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lunes, 26 de mayo de 2014

La gota de miel (Ramiro Calle)



Se trataba de un bondadoso y sabio anciano que nunca había deseado tener discípulos propiamente dichos, pero que era muy a menudo visitado por las gentes que deseaban sentirse tranquilas en su presencia y recibir sus enseñanzas. No le gustaba hablar en exceso y de vez en cuando despegaba los labios para decir:
   –¡Cuidado con la gota de miel!

   Ninguno de los aspirantes espirituales estaba seguro de comprender tal advertencia, pero les bastaba con disfrutar de su presencia para sentir que avanzaban por el camino de la iluminación.
   Fue transcurriendo el tiempo y un día, al atardecer, tras haber meditado, uno de los discípulos que quería saber realmente a qué se refería el sabio con tal admonición, se dirigió a él y le dijo:
   –Venerable maestro, llevo meses oyendo “cuidado con la gota de miel”; me gustaría saber qué quieres realmente significar con ello y supongo que también a mis compañeros les placería.
   Los otros aspirantes asintieron con la cabeza, esperando que el sabio se definiera.
   Se hizo un silencio total. Después el sabio dijo:
   –Habéis de saber, queridos míos, que durante años yo escuché lo mismo de mi maestro y al final también, como vosotros, le pregunté.
   Todos rieron complacidos. El anciano agregó:
   –Prestad ahora atención a la historia que voy a relataros, y eso que sabéis que no me gusta hablar mucho.
   Hizo una breve pausa y comenzó a narrar la historia.

Dijo:
   –Había una vez un hombre muy pobre que decidió abandonar su país en busca de fortuna. Durante días y días no dejó de caminar. Un amanecer se adentró en un frondoso bosque. Tras algunas horas se dio cuenta de que se había perdido, no sabía qué camino tomar para salir de allí y temía que alguna alimaña le atacara; además, sentía hambre y sed, y su ansiedad iba en aumento. Tomó un camino y después otro, pero no hallaba la salida.
   “De súbito oyó un ruido inquietante a su espalda y ¡cuál no sería su desagradable sorpresa cuando vio que le seguía un furioso elefante que bien podría aplastarle! Y eso no hubo de ser lo peor, pues al intentar huir se encontró el paso cerrado por un gran número de demonios armados hasta los dientes. El pobre hombre no sabía qué hacer; despavorido, intentó trepar a un árbol, pero el tronco era tan grueso que resultó imposible. La situación era desesperada. Al mirar en derredor distinguió un pozo a lo lejos, así que, sin pensarlo dos veces, corrió hacia él y salto dentro. En su caída, y cuando ya creía que habría de morir, sus manos lograron agarrarse a un matorral que crecía en las paredes del pozo.
   “De repente, oyó un ruido sibilante. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, distinguió un nido de serpientes venenosas que vivían en el fondo de aquel hoyo. Entre todas ellas destacaba una terrorífica pitón. Se aferró más y más a las ramas, ya que eran su único sostén; pero he aquí que de pronto descubrió que se encontraba en la madriguera de dos grandes ratas de prominentes dientes. Una era negra y la otra blanca. Ambas comenzaron a roer sin piedad los matorrales.

   

“Entre tanto, ¿qué había sido del elefante? Al llegar al árbol y no encontrar al hombre, se enfureció y comenzó a golpear los árboles con su poderosa trompa, de tal modo que desprendió una colmena y ésta fue a caer al pozo. Miles y miles de abejas se lanzaron contra el hombre y comenzaron a picarle. Mas he aquí que una gota de miel cayó en la frente del hombre y se fue deslizando por su cara hasta alcanzar sus labios y penetrar en su boca. Cuando eso ocurrió, el dulzor de la miel le embelesó de tal modo que se olvidó por completo del elefante, los demonios, las ratas, las abejas, las serpientes y su apurada situación. ¿En qué debía de estar pensando el hombre? Solo en que otras gotas de miel llegasen a su boca. Por ese motivo no se defendió, las ratas quebraron los matorrales, él se precipitó al fondo del pozo y  murió.
  
