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jueves, 22 de febrero de 2018

¿Qué es la realidad? (Alan Watts)



Tú y yo formamos con el universo físico un todo tan continuo como el que forma la ola y el océano. El océano ondula, y el universo humaniza. Pero nuestra conciencia, o el modo en que sentimos y concebimos nuestra existencia, están en el mito de que somos algo hecho, de que somos piezas, de que somos cosas, nuestras conciencias han sido influidas de esa manera, que no lo sentimos . Hemos sido hipnotizados por la conciencia social, para sentir y creer que solo existe dentro de nuestra piel; que no somos el bang original, sino tan solo algo en un remoto remoto del mismo. Por eso estamos muertos de miedo. Mi onda va a desaparecer, voy a morir y eso sería horrible. Por eso nos sentimos todos tristes y deprimidos.

Si existe algo que pueda tener inteligencia, belleza y amor, lo ha hallado en otras personas; dicho de otra forma, existe en nosotros, en cuanto somos humanos. Si está en nosotros, es sintomático del esquema general. Los mitos que fundamentan nuestra cultura y que fundamentan nuestro sentido común no han sido enseñados en los sentidos con el universo, somos tan solo partes del mismo. Y creo que tenemos necesidad urgente de empezar a sentir que somos el universo entero, cada uno de nosotros. Si no es así, nos vamos a volver locos. El proceso biológico que llamamos vida, con su profusión maravillosa de innumerables diseños y formas, es esencialmente lúdico. La naturaleza de la vida es un juego, y es el fin de sí misma.



Nuestra cultura muestra una conciencia básica de alegría por la culpa de la creencia en la obligatoriedad de la existencia. ¿Es nuestro deber acaso sobrevivir? Vida y muerte, existencia e inexistencia existen simultáneamente. Si empezaste a funcionar de acuerdo con la óptica, comenzarías a ver con toda claridad que todo lo define como tú mismo va junto con todo cuanto se experimenta como otro . Si no puedes experimentar la otredad, no puedes experimentarlo.

Así que cuando se abre una cuenta de esta polaridad, entonces puede empezar a parecer que su organismo no es algo separado del entorno con el que se enfrenta, que se enfrenta con él, que lo que es la vida se polariza como entorno y organismo, sujeto y objeto, conocedor y conocido, y en realidad es una sola cosa que juega a desdoblarse. Por esto es posible que una persona que de repente se dé cuenta de que la forma un todo con el entorno tenga una visión más cabal, una sensación más correcta de la realidad.



La raza humana tiene que dejar de conquistar la naturaleza, abandonar su actitud hostil ante el medio ambiente, porque si seguimos adelante con una tecnología basada en la hostilidad, vamos a cargarnos al planeta.
   Dicho de otra forma, estamos obstaculizando los procesos naturales, como si no reconociéramos la interconexión del entorno con cada uno de sus miembros y con nuestros mismos órganos físicos. El medio ambiente es tu propio cuerpo, expandido.

Es vitalmente necesario hacer que los individuos lleguen a que su existencia no sea extraña al medio, que sea parte de él mismo, que pueda entenderse que el mundo tenga seres humanos de la misma forma que un hombre que tenga manzanas. Si las manzanas son sintomáticas del hombre, también los seres humanos son los padres de la naturaleza de este universo físico. Si el manzano manzanea , el mundo personaliza . Es un mundo que hace gente, además de muchas otras cosas interesantes.




Pero, ya veis, hemos sido educados en esta cultura para creer de sentido común que, fuera de la piel humana, el mundo es manifiestamente estúpido. Que es una interacción de "fuerzas ciegas" que se han disfrazado. Por otra parte, si logramos que las personas superen esta sensación de su propia existencia, para siempre de la solidaridad, el hecho de ser parte de todo lo que sucede, habremos dado un gran paso adelante en el camino de crear una motivación emocional para cuanto hay que hacer urgentemente. Si no lo hacemos, pues bien, a la raza humana no le queda mucha cuerda.


Alan Watts - ¿Qué es la realidad?

miércoles, 14 de septiembre de 2016

La Reencarnación: una interpretación errónea de los textos orientales (Alan Watts)



La idea de la liberación no se refiere al maya del mundo físico, sino al de las instituciones sociales. No es más que una hipótesis que permite captar el sentido del Budismo y el Vedanta, el Yoga y el Taoísmo mejor que cualquier otra interpretación. El nirvana sería una visión transformada del mundo físico, una percepción del mundo en su plena relatividad. Si, entonces, el maya o irrealidad no reside en el mundo físico sino en los conceptos o formas mentales por las cuales se le describe, es claro que el maya se refiere a las instituciones sociales y a las formas en que modifican nuestra percepción del mundo.

La Divinidad juega a ser finita, el Uno disimula ser muchos, solo que durante el proceso, mientras hace el papel de cada individuo, el Uno se ha olvidado de sí mismo, por así decirlo, incurriendo en la inconsciencia o ignorancia. Mientras dure esta ignorancia, la forma individualizada de la Divinidad, el alma renacerá constantemente sobre el mundo, elevando o degradando su suerte y condición de acuerdo a sus acciones y sus consecuencias. Hay varios niveles, por encima y por debajo del humano, que el alma individual puede atravesar en el transcurso de su reencarnación durante periodos de tiempo fascinantemente largos, rozando las más altas variedades de placer y los abismos más hondos de dolor, girando una y otra vez en la rueda del samsara durante miles y millones de años.

Todas las formas de liberación han ofrecido una salida del infinito ciclo de las reencarnaciones: el Vedanta y el Yoga a través del verdadero Yo, y el Budismo por medio de la comprensión de que la vida no le está ocurriendo a ningún sujeto, de modo que no hay nadie que pueda reencarnarse. Coinciden en que el alma individual con sus reencarnaciones sucesivas de una vida a otra, e incluso de momento a momento, es maya, una ilusión traviesa.



La gran mayoría de los hindúes y budistas asiáticos conserva la creencia de que la reencarnación es un hecho, y los occidentales que adoptan el Vedanta o el Budismo abrazan también, en general, la creencia en la reencarnación. Los budistas occidentales afirman, incluso, que esta creencia les consuela, en abierta contradicción con su objetivo declarado: obtener la libertad de los renacimientos. Sin embargo, es lógico conservar la creencia en la reencarnación si uno cree, también, que maya es el mundo físico, y no las ideas sobre el mundo físico. Esto es lo mismo que decir que uno sigue creyendo en esta cosmología hindú hasta que comprende que no es más que una institución social. A mi juicio, los budistas y vedantistas que comprenden profundamente sus propias doctrinas, que de hecho están liberados, no creen en la reencarnación en sentido literal. Esta liberación fue, y sigue siendo, una retirada fuera del alcance de las instituciones sociales, y no una liberación del hecho de estar vivo.

