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lunes, 4 de marzo de 2019

Textos fundamentales sobre la Espiritualidad Oriental

En este enlace recorremos distintos análisis, estudios y comentarios sobre el gran acervo de sabiduría que representa la Tradición Oriental, desde el Vedanta, pasando por el Taoísmo, el Budismo y el Zen. Este último enfoque del Zen recoge el inmenso legado anterior para ofrecernos las claves de una vida plena y satisfactoria, teniendo como eje la atención consciente y plena del momento presente, el único real y donde se halla la verdadera iluminación, superando la impronta social , el ego, el condicionamiento religioso, el deseo, las elucubraciones sobre Dios y el Más Allá. Es volver a nuestra fuente primordial.




Espiritualidad Oriental: Vedas, Taoísmo, Budismo y Zen:
https://drive.google.com/drive/folders/1UQiysyVQXAVMRzfj0Q3VKPMl0iyCyM9o?usp=sharing


jueves, 24 de enero de 2019

Biblioteca Maestros Espirituales (2) : Jorge Bucay, Eckhart Tölle, Ramiro Calle, Wayne Dyer, Deepak Chopra.



Esta entrega recoge buena parte de la obra de estos maestros espirituales formados en su mayor parte en el mundo occidental, que traducen esa necesidad de toma de Consciencia en un lenguaje cercano y directo.


Jorge Bucay
https://drive.google.com/drive/folders/19HxlE_JoGugQfMOzXke1SyWx9vlxKDlf?usp=sharing

Eckahrt Tölle
https://drive.google.com/drive/folders/1bSvEL3jtOOGDB6HYbIsCe9SyHndGipX9?usp=sharing

Ramiro Calle
https://drive.google.com/drive/folders/1GVVhBYJ8SPmuI6QZ_pM9_jnPJ8K6JLGb?usp=sharing

Wayne Dyer
https://drive.google.com/drive/folders/1UOq_I5LY0LqyLqzpQecfrbMGMT8wsEjz?usp=sharing

Deepak Chopra
https://drive.google.com/drive/folders/1PuUCvh1IIjh61MFmZ3Y97SpiIRm3GRb-?usp=sharing


Biblioteca Maestros Espirituales (1) : Osho, Alan Watts, Dalai Lama, Krishnamurti, Thich Nhat Hanh.




Esta primera entrega contiene gran parte de la obra de estos grandes referentes espirituales de nuestros tiempos, maestros de conocimiento y sabiduría oriental que, hoy más que nunca, necesitamos. Espiritualidad aquí es, sobre todo, la toma de nuestra Consciencia de Ser.



Osho
https://drive.google.com/drive/folders/1qURIf4Rr0Smek0vwXfrFbFBPMQJ430wL?usp=sharing

Alan Watts
https://drive.google.com/drive/folders/1s-Mc8sGAun5u5xdSy6Sg7pLxQ_Y5rQI0?usp=sharing


Dalai Lama
https://drive.google.com/drive/folders/1zqK6jdlcQS8WP5Qo7a-SyAtVHrJbhwrR?usp=sharing

Krishnamurti
https://drive.google.com/drive/folders/1AMWqUVoLST2folpnwLUDQozimHGx2KwT?usp=sharing

Thich Nhat Hanh
https://drive.google.com/drive/folders/1OtehFffFVquhpuE_qBwjIzieLohOqAeP?usp=sharing


lunes, 1 de octubre de 2018

¿No serán los mutantes la memoria del futuro? (L.Pauwels, J. Bergier)





Si el hombre posee poderes hasta hoy ignorados o menospreciados, y si existe, como nos inclinamos a creer, un estado superior de conciencia, importa no rechazar las hipótesis útiles a la experimentación, los hechos verdaderos, las comprobaciones que iluminan, al propio tiempo que aventamos el ocultismo y las falsas ciencias. El estudio de las facultades extrasensoriales es susceptible de desembocar en aplicaciones prácticas de una amplitud considerable. Tal vez haya un lugar en el hombre desde el cual pueda percibirse toda la realidad. Tal vez estamos en vísperas de descubrir un conjunto de métodos que nos permitan desarrollar sistemáticamente nuestras facultades extrasensoriales, utilizar una poderosa maquinaria oculta en nuestras profundidades.

El hombre no está terminado. Una psicología eficaz debería fundarse no en lo que es el hombre, sino en lo que puede devenir, en su evolución posible. Todas las doctrinas tradicionales descansan sobre la idea de que el hombre no es un ser acabado, estudiando las condiciones en las cuales deben realizarse los cambios, las alteraciones, las transmutaciones, que llevarán al hombre a su verdadera magnitud.
    El único progreso, en psicología, ha sido el comienzo de la exploración de las profundidades, de las zonas subconscientes. Nosotros pensamos que también hay cumbres que explorar, una zona superconsciente, la existencia de un equipo superior del cerebro, en gran parte no explorado. En el estado de vigilia normal de la conciencia, solo una décima parte del cerebro está en actividad. ¿No puede existir un estado en que la totalidad del cerebro esté en actividad organizada?



¿En qué condiciones puede el espíritu alcanzar aquel otro estado? ¿Cuáles son entonces sus propiedades? ¿Qué conocimientos puede en tal caso alcanzar? El movimiento formidable del conocimiento nos conduce a un punto en que el espíritu se siente obligado a transformarse, para ver lo que hay que ver. Lo poco que vemos depende de lo poco que somos. Pero, ¿es que solo somos lo que creemos ser?
    Nosotros admitimos esta hipótesis: el hombre posee un aparato al menos igual, si no superior a todos los aparatos técnicamente realizables, destinado a alcanzar el resultado que es objeto de toda técnica; a saber, la comprensión y el manejo de las fuerzas universales.

La concepción mágica de las relaciones del hombre con el prójimo, con las cosas, con el espacio y el tiempo, no es absolutamente ajena a una reflexión libre y viva sobre la técnica y la ciencia modernas. Precisamente la modernidad nos permite creer en lo mágico. Si en el campo silencioso del cerebro se establecen conexiones ultrarrápidas y si, en ciertas circunstancias, el resultado de este trabajo es captado por la conciencia, ciertas prácticas de magia imitativa, ciertas revelaciones proféticas, ciertas iluminaciones poéticas o místicas, ciertas adivinaciones que cargamos en la cuenta del delirio o del azar, tienen que considerarse como adquisiciones del espíritu en estado de vigilia. Acaso los ritos no son más que conjuntos completos de disposiciones rítmicas capaces de operar una puesta en marcha de otras funciones superiores de la inteligencia.