Los discípulos, impresionados, apenas se atrevían a respirar. Estaban realmente sobrecogidos. Uno de los aspirantes se atrevió a hablar y preguntó:
   –Pero ¿puede todo eso sucederle a un ser humano?
   El anciano dijo:

   –Os explicaré la analogía como me la narraron a mí. La vida de los seres humanos no es fácil. El elefante implacable es la muerte. El árbol es la liberación, pero solo los más fuertes y tenaces pueden escalarlo, es decir, seguir la senda de la iluminación. El pozo representa la vida humana, en tanto que los matorrales son la duración o extensión de la vida. ¿Qué representan las ratas? Los años que componen la vida: unas veces blancos, es decir, agradables, y otras negros, esto es, desagradables, pero ambos conducen al final. Las serpientes son las tendencias perniciosas y la pitón es la ignorancia. Las picaduras de las abejas son las enfermedades y las gotas de miel son los placeres transitorios que encadenan y confunden al ser humano. En resumen, lo único seguro es el árbol de la liberación. Debes aprender a trepar por su tronco. ¡Y cuidado, amados míos, con la gota de miel!


Ramiro Calle – Cincuenta Cuentos para Meditar y Regalar

lunes, 9 de septiembre de 2013

Los Siete Infiernos (J.J. Benítez)



En mi último "sueño" rogué a los dioses que me permitieran visitar los infiernos.
Y me fue concedido.

En el séptimo y más profundo se hallaban todos aquellos que -durante la vida- se consideraron en posesión absoluta de la Verdad.

Los dioses me trasladaron a continuación al sexto infierno.
En él vi a muchos de los obispos y cardenales de la llamada Iglesia católica. Trabajaban y se afanaban sin cesar en las dependencias de un gigantesco "Banco". Allí, tal y como viene sucediendo en el mundo de los vivos, inspeccionaban con grandes lupas los "valores" que ingresaban otros condenados. Pero solo eran aceptados y negociados aquellos "valores" propios de la organización. Y tal como había podido comprobar en la Tierra, cualquier persona que trataba de negociar un "valor" ajeno al Banco era fulminantemente rechazado.

Al entrar en el quinto infierno me llamó la atención una gran multitud que no cesaba de gritar y gesticular.
"Aquí están todos aquellos que siempre encontraron justificación a sus errores".

Y los dioses me condujeron después al cuarto de los infiernos.
En él observé a humanos taciturnos y solitarios. Luego supe que se trataba de filósofos, teólogos, científicos y políticos que, tras formular las más dispares teorías e hipótesis, habían llegado a creérselas.

Con gran desasosiego penetré a continuación en el tercer infierno. Aquellos hombres consideraban el color rojo como la Verdad. El amarillo, en cambio, era tomado por la Mentira. Sus ropajes, rostros, paredes y enseres habían sido embadurnados totalmente de rojo...

Salí presuroso de aquel antro y me dirigí al segundo infierno. Allí, otros hombres aparecían totalmente pintarrajeados de amarillo. La gran cueva había sido pintada con aquel color y hasta la piel de la multitud brillaba como el limón.
Los dioses me explicaron que aquella turba había adoptado el color amarillo como la Verdad, rechazando el rojo como la Mentira.

Y concluí mi viaje asomándome al primero de los infiernos.
Pero, con gran sorpresa, comprobé que se hallaba vacío.
Los dioses, adelantándose a mi pregunta, respondieron:
 -Este, el más tenebroso y cruel de los infiernos, está reservado para aquellos que jamás creyeron en los "SUEÑOS".


J. J. Benítez -  Sueños, 1979 (Los Siete Infiernos)




jueves, 31 de mayo de 2012

Déjame que te cuente... (Ramiro Calle)




La enseñanza de lo cotidiano

Cuentan que, en cierta ocasión, un joven simple pidió entrar como novicio en un templo zen. El  abad  accedió, pero viendo  su  escasa  capacidad para  realizar  incluso  las  tareas menos  complejas,  decidió  encargarle  que  barriera  bien  el  patio  todos  los  días.  Así pasaron  las  semanas,  los  meses  y  los  años,  y  el  joven  simple  se  afanó  en  barrer minuciosamente el patio durante todos los días de su vida. Lloviera, nevara, hiciera calor o viento, estuviera enfermo o cansado, el joven simple no dejó jamás de barrer cuidadosamente el patio con su vieja escoba. Nunca  antes  se había visto  el patio más  limpio. Una mañana,  el  abad percibió  en «el monje de la escoba» como si algo apenas perceptible emanara de él, algo que provocaba respeto y reconocimiento, algo en  lo que antes no había reparado, acostumbrado como estaba a verlo un día tras otro casi formando ya parte del paisaje del patio. Llegó ante él, lo  invitó  a  dejar  la  escoba  un  momento,  y  le  propuso  algunas  preguntas  de  hondo contenido  espiritual. Minutos  después,  el  abad  unió  las  manos  sobre  su  pecho  y  se inclinó  ante  el  monje  simple  con  una  profunda  reverencia:  había  descubierto  a  un iluminado.
-¿Cómo has alcanzado este estado? -le preguntó el abad-. Tú no has recibido enseñanza de los maestros del templo y ni siquiera has leído las escrituras, tampoco has meditado durante horas  junto  a  los demás monjes, únicamente  te has dedicado a barrer  el patio todos los días, mañana y tarde.
-Dices bien querido abad -contestó el monje-, pero mi mejor maestro ha sido la escoba, que me mostró el valor del  silencio, de  la humildad y del  servicio; mis escrituras han sido el polvo seco del verano, las hojas del otoño, las lluvias de primavera y la nieve del invierno; y mi meditación ha estado siempre presente en la intención de barrer lo mejor que he sabido y he podido.
Oídas aquellas palabras, el abad se retiró en silencio y el monje continuó barriendo con su escoba.


Todo es muy sencillo

Un rey poderoso y con afán de conocimiento pidió a un grupo de sabios que realizaran una  obra  colosal  y  sin  precedentes:  que  escribieran  la  historia  del  hombre conocida hasta entonces. Pasaron muchos  años,  y  aquellos  sabios  por  fin  se  presentaron  ante  el  rey  con  cien libros  escritos  que  contenían  la  historia  de  la  humanidad. Pero  el  rey,  viendo  aquella ingente tarea, dijo:
-Señores, no creo que tenga vida para leer todos esos libros, os pido que os esforcéis en hacer un resumen.
Los sabios se pusieron manos a la obra y años después fueron a ver al rey con solamente diez libros. Pero el rey, al igual que los sabios, ya empezaba a hacerse viejo, por lo que les pidió:
-Estos diez libros son muchos para mí, os ruego un nuevo esfuerzo para que hagáis un resumen.
Volvieron a pasar los años, y los sabios que aún continuaban vivos fueron de nuevo ante el rey con un solo  libro. Pero el rey era ya anciano y estaba en cama muy enfermo, al ver a los sabios se lamentó:
-Me parece que voy a morir sin saber nada de la historia del hombre.
El más viejo de los sabios contestó al rey:
-Majestad,  en  realidad  yo  os  puedo  hacer  un  resumen:  el  hombre  nace,  sufre  y  finalmente muere.
En ese momento el rey falleció.


Siempre querer más

Había una vez un pobre mendigo que se había acostumbrado a mal vivir con lo poco que  le  daban. Aunque  no  era  viejo  y  estaba  sano,  no  aceptaba  ningún  trabajo  que  le ofrecían y así  iba de un  lado para otro sobreviviendo como podía. Un día se encontró con un amigo de la infancia y ambos se pusieron a recordar viejos tiempos.
-¿A ti qué tal te ha ido? -le preguntó el amigo al mendigo.
-Muy mal -respondió-, ya ves, he tenido muy mala suerte y mi situación es lastimosa.
-Pues, mira  -repuso  el  amigo-,  yo  he  descubierto  que  tengo  poderes  sobrenaturales  y creo que puedo ayudarte.
Dicho esto, tocó con su dedo índice un ladrillo y lo convirtió en oro.
-Para ti -dijo generosamente-, esto, sin duda, aliviará muchas de tus necesidades.
-Sí -contestó el mendigo-, pero la vida es tan larga y pueden ocurrir tantas cosas. . .
El hombre volvió a tocar con su dedo una gran piedra y la convirtió en oro.
-También  es  para  ti,  ahora  ya  jamás  tendrás  problemas  de  dinero,  ¡eres  rico!  -dijo  el amigo.
-Bueno, está bien, pero  la vida es muy  larga. Suceden  tantas cosas,  tantos  imprevistos, según tienes más cosas aparecen más necesidades. . . en fin, hay vicisitudes...
-¡Pero bueno! ¿Qué más quieres? -exclamó el amigo.
El mendigo respondió:
-Quiero tu dedo.


Estar despierto

Un grupo de personas fueron a preguntar a un maestro:
-La  gente  sufre  calamidades,  muere  a  veces  miserablemente,  muchos  sufren,  tienen problemas, se odian, se  traicionan... ¿cómo puedes permanecer  indiferente a  todo eso? ¿Cómo si eres un iluminado, no ofreces tu ayuda a los demás?
El maestro contestó:
-Imaginad que estáis  soñando. En vuestro  sueño vais en un barco y éste  se hunde. En ese momento  os  despertáis. Yo  os  pregunto  a  vosotros:  ¿Os  volveríais  a  dormir  para prestar ayuda a los pasajeros de vuestro sueño?


 
La teoría es insuficiente

Un erudito alquiló una barca para cruzar un  río caudaloso. Al  recibirlo, el barquero se expresó  con  frases  gramaticalmente  incorrectas.  Después  de  corregirlo,  el  erudito preguntó:
-¿Tú no has estudiado gramática?
-No señor -contestó el barquero-, soy un iletrado.
-¿Tampoco sabes geografía ni aritmética?  - volvió a preguntar el erudito.
-No, señor, nada de eso sé -respondió avergonzado el aludido.
-Supongo que tampoco sabrás nada de historia, literatura o filosofía -interrogó de nuevo el hombre culto.
-No  tengo ni  idea de nada de eso, soy sólo un barquero  ignorante  -habló humillado el pobre hombre.
-¡Pues, amigo -sentenció el erudito-, un hombre sin cultura es como si hubiera perdido la mitad de su vida!
Instantes  después,  la  barca,  arrastrada  por  la  corriente,  fue  a  dar  con  unas  rocas  que provocaron una gran vía de agua. El barquero preguntó a su pasajero:
-Señor, ¿sabe usted nadar?
-No -respondió.
-Entonces me temo que va a perder toda su vida.


Dejando al ego de lado

Cuentan que un hombre llegó a la conclusión de que vivía muy condicionado tanto por los  halagos  y  aceptación  de  los  demás,  como  por  sus  críticas  o  rechazo. Dispuesto  a afrontar la situación, visitó a un sabio. Éste, oída la situación, le dijo:
-Vas a hacer, sin formular preguntas, exactamente lo que te ordene. Ahora mismo irás al cementerio y pasarás varias horas vertiendo halagos a los muertos; después vuelve.
El hombre obedeció y marchó al cementerio, donde  llevó a cabo  lo ordenado. Cuando regresó, el sabio le preguntó:
-¿Qué  te  han  contestado  los  muertos?-Nada,  señor;  ¿cómo  van  a  responder  si  están muertos?
-Pues  ahora  regresarás  al  cementerio  de  nuevo  e  insultarás  gravemente  a  los muertos durante horas.
Cumplida la orden, volvió ante el sabio, que lo interrogó:
-¿Qué  te han contestado  los muertos ahora?-Tampoco han contestado en esta ocasión; ¿cómo podrían hacerlo?, ¡están muertos!
-Como esos muertos has de ser tú. Si no hay nadie que reciba los halagos o los insultos, ¿cómo podrían éstos afectarte?


Detalles con significado

Un joven rey gobernaba a su pueblo con justicia y sobriedad. Se ocupaba del bienestar de  sus  súbditos,  los  impuestos  que  cobraba  eran  los  imprescindibles  para  cubrir eficazmente las necesidades generales y dedicaba su jornada a atender puntualmente los asuntos de estado. En el reino había paz y prosperidad. A su lado siempre estaba su fiel y sabio consejero, que ya había servido como tal a su padre. Un día, el joven rey dijo en una comida a su mayordomo:
-Estoy cansado de comer con estos palillos de madera, soy el  rey, así que da orden al orfebre de palacio de que me fabrique unos palillos de marfil y jade.
Oída esta orden, el consejero se dirigió inmediatamente al soberano:
-Majestad, os pido que me relevéis lo antes posible de mi cargo. No puedo serviros por más tiempo.
El monarca, extrañado, preguntó cuál era el motivo de aquella repentina decisión.
-Es por los palillos, señor -respondió el consejero-. Ahora habéis solicitado unos palillos de  jade y marfil, y mañana querréis sustituir  los platos de barro por una vajilla de oro. Más  adelante,  vuestros vestidos  de  tela  desearéis  que  sean  reemplazados  por  otros de seda. Otro día, en vez de conformaros con comer verduras y puerco, solicitaréis lenguas de alondra y huevos de tortuga. De este modo, llegará el momento en que los caprichos, la autocomplacencia y el mal uso del poder os harán ser injusto con vuestro pueblo. Entonces, yo me rebelaré contra su majestad, y por nada del mundo deseo ver amanecer ese día.
Dicen que el  rey  revocó  la orden dada al orfebre y que desde ese día  fue  llamado «el Prudente». Y conservó al viejo consejero a su lado hasta su muerte.


A cada uno su respuesta

Un  joven discípulo solicitó al Maestro Iluminado el asistir en silencio a  las entrevistas que éste concedía a aquellas personas que iban en busca de su consejo y sabiduría.
La primera visita fue la de un hombre que preguntó:
-Maestro, ¿Dios existe?
-Sí -fue la lacónica respuesta.
En la segunda visita una mujer también preguntó:
-Señor, ¿Dios existe?
-No -fue en esta oportunidad la contestación.
En una tercera visita un joven interrogó:
-Iluminado, ¿Dios existe?
En esta ocasión, el Maestro guardó silencio, y el joven se marchó sin una respuesta a la pregunta formulada.
El  discípulo,  desconcertado  por  la  extraña  conducta  del Maestro,  no  pudo  por menos que preguntarle:
-Señor,  ¿cómo  puede  ser  que  a  tres  preguntas  iguales  hayas  respondido  de  modo diferente cada vez?
-Lo primero que has de saber -contestó el Maestro- es que cada contestación va dirigida a  la  persona  que  pregunta  y  por  tanto  no  es  para  ti  ni  tampoco  para  nadie más.  y  lo segundo es que he respondido de acuerdo con la realidad y no con las apariencias. En el primer caso se trataba de un hombre en el que mora la divinidad pero que ahora vive un momento de oscuridad y duda, por eso he querido apoyarlo. El segundo caso se trataba de una mujer beata apegada a las formas externas de la religión que ha descuidado a su familia por atender el templo, y por ese motivo es bueno que aprenda a encontrar a Dios entre  los  suyos. El  tercer  caso  se  trataba  sólo  de  alguien  que  ha  venido  a  verme  por curiosidad  y  sencillamente  ha  improvisado  esa  pregunta  como  podía  haber  hecho cualquier otra.


No se puede comprar todo

Un noble  inmensamente rico decidió un buen día que debía contar entre su séquito con un rapsoda que compusiera y cantara himnos y alabanzas a su persona. Para ello, mandó contratar al mejor juglar que hubiera en todo el mundo. De  regreso,  los enviados contaron que, en efecto, habían hallado al mejor  rapsoda del mundo, pero que éste era un hombre muy  independiente que se negaba a  trabajar para nadie. Pero el noble no se dio por satisfecho y decidió ir él mismo en su búsqueda. Cuando  llegó a su presencia, observó que el  juglar, además de ser muy  independiente, se encontraba en una situación de franca necesidad.
-Te ofrezco una bolsa llena de oro si consientes en servirme -le tentó el rico.
-Eso para ti es una limosna y yo no trabajo por limosnas -contestó el rapsoda.
-¿Y si te ofreciera el diez por ciento de mi fortuna?
-Eso  sería  un  despropósito  muy  injusto,  y  yo  no  podría  servir  a  nadie  en  esas condiciones de desigualdad.
El noble rico insistió:
-¿Y si te diera la mitad de mi fortuna accederías a servirme?
-Estando en igualdad de condiciones no tendría motivo para servirte.
-¿Y si te diera toda mi fortuna?
-Si yo tuviera todo ese dinero, no tendría ninguna necesidad de servir a nadie.


Verdadero maestro, verdadero discípulo

Dos  viajeros,  uno  que  venía  del  norte  y  otro  que  venía  del  sur,  se  encontraron casualmente  en  un  punto  del  sendero  y  decidieron  continuar  juntos  para  hacer  más llevadero el camino. Uno de ellos preguntó al otro:
-¿Hacia dónde te diriges?
-Voy a donde pueda encontrar un maestro, un auténtico maestro, llevo años de búsqueda incansable  viajando  por  el  mundo  -contestó  el  hombre  que  venía  del  sur  -pero  no desespero,  sé  que  encontrar  un  auténtico  maestro  es  muy  difícil,  su  aparición  en  el mundo es muy rara y por tanto la posibilidad de encontrarlo es también muy escasa.
-¿Y qué harás cuando lo encuentres? -volvió a preguntar cl compañero.
-¡Oh, qué gran momento será ese! Me postraré a sus pies, mi corazón se estremecerá y mis ojos  seguramente derramarán  lágrimas. Dios quiera que algún día pueda vivir ese momento -contestó.
Pasaron  las  jornadas y ambos compartieron diversas vivencias cotidianas además de  la comida de cada día y el fuego por las noches.
Una mañana, el hombre que venía del norte, dijo:
-Ha llegado el momento de separarnos, tú sigue tu camino, que yo seguiré el mío.
-¿Adónde irás? -preguntó su compañero.
-Continuaré mi búsqueda.
-¿Qué búsqueda?
-La  de  un  auténtico  discípulo.  Encontrar  una  persona  así  en  el  mundo  es  algo extraordinariamente  raro. Es verdaderamente  raro que alguien  sea capaz por  sí mismo primero de reconocer a un auténtico maestro, y después de mostrar el comportamiento y la actitud correctas que le permitan aprender. Instantes después, el hombre que venía del sur, pudo ver como el Maestro de su época se alejaba por el camino. 


Ramiro Calle - Los 120 mejores cuentos de las tradiciones orientales

miércoles, 21 de marzo de 2012

El Elefante y la Alondra


El elefante y la alondra eran amigos. La alondra le señalaba al elefante los rincones más sombreados de la selva, y el elefante protegía con su presencia nocturna el nido de la alondra de serpientes voraces y ardillas rapaces.
 
Un dia el elefante le dijo a la alondra que le tenía envidia por poder volar. Cuanto le gustaría remontarse por los aires, ver la tierra desde las alturas, llegar a cualquier sitio en cualquier momento. Pero con su peso...era imposible.
La alondra le dijo que era muy fácil. Se quitó con el pico una pluma de la cola y le dijo: "Aprieta fuerte esta pluma en la boca, y agita rápidamente las orejas arriba y abajo".

El elefante hizo lo que la alondra le había dicho. Apretó con fuerza la pluma en la boca para que no se le fuese y comenzó a agitar sus grandes orejas arriba y abajo con toda su energía. Poco a poco noto que se levantaba, despegaba, se sostenía en el aire y podía ir donde quisiese por los aires con toda facilidad.
Vió la tierra desde las alturas, vió los animales y los hombres, cruzó por lo alto el río profundo que había marcado el límite de su territorio, exploró paisajes desconocidos, y volvió al fin, feliz y contento a aterrizar al sitio donde habia dejado a la alondra.

_"No sabes cuánto te agradezco esta pluma milagrosa", le dijo. Y se la guardó cuidadosamente detrás de la oreja para volver a usarla en cuanto quisiera volar otra vez.
La alondra le contestó: "Oh, esa pluma. La verdad es que no vale nada. Se me iba a caer de todos modos, y era inútil.
Pero tenía que darte algo para que creyeras, y se me ocurrió eso. Lo que te hizo volar fue lo bien que agitaste las orejas y las ganas que pusiste en tu empeño".