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domingo, 20 de enero de 2019

Biblioteca: Obras Completas Platón, Nietzsche, Anthony de Mello y Carlos Castaneda




Me gustaría compartir con vosotros, en una primera entrega, estos enlaces drive con las obras completas de los autores mencionados en el epígrafe, y posteriormente grandes colecciones de mis temas y escritores favoritos. Es mucha lectura la que voy a proponer; seguramente no tendremos tiempo en nuestra vida para leerlo todo, por lo que sería aconsejable ir seleccionando aquellos textos que nos llamen más la atención. Todo ello depende de nuestras necesidades actuales de autodesarrollo personal, de nuestro bagaje e intereses. Como dijo un sabio “somos enanos a hombros de gigantes”, evolucionamos apoyándonos y aprendiendo de los que nos precedieron. No pretendamos nunca presumir de poseer la verdad, pero sí de ir en su búsqueda constante, para entendernos a nosotros y al mundo.


Platón
https://drive.google.com/drive/folders/1ufq97HSTAUTp8pmJe6sSOtk9fRNzgK7k?usp=sharing

Nietzsche
https://drive.google.com/drive/folders/1dybNQHbt7in2hnI0oD_sfr_nbvHh1_in?usp=sharing

Anthony de Mello
https://drive.google.com/drive/folders/1vW4_ZGbq1zhtHs8cuKTjib2n0EVY0VSr?usp=sharing

Carlos Castaneda
https://drive.google.com/drive/folders/1-SX4mVkuD6U6N0Pxz8I2EUbR3mZzW-23?usp=sharing




lunes, 24 de octubre de 2016

¿Dios ha muerto? (María Zambrano)


  
Hace muy poco tiempo que el hombre cuenta su historia, examina su presente y proyecta su futuro sin contar con los dioses, con Dios, con alguna forma de manifestación de lo divino. Lo divino eliminado como tal, borrado bajo el nombre familiar y conocido de Dios, aparece, múltiple, irreductible, ávido, hecho “ídolo”, en suma, de la historia. Pues la historia parece devorarnos con la misma insaciable avidez de los ídolos más remotos. El hombre está siendo reducido, allanado en su condición a simple humano, degradado bajo la categoría de la cantidad.

Reducir lo humano llevará consigo, inexorablemente, dejar sitio a lo divino, en esa forma en que se hace posible que lo divino se insinúe y aparezca como presencia y aún como ausencia que nos devora. La deificación que arrastra por fuerza la limitación humana –la impotencia de ser Dios– provoca, hace que lo divino se configure en ídolo insaciable, a través del cual el hombre –sin saberlo– devora su propia vida, destruye él mismo su existencia. Ante lo divino “verdadero”, el hombre se detiene, espera, inquiere, razona. Ante lo divino extraído de su propia sustancia, queda inerme. Porque es su propia impotencia de ser Dios la que se le presenta y representa, objetivamente, bajo un nombre que designa tan solo la realidad que él no puede eludir.



La ausencia, el vacío de Dios podemos sentirlo bajo la forma intelectual del ateísmo, y la angustia, la anonadadora irrealidad que envuelve al hombre cuando Dios ha muerto. Que no haya Dios, que nos dispongamos a pensar acerca de todas las cosas sin contar con Él, parece marcar la situación de la mente actual. Mas existe otra situación, y dentro de ese vivir sin Dios se distingue la simple aceptación casi inconsciente de ese ímpetu, de esa violencia, de esa otra esperanza que cifra el cumplimiento de lo humano, la promesa final de nuestra historia sobre la tierra a la desaparición total de la conciencia de Dios.
    Y aún… lo más inabordable: toda la desenfrenada provocación en que, sin conciencia o con ella, algunos hombres han apurado las posibilidades del mal, el reto a todos los temores últimos, llegando hasta la acción sin sentido ni justificación en que el hombre no es ya reconocible; desafíos realizados como un crimen que traspasa a las víctimas y que va dirigido contra esa instancia ultima de la conciencia antes ocupada por Dios, esa violencia pasiva, ese abandonarse automáticamente a cualquier instinto o “tentación”, si todo ese horror múltiple se produjera sobre un vacío y una anonadada conciencia que se dijera: “Puesto que Dios ha muerto”.



¿De dónde ha surgido tan tremenda pesadilla? Pues la religión para una conciencia irreligiosa ha de ser considerada como delirio, pesadilla sufrida en común. Que los dioses, que lo divino en sus diversas configuraciones se muera, que Dios haya muerto a manos del hombre, de los hombres. Y así, tenemos un proceso “sagrado” de destrucción de lo divino. Parece como si esta acción de negar a Dios naciera en un momento de querer volver a la situación primaria de la vida, a la situación en que el hombre no había recibido ninguna revelación, ni había él mismo descubierto a Dios; a la situación en que lo sagrado envolvía la vida humana.