Pero, ¿qué decir de la insuficiencias de la propia inteligencia binaria? Se le escapa la existencia interna, la esencia de las cosas. Para llegar a ello, sería preciso que el razonamiento binario fuese reeemplazado por una conciencia analógica que revistiese las formas y asimilara las ritmos inconcebibles de estas estructuras profundas. El recurso a la conciencia despierta, es decir, a un estado diferente del estado de vigilia lúcida, constituye el leitmotiv de todas las filosofías antiguas.
    El hombre puede penetrar los secretos, ver la luz, ver la eternidad, captar las leyes de la energía, incorporar a su marcha interior el ritmo del destino universal, tener un conocimiento sensible de la última convergencia de las fuerzas en el que toda creación se encontrará, al fin del tiempo terrestre, a la vez cumplida, consumada y exaltada.
    El hombre lo puede todo. Pero este poder se detiene donde esta inteligencia presiente que hay todavía “algo” más allá del Universo. Esta puerta infranqueable, aceptamos la expresión, es la del Reino de Dios. Se trata de hacer funcionar una inteligencia “diferente”, de pasar del estado de vigilia ordinario al estado de vigilia superior. Al estado de alerta.



Si los hombres no tienen por único objeto el paso al estado de alerta, es que las dificultades de la vida en sociedad, la persecución de los medios materiales de existencia, no les deja tiempo para ello. A medida que el progreso técnico permita respirar al hombre, la busca del “tercer estado”, de la alerta, de la hiperlucidez, reeemplazará a las otras aspiraciones. La posibilidad de participar en esta búsqueda será por fin reconocida como uno de los derechos del hombre. La próxima revolución será psicológica. Todas las tradiciones atribuyen al estado de alerta ciertos poderes: la inmortalidad, la levitación, la telequinesia, etc. Pero estos poderes, ¿son solo imágenes de lo que puede el espíritu cuando ha cambiado de estado, o bien son realidades?
    ¿Es que no puede encontrarse un lugar, en mí mismo, desde el cual todo lo que me ocurre sea explicable inmediatamente, un lugar desde el cual todo lo que veo, sé o siento, pueda descifrarse en seguida, ya se trate del movimiento de los astros, de la disposición de los pétalos de una flor, de los movimientos de la civilización a la que pertenezco, o de los movimientos más secretos de mi corazón? ¿Es que no hay nada en el hombre, en mí mismo, un camino que conduzca al conocimiento de todas las cosas del mundo? ¿Es que no reposa en el fondo de mí la llave del conocimiento total?



Cabe imaginar el Ultrahumano, nuevo peldaño de la vida del planeta, como un ser racional y no solamente razonador, un ser dotado de una inteligencia objetiva permanente que no toma ninguna decisión más que después de observar lúcidamente, completamente, la masa de información que posee. Un ser cuyo sistema nervioso sería una fortaleza capaz de resistir cualquier asalto de los impulsos negativos. Un ser dotado de una memoria total infalible. Si el mutante existe es probablemente un ser que difiere del hombre por el simple hecho de que domina su inteligencia y la emplea sin un momento de descanso.
    Toda reflexión sobre los mutantes desemboca en un sueño sobre la evolución, sobre los destinos de la vida y del hombre. ¿Qué es el tiempo, a la escala cósmica que hay que situar la historia de la Tierra? ¿No ha comenzado el porvenir en la eternidad? ¿No serán los mutantes la memoria del futuro, de la cual está tal vez dotado el gran cerebro de la Humanidad?



Louis Pauwels / Jacques Bergier – El retorno de los brujos

jueves, 20 de septiembre de 2018

Atención plena en la era digital (Jon Kabat-Zinn)





Donde quiera que vayas, ahí estás. Nos guste o no, este momento es todo cuanto tenemos para trabajar. Pero, cuando surge la nube del olvido acerca de dónde estamos ahora, en ese preciso instante, nos perdemos, dejamos de estar en contacto con nosotros mismos. Para permitirnos estar verdaderamente en contacto con donde ya estamos tenemos que hacer una pausa en nuestra experiencia, lo suficientemente larga para permitir que el momento presente pueda penetrar en nosotros, sentirlo, verlo en su totalidad, sostenerlo en la conciencia y, de ese modo, llegar a conocerlo y comprenderlo mejor.

Puede que casi nunca estemos donde realmente estamos, que casi nunca estemos en contacto con todas nuestras posibilidades. Por el contrario, nos encerramos en una ficción personal, según la cual ya sabemos quiénes somos, ya sabemos dónde estamos y adónde nos dirigimos, ya sabemos qué está ocurriendo; y mientras tanto, permanecemos envueltos en un velo de pensamientos, fantasías e impulsos, la mayoría de ellos relacionados con el pasado y el futuro, con lo que deseamos y nos gusta y con lo que tememos y no nos gusta, que se prolongan continuamente y nos impide ver en qué dirección vamos.




El hecho de no saber siquiera que estamos soñando es lo que los budistas llaman ignorancia, o inconsciencia. Estar en contacto con este no saber es lo que se llama atención plena. El trabajo que hay que hacer para despertar de tales sueños es la meditación, el cultivo sistemático del estado despierto, de ser consciente del momento presente. La meditación consiste simplemente en ser nosotros mismos y tener un cierto conocimiento acerca de quiénes somos, darnos cuenta de que, nos guste o no, estamos en el camino de nuestra vida, que tiene una dirección y siempre se está desplegando; que lo que ocurre ahora influye en lo que ocurre a continuación, poder orientarnos tanto interna como externamente. Si lo hacemos, es posible que esto nos permita trazar un recorrido que sea más fiel a nuestro ser interior: un camino del alma, un camino con Corazón, nuestro camino.

La atención plena guarda relación con examinar quiénes somos y con cuestionar nuestra visión del mundo y el lugar que ocupamos en el mismo, así como con el hecho de cultivar la capacidad de apreciar la plenitud de cada momento, estar en contacto con la plenitud de nuestro ser por medio de un proceso sistemático de autoobservación, de autoindagación y de acción atenta. No hay nada de frío, analítico o insensible en ello. En general, la práctica de la atención plena se caracteriza por la amabilidad y la capacidad de apreciar, así como por ser fuente de nutrición. De hecho, se la podría llamar Corazón pleno. Practicar la atención plena significa comprometernos plenamente a estar presentes en cada momento. No intentamos mejorar ni llegar a ningún otro lugar. No tratamos de alcanzar siquiera comprensiones profundas ni visiones especiales. Tampoco nos forzamos a dejar de juzgarnos, calmarnos o relajarnos. Y, por supuesto, no fomentamos el ensimismamiento ni el egocentrismo. Simplemente nos invitamos a interaccionar con el momento presente con plena conciencia, con la intención de encarnar lo mejor que podamos la calma y la ecuanimidad aquí y ahora.