El Budismo Mahayana incorporó un refinamiento lógico y final: el Bodhisattva que regresa a la sociedad acepta sus convenciones, pero sin “apego”, jugando al juego social, pero sin tomárselo en serio.
     Si esta tesis es correcta, ¿por qué no fue expresada con claridad, por qué se ha permitido que la mayoría de los budistas y vedantistas siguiera creyendo literalmente en la cosmología reencarnacionista? Hay dos razones. Primero, liberación no es revolución. No es salir del propio camino para perturbar el orden social, arrojando dudas sobre las ideas convencionales que unen a la gente. Además, la sociedad se siente insegura, y por lo tanto hostiliza a quienes desafían sus convenciones. Segundo, la propia técnica de la liberación requiere que el individuo descubra la verdad por sí mismo, se le ha de exigir que experimente, que actúe de forma coherente de cara a los conceptos que da por ciertos, hasta encontrarse con que no lo son.

Las formas orientales de liberación parecen culminar en un mismo estado de modalidad de conciencia, caracterizada por la superación de la dualidad del ego y el mundo. Llámesela “conciencia cósmica” o “experiencia mística”, a mí me parece una comprensión sensorial del mundo físico como campo. Pero, a causa de la condición divisoria del lenguaje, este sentimiento puede sugerir intentos descriptivos contrapuestos. El Budismo subraya la irrealidad del ego, mientras que el Vedanta enfatiza la unidad del campo. De ahí que, al descubrir la liberación, el primero parezca afirmar simplemente que el punto de vista egocéntrico se evapora, mientras que el segundo sostiene que descubrimos que nuestro verdadero yo es el Yo del universo.



Sin embargo, hay buenos motivos para creer que algunos maestros de las formas de liberación saben perfectamente bien lo que están haciendo, que tienen plena conciencia de su piadosa triquiñuela, así como del hecho de que la liberación obtenida no proviene de la reencarnación física sino de un pensar y sentir en medio de la confusión.
    ¿En Asia se considera, realmente, que la liberación se refiere a las condiciones sociales, más bien que a las físicas o metafísicas? Mis propias conversaciones con los maestros de Budismo Zen sobre este asunto no me han dejado la menor duda. No he hallado uno solo que creyera en la reencarnación como hecho físico, y menos aún que se atribuyera algún tipo de poderes literalmente milagrosos sobre el mundo físico. A todas estas cuestiones se las entiende simbólicamente.
    ¿Y qué decir de los misteriosos “maestros del Tibet” a quienes tanto se ha atribuido en materia de conocimientos ocultos sobre los mundos supra-físicos? Son contados los occidentales que practicaron realmente sus disciplinas sobre el terreno. Una excepción es Alexandra David-Neel, que afirma que la reencarnación no debe ser entendida literalmente, como corporizaciones consecutivas de un ego individual, ni siquiera como “cadena de karma” individual, o configuración de conducta casualmente conectada. La multitud de vidas del individuo solo refleja la multiplicidad de sus vínculos físicos y sociales. “Se espera que el estudiante logre comprender que el incesante trabajo de su mente y la actividad física efectuada por el cuerpo, nada de todo eso es de él, ni es él. Él, física y mentalmente es la multitud de los otros. Esta “multitud de los otros” incluye los elementos materiales que él adeuda a su herencia, a su atavismo, y luego los que ha ingerido, ha inhalado antes de su nacimiento… En el plano mental, esta “multitud de los otros” incluye muchos seres que le son contemporáneos: gente que está ligada a él, personas con las que conversa, cuyas acciones mira. De aquí la sostenida acción inhibitoria que sufre el individuo mientras absorbe parte de las diversas energías que emiten aquellos con los que está en contacto; estas energías desarticuladas, instalándose en lo que él considera su “yo”, forman allí un hormigueante tropel. Esto incluye, en realidad, un considerable número de seres pertenecientes a lo que llamamos el Pasado…”.



La interpretación simbólica (y no física) de la reencarnación, es un elemento crucial para tomar conciencia de que maya pertenece a la esfera social de la descripción y el pensamiento, y no a la esfera más vasta de las relaciones físicas y naturales. en la doctrina original de Buda, toda especulación metafísica, así como todo interés en controles milagrosos sobre el mundo físico, eran tenidos no solo por banalidades, sino también por estorbos concretos de la liberación. Habría que agregar, también, que la teoría de la reencarnación física no existe en el Taoísmo, y que, de acuerdo a A.K.Coomaraswamy, la interpretación adecuada del Vedanta es que “el único y singular transmigrante” es el Supremo Yo, el Atman-Brahman; nunca, pues, un alma individual.


Estos enfoques disolvieron la totalidad de la cosmología reencarnacionista de la antigua India, reduciéndola, ora a mito, ora a simple posibilidad que no debe preocuparnos. La pesadilla de que un mismo individuo soportara repetidamente la miseria, la enfermedad y la muerte por periodos infinitamente largos de tiempo, o un cautiverio de siglos en las cámaras de tortura de los demonios, llego a su fin con la comprensión de que no hay nadie para sufrir todo esto.


Alan Watts – Psicoterapia del Este, Psicoterapia del Oeste

lunes, 25 de julio de 2016

Conviértete en lo que eres (Alan Watts)




Algunos de nosotros siempre estaremos intentando –con un exasperante grado de relativo éxito– mejorar de un modo u otro, y por más que queramos aceptarnos a nosotros mismos, lo seguiremos haciendo. La renuncia a uno mismo y la aceptación de sí mismo no son más que diferentes nombres para definir la misma cosa, el ideal para el que no existe un camino, el arte para el que no existe una técnica. Evidentemente, hay una vital contradicción en la idea de renunciar a uno mismo, y también en la de aceptarse a uno mismo. Nuestras tentativas de rechazo o aceptación son igualmente infructuosas, ya que no logran alcanzar ese centro inaccesible de nuestro yo más íntimo que está intentando aceptar o rechazar. La parte de nosotros que puede cambiarnos es la que necesita ser cambiada.

El único resultado importante de cualquier serio intento de renunciar o aceptarse a sí mismo es el humillante descubrimiento de que es imposible. Y a eso se refiere precisamente la muerte de uno mismo, que es la improbable fuente de un modo de vida tan nuevo y tan vivo que da la sensación de haber vuelto a nacer. En sentido metafórico, el ego muere al descubrir su propia incapacidad, su ineptitud de hacer variar algo de uno mismo que sea realmente importante.
    Cuando la vida nos obliga finalmente a ceder, a rendirnos ante la plena manifestación de lo que ordinariamente se llama “temor a lo desconocido”, el sentimiento reprimido surge súbitamente como un manantial de puro gozo. Lo que antes se experimentaba con horror a nuestra inevitable mortalidad, se transforma, por medio de una alquimia interior, en un casi extático sentido de liberación de las cadenas de la individualidad.