El ateísmo niega matemáticamente la existencia de Dios, mas se refiere al Dios-idea, mientras que la destrucción de lo divino solamente se verifica en el abismo del Dios desconocido, atentando a lo que de irrevelado, de no descubierto hay bajo la idea de Dios. Y es, así, la acción sagrada y trágica entre todas, pues la tragedia solo tiene lugar bajo el dominio del Dios desconocido. La acción destructora de lo divino nace de una desesperación, de la necesidad.
   El vacío de Dios que deja sentir el ateísmo formalmente expresado, no es todavía la muerte de Dios. Mas la muerte de Dios no es su negación. Solo se entiende plenamente el “Dios ha muerto” cuando es el Dios del amor quien muere, pues solo muere en verdad lo que se ama. Y solo cuando Dios se hizo Dios del amor pudo morir por y entre los hombres de verdad. Y Dios no puede morir si no es a manos humanas.



Y es que el hombre necesita proyectar en lo divino, en una acción absoluta, el fondo oculto de sus acciones más secretas. La necesidad que exige matar a lo que se ama, y aún más, lo que se adora, es un afán de poderío con la avidez de absorber lo que oculta dentro. Se quiere heredar lo que se adora, liberándose al par de ello.
    Y así la destrucción de los dioses es una etapa cumplida en toda religión, que no la muerte de Dios. El hombre se ha alimentado de la destrucción de sus dioses, de cada uno de ellos gana en su medio o en su sustancia.

“Dios ha muerto” es la frase que Nietzsche enuncia y profetiza al par la tragedia de nuestra época. Para sentirlo así, es preciso creer en Él y aún más, amarlo. Pues solo el amor descubre la muerte; solo por el amor sabemos lo poco que sabemos de ella. Y en cuanto a Dios, el amor ha sido una fase tardía. Los primeros sentimientos que señalan la relación del hombre con un Dios revelado son el temor y aun el espanto.



“Dios ha muerto”, el grito de Nietzsche no es sino el grito de una conciencia cristiana. Aún para el no cristiano, este grito tendrá que ser aceptado como un momento límite de la condición humana.
   El crimen contra Dios es el crimen contra el amor. Quien dice “Dios ha muerto” participa al menos en su muerte, en el crimen. ¿No lo hará acaso movido por la esperanza de hundirse en Él, de identificarse abismándose, llevado por esa locura de amor que llega hasta el crimen cuando ya no se soporta más la diferencia con el amado, el abismo que aun en los amores entre iguales permanece siempre? Y profiere su grito “Dios ha muerto” esperando, quizá, absorber a Dios dentro de sí, comulgar en la muerte de un modo absoluto, que no haya más esa diferencia entre la vida divina y la nuestra. Desesperación de seguir soportando la inaccesibilidad de lo divino.


Dios puede morir; podemos matarlo… mas solo en nosotros, haciéndolo descender a nuestro infierno, a esas entrañas donde el amor germina; donde toda destrucción se vuelve en ansia de creación. Donde el amor padece la necesidad de engendrar y toda la sustancia acumulada se convierte en semilla. Nuestro infierno creador.


María Zambrano – El hombre y lo divino

jueves, 18 de febrero de 2016

Derribar los ídolos (F. Nietzsche)





La palabra “ideales” no significa para mí otra cosa que derribar ídolos. En esto consiste mi misión, en preparar a la humanidad un instante de autoconocimiento supremo, un gran mediodía en el que mire hacia atrás y hacia delante, en el que se libere del dominio del azar y de los sacerdotes, y se plantee por primera vez, en conjunto, la cuestión del porqué y del para qué. Esta misión es una consecuencia necesaria de quien está convencido de que la humanidad no va por el camino recto, que no está gobernada en modo alguno por Dios, sino, más bien, por el instinto de la negación, de la corrupción y de la decadencia, que ha imperado mediante su seducción, escondiéndose precisamente bajo la capa de los conceptos valorativos más sagrados de la humanidad.

El problema del origen de los valores morales es, para mí, una cuestión de primer orden en la medida en que determina el futuro de la humanidad. La obligación de creer que, en último término, todo está en las mejores manos, que un libro, la Biblia, nos asesora proporcionándonos una paz definitiva, sobre el gobierno y la sabiduría de Dios respecto al destino de la humanidad, equivale, traduciendo nuevamente las cosas a un plano real, a la voluntad de no dejar que se manifieste la verdad en relación con el lamentable polo opuesto de lo anterior: que la humanidad ha estado hasta ahora en las peores manos, que ha estado gobernada por los fracasados, por los vengativos más astutos, los que se llaman “santos”, y calumnian el mundo y denigran al hombre. El signo definitivo de que el sacerdote (incluyendo esos sacerdotes encubiertos que son los filósofos) lo ha dominado todo, y no solo a una determinada comunidad religiosa, el signo de que la moral de la decadencia, la voluntad de muerte, es considerada como la moral en sí, viene determinado por el hecho de que en todas partes se le atribuye un valor absoluto a lo no egoísta y se combate lo egoísta.



Pues bien, nadie coincide en esta apreciación. Para un fisiólogo esta antítesis no deja lugar a dudas. Cuando el órgano más pequeño de un organismo deja de contribuir, aunque sea en muy pequeña medida, a su autoconservación, a la recuperación de sus fuerzas, a su “egoísmo”, todo el conjunto degenera. El fisiólogo exige que se extirpe la parte degenerada, aísla del resto lo degenerado y no siente ni la más mínima compasión por ello. El sacerdote, por el contrario, desea que el todo, la humanidad, degenere, y por eso mantiene lo degenerado; a este precio domina a la humanidad.

