dignos a los empleados públicos de los que depende la salud o la vida de los demás y los que se juegan la vida para protegerlos.
    A la tarea poco gloriosa de administrar con austeridad y eficiencia el país que existía, prefirieron muy pronto la invención de otros países paralelos, de ciudades convertidas en proyecciones fantásticas o decorados de sí mismas.

En una sociedad sólida los méritos están muy repartidos y el protagonismo de lo que sale bien casi nunca corresponde a quien ostenta un cargo público. Cuanto más razonablemente funciona un país menos espacio queda para el providencialismo populista del buen líder que sabe lo que es mejor para los suyos y les consigue lo que piden o lo que necesitan, casi siempre arrancándoselo con determinación a un poder más lejano al que también podría achacar oportunamente cualquier contratiempo.



Una mezcla del viejo caciquismo español y del reverdecido populismo sudamericano coincidió con los flujos de dinero barato que llegaba de Europa para engendrar una multiplicación fantástica de simulacros y festejos, de despliegues barrocos para durar unas semanas o unos días y celebraciones hipertróficas, algunas rancias y otras recién inventadas, muchas de ellas bárbaras: la conmemoración y no el presente; el simulacro y no la realidad; la apariencia y no la sustancia; el acontecimiento espectacular de unos días y no el empeño duradero en mejorar lo cotidiano; la fiesta como identidad y casi como forma de vida y no la secuencia del tiempo en el que el trabajo se compensa con el ocio.

Para bien y para mal lo que parecía más sólido deja de existir. Lo que no existía y casi no se imaginaba puede hacerse real. Lo que hoy es más indiscutible y más sólido y nos importa más mañana puede haberse desmoronado o puede haber sucumbido a un desguace motivado por intereses económicos o designios políticos, o simplemente porque no hubo un número suficiente de personas capaces que tuvieran el coraje de defenderlo.
    Nada importó demasiado mientras había dinero. Nada importaba de verdad. Podíamos estar gobernados por incompetentes o por ladrones o por ignorantes o por gente que reunía las tres cualidades a la vez.




Hace falta una serena rebelión cívica que utilice con inteligencia y astucia todos los recursos de las leyes y toda la fuerza de la movilización para rescatar los territorios de soberanía usurpados por la clase política. Hay que exigir de manera eficaz la limitación de mandatos, las listas electorales abiertas, la profesionalidad e independencia de la administración; la revisión cuidadosa de toda la maraña de organismos y empresas oficiales para decidir qué puede aligerarse o suprimirse, a qué límites estrictos tienen que estar sujetos, el número de puestos y las remuneraciones, qué normas se deben eliminar. Hay que defender sin timidez ni mala conciencia el valor de lo público.

Ha terminado el simulacro. Que la clase política española quiera seguir viviendo en él es una estafa que ya no podemos permitirles, que no podemos permitirnos. Tenemos un país a medias desarrollado y a medias devastado, con una administración hipertrofiada y politizada, sin el pulso cívico necesario para emprender grandes proyectos comunes.
    Hemos mirado con demasiada tolerancia o demasiado distraidamente la incompetencia y la corrupción. Ya no nos queda más remedio que empeñarnos en ver las cosas tal como son, a la sobria luz de lo real.

    Después de tantas alucinaciones, quizás solo ahora hemos llegado o deberíamos haber llegado a la edad de la razón.


Antonio Muñoz Molina – Todo lo que era sólido

jueves, 29 de septiembre de 2016

La Inteligencia triunfará (José A. Marina)



Si existe una teoría científica de la inteligencia, debería haber otra igualmente científica de la estupidez. Creo, incluso, que enseñarla como asignatura troncal en todos los niveles educativos produciría enormes beneficios sociales. El primero de ellos vacunarnos contra la tontería, profilaxis de urgente necesidad, pues es un morbo del que todos podemos contagiarnos. Por cierto, un síntoma de estupidez es haber convertido la palabra “morbo” (enfermedad) en un elogio. Si la inteligencia es nuestra salvación, la estupidez es nuestra gran amenaza. Por ello merece ser investigada.

