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jueves, 3 de marzo de 2016

Políticos de opereta (Antonio Machado)


Se miente más que se engaña;
y se gasta más saliva
de la necesaria…

si nuestros políticos comprendieran bien la intención de esta sentencia, ahorrarían las dos terceras partes, por lo menos, de su llamada actividad política. 



Al hombre público, muy especialmente al político, hay que exigirle que posea las virtudes públicas, todas las cuales se resumen en una: fidelidad a la propia máscara. No hay lío político que no sea un trueque, una confusión de máscaras, un mal ensayo de comedia, en que nadie sabe su papel.
   Procurad, sin embargo, los que vais para políticos, que vuestra máscara sea, en lo posible, obra vuestra; hacéosla vosotros mismos, para evitar que os la pongan –que os la impongan– vuestros enemigos o vuestros correligionarios; y no la hagáis tan rígida, tan imporosa e impermeable que os sofoque el rostro, porque, más tarde o más temprano, hay que dar la cara.


La política, señores, es una actividad importantísima… Yo no os aconsejaré nunca el apoliticismo, sino, en último término, el desdeño de la política mala, que hacen trepadores y cucañistas, sin otro propósito que el de obtener ganancias y colocar parientes. Vosotros debéis hacer política; solo me atrevo a aconsejaros que lo hagáis a cara descubierta; en el peor caso con máscara política, sin disfraz de otra cosa: por ejemplo de literatura, de filosofía, de religión. Porque de otro modo contribuiréis a degradar actividades tan excelentes, por lo menos, como la política, y a enturbiar la política de tal suerte que ya no podamos nunca entendernos.
   Y a quien os eche en cara vuestros pocos años bien podéis responderle que la política no ha de ser, necesariamente, cosa de viejos. Hay movimientos políticos que tienen su punto de arranque en una justificada rebelión de menores contra la inepcia de los sedicentes padres de la patria. Esta política, vista desde el barullo juvenil, puede parecer demasiado revolucionaria, siendo, en el fondo, perfectamente conservadora.





Para los tiempos que vienen hay que estar seguros de algo. Porque han de ser tiempos de lucha, y habréis de tomar partido. ¡Ah! ¿Sabéis vosotros lo que esto significa? Por de pronto, renunciar a las razones que pudieran tener vuestros adversarios, lo que os obliga a estar doblemente seguros de las vuestras. Y eso es mucho más difícil de lo que parece. La razón humana no es hija, como algunos creen, de las disputas entre los hombres, sino del diálogo amoroso en que se busca la comunión por el intelecto en verdades, absolutas o relativas, pero que, en el peor caso, son independientes del humor individual. Tomar partido es no solo renunciar a las razones de vuestros adversarios, sino también a las vuestras; abolir el diálogo, renunciar, en suma, a la razón humana. Si lo miráis despacio, comprenderéis el arduo problema de vuestro provenir: habéis de retroceder a la barbarie, cargados de razón.


Imaginad un mundo en el cual las piedras pudieran elegir su manera de caer y los hombres no pudieran enmendar, de ningún modo, su camino, obligados a circular sobre rieles. Políticamente, no habría problema. En ese mundo los hombres serían liberales; y las piedras… seguirían siendo conservadoras.


Nosotros queremos ser sofistas, en el mejor sentido de la palabra, o, digámoslo más modestamente, en uno de los buenos sentidos de la palabra: queremos ser librepensadores. Nosotros no hemos de pretender que se nos consienta decir todo lo malo que pensamos del monarca, de los gobiernos, de los obispos, del Parlamento, etc. La libre emisión del pensamiento es un problema importante, pero secundario, y supeditado al nuestro, que es el de la libertad del pensamiento mismo. Por de pronto, nosotros nos preguntamos si el pensamiento, nuestro pensamiento, el de cada uno de nosotros, puede producirse con entera libertad, independientemente de que, luego, se nos permita o no emitirlo. Digámoslo retóricamente: ¿De qué nos serviría la libre emisión de un pensamiento esclavo? Nosotros pretendemos fortalecer y agilitar nuestro pensar para aprender de él mismo cuáles son sus posibilidades, cuáles sus limitaciones; hasta qué punto se produce de un modo libre, original, con propia iniciativa, y hasta qué punto nos parece limitado por normas rígidas, por hábitos mentales inmodificables, por imposibilidades de pensar de otro modo.