En estos tiempos en que la confusión y la agitación internas y externas son tan grandes; en estos tiempos en que la aceleración temporal, impulsada por la llegada de la era digital y de la capacidad de hacer más cosas en menos tiempo, es tan feroz, que incrementa de forma drástica el riesgo de no estar nunca presentes con y para nosotros mismos. La especie se encuentra en una coyuntura crítica, en un momento clave del cambio, y la atención plena, nuestra capacidad innata para estar despiertos y presentes con el corazón abierto y ver con claridad, nunca ha sido tan importante.

Lo que necesitamos, ahora más que nunca, dentro de toda esa confusión, es una sabiduría interna, un giro de la conciencia que acompañe y determine la trayectoria de las diversas actividades que emprendemos en el mundo y que nos guíe individual y colectivamente para desarrollar con plenitud nuestro potencial como seres humanos. La meditación basada en la atención plena, en especial cuando se entiende como una forma de ser, de vivir la vida y no como una simple técnica, es un vehículo muy poderoso para experimentar de forma directa estas posibilidades transformadoras y curativas en nosotros mismos y en el mundo. Asimismo, puesto que constituye una puerta de acceso a lo eterno, actúa más allá del tiempo; de este modo permite que se produzca la transformación sin que debamos esforzarnos por llegar a ningún otro lugar ni fustigarnos a lo largo del camino por nuestra incompetencia e imperfección.




¿Podemos convertirnos plenamente en nosotros mismos para vivir nuestras preciosas y fugaces vidas más satisfactoriamente? Al fin y al cabo ¿qué más hay que hacer? ¿Y qué podría ser más importante para recuperar nuestra propia vida, con todas sus posibilidades y realidades?

La atención plena, incluso cuando se cultiva solo unos minutos, lleva al corazón a aproximarse a sí mismo. Invita a esa intimidad que tanto anhelamos y que nos llama porque, en última instancia, la atención plena es la intimidad subyacente a cualquier separación; pone inmediatamente a nuestro alcance la bondad y la belleza intrínsecas del mundo y de nuestro corazón, con el fin de que las semillas de nuestra naturaleza más auténtica crezcan, florezcan y nutran nuestras vidas, nuestro trabajo y nuestro mundo, momento a momento, día tras día.


Jon Kabat-Zinn – Mindfulness en la vida cotidiana


miércoles, 12 de septiembre de 2018

La vida tiene un sentido (Muriel Barbery)



  



Aparentemente, de vez en cuando, los adultos se toman el tiempo de sentarse a contemplar el desastre de sus vidas. Entonces se lamentan sin comprender y, como moscas que chocan una y otra vez contra el mismo cristal, se inquietan, sufren, se consumen, se afligen y se interrogan sobre el engranaje que los ha conducido allí donde no quieren ir. Los más inteligentes llegan incluso a hacer de ello una religión: ¡ah, la despreciable vacuidad de la existencia burguesa! Odio esta falsa lucidez de la edad madura. La verdad es que son como todos los demás: chiquillos que no entienden qué ha ocurrido y que van de duros cuando en realidad tienen ganas de llorar.

Sin embargo, es fácil de comprender. El problema está en que los hijos se creen lo que dicen los adultos y, una vez adultos a su vez, se vengan engañando a sus propios hijos. “La vida tiene un sentido que los adultos conocen”, es la mentira universal que todos creen por obligación. Cuando, una vez adulto, uno comprende que nos es cierto, ya es demasiado tarde. El misterio permanece intacto, pero hace tiempo que se ha malgastado en actividades estúpidas toda la energía disponible. Ya no le queda a uno más que anestesiarse como puede tratando de enmascarar el hecho de que no le encuentra ningún sentido a la vida y engaña a sus propios hijos para intentar convencerse mejor a sí mismo.




Algunas personas son incapaces de aprehender en aquello que contemplan lo que constituye su esencia, su hálito intrínseco de vida, y dedican su existencia entera a discurrir sobre los hombres como si de autómatas se tratara, y de las cosas como si no tuvieran alma y se resumieran a lo que de ellas pudiera decirse al capricho de inspiraciones subjetivas.
   Los hombres viven en un mundo donde lo que tiene poder son las palabras y no los actos, donde la competencia esencial es el dominio del lenguaje. Eso es terrible porque, en el fondo, somos primates programados para comer, dormir, reproducirnos, conquistar y asegurar nuestro territorio, y aquellos más hábiles para todas esas tareas, aquellos entre nosotros que son más animales, esos siempre se dejan engañar por los otros, los que tienen labia pero serían incapaces de defender su huerta, de traer un conejo para la cena y de procrear como es debido. Es un terrible agravio a nuestra naturaleza animal, una suerte de perversión, de contradicción profunda.




¿Cómo trascurre, pues, la vida? Día tras día, nos esforzamos valerosamente por representar nuestro papel en esta comedia fantasma. Como sacados de un sueño, nos observamos actuar y helados al constatar el gasto vital de energía que requiere el mantenimiento de nuestros requisitos primitivos. La eternidad se nos escapa.

Tales días, en el que naufragan en el altar de nuestra naturaleza profunda todas las creencias románticas, políticas, intelectuales, metafísicas y morales que años de educación y de cultura han tratado de imprimir en nosotros, la sociedad, campo territorial agitado por grandes ondas jerárquicas, se sume en la nada del Sentido. Adiós a los pobres y a los ricos, a los pensadores, a los investigadorres, a los dirigentes, a los esclavos, a los buenos y a los malos, a los creativos y a los concienzudos, a los sindicalistas y a los individualistas, a los progresistas y a los conservadores, ya no son sino homínidos primitivos cuyas muecas y sonrisas, gestos y adornos, lenguaje y códigos, inscritos en el mapa genético del primate medio, solo significa esto: representar su papel o morir.




¡Qué arrogancia esta de los hombres que piensan que pueden forzar la naturaleza, escapar a su destino de insignificancias biológicas…! Y ¡qué ceguera tienen también con respecto a la crueldad o la violencia de sus propias maneras de vivir, de amar, de reproducirse y de hacer la guerra a sus semejantes!

En cambio pienso que solo puede hacerse una cosa: dar con la tarea para la cual hemos nacido y llevarla a cabo como mejor podamos, con todas nuestras fuerzas, sin creer que nuestra naturaleza animal tiene algo de divino. Solo así tendremos el sentimiento de estar haciendo algo constructivo en el momento en que venga a buscarnos la muerte. La libertad, la decisión, la voluntad, todo eso no son más que quimeras. Creemos que podemos hacer miel sin compartir el destino de las abejas; pero también nosotros no somos sino pobres abejas destinadas a llevar a cabo su tarea para después morir.