La historia de la estupidez abarcaría gran parte de la historia humana. El empecinamiento de nuestra especie en tropezar no dos sino doscientas veces en la misma piedra da mucho que pensar. Me parece que hay que hacer una inversión de toda la historia, porque es indecente. La glorificación de una raza, de una nación, de un partido, el afán de poder, la obnubilación colectiva, esa pedante seriedad, ese engolamiento feroz y ridículo, la cascada del horror, deberían contarse como un fracaso de la inteligencia.
    La inteligencia fracasa cuando es incapaz de ajustarse a la realidad, de solucionar los problemas afectivos, sociales o políticos; cuando se equivoca sistemáticamente, emprende metas disparatadas, o se empeña en usar medios ineficaces, cuando decide amargarse la vida; cuando se despeña por la crueldad o la violencia.



Necesitamos un Pasteur que descubra la vacuna contra esa rabia festejada, una pedagogía de la inteligencia que evite tales obcecaciones asesinas, o, al menos, que no las condecore. No es fácil, porque la estupidez se disfraza con muchos ropajes.
    Muchas veces es difícil distinguir entre la inteligencia dañada y la fracasada, porque ambas llegan a los mismos penosos resultados. No me gusta el fracaso, lo confieso. Creo que la inteligencia puede triunfar y sería deseable que lo hiciera. La principal función de la inteligencia es salir bien parados de la situación en que estemos. Una cosa es la capacidad intelectual y otra el uso que hacemos de esa capacidad. Una persona muy inteligente puede usar su inteligencia estúpidamente. Ésta es la esencia del fracaso, la gran paradoja de la inteligencia. La causa del fracaso de la inteligencia es la intervención de un módulo inadecuado, que ha adquirido una inmerecida preeminencia por un fallo de la inteligencia ejecutiva.
    La inteligencia fracasa cuando se equivoca en la elección del marco establecido. El marco de superior jerarquía para el individuo es su felicidad. Es un fracaso de la inteligencia aquello que le aparte o le impida conseguir la felicidad.

Sociedades estúpidas son aquellas en que las creencias vigentes, los modos de resolver conflictos, los sistemas de evaluación y los modos de vida, disminuyen las posibilidades de las inteligencias privadas. Debemos conceder a la inteligencia social la máxima jerarquía cuando proponga formas de vida que un sujeto ilustrado y virtuoso, en pleno uso público de su inteligencia, tras aprovechar críticamente la información disponible, considera buenas. Pero la complejidad social impide que una inteligencia aislada pueda manejar toda la información necesaria. Las experiencias personales, la variedad de las circunstancias, la comprobación práctica de la eficacia de las propuestas teóricas, son indispensables para una justa solución de los problemas.

Son inteligentes las sociedades justas, y estúpidas las injustas. Puesto que la inteligencia tiene como meta la felicidad –privada o pública–, todo fracaso de la inteligencia entraña desdicha. La desdicha privada es el dolor. La desdicha pública es el mal, es decir, la injusticia.
    Lo que nos dice la inteligencia comunitaria es que la justicia, que es su gran creación, exige un uso público de la inteligencia. La libertad de conciencia solo adquiere su legitimidad total cuando esa conciencia se compromete a buscar la verdad, a escuchar argumentos ajenos, atender a razones y rendirse valientemente a la evidencia, aunque vaya en su contra. Es decir, a saltar por encima de los muros de su privacidad. El uso público de la inteligencia se propone buscar el mundo de las evidencias universalizables que puedan compartir todos los seres humanos. En todo lo que afecta a las relaciones entre seres humanos, una verdad privada es de rango inferior a una verdad universal.



Debemos anhelar el triunfo de la inteligencia porque de ello depende nuestra felicidad privada y nuestra felicidad pública. En aquellos asuntos que nos afectan a todos, la inteligencia comunitaria es el último marco de evaluación. Abre el campo de juego donde podremos desplegar nuestra inteligencia personal. Colaborará a nuestro bienestar y a la ampliación de nuestras posibilidades. La justicia –la bondad inteligente y poco sensiblera– aparece inequívocamente como la gran creación de la inteligencia. La maldad es el definitivo fracaso.