Uno de los medios más eficaces para que las cosas no cambien nunca por dentro es renovarlas –o removerlas– constantemente por fuera. Por eso los originales ahorcarían si pudieran a los novedosos, y los novedosos apedrean cuando pueden sañudamente a los originales.


Por debajo de lo que se piensa está lo que se cree, como si dijéramos en una capa más honda de nuestro espíritu. Hay hombres tan profundamente divididos consigo mismos, que creen lo contrario de lo que piensan. Y casi –me atreveré a decir– es ello lo más frecuente. Esto deberían tener en cuenta los políticos. Porque lo que ellos llaman opinión es algo mucho más complejo y más incierto de lo que parece. En los momentos de los grandes choques que conmueven fuertemente la conciencia de los pueblos se producen fenómenos extraños de difícil y equívoca interpretación: súbitas conversiones, que se atribuyen al interés personal, cambios inopinados de pareceres, que se reputan insinceros, posiciones inexplicables, etc. y es que la opinión muestra en su superficie muchas prendas que estaban en el fondo del baúl de las conciencias.
   La frivolidad política se caracteriza por la absoluta ignorancia de estos fenómenos. Pero los grandes morrones de la historia no tienen mayor utilidad que la de hacernos ver esos fenómenos más claramente y de mayor bulto que los que vemos cuando es solo la superficie la que parece agitarse.


 Es el político, señores, el hombre capaz de resbalar más veces en la misma baldosa, el hombre que no escarmienta nunca en cabeza propia.


¿Conservadores? Muy bien. Siempre que no lo entendamos a la manera de aquel sarnoso que se emperraba en conservar, no la salud, sino la sarna.
   Porque éste es el problema del conservadurismo –¿qué es lo que conviene conservar? –, que solo se plantean los más inteligentes. ¡Esos buenos conservadores a quienes siempre lapidan sus correligionarios, y sin los cuales todas las revoluciones pasarían sin dejar rastro!




Yo siempre os aconsejaré que procuréis ser mejores de lo que sois; de ningún modo que dejéis de ser españoles. Porque nadie más amante que yo ni más convencido de las virtudes de nuestra raza. Entre ellas debemos contar la de ser muy severos para juzgarnos a nosotros mismos, y bastante indulgentes para juzgar a nuestros vecinos. Hay que ser español, en efecto, para decir las cosas que se dicen contra España. Porque nadie sabe de vicios que no tiene, ni de dolores que no le aquejan.
   Los que hablan de España como de una razón social que es preciso a toda costa acreditar y defender en el mercado mundial, esos para quienes el reclamo, el jaleo y la ocultación de vicios son deberes patrióticos, podrán parecer, yo lo concedo, el título de buenos patriotas; de ningún modo el de buenos españoles.
   Digo que podrán ser hasta buenos patriotas, porque ellos piensan que España es, como casi todas las naciones de Europa, una entidad esencialmente batallona, destinada a jugárselo todo en una gran contienda, y que conviene no enseñar el flaco y reforzar los resortes polémicos, sin olvidar el orgullo nacional, creado más o menos artificialmente. Pero pensar así es profundamente antiespañol. España no ha peleado nunca por orgullo nacional, ni por orgullo de raza, sino por orgullo humano o por amor de Dios, que viene a ser lo mismo.



En una sociedad organizada sobre el trabajo humano y atenta a la cualidad de éste, ¿qué haremos de ese hombre cuya especialidad consiste en tener más importancia que la mayoría de sus prójimos? ¿Qué hacer de ese hombre que vemos al frente de casi todas las agrupaciones humanas (presidente, director, empresario, gerente, socio de honor), en quien se reconoce, sin que sepamos bien por qué, una cierta idoneidad para el lucro usuario, la exhibición decorativa, la preeminencia y el anfitrionismo? Cuando el señor importante pierda su importancia, una gran orfandad, una como tristeza de domingo hospiciano, afligirá nuestros corazones.


