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miércoles, 17 de mayo de 2017

Haber nacido humano es un don inapreciable (Ramiro Calle)



Si pudiéramos renovar la mente a cada instante, libres del pasado y del futuro, sin extraviarnos en preocupaciones ni ocupaciones varias, disfrutaríamos de la paz interior.
    La mente engendra sus propias creaciones y la persona se las cree.

Los conceptos son una limitación. Los pensamientos y palabras no pueden pensar ni hablar sobre lo que está más allá de ellos.
    Evita los extremos; son trampas peligrosas. Mantén la mente en equilibrio, sin reacciones desorbitadas. La ecuanimidad es la orquídea más preciosa.

Sé diligente, aplícate sin descanso al autodesarrollo, pues nadie puede liberar por ti las trabas de la mente y hallar la mente iluminada que en ti reside.
    Cuando eliminemos los densos nubarrones de ignorancia de la mente, en el vacío original de la misma surge el revelador sonido de la iluminación.

Según la mente, con su capacidad para amplificar y atenuar, el mismo hecho engendra en unos regresión y en otros evolución.
    Cuando la motivación y el anhelo espiritual son genuinos y van acompañados de la acción diestra, se desencadena la sabiduría reveladora.

Aplícate al cultivo metódico de la mente, porque la mente puede ser una aliada, pero también una implacable enemiga.
    El ego es una carga tan pesada que te sumerge en las aguas de la ignorancia. A lo que hay que renunciar es a la ofuscación de la mente y al ego.



A menudo el ser humano, por falta de visión penetrativa, se estrella contra la apariencia de los fenómenos.
    El hombre debe aprender a navegar hábilmente en dos océanos: el del espíritu y el de lo cotidiano.
    ¡Qué implacables para los demás! ¡Qué indulgentes para nosotros! En tanto la mente está empañada no sabremos ver ni vernos.

No hay pérdida que perderte a ti mismo, ni recuperación más fecunda y maravillosa que volverte a ganar.
    No hay peor apego que el apego a las opiniones y estrechos puntos de vista.



La imaginación descontrolada se vuelve contra uno como un peligroso boomerang.
    Convierte la vida en un ejercitamiento espiritual y no te pierdas solo en mezquindades, porque la muerte no espera en cualquier recodo del camino.

Hay una lección incomparable que aprender en el curso natural de los acontecimientos, sin necesidad de esforzarse inadecuadamente.
    Mediante la observación atenta de desencadena la visión clara; la visión clara conduce al entendimiento correcto; el entendimiento correcto permite tomar las cosa como son.

Duda para seguir investigando espiritualmente, pero no para cerrarte a ti mismo la senda. Confía en la enseñanza, pero no te arriesgues a la obediencia ciega ni a la necesidad de creer a cualquier precio.
    Larga y sinuosa es la marcha hacia la autorrealización, pero a tanto esfuerzo sigue una recompensa ilimitada.

Todo fluye, todo cambia, todo está sometido a la implacable ley de la transitoriedad.
    La senda falsa es aquella que conduce a apuntalar el ego en lugar de debilitarlo.

La perversa inteligencia humana siempre puede encontrar el modo hábil de engañar o autoengañarse.
   Hasta que no probamos el sabor de nuestro ser interno, vivimos de espaldas a nuestra propia identidad, identificados con lo que creemos ser y no somos.



Los maestros dicen: imagina una sola tortuga en un inmenso océano y que ésta solo saca la cabeza a la superficie una vez cada millón de años. Sigue imaginando. Imagina un aro flotando a la deriva sobre las aguas del descomunal océano. Escucha bien. Más difícil aún que la tortuga introduzca la cabeza en el aro cuando sale a respirar a la superficie, es haber obtenido una forma humana.

   Haber nacido humano es un don inapreciable. No lo desaproveches. Concede a tu vida un sentido profundo de lucidez y compasión.


Ramiro Calle – Cuentos espirituales del Tíbet

domingo, 5 de febrero de 2017

Estrena la mente cada amanecer (Ramiro Calle)



El ser humano puede ganarse a sí mismo recobrando su sentido de “sí a la vida” y aprendiendo que toda forma de existencia, de la más infinita a la más infinitesimal, es sagrada y hay que darle la bienvenida. Las personas sensibles y lo suficientemente evolucionadas tratarán de no dañar jamás a ninguna criatura, porque saben que la vida de un ser es de un valor incalculable.