El ser humano está hecho para el egoísmo y para el altruismo, para el juego y el rigor, para el placer y la grandeza, para la soledad y la compañía. Armonizar esos elementos contradictorios exige un gran alarde de la inteligencia. Sabiduría es la inteligencia habilitada para la felicidad privada y para la felicidad política, es decir, para la justicia.
    La inteligencia triunfante es pues la que inventa lo valioso en nuestra vida privada o pública. Es nuestra gran posibilidad, nuestra salvación. Los humanos alcanzan su areté (virtud) básica en la sabiduría, que es la inteligencia aplicada a la creación de una vida buena. Es un modo de ser expansivo, que integra la inteligencia del individuo y la inteligencia del ciudadano. Frente a la torpe, monótona, repetitiva historia de la estupidez –otra equivocación, otro desvarío, otra crueldad, otra batalla, otra obcecación, otra codicia– tenemos que contar la historia triunfal de la humanidad, es decir, de la inteligencia.
    Esto obliga a despojar de grandeza las acostumbradas narraciones históricas, cuyos argumentos están llenos de ferocidad y ensañamiento. Necesitamos abolir esa glorificación del fracaso, edificar una sensibilidad que reniegue de la estupidez ensalzada y de la torpe connivencia estética con la brutalidad.


La evolución biológica dejó al ser humano en la playa de la historia. Aún no sabemos si triunfará la sabiduría o la estupidez. La inteligencia es un caudal poderoso y, contra viento y marea, triunfará, a menos que la especie humana se degrade. Confío en una inteligencia resuelta, inventiva, cuidadosa, poética, ingeniosa, intensa y estimulante. Y espero que alguna vez podamos contar su éxito con palabras altas y grandes.


José Antonio Marina – La Inteligencia fracasada

lunes, 13 de junio de 2016

Humanismo: libertad y autorrealización





Un humanista es alguien que sitúa a la persona, su vida y sus valores en el centro de su visión del mundo. El humanismo da gran importancia a la libertad, la razón y las posibilidades y derechos del individuo; pero la razón es solo una de las herramientas que empleamos para comprender el mundo. También hemos de usar nuestra capacidad de cosechar experiencias. Razón y experiencia constituyen la base de nuestro conocimiento.

El ser humano no puede, ni basándose en la razón, ni en las experiencias, decir que existe un dios. Pero tampoco se puede decir con seguridad absoluta que no exista ninguno. Un humanista suele por tanto definirse como agnóstico.
    Los humanistas reconocen que las facultades del ser humano son limitadas. Hay preguntas a las que no sabemos contestar. Hay enigmas que no sabemos solucionar. Y sin embargo es humano formarse ideas sobre lo desconocido. Lo que no debemos hacer es convertir esas ideas en principios religiosos absolutos. En la práctica, los humanistas adoptan por tanto una postura atea. Viven como si no existiera ningún dios. No aceptan ninguna realidad sobrenatural, porque carecen de fundamento para creer en alguna; existe una sola realidad que es relevante para la vida.




Como los humanistas no cuentan con ningún destino o voluntad divina que dirija la vida de los hombres, subrayan que el ser humano tiene que fiarse de sí mismo. El hombre es su propio señor. La visión que tiene el humanismo de los seres humanos es positiva y optimista. El ser humano tiene gran valor y muchas posibilidades, y es bueno por naturaleza.
   Los humanistas señalan a menudo al hombre como un ser espiritual, con facultades y posibilidades que superan a las de todos los demás seres, y también una libertad muy distinta. Posee la facultad de crear algo mediante el trabajo y la actividad artística.

El ser humano constituye también una parte de la naturaleza, y como tal está ligado a sus leyes. El alma humana está totalmente relacionada con las funciones del cerebro. El humanismo rechaza por ello que el hombre tenga un alma inmortal. El hombre no tiene ninguna consciencia después de la muerte.
   El ser humano es un ser único. Pero, aunque somos distintos, todos los seres humanos somos igual de valiosos. La tolerancia mutua ante las cualidades que distinguen a los unos de los otros es uno de sus ideales principales.