Antonio Machado – Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo (1936)

sábado, 1 de marzo de 2014

Reflexiones de Juan de Mairena (Antonio Machado)


La cultura debe ser para todos, debe llegar a todos; pero, antes de propagarla, será preciso hacerla. No pretendamos que el vaso rebose antes de llenarse. Sobre todo, no olvidemos que la cultura es intensidad, concentración, labor heroica y callada, pudor, recogimiento, antes, muy antes, que extensión y propaganda.
   Los partidarios de un aristocratismo cultural piensan que mientras menor sea el número de aspirantes a una cultura superior, más seguros estarán ellos de poseerla como privilegio. El Estado debe sentirse revolucionario atendiendo a la educación del pueblo, de donde salen los sabios y los artistas.
   El señoritismo ignora y se complace en ignorar la insuperable dignidad del hombre. El pueblo, en cambio, la conoce y la afirma; en ella tiene su cimiento más firme la ética popular.
   La zona más rica de nuestras almas es aquella que suele estar vedada al conocimiento por nuestro amor propio. La pedantería va escoltando al saber tan frecuentemente como la hipocresía a la virtud, y es, en algunos casos, un ingenuo tributo que rinde la ignorancia a la cultura.



Tenemos un pueblo maravillosamente dotado para la sabiduría, en el mejor sentido de la palabra: un pueblo a quien no acaba de entontecer la clase media, entontecida a su vez por la indigencia científica de nuestras universidades y por el pragmatismo eclesiástico, enemigo siempre de las altas actividades del espíritu.
   Es muy posible que muchas cosas en España estén mejor por dentro que por fuera, y que la crítica del propio escupitajo sobre lo nuestro no solo nos aparte de su conocimiento, sino que acabe por asquearnos de nosotros mismos.
   Estamos abocados a una catástrofe moral de proporciones gigantescas, en la cual solo queden en pie las virtudes cínicas. Los políticos tendrán que aferrarse a ellas y gobernar con ellas. Nuestra misión es adelantarnos por la inteligencia a devolver su dignidad de hombre al animal humano.
 
La inteligencia ha de servir siempre para algo, aplicarse a algo, aprovechar a alguien. Si averiguáramos que la inteligencia no sirve para nada, mucho menos entonces la exhibiríamos en ejercicios superfluos. Que exista una gimnástica intelectual que fortalezca y agilite intelectualmente, es muy posible. Pero sería para nosotros una actividad privada, de puro utilitaria y egoísta, nunca para exhibirla en público.
   El hombre que sabe hacer algo de un modo perfecto –un zapato, un sombrero, una guitarra, un ladrillo- no es nunca un trabajador inconsciente, sino un artista que pone toda su alma en cada momento de su trabajo.


¿Tu verdad? No, la verdad, y ven conmigo a buscarla.

En mi soledad he visto cosas muy claras que no son verdad.

Busca a tu complementario, que marcha siempre contigo, y suele ser tu contrario.

Confiemos en que no será verdad nada de lo que pensemos.

Cuando una cosa está mal…, debemos imaginamos en su lugar otra que esté bien; si encontramos, por azar, algo que esté bien, intentemos pensar algo que esté mejor. Y a partir siempre de lo imaginado, de lo supuesto, nunca de lo real.

Mas nadie logrará ser el que es, si antes no logra pensarse como no es.

Por mucho que un hombre valga, nunca tendrá valor más alto que el de ser un hombre.

No hemos de incurrir nunca en el error de tomarnos demasiado en serio.

Siempre que advirtáis un tono seguro en mis palabras, pensad que os estoy enseñando algo que creo haber aprendido del pueblo.

Confieso mi escasa simpatía hacia aquellos pensadores que parecen estar siempre seguros de lo que dicen.

Vivir es devorar tiempo: esperar, y por muy trascendente que quiera ser nuestra espera, siempre será espera de seguir esperando.

Es lástima que sean siempre los mejores propósitos aquellos que se malogran, mientras prosperan las ideicas de los tontos, arbitristas y revolvedores de la peor especie
  


   ¿Qué son las corridas de toros? ¿Qué es esa afición taurina, esa afición al espectáculo sangriento de un hombre sacrificando a un toro, con riesgo de su propia vida? Y un matador, que no es un matarife, ni un verdugo, ni un simulador de ejercicios cruentos, ¿qué es un matador, una espada, tan hazañoso como fugitivo, un ágil y esforzado sacrificador de reses bravas, mejor diré de reses enfierecidas para el acto de su sacrificio? Si no es un loco, ¿será acaso un sacerdote? No parece que pueda ser otra cosa. ¿Y al culto de qué dioses se consagra?
   Las corridas de toros nunca me han divertido. En realidad, no pueden divertirme, y yo sospecho que no divierten a nadie, porque constituye un espectáculo demasiado serio para diversión. No son un juego, un simulacro más o menos alegre, más o menos estúpido, que responda a una actividad de lujo, tampoco un ejercicio utilitario; menos un arte, puesto que nada hay en ello de ficticio o de imaginado. Son esencialmente un sacrificio. La afición taurina es, en el fondo, pasión taurina; mejor diré fervor taurino, porque la pasión propiamente dicha es la del toro.