Esos días uno necesita desesperadamente el Arte. Aspira con ardor a recuperar su ilusión espiritual, desea con pasión que algo lo salve de los destinos biológicos para que no se excluya de este mundo toda poesía y toda grandeza.





Muriel Barbery – La elegancia del erizo


domingo, 1 de julio de 2018

Los 5 poderes auténticos (Thich Nhat Hanh)




Hay otro tipo de poder, el poder de ser felices justo en el momento presente, libres de la adicción, el miedo, la desesperación, la discriminación, el enfado y la ignorancia. Este poder es un derecho inalienable de todo ser humano. El hecho de vivir nuestra vida con profundidad y felicidad y de tener tiempo para dedicarnos a las personas que amamos es otro tipo de éxito, otro tipo de poder, y es mucho más importante. Solo hay un tipo de éxito que realmente importa: el éxito de transformarnos a nosotros mismos, de transformar nuestras aflicciones, nuestro miedo y nuestro enfado. Este es el tipo de éxito, el tipo de poder, que nos beneficiará a nosotros y a los demás sin causar ningún daño.

Para proporcionar felicidad a los demás debemos ser felicidad. Este es el motivo por el cual siempre nos entrenamos para ocuparnos primero de nuestro cuerpo y de nuestra mente. Solo cuando nosotros mismos seamos amables podemos dar lo mejor y cuidar de aquellos a los que amamos.
    Cuando vivimos sin ser conscientes, sin la capacidad de ver realmente el mundo que nos rodea, nuestra vida con frecuencia se asemeja a un tren fuera de control. Ya disponemos de tiempo suficiente para prestar atención a todas las personas y cosas que son más importantes para nosotros, y podemos vivir cada momento al máximo, sabiendo que es un momento maravilloso, el único momento que en realidad tenemos.



En el budismo hablamos de los 5 poderes auténticos, que son: la fe, la diligencia, la atención plena, la concentración y la visión profunda.

La fe es tener un camino que conduce a la libertad, a la liberación y a la transformación de las aflicciones. Si hemos visto el sendero, si tenemos un camino por el que seguir, disponemos de poder. Aquellos que no  disponen de un camino vagan sin rumbo, sufren. No saben adonde ir. Si tenemos alguna experiencia de que ese camino nos lleva en la dirección correcta, tendremos fe en el camino. Estaremos muy contentos de haberlo encontrado y, por consiguiente, empezaremos a tener poder.



La diligencia es practicar con regularidad la meditación sentada todos los días; si meditamos andando todos los días; si hacemos la práctica de respirar y comer con atención plena todos los días, estamos alimentando nuestra práctica de forma constante. Ésta es la segunda fuente de poder.

La atención plena es la energía de ser consciente de lo que está ocurriendo en el momento presente, vivimos con profundidad cada momento de nuestra vida cotidiana. La energía de la atención plena nos ayuda a saber qué deberíamos hacer y qué no. Nos ayuda a sortear las dificultades y los errores; nos protege e ilumina todas nuestras actividades diarias. Es la capacidad de reconocer las cosas tal cual son, a ver a las personas que queremos y a estar en contacto con ellas.

La atención plena hace emerger el poder de la concentración. La concentración puede ayudarnos a mirar con más profundidad la naturaleza de la realidad y a hacer emerger el tipo de visión profunda que puede liberarnos del sufrimiento. La concentración en la naturaleza de la transitoriedad, en el no-yo y en el interser puede ayudarnos a hacer grandes progresos que nos proporcionarán la visión profunda.

La visión profunda es una espada que, sin producir dolor, corta de raíz todos los tipos de sufrimiento, incluidos el miedo, la desesperación, el enfado y la discriminación. La visión profunda procede de la comprensión. Necesitamos crear un entorno en el que la atención plena y la concentración se conviertan en algo fácil.




Al centrarnos en nuestro poder espiritual, podemos transformar el balance final para que incluya también compasión. Sin compasión no podemos ser felices. Nos quedamos aislados y atrapados en nuestro propio mundo, incapaces de relacionarnos con la gente o de comprenderla. Si miramos con profundidad, vemos el dolor y el sufrimiento que hay en el mundo y  reconocemos nuestro profundo deseo de aliviarlo. También nos damos cuenta de que proporcionar dicha a los demás es la mayor dicha que podemos experimentar, el mayor logro. Al optar por cultivar el auténtico poder, no tenemos por qué abandonar nuestro deseo de vivir bien. De hecho, nuestra vida puede ser más satisfactoria y seremos felices y estaremos relajados, al tiempo que aliviaremos el sufrimiento de los demás y les proporcionaremos felicidad.


Thich Nhat Hanh – El arte del Poder



lunes, 11 de junio de 2018

Somos almas espirituales, partes del Supremo (Swami Prabhupada)




Esta forma humana de vida no se nos ha dado solo para trabajar arduamente sino para lograr la perfección más alta de la vida. Si no queremos esa perfección, entonces habremos de trabajar muy arduamente, pues seremos forzados a ello por las leyes de la naturaleza. En los últimos días de Kali-Yuga (la época actual), los hombres tendrán que trabajar tan arduamente como los asnos por tan solo una migaja de pan. Este proceso ya ha comenzado, y cada año aumentará la necesidad de trabajar más arduamente por salarios menores. Sin embargo, los seres humanos no están destinados a eso, y si un hombre no desempeña sus deberes como ser humano, es forzado por las leyes de la naturaleza a transmigrar hacia las especies más inferiores de vida.

Aquellos que intentan seguir el sendero que conduce a Dios, pero que no lo completan, reciben la oportunidad de aparecer en las familias de personas adelantadas espiritualmente o en familias de buena posición económica para continuar progresando desde el punto en que se detuvo en su nacimiento previo. Pero por desgracia, debido a la influencia de la actual era de hierro (que está llena de máquinas y de gente mecanizada), son descarriados hacia el goce de los sentidos, y se olvidan de la buena oportunidad que tienen de alcanzar la iluminación espiritual. Nuestra función es la de resolver los problemas fundamentales de la vida, que surgen debido a las leyes de la naturaleza. La civilización se encontrará estática a menos que haya movimiento espiritual. El alma mueve al cuerpo, y el cuerpo viviente mueve al mundo. Nos preocupamos por el cuerpo, pero no tenemos conocimiento alguno sobre el espíritu que está moviendo a ese cuerpo. Sin el espíritu, el cuerpo queda inmóvil, o muerto.