También es muy importante el que ningún ser humano sea usado como medio para algún otro fin, sea por “necesidad histórica”, medios políticos superiores u otra cosa parecida. Una persona a menudo puede encontrar sentido en lo de “sacrificarse” por una causa, pero jamás debe ser convertido involuntariamente en víctima para los fines de otros. Cualquier persona es un fin en sí misma, jamás ha de ser tratada como un mero número en la masa.
   El objetivo debe ser que todo el mundo pueda realizarse personalmente y desarrollar sus aptitudes; la felicidad y la autorrealización del individuo son por tanto de gran importancia.

Con su énfasis en la singularidad de cada uno, los humanistas tienen una visión individualista del ser humano. Pero éste no vive solo para sí y lo suyo. Los humanistas suelen identificarse con la humanidad en general, y tienen una visión optimista de su evolución.

Opinan que el ser humano gracias a su razón conoce la diferencia entre el bien y el mal. No necesita ningún mensaje o reglas impuestas desde fuera. Sobre una base puramente racional sabe establecer ciertos valores y normas fundamentales.
   El principio ético más importante de los humanistas es la regla de oro que dice que debes hacer a los demás lo que quieres que los demás te hagan a ti. Dicho “principio de reciprocidad” se puede establecer sobre una base humana, como el respeto por la dignidad y la inviolabilidad del ser humano. Los derechos humanos ocupan, por tanto, un lugar principal. Como prójimo, estoy obligado a luchar por la libertad, la igualdad y la justicia entre los hombres en el mundo entero.





Con su énfasis en la vida en la tierra, en el aquí y ahora, los humanistas también luchan por un mayor bienestar material. Ahora bien, este objetivo tiene que sopesarse constantemente con los valores vitales y la calidad de vida en un sentido amplio. El fin en sí no es un aumento ciego de la eficiencia, ni un materialismo ávido de placeres. En este sentido, el humanismo se opone al materialismo y al desarrollo tecnológico unidimensional, sea bajo el auspicio socialista o capitalista.


Jostein Gaardner, Victor Hellern, Henry Notaker – El Libro de las Religiones

jueves, 3 de marzo de 2016

Políticos de opereta (Antonio Machado)


Se miente más que se engaña;
y se gasta más saliva
de la necesaria…

si nuestros políticos comprendieran bien la intención de esta sentencia, ahorrarían las dos terceras partes, por lo menos, de su llamada actividad política. 



Al hombre público, muy especialmente al político, hay que exigirle que posea las virtudes públicas, todas las cuales se resumen en una: fidelidad a la propia máscara. No hay lío político que no sea un trueque, una confusión de máscaras, un mal ensayo de comedia, en que nadie sabe su papel.
   Procurad, sin embargo, los que vais para políticos, que vuestra máscara sea, en lo posible, obra vuestra; hacéosla vosotros mismos, para evitar que os la pongan –que os la impongan– vuestros enemigos o vuestros correligionarios; y no la hagáis tan rígida, tan imporosa e impermeable que os sofoque el rostro, porque, más tarde o más temprano, hay que dar la cara.


La política, señores, es una actividad importantísima… Yo no os aconsejaré nunca el apoliticismo, sino, en último término, el desdeño de la política mala, que hacen trepadores y cucañistas, sin otro propósito que el de obtener ganancias y colocar parientes. Vosotros debéis hacer política; solo me atrevo a aconsejaros que lo hagáis a cara descubierta; en el peor caso con máscara política, sin disfraz de otra cosa: por ejemplo de literatura, de filosofía, de religión. Porque de otro modo contribuiréis a degradar actividades tan excelentes, por lo menos, como la política, y a enturbiar la política de tal suerte que ya no podamos nunca entendernos.
   Y a quien os eche en cara vuestros pocos años bien podéis responderle que la política no ha de ser, necesariamente, cosa de viejos. Hay movimientos políticos que tienen su punto de arranque en una justificada rebelión de menores contra la inepcia de los sedicentes padres de la patria. Esta política, vista desde el barullo juvenil, puede parecer demasiado revolucionaria, siendo, en el fondo, perfectamente conservadora.