Nadie entre en esta escuela que crea saber nada de nada. Porque la finalidad de nuestra escuela consistiría en revelar al pueblo, quiero decir al hombre de nuestra tierra, todo el radio de su posible actividad pensante, toda la enorme zona de su espíritu que pueda ser iluminada y, por consiguiente, oscurecida; en enseñarle a repensar lo pensado, a desaber lo sabido, y a dudar de su propia duda, que es el único modo de empezar a creer en algo.
   Que nadie entre en nuestra escuela que no se atreva a despreciar en sí mismo tantas cuantas cosas desprecia en su vecino, o que sea incapaz de proyectar su propia personalidad en la pantalla del ridículo.



Porque el poeta no sacará nunca la poesía de la poesía misma. Crear es sacar una cosa de otra, convertir una cosa en otra, y la materia sobre la cual se opera no puede ser la obra misma. Así, el hombre consagrado a la poesía y no a las mil realidades de la vida, será el más grave enemigo de las musas.
   Poesía será el residuo obtenido después de una delicada operación crítica, que consiste en eliminar de cuanto se vende por poesía todo lo que no lo es.
   Los grandes filósofos son poetas que creen en la realidad de sus poemas.
   Las obras poéticas realmente bellas rara vez tienen un solo autor. Son obras que se hacen solas, a través de los siglos y los poetas.
   La poesía, aun la más amorfa y negativa, era siempre un acto vidente, porque el poeta cree siempre en lo que ve, cualesquiera que sean los ojos con los que mire.

   Para el poeta solo hay un ver y cegar, un ver que se ve, pura evidencia, que es el ser mismo, y un acto creador, necesariamente negativo, que es la misma nada.


Antonio Machado – Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo

martes, 28 de agosto de 2012

Prosas escogidas de Antonio Machado





“Antonio Machado se dejó desde niño la muerte, la muerte podre y quemasdá por todos los rincones de su alma y de su cuerpo. Tuvo siempre tanto de muerto como de vivo, mitades fundidas en él por arte sencillo. Cuando me lo encontraba por la mañana temprano, me creía que acababa de levantarse de la fosa. Olía, desde muy lejos, a metamorfosis. La gusanera no le molestaba, le era buenamente familiar… Poeta de la muerte, y pensado, sentido, preparado hora tras hora para lo muerto, no he conocido otro que como él haya equilibrado estos niveles iguales de altos y bajos, según y como; que haya salvado, viviendo, muriendo, la distancia de las dos únicas existencias conocidas, paradójicamente opuestas; tan unidas aunque los hombres nos empeñamos en separarlas, oponerlas y pelearlas… Acaso él fue, más que un nacido, un resucitado…”
 Juan Ramón Jiménez



Conocemos y sentimos la imposibilidad temporal de llegar a leer toda la literatura que nos interesa. Por distintas razones hacemos viva en nosotros una pequeña parte de la sabiduría universal, mientras se nos van escapando una gran cantidad de textos, unas veces por desconocimiento de los mismos, otras por la continua elección a la que nos enfrentamos, en la que vamos dejando a un lado grandes obras que por circunstancias naturales no nos sentimos preparados para ellas o creemos que no nos encajan.

Todos hemos disfrutado en mayor o menor medida la poesía de Antonio Machado, cumbre sin par de la lírica española, pero muchas veces se nos ha escapado bajo su cuerpo metafórico el grueso de sus ideas sociales, políticas, humanísticas ó culturales. Tengo que reconocer que ignoraba casi totalmente su literatura en prosa; quizá su frontal oposición a la guerra civil y la dictadura incipiente llevó a que impidieran o retiraran de las escuelas todo vestigio de ella. Pero al descubrirla encontramos acaso al verdadero hombre comprometido con su época y sufridor de los hechos, cuya única salida para evitar su condena era el exilio.