El cuerpo  humano es un excelente vehículo con el que podemos alcanzar la vida eterna. Es un barco muy difícil de conseguir, y muy importante para cruzar ese océano de la ignorancia que es la existencia material. En este barco presta servicio un barquero experto, el maestro espiritual. Por gracia divina, el barco navega por el agua con un viento favorable. Con todos estos factores auspiciosos, ¿quién no aprovecharía la oportunidad de cruzar el océano de la ignorancia? Si alguien desperdicia esta buena oportunidad, ha de entenderse que simplemente está suicidándose, nadie tiene información sobre el verdadero destino de la vida, que consiste en regresar a Dios, en recobrar nuestra identidad espiritual perdida. El barco de la vida humana está construido de manera tal que debe moverse hacia un destino espiritual.

Desgraciadamente, este cuerpo está anclado a la conciencia mundana por medio de cinco fuertes cadenas, que son: el apego de la entidad viviente al cuerpo material; el apego a los parientes debido a las relaciones corporales, el apego a la tierra natal y a las posesiones materiales; el apego a la ciencia material, la cual siempre permanece como un misterio por falta de conocimiento espiritual, y el apego a las formas religiosas y ritos sagrados sin conocer a la Personalidad de Dios.
    La Personalidad de Dios, quien está plenamente consciente de todo lo que hay en su creación, nos informa que, para nuestro propio bien, debemos desear salir de esta existencia desoladora. Debemos desapegarnos de todo lo material. Para darle el mejor uso a una mala compra, debemos espiritualizar ciento por ciento nuestra existencia material. La actividad espiritual es la activación de nuestra verdadera vida. Debemos ansiar encontrar la vida eterna, o sea, la existencia espiritual en el Absoluto, ese país eterno del que nadie regresa.



A Dios puede regresar alguien que está convencido de su identidad espiritual y que está libre del concepto material de la existencia, que está libre de la ilusión y es trascendente a las modalidades de la naturaleza material, y que se ha apartado completamente del goce de los sentidos. En la existencia espiritual hay una vida espiritual incesante de eternidad, bienaventuranza y conocimiento, siempre podemos saborear el feliz contacto trascendental con la Personalidad de Dios.

Sin duda alguna, el alma está presente en el corazón de la entidad viviente, y es la fuente de todas las energías que mantienen el cuerpo. La energía del alma se difunde por todo el cuerpo, y ello se denomina conciencia. Como esta conciencia difunde la energía del alma por todo el cuerpo, uno puede sentir placeres y dolores en cualquier parte del cuerpo. El alma es individual, y está transmigrando de cuerpo en cuerpo. Luego ocurre el cambio llamado muerte, cuando nos mudamos a un cuerpo nuevo. Cuando el alma quiere disfrutar de este mundo material, olvidándose de su verdadero hogar del mundo espiritual, acepta esta vida de ardua lucha por la existencia. Su vida antinatural de repetidos nacimientos, muertes, enfermedades y vejez, puede detenerse cuando su conciencia se acopla con la Conciencia Suprema de Dios.





La verdadera educación consiste en preguntar por qué llega la muerte a pesar de que no queremos morir. Cuando limpiemos nuestro corazón nos daremos cuenta de que no pertenecemos a este cuerpo material ni a este mundo material. Somos almas espirituales, partes del Supremo. Estamos relacionados eternamente con Él. Esto se denomina liberación, conocimiento. Entonces podremos salir del ciclo del nacimiento y la muerte en diferentes forma de vida, e ir de vuelta al hogar, de vuelta a Dios.


Swami Prabhupada – La Ciencia de la Autorrealización

miércoles, 2 de mayo de 2018

¿Quién no desearía ser valiente? (José A. Marina)



La ansiedad, la angustia, el temor a revelar nuestra vulnerabilidad. Hemos tenido que aprender a soportarlos y a convivir con ellos. Pero la rebelde naturaleza humana rechaza esta táctica apaciguadora. No le ha bastado al hombre con protegerse, con resignarse al miedo o con ejecutar, como los animales, las respuestas al temor prefijadas por la naturaleza: la huida, el ataque, la inmovilidad, la sumisión. Ha querido también sobreponerse al temor. Actuar como si no lo tuviera. Valiente no es el que no siente miedo –ése es el impávido, el insensible– sino el que no le hace caso, el que es capaz de cabalgar sobre el tigre. Valor es mantener la gracia, la soltura, la ligereza, estando bajo presión. ¿Quién no desearía ser valiente? Todos experimentamos una nostalgia de la intrepidez. ¡Nos sentiríamos tan libres si nos estuviéramos tan asustados!

Pero esta llamada ascendente puede tal vez hundirnos más en la negrura, porque ¿cómo se puede esperar de mi que sea valeroso si mi corazón está corroído, debilitado, vampirizado por el miedo? El ser humano quiere vivir por encima del miedo. Sabe que no puede eliminarlo sin caer en la locura o en la insensibilidad, pero quiere actuar “a pesar” de él. Aquí se revela nuestra naturaleza paradójica: no podemos vivir sin que nuestros sentimientos nos orienten, pero no queremos vivir a merced de ellos. Para resolver esta contradicción, la inteligencia ha inventado las formas morales de vida, aquellas que surgen de los sentimientos regulados por la inteligencia creadora, una de cuyas invenciones es la ética, que habla del bien y la nobleza.



La valentía se mueve, pues, en el campo de la inteligencia creadora, que aspira a superar nuestra naturaleza animal. Lo nuestro no es “sobrevivir” sino “supervivir”. Esto quiere decir vivir por encima de nuestras realidades. Lo nuestro es aspirar a un proyecto de vida que, antes de existir en la realidad, solo existe en nuestra mente. El hombre tiene primero que inventar un proyecto y entregarle el mando de su acción, y comenzar a buscar o a crear los medios para realizarlo. Valiente es aquel a quien la dificultad o el esfuerzo no le impiden emprender algo justo o valioso, ni le hacen abandonar el propósito a mitad de camino. Actúa, pues, “a pesar de” la dificultad, y guiando su acción por la justicia, que es el último criterio de la valentía. La valentía es la libertad en acto, un acto ético, no un mero mecanismo psicológico. Pertenece al campo de la personalidad.

El valiente no lo tiene fácil, porque el valor supone cierto desdoblamiento de conciencia, en la que retiñen dos principios de acción: lo que deseo y lo que quiero. Deseo huir, pero quiero quedarme. En nosotros resuenan dos canciones distintas. Los valores sentidos nos golpean desde nuestro corazón, el peligro, la amenaza, la vergüenza, la presencia ominosa del dolor o del mal como horizonte definitivo. Los valores pensados nos llaman desde nuestra cabeza, que es casi como si nos llamaran desde fuera. A veces, ambas canciones se unifican; pero, cuando esto sucede, un hombre valiente es el que puede mantener dos deseos en su corazón sin que le explote… y decidirse por el mejor.