Pero es exactamente cuando descubro que no puedo abandonarme a mí mismo cuando me abandono; exactamente cuando creo que no puedo aceptarme cuando me acepto. Ya que al topar con la dura roca de lo imposible es cuando uno alcanza la sinceridad, en la que ya no puede perdurar el encubridor “juego del escondite” del yo y del mí, del “buen yo” que trata de cambiar al “malo de mí”.



Recibir el universo en uno mismo, a la manera de algunos “místicos”, es vanagloriarse con la idea de que uno es Dios, creando una nueva oposición entre el gran todo y la degradada parte. Darse de modo pleno e incondicional al mundo es convertirse en una no-entidad espiritual, un mecanismo, una cáscara, una hoja llevada por los vientos de las circunstancias. Pero, si al mismo tiempo, se percibe el mundo y se abandona el yo, entonces prevalece esa unión que origina el Segundo Nacimiento.
    Así, cuando decimos que de la unión del yo y la vida (o el mundo) nace el Cristo, queremos dar a entender que el ser humano se eleva a un nuevo centro de conciencia en el cual no es él ni solo él mundo… En realidad, este centro ya existía...
  
El desapego significa no sentir ningún remordimiento por el pasado ni miedo por el futuro; dejar que la vida siga su curso sin intentar interferir en su movimiento y cambio, sin intentar prolongar las cosas placenteras ni provocar la desaparición de las desagradables.
    Actuar de este modo es moverse al ritmo de la vida, estar en perfecta armonía con su música cambiante, a esto se llama iluminación. Dicho brevemente: es no apegarse al pasado ni al futuro y vivir en el eterno ahora. Por sí mismo el pasado y el futuro son una ilusión. La vida existe solo en este preciso momento, y es en este momento cuando es infinita y eterna. Ya que el momento presente es infinitamente pequeño, antes de que podamos medirlo ha desaparecido y, sin embargo, persiste para siempre. Este movimiento y cambio ha sido llamado Tao por los chinos.
    Un sabio dijo que si pretendemos vivir en armonía con el Tao debemos alejarnos de el. Pero no acababa de estar en lo cierto. Ya que lo curioso del caso es que no podemos alejarnos de él aunque queramos; aunque tus pensamientos huyan hacia el pasado o corran hacia el futuro; no pueden escapar del momento presente.


Quizá te creas fuera de la armonía de la vida y de su eterno ahora, pero no podrías existir, ya que tú eres vida y existes ahora. De ahí que no sea posible escapar ni atrapar el Tao infinito; no hay ni un acercarse a él, ni un alejarse de él; simplemente es, y tú lo eres. Por lo tanto, conviértete en lo que eres.




Alan Watts – Conviértete en lo que eres





martes, 30 de diciembre de 2014

La vida es Dios jugando al escondite (Alan Watts)


Cuando los niños me formulan esas preguntas metafísicas, fundamentales, que con tanta frecuencia aparecen en sus mentes: ¿de dónde vine al mundo? ¿cuándo lo hizo Dios? ¿dónde estaba yo antes de nacer? ¿Adónde va la gente cuando muere?... me parece que quedan satisfechos con una historia muy vieja y simple de los vedas, que cuenta que…




“No hubo nunca un momento en que el tiempo comenzara, pues éste va en redondo como un círculo, y en el círculo no existe el lugar donde la línea comienza. Gira, y asimismo gira el mundo, repitiéndose una y otra vez. Del mismo modo, hay veces en que el mundo es, y otras en que no es, pues si el mundo fuera, sin descanso, por siempre jamás, se cansaría horriblemente de sí mismo. Viene y va. Ahora lo ves; ahora no lo ves. De ese modo no se cansa de sí mismo, y regresa siempre después de desaparecer”.

“Es también parecido al juego del escondite, porque resulta siempre divertido buscar a alguien que no se esconde cada vez en el mismo lugar. A Dios le gusta jugar al escondite, pero como no hay nada fuera de Dios, no se tiene más que a sí mismo para jugar. Esta dificultad la supera simulando que él no es él. Esta es su manera de esconderse de sí mismo: simula que es tú, y yo, y toda la gente en el mundo, y todos los animales y plantas, las piedras y todas las estrellas. De este modo, le ocurren aventuras extrañas y maravillosas, algunas de las cuales son terroríficas. Pero éstas últimas son simplemente como malos sueños, que desaparecen cuando él se despierta”.

“Ahora bien: cuando Dios juega al escondite y pretende ser tú y yo, lo hace tan bien que le lleva mucho tiempo recordar cuándo y cómo se inventó a sí mismo. Pero ésa es justamente la gracia del juego, eso es lo que él quería conseguir. No quiere encontrarse a sí mismo demasiado pronto, pues eso estropearía el juego. Por eso es tan difícil para ti y para mí darnos cuenta de que somos Dios disfrazado y oculto. Pero cuando el tiempo se ha prolongado el tiempo suficiente, todos nosotros despertamos, o dejamos de simular, y recordamos que no somos más que el único Sí mismo, el Dios que es todo lo que es y que vive por siempre jamás”.


“Por supuesto, debes recordar que Dios no tiene forma de persona, ni hombre ni mujer, no tiene piel ni forma, porque no hay nada fuera de Él. Dios es el yo-mismo del mundo, pero no puedes ver a Dios por la misma razón que no puedes ver tus propios ojos sin un espejo. Tu yo-mismo está muy bien escondido, porque es Dios quien se esconde”.

“Puedes preguntarte por qué Dios, a veces, se oculta bajo la forma de gente horrible, o simula ser personas que sufren enfermedades y dolores. Primero recuerda que él no hace esto sino a sí mismo. Y que también que en todos los cuentos que te gustan debe de haber gente mala tanto como buena, pues la emoción de la historia consiste en enterarse de cómo los buenos salen con bien de su encuentro con los malos. Es como cuando jugamos a los naipes. Al principio de la partida los revolvemos todos en un montón, lo cual es similar a la forma en que se dan las cosas malas en este mundo; pero el objeto del juego es poner la mezcla en orden, y el que mejor lo hace es el ganador. Luego volvemos a mezclar, y a jugar, y así también ocurre con el mundo”.







Esta historia, obviamente mítica en su forma, no presume de describir científicamente el proceso de las cosas. Basándose en analogías con el juego y el drama, y recurriendo a la gastada palabra “Dios” en el papel de Jugador, este cuento solo intenta parecerse a la existencia. Los hindúes sofisticados no piensan en Dios como en un superpersona separada que rige el mundo desde arriba, como un Monarca. Su Dios se encuentra más “abajo” de “arriba”, y él (o ello) juega al mundo desde dentro.
   Ningún hindú puede advertir que es Dios disfrazado sin ver al mismo tiempo que esto es verdad para todos y todo lo demás. En la filosofía Vedanta nada existe, salvo Dios. Parecen existir otras cosas además de Él, pero solo porque Él está soñándolas y usándolas como disfraz para jugar al escondite consigo mismo. Por lo tanto, el universo de cosas aparentemente separadas es real solo por un momento, no eternamente, pues viene y va cuando el Yo-mismo se oculta y se encuentra a sí mismo.