Ahí va una pequeña selección de sus ideas, cuya profundidad, claridad y contundencia no hacen sino agigantar su eterna dimensión humana.




Llevo conmigo un diablo –no el demonio de Sócrates-, sino un diablejo que me tacha a veces lo que escribo. Para escribir encima lo contrario de lo tachado; que a veces habla por mí y otras por él, cuando no hablamos los dos a la par, para decir en coro cosas distintas. ¡Un verdadero lío! Para los tiempos que vienen no soy yo el maestro que debéis elegir, porque de mí solo aprenderéis lo que tal vez os convenga ignorar toda la vida: a desconfiar de vosotros mismos.

Tampoco encontraréis en mis notas esa firmeza y seguridad en el tono de quien, al pensar, piensa de paso que piensa la verdad. No toméis demasiado en serio -¡cuántas veces os lo he de repetir!- nada de lo que os diga. Desconfiad sobre todo del tono dogmático de mis palabras. Porque el tono dogmático suele ocultar la debilidad de nuestras convicciones.

¿Fue Alfredo de Vigny quien dijo de los políticos que no merecían, por el hecho de gobernar bien o mal, mayor loa o censura que los cocheros por conducir hábil o zurdamente sus carruajes?… Desatemos cuanto haya en estas palabras de excesivo, menosprecio para los políticos y los cocheros, según casos y pueblos… Si el auriga sabe su oficio, sigamos con él y paguémosle puntualmente su salario. Si guía mal habrá que despedirlo… Mas… ¿qué haremos con un cochero loco o borracho que nos lleva a galope alegremente al precipicio? Habrá que arrojarlo a la cuneta del camino, después de arrancarle a la fuerza las riendas de la mano. Revolución se llama a esta fulminante jubilación de cocheros borrachos.

Las reliquias históricas que se dicen reveladas, nada tendrían que temer de nuestra Escuela de Sabiduría; porque nosotros no combatiremos ninguna creencia, sino que nos limitaríamos a buscar las nuestras. Nosotros solo combatimos, y no siempre de un modo directo, las creencias falsas, es decir, las incredulidades que se disfrazan de creencias. Usted puede creer en el infierno hasta achicharrarse en él anticipadamente, pero de ningún modo recomendar a su prójimo esa creencia sin una previa y decidida participación de usted en ella. Nosotros limitamos contra una sola religión, que juzgamos irreligiosa: la mansa y perversa que tiene encanallado a todo el occidente. 

Llamémosle pragmatismo, para bautizar una ingeniosa creencia de filosofía. La palabra pragmatismo viene un poco estrecha a nuestro concepto, porque nosotros aludimos con ella a la religión natural de todos los granujas sin distinción de continentes. Quisiéramos nosotros contribuir, en la medida de nuestras fuerzas, a limpiar el mundo de hipocresía.

Estamos abocados a una catástrofe moral de proporciones gigantescas, en la cual solo quedan en pie las virtudes cómicas. Los políticos tendrán que aferrarse a ellas y gobernar con ellas. Nuestra misión es adelantarnos por la inteligencia a devolver su dignidad de hombre al animal humano.


Desconfiad del tópico “masas humanas”. Muchas gentes de buena fe lo emplean sin reparar que el tópico viene de manos enemigas: de la burguesía capitalista que explota al hombre y necesita degradarlo; algo también de la Iglesia, órgano de poder, que más de una vez se ha proclamado instituto supremo para la salvación de las masas. Mucho cuidado; a las masas no las salva nadie; en cambio, siempre se podrá disparar sobre ellas.
Escribir para las masas no es escribir para nadie, menos que nada para el hombre actual. Si os dirigís a las masas, el hombre, el cada hombre que os escuche no se sentirá aludido y necesariamente os volverá la espalda.
Nosotros no pretenderíamos nunca educar a las masas. A las masas que las parta un rayo. Nos dirigimos al hombre, que es lo único que nos interesa: al hombre en todos los sentidos de la palabra; al hombre en general y al hombre individual, al hombre esencial y al hombre empíricamente dado en circunstancias de lugar y de tiempo, sin excluir al animal humano en sus relaciones con la naturaleza. Pero el hombre masa no existe para nosotros. El concepto de masa no sirve para ayudarnos a definir al hombre, porque esa noción fisico-matemática no contiene un átomo de humanidad. Porque aquellos mismos que defienden a las aglomeraciones humanas frente a sus más abominables explotadores, han recogido el concepto de masa para convertirlo en categoria social, ética y aun estética. Y esto es francamente absurdo. Imaginad lo que podría ser una pedagogía para las masas. ¡La educación del niño-masa! Ella sería, en verdad, la pedagogía del mismo Herodes, algo monstruoso.