La inteligencia puede proponer buenas razones, alternativas deseables, proyectos perspicaces. Pero la razón puede achantarse. Por eso me gusta hablar de la “inteligencia resuelta”. Es la inteligencia que resuelve problemas y avanza resueltamente. Se trata de elegir el proyecto de ser valiente –o sea, libre; o sea, justo– y de aplicarme a adquirir el carácter necesario para llevarlo a cabo. ¿Cuáles son las virtudes que han de configurar ese carácter?: la fortaleza, la justicia, la prudencia y la templanza… y añadir la compasión y el respeto. Nos falta un último punto de apoyo que engarce esto con la realidad: el deber, que tiene que ver con el proyecto de vivir con dignidad. Quien no acepte ese proyecto, no está obligado a nada, pero debe saber lo que esta negativa supone: la vuelta a la selva, a la lucha feroz por la supervivencia, a la soledad, a la violencia ejercida por el más fuerte, al horror.


La obligación de comportarnos justa, respetuosa, valientemente no afecta solo a nuestro trato con los demás, sino también al trato con nosotros mismos. Si la dignidad implica libertad, no podemos abdicar de ella; si la dignidad implica conocimiento, no podemos permanecer en la ignorancia; si la dignidad implica rechazar la tiranía, no podemos claudicar ante nuestros tiranos interiores.


José A. Marina – Anatomía del miedo (Un tratado sobre la valentía)

miércoles, 11 de abril de 2018

Apropiarse del dolor del mundo (A. Schopenhauer)



 Querer, en esencia, es sufrir, y como vivir es querer, toda vida es esencialmente dolor. Cuanto más ilustrado, más sufre el hombre. La vida de la criatura humana no es sino una lucha por la existencia con la certeza de ser vencido. La vida es una caza incesante en la cual, tan pronto cazadores como cazados, los seres se disputan los restos de desperdicios horribles. Una historia del dolor que se resume así: querer sin motivo, sufrir siempre, luchar siempre, morir luego, y así sucesivamente por los siglos de los siglos, hasta que nuestro planeta se despedace.

Cuando se ha levantado el velo de Maia (la ilusión de la vida individual) de tal manera que ya no hace diferencia egoísta entre su persona y la de los otros hombres y la de los otros seres, y se interesa tanto por los sufrimientos extraños como por los propios, y se torna por esto auxiliador hasta la abnegación, listo a sacrificarlo todo por el bien de los demás, ese hombre que ha llegado al punto de reconocerse a sí mismo en todos los seres, considera como suyos los sufrimientos infinitos de todo lo que vive y debe apropiarse así del dolor del mundo.
  
Siendo insensible a las alternativas de bienes y de males que se suceden en su destino, libre de todo egoísmo, penetra los velos de la ilusión individual. Todo lo que vive, todo cuanto sufre, se halla igualmente cerca de su corazón. Concibe el conjunto de las cosas, su esencia, su sucesión eterna, los vanos esfuerzos, las luchas internas y los sufrimientos sin fin. Ve, cualquiera sea la dirección que mire, al hombre que sufre, al animal que sufre y un mundo que eternamente se desvanece. En lo sucesivo, se une a los dolores del mundo tan estrechamente como a su propia persona se une el ser egoísta. ¿Cómo podría, con tal conocimiento del mundo, afirmar por los deseos incesantes su voluntad de vivir, o aferrarse cada vez más a la vida y estrecharse cada vez con más fuerza?




El que ahonda la esencia de las cosas en sí, el que domina el conjunto, llega a reposar de desearlo todo y de quererlo todo. En lo sucesivo, la voluntad se aparta de la vida, con espanto rechaza los goces que la perpetúan. El hombre llega entonces al estado de sacrificio voluntario de la resignación, de la verdadera tranquilidad y de la ausencia absoluta de voluntad. Saborea no obstante una plena alegría y goza de un reposo verdaderamente celestial. Para él ya no hay más prisa inquieta, no más estallidos de placer, de ese placer que precede y sigue a tantas penas, inevitable condición de la existencia para el hombre a quien gusta la vida. Lo que experimenta es una inquebrantable paz, un profundo reposo, una íntima serenidad, un estado que no podemos ver o imaginar sin aspirar a él con ardor, porque nos parece el único justo, superior infinitamente a cualquier otro, un estado al cual nos invita y nos llama lo que hay de mejor en nosotros. Sentimos muy bien entonces que todo deseo satisfecho, toda dicha arrancada a la miseria del mundo, son como limosna que hoy sostiene al mendigo para que mañana vuelva a morir de hambre.




A juzgar por eso, podemos figurarnos qué felicidad debe sentir el hombre cuya voluntad se apacigua y hasta se extingue por completo. Cuando tal hombre, después de mil rudos combates contra su propia naturaleza, ha terminado por triunfar de todo, no existe sino un estado puramente intelectual, como un espejo del mundo que nada turba. En adelante, nada sería capaz de causarle angustias, nada lo podría agitar, porque los mil lazos del querer que encadenados nos atan al mundo y tiran de nosotros en todo sentido con dolores continuos en forma de deseo, temor, envidia, cólera, esos mil lazos fueron rotos por él. Dirige una mirada hacia atrás, tranquilo y sonriente, hacia las imágenes ilusorias de ese mundo que un día llegaron a agitar y torturar su corazón; ante ellos es ahora tan indiferente como ante las fichas del juego de ajedrez después de una partida terminada. La vida y sus formas en adelante flotan ante sus ojos como una aparición pasajera, como un ligero sueño matinal para el hombre semidespierto, un sueño que la verdad horada ya con sus rayos y que no puede apoderarse de nosotros. Y lo mismo que un sueño, la vida se desvanece por último sin brusca transición.




Alejemos nuestra mirada de nuestra propia insuficiencia, de la estrechez de nuestros sentimientos y de nuestros prejuicios, volvámosla hacia los que han vencido al mundo, en quienes la voluntad, llegado a un pleno conocimiento de sí misma, se ha encontrado en todo y libremente se ha negado, y espera que sus últimas chispas se extingan con el cuerpo que las anima, entonces veremos, en lugar de esas irresistibles pasiones, de esa actividad sin reposo, en lugar de ese paso incesante del deseo al temor y del placer al dolor, en vez de esa esperanza que nada satisface, y que nunca se apacigua ni desvanece, y que constituye el sueño de la vida para el hombre subyugado por la voluntad, vemos esa paz superior a toda razón, ese gran mar tranquilo del sentimiento, esa inquebrantable seguridad, esa serenidad cuyo solo reflejo en el rostro es un evangelio total al que, como se puede dar fe, no queda más que el conocimiento. Se ha desvanecido la voluntad.


