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miércoles, 9 de noviembre de 2016

Intimidad, Asombro, Naturaleza, !Sí! (Carlos G. Vallés)




Intimidad, sensibilidad, delicadeza, ternura. Se me enternecen las entrañas con solo escribir estas palabras. Lo que cuenta en la vida es la amistad, y la satisfacción del alma está en el cariño. De poco sirve la inteligencia, el éxito y la fama si el corazón está vacío y no sabe amar y ser amado. Es lo más delicado del mundo, y por eso es lo que menos se nos ha enseñado. Y por lo visto ni siquiera acertamos a enseñarlo ahora.

La intimidad es la combinación de transparencia de la mente y afecto del corazón. Cuando lo pide la vida, cuando hay crisis o baches, momentos de disgusto o ataques de frustración o, sencillamente, cansancio con todo de una vez, tedio del vivir y tentaciones de darse de baja de todo, entonces se busca la compañía fiel y el oído amigo, se abren diques, se desahogan fondos agobiantes, se confiesan mezquindades humillantes, se habla, se calla y se llora. Y todo se calma porque hay quien lo entiende, lo recibe, lo valora y lo suaviza con solo oírlo, saberlo y aceptarlo. Muchos problemas se solucionan al decirlos y muchas heridas se cierran al mostrarlas. Así es el ser humano.

A la comunión de ideas y experiencias se junta en la amistad el efecto tierno de la cercanía personal. Ahora ya no solo se trata de contar cosas, sino de estar juntos, no es ya la comunicación sino la presencia; no es solo la cabeza, sino el corazón. Y cuando se junta el afecto profundo con la confianza comunicativa, surge el vínculo que une vidas al tiempo que libera la fuerza más sagrada del corazón humano.



La delicadeza es la virtud de las virtudes. Sin ello, las demás dejan de ser virtudes y ella sola por su cuenta constituye ya virtud excelsa. Saber mirar a la gente a la cara, sentir talantes, adivinar necesidades; anticipar deseos; preguntar por interés, escuchar con afecto; no mirar el reloj; reconocer el valor del tacto y administrar delicadamente el toque, la caricia, el largo apretón de manos que comunica más que cualquier otra palabra; mirar con afecto, despedirse con pena y cariño en una misma sonrisa. ¿Quién sabe hacer todo eso?

La intimidad es el alma de la vida. Hay que abrirse con delicadeza a la delicadeza, con sensibilidad a la sensibilidad, con ternura a la ternura. Para todos y para mí deseo la gracia de la intimidad, que es la que en definitiva nos hace hombres y mujeres vivir y reales en lo más íntimo de nuestro ser. El que no ama, no vive.



Asombro. Es la virtud del niño. Es la inocencia de la vida. La capacidad de ver, de aprender, de ser. Es la pupila limpia, la mirada transparente, la memoria sin estrenar. Todo es nuevo, y por eso todo es maravilloso porque todo se vive por primera vez. La capacidad de asombro es la medida de la vitalidad en el ser humano. El pesimismo nos viene de la pérdida de la inocencia. Recobrar nuestra mirada inocente en ponernos en marcha hacia el descubrimiento de la vida. Tal como hemos vivido, nos han dicho el final del cuento antes de empezar a leerlo. Y ya no nos interesa. Hemos aprendido todo y estudiado todo y definido todo. Búscalo en los archivos y los encontrarás. Los archivos están siempre llenos de polvo. Entre ese polvo yacen las reliquias de lo que era fuerza y energía, de lo que era historia, de lo que era vida. Hay que sacudir el polvo para volver a los campos verdes de la historia viva.



La naturaleza espera su turno con paciencia infalible. Vientos juguetones, brisas alegres, chaparrones inesperados, nubarrones ceñudos. Olor a hierba en los prados mojados, flores abiertas en ramas despertadas, vida que le revienta a la tierra por todas partes, la cantan los pájaros, la sienten los árboles y la viven los hombres y mujeres que disfrutan con júbilo la mejor estación de la vida. La estación del asombro.

Yo era ecologista antes de saberlo. Antes de que se descubriera la ecología y se inventara el nombre. Antes de leer libros sobre ecosistemas o de preocuparme por la capa de ozono. El amor a la naturaleza, el contacto con el entorno vivo, la devoción al agua y el cariño a las rocas, la reverencia a las montañas y la contemplación del mar han sido parte de mi vida desde que me conozco. La madre Tierra. El saludo al sol. La amistad con las estrellas. Vibro con todo lo que me habla de aire y de espacio, de pájaros y de flores. Me siento ciudadano del universo.