Para nosotros, la cultura no proviene de energía que se degrada al propagarse, ni es caudal que se aminore al repartirse; su defensa, obra será de actividad generosa que lleva implícita las dos más hondas paradojas de la ética: solo se pierde lo que se guarda, solo se gana lo que se da.
Enseñad al que no sabe; despertad al dormido; llamad a la puerta de todos los corazones, de todas las consciencias. Y como tampoco es el hombre para la cultura sino la cultura para el hombre, de tal suerte que solo el peso de la cultura puede repartirse entre todos, si mañana un vendaval de cinismo y elementalidad humana sacude el árbol de la cultura y se lleva algo más que sus hojas secas, no os asustéis. Los árboles demasiado espesos necesitan perder alguna de sus ramas, en beneficio de sus frutos. Y a falta de una poda sabia y consciente, pudiera ser bueno el huracán.



Antes de escribir un poema conviene imaginar al poeta capaz de escribirlo. Terminada nuestra labor, podemos conservar el poeta con su poema, o prescindir del poeta –como suele hacerse- y publicar el poema; o bien tirar el poema al cesto de los papeles y quedarnos con el poeta; o, por último, quedarnos sin ninguno de los dos, conservando siempre al hombre imaginativo para nuevas experiencias poéticas.
Pero, además, ¿pensáis que un hombre no puede llevar dentro de sí más de un poeta? Lo difícil sería lo contrario, que no llevase más que uno.

Después de la verdad, nada hay tan bello como la ficción. Los grandes poetas son metafísicos fracasados. Los grandes filósofos son poetas que creen en la realidad de sus poemas.
El escepticismo de los poetas puede servir de estímulo a los filósofos. Los poetas, en cambio, pueden aprender de los filósofos el arte de las grandes metáforas, de esas imágenes útiles por su valor didáctico e inmortales por su valor poético.
También de los filósofos pueden aprender los poetas a conocer los callejones sin salida del pensamiento, para salir –por los tejados- de esos mismos callejones. Sin el tiempo, esa invención de Satanás, sin ese que llamamos un maestro “engendro de Luzbel en su caída”, el mundo perdería la angustia de la espera y el consuelo de la esperanza. Y el diablo ya no tendría nada que hacer. Y los poetas, tampoco.

La poesía, aun la más amarga y negativa, era siempre un acto vidente, de afirmación de una realidad absoluta, porque el poeta cree siempre en lo que ve, cualesquiera que sean los ojos con los que mire. El poeta y el hombre. La experiencia vital le ha enseñado que no hay que vivir sin ver, que solo la visión es evidencia y que nadie duda de lo que ve, sino de lo que piensa. El poeta logra escapar de la zona dialéctica de su espíritu, irremediablemente escéptica, con la convicción de que ha estado pensando en la nada, entretenido con ese hueso que le dio a roer la divinidad para que pudiera pasar el rato y engañar su hambre metafísica.

Hay que tener los ojos muy abiertos para ver las cosas como son; aún más abiertos para verlas otras de las que son, más abiertos todavía para verlas mejores de lo que son. Yo os aconsejo la visión vigilante, porque nuestra misión es ver e imaginar despiertos, y que no pidáis al sueño sino reposo.


APÉNDICE

En una entrada anterior titulada " María Zambrano, Ganarse el Ser a través de la Vida", en que selecciono algunos textos recopilados de esta sublime malagueña por un grupo de especialistas, incluía el párrafo siguiente dentro de la autoría de María:

Pero las ideas no son sino hijas del amor, y en cierto modo, del fracaso del amor. Nunca serían concebidas sin él, porque es el amor mismo o conato del ser por superar su propia limitación, quien las proyecta sobre la nada.