Es el espíritu íntimo y el sentido de la verdadera y pura vida del ascetismo en general el sentirse digno y capaz de una mejor existencia que la nuestra, y el querer mantener esta convicción por el desprecio de todos los goces vanos de este mundo. Con calma y seguridad se espera el fin de esta vida, privada de sus aspectos engañosos, para saludar un día la hora de la muerte como la hora de la liberación.


Arthur Schopenhauer – Los dolores del mundo

jueves, 22 de marzo de 2018

La meditación es mirar hacia dentro (Osho)



Existe una fuente en tu interior eternamente fresca, que jamás envejece, y no puedes aburrirte de ella. El hombre siempre mira las cosas lejanas; parece completamente ajeno a lo evidente, a lo que tiene cerca. Tú eres lo más próximo a ti, y por eso lo pierdes de vista. Y no hay forma alguna de alejarte de ti mismo. Tendrás que aprender el arte de entrar en ti mismo; tendrás que empezar a mirar hacia dentro. Eso es lo que llamamos meditación: no es sino mirar hacia dentro, para llegar al punto de la fuente misma de tu vida. Y una vez que hayas alcanzado tu fuente de la vida, no existirá el aburrimiento, y tu vida será una continua fiesta.

En lugar de escapar, adéntrate. Aproxímate a ti mismo para ver mejor. Nadie más puede ver tu realidad interior; solo tú puedes ver ese esplendor y esa magnificencia. Porque nadie más puede ver tu belleza interior, te condenan. No eres solo tú, casi todos corren con toda la rapidez que pueden, para huir de sí mismos. Adondequiera que vayas, serás tú mismo. Es el miedo a conocerse a sí mismo, el mayor miedo del mundo. No puedes huir de ti mismo. Por el contrario, tienes que aproximarte más, profundizar en tu ser, y olvidar ese tono de censura que te han transmitido en el transcurso de tu vida. La humanidad ha creado una situación muy extraña. En la que nadie se siente a gusto, en la que nadie puede relajarse, porque en cuanto te relajas te enfrentas contigo mismo. La relajación se convierte poco menos que en un espejo, y no quieres ver tu cara por lo mucho que te afectan las opiniones negativas de los demás.

Esa es una de las razones por la que las personas también tienen miedo a la soledad; necesitan multitudes, siempre quieren gente a su alrededor, quieren amigos. Les resulta muy difícil permanecer en silencio, tranquilos y solos. La razón es que en soledad te quedas contigo mismo, y has aceptado esas estúpidas ideas de que no hay nada valioso en ti. La soledad debería ser una de las mayores alegrías.



Todo se transmite durante siglos, pasa de una mano a otra. Ese es el juego del que tienes que salir, y la única forma de salir de él consiste en descubrir el respeto por ti mismo, en volver a lograr la dignidad que tenías cuando eras niño, cuando aún no estabas contaminado, cuando aún no estabas condicionado y envenenado por la sociedad ni por la gente que te rodeaba. Vuelve a ser niño y no huirás de ti mismo.
   La persona mundana huye de sí misma, y la persona que busca entra en sí misma para encontrar la fuente de la vida, la consciencia. Y cuando descubre esa fuente, no solo ha descubierto su fuente de la vida, sino la fuente de la vida del universo. Solo has de renunciar a una cosa: que es el pasado y nada más. Si eres capaz de renunciar al pasado te sentirás completamente renovado, recién nacido, y vivir en esa renovación es tal dicha, tal éxtasis que no se te ocurrirá escapar de ella ni un solo momento. Quien se conoce a sí mismo jamás se toma vacaciones. Pero la mayoría de las personas se comportan de una manera absurda. En ir hacia dentro está el secreto de toda la transformación alquímica de ser.

Los meditadores son los únicos que eliminan por completo el aburrimiento. La existencia los emociona de tal manera, se sienten tan emocionados con su consciencia, que la armonía que establecen con el pulso del universo, que no pueden aburrirse. Es algo que cambia a cada momento, cada momento es un universo nuevo, y cada momento es una nueva danza, una nueva canción, una nueva música que jamás habías oído.



En cuanto llevas luz al interior, desaparece la oscuridad. En el momento que empiezas a observar, el observador se irá fortaleciendo lentamente, y tu mente se irá debilitando. En cuanto comprende que el observador ha madurado, la mente se somete inmediatamente, como un buen criado. Entonces la mente se convence poco a poco de quién es quien manda. Y como es tu ama desde hace milenios, cuando intentas ser testigo se rebela, porque se ha olvidado por completa de que no es sino una criada. Llevas tanto tiempo ausente que no te reconoce. De ahí la lucha entre el testigo y los pensamientos.
   Pero al final vencerás tú, porque la naturaleza y la existencia quieren que tú seas el amo y la mente la criada. Las cosas están en armonía y entonces la mente no puede equivocarse. Entonces todo queda existencialmente relajado, fluyendo hacia su destino. No tienes que hacer nada; simplemente observar. La esencia consiste en presenciar. Solo existe una meditación, que consiste en el arte de ser testigo. Lo consigue todo, la transformación completa de tu ser. Te abre las puertas de la verdad, la divinidad y la belleza; de todo.

Presenciar, ser testigo es el mejor método para alcanzar la no-mente. Cuando una persona alcanza el estado de la no-mente, nada puede distraerle de su ser. Observar requiere cierto distanciamiento. Cuanto más observas, más se agranda la distancia. Cuanto mayor es la distancia, menos energía dedicas a tus pensamientos, y no tiene otra fuente de energía. Al cabo de poco tiempo empiezas a morir, a desparecer. En ese momento en que desapareces empiezas a vislumbrar la no-mente.



El logro definitivo es cuando la no-mente te rodea veinticuatro horas al día. Lo cual no significa que no puedes usar la mente; simplemente significa que la mente no puede usarte a ti.

   La no-mente parece una expresión muy sencilla, pero su significado exacto es iluminación, libertad,  liberación de toda atadura, la experiencia de ausencia de muerte y la inmortalidad. Cuando esa mente deja de estar en funcionamiento, pasan a formar parte de la mente del cosmos, de la mente universal. Cuando formas parte de la mente universal, tu mente individual funciona como una sierva obediente. Ha reconocido al amo, y transmite noticias de la mente universal a quienes aún están encadenados a la mente individual. En eso consiste su carisma, su poder, su magia.


Osho – La pasión por lo imposible

lunes, 19 de marzo de 2018

El Medio Divino (Teilhard de Chardin)




Vivimos en medio de la red de influencias cósmicas, como en el seno de la masa humana, o como en medio de las miríadas de estrellas, sin tomar conciencia de su inmensidad. Si queremos vivir la plenitud de nuestra humanidad nos es preciso superar esta insensibilidad que tiende a ocultarnos las cosas a medida que se hacen demasiado próximas y demasiado grandes. Vale la pena que hagamos el saludable ejercicio que consiste en seguir las prolongaciones de nuestro ser a través del Mundo. Quedaremos estupefactos al constatar cuánta es la extensión y la intimidad de nuestras relaciones con el universo.

El hombre solo escapa al terrible aburrimiento del deber monótono y banal enfrentándose con las ansiedades y la tensión interior de la “creación”. Por interesante y espiritual que sea, el trabajo es un alumbramiento doloroso. Crear u organizar energía material, verdad y belleza es un tormento interior que le roba la vida pacífica y replegada, donde propiamente anida el vicio del egoísmo y del apego. No solo debe el hombre saber abandonar su tranquilidad y su reposo, sino que le es preciso saber renunciar incesantemente, mediante formas mejores, a las prácticas primeras de su industria, de su arte, de su pensamiento. Detenerse a gozar, a poseer, sería una falta contra la acción. Una y otra vez hay que superarse, desprenderse de sí mismo, dejar tras uno, en cada instante, los proyectos más urgentes. El desasimiento no consiste solo en la sustitución continua de un objeto por otro del mismo orden. En virtud de un maravilloso poder ascendente encerrado en las cosas, cada realidad alcanzada y superada nos permite acceder al descubrimiento y a la prosecución de un nivel de calidad espiritual superior. Cuanto más nobles son los deseos y las acciones de un hombre, más avidez tiene de las cosas grandes y sublimes. Necesitará crear organizaciones generales, abrir caminos nuevos, defender grandes causas, descubrir Verdades, tener un ideal que sostener y mantener. Poco a poco, el gran soplo del Universo, que le penetró por el resquicio de una acción humilde, pero fiel, le dilata, le eleva, le transporta.



El hombre, al propio tiempo que se ve llevado por el desarrollo de sus fuerzas a descubrir metas cada día más elevadas, tiende a hallarse dominado por el objeto de sus conquistas, y acaba por adorar aquello contra lo que luchaba. Le subyuga la magnitud de lo que él ha desvelado y desencadenado. Y por su naturaleza de elemento se ve llevado a reconocer que, en el acto definitivo que ha de reunirse con el Todo, los dos términos de la Unión son desmesuradamente desiguales. Él, siendo el más pequeño, ha de recibir más que dar. Y es así que se halla preso por lo pensó apresar.

Si nos fijamos, vemos, en efecto, con cierto estremecimiento, que no ascendemos a la reflexión  y a la libertad más que por la finísima punta de nosotros mismos. Inmediatamente, más allá empieza una noche impenetrable y, no obstante, saturado de presencias: la noche de todo cuanto está en nosotros y en torno a nosotros, sin nosotros y a pesar de nosotros. En verdad, a partir de cierta distancia, todo es negrura y, sin embargo, todo está lleno de ser en torno a nosotros. He aquí las tinieblas cargadas de promesas y amenazas que habrá de iluminar y de animar con la Presencia Divina.



¿Qué ciencia podrá revelar al hombre el origen, la naturaleza, el régimen de la potencia consciente de su voluntad y de amor de que está hecha su vida? Sin duda no es ni nuestro esfuerzo, ni el esfuerzo de nadie en torno a nosotros, el que ha desencadenado esta corriente. No intentemos, pues, evadirnos del Mundo antes de tiempo. Sepamos orientar nuestro ser en el flujo de las cosas; y entonces, en lugar del lastre que nos llevaba  al abismo del placer y del egoísmo, sentiremos que de las criaturas surge un “componente” saludable, que siguiendo un proceso saludable nos dilatará, nos arrancará a nuestras mezquindades, nos impelirá imperiosamente hacia el acrecentamiento de nuestras perspectivas, hacia la renuncia de los sabrosos goces, hacia el gusto por bellezas cada vez más espirituales. La propia Materia, que parecía aconsejarnos el mayor placer y el menos trabajo, se habrá convertido para nosotros en un principio de menor goce y mayor esfuerzo.

Materia fascinante y fuerte, materia que acaricias y virilizas, ,materia que enriqueces y que destruyes –confiando en las influencias celestes que han perfumado y purificado tus aguas-, me abandono a tus poderosas capas. Arrástrame a tus encantos, nútreme con tu savia. Enduréceme con tu resistencia. Líbrame de tus amarguras. Y, en fin, por toda tú misma, divinízame.

Por el Medio Divino el contacto con la Materia purifica y la castidad florece como sublimación del amor. En el Medio Divino, el desarrollo lleva a la renuncia. El asimiento a las cosas nos aparta de cuanto tienen de caduco. La Muerte se convierte en una Resurrección.
    Ahora bien, si buscamos de dónde pueden venirle al Medio Divino tantas perfecciones sorprendentemente unidas entre sí, descubrimos que todas ellas derivan de una sola perfección “fontanal”, que podemos expresar de esta manera: Dios se descubre en todas partes, cuando le buscamos en nuestros tanteos, como un medio universal, en cuanto es el punto último en el que convergen todas las realidades. Cada elemento del mundo no subsiste sino a manera de un cono cuyas generatrices se enlazaran en Dios que la atrae. Por tanto, todas las criaturas no pueden ser consideradas sin que en lo más íntimo y más real de ellas no se descubra la misma realidad, una bajo la multiplicidad, inasible en su proximidad, espiritual bajo la materialidad.



Este foco, esta Fuente, están en todas partes. La Omnipresencia divina no es más que el efecto de su extrema espiritualidad. Y a la luz de este descubrimiento podemos reemprender nuestra marcha a través de las maravillosas sorpresas que nos reserva inagotablemente el medio Divino.


Establezcámonos en el Medio Divino. Nos encontraremos en lo más íntimo de las almas y en lo más consistente de la materia. Descubriremos, con la confluencia de todas las bellezas, el punto ultravivo, el punto ultrasensible, el punto ultraatractivo del Universo. Y, al mismo tiempo, sentiremos que se ordena sin esfuerzo, en el fondo de nosotros mismos, la plenitud de nuestras fuerzas.


Pierre Teilhard de Chardin – El Medio Divino