¿Qué sentido tienen esos conceptos falaces, esos conceptos auxiliares de la moral como “alma”, “espíritu”, “voluntad libre”, “dios”, de no ser el de arruinar fisiológicamente a la humanidad? ¿Qué otra cosa es sino una receta para llevarnos a la decadencia el no conceder importancia a la autoconservación, el aumento de la fuerza corporal, es decir, a la vida, cuando se hace un ideal de la anemia y se interpreta el desprecio del cuerpo en términos de “salud del alma”? hasta hoy se ha venido dando el nombre de moral a la pérdida del centro de gravedad, a la resistencia contra los instintos naturales, en una palabra, al desinterés… He sido el primero en emprender una lucha contra la moral que predica la renuncia a nosotros mismos.



El concepto de “Dios” ha sido inventado como una idea antitética de la vida; él es el compendio, en terrible unidad, de todo lo nocivo, envenenador, calumniador, de toda guerra a muerte contra la vida. El concepto de “más allá”, de “mundo verdadero” ha sido inventado para desprestigiar el único mundo que existe; para arrebatarle a nuestra realidad terrenal toda meta, toda razón de ser, toda misión. El concepto de “alma”, de “espíritu”, y, en último término, también el de “alma inmortal” han sido inventados para despreciar el cuerpo, para hacer que enferme, para hacerlo “santo”, para contraponer una horrible frivolidad a todo lo que merece ser tomado en serio en la vida: lo relativo a la alimentación, la vivienda, la dieta espiritual, el tratamiento de los enfermos, la limpieza, el clima…

En lugar de predicar la salud, se ha predicado la “salvación del alma”, es decir, una locura circular que se manifiesta en las convulsiones de la penitencia y en las histerias de la redención. El concepto de “pecado” ha sido inventado, junto con ese correspondiente instrumento de tortura que es el concepto de “voluntad libre”, para hacer que los instintos se extravíen y para conseguir que la desconfianza con respecto a ellos se convierta en una segunda naturaleza. El concepto de “desinteresado”, de “negador de sí mismo”, constituye la auténtica señal de decadencia. La seducción por lo nocivo, la incapacidad de saber ya qué es lo que nos conviene, la destrucción de uno mismo han sido convertidos en el signo del valor en cuanto tal, en el “deber”, en la “santidad”, en lo que hay de “divino” en el hombre.




Por último, y esto es lo más horrible, en el concepto de hombre bueno se ha incluido la defensa de todo lo débil, enfermo, mal constituido, de todo lo que sufre a causa de sí mismo, de todo lo que debe perecer. Se ha invertido la ley de la selección, convirtiendo en ideal lo que va en contra del hombre orgulloso y bien constituido, del que afirma la vida, del que está seguro del futuro y lo garantiza; y a ese hombre se le ha considerado malo por definición. Pues bien, a todo eso se le ha prestado fe, interpretándolo como la moral. “!Aplastad a la infame!”.


Friedrich Nietzsche – Ecce Homo

miércoles, 3 de febrero de 2016

La justicia de la impunidad (F. Nietzsche)




Cuando el poder de la comunidad aumenta, ésta deja de conceder tanta importancia a los transgresores del individuo, pues ya no puede considerar que son tan peligrosos y subversivos como antes para la supervivencia del conjunto. Ya no se expulsa al malhechor, ni se le “priva de paz”. La ira general no puede seguir descargándose en él con tanto furor como antes, sino que, más bien, se defiende y protege cuidadosamente al malhechor desde ahora contra dicha ira y, en particular, contra la de los individuos que han sido perjudicados de una manera directa.

Entre los rasgos que va perfilando el desarrollo del código penal cabe señalar el compromiso con los individuos encolerizados por haber resultado perjudicados con la mala acción: un esfuerzo por aislar el caso e impedir que se amplíe o incluso se generalice la participación y la inquietud; los intentos de hallar equivalentes, y de solucionar la cuestión en términos generales (el arreglo), y, sobre todo, la voluntad cada vez más decidida de pensar que todo delito se puede pagar de algún modo, esto es, la voluntad de separar, en cierto grado, al delincuente de su acción.



Si crecen el  poder y la autoconciencia de una comunidad, el derecho penal se suaviza también; pero cuando la comunidad se debilita o corre algún peligro un tanto grave, el derecho penal vuelve a revestir formas más duras. El “acreedor” se ha vuelto siempre más humano en la medida en que se ha ido enriqueciendo; hasta el punto de que cabe decir incluso que la medida de su riqueza viene determinada por la cantidad de daños que es capaz de soportar sin padecer por ello. Cabe la posibilidad de concebir una conciencia de poder tal por parte de la sociedad en la que ésta pueda permitirse el lujo más noble: el de dejar impunes a quienes le han perjudicado. “¿Qué me importan mis parásitos? -podría decir entonces-, que vivan y prosperen, ¡sigo siendo lo bastante fuerte para ello!...”
    La justicia, que empezó diciendo: “Todo se puede y se tiene que pagar”, acaba cerrando los ojos y dejando escapar al insolvente. Como todo lo bueno de la tierra, termina autodestruyéndose. Es sabido que esta autodestrucción de la justicia recibe el bello nombre de perdón, el cual sigue siendo, como se desprende, el privilegio del más poderoso, mejor aún, su superación de la justicia.