Ha sido al consultar un libro de prosas escogidas de Machado, cuando he encontrado estas mismas palabras por boca de su pseudonimo Juan de Mairena. No cabe duda que sería una cita tomada por ella del autor sevillano que le serviría de reflexión, ya que es anterior cronológicamente: 

"El gran ojo que todo lo ve al verse a sí mismo es, ciertamente, un ojo ante las ideas. Pero las ideas no son las esencias mismas, sino su dibujo o contorno trazado sobre la negra pizarra del no ser. Hijas del amor y, en cierto modo, del gran fracaso del amor, nunca serían concebidas sin él, porque es el amor mismo o conato del ser por superar su propia limitación quien las proyecta sobre la nada".



“Dijo Dios: “Brote la Nada”
y alzó su mano derecha
hasta ocultar su mirada.
Y quedó la Nada hecha.




lunes, 19 de marzo de 2012

Antonio Machado y la impronta de su ciudad natal


Dejo aquí un pequeño homenaje a este poeta sevillano que supo adueñarse de nuestros corazones sensibles. Pasaba todos los días camino del colegio ante la casa que le vio nacer, junto al Palacio de las Dueñas; calles fragantes de azahar y blancura, de reminiscencias de un pasado que quedó anclado en el tiempo: “tengo recuerdos de mi infancia, tengo imágenes de luz y de palmeras, y en una gloria de oro, de lueñes campanarios con cigüeñas, … bajo un cielo añil, plazas desiertas donde crecen naranjos encendidos con sus frutas redondas y bermejas, y en un huerto sombrío, el limonero de ramas polvorientas y pálidos limones amarillos que el agua clara de la fuente espeja, un aroma de nardos y claveles y un fuerte olor de albahaca y hierbabuena…”. Tal vez el limonero al que canta se encontraba junto a la capilla de San Andrés, donde vivió más tarde, hasta que su familia marchó a Madrid. Es parte insustituible del Alma de Sevilla, como la inocente anécdota que contaba sobre el tamaño de su caña de azúcar comparada con la de otro niño, que su abuela aseguró que era mayor que la suya, quizá mientras daba de comer a las palomas en la Plaza de América, o paseaba junto al río: “Parece imposible que este trivial suceso haya tenido tanta influencia en mi vida. Todo lo que soy _bueno y malo_, cuanto hay en mí de reflexión y de fracaso, lo debo al recuerdo de mi caña dulce”.



Retrato

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
¿ya conocéis mi torpe aliño indumentario?,
más recibí la flecha que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.

¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso, como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.

Converso con el hombre que siempre va conmigo
¿quien habla solo espera hablar a Dios un día?;
mi soliloquio es plática con ese buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Y cuando llegue el día del último vïaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.




Anoche cuando dormía

Anoche cuando dormía
soñé ¡bendita ilusión!
que una fontana fluía
dentro de mi corazón.
Dí: ¿por qué acequia escondida,
agua, vienes hasta mí,
manantial de nueva vida
en donde nunca bebí?

Anoche cuando dormía
soñé ¡bendita ilusión!
que una colmena tenía
dentro de mi corazón;
y las doradas abejas
iban fabricando en él,
con las amarguras viejas,
blanca cera y dulce miel.

Anoche cuando dormía
soñé ¡bendita ilusión!
que un ardiente sol lucía
dentro de mi corazón.
Era ardiente porque daba
calores de rojo hogar,
y era sol porque alumbraba
y porque hacía llorar.

Anoche cuando dormía
soñé ¡bendita ilusión!
que era Dios lo que tenía
dentro de mi corazón.

 

Coplas mundanas

Poeta ayer, hoy triste y pobre
filósofo trasnochado,
tengo en monedas de cobre
el oro de ayer cambiado.

Sin placer y sin fortuna,
pasó como una quimera
mi juventud, la primera...
la sola, no hay más que una:
la de dentro es la de fuera.

Pasó como un torbellino,
bohemia y aborrascada,
harta de coplas y vino,
mi juventud bien amada.

Y hoy miro a las galerías
del recuerdo, para hacer
aleluyas de elegías
desconsoladas de ayer.

¡Adiós, lágrimas cantoras,
lágrimas que alegremente
brotabais, como en la fuente
las limpias aguas sonoras!

¡Buenas lágrimas vertidas
por un amor juvenil,
cual frescas lluvias caídas
sobre los campos de abril!

No canta ya el ruiseñor
de cierta noche serena;
sanamos del mal de amor
que sabe llorar sin pena.

Poeta ayer, hoy triste y pobre
filósofo trasnochado,
tengo en monedas de cobre
el oro de ayer cambiado.

El mañana efímero

La España de charanga y pandereta,
cerrado y sacristía,
devota de Frascuelo y de María,
de espíritu burlón y alma inquieta,
ha de tener su marmol y su día,
su infalible mañana y su poeta.
En vano ayer engendrará un mañana
vacío y por ventura pasajero.
Será un joven lechuzo y tarambana,
un sayón con hechuras de bolero,
a la moda de Francia realista
un poco al uso de París pagano
y al estilo de España especialista
en el vicio al alcance de la mano.
Esa España inferior que ora y bosteza,
vieja y tahúr, zaragatera y triste;
esa España inferior que ora y embiste,
cuando se digna usar la cabeza,
aún tendrá luengo parto de varones
amantes de sagradas tradiciones
y de sagradas formas y maneras;
florecerán las barbas apostólicas,
y otras calvas en otras calaveras
brillarán, venerables y católicas.
El vano ayer engendrará un mañana
vacío y ¡por ventura! pasajero,
la sombra de un lechuzo tarambana,
de un sayón con hechuras de bolero;
el vacuo ayer dará un mañana huero.
Como la náusea de un borracho ahíto
de vino malo, un rojo sol corona
de heces turbias las cumbres de granito;
hay un mañana estomagante escrito
en la tarde pragmática y dulzona.
Mas otra España nace,
la España del cincel y de la maza,
con esa eterna juventud que se hace
del pasado macizo de la raza.
Una España implacable y redentora,
España que alborea
con un hacha en la mano vengadora,
España de la rabia y de la idea.



PARABOLAS

PROFESIÓN DE FE
Dios no es el mar, está en el mar, riela
como luna en el agua, o aparece
como una blanca vela;
en el mar se despierta o se adormece.
Creó la mar, y nace
de la mar cual la nube y la tormenta;
es el Criador y la criatura lo hace;
su aliento es alma, y por el alma alienta.
Yo he de hacerte, mi Dios, cual tú me hiciste,
y para darte el alma que me diste
en mí te he de crear. Que el puro río
de caridad que fluye eternamente,
fluya en mi corazón. ¡Seca, Dios mío,
de una fe sin amor la turbia fuente!

VI
El Dios que todos llevamos,
el Dios que todos hacemos,
el Dios que todos buscamos
y que nunca encontraremos.
Tres dioses o tres personas
del solo Dios verdadero.

VII
Dice la razón: Busquemos
la verdad.
Y el corazón: Vanidad.
La verdad ya la tenemos.
La razón: ¡Ay, quién alcanza
la verdad!
El corazón: Vanidad.
La verdad es la esperanza.
Dice la razón: Tú mientes.
Y contesta el corazón:
Quien miente eres tú, razón.
que dices lo que no sientes.
La razón: Jamás podremos
entendernos, corazón.
El corazón: Lo veremos.


Sueño

Desgarrada la nube; el arco iris
brillando ya en el cielo,
y en un fanal de lluvia
y sol el campo envuelto.
Desperté. ¿Quién enturbia
los mágicos cristales de mi sueño?
Mi corazón latía
atónito y disperso.
...¡El limonar florido,
el cipresal del huerto,
el prado verde, el sol, el agua, el iris!
¡el agua en tus cabellos!...
Y todo en la memoria se perdía
como una pompa de jabón al viento.



Si es bueno vivir, todavía es mejor soñar, y lo mejor de todo, despertar.

La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos.

Tras el vivir y el soñar, está lo que más importa: el despertar

La verdad es lo que es, y sigue siendo verdad aunque se piense al revés.

Poned atención: un corazón solitario no es un corazón.

Ni el pasado ha muerto
ni está el mañana,
ni el ayer escrito.

Benevolencia no quiere decir tolerancia de lo ruin, o conformidad con lo inepto, sino voluntad de bien.

Los que están siempre de vuelta de todo son los que nunca han ido a ninguna parte.

Ayudadme a comprender lo que os digo y os lo explicaré mejor.