Los valles tienen su historia, su belleza, sus peligros y su vida, tienen fuentes de agua y caminos encontrados, tienen cuevas de refugio y alturas de observación para dominar el terreno y fijar direcciones. Hay que cultivar su amistad y conversar con sus espíritus si deseamos un buen viaje y un feliz regreso. Las montañas son las dueñas del  paisaje, y nos miran con benevolencia si les hablamos con respeto. Nos trae cuenta dialogar con la tierra.

La tierra son también las ciudades, ya que en ellas vivimos, y no hay que esperar ir al campo para sentir el cosmos. También aquí hay aire y luz, y se ven el sol, la luna y las estrellas, y hay árboles y pájaros, y se adivina la superficie del planeta bajo el asfalto, el hierro y el cemento. Hay que hacer lo posible para mejorar la salud ecológica de las ciudades; pero no podemos esperar a su salud perfecta para sentirnos a gusto en nuestro entorno. Amo la tierra tal y como es, al tiempo que quiero verla cada vez mejor.



¿Te has fijado que cuando dices ¡Sí! estás afirmando tu vida, estás confiando en Dios, estás invocando a la Providencia que se compromete a hacer realidad tu confianza y verdad tu palabra? Cuando dices ¡sí! Con esa energía y esa vibración con que lo dices, estás haciendo que todo el que te oiga crea en la vida, se enamore del mundo, se afiance en la eternidad. Cada “sí” tuyo es un sermón, un testimonio, un empujón de gracia para los que te oímos.

Toda la vida es un lento aprender a decir ¡sí! Nos cuesta. Es decir, no nos cuesta el decir que sí, así por las buenas en cualquier momento y con cualquier motivo. Son afirmaciones fáciles de valor pasajero. Hay un sí más serio, más profundo y comprometido, más vital y decisivo, que es el que ha de sonar en la vida para que tenga sentido, dirección, valor y finalidad. Si el sí que define nuestra vida nos sale de dentro y suena en plenitud, todos los otros síes que nos saldrán en la conversación derivarán su sentido de él, y entonces nuestra palabra tendrá fuerza y nuestra vida tendrá fundamento. Sin ese sí radical de entrega y compromiso, la vida quedará vacía de contenido e inerme de fuerzas. Nos falta afirmación.

El sí alegra el alma. No hay palabra más abierta, más confiada, más entregada. Es ensanchar los horizontes y respirar a fondo. Ante un nuevo plan, una propuesta, una ventana abierta, una senda adivinada, la primera reacción es lanzarse, avanzar y explorar. Para volver sobre los pasos siempre habrá tiempo. De entrada, déjame ver y averiguar lo que hay por delante. Si nunca me muevo, nunca me entero. El “no” viene de la pereza, que quiere evitarse las molestias que le vendrán del “sí”. Ése es el origen del “no”. La pereza, la comodidad, la cobardía. El miedo a lo desconocido. El creerse con el derecho adquirido de hacer siempre lo que se ha hecho. El “no” es fácil, cómodo y seguro. El “sí” es atrevido, arriesgado y aventurado.


Yo prefiero la aventura, decir que sí a la idea nueva, a la inspiración súbita, a la novedad inesperada. Abrirme confiado a nuevos paisajes de ideas, trabajo, gentes y lugares. Me he equivocado con  frecuencia, pero los errores son el precio normal que se paga a gusto para seguir avanzando. Se da media vuelta, se aprende con la experiencia y se intenta otro camino. No hay que hacer tragedias de los fracasos. Y sin fracasos tampoco hay éxitos. Me han salido cosas bien porque me arriesgué en ellas.


Carlos G. Vallés – Las 7 palabras

lunes, 30 de septiembre de 2013

Transparencia y Credibilidad (Carlos G. Vallés)


Me gusta pronunciar la palabra en voz alta. Transparencia. Que llene el aire con su sonido mientras me llena el alma con su sentido. Transparencia. Dejar que lo que es, se vea. Dejar que lo que pienso, se sepa. Dejar que lo que siento, se sienta. Eso es sinceridad, es realidad y es verdad. Todo en uno. Y todo con la sencillez de dejar ser a las cosas lo que son, sin aires solemnes de grandes logros o heroicas virtudes. Ser limpiamente lo que soy. Sin disfraces, máscaras ni cumplidos. Parece tan sencillo, y sin embargo resulta tan difícil…




En la medida en que no soy transparente, soy opaco. Y ser opaco es no ser. Es insensibilidad, oscuridad y dureza. Cuando disimulo, cuando finjo, cuando me río sin querer reír y doy palmadas sin querer aplaudir, dejo de ser yo. Cuando repito lo que otros dijeron sin sentirlo yo, cuando digo que sí con la cabeza y que no con el corazón, cuando digo que estoy encantado cuando estoy fastidiado, cuando expreso pesar sin sentirlo y entusiasmo sin conocerlo, dejo de ser yo. No ser transparente es sencillamente no ser. Transparencia es visibilidad.