Para los tiempos que vienen hay que estar seguros de algo. Porque han de ser tiempos de lucha, y habréis de tomar partido. ¡Ah! ¿Sabéis vosotros lo que esto significa? Por de pronto, renunciar a las razones que pudieran tener vuestros adversarios, lo que os obliga a estar doblemente seguros de las vuestras. Y eso es mucho más difícil de lo que parece. La razón humana no es hija, como algunos creen, de las disputas entre los hombres, sino del diálogo amoroso en que se busca la comunión por el intelecto en verdades, absolutas o relativas, pero que, en el peor caso, son independientes del humor individual. Tomar partido es no solo renunciar a las razones de vuestros adversarios, sino también a las vuestras; abolir el diálogo, renunciar, en suma, a la razón humana. Si lo miráis despacio, comprenderéis el arduo problema de vuestro provenir: habéis de retroceder a la barbarie, cargados de razón.


Imaginad un mundo en el cual las piedras pudieran elegir su manera de caer y los hombres no pudieran enmendar, de ningún modo, su camino, obligados a circular sobre rieles. Políticamente, no habría problema. En ese mundo los hombres serían liberales; y las piedras… seguirían siendo conservadoras.


Nosotros queremos ser sofistas, en el mejor sentido de la palabra, o, digámoslo más modestamente, en uno de los buenos sentidos de la palabra: queremos ser librepensadores. Nosotros no hemos de pretender que se nos consienta decir todo lo malo que pensamos del monarca, de los gobiernos, de los obispos, del Parlamento, etc. La libre emisión del pensamiento es un problema importante, pero secundario, y supeditado al nuestro, que es el de la libertad del pensamiento mismo. Por de pronto, nosotros nos preguntamos si el pensamiento, nuestro pensamiento, el de cada uno de nosotros, puede producirse con entera libertad, independientemente de que, luego, se nos permita o no emitirlo. Digámoslo retóricamente: ¿De qué nos serviría la libre emisión de un pensamiento esclavo? Nosotros pretendemos fortalecer y agilitar nuestro pensar para aprender de él mismo cuáles son sus posibilidades, cuáles sus limitaciones; hasta qué punto se produce de un modo libre, original, con propia iniciativa, y hasta qué punto nos parece limitado por normas rígidas, por hábitos mentales inmodificables, por imposibilidades de pensar de otro modo.




Uno de los medios más eficaces para que las cosas no cambien nunca por dentro es renovarlas –o removerlas– constantemente por fuera. Por eso los originales ahorcarían si pudieran a los novedosos, y los novedosos apedrean cuando pueden sañudamente a los originales.


Por debajo de lo que se piensa está lo que se cree, como si dijéramos en una capa más honda de nuestro espíritu. Hay hombres tan profundamente divididos consigo mismos, que creen lo contrario de lo que piensan. Y casi –me atreveré a decir– es ello lo más frecuente. Esto deberían tener en cuenta los políticos. Porque lo que ellos llaman opinión es algo mucho más complejo y más incierto de lo que parece. En los momentos de los grandes choques que conmueven fuertemente la conciencia de los pueblos se producen fenómenos extraños de difícil y equívoca interpretación: súbitas conversiones, que se atribuyen al interés personal, cambios inopinados de pareceres, que se reputan insinceros, posiciones inexplicables, etc. y es que la opinión muestra en su superficie muchas prendas que estaban en el fondo del baúl de las conciencias.
   La frivolidad política se caracteriza por la absoluta ignorancia de estos fenómenos. Pero los grandes morrones de la historia no tienen mayor utilidad que la de hacernos ver esos fenómenos más claramente y de mayor bulto que los que vemos cuando es solo la superficie la que parece agitarse.