Pero el Vedanta es mucho más que la idea o la creencia de que esto es así. Es, centralmente y sobre todo, la experiencia, el conocimiento inmediato de todo esto, y por eso constituye una subversión completa de nuestro modo ordinario de ver las cosas. Pone el mundo patas arriba… es el empujón que necesitamos para proyectarnos fuera de nuestra solitaria sensación de yo-mismo.

   Además, cuando se ve más allá de la ilusión del ego es imposible pensar en uno mismo como mejor o superior a los demás. En todas las direcciones, solo existe el único Sí-mismo jugando sus miríadas de juegos de escondite.


Alan Watts – El Libro del Tabú

jueves, 18 de diciembre de 2014

El Ego es una máscara; somos la Energía Cósmica danzando (Alan Watts)



Vivimos en una cultura enteramente hipnotizada por la ilusión del tiempo, en que lo que llamamos presente se siente como una infinitesimal parte entre un todopoderoso pasado causal y un absorbentemente importante futuro. No tenemos presente. Nuestra conciencia está casi por completo preocupada con la memoria y la expectación. No nos damos cuenta que nunca hubo, hay ni habrá ninguna otra experiencia que la presente. Por lo tanto, estamos fuera de contacto con la realidad. Confundimos el mundo tal como algo de lo que hablamos, describimos y medimos, con el mundo que en realidad es.
   En el desarrollo de la autoconciencia y la habilidad para reflexionar sobre el propio conocimiento reside la gran dificultad de la humanidad; es una bendición y una maldición a la vez. Uno puede ver cómo una persona, al estar demasiado consciente de sí misma, puede ser un obstáculo a su propia existencia.
  
Todo es una cuestión de dónde se traza la línea al definir quién y qué somos. ¿Qué se traza justo en eso de lo que somos conscientes de nosotros mismos, de lo que la propia consciencia puede discernir? Eso es lo que normalmente llamamos nuestro ego. La cuestión es ¿cuánto de nosotros mismos podemos percibir y quién lo percibe? Ese aspecto nuestro es no nacido, en el sentido de que nadie puede nunca aprehenderlo, ni definirlo, ni darle un nombre, y nadie puede configurarlo.
   Pero ése es el aspecto verdaderamente importante de cada uno de nosotros; casi nada está a la vista, solo un poco de atención consciente con la que inspeccionamos al mundo. Así pues, lo que no sabemos de nosotros mismos, que nunca podemos controlar en la manera en que pensamos que controlamos las cosas voluntariamente, es la parte central y más grande de nosotros.


  
La idea es que el alma no es algo que esté en el cuerpo, sino que más bien el cuerpo es algo en el alma. El alma no es un espectro personal, es toda la red de relaciones que se entretejen entre todo lo que es. El “aquí y ahora” es como un nudo en un sistema de cuerdas que conforman una red de pesca, siendo el alma la red entera. Cada uno posee el mismo alma, pero la experimentamos desde puntos de vista, lugares y tiempos diferentes.
   Este alma que compartimos es la totalidad de todo el proceso en marcha. Cada individuo en particular es una función de la energía como “todo”. No existe un ego separado que se integre en el proceso. La sensación de ser un ego es este proceso, y eso significa que el ego no es realmente un ego. Es un montaje, es una máscara con la que se manifiesta.

 En la psicología del taoísmo no existe diferencia entre “tú” como observador y cualquier cosa observada. Lo único que somos es la observación de la vida desde un cierto punto de vista. Creamos una oposición entre el pensador y el pensamiento, entre el que experimenta y la experiencia, el conocedor y lo conocido. No existe un conocedor frente a lo conocido. Sería más bien como decir que si hay algún conocedor es porque contiene lo conocido. Nuestra mente no está en nuestra cabeza, nuestra cabeza está en nuestra mente. Nuestra mente, entendida desde el punto de vista de visión, es espacio. Cuando se entiende esto, puede verse que el sentido de ser “yo” es exactamente la misma sensación que ser uno con el cosmos. No necesitamos acudir a ninguna otra extraña, diferente o misteriosa experiencia para sentirnos en total unión con todo. Una vez se comprende se ve que el sentido de unidad es inseparable del sentido de diferencia. El secreto es que lo que es “otro” finalmente acaba siendo también nosotros. Y cuando sabemos eso, sabemos que nunca morimos.




En el fondo y fundamentalmente, somos lo no nacido. Nunca tuvimos un principio y nunca tendremos un final. No empezamos a ser y nunca dejaremos de ser. Lo que llamamos movimientos individuales son pulsiones en el orden general; van y vienen. Nacen y mueren, y están en marcha siempre. Pero el todo, más allá de estos ciclos de nacimiento y muerte, siempre está ahí, y eso es lo no nacido. Ya somos esa cosa funcionando: la energía cósmica danzando.


Alan Watts – La vida como juego

martes, 9 de diciembre de 2014

El verdadero conocimiento de Dios es no conocerlo (Alan Watts)



En el mundo moderno, para la mayoría de nosotros, la antigua idea de Dios se ha vuelto increíble o inverosímil. En la iglesia o en la sinagoga es como si nos dirigiéramos a un personaje regio. Nuestras oraciones y peticiones se dirigen al ser representado como si fuera un rey que estuviera causando este universo en su regia, omnipotente y omnisciente sabiduría.
    El estilo del Dios a quien se venera parece diferir completamente del estilo del universo natural. A mucha gente también se le ha hecho inverosímil que la raíz del universo, el “fundamento del ser” pueda ser una persona que se preocupa por nosotros. A nuestra imaginación le desconcierta que pueda haber una “persona” que tiene total conciencia de cada una de las cosas que somos y hacemos, y que –en virtud de ese tener conciencia– nos crea.

Una de las dificultades que presenta la idea es que nos resulta enojosa. No nos sentimos cómodos si continuamente somos observados por un juez infinitamente inteligente. Pero lo que se le exige a un santo –un santo perdona siempre– no es lo que se requiere de Dios. Dios no nos perdonará a menos que nos disculpemos, uno ha de acercarse a Dios en estado de suma penitencia, porque si no puede verse recluido en las mazmorras de la corte del cielo –conocidas generalmente como infierno– para siempre jamás. A un Dios así, uno no lo invitaría a cenar. Cuando Dios mirara, uno se sentiría como traspasado de lado a lado, sentiríamos que todo el horror de nuestro pasado, todas nuestras falsedades son completamente perceptibles para él. Y, por más que él lo entendiera y lo perdonara, de todas maneras haría que uno se sintiese espantosamente mal.

Los modernos teólogos protestantes, e incluso algunos católicos, han venido hablando últimamente de la muerte de Dios y de la posibilidad de una religión irreligiosa, de una religión que no implique la creencia en Dios. Creo que sería una religión bastante diluida. Yo quisiera considerar la “teología de la muerte de Dios” de una manera totalmente diferente. Lo que ha muerto no es Dios, sino una idea de Dios, una concepción particular de Dios que ha muerto en el sentido de que se ha hecho inverosímil.



Las imágenes tangibles de Dios no son, en realidad, muy peligrosas. Las peligrosas son las imágenes de Dios que hacemos de ideas y conceptos. Tomás de Aquino, por ejemplo, definía a Dios como un ser necesario, el que es necesariamente. Éste es un concepto filosófico; pero tal concepto es un ídolo porque confunde a Dios con una idea. Cualquier cosa que pongamos, como imagen o idea, en lugar de Dios, falsifica necesariamente a Dios.

Creencia significa, en realidad, un deseo intenso. Cuando decimos “ Creo en Dios Padre Todopoderoso, creador del Cielo y de la Tierra…”, lo que estamos diciendo realmente es: “Deseo fervientemente que exista Dios Padre Todopoderoso, creador del Cielo y de la Tierra…”. Porque si verdaderamente tenemos fe no necesitamos de la creencia, pues la fe es una actitud totalmente diferente de la creencia. La fe es un estado de apertura o de confianza, una actitud radicalmente opuesta a aferrarse. En otras palabras, una persona que sea fanática en religión, que necesite creer sin más ni más en ciertas proposiciones referentes a la naturaleza de Dios y del universo, es una persona que en modo alguno tiene fe; está aferrándose.

El diseño de muchas iglesias se asemeja al de las cortes reales o a un tribunal. Pero ¿necesita Dios de todo eso? ¿Dios es alguien que asume la actitud agresiva del rey en su corte, donde todos deben postrarse, o bien la del juez que golpea con su mazo e interpreta la ley? ¡Qué ridiculez! Un Dios de tal manera concebido es un ídolo que manifiesta la ausencia de fe de todos aquellos que le adoran, desde el momento en que no demuestran una actitud de confianza. Se aferran a esas reglas, a esas concepciones, sin tener ninguna adaptabilidad fundamental a la vida.



Podríamos decir que un buen científico tiene más fe que una persona religiosa, porque el buen científico dice: “Resulte la verdad lo que resultare, mi mente está abierta a la verdad. No tengo ideas preconcebidas, pero mi mente alberga algunas hipótesis referentes a lo que puede ser la verdad y mi intención es ponerlas a prueba”. Y la prueba consiste en abrir todos los sentidos a la realidad y descubrir qué es esa realidad. Tiene que tener fe en su propio cerebro, en sí mismo; en que su organismo es fidedigno y capaz de determinar la realidad, la verdad… lo que es.

Tenemos que creer en nuestra razón, en nuestra lógica, en nuestra inteligencia, aunque no podamos efectuar sobre nosotros mismos una verificación definitiva que nos asegure que operamos de manera adecuada. Por consiguiente, se podría decir que la suprema imagen de Dios es lo invisible que hay detrás de los ojos, el espacio vacío, lo desconocido, lo que no se puede tocar ni ver. ¡Eso es Dios! Y de eso no tenemos imagen. No sabemos lo que es, pero es algo en lo que tenemos que confiar.

Esa confianza en un Dios a quien no se puede concebir en modo alguno es una forma de fe muy superior al fervoroso aferrarse a un Dios de quien tenemos una concepción definida. No te aferres a nada espiritual. No te aferres al agua, porque con cuanto más empeño la cojas, con tanta mayor rapidez se te escurrirá entre los dedos. Hay que dejar salir el aliento. Ése es el acto de fe, exhalar y saber que la respiración volverá. La palabra budista “nirvana” significa exhalar; dejarse ir es la actitud fundamental de la fe.

Uno de los libros más fundamentales de la espiritualidad cristiana, la “Theología Mística” de Dionisio el Areopagita, explica que el supremo conocimiento de Dios se logra a través de lo que él llama agnostos, que significa desconocer. Quizá se pueda alcanzar y mantener por medio del amor, pero nunca por medio del pensamiento. El conocimiento positivo, del Tao, de Dios o de la realidad eterna, implica una experiencia inmediata y momentánea. Nunca puede expresarse en palabras, y cualquier intento de hacerlo se convierte, sencillamente, en otro aspecto de la trampa.


Se conoce a Dios de la manera más profunda, de la más verdadera, no conociendo a Dios.


Alan Watts – Nueve Meditaciones

jueves, 1 de mayo de 2014

Fluir con el Tao (Alan Watts)




Existe una característica básica de la cultura china y es la actitud de respetuosa confianza hacia la naturaleza y hacia la naturaleza humana… a pesar de las guerras, las revoluciones, las matanzas, el hambre, las inundaciones, las sequías y todo tipo de desgracias. No hay nada en su filosofía semejante a la noción de pecado original o al sentimiento budista que afirma que la existencia es un desastre. La filosofía china, como la taoísta, parte de la premisa básica de que si no puedes confiar en la naturaleza y en los otros, no puedes confiar en ti mismo. Si no puedes confiar en ti mismo, no puedes siquiera confiar en la desconfianza de ti mismo, de modo que sin esta confianza subyacente a todo el sistema de la naturaleza, te encuentras, sencillamente, paralizado. Se trata de comprender que uno y la naturaleza son uno y el mismo proceso, o sea, el Tao. Debemos intentar la desesperada jugada de confiar en nosotros mismos y en los demás.

En las raíces mismas del pensamiento y el sentimiento chinos reposa el principio de polaridad, que no debe confundirse con los conceptos de oposición o conflicto. Los opuestos son aspectos diferentes de uno y el mismo sistema, y la desaparición de uno de ellos significaría la desaparición del sistema. Los dos polos de la energía cósmica son yang (positivo) y yin (negativo), están asociados con lo masculino y lo femenino, lo firme y lo flojo, lo fuerte y lo débil, la luz y la oscuridad, lo que se eleva y lo que cae, el cielo y la tierra. Consecuentemente, el arte de vivir se considera el equilibrio entre ambos.

Nunca existe la posibilidad última de que uno venza al otro, porque son como amantes en pugna más que enemigos en lucha. Pero, para nuestra lógica, resulta difícil pensar que ser y no-ser son mutuamente generador y sustentador de energía, ya que para el hombre occidental el mayor terror imaginable consiste en creer que la nada será el fin definitivo del universo. No aprehendemos con facilidad el hecho de que el vacío es creativo ni que el ser emana del no-ser, al igual que el sonido emana del silencio y la luz del espacio.



El principio yin-yang no es, por tanto, lo que corrientemente llamamos dualismo sino, en todo caso, una dualidad explícita que expresa una unidad implícita; la concepción yin-yang del mundo es serenamente cíclica. La dicha y la desgracia, la vida y la muerte van y vienen eternamente sin comienzo ni fin, y todo el sistema se ve libre de la monotonía por el hecho de que, en la misma forma, el recuerdo alterna con el olvido.

Todo el cosmos está implícito en cada uno de sus miembros, y cada aspecto de aquel debe ser considerado como su centro. Para una aproximación al Tao, el lector debe permitirse alcanzar un estado mental adecuado. Debe dejar de lado todas sus opiniones filosóficas, religiosas y políticas y ser casi como los niños, que no saben nada, excepto que oyen, ven, sienten, huelen. Ser conscientes de lo que en realidad es, sin atribuirle nombres y sin juzgarlo.
   En otras palabras, la gente trata de forzar los acontecimientos, sin comprender que resulta imposible hacerlo: no hay manera de desviarse del fluir de la naturaleza. Puedes imaginar que eres ajeno al Tao –o que estás separado de él– entonces eres capaz de adoptarlo o no; pero incluso esta suposición se manifiesta desde el interior de la corriente, pues no existe otro camino más que el Camino. Quieras o no, somos eso y con ello armonizamos.
 
Debe quedar claro que el Tao no puede ser entendido como “Dios” en el sentido de gobernante, monarca, jefe, arquitecto y hacedor del universo. Sin embargo, el Tao es, con toda certeza, la última realidad y energía del universo, el Fundamento del ser y del no-ser. La imagen que se asocia al Tao es maternal, no paternal. Lejos de ser el agente activo, el sujeto del verbo, el hacedor y creador de las cosas, “el Tao no crea nada, pero nada queda sin hacer”. Tiene el poder de la pasividad, y se podría decir que su gravidez es energía. Así, el Tao es el curso, el fluir, la deriva o el proceso de la naturaleza. Puede ser alcanzado, pero no visto; sentido, pero no expresado; intuido, pero no clasificado; adivinado, pero no explicado. De modo similar, el aire y el agua no pueden ser cortados ni atrapados y su fluir cesa cuando se intenta contenerlos.



El término chino y taoísta que nosotros traducimos como naturaleza significa espontáneo, aquello que es lo que es en sí mismo; todas las cosas crecen y operan independientemente. No obstante, cada cosa-acontecimiento es lo que es solo en relación con las demás. El principio sostiene que si se deja que todas las cosas sigan su camino, la armonía del universo quedará restablecida. El orden de la naturaleza no es un orden forzado; no es el resultado de leyes y preceptos que los seres humanos se vean obligados a seguir, ya que no existe un mundo obstinadamente externo. Mi interior surge y se corresponde con lo que es exterior a mí y, aunque ambos difieran, no pueden verse disociados. Debido a su interdependencia mutua, todos los seres armonizarán si se los respeta y no se les fuerza a la conformidad con ninguna noción del orden arbitraria, artificial y abstracta, y esta armonía emergerá por sí misma.

Pero nuestro temor humano nos hace pensar que el Tao que no puede ser descrito y el orden que no puede ser expresado en libros representan el caos. Ese orden (li) conlleva el sentido de lo profundo, oculto y misterioso, previo a cualquier distinción entre orden y desorden. El orden del Tao no es una obediencia a algo ajeno, existe por y a través de sí mismo. La forma de ese orden no impone sus reglas al universo. En suma, el orden del Tao no es una ley, aunque posee un orden y modelo que puede ser reconocido claramente, que reconocemos en los dibujos que forma el agua al moverse, en las formas de los árboles o las nubes, en los trazos que deja la escarcha sobre los cristales o en la distribución de los guijarros en la arena de la playa. En cuanto nos encontramos frente a esta belleza, la reconocemos inmediatamente, aunque no podemos explicar exactamente por qué nos atrae. Si contemplamos su fluir nunca observaremos un error estético.

Así, el Tao es el curso fluyente de la naturaleza y del universo; li es su principio de orden o modelo orgánicos; el agua es su metáfora elocuente. El Tao y su modelo se nos escapan por el hecho de que ellos son nosotros mismos, y nosotros somos “como una espada que corta pero no puede cortarse a sí misma”, “como un ojo que ve pero que no puede verse a sí mismo”. Pero el Tao no es considerado como el amo y creador de nuestro universo orgánico. Puede reinar, pero no gobierna; es el modelo de las cosas, pero no la ley vigilante.
   El mundo biológico es una sociedad que se come recíprocamente, en la que cada especie es presa de otra. Si existiera alguna especie no devorada por otra, crecería y se multiplicaría hasta su propia estrangulación. Como ocurre con los seres humanos, que gracias a su habilidad para vencer a otras especies corren el peligro de desbaratar todo el orden biológico por exceso de población y, por lo tanto, de destruirse a sí mismos. Por este motivo, todo aquel que se propone gobernar el mundo pone a todas las cosas, y especialmente a sí mismos, en peligro.



Concebir al Tao como una energía inconsciente es tan erróneo como concebirlo como un gobernante personal o un Dios. Pero si el Tao es simplemente inconcebible, ¿de qué sirve contar con palabras y decir algo acerca de él? Porque nuestra intuición nos dice que existe una dimensión de nosotros mismos y de la naturaleza que se nos escapa, y que constituye la base de todas las formas y experiencias sorprendentes de las que somos conscientes. Nuestro único modo de aprehenderla reside en la observación de los procesos y modelos de la naturaleza y mediante la disciplina meditativa de permitir a nuestras mentes que se serenen, con el fin de tener un conocimiento vívido de “qué es”, sin necesidad de comentarios verbales.

Quienes entienden el Tao se deleitan simplemente sentándose y contemplando sin ningún propósito ni resultado mental. No tienen motivo para someter o alterar el universo mediante la fuerza física o la fuerza de voluntad, ya que su habilidad consiste en acompañar el fluir de las cosas de un modo inteligente.

   A esto se refieren con el no-hacer, fluctuar con las experiencias tal como éstas van y vienen. El no actuar, no forzar, acabará con esta tensión que surge de la dualidad del conocedor y lo conocido ya que, en realidad, no hay alternativa, ya que tú y las cosas son el mismo proceso: el “fluir ahora del Tao”. Al comprenderlo, automáticamente manifiestas tu magia; pero la magia es algo que nadie debe pretender, es una virtualidad referida a los acontecimientos maravillosos y felices que ocurren de una manera espontánea, el privilegio de vivir que proviene naturalmente de la comprensión intuitiva de ser uno con el Tao.


Alan Watts – El Camino del Tao



miércoles, 23 de abril de 2014

El peligro de jugar a ser Dios (Alan Watts)



Resulta necesario poner en cuestión el hecho de que Dios sea absolutamente serio o, dicho de otro modo, si nos hallamos en un universo en el que existe la posibilidad real de ser condenados por toda la eternidad o si, por el contrario, la verdadera cuestión no gira en torno al hecho de ser o no ser. El único nivel en el que podemos hallar una respuesta a esta cuestión es el de la experiencia personal, solo ahí podemos confiar en la palabra de Dios, dejar de formularnos preguntas impertinentes y postrarnos a sus pies o también podemos, por el contrario, desafiarle y aguardar temerosos o impertérritos su airada respuesta.

Tal vez parezca que la soberbia es la que lleva al ser humano a rebelarse contra la autoridad divina, a negarse a que el Amor entre en su corazón y a reprimir la voz interior del arrepentimiento. Pero lo cierto es que, si existiera un ser humano con el coraje espiritual como para rebelarse, su rebeldía no estaría tan dirigida  contra Dios como contra maya, porque lo que resulta inadmisible es que la Realidad Última del universo se reduzca a la agonía, la tragedia, la muerte, el infierno, el miedo y la nada. Pero, por encima de todo, lo verdaderamente inadmisible es la separatividad, la aparente distinción absoluta entre el ser humano y el cosmos, entre la criatura y su creador.
   Me parece mucho más sencillo pensar que nunca ha habido universo alguno que creer que el juego no merece la pena. Un cosmos que no fuera una expresión de gozo y alegría hace tiempo que habría encontrado ya el modo de autodestruirse, puesto que no habría tenido el menor motivo para sobrevivir a todas las adversidades.



Aunque yo esté dispuesto a sufrir por los seres que amo, no deseo que ellos sufran; de hecho, si estoy dispuesto a sufrir por ellos es, precisamente, porque no quiero que sufran.  Un universo en el que las personas que amo deben sufrir para que yo pueda despertar mi amor hacia ellos –o incluso el amor de Dios-, resulta ciertamente cuestionable. Desde nuestro limitado punto de vista, un universo en el que el sufrimiento es producto del error o el fruto de la maldad de un ser invisible representa un verdadero callejón sin salida. La explicación de una deuda kármica contraída por algún acto negativo cometido en una encarnación anterior, no es tanto una explicación como una manera de postergar indefinidamente la situación porque, ¿qué es lo que indujo a la primera encarnación a obrar mal? A tenor de lo poco que sabemos, no es posible atribuir al individuo la responsabilidad exclusiva de su propio sufrimiento porque, en ese nivel, el individuo parece más la víctima que el agente de su adversidad.

Podríamos representar nuestra individualidad como una esfera (el ego, la individualidad superficial…) en cuyo interior se halla inscrita otra (nuestra verdadera identidad, desconocida para el ego consciente). Desde esta perspectiva, el ego no sería más que un mero disfraz, un sueño del Yo verdadero. El objetivo final de esta supuesta religión exigiría el despertar al reconocimiento de nuestro Yo más profundo y la consiguiente transformación del ego superficial. Quizá por ello tenemos la extraña y placentera sensación, un recuerdo fugaz que evoca en nosotros la nostalgia de un paraíso olvidado. Hay veces en que el recuerdo va mucho más allá y parece retrotraernos a una dimensión mucho más profunda anterior al tiempo y al espacio. Pero, por más real que parezca se trata de una sensación difusa y desesperadamente efímera; es algo que se refiere a una dimensión de nuestra existencia que permanece oculta a nuestros ojos, y solo percibimos nuestro pequeño ego y nos olvidamos del trasfondo que lo sustenta y en el que destaca.



Nuestra imaginaria religión da por sentado el hecho de que el Yo profundo es eterno e indestructible, por la sencilla razón de que es lo único que realmente existe. Estoy convencido de que una de las mayores preocupaciones que alberga mi Yo más profundo es la de poder sumirme en el ritmo, porque la misma esencia de la existencia es la vibración, la alternancia rítmica del sí y el no, de lo sólido y lo vacío, de lo positivo y lo negativo… Abandonarse al ritmo constituye un gozo supremo, y es la interrupción de ese ritmo lo que nos proporciona las sensaciones de materia, sustancia, peso y consistencia. En este sentido, la mente parece consistir en la disolución de la actividad en mera materia. Pero el ritmo solo resulta placentero cuando la interrupción se halla subordinada a la actividad, y la materia se ve desbordada una y otra vez por la energía. De modo que, para poder cobrar conciencia del ritmo, el Yo infinito debe interrumpirse, en cierto modo, a sí mismo.
   La lección que podemos extraer de este fantástico juego en que el intento de llevar nuestros sueños hasta sus últimas consecuencias, de encontrar una explicación a este universo y de representarnos de la manera más clara posible la naturaleza de la beatitud eterna, termina llevándonos precisamente ¡a ocupar más plenamente el lugar en que nos hallamos ahora mismo! Aunque, para ello, es necesario disipar cualquier rastro de resentimiento por el sufrimiento pasado y presente y convertirlo en gozo, despertando y reconociendo que todo forma parte de un sueño deliberado de nuestro Yo más profundo que se halla inmerso en el deleite eterno.

El hecho de saber –y de saber que uno sabe- nos obliga a prestar atención y a descomponer el movimiento de la vida en distintos fragmentos, con la intención de explicarlos adecuadamente. Pero en el mismo momento en que nuestra atención consigue explicar el modo en que vivimos, nos movemos, pensamos y hablamos, esos procesos dejan de ser espontáneos y, a partir de entonces, somo sus únicos responsables y nos vemos obligados a decidir, a través de un laborioso proceso mental, el curso de acción más adecuado. Una vez aquí ya no podemos librarnos de la ansiedad porque nunca más volveremos a estar seguros de qué es lo correcto, y también nos veremos acosados por una angustiosa y continua sensación de culpabilidad, porque el hecho de tornarnos responsable de nuestras acciones va acompañado de la sensación de que, en el fondo, hay algo que no funciona adecuadamente.
   Y ello ocurre porque, en tal caso, empezamos a jugar a ser dioses y ya no nos contentamos con dejar que nuestra vida simplemente suceda, sino que empezamos a tratar de controlarla. Pero no sabemos bien qué hacer. Entonces el dolor dejó de ser extático y se convirtió en un castigo y comenzamos a sentirnos responsables de la muerte y ésta dejó de ser una transformación y renovación de la vida, y acabó convirtiéndose en la evidencia de un fracaso, el precio del pecado y la manifestación más flagrante de nuestra incompetencia en el juego de ser dioses.
   Pero el problema es que, una vez iniciado este proceso, ya no existe posible vuelta a tras, porque no se trata de que podamos cambiar el mundo, sino de que estamos obligados a cambiarlo y no sabemos cómo hacerlo.



Pero lo peor de todo es el hecho de que Dios mismo creó esta situación original, este juego del escondite en el que el Creador parece devenir la criatura. En otro nivel, implica la contracción de la atención para engendrar la conciencia del ego y la consiguiente pérdida de fe en nuestros impulsos espontáneos. Es como una espada flamígera que nos impide reconocer que cada uno de nosotros es ese mismo Dios.

La santidad se asemeja más a la recuperación de la inocencia y el regreso a la vida de los impulsos espontáneos, que consiste en vivir plenamente entregados al momento presente en una especie de alegre espontaneidad y abandono de sí. La persona plenamente consciente no tiene problema alguno en retornar a la vida de los impulsos espontáneos, ya que el humor le permite convertir la ansiedad en risa y transformar así completamente su significado. En última instancia, el humor sagrado se nutre de la constatación de que el yo es una broma.
   El verdadero pecado de Adán fue el de aspirar a ser Dios, es decir, a doblegar la naturaleza a su voluntad consciente para controlar su espontaneidad. ¿Seremos capaces de dejar que las cosas discurran por sí mismas, aun cuando sepamos a ciencia cierta que eso es lo mejor que podemos hacer?



Como si participase de una sola mente, el ego consciente también participa del Yo universal. El Yo universal se halla detrás de nuestro pequeño “yo” sin la menor necesidad de recordarlo de continuo porque es todo lo que hay y no existe ningún lugar exterior desde el que poder observarlo; el Yo no tiene necesidad alguna de conocerse a sí mismo. No tengo, pues, la menos necesidad de angustiarme porque, en el juego del escondite cósmico, yo soy “Eso”. Soltemos, pues, todas las apariencias, las desapariciones, las reapariciones, los olvidos, las aniquilaciones, las transformaciones y las súbitas explosiones de luz procedentes de ninguna parte. No existe ninguna necesidad de recordar porque, en cualquier caso, soy siempre “yo” quien está ahí y la misericordiosa muerte me libera una y otra vez del tedio de la inmortalidad. Tampoco existe la menor necesidad de aferrarse ni creer en este “yo” fundamental y eterno, porque eso es todo lo que hay y nada existe, ha existido ni existirá nunca fuera de él.

Es precisamente entonces cuando me doy cuenta de que yo soy el Ojo porque, como dijo Eckhart, “el ojo con el que veo a Dios es el mismo ojo con el que Dios me ve a mí”. El “juego” del Yo consiste en olvidarse, de manera cíclica y regular, de sí mismo en una creación ilusoria que da origen al mundo de los seres separados, de las cosas y eventos a los que llamamos cosmos, hasta el punto de que cada uno de ellos siente que es el único, y concluye cuando el Yo despierta finalmente a su identidad original.



Alan Watts – El arte de ser Dios


lunes, 13 de febrero de 2012

Pinceladas zen (Alan Watts)


Cuando un hombre ha aprendido a dejar quieta su mente de modo que funcione de la manera integral y espontánea que le es natural, comienza a mostrar esa cualidad especial o poder que llamamos “te”. Es la virtud, en el sentido de eficacia, la virtud espontánea y sin afectación que no puede ser cultivada por ningún método deliberado. Es el ingenio impensable, el poder creador de las funciones espontáneas y naturales del hombre, poder que queda bloqueado cuando tratamos de dominarlo mediante métodos y técnicas formales.

La mente no puede actuar sin renunciar al imposible intento de controlarse a sí misma, más allá de cierto punto. Tiene que abandonarse a sí misma, tanto en el sentido de confiar en su propia memoria y reflexión como en el de actuar espontáneamente, por sí misma hacia lo desconocido. La mente es como un ojo que ve, pero que no puede verse. Esta imposibilidad de agarrar la mente con la mente es la no-acción, entendiéndose que no necesita tratar de abandonarse, ni tratar ni no tratar.

Para el zen todos los seres están en nirvana desde el principio, todo dualismo es una falsa imagen, la mente ordinaria es el Tao. Propone no eliminar el pensamiento reflexivo sino eliminar el bloqueo tanto en la acción como en el pensamiento, sentirse en libertad de bloquear, con lo que el bloqueo se elimina automáticamente. Con frecuencia se dice que aferrarse a sí mismo es como tener una espina clavada en la piel y que el budismo es una espina para sacar la primera, pero si éste se convierte en otro método de aferrarse a sí mismo mediante la búsqueda de una seguridad espiritual, las dos espinas se convierten en una, y entonces ¿cómo se las va a extraer?

Por tanto en el zen no hay ni Buddha al que uno pueda aferrarse, ni bien que ganar ni mal que evitar, ni pensamientos que desarraigan, ni cuerpo que perecer ni alma que salvar… “para salvar la vida hay que destruirla. Cuando está totalmente destruida, por primera vez quedamos en paz”. La práctica del zen no es una verdadera práctica en tanto tenga un fin de vista, y cuando no tiene en vista ningún fin es el despertar: la vida autosuficiente, sin objeto, del eterno ahora. Se practica el zen porque uno ya es Buddha desde el comienzo.

Lo que podemos conocer –la vida y la muerte, la luz y las tinieblas, lo sólido y lo vacío- serán los aspectos relativos de algo tan inconcebible como el color del espacio. Despertar significa saber lo que la realidad no es, es dejar de identificarnos a nosotros mismos como cualquier objeto de conocimiento. Así como cualquier afirmación acerca de la substancia o energía básica de la realidad tiene que resultar absurda, cualquier afirmación referente a lo que “yo soy” tiene que ser también el colmo de la tonteria.

El engaño es la falsa premisa metafísica en que arraiga el sentido común del hombre, su tácito supuesto de que él “es algo”. Está claro que el supuesto de que “yo no soy nada” sería igualmente falso, puesto que algo y nada, ser y no ser, son conceptos relativos, y corresponden igualmente a lo conocido.

Alan Watts - El Camino del Zen 





Sobre el río la luna brillante, en los pinos el viento que suspira; toda la noche tan tranquila: “por qué” y, “para quién”.

Los gansos salvajes no se proponen reflejarse en el agua; el agua no piensa recibir su imagen.

Tú enciendes el fuego;
te mostraré algo lindo:
¡una gran bola de nieve!

¡Qué admirable
el que no piensa “la vida es fugaz”
al ver el relámpago!

La larga noche;
el sonido del agua
dice lo que pienso.

En el bosque oscuro
cae una bellota:
sonido del agua.

El mar se oscurece;
las voces de los patos salvajes
son débilmente blancas.

La alondra:
sólo su voz cayó,
sin dejar eco.

¿Una flor caída
volviendo a la rama?
Era una mariposa.


Si la mente no está recubierta de viento y de olas, siempre vivirá entre montes azules y árboles verdes. Si tu verdadera naturaleza tiene la fuerza creadora de la Naturaleza misma, dondequiera que vayas verás peces que saltan y gansos que vuelan.



Nan-in, un maestro japonés de la era Meiji, recibió la visita de una persona que se tenía por docta, y que había ido a verle para interrogarle sobre el Zen. Nan-in sirvió el té. Llenó hasta el borde la taza de su huésped, y luego continuó vertiendo.

La persona que se consideraba docta vio cómo el té se salía de la taza, y tras unos instantes no pudo contenerse: "Pero, maestro, la taza está colmada. ¡Ya no entra más!".

"Al igual que esta taza -dijo Nan-in-, tú estás colmado de tus opiniones y conjeturas. ¿Cómo puedo explicarte el Zen, si antes no vacías tu taza?".