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lunes, 26 de noviembre de 2018

Los libros son cosas vivas (José María izquierdo)



Son los libros cosas vivas… Bajo su corteza conservan una savia inagotable, que fluye perenne de un mundo inmortal. Recogen en sus páginas la sangre preciosa y vital de un genio o de un ingenio, y la preservan para una vida que superará a su vida.



Son los libros palpitaciones de la realidad… Y porque lo son, nos dan la llave de los palacios encantados del ensueño. Nos hacen salir de nosotros mismos y de nuestras miserias, nos convierten en conciudadanos de todos los pueblos y contemporáneos de todos los siglos, nos transportan a las más bellas regiones del mundo sin fatiga, sin hastío…

Son los libros cosas vivas… Tan vivas, que por su propia superabundancia y excelencia vital, por hacernos vivir una vida doble, una múltiple vida, vida quizás infinita…, es acaso por lo que a veces los que mucho leyeron no acertaron a vivir esta pobre y triste vida terrenal.

Nadie hace los libros que quiere. Hay una fatalidad que nos inspira la idea de un libro; y hay una fuerza desconocida, una voluntad superior, una especie de necesidad de escribir que impone la obra y guía la pluma. No basta saber leer –porque haya libros y se haya aprendido a deletrearlos. Hace falta saber leer; leer no la letra, que mata, sino el espíritu, que vivifica. Hacer resonar las voces calladas de la escritura, como la aguja del fonógrafo hace revibrar los sonidos impresionados en el disco.



La elección de los libros, como la de los amigos, como la de los maestros, como la de nuestra compañera, es un deber importante, capitalísimo en nuestra existencia. Somos tan responsables de lo que leemos como de lo que hacemos. Leyendo una sola clase de libros limitamos nuestro horizonte mental. Leyendo, en cambio, cuanto cae en nuestras manos, llegamos a ese estado de incoherencia, de vagueación, característico de los sonámbulos, de los que viven en perpetua dormivela.

Claro que convendría saberlo todo, hasta lo malo, probar del árbol de la ciencia del bien y del mal, para prevernirlo todo, para estar advertidos de los riesgos y tentaciones de la vida, si no fuera que todo lo que con el mal nos familiariza ya es un mal. Verdad es que en los libros malos hay algo de bueno. Pero frente a la vida no es éste el modo de plantear la cuestión. Y no por otra razón que por falta de tiempo.

Los libros de fácil y amena lectura son útiles, como el azúcar, que forma parte de nuestra alimentación, pero no podemos vivir solo de eso. Necesitamos también libros que remuevan, que agiten y conforten nuestra alma, que a veces la hagan sufrir; pues, en este cambio, en esta lucha están el ritmo y el vigor de la vida. Hay libros en abundancia, por fortuna, que es imposible leerlos sin sentirse mejor. Son esos libros que tienen un vivo calor de humanidad, más alma que la misma palabra hablada, porque nosotros acabamos más nuestros pensamientos para escribirlos que para decirlos.



Y así como se ha hecho elogio del hombre diciendo: “habla como un libro”, el del libro se ha podido hacer de este modo: “habla como un hombre”. Saber leer no es todo. Es menester, además, querer leer, leer con fruto. Si un libro no nos interesa, no siempre tiene la culpa el libro. Unas veces, porque estamos poco preparados para penetrar en el mundo que nos descubre; otras, porque no estamos dispuestos para comunicarnos con otras almas y renovar así la curva ideal de su telepatía. No queremos escuchar ni responder, permanecemos sordos y mudos en esa conversación con los grandes espíritus.

Leer pasivamente no es leer. Cuando leemos de esta manera piensa otro por nosotros, nos limitamos a repetir su universo mental. La lectura es, en muchos casos, una manera de miedo a la vida. Para no verla cara a cara, para no afrontar sus miserias, nos entregamos a ella en solicitud de una escapada al ensueño…

Si al sentir no sintiéramos con toda el alma, y al pensar no pensáramos que todo tiene un alma; si no pusiéramos alma en todo y nonos diéramos con toda el alma... ¿queréis decirme para que serviría la vida? ¿Es la ilusión cosa distinta de la realidad? ¿No será la ilusión el deseo de una realidad más pura, más verdadera? Y cuando una obra es sinceramente, hondamente real ¿no es al propio tiempo y por su misma esencia más espiritualmente  humana, más elevada, más altamente ideal?




José María izquierdo – Divagando por la Ciudad de la Gracia



lunes, 11 de septiembre de 2017

Vivo sin vivir en mí… (José María Izquierdo)





Ahí os envío unas cuartillas que quisieron expresar lo que sentía… y que lo expresaron a medias. Luego, al copiarlas… las modifiqué. Comprendí que el público no había de enterarse del sentido íntimo que tenían. Y no comprendiéndolas me parecía inútil, impropio publicarlas. Puede guardarlas aquel de vosotros, a quien menos estorben.


Vivo sin vivir en mí…

Y tan poca vida tengo,
que muero porque me muero…

Esta es mi paráfrasis –como mía triste y fría– del estribillo inglosable de la monja andariega y de la doctora mística.
Que muero… porque me muero… y quisiera vivir.
Que muero con el mal de la muerte… y no sé nada de la vida.
Y tan poca vida tengo… que vivo muriendo
y tan sin vida estoy… que vivo con la vida sin vida de la muerte.
Vivo sin vivir en mí.
Vivo fuera de mí. Enajenado…
Vivo muy dentro de mí mismo. Enmimismado
vivo conmigo sin vivir en mí, y en mí sin vivir conmigo
no vivo; muero…
Para vivir y no morir…

Vivo sin vivir en mí…
No me hallo en mí. Por mí… no hallo a mi yo. Yo no me hallo.
Mi cuerpo ¿es el cuerpo mío? Mi alma ¿es el alma mía?
Mi cuerpo no es el cuerpo de mi alma, ni mi alma es el alma de mi cuerpo.
Pero ¿acaso son míos este cuerpo y esta alma?
¿Quién soy yo? ¿Quién soy yo… extranjero en mi cuerpo, extraño de mi alma?
Este cuerpo que no es el mío-, este alma que no es mi alma-; ¿de quién son? Si son míos ¿por qué casados mueren y divorciados viven?
Así no me hallo… no me siento… ni me pienso… ni me quiero.
Así ¿cómo ser espontáneos?
Y así vivo muriendo.

Así me he pasado mi vida… así llegará mi muerte…
Sin que llegue mi hora… si gozar mi devenir…
Sin dejar de pasar… sin poder decir: ¡ahora!...
Y ahora…
Viviendo muero.

Vivo sin un deseo, sin una experiencia…
Y muero de una vaga emoción, por mi imposible ensueño.
Vivo lleno de un vacío interior. Sin un acto, sin una obra…
Y muero en medio del vacío exterior… de las cosas, de los sucesos…
Vivo de voliciones no queridas, de impensados pensamientos…
Sin un recuerdo perdurable… sin una esperanza realizada…
Con un pasado ingrato… y un porvenir esquivo…
y muero de… amor,… de amar… de amar el amor… el amor de amar.
Así me hallo,… así me siento,… así me pienso… así me quiero…
y así ¿cómo ser claro?
Y así muero viviendo.

Así he pasado por la vida… así llegaré a la muerte
sin llegar a parte alguna… Sin comprender mi destino
sin que pase la dicha… Sin poder decir: ¡hela aquí!
Y he aquí, cómo…
Muriendo vivo…
Vivo sin vivir en mí…





Vida sin vida… ¿cómo expresarla?
Muerte sin muerte… ¿cómo explicarla?
¿Cómo razonar… enajenado…?
¿Cómo dialogar ensimismado?
Sin espontaneidad ¿cómo manifestarse en el mundo de las formas?
Sin claridad ¿cómo conducirse por el mundo de los conceptos?

Expresar lo que sentimos y queremos, es una manera de dar
nuestra vida, de comunicarnos. Es una comunión de nuestra alma bajo una forma sensible.
Explicar lo que pensamos es un modo de librarnos del caos, de salir de nuestro yo. Es una revelación, un desdoblamiento, un desarrollo de nuestro espíritu…
Y ¿cómo darnos, si es tan pobre nuestra vida, y vivimos fuera de nosotros mismos?
¿Y cómo desdoblarnos, si no acertamos a salir de nosotros mismos, sino… para ir muriendo?
Vagando en la región de las abstracciones sentimentales –tan lejos del mundo sensible como del inteligible– ¿cómo triunfar en los negocios y brillar en sociedad?

Sin vida que dar y sin poder librarme de la muerte ¿dónde hallar la simpatía que nos haga amables? ¿dónde hallar la virtud que nos haga amados?
¿Cómo presentarnos en escena, si estamos idos…?
¿Cómo atender a los demás si permanecemos absortos?
Y si hasta el sonreír es para nosotros un esfuerzo, y la misma meridiana realidad es para nosotros nebulosa como un sueño, ¿podremos saborear y compartir el exquisito placer convival, como lo saborean y comparten, las almas amigas que son flor de elegancia y de gracia?




Este es mi cuento… El cuento de un hombre que perdió su nombre.

Este era un hombre que un día abandonó su cuerpo –en una esquina– para mas divagar, con el alma libre, por la región de las ideas puras.. Cuando quiso volver a su cuerpo… para contemplarse en los ojos azules de una mujer… halló que ni su cuerpo, ni su alma, servían para vivir la vida… Y desde entonces vive muriendo… y solo revive, para morir muy luego, cuando divisa una sonrisa, que rima con aquella otra que aureolaban unos ojos azules… o cuando percibe la música de un alma que le recuerda aquella edad en que era ingenuo y puro, como un niño… que era.


José María Izquierdo Martínez (1886-1922)

jueves, 23 de marzo de 2017

Música "Made in Sevilla"

Aquí os traigo una recopilación de listas de reproducción que he ido confeccionando estas últimas semanas sobre la música creada en Sevilla y por sevillanos principalmente en los últimos 50 años, al menos de autores y grupos que han alcanzado cierta o mucha notoriedad en el panorama nacional e internacional, y que permite calibrar el alto nivel alcanzado. Creo que es una muestra muy interesante y permite oír detenidamente en una misma página, circunstancia que no he logrado encontrar en otro lugar. Aunque se presentan estilos muy diversos, hay como un espíritu común que las une en un todo coherente, un perfume de aire sevillano.


Smash




Triana




Lole y Manuel




Guadalquivir




Silvio Fernández




Cuarto Menguante




Kiko Veneno




Pata Negra




Círculo Vicioso




Benito Moreno




Gualberto




José Manuel Soto




El Pali




Romero San Juan




Goma




Storm

miércoles, 18 de enero de 2017

Espejos. Silencio Bar Sirena (Joaquín Romero Murube)




Espejos

El espejo es una de las pocas cosas que da todo lo que se le pide.

Hay espejos que sufren una verde, azulina, nostalgia del mar.

Los espejos no tienen más que un enemigo poderoso: el sol. ¡Qué lucha de rayos y fuego.

Es espejo es el hijo predilecto de la luz.

La profundidad en los espejos es la cuarta dimensión.

El genio es el hombre que llega a mirarse en el espejo del cielo.

Basta un espejo para desbaratar el mundo.

Los espejos son aficionados al espiritismo.

El cine es la vida que todos anhelamos fundida en un espejo.

Hay entre nuestras amistades una mujer deliciosa, desaparecida en sesgo, para siempre, por un espejo.

Los campesinos tienen miedo a la violenta desnudez de los espejos y los cubren con un traje de gasa rosa o celeste.

El hombre no sabe disimular el vicio femenino del espejo.

Los espejos tienen una intimidad cristalina de abuelas y antepasados inocentes.

Quien en su casa no tiene más familia que los habitantes de los espejos, vive muerto antes de morirse de verdad.

Los más bellos ensayos de suicidios se verifican en la guillotina del marco de los espejos.

Súbitamente se abren en el fondo de los espejos las más terribles interrogaciones.

Los cristales son espejos sin almas.

Existe el mártir de los espejos: Narciso.

En el río están los espejos atacados de prisa. El mar es el manicomio de los espejos. La luna, el camposanto de las lunas rotas y muertas de los espejos.

El espejo es el mayor enemigo de la soledad.

La única tristeza de los espejos es no tener voz.

Hay muertes ocasionadas por el veneno de los espejos: la de Venecia, entre otras.

Los espejos sitúan matemáticamente. Por eso la estética moderna puede ser definida como la estética del espejo.

La mujer que se vio en el primer espejo del mundo quedó privada de razón.

El Anticristo entrará en el mundo por la puerta del espejo.

El espejo es un encanto.

Un espejo sin luz produce la misma sensación que una mujer desnuda en la oscuridad.

Los espejos guardan el cadáver del aire.





Silencio Bar Sirena

El ocio me hace naufragar nuevamente, con la hora, el sol, la fiesta y la ausencia de tantas amistades y alegría, en este gran mar del espejo vecino, mar de la marinería de los licores, trasfondo y paisaje ultramarino adecuado a los aguardientes, a los cacaos, a los cócteles de química difícil. Naufrago en este mar seducido por la caricia del espejo desnudo, atraído, imantado por su serenidad absoluta de agua muerta o dormida que complementa, hasta el éxtasis, mi ocio, mi reposo, mi voluptuosa quietud. Yo, dios en este instante de la difícil soledad del bar, sobre la tierra, y, a un tiempo, en la superficie fiel, exacta y enemiga del espejo vecino, me ahogo, sumergiéndome poco a poco, con lentitud majestuosa, en la hondura del agua imaginaria, lecho de cristales de plumas, cárcel infinita del aire y de la luz. ¡Qué placer en la tarde de este domingo, atravesada en la semana como un folleto molesto entre nuestros libros buenos, sumergirse, hundirse, nadar, subir, bajar, flotar, jugar –tan inmóviles– sobre el agua del espejo, en el mar de la licorería rara, bogando hacia la isla de los whiskys con el motor de un sueño viajero! Es este uno de esos espejos nostálgicos que enjaulan al aire limpio, que biselan y rompen con su friso de agua verde o azul la simetría perpendicular y hostil de las paredes y los techos, y que en los fondos, hondos, guardan –doblados, torcidos como suicidas al comenzar la suerte del balcón a la calle; sobre el aire, o mejor, fuera del aire, del espacio normal– guardan, digo, estos espejos entre sus elásticas paredes a todos los paseantes del bar, trasegantes buscadores del ajenjo, los magnetizados por la copa verde, áurea o negra del licor de las madrugadas, los hombres buenos, santos, patriotas, del “mitad y mitad”, bocadillos de jamón, limonada, pastel, o –mejor gente todavía– seltz y visual a la adolescente cajera enjaulada. Todo, el gesto, y el trago, la mirada y la palabra, el cuerpo y la sombra, la voz y el eco, la rosa y el deseo, el humo, el silencio y hasta el ángulo de los huidizos pensamientos, todo queda hundido en el fondo del espejo del bar, ahogado en sus inclinadas aguas muertas, aguas verdeantes, aguas relucientes, aguas plateadas por el cuajo de tantas calmas y serenidades. Por este mar fingido de la pared del bar arriban los grandes navíos que llenan de humo y tropicales esencias los ámbitos poblados de presurosas gentes; por este gran espejo comienzan el desnivel y el desorden arquitectónico en las mareas de las altas borracheras de todos los Santiagos de todos los meses; por él huye ese hombre negro –luto en silencio– que desaparece sin que nadie lo haya visto salir por las puertas, y en sus aguas, por fin, se suicida también el adolescente que llega al final de una espesa noche de mayo, trémulo, sombra del horror, con los ojos encendidos en amores contrarios, horribles, porque el mundo se le ha abierto de pronto en el fondo de un misterio repugnante, y bebe el aguardiente más fuerte, el aguardiente de los grados infinitos que insensibilizan hasta el vértigo de los ojos, y lo arroja a uno al mar del espejo o a cualquier otro mar: indiferente.





…-¿Un rumor? ¿Agua? ¿Luz?... ¡Cuidado, cuidado! Abramos bien los ojos… ¡Sí, sí, en el mar, por la orilla, por la orilla del mar!... ¡Quietos! Sí, una sirena… una sirena… ¡¡Quietos!! Ha nacido, como la aurora., del silencio y la sombra… Una sirena, una sirena auténtica. Ha aparecido por el ángulo norte del espejo, digo del mar, por donde debe caer justamente el meridiano de Los Ángeles, de Hollywood… ¡Una sirena, sí, una sirena!... Ahora se sienta al borde las aguas. Se parece, claro, a todas sus otras hermanas, sirenas de la sombra: verdes los ojos y justa, fina la nariz sobre los labios frescos, frutales, llenos., y el cabello gris, áureo, rubio, revuelto, movido, arremolinado por la brisa marinera del anclado bar… ¡Qué alegría! El domingo me ha traído como regalo encerrado en la más difícil de sus horas, una sirena… ¿Habrá sobre el haz de la tierra persona alguna con mayor felicidad que la mía? ¡Una sirena de pintados labios y de ojos…! ¿cómo son los ojos?... ¡Qué felicidad! Yo oiré su canto pérfido y acabaré de morir, consciente –hombre moderno– de mi bello engaño, hecho mi cuerpo sombra apasionada de su huida. ¿Por dónde al mar de la sirenita? Ahora bebe una copa de pipermint… Ahora me mira: siento sus ojos clavados en mí –¡qué deliciosa muerte! – y tengo que correr los míos por el horizonte marino del espejo, en huida confusa, para no ahogarme prematuramente de miedos e impaciencias… ¿Por dónde a ella? ¿Por dónde a sus palabras, a sus ojos, a sus labios?.. Pero… ¿y la sirenita? ¿Dónde está ahora la sirena? ¿Ni sombra ya de su estancia? ¿Mar fingido, mar solitario otra vez? ¿Soledad?... ¡Soledad, sí, soledad llena de femenina ausencia!

(Se ha tornado todo el placer de las aguas en veneno, borrasca de la tarde. Hay que huir lejos., pronto, de estas playas, testigos de mi felicidad y de mi engaño. Hay que huir para sanar de la herida de la sirenita. Huir, huir, huir…)


Y luego, mientras el tranvía en su huida ciega y torpe me enseña, a través de los cristales de su japonesa arquitectura, la ciudad despoblada, tierna y amarilla de la tarde del domingo, doy gracias a mi señor don Apolo, director del trust de las liras azules, por haberme hecho poeta desde esta tarde, poeta verdadero, poeta terriblemente auténtico que ha gozado la presencia de una sirenita en el fondo marino –¡ay qué lejanía! – del espejo de un bar americano.


Joaquín Romero Murube – Sombra apasionada

lunes, 28 de enero de 2013

Tres rimas y un poco de leyenda (Bécquer)

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RIMA LXVI

¿De dónde vengo?... El más horrible y áspero
de los senderos busca;
las huellas de unos pies ensangrentados
sobre la roca dura;
los despojos de un alma hecha jirones
en las zarzas agudas,
te dirán el camino
que conduce a mi cuna.

¿Adónde voy?  El más sombrío y triste
de los páramos cruza,
valle de eternas nieves y de eternas
melancólicas brumas;
en donde esté una piedra solitaria
sin inscripción alguna,
donde habite el olvido,
allí estará mi tumba.




RIMA LXI

Al ver mis horas de fiebre
e insomnio lentas pasar,
a la orilla de mi lecho,
         ¿quién se sentará?

Cuando la trémula mano
tienda, próximo a expirar,
buscando una mano amiga,
         ¿quién la estrechará?

Cuando la muerte vidríe
de mis ojos el cristal,
mis párpados aún abiertos,
         ¿quién los cerrará?

Cuando la campana suene
(si suena en mi funeral)
una oración, al oírla,
         ¿quién murmurará?

Cuando mis pálidos restos
oprima la tierra ya,
sobre la olvidada fosa,
         ¿quién vendrá a llorar?

¿Quién en fin, al otro día,
cuando el sol vuelva a brillar,
de que pasé por el mundo
         quién se acordará?



RIMA LXXV

¿Será verdad que, cuando toca el sueño,
con sus dedos de rosa, nuestros ojos,
de la cárcel que habita huye el espíritu
en vuelo presuroso?

¿Será verdad que, huésped de las nieblas,
de la brisa nocturna al tenue soplo,
alado sube a la región vacía
a encontrarse con otros?

¿Y allí desnudo de la humana forma,
allí los lazos terrenales rotos,
breves horas habita de la idea
el mundo silencioso?

¿Y ríe y llora y aborrece y ama
y guarda un rastro del dolor y el gozo,
semejante al que deja cuando cruza
el cielo un meteoro?.

¡Yo no sé si ese mundo de visiones
vive fuera o va dentro de nosotros.
Pero sé que conozco a muchas gentes
a quienes no conozco!







La Venta de los Gatos

En Sevilla, y en mitad del camino que se dirige al convento de San Jerónimo desde la puerta de la Macarena, hay entre otros ventorrillos célebres uno que, por el lugar en que está colocado y las circunstancias especiales que en él concurren, puede decirse que era, si ya no lo es, el más neto y característico de todos los ventorrillos andaluces.

Figuraos una casita blanca como el ampo de la nieve, con su cubierta de tejas rojizas las unas, verdinegras las otras, y entre las cuales crecen un sinfín de jaramagos y matas de reseda. Un cobertizo de madera baña en sombra el dintel de la puerta, a cuyos lados hay dos poyos de ladrillo y argamasa. Empotradas en el muro que rompen varios ventanillos abiertos a capricho para dar luz al interior, y de los cuales unos son más bajos y otros más altos, éste en forma cuadrangular, aquél imitando un ajimez o una claraboya, se ven de trecho en trecho algunas estacas y anillas de hierro que sirven para atar las caballerías. Una parra añosísima, que retuerce sus negruzcos troncos por entre la armazón de maderos que la sostienen, vistiéndolos de pámpanos y hojas verdes y anchas, cubre como un dosel al estrado, el cual lo componen tres bancos de pino, media docena de sillas de anea desvencijadas y hasta seis o siete mesas cojas y hechas de tablas mal unidas.

Por uno de los costados de la casa sube una madreselva, agarrándose a las grietas de las paredes, hasta llegar al tejado, de cuyo alero penden algunas guías que se mecen con el aire, semejando flotantes pabellones de verdura. Al pie del otro corre una cerca de cañizo, señalando los límites de un pequeño jardín que parece una canastilla de juncos rebosando de flores. Las copas de dos corpulentos árboles que se levantan a espaldas del ventorrillo forman el fondo oscuro sobre el cual se destacan sus blancas chimeneas, completando la decoración los vallados de las huertas, llenos de pitas y zarzamoras, los retamares que crecen a la orilla del agua, y el Guadalquivir que se aleja arrastrando con lentitud su torcida corriente por entre aquellas agrestes márgenes hasta llegar al pie del antiguo convento de San Jerónimo, el cual se asoma por cima de los espesos olivares que lo rodean y dibuja por oscuro la negra silueta de sus torres sobre un cielo azul y transparente.



Imaginaos este paisaje animado por una multitud de figuras de hombres, mujeres, chiquillos y animales, formando grupos a cual más pintorescos y característicos; aquí el ventero, rechoncho y coloradote, sentado al sol en una silleta baja, deshaciendo entre las manos el tabaco para liar un cigarrillo y con el papel en la boca; allí, un regatón de la Macarena que canta entornando los ojos y acompañándose con una guitarrilla mientras otros le llevan el compás con las palmas o golpeando las mesas con los vasos; más allá, una turba de muchachas, con sus pañuelos de espumilla de mil colores y toda una maceta de claveles en el pelo, que tocan la pandereta, y chillan, y ríen, y hablan a voces en tanto que impulsan como locas el columpio colgado entre dos árboles, y los mozos del ventorrillo que van y vienen con bateas de manzanilla y platos de aceitunas, y las bandas de gentes del pueblo que hormiguean en el camino; dos borrachos que disputan con un majo que requiebra al pasar a una buena moza, un gallo que cacarea esponjándose orgulloso sobre las bardas del corral, un perro que ladra a los chiquillos que le hostigan con palos y piedras, el aceite que hierve y salta en la sartén donde fríen el pescado, el chascar de los látigos de los caleseros que llegan levantando una nube de polvo, ruido de cantares, de castañuelas, de risas, de voces, de silbidos y de guitarras y golpes en las mesas, y palmadas y estallidos de jarros que se rompen, y mil y mil rumores extraños y discordes que forman una alegre algarabía imposible de describir. Figuraos todo esto en una tarde templada y serena, en la tarde de uno de los días más hermosos de Andalucía, donde tan hermosos son siempre, y tendréis una idea del espectáculo que se ofreció a mis ojos la primera vez que, guiado por su fama, fui a visitar aquel célebre ventorrillo…



                       (Detalle abanico pintado por mi tío Enrique Lora)




G.A. Bécquer - Rimas y Leyendas


martes, 15 de enero de 2013

El Lenguaje del Paraíso (Manuel Ferrand)




Un verdadero placer la lectura de esta selección de artículos periodísticos de Manuel Ferrand bajo el título “Las Campanas perdidas”, en los que dibuja a la perfección y brevemente muchos símbolos del alma de Sevilla con una lucidez y elegancia envidiables, como en “Los pájaros de la Giralda”, “Aprenda Sevilla en quince días”, “Azucenas en Sevilla”, etc. Mejor define su obra su hijo, Manuel Ignacio Ferrand, en la introducción: “Fue mi padre creador de una nueva mitología sevillana. Mitología imaginada bajo los auspicios de la sabiduría más fecunda e integral, pero respetando cautelosamente los dictados del azar, de la libre asociación, de la imaginación novelesca y la creatividad del sueño…”  

En otros trata temas dispares siempre interesantes, con una postura sensata y a la vez apasionada, sin doctrinalismo y con humor. Traigo aquí un par de ellos que muestran algunas de sus inquietudes vitales.








Buscaré el lenguaje de los pájaros

Para los iniciados en herméticas sabidurías el lenguaje de los pájaros es el primigenio, el más simple y el más completo, el que vale para comunicarse con hombres de cualquier lengua y con animales de cualquier especie. Era lo que hablaban Adán y Eva, lo que le enseñaron a Melampo las serpientes, lo que llegó a dominar Roger Bacon, según recogen algunos escritos. Bacon, el que dejó dicho, allá por el siglo XIII, “se verán coches sin caballos y aparatos que llevarán al hombre por los aires”, dicen que encontró en el lenguaje de los pájaros la clave de todos los idiomas y que por eso enseñaba el griego y el hebreo en el transcurso de seis días.

El lenguaje de los pájaros venía a ser –o sigue siendo, que yo no lo sé– la antítesis de lo confuso, lo contrario de lo babélico: la formula feliz para que alguna vez fuera verdad eso de que hablando se entienda la gente.

Hace unos años se hablaba y escribía mucho sobre uno de los dramas que aqueja al hombre, el de la incomunicación. Un mal agravado por las prisas, por las tensiones, por cuanto circunda y atosiga a la vida del ciudadano. Se acabaron las tertulias, que no hay tiempo para eso; se limita la posibilidad de charlas hasta en los hogares, se recela del prójimo. Y cuando al fin conversamos no es raro que se interponga un velo sutil o una muralla de reservas, como si cada frase fuera ambivalente y cada palabra con distinto sentido. El escritor sabe que de lo que piensa, de lo que siente, solo logra hacerse entender en una pequeña parte, porque su medio expresivo, la palabra, es recurso limitado lleno de connotaciones imprevisibles, sujeto a interpretaciones dispares y subjetivas. Haría falta un esperanto genial donde cada vocablo reflejara exactamente un solo concepto y con tal claridad que no hubiera equívoco para nadie. Haría falta encontrar ese utópico, maravilloso lenguaje de los pájaros.

Yo no sé si esta lengua añorada está formada por trinos, por vocablos rotundos y diáfanos, por onomatopeyas, por silbidos como los de los lugareños de La Gomera o si prescinde de sonido y, se bastan con la transmisión del pensamiento, como aseguran los ufólogos que se comunican con los extraterrestres. A lo mejor es eso, un idioma sin palabras, sensacional hallazgo que nos libraría de los habladores sin tregua que nos aturden, del discurso parlamentario que nos sonroja, del impertinente que nos enfada, del repetidor de tópicos que nos aburre y desespera. Y del que habla pero no escucha, que es caso frecuente de engreimiento infundado.

Dialogando en el lenguaje de los pájaros, a lo mejor lográbamos entender a los fanáticos, a los que escriben sin que se les entiendan, a los que mienten por norma, a los que suspiran por las guerras, que los hay, y a los que se pasan la vida haciendo la pascua. Serviría para conocernos mejor, para librarnos de la confusión que significa ir sumido en perplejidades.

El lenguaje de los pájaros. Voy a ver si me determino a buscarlo por entre tantos libros raros que me quedan por leer. Aunque tal vez me den una pista los niños, que entre ellos se entienden de maravilla, o los pájaros mismos, quien sabe. Donde sea, urge encontrar el lenguaje con el que todos podamos entendernos.





A la búsqueda del paraíso perdido


Subiendo rampas o escaleras se llega a lo alto de la torre. Bueno es subir de vez en cuando, para sentirse cerca de nubes y bandadas, para abarcar confines, para recobrar la certidumbre de que hay algo más que aquello que vemos cada día.

Dicen nuevos investigadores que existe otro mundo y que está aquí, con nosotros, que no lo sabemos ver. Esto ya lo adivinaron los artistas, los poetas y algún raro pensador que otro; lo sabía Papini, que aseguró que la pérdida del Paraíso consistió en no poder disfrutarlo, aunque siguiéramos en él. Porque el Paraíso es la Creación y sigue en pie, con árboles y riachuelos, pájaros, brillos, flores, sonidos del agua y del viento, arreboles y noches de constelaciones.

Subir a lo alto de la torre es reeencontrar –eso sí, el que quiera y pueda–, ese otro mundo prodigiosamente sencillo, tan rico en sensaciones de plenitud, de color y de sosiego. Abajo queda la ciudad sin horizontes; enferma de rutinas y de contaminaciones; calles que son cauces de estrépitos, de humos y de prisas, plazas convertidas en garages a la intemperie. El escenario de cada día, el que encontramos al bajar, al que miramos con ternura y pesadumbre y con amor también por ser ámbito de nuestro dolor y de nuestras ilusiones.

Desde la torre se contempla lo eterno como si estuviera recién creado, porque recuperamos el don de descubrimientos, el que perdimos al dejar de ser niño. Y se sueña con que, algún día, el hombre recobre este cielo, este horizonte, este aire libre y limpio, no contaminado de hedores, ruidos, ambiciones y falacias. Si la Humanidad volviera a tener la mirada limpia, y limpios el corazón y la mente, recobraría el Paraíso perdido.


Manuel Ferrand – Las Campanas Perdidas


viernes, 11 de enero de 2013

No se envejece en Sevilla... (Chaves Nogales)


 
En este repaso a los grandes definidores de lo que se ha llamado “El Alma de Sevilla”, no podía faltar la figura insigne y pletórica de Manuel Chaves Nogales, cantor sublime y certero de esa difícil y esquiva idiosincrasia sevillana, que aún latía con todo su vigor en aquel lejano año de 1921, cuando publicó su entrañable libro “La Ciudad”. Desvelaba en él, con una prosa atrayente y llena de colorido, una Sevilla diferente e íntima, alejada de los excesos que un panderetismo oficializado y sin escrúpulos consiguió forjar a base de tópicos decretados, normalmente con fines comerciales.
En fin, nos presenta una Sevilla que ya no existe apenas, pero cuyo perfume late aún en la memoria colectiva de sus habitantes. Aquí unos fragmentos de gran belleza conceptual y lírica.





Si supiéramos de alguna ciudad que tuviese esta sabia armonía, esta exquisita aristocracia, esta plenitud de espíritu de nuestra ciudad, no hubiésemos empezado a escribir… Solo ella es así; a los incrédulos, a los extraviados, a quienes la ignoran, dirigimos la certeza de nuestro amor.

Cuando desde los altos miradores contemplamos una ciudad asentada en tierra llana, nos satisface hallar casi siempre una montaña próxima, a la vez vigía, a la vez amenaza… Sevilla no tiene su montaña, y creemos que no hubiese podido soportarla. Ella es la cumbre de sí misma, la cima ideal, el baluarte supremo. Sus esclavos, aherrojados, nunca la abandonarían; su independencia se pugnará en sus calles; sus castigos los espera de su propia elevación. (¿Hallaríamos en esta divinización la causa remota de sus aislamientos espirituales, de su indiferencia, de sus desfallecimientos en la obra de todos, de tantos vicios y tantos y tantos parásitos de virtudes?).

Desde las azoteas admiramos la ciudad tendida sobre el césped; fácil, segura de sí misma, libre de enojosos guardianes. Solo a lo lejos, después de los jardines y los prados, como la guardia exterior de las mansiones de realeza, hay unas obscuras estribaciones terciarias, humildes vigilantes que evitan la sugestión del campo abierto o todas las rutas, sin sombrear tristemente a la ciudad, apesadumbrándola con sensaciones de dominación.

Miremos. Bajo el cielo más cielo, el blanco violento de la cal andaluza; la arcilla obscura y discreta -¡oh, los rojos tejados de Castilla, como coágulos de sangre!- arrancada a nuestra vega para cubrir las casas sin imperativo de color; de vez en vez, festones de verdura; la piedra alzando a trechos su gris dominador y absolutista; el abrazo de un río; el índice de una torre, hecha de idealidad más bien que de ladrillo; esta torre, en la que están prendidas todas las fantasías, todos los anhelos y las quimeras que engendró, en imaginaciones lejanas y corazones próximos, hasta conseguir que sus atauriques sean vibrantes, estén llenos de una vida total, como si hubiesen sido trazados sobre almas.



Si esta ciudad nos da una sensación inefable, es porque se ofrece toda entera a una sola mirada. Se os entregará con una facilidad mañanera y virginal; con la misma facilidad con que sus mujeres os dan los buenos días. Pero no le pidáis, llevados de esa sugestión, lo que no puede daros; no busquéis una exaltación que solo en las imaginaciones existe; no intentéis descomponer su luz con el prisma de vuestro panderetismo. Ved unas calles llanas, ved unas casas todo blancura, ved unas almas claras.

Para salvar estas indeterminaciones, haced desfilar los siglos sobre ella; evocad las razas que en esta llanura quisieron perpetuarse con sus piedras, con las mismas piedras que fueron propicias a todos los mitos; pensad en los soles que habrán saludado a sus murallas; imaginad que esta arcilla ha sido muchas veces alfarero, y demanda piedad, porque ha tenido alma. Evocad, evocad. En el fondo de las arquitecturas supervivientes, ved las ansias imprecisas de otras arquitecturas acabadas, y cuando llegue a vosotros el alma de la ciudad, gozadla toda entera. En lo que de ella sabéis y en lo que ignoráis.

Sevilla ha sido clasificada como ciudad típica por quienes han visto de ella únicamente la Plaza del Triunfo, el barrio de Santa Cruz y la Macarena, donde la diligencia municipal ha expuesto una Sevilla fácil –facilidad de cortesana acicalada previamente para los negociantes que llegan presurosos- ordenada, llena de arte y de cicerones…. No es censurable este aspecto, y los barrios típicos, son rápidos a la interpretación, fácilmente desnudables. En unas horas el caminante ha podido gozar la ciudad y machar satisfecho.

Hay sin embargo otra ciudad -¡hay tantas ciudades en cada recinto!- para los exégetas meticulosos, para los líricos, siempre insatisfechos, hambrientos, de un hambre insaciable de ideal… Cada esquina que doblemos, es una nueva ciudad; si no fuera una generalización en exceso deficiente, hablaríamos de España en Sevilla; no de la España actual, sino de una España redimida del tiempo, en la que los siglos se detienen o se precipitan. Cada ladrillo, cada hierro de forja, cada sillar, tiene una vida propia, una significación independiente, y, a veces, adversaria de la significación que la disciplina ciudadana le otorga, hasta humanizarse, dotarse de vida propia.



Hay ciudades eternas, inmutables; son esas ciudades en las que suenan del mismo modo, desde hace muchos siglos, unas mismas campanas; ciudades en las que hizo presa una catedral o un castillo; ciudades sobre las que se alza una montaña o se precipita al mar. En ellas se achican las almas, que se mudan en cicateras y débiles, y la vida se acorta. Pronto el espíritu se hace viejo y achacoso, y hay siempre un invencible agobio de eternidad, que arrastra a las almas penosamente, envaradas por una prematura vejez.

No se envejece en Sevilla… El sevillano da la impresión de un hombre eterno; razones, atávicas, misteriosamente atávicas, determinan su plenitud, aún en la mayor ignorancia; un absoluto olvido de sí mismo, promueve la sensación de perpetuidad, y las generaciones se suceden rápidamente, sin dejar jalones diferenciados de su paso, sin juventudes, sin plenitud, sin vejez. No tenemos ancianos; son los nuestros, unos viejecitos pintorescos, a lo sumo, faltos de espíritu sereno, nunca ecuánimes, llenos de vejez, pero jamás de ancianidad.
Nadie aprende a morir, porque nadie ha envejecido. La existencia es un encantamiento que se rompe brutalmente en la hora definitiva. En nuestra ciudad, la muerte es siempre un asesinato.

A la belleza, a la armonía, ha sido siempre la suprema aspiración de nuestro pueblo; pero por el camino del dolor, en el dolor mismo, y no por el dolor –romanticismo- ni a pesar de él –clasicismo-. Hay, sin embargo, una insatisfecha aspiración hacia el clasicismo, hacia la perfecta belleza, aunque sin abdicar jamás de aquella pasión por lo sobrehumano y sublime.

Conviviendo con nuestro pueblo bajo; siguiendo atentamente sus luchas, con las pasiones que le son innatas; viéndole caminar, misteriosamente orientado, hacia una belleza que desconoce, es como confirmamos la  existencia de esta doble tendencia, la realidad de estas inquietudes espirituales, que son la razón de nuestra perenne vitalidad anímica.


Manuel Chaves Nogales - La Ciudad 

martes, 28 de agosto de 2012

Prosas escogidas de Antonio Machado





“Antonio Machado se dejó desde niño la muerte, la muerte podre y quemasdá por todos los rincones de su alma y de su cuerpo. Tuvo siempre tanto de muerto como de vivo, mitades fundidas en él por arte sencillo. Cuando me lo encontraba por la mañana temprano, me creía que acababa de levantarse de la fosa. Olía, desde muy lejos, a metamorfosis. La gusanera no le molestaba, le era buenamente familiar… Poeta de la muerte, y pensado, sentido, preparado hora tras hora para lo muerto, no he conocido otro que como él haya equilibrado estos niveles iguales de altos y bajos, según y como; que haya salvado, viviendo, muriendo, la distancia de las dos únicas existencias conocidas, paradójicamente opuestas; tan unidas aunque los hombres nos empeñamos en separarlas, oponerlas y pelearlas… Acaso él fue, más que un nacido, un resucitado…”
 Juan Ramón Jiménez



Conocemos y sentimos la imposibilidad temporal de llegar a leer toda la literatura que nos interesa. Por distintas razones hacemos viva en nosotros una pequeña parte de la sabiduría universal, mientras se nos van escapando una gran cantidad de textos, unas veces por desconocimiento de los mismos, otras por la continua elección a la que nos enfrentamos, en la que vamos dejando a un lado grandes obras que por circunstancias naturales no nos sentimos preparados para ellas o creemos que no nos encajan.

Todos hemos disfrutado en mayor o menor medida la poesía de Antonio Machado, cumbre sin par de la lírica española, pero muchas veces se nos ha escapado bajo su cuerpo metafórico el grueso de sus ideas sociales, políticas, humanísticas ó culturales. Tengo que reconocer que ignoraba casi totalmente su literatura en prosa; quizá su frontal oposición a la guerra civil y la dictadura incipiente llevó a que impidieran o retiraran de las escuelas todo vestigio de ella. Pero al descubrirla encontramos acaso al verdadero hombre comprometido con su época y sufridor de los hechos, cuya única salida para evitar su condena era el exilio.

Ahí va una pequeña selección de sus ideas, cuya profundidad, claridad y contundencia no hacen sino agigantar su eterna dimensión humana.




Llevo conmigo un diablo –no el demonio de Sócrates-, sino un diablejo que me tacha a veces lo que escribo. Para escribir encima lo contrario de lo tachado; que a veces habla por mí y otras por él, cuando no hablamos los dos a la par, para decir en coro cosas distintas. ¡Un verdadero lío! Para los tiempos que vienen no soy yo el maestro que debéis elegir, porque de mí solo aprenderéis lo que tal vez os convenga ignorar toda la vida: a desconfiar de vosotros mismos.

Tampoco encontraréis en mis notas esa firmeza y seguridad en el tono de quien, al pensar, piensa de paso que piensa la verdad. No toméis demasiado en serio -¡cuántas veces os lo he de repetir!- nada de lo que os diga. Desconfiad sobre todo del tono dogmático de mis palabras. Porque el tono dogmático suele ocultar la debilidad de nuestras convicciones.

¿Fue Alfredo de Vigny quien dijo de los políticos que no merecían, por el hecho de gobernar bien o mal, mayor loa o censura que los cocheros por conducir hábil o zurdamente sus carruajes?… Desatemos cuanto haya en estas palabras de excesivo, menosprecio para los políticos y los cocheros, según casos y pueblos… Si el auriga sabe su oficio, sigamos con él y paguémosle puntualmente su salario. Si guía mal habrá que despedirlo… Mas… ¿qué haremos con un cochero loco o borracho que nos lleva a galope alegremente al precipicio? Habrá que arrojarlo a la cuneta del camino, después de arrancarle a la fuerza las riendas de la mano. Revolución se llama a esta fulminante jubilación de cocheros borrachos.

Las reliquias históricas que se dicen reveladas, nada tendrían que temer de nuestra Escuela de Sabiduría; porque nosotros no combatiremos ninguna creencia, sino que nos limitaríamos a buscar las nuestras. Nosotros solo combatimos, y no siempre de un modo directo, las creencias falsas, es decir, las incredulidades que se disfrazan de creencias. Usted puede creer en el infierno hasta achicharrarse en él anticipadamente, pero de ningún modo recomendar a su prójimo esa creencia sin una previa y decidida participación de usted en ella. Nosotros limitamos contra una sola religión, que juzgamos irreligiosa: la mansa y perversa que tiene encanallado a todo el occidente. 

Llamémosle pragmatismo, para bautizar una ingeniosa creencia de filosofía. La palabra pragmatismo viene un poco estrecha a nuestro concepto, porque nosotros aludimos con ella a la religión natural de todos los granujas sin distinción de continentes. Quisiéramos nosotros contribuir, en la medida de nuestras fuerzas, a limpiar el mundo de hipocresía.

Estamos abocados a una catástrofe moral de proporciones gigantescas, en la cual solo quedan en pie las virtudes cómicas. Los políticos tendrán que aferrarse a ellas y gobernar con ellas. Nuestra misión es adelantarnos por la inteligencia a devolver su dignidad de hombre al animal humano.


Desconfiad del tópico “masas humanas”. Muchas gentes de buena fe lo emplean sin reparar que el tópico viene de manos enemigas: de la burguesía capitalista que explota al hombre y necesita degradarlo; algo también de la Iglesia, órgano de poder, que más de una vez se ha proclamado instituto supremo para la salvación de las masas. Mucho cuidado; a las masas no las salva nadie; en cambio, siempre se podrá disparar sobre ellas.
Escribir para las masas no es escribir para nadie, menos que nada para el hombre actual. Si os dirigís a las masas, el hombre, el cada hombre que os escuche no se sentirá aludido y necesariamente os volverá la espalda.
Nosotros no pretenderíamos nunca educar a las masas. A las masas que las parta un rayo. Nos dirigimos al hombre, que es lo único que nos interesa: al hombre en todos los sentidos de la palabra; al hombre en general y al hombre individual, al hombre esencial y al hombre empíricamente dado en circunstancias de lugar y de tiempo, sin excluir al animal humano en sus relaciones con la naturaleza. Pero el hombre masa no existe para nosotros. El concepto de masa no sirve para ayudarnos a definir al hombre, porque esa noción fisico-matemática no contiene un átomo de humanidad. Porque aquellos mismos que defienden a las aglomeraciones humanas frente a sus más abominables explotadores, han recogido el concepto de masa para convertirlo en categoria social, ética y aun estética. Y esto es francamente absurdo. Imaginad lo que podría ser una pedagogía para las masas. ¡La educación del niño-masa! Ella sería, en verdad, la pedagogía del mismo Herodes, algo monstruoso.

Para nosotros, la cultura no proviene de energía que se degrada al propagarse, ni es caudal que se aminore al repartirse; su defensa, obra será de actividad generosa que lleva implícita las dos más hondas paradojas de la ética: solo se pierde lo que se guarda, solo se gana lo que se da.
Enseñad al que no sabe; despertad al dormido; llamad a la puerta de todos los corazones, de todas las consciencias. Y como tampoco es el hombre para la cultura sino la cultura para el hombre, de tal suerte que solo el peso de la cultura puede repartirse entre todos, si mañana un vendaval de cinismo y elementalidad humana sacude el árbol de la cultura y se lleva algo más que sus hojas secas, no os asustéis. Los árboles demasiado espesos necesitan perder alguna de sus ramas, en beneficio de sus frutos. Y a falta de una poda sabia y consciente, pudiera ser bueno el huracán.



Antes de escribir un poema conviene imaginar al poeta capaz de escribirlo. Terminada nuestra labor, podemos conservar el poeta con su poema, o prescindir del poeta –como suele hacerse- y publicar el poema; o bien tirar el poema al cesto de los papeles y quedarnos con el poeta; o, por último, quedarnos sin ninguno de los dos, conservando siempre al hombre imaginativo para nuevas experiencias poéticas.
Pero, además, ¿pensáis que un hombre no puede llevar dentro de sí más de un poeta? Lo difícil sería lo contrario, que no llevase más que uno.

Después de la verdad, nada hay tan bello como la ficción. Los grandes poetas son metafísicos fracasados. Los grandes filósofos son poetas que creen en la realidad de sus poemas.
El escepticismo de los poetas puede servir de estímulo a los filósofos. Los poetas, en cambio, pueden aprender de los filósofos el arte de las grandes metáforas, de esas imágenes útiles por su valor didáctico e inmortales por su valor poético.
También de los filósofos pueden aprender los poetas a conocer los callejones sin salida del pensamiento, para salir –por los tejados- de esos mismos callejones. Sin el tiempo, esa invención de Satanás, sin ese que llamamos un maestro “engendro de Luzbel en su caída”, el mundo perdería la angustia de la espera y el consuelo de la esperanza. Y el diablo ya no tendría nada que hacer. Y los poetas, tampoco.

La poesía, aun la más amarga y negativa, era siempre un acto vidente, de afirmación de una realidad absoluta, porque el poeta cree siempre en lo que ve, cualesquiera que sean los ojos con los que mire. El poeta y el hombre. La experiencia vital le ha enseñado que no hay que vivir sin ver, que solo la visión es evidencia y que nadie duda de lo que ve, sino de lo que piensa. El poeta logra escapar de la zona dialéctica de su espíritu, irremediablemente escéptica, con la convicción de que ha estado pensando en la nada, entretenido con ese hueso que le dio a roer la divinidad para que pudiera pasar el rato y engañar su hambre metafísica.

Hay que tener los ojos muy abiertos para ver las cosas como son; aún más abiertos para verlas otras de las que son, más abiertos todavía para verlas mejores de lo que son. Yo os aconsejo la visión vigilante, porque nuestra misión es ver e imaginar despiertos, y que no pidáis al sueño sino reposo.


APÉNDICE

En una entrada anterior titulada " María Zambrano, Ganarse el Ser a través de la Vida", en que selecciono algunos textos recopilados de esta sublime malagueña por un grupo de especialistas, incluía el párrafo siguiente dentro de la autoría de María:

Pero las ideas no son sino hijas del amor, y en cierto modo, del fracaso del amor. Nunca serían concebidas sin él, porque es el amor mismo o conato del ser por superar su propia limitación, quien las proyecta sobre la nada.

Ha sido al consultar un libro de prosas escogidas de Machado, cuando he encontrado estas mismas palabras por boca de su pseudonimo Juan de Mairena. No cabe duda que sería una cita tomada por ella del autor sevillano que le serviría de reflexión, ya que es anterior cronológicamente: 

"El gran ojo que todo lo ve al verse a sí mismo es, ciertamente, un ojo ante las ideas. Pero las ideas no son las esencias mismas, sino su dibujo o contorno trazado sobre la negra pizarra del no ser. Hijas del amor y, en cierto modo, del gran fracaso del amor, nunca serían concebidas sin él, porque es el amor mismo o conato del ser por superar su propia limitación quien las proyecta sobre la nada".



“Dijo Dios: “Brote la Nada”
y alzó su mano derecha
hasta ocultar su mirada.
Y quedó la Nada hecha.