 Es el político, señores, el hombre capaz de resbalar más veces en la misma baldosa, el hombre que no escarmienta nunca en cabeza propia.


¿Conservadores? Muy bien. Siempre que no lo entendamos a la manera de aquel sarnoso que se emperraba en conservar, no la salud, sino la sarna.
   Porque éste es el problema del conservadurismo –¿qué es lo que conviene conservar? –, que solo se plantean los más inteligentes. ¡Esos buenos conservadores a quienes siempre lapidan sus correligionarios, y sin los cuales todas las revoluciones pasarían sin dejar rastro!




Yo siempre os aconsejaré que procuréis ser mejores de lo que sois; de ningún modo que dejéis de ser españoles. Porque nadie más amante que yo ni más convencido de las virtudes de nuestra raza. Entre ellas debemos contar la de ser muy severos para juzgarnos a nosotros mismos, y bastante indulgentes para juzgar a nuestros vecinos. Hay que ser español, en efecto, para decir las cosas que se dicen contra España. Porque nadie sabe de vicios que no tiene, ni de dolores que no le aquejan.
   Los que hablan de España como de una razón social que es preciso a toda costa acreditar y defender en el mercado mundial, esos para quienes el reclamo, el jaleo y la ocultación de vicios son deberes patrióticos, podrán parecer, yo lo concedo, el título de buenos patriotas; de ningún modo el de buenos españoles.
   Digo que podrán ser hasta buenos patriotas, porque ellos piensan que España es, como casi todas las naciones de Europa, una entidad esencialmente batallona, destinada a jugárselo todo en una gran contienda, y que conviene no enseñar el flaco y reforzar los resortes polémicos, sin olvidar el orgullo nacional, creado más o menos artificialmente. Pero pensar así es profundamente antiespañol. España no ha peleado nunca por orgullo nacional, ni por orgullo de raza, sino por orgullo humano o por amor de Dios, que viene a ser lo mismo.



En una sociedad organizada sobre el trabajo humano y atenta a la cualidad de éste, ¿qué haremos de ese hombre cuya especialidad consiste en tener más importancia que la mayoría de sus prójimos? ¿Qué hacer de ese hombre que vemos al frente de casi todas las agrupaciones humanas (presidente, director, empresario, gerente, socio de honor), en quien se reconoce, sin que sepamos bien por qué, una cierta idoneidad para el lucro usuario, la exhibición decorativa, la preeminencia y el anfitrionismo? Cuando el señor importante pierda su importancia, una gran orfandad, una como tristeza de domingo hospiciano, afligirá nuestros corazones.


Antonio Machado – Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo (1936)

lunes, 22 de febrero de 2016

Asertividad, para una sociedad igualitaria (M. Lluïsa Fabra)




Asertividad es la capacidad e autoafirmarse, de expresar lo que sentimos y pensamos aunque las circunstancias no sean muy favorables, de no enmudecer por miedo a no gustar, de decir SÍ y de decir NO de acuerdo con nuestras convicciones y deseos. Es una conducta activa, directa y clara, tan respetuosa con las demás personas como con nosotros mismos. Las personas asertivas, cuando discuten, se orientan hacia soluciones que suponen la satisfacción de todas las personas implicadas en un problema, hacia un resultado, sin perdedores ni ganadores. Tiene una dimensión social que ni la autoestima ni la seguridad tienen, porque no se trata solo de autopercepción sino de conducta, de lo que decimos o hacemos en público.

El problema de la falta de asertividad se refiere a una gran cantidad de personan, mujeres en gran parte, pero también a algunos hombres, a aquellos que han sido educados para obedecer, para aceptar como buenas las ideas y valores que les han transmitido los padres, la escuela y los medios de comunicación, es decir, a aquellos que dan por hecho que no es necesario que se calienten la cabeza pensando porque ya hay quien piensa por ellos, o a aquellos que con facilidad adoptan posiciones conformistas.