La transparencia más difícil es la transparencia conmigo mismo. Dejarme ver a mí mismo lo que yo mismo siento. El censor más dañino es el que llevo dentro y tacha mis sentimientos antes de que yo pueda sentirlos. Para cuando llegan a expresión consciente los sentires internos de la primera impresión, llegan cambiados, retocados, censurados. Y mientras no sea transparente conmigo mismo, ¿cómo voy a serlo con los demás?

¡Qué alegría me da el saber que no estoy a gusto y el atreverme a pensarlo y a decirlo! Es liberación bienvenida de la cautividad de la rutina. Y es progreso decidido porque ahora, cuando me pregunten y yo diga que sí, ese sí tendrá valor ya que al fin he aprendido a decir que no. Hace falta valor para dejarse ser uno miso, y más aún para dejarse ver ante los demás. La recompensa es la paz del alma. Solo la verdad da descanso. Transparencia para con los demás, es decir, para decirles a ellos lo que pienso de ellos.

La transparencia es un acto de fe. Cuando me escudo en la opacidad es porque temo que no me acepten como soy, y cuando me atrevo a dar la cara es porque confío en que les gustará a los demás. La confianza en mí mismo es la base de mi sociabilidad. Aceptarme a mí mismo es la condición para que me acepten otros. Todo rincón mío que trato de esconder es vergüenza, rechazo y temor. No tener nada que ocultar es el secreto para la paz en el alma y la facilidad en el trato. La medida de mi transparencia me da la medida de mi fraternidad.

Mi falta de transparencia me revela las oscuridades que temo descubran otros en mí porque yo mismo las temo y las evito. Por eso la transparencia resulta una guía bienvenida de autoconocimiento. Me interesa notar los ángulos que escapan de mi transparencia, y seguir los hilos invisibles que desde ellos llevan a la inseguridad, la mezquindad, la duplicidad que oscurecen los paisajes de mi alma. Cuando no quiero enseñar algo es porque me duele a mí mismo. Mi falta de transparencia me da la lista de mis flancos débiles. Mi opacidad me alerta de mi flaqueza. El esfuerzo por la transparencia es el esfuerzo por la conducta plena. Cuantos menos puntos oscuros queden en mí, más noble será mi vida.




La transparencia que más cuesta es la transparencia del hombre libre. Yo me siento libre por dentro, pero ¿hasta dónde puedo comunicar mi libertad a los demás sin que resulte o una presunción mía o una amenaza a los demás? No hay mayor amenaza para el grupo que un hombre o una mujer libre en su seno. Yo no me siento atado por las costumbres o sometido a las tradiciones. Observo, eso sí, las reglas del juego, ya que todo grupo de personas que viven juntas tiene derecho a cierta unidad, disciplina y convergencia, pero lo hago con ánimo de libre convivencia agradecida, no como obligación intrínseca de carga de conciencia.

La credibilidad viene de la transparencia. Cuando soy transparente, soy yo, y cuando soy yo, soy creíble. La transparencia es la mejor presentación, porque engendra credibilidad. Tendré razón o estaré equivocado, me dejaré llevar de la exageración o del prejuicio, seré justo o injusto, pero soy yo el que siento, el que pienso y el que hablo, y allá va mi pensar con la totalidad de mi ser. Si cuando no sé les digo que no sé, cuando les digo que sí que lo sé, me creerán también y sabrán que lo sé. Si quiero aparecer como un sabelotodo, acabaré por no saber nada, o al menos por que nadie se fíe de mí para nada. Me puedo equivocar, y cuando caigo en la cuenta lo digo, y eso mismo me hace ser más de fiar cuando digo que veo claramente lo que claramente veo.

El precio de la credibilidad es la vulnerabilidad. Para ser humano hay que ser vulnerable. Y lo soy, pero ahora me toca el saberlo, aceptarlo y reconocerlo, y el dar un paso más y constatar que no solo puedo ser herido, sino que lo soy de hecho, y me llegan y se me clavan todas las flechas y las lanzas con las que entran todas las debilidades del ser humano. También ese soy yo: mi yo vulnerable, vulnerado, desbocado. Que me vean tal como soy. Si me han visto cuando me enojo, me apreciarán más cuando sonrío, pues ahora saben que tengo genio pero sé controlarlo. Si me ven siempre buenecito y manso no van a caer en la cuenta del fuego que llevo dentro y de la doma de instintos que he llevado a cabo en la vida. Sin sombras ni contrastes no hay retrato que valga. Que vean las sombras para valorar las luces. El que vean mis facetas oscuras me da credibilidad cuando ven las claras. Eso no se paga con nada.


Carlos G. Vallés – Las Siete Palabras