Con demasiada frecuencia, y debido a enfoques incorrectos, el ser humano es despiadado y poco compasivo con los demás. ¡Cuán indulgentes podemos llegar a ser con nosotros mismos y cuán inclementes con los otros! Con demasiada frecuencia no nos ponemos en su lugar y, por falta de sensibilidad y egoísmo, nos mostramos impositivos. Demasiado preocupados de nosotros mismos, no somos capaces de descubrir y verdaderamente satisfacer las necesidades ajenas. La generosidad comienza cuando valoramos a los demás como son y tratamos de procurarles algún tipo de felicidad.

El corazón, o sea, el interior del ser humano, es la sede de lo Absoluto, como quiera que cada uno lo denomine o lo conciba, incluso muchas respuestas que no pueden encontrarse en la simple razón, hay que intuirlas en el silencio elocuente del corazón. Si nos desorientamos con palabras y opiniones, conceptos y dogmas, lo que está más allá de cualquier designación nos será desconocido. Cuando el intelecto se rinde, brota lo que está más allá de él y lo hace posible.

Llenamos la vida de muchas actividades inútiles, pero no nos aplicamos rigurosamente a la búsqueda interior y a la práctica para el mejoramiento interno. Disipamos nuestras mejores energías en toda suerte de insustanciales actividades, cuando bien podríamos acopiarla para ponerla al servicio del autoconocimiento y la realización. El verdadero autoconocimiento consiste en descubrir los propios autoengaños, por sutiles que sean, y tratar de superar la imagen que hemos conformado sobre nosotros mismos y que nos impide captar nuestra naturaleza real. La máscara de la personalidad impide el acceso al ser real. El desenmascaramiento es doloroso, pero necesario.



Mucho más importante que hacer es ser. Incluso en la actividad hay que aprender a mantener una actitud de calma y presencia de ser. La voluntad de actividad debe complementarse con la de “seidad”. Es la contemplación en la acción, la meditación en la actividad. En el “simplemente estoy” hay una afirmación vivencial de ser, porque no es estar para esto o para lo otro, sino simplemente estar con uno mismo y sin urgencia ni compulsión, fluyendo con la energía universal.
    Permanece atento, conectado con lo que es a cada instante, para renovar las energías de la mente y percibir las cosas tal cual son. Así el aprendizaje no cesa y la atención pone en marcha todos sus recursos y va desplegando otros factores de iluminación, como la ecuanimidad, el contento, el sosiego y la visión clara. Muchos son los seres humanos que, creyéndose conscientes, no se ejercitan para la evolución de la consciencia y que, creyéndose despiertos, no ponen lo medios para despertar.

No desperdicies tu vida cultivando aflictivos estados de ánimo o extraviándote en preguntas sobre el sentido o el propósito de la vida. A cada instante puedes procurarle un significado. Ennoblece tus pensamientos, tus palabras y tus actos… ¿qué mayor propósito puede haber? Aprovecha que eres un ser humano y humanízate, poniendo medios para que la consciencia evolucione y poder así ganar un sentido dentro de cada uno de nosotros.




Todo transita, muda, se modifica. A una estación sigue la otra, a la tempestad la calma y a la calma la tempestad. Ante los eventos, lo más sabio es mantener una mente firme, es decir, una actitud de inquebrantable ecuanimidad.
    Hay que aprender a asir y a soltar, según lo requieran las circunstancias. El arte de saber tomar sin apego, y saber dejar sin amargura. Incluso hasta el cuerpo tendremos que soltarlo, inevitablemente, un día. Soltar nos hace libres.

Nunca es tarde para emprender el viaje hacia uno mismo y comenzar a caminar por la senda hacia el autoconocimiento y la autorrealización. Pero no debemos dejarnos tomar por la enfermedad del mañana, que nos induce a dejarlo todo para el día siguiente, incluso la búsqueda espiritual. La senda gradual hacia la autorrealización está abierta para cualquier persona, pero en cuanto descubrimos que existe debemos, para nuestro beneficio, comenzar a recorrerla.
    Toma una dirección hacia la libertad interior, persevera y alcanza el objetivo espiritual. No malgastes tus energías en fútiles indecisiones, enfermizas vacilaciones o dudas escépticas. Una vez tu discernimiento haya mostrado un camino, recórrelo.
    El mayor estímulo para el verdadero buscador es tener consciencia de que se está aproximando, por lentamente que sea, hacia la libertad suprema. Esa firme motivación le permitirá redoblar sus esfuerzos y no desfallecer.