Si lo analizamos bien, los hombres son tan poco asertivos como las mujeres, pero a diferencia de la mayoría de las mujeres, que no los son por falta de asertividad, ellos no lo son porque tienden a la agresividad. Ahora bien, como en muchos casos estas conductas les han servido para alcanzar algunos éxitos, no se reconocen como agresivos y tienden a creerse asertivos. Tanto las personas agresivas como las que no son suficientemente asertivas sufren falta de libertad: no son libres de expresarse como querrían. Por eso, llevadas por una corriente que no pueden controlar, repiten indefinidamente conductas que, en el fondo, saben que les convendría modificar.

Las personas, si queremos serlo plenamente, debemos tener la suficiente libertad como para decidir qué queremos ser, o mejor dicho, qué clase de personas queremos ser, pero la sociedad nos conduce y nos modula de tal manera que buena parte de nosotros adopta una actitud poco crítica y, a menudo, no muy responsable, y eso es así tanto para las personas que se comportan sumisamente como para las que van por el mundo pasando por encima de quienes se les pongan por delante.
   Si aceptamos la idea de que cambiando nosotros, cambiamos nuestras conductas, colaboraremos a generar cambios sociales de más alcance, veremos que tenemos, individual y colectivamente, más peso y más poder del que podríamos soñar y que, en definitiva, si nos esforzamos, nuestro paso por el mundo puede no ser del todo irrelevante.


 
La verdadera democracia va unida a la libertad y, por lo tanto, a la asertividad. La mejor manera de proteger los propios derechos es ejercitarlos. Tener confianza en nuestro juicio e intentar influir en la sociedad para conseguir que las cosas vayan en la dirección que creemos que deben ir. La democracia requiere participación en los distintos ámbitos de la vida social. A veces dudamos de nuestras capacidades y es normal, pero tengamos claro que nuestra sociedad es también responsabilidad nuestra y que, cuando callamos, “otorgamos”, cada uno tiene que proceder según sus capacidades y habilidades, pero nadie puede quedarse al margen, porque los regímenes democráticos implican participación activa en el desarrollo humano.

La asertividad es una decisión personal, y esta decisión nadie puede decir que sea fácil, ni que no comporte ningún riesgo, porque implica responsabilizarse de uno mismo y, por tanto, renunciar a buscar excusas en los otros o en las circunstancias, para justificar comportamientos nuestros de los que no podemos sentirnos satisfechos. Los comportamientos asertivos pueden ser objeto de aprendizaje y, si tenemos clara la teoría y practicamos mucho, llegaremos a conseguir que las conductas asertivas surjan sin esfuerzo.



Lo más importante es tomar la decisión de que de ahora en adelante haremos un esfuerzo para conseguir ser asertivos. La asertividad proporciona muchas satisfacciones e incrementa nuestra autoestima, nos ayuda a establecer límites, evitar malentendidos y fomentar las relaciones igualitarias.
   La sociedad actual ya no valora solo las formas ni considera que la hipocresía sea una cualidad; por eso, también puede acabar con la situaciones de subordinación de las mujeres y fomentar una modificación real de las relaciones entre hombres y mujeres, lo cual, además, puede promover un cambio cultural. Esta nueva cultura comportará una revolución de los valores dominantes, y una forma de hacer distinta, menos burocrática y más cercana a las personas.
   En esta nueva cultura, nos constituiremos en el elemento generador de nuevos vínculos interpersonales y de resolución de los problemas sociales que, hoy por hoy, nuestra sociedad es incapaz de resolver.


Dado que se trata de nuestro futuro, del futuro de nuestros hijos e hijas y de la preservación de la belleza que aún habita en nuestro mundo, debemos trabajar codo con codo mujeres y hombres, pero en un futuro muy cercano será decisiva la participación de las mujeres, demasiado tiempo ausentes de lo público, y que pueden aportar una forma de hacer más suave, más conciliadora, más atenta, más inclusiva. Las mujeres ya no pueden seguir más tiempo actuando de espectadoras: deben trabajar conjuntamente con los hombres e incluso imponerse, si hace falta, porque la humanidad y la naturaleza las necesitan y porque una realidad diferente aún es posible.


Maria Lluïsa Fabra y Sales – Asertividad