En todas partes donde se ha ejercido y mantenido la justicia, observamos que un poder más fuerte busca el medio de poner fin al loco furor del resentimiento, entre personas más débiles y situadas por debajo de él (ya sean grupos o individuos), bien sustrayendo de la venganza el objeto del resentimiento, bien situando en lugar de la venganza la lucha contra los enemigos de la paz y del orden, bien creando, proponiendo y a veces imponiendo acuerdos, o bien elevando a la categoría de norma cosas que equivalieran a los daños, para que, desde ese momento y para siempre, el resentimiento recurriese a ella.
   Ahora bien, lo decisivo, lo que hace e impone la potestad suprema, en cuanto tiene fuerza para ello, contra la supremacía de los sentimientos contrarios y reactivos, es establecer la ley y declarar imperativo todo lo que a sus ojos ha de aparecer como permitido y justo, y lo que ha de aparecer como prohibido e injusto. En la medida en que, una vez establecida la ley, esta potestad suprema considera toda transgresión y arbitrariedad de los individuos o de grupos enteros como delito contra la ley y rebelión contra la propia potestad suprema, aleja del sentir de sus súbditos el daño inmediato, provocado por esos delitos. De este modo, acaba logrando a la larga lo contrario de lo que pretende toda forma de venganza, que lo único que ve y que hace valer es el punto de vista del perjudicado. A partir de este momento, los ojos, incluso los del propio perjudicado, se ejercitan a acercarse a una apreciación del acto cada vez más impersonal. Según esto, lo “justo y lo injusto” solo aparecen cuando se ha establecido la ley.




Concebir un orden de derecho como algo soberano y general, no como un medio en la lucha de conjuntos de poder, sino como un medio contra toda lucha en general, según una regla que considera iguales a todas las voluntades, constituiría un principio enemigo de la vida, un orden destructor y disgregador del hombre, un atentado contra el futuro de éste, una muestra de cansancio, una sinuosa vía que llevaría a la nada.


Friedrich Nietzsche – Genealogía de la Moral

jueves, 7 de enero de 2016

Dulce sabiduría en pequeñas dosis

Una de esas ocurrencias que por banales nos pasan desapercibidas es la de presentar frases y reflexiones ciertas y profundas en una de las caras de los sobrecitos de azúcar. Mientras disfrutamos de un café o una infusión, en ese momento de pequeña desconexión de los problemas cotidianos que se produce al batir la cucharilla en el caliente líquido, habitualmente acompañados del estruendoso ambiente de una cafetería cualquiera, se nos pone a nuestro alcance una pizca de sabiduría de algún notorio o genial personaje. Mientras en la otra cara del sobre nos observa en blanco y negro su autor u otra imagen apropiada, vemos aparecer directas y concisas verdades, pero de un gran poder de penetración en nuestra psique, así que está de receptiva en ese preciso momento. Inmediatamente capturamos el mensaje; a veces contrario a la lógica o a lo ya sabido, está oculto y a la vez revelado en esas pocas palabras. Meditamos y nos complacemos en él, como del aroma de nuestra taza humeante.

No sé quién tuvo tal lúcido chispazo, pero debería otorgársele un hueco en la relación de ideas brillantes, al menos un pequeño reconocimiento por regalarnos, en el momento oportuno, el poder del pensamiento puro.




Éstas son algunas de ellas:


“Todos somos muy ignorantes. Lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas”.

“Hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y del universo no estoy seguro”. Albert Einstein


“La ventaja de tener mala memoria consiste en que se goza muchas veces con las mismas cosas”. Friedrich Nietzsche


“La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y después los remedios equivocados”.

“Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna”.

“Es mejor estar callado y parecer idiota que hablar y despejar las dudas definitivamente”. Groucho Marx


“La ciencia no nos ha enseñado aún si la locura es o no lo más sublime de la inteligencia”. Edgar Allan Poe


“Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces, pero no hemos aprendido el arte de vivir juntos, como hermanos”. Martin Luther King


“La violencia es el miedo a los ideales de los demás”. Mahatma Gandhi


“El amor es Física, el matrimonio Química”. Alejandro Dumas


“La vida sería imposible si todo se recordase. El secreto está en saber elegir lo que debe olvidarse”. Roger Martin du Gard


“Envejecer es como escalar una gran montaña: mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más amplia y serena”. Ingmar Bergman



“La mayor muestra de valentía es ver a un gran hombre luchar contra la adversidad”. Séneca

“Mi felicidad consiste en que sé apreciar lo que tengo y no deseo con exceso lo que no tengo”. Leon Tolstoi

“¿Qué es el éxito? Un hombre tiene éxito cuando se levanta por la mañana y se acuesta en la noche, y en medio del día hace lo que le gusta”. Bob Dylan


“Procura instruirte mientras vivas, no creas que la vejez trae consigo la razón”. Solón

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Paz del alma, una conciencia moral impuesta (F. Niezstche)




Solo se es fecundo al precio de ser rico en antítesis, solo se permanece joven a condición de que el alma no se relaje, no anhele la paz… Nada se nos ha vuelto más extraño que aquella aspiración de otro tiempo, la aspiración a la “paz del alma”, la aspiración cristiana. En muchos casos la “paz del alma” no es más que un malentendido, otra cosa, que únicamente no sabe darse un nombre más honorable.

“Paz del alma” puede ser, por ejemplo, la plácida irradiación de una animalidad rica en el terreno moral, o el comienzo de la fatiga, la primera sombra que arroja el atardecer, toda especie de atardecer. O el sosiego del convaleciente, para el que todo tiene un sabor nuevo y que está a la espera… o el estado que sigue a una intensa satisfacción de nuestra pasión dominante, el sentimiento de bienestar propio de una saciedad infrecuente. O la debilidad senil de nuestra voluntad, de nuestros apetitos, de nuestros vicios. O la pereza, persuadida por la vanidad a ataviarse con adornos morales, o la llegada de una certeza, incluso de una certeza terrible, tras una tensión y una tortura prolongadas, debidas a la incertidumbre. O la expresión de la madurez y la maestría en medio del hacer, crear, obrar, querer, la respiración tranquila, la alcanzada “libertad de la voluntad”… Crepúsculo de los ídolos, ¿quién sabe?, acaso también únicamente una especie de “paz del alma”…

Toda moral sana está regida por un instinto de la vida –un mandamiento cualquiera de la vida es cumplido con un cierto canon de “debes” y “no debes”, un obstáculo y una enemistad cualquiera en el camino de la vida quedan con ello eliminados–. La moral contranatural, es decir, casi toda moral hasta ahora enseñada, venerada y predicada, se dirige, por el contrario, precisamente contra los instintos de la vida –es una condena, a veces encubierta, a veces ruidosa e insolente, de esos instintos–. Al decir “Dios ve el corazón”, la moral dice no a los apetitos más bajos y más altos de la vida y considera a Dios enemigo de la vida… El santo en el que Dios tiene su complacencia es el castrado ideal… La vida acaba donde comienza el “reino de Dios”.



De ahí que también aquella contranaturaleza consistente en una moral que concibe a Dios como concepto antitético y como condena de la vida es tan solo un juicio de valor de la vida -¿de qué vida? ¿de qué especie de vida? –. De la vida decadente, debilitada, cansada, condenada. La moral, tal como ha sido entendida hasta ahora, es el instinto de decadencia misma, que hace de sí un imperativo; esa moral dice: “!perece!” –es el juicio de los condenados–.
    La moral, en la medida en que condena, en sí, es un error específico con el que no debe tenerse compasión alguna, ¡una idiosincrasia de degenerados que ha producido un daño indecible!... Nosotros, los inmoralistas, hemos abierto, por el contrario, nuestro corazón a toda especie de intelección, comprensión, intelección. No nos resulta fácil negar, buscamos nuestro honor en ser afirmadores.

¿Cuál puede ser nuestra única doctrina? Que al ser humano nadie le de sus propiedades, ni Dios, ni la sociedad, ni sus padres y antepasados, ni él mismo. Nadie es responsable de existir, de estar hecho de éste o aquel modo, de encontrarse en estas circunstancias, en este ambiente. La fatalidad de su ser no puede ser desligada de la fatalidad de todo lo que fue y será. Él no es la consecuencia de una intención propia, de una voluntad, de una finalidad, con él no se hace el ensayo de alcanzar un “ideal de hombre” o un “ideal de felicidad” o un “ideal de moralidad”, es absurdo echar a rodar su ser hacia una finalidad cualquiera.
    Nosotros hemos inventado el concepto “finalidad”: en la realidad falta la finalidad… Se es necesario, se es un fragmento de fatalidad, se forma parte del todo, se es en el todo –no hay nada que pueda juzgar, medir, comparar, condenar nuestro ser, pues esto significaría juzgar, medir, comparar, condenar el todo…–. ¡Pero no hay nada fuera del todo! Que no se haga ya responsable a nadie, que no sea lícito atribuir el modo de ser a una causa prima, que el mundo no sea una unidad ni como sensación ni como “espíritu”.

Solo esto es la gran liberación, solo con esto queda restablecida otra vez la inocencia del devenir… El concepto de Dios ha sido hasta ahora la gran objeción contra la existencia. Nosotros negamos a Dios, negamos la responsabilidad en Dios: solo así redimimos al mundo…



¿Cómo? ¿Es el hombre solo un desacierto de Dios? ¿O Dios solo un desacierto del hombre?

Ayúdate a ti mismo: entonces te ayudarán además todos. Principio del amor al prójimo.

¡No cometamos una cobardía con nuestras acciones!, ¡no las dejemos en la estacada después de hechas! El remordimiento de conciencia es indecoroso.

¿Cómo?, ¿vosotros habéis elegido la verdad y el pecho alzado y a la vez miráis de reojo hacia las ventajas de los hombres sin escrúpulos?
Yo desconfío de todos los sistemáticos y me aparto de su camino. La voluntad de sistema es una falta de honestidad.

¿Vas corriendo delante? ¿Lo haces como pastor?, ¿o como excepción? Un tercer caso sería el que corre huyendo… Primer caso de conciencia.
¿Eres auténtico?, ¿o solo un comediante? ¿Un representante?, ¿o la cosa misma representada? En última instancia no eres más que un comediante simulado… Segundo caso de conciencia.
¿Eres tú uno que se queda mirando?, ¿o que echa una mano?, ¿o que aparta la vista, se margina?... Tercer caso de conciencia
¿Quieres ir junto a los demás?, ¿o precederlos?, ¿o caminar solo?... Hay que saber qué se quiere y que se quiere… Cuarto caso de conciencia.


Habla el desengañado: yo buscaba hombres grandes, nunca encontré más que monos de su ideal.


Friedrich Nietzsche – Crepúsculo de los dioses (o cómo se filosofa con el martillo)


martes, 10 de junio de 2014

Obrar moralmente no tiene nada de moral (F. Nietszche)



La moral no es otra cosa que la obediencia a las costumbres, cualesquiera que sean, y éstas no son más que la forma tradicional de comportarse y de valorar. Donde no se respetan las costumbres, no existe la moral; y cuanto menos determinan éstas la existencia, menor es el círculo de la moral. El hombre libre es inmoral, porque quiere depender en todo de sí mismo, y no de un uso establecido. En todos los estados primitivos de la humanidad, lo malo se identifica con lo intelectual, lo libre, lo arbitrario, lo desacostumbrado, lo imprevisto, lo que no se puede calcular previamente. En estos estados primitivos, si se realiza un acto, no porque lo ordene la tradición, sino por otras razones, incluyendo las que en un principio determinaron la aparición de la costumbre, dicho acto es calificado de inmoral hasta por el individuo que lo realiza, ya que no ha estado inspirado en la obediencia a la tradición.

Obrar moralmente no tiene nada de moral. El someterse a las leyes de la moral puede deberse al instinto de esclavitud, a la vanidad, al egoísmo, a la resignación, al fanatismo o a la irreflexión. Puede tratarse de un acto de desesperación o de un sometimiento a la autoridad de un soberano. En sí, no tiene nada de moral.

¿No estaremos obrando de mala fe, por cobardía o por pereza, cuando aceptamos una creencia por el simple hecho de que es costumbre hacerlo así? ¿Serían, entonces, la mala fe, la cobardía y la pereza las condiciones previas de la moral?

Toda moral que se afirma excluyendo a todas las demás destruye demasiadas fuerzas vivas y hace pagar un precio muy caro a la humanidad. Los discrepantes, que con frecuencia son los inventivos y los creadores, no deben ser sacrificados; no es conveniente considerar vergonzosa la transgresión moral de pensamiento y de obra; hay que llevar a cabo muchos intentos nuevos para transformar la existencia y la sociedad, es preciso que le mundo se libere del enorme peso que supone la mala conciencia; es necesario que estos fines generales sean aceptados por todo aquel que busque honradamente la verdad.



¿Hay algo más funesto e irracional que interpretar la causa y el efecto en términos de falta y de castigo?: se le ha quitado su inocencia a los acontecimientos puramente fortuitos, con ayuda de ese maldito arte de interpretar presidido por la idea de castigo. La locura ha llegado hasta el extremo de considerar que la existencia misma ya es un castigo. Cabría decir que lo que hasta ahora ha dirigido la historia de la humanidad ha sido la negra imaginación de carceleros y verdugos.

De entre todo lo que ha exaltado al hombre, lo que más le ha elevado y espiritualizado, en cualquier época, han sido los sacrificios humanos. Me refiero a la idea de que la humanidad se sacrifique. Pero ¿a quién iba a sacrificarse? Evidentemente, el único objeto grandioso que correspondería a tamaño sacrificio sería el conocimiento de la verdad, ya que ningún sacrificio es poco si se hace en aras del conocimiento. Sin embargo, este problema no se ha planteado nunca; jamás se han preguntado los hombres qué medios habría que utilizar para llevar a toda la humanidad al sacrificio, y menos aún qué instinto de conocimiento impulsaría a ofrecerse en holocausto, para morir con la luz de una sabiduría brillando anticipadamente ante sus ojos. Tal vez cuando lleguemos a fraternizar con los habitantes de otros planetas, a fin de alcanzar un mayor conocimiento, y cuando, después de milenios, hayamos transmitido nuestro saber de una estrella a otra, la ola de entusiasmo que levante el conocimiento pueda llegar a semejante altura.



La mayoría de la gente, independientemente de lo que piense y de lo que diga de su egoísmo, no hace nada, a lo largo de su vida, por su ego, sino solo por el fantasma de su ego que se ha formado en el cerebro de quienes les rodean; en consecuencia, respecto a lo que piensan unos de otros, todos viven en una nube de opiniones impersonales, de apreciaciones casuales y ficticias. ¡Qué singular es este mundo de fantasmas, que es capaz de ofrecer una apariencia tan racional! Esta bruma de opiniones y de hábitos crece y vive casi independientemente de los hombres a quienes rodea. Ella es la causa de la desproporción inherente a los juicios de carácter general que se formulan respecto al concepto de hombre. Todos esos hombres, que no se conocen entre sí, creen en ese ser abstracto al que llaman hombre, es decir, creen en una ficción. Todo cambio que traten de introducir con sus juicios en ese ser abstracto los individuos poderosos produce un efecto extraordinario y desmesurado en la mayoría. Y todo ello sucede porque cada uno de los individuos que forman esa mayoría no es capaz de oponer el ego verdadero que le es propio y en el que ha profundizado, a esa pálida ficción universal, que, de este modo, quedaría aniquilada.


¿Qué es el prójimo? ¿Cuáles son los límites de nuestro prójimo, esto es, aquello en virtud de lo cual nos deja, por así decirlo, su huella? Todo lo que entendemos del prójimo son los cambios que, en virtud suya, se operan en nuestra persona; lo que sabemos de él es como un molde vacío. Le atribuimos los sentimientos que sus actos provocan en nosotros y le conferimos así el reflejo de una realidad falsa. Lo concebimos de acuerdo con el conocimiento que tenemos de nosotros mismos, haciendo de él un satélite de nuestro propio sistema, y cuando se ilumina o se oscurece para nosotros, somos nosotros la causa última de ello, aunque supongamos todo lo contrario. ¡En qué mundo de fantasmas vivimos!: un mundo invertido y vacío, al que, sin embargo, vemos, como en un sueño, del derecho y lleno.



Casi siempre ha sido la locura la que ha abierto el camino a las nuevas ideas, la que ha roto la barrera de una costumbre o de una superstición venerada. Aunque hoy se nos esté constantemente diciendo que el genio tiene un grado más de locura que de sentido común, los hombres de otros tiempos se acercaban mucho más a la idea de que en la locura hay algo de genio y de sabiduría, algo de divino. ¡Concededme, Dios mío, la locura, para que llegue a creer en mí!



Un futuro posible. ¿No cabría imaginar un estado social en el que el propio malhechor se declarara culpable y se impusiera su castigo, con el orgullo de que así honraba la ley que él mismo se había dictado, ejerciendo al castigarse el poder del legislador? Algunas veces fallaría, pero, con su castigo voluntario, se elevaría por encima de la bajeza de su delito, y no solo lavaría su culpa, sino, por su franqueza, su magnanimidad y su paz, produciría con su conducta un beneficio público. Así sería el criminal de un futuro posible, cuya condición previa sería la existencia de una legislación futura, basada en la idea de que, en lo grande y en lo pequeño, solo hay que someterse a la ley que uno mismo se ha dictado. ¡Cuántas cosas habría que intentar! ¡Cuántos futuros deberían ser sacados a la luz!



Friedrich Nietzsche – Aurora


jueves, 27 de marzo de 2014

La pseudocultura beneficia al Estado (Nietzsche)




Ningún hombre tendría inclinación por la cultura si supiera lo increíblemente pequeño que es el número de las personas que poseen una auténtica cultura. A pesar de ello, no será posible ni siquiera ese número de personas verdaderamente cultas si no se dedica a la cultura una gran masa, decidida a ello por un engaño seductor y, en el fondo, impulsada a ello contra su propia naturaleza. En consecuencia, no hay que revelar nada públicamente con respecto a esa desproporción ridícula entre el número de personas verdaderamente cultas y el enorme aparato de la cultura. El verdadero secreto de la cultura es el hecho de que innumerables hombres aspiran y trabajan con vistas a ella, aparentemente para sí, pero en realidad solo para hacerla posible a algunos pocos individuos.
   Se democratizan los derechos del genio, para eludir el trabajo cultural propio y la miseria cultural propia. Cuando es posible, todos prefieren sentarse a la sombra del árbol que ha plantado el genio. Quisieran substraerse a la dura necesidad de trabajar para el genio, con el fin de hacer posible su aparición.
  
En el momento actual, nuestras escuelas están dominadas por dos corrientes aparentemente contrarias, pero de acción igualmente destructiva, y cuyos resultados confluyen; en definitiva: por un lado, la tendencia a ampliar y a difundir lo más posible la cultura y, por otro lado, la tendencia a restringir y a debilitar la misma cultura.
   La primera tendencia exige que la cultura debe extenderse al círculo más amplio posible. En cambio, la segunda exige a la propia cultura que abandone sus pretensiones más altas, más nobles y más sublimes, y se ponga al servicio de otra forma de vida cualquiera, por ejemplo, del estado (o de la religión). La exhortación a extender y difundir lo más posible la cultura va contenida en los dogmas preferidos de la economía política. Conocimiento y cultura en la mayor cantidad posible –producción y necesidades en la mayor cantidad posible–, felicidad en la mayor cantidad posible: ésa es la fórmula poco más o menos. En este caso, tenemos que el objetivo último de la cultura es la utilidad o, más concretamente, la ganancia, un beneficio en dinero que sea el mayor posible.
   Tomando como base esta tendencia, habría que definir la cultura como la habilidad con que se mantiene uno “a la altura de nuestro tiempo”, con que se conocen los caminos que permitan enriquecerse del modo más fácil, con que se dominan todos los medios útiles al comercio entre hombres y pueblos. Por eso, el auténtico problema de la cultura consistiría en educar a cuantos más hombres “corrientes” posibles, en el sentido que se llama “corriente” a una moneda. Cuanto más numerosos sean dichos hombres corrientes, tanto más feliz será un pueblo. Y el fin de las escuelas modernas deberá ser precisamente ése: hacer progresar a cada individuo en la medida en que su naturaleza le permite llegar a ser “corriente”; desarrollar a todos los individuos de tal modo que, a  partir de su cantidad de conocimiento y de saber obtengan la cantidad posible de felicidad y de ganancia.



Todo el mundo deberá saber cuánto puede pretender de la vida. La “alianza” entre inteligencia y posesión se presenta incluso como una exigencia moral. Según esta perspectiva, está mal vista una cultura que produzca solitarios, que coloque sus fines más allá del dinero y de la ganancia, que consuma mucho tiempo. A las tendencias culturales de esa naturaleza se las suele descartar y clasificar como “egoísmo selecto”, “epicureísmo inmoral de la cultura”. A partir de la moral aquí triunfante, se necesita indudablemente algo opuesto, es decir, una cultura rápida, que capacite a los individuos deprisa para ganar dinero. le concede cultura al hombre en la medida en que interesa la ganancia. En resumen, la humanidad tiene necesariamente un derecho a la felicidad terrenal: para eso es necesaria la cultura, ¡pero solo para eso!.

A partir de esa perspectiva, surge el enorme peligro de que en un momento determinado la gran masa salte el escalón intermedio y se arroje directamente sobre esa felicidad terrenal. Eso es lo que hoy se llama “problema social”. Efectivamente, podría parecer a esa masa, que la cultura concedida a la mayor parte de los hombres solo es un medio para la felicidad terrenal de unos pocos: la “cultura cuanto más universal posible” debilita la cultura hasta tal punto que se llega a no poder conceder ningún privilegio ni garantiza ningún respeto. La cultura común a todos es precisamente la barbarie.

Para esa extensión y difusión de la cultura existen otros motivos. A veces ocurre que un estado, con el fin de asegurar su existencia, procura extender lo más posible la cultura, ya que sabe que todavía es lo bastante fuerte para poder someter bajo su yugo incluso a la cultura desencadenada del modo más violento. Por consiguiente, cuando el grito de guerra de la masa exige la cultura más amplia posible para el pueblo, hay que distinguir si lo que ha provocado dicho grito de guerra ha sido una tendencia exagerada a la ganancia y a la posesión, o bien el estigma dejado por una opresión religiosa anterior, o bien, la clara conciencia que un Estado tiene de su propio valor.



En el periodismo confluyen las dos tendencias: en él se dan la mano la extensión de la cultura y la reducción de la cultura. El periódico se presenta incluso en lugar de la cultura; en él culmina la auténtica corriente cultural de nuestra época, del mismo modo que el periodista ha llegado a substituir al gran genio, el guía para todas las épocas, el que libera del presente.
   ¿Qué esperanzas podría abrigar en una lucha contra el desbarajuste –que se da por doquier– de todas las auténticas aspiraciones, con qué coraje podía presentarme, como profesor aislado, aun sabiendo que, apenas se arrojara una simiente de cultura auténtica, pasaría por encima de ella inmediata y despiadadamente la apisonadora de esa pseudocultura?. Piense en lo inútil que debe resultar hoy el trabajo más asiduo de un profesor, que por ejemplo desee conducir a un escolar hasta el mundo griego –difícil de alcanzar e infinitamente lejano– por considerarlo como la auténtica patria de la cultura: todo eso será verdaderamente inútil, cuando el mismo escolar una hora después coja un periódico o una novela de moda, o uno de esos libros cultos cuyo estilo lleva ya en sí el desagradable blasón de la barbarie cultural actual.


¿Cuánto tiempo crees que durará todavía, en la escuela de nuestra época, semejante actitud cultural, tan difícil de soportar? En el fondo existe un acuerdo tácito entre los hombres de esta época que están más generosamente dotados, y que sienten con mayor vehemencia. Cada uno de ellos sabe lo que ha debido soportar por la situación cultural de la escuela, y cada uno de ellos quisiera liberar por lo menos a su descendencia de semejante opresión, aun a costa de sacrificarse personalmente. La triste causa de que, a pesar de todo, no consiga manifestarse por ningún lado una honradez completa es la pobreza espiritual de los profesores de nuestra época: precisamente en ese campo faltan los talentos realmente inventivos, faltan los hombres verdaderamente prácticos, o sea, los que tienen ideas buenas y nuevas, y saben que la auténtica genialidad y la auténtica praxis deben encontrarse necesariamente en el mismo individuo. 
   En cambio, los prácticos prosaicos carecen de ideas precisamente, y, por eso, carecen también de una praxis auténtica. Basta con entrar en contacto con la literatura pedagógica de nuestra época: hay que estar muy corrompido para no asustarse –cuando se estudia ese tema ante la suprema pobreza espiritual–. Pero eso ya no podrá durar mucho tiempo: tendrá que llegar por fin el hombre honrado que tenga esas ideas buenas y nuevas, y que para realizarlas se atreva a romper con la situación actual.


Friedrich Nietzsche – Sobre el porvenir de la educación