¡Estrena la mente cada amanecer! Porque para que algo pueda adquirirse, algo debe abandonarse. ¡Arrójalo! Arroja fuera de la mente viejos patrones, condicionamientos, filtros socioculturales y trastos inútiles, para que pueda florecer como un cielo despejado y creativo.


Para el que se ha activado el mecanismo de la búsqueda y tiene inquietudes espirituales, surgen muchas preguntas, incertidumbres e incluso inevitables penumbras. Para el que ya avanza con paso firme por la senda directa hacia la liberación, muchas preguntas cesan, porque las experiencias sustituyen a las ideas.


Ramiro A. Calle – Cuentos espirituales de Oriente


jueves, 18 de agosto de 2016

Recobrar la Mente (Ramiro Calle)



La mente es desarrollable, purificable y factible de ser puesta al servicio de la evolución interior y el perfeccionamiento. Claro que solo algunos seres humanos se deciden a hacerlo. Los restantes siguen aceptando un mente semidesarrollada, crepuscular, en continuo deterioro.

La mente es una gema preciosa. La mente es una orquídea espléndida, solo en proyecto. Lo que la mente termine siendo dependerá del trabajo que se lleve a cabo con ella. Este trabajo nadie puede realizarlo por nosotros, nadie puede purificarla por nosotros. La mente es un gran misterio, sí, pero cada uno puede revelarlo por sí mismo. Si en el mundo hay tantos problemas, desencuentros y horrores, es porque comienzan en la mente. ¿Cómo podremos solucionarlos en el exterior? Mentes conflictivas, neuróticas y ávidas hacen una sociedad conflictiva, neurótica y ávida.
    Debemos aprender a bregar con nuestra mente, es insatisfactoria e indócil, pero puede volverse dócil y dichosa. La mente admite una radical transformación; tal como es ahora, también podría ser de otra forma. Todas las facultades de la mente pueden desarrollarse, pero lo más importante y prometedor: se pueden modificar los cimientos de la mente y proporcionarle una nueva manera de vivenciar, mirar, relacionarse. No hay que ser triunfalistas, no es un trabajo fácil, pero la mente del año próximo será como nosotros vayamos haciéndola a cada momento. Recogeremos la mente que cultivemos, como ahora hemos recogido la mente que hemos permitido.




La mente ha ido construyendo autodefensas, parapetos, se ha atrincherado. Ha construido su propia cárcel; más aún: ella misma es la cárcel. Complaciéndose neuróticamente en su propio egocentrismo sin límite, en su paranoica autoimportancia, una mente tal se contrae, se enrarece, se petrifica. Entonces conecta, por así decirlo, con longitudes de onda lerdas, insensitivas, egocéntricas, torpes, mezquinas. Pero si estamos más abiertos y fluidos, si hacemos la mente más expansiva, conecta con longitudes de onda creativas, amorosas.

La mente es una gran jaqueca, ésta vive a la sombra del pasado que anega el presente y condiciona el futuro. Se resiste al momento y añora momentos anteriores o se ilusiona con momentos posteriores, impidiendo así su madurez. Se obsesiona por el logro, por la meta, y deja de apreciar el camino, el proceso. Cuando conquista el logro se sacia, se hastía y se propone otro logro; cuando no alcanza el logro se siente frustrada, lastimada, deprimida; ha entrado en una dinámica peligrosa. Tanto quiere disfrutar, que no disfruta; tanto teme sufrir, que sufre más; tanta demanda de seguridad exige que cada día está más insegura.



Tal como se encuentra ahora, la mente está enferma. No es una exageración. Es una mente herida, desgastada y sometida a sus propias limitaciones y paranoias. De algún modo todavía se está a tiempo y es posible modificarla. Por eso hablo de recobrar la mente, de recuperar su estado original de salud total, entendimiento correcto y cordura. En todo ser humano puede ser restablecido o rescatado ese elemento de cordura. Mediante el método adecuado es posible alertar la mente, amplificar la conciencia, ganando terreno al inconsciente, aproximarse al propio ángulo de quietud interior y reencontrar la inteligencia primordial.

El trabajo interior debe consistir en “desembobinar” la bobina de autoengaños reactivos, acrecentar la conciencia para obtener un nuevo modo de ver y comprender, desalojar los pensamientos y emociones negativas mediante el cultivo de los positivos, ejercitar metódicamente la atención mental para mejorar la relación con nosotros mismos y con los demás, desenraizar los venenos de la mente y conquistar la clara energía de la ecuanimidad.

Aquietarse, detenerse, remansarse, estar, ser… es un medio para reconectar con nuestro propio ángulo de quietud y empezar a transformarse. Cuando las modificaciones de la mente van cediendo y nos vamos desprendiendo de la fuerza centrífuga del pensamiento y cortando con todo lo exterior, vamos sumergiéndonos en lo más profundo de nosotros, atravesamos el núcleo caótico y confuso y, en un gradual y saludable vaciamiento vamos estableciéndonos en nuestra naturaleza más genuina, en un estado de paz y de dicha. Este arte de la detención se ejercita y se aprende. La quietud se torna en ojo de buey hacia otro modo de vivenciar y ser. Cualquiera puede aprender.




Cuando con un entrenamiento adecuado y el trabajo interior vamos recobrando la mente, comienza a emerger una nueva forma de espontaneidad y expresión muy pura. También brota, como una bella luz, la percepción pura, no contaminada por el fango del inconsciente, ni condicionada por el pasado. Para ello hay que ganar una dimensión de la mente libre de las tensiones comunes, y son posibles percepciones que escapan a la mente ordinaria. Esa dimensión supraconceptual se gana mediante un entrenamiento, un trabajo interior que proponga: el desarrollo metódico de la atención pura; el establecimiento en la firme ecuanimidad; la actitud meditativa en la vida diaria; el desenraizamiento de las negaciones y los venenos mentales, el cultivo de sentimientos nobles y positivos; la práctica de métodos y técnicas de contramecanicidad, como el yoga y otras artes.


Ramiro Calle – Recobrar la Mente

jueves, 15 de octubre de 2015

En el Punto de Quietud (Ramiro Calle)




Si el cavernícola levantara la cabeza, se quedaría estupefacto al comprobar hasta qué punto la consciencia del ser humano se ha quedado estancada y no ha progresado. Nuestra mente sigue siendo la del hombre de hace decenas de miles de años. Si la evolución de la biología es exasperadamente lenta, ¡cuánto más no lo es la da la consciencia! Seguimos detenidos en un estado de consciencia crepuscular y en la mente humana siguen anidando con todo vigor la ofuscación, la avidez desmedida y el odio. El progreso exterior no se ha visto correspondido por el progreso interior, y de ahí que se esté produciendo una inevitable esquizofrenización. El mayor enemigo sigue estando en la mente del ser humano.

Estamos muy lejos todavía de la conquista de una mente clara y un corazón tierno. No hay genuina inteligencia, no hay verdadero amor. Aunque no hay mayor felicidad, ni más estable, que la paz interior, es como si pusiéramos todos los medios para no conseguirla. Vivimos de espaldas a nuestro sol interno y nos preguntamos por qué estamos a oscuras. Sin quietud todo pierde su valor, todo palidece. No ponemos los medios para recuperar nuestro “punto de quietud”, sino que nos enredemos cada vez en mayor grado en la egorrealización y frenamos nuestro desenvolvimiento interior. Los logros solo en lo externo pueden “satisfacer” únicamente a aquellos que tienen una visión muy esclerótica de la existencia.



Para aquellos que la mente no está completamente empañada, hay una Vía hacia la quietud, hacia la visión cabal y hacia la clara comprensión que libera de las trabas mentales. Solo desde la quietud que emerge cuando el pensamiento se acalla y nos conectamos con el espacio de renovado vacío, que está más allá del núcleo de caos y de confusión, puede desencadenarse la visión de los fenómenos tal y como son, desde la pureza de la mente.

Desde el ángulo de quietud, el aprendizaje y el desaprendizaje para volver a aprender se suceden y se producen de momento en momento. Dejamos que la mente muera cada noche para que nazca cada mañana. Así estrenamos mente y estrenamos vida. Aprendemos a hacer desde ese inmaculado y pleno vacío interior, que nada puede herir.

Desde la perspectiva de la consciencia de ser, podremos afincarnos más en la voluntad de ser que de aparentar o someter, más en lo propio y genuino que en lo adquirido. El punto de quietud que nos proponemos conseguir tenemos que trasladarlo a la vida cotidiana y mantenerlo como el tornado mantiene en su propio centro un estado de calma. Con intención y ecuanimidad bien establecidas logramos residir en la consciencia de puro ser en su estado natural.



Si estamos atentos, la vida se convierte en objeto de meditación. Desde el punto de quietud, podemos contemplar los fenómenos cómo surgen y cómo se desvanecen, sin que el “contemplador” se involucre tanto en lo contemplado. Ese punto de quietud se vuelve un eje o terreno seguro en el que mantenerse retirado y equilibrado. Una parte de nosotros logra permanecer detrás del escenario psicológico y del escenario existencial. Ese espacio de quietud es un reducto de cordura y armonía. Es la naturaleza pura o perfecto equilibrio, allende la pasión encadenante y la inercia que ofusca la mente.

Cuando el buscador llega a su “punto de saturación”, es decir, cuando experimenta la inevitable pesadumbre de lo existencial, se decide viajar hacia la quietud. En la quietud halla un espacio de equilibrio.
   En ese centro, que es pureza, explosiona la visión clara y uno contempla, imperturbablemente, el juego de la creación. Es una contemplación sin reacción, donde uno comprueba que es parte de se enajenante juego, pero que puede ser más que un juguete o marioneta en ese juego. Solo la consciencia pura puede dar el gran salto más allá de la película existencial y sustraerse a las fuerzas ciegas de la creación. El “espectador” deja de ser el espectáculo, descubre los trucos del Ilusionista. Instalado en la poderosa energía del vacío, ve sin dejarse concernir alienadamente por la película de los fenómenos externos, ni por la película de su propio complejo psicomental.



En la fuente del pensamiento se halla el “punto de quietud”, la cámara del vacío inmaculado, y más allá está el “punto sin retorno”, donde uno descubre que nunca ha sido ni no ha sido, y donde uno conecta con la energía sin límites que permite estar en el mundo sin estar en él.

   La Búsqueda misma se convierte en el significado más profundo de la vida y el más relevante de los sentidos. Cuando la vida se convierte en una Búsqueda genuina toma el sabor de lo Incondicionado. Todo puede parecer igual, pero ya no es lo mismo.


Ramiro Calle – El Libro de los Yogas


miércoles, 24 de junio de 2015

El Maestro dice... (Ramiro Calle)






Caminar hacia la verdad es más difícil que hacerlo por el filo de la navaja, por eso solo algunos se comprometen con la búsqueda.

Más allá de la mente y el pensamiento está el Ser. Y en el Ser todos los seres.
No es a través del intelecto como se alcanza el Ser; el pensamiento no puede comprender al pensador y el conocimiento erudito no tiene nada que ver con la sabiduría.

El ego abre el camino hacia la muerte, pues hace vivir de espaldas a la realidad del Ser. Sin ego, eres el que jamás has dejado de ser.

El ser humano común está tan identificado con la burda máscara de su personalidad y su ego que desconoce su genuina y real naturaleza.

“Tú” y “Yo” se funden en la unidad del Ser como se funde la escarcha con los primeros rayos del sol al despuntar el día.

Busca dentro de ti mismo. “Desafía” a Dios y róbale la suprema felicidad.





La luz es consciencia y sabiduría, en tanto que la oscuridad es ofuscación y estrechez de miras. Si te estableces en la sabiduría, ¿hay lugar para la ofuscación?

Por ignorancia y ausencia de entendimiento correcto, el ser humano se pierde en las apariencias y no percibe lo Real.

La mente siempre tiene problemas. Cuando no tiene problemas reales, fabrica problemas imaginarios y ficticios, teniendo incluso que buscar soluciones imaginarias y ficticias.

El apego, ¿te deja ver?, ¿te deja oír?, ¿te deja comprender? El apego te aferra a lo irreal e ilusorio y cierra tus oídos a lo Real y Trascendente.

Para el que sabe ver, todo es transitorio; para el que sabe amar, todo es perdonable.

El aferramiento a los puntos de vista es una traba mental y un fuerte obstáculo en el viaje interior.





La verdad no es una abstracción ni un concepto. Cuando la actitud es la correcta, la verdad se cultiva aquí y ahora, de instante en instante.

Debido a diferentes enfoques de la realidad aparente, ideologías y ficticias divisiones, surgen las disputas y las guerras, el malestar y el dolor.

Al herir, te hieres. A quienquiera que dañes, te dañas a ti mismo.

Cerrad los oídos a la opinión ajena. Que aquello que los demás censuran te sea indiferente. Escucha únicamente la voz de tu corazón y no te pierdas en opiniones ajenas.

La mente es amiga y enemiga; es una mala dueña, pero una buena aliada. Por eso es necesario aprender a contener el pensamiento y poner la mente bajo el yugo de la voluntad.

No apuntes a las apariencias, sino a la Realidad. No te extravíes en la diversidad, sino que debes establecerte en la Unidad.

Vigila la actitud. Aprende a comprender y a tolerar. Discierne más allá de las apariencias.



  

No hay mayor logro que la pureza de corazón. ¿Qué no puede obtenerse con un corazón limpio?

Así como piensas, así eres. Conquista el pensamiento, y te habrás conquistado a ti mismo.

Aunque hay muchas vías, en última instancia sigue tu propia senda interior.

Cuando estás espiritualmente preparado, hasta contemplar una hoja que se desprende del árbol puede abrirte a la verdad.

Muchos sacerdotes solo son profesionales de la religión, sin corazón puro no conducta impecable.

Hay un área de ignorancia en la mente humana que la inclina a lo irrelevante y trivial, obnubilando la consciencia de lo real.

No tienes nada que perder que no sea tu ignorancia y la máscara de tu personalidad.





El secreto está en no ser poseído por lo que se posee.

A lo que tienes que renunciar es al sentido de posesividad y a la ignorancia.

La persona atrapada en la cárcel de su ego, proyecta sobre los otros sus propios autoengaños.

No es a través de la palabra ni la polémica como un ser humano asciende a la cima de la consciencia, sino a través de una motivación firme y una práctica inquebrantable.

Los que no permanecen atentos es como si ya estuvieran muertos.

El futuro es un espejismo. Éste es tu momento, tu instante. En lugar de fantasear con la mente, pon las condiciones para que la semilla pueda germinar.

Solo existe la seguridad del aquí-ahora. Aplícate al instante, haz lo mejor que puedas en el instante y no divagues.


Toda forma humana es preciosa, porque a través de ella podemos alcanzar la realización definitiva. Habiendo podido tomar tantas formas, es una gran fortuna haber tomado la humana.



Ramiro Calle – 101 Cuentos clásicos de la India

miércoles, 4 de marzo de 2015

A la persona le aterra perder su ego (Ramiro Calle)



Más allá de si la vida tiene un sentido último, cada uno puede conferirle a la vida el sentido, el significado y el propósito que quiera. ¿Qué vamos a hacer con nuestra vida? Somos seres en evolución de instante en instante, y si nos lo proponemos podemos mejorar y madurar. Empezamos a cambiar y mejorarnos ahora o nunca, pues de otro modo incurrimos en la “enfermedad del mañana”, y la vida se consume sin haber hecho nada por nuestro mejoramiento ni por los demás.

El cambio interior solo sobreviene mediante el esfuerzo bien dirigido, la disciplina y el autoconocimiento. La senda hacia la liberación es gradual y, como nadie puede recorrerla por uno, no existe otra posibilidad que hollarla o seguir empantanado en el doloroso terreno de la ignorancia.
   En la senda hacia la completa evolución de la conciencia, es necesario trabajar sobre la mente para ordenarla, desarrollarla y purificarla. El desarrollo de la conciencia suscita sabiduría y de la sabiduría nace la compasión.

La conquista de lo ilusorio para alcanzar la sabiduría liberadora es a través de la virtud, la meditación y el entendimiento correcto, sin dejar de revestirnos de la genuina humildad que nos alentará a seguir aprendiendo sin cesar, puesto que somos aprendices en la senda hacia lo Inefable.
   El que se ejercita espiritualmente obtiene otro estado de conciencia que se caracteriza porque ya no se deja afectar de igual modo por las circunstancias y permite vivir la vida con sabiduría, simplicidad y sencillez. El que logra establecerse en la esencia de la mente y no se deja arrastrar por tendencias hacia el pasado ni hacia el futuro se conecta, sereno y desasido, con lo que a cada momento surge y se desvanece.




No es fácil ser un verdadero librepensador y tener la capacidad de mirar más allá del yo y del apego a las propias ideas y a los estrechos puntos de vista. El trabajo está en ir transformando la mente y superando patrones, esquemas y adoctrinamientos, así como toda suerte de esas “zonas oscuras” que falsean el conocimiento y la percepción.
   A la persona le aterra perder su “egoidad”, cuando si se descorre el velo del egocentrismo, uno se encuentra cara a cara con su verdadero yo real. Muchos mueren por no querer ver morir a su ego y otros hallan la verdadera vida cuando es su ego el que muere.

Desde la perspectiva del ego todo se convierte en una contienda, un combate, un escenario en el que afirmarse y vencer. Así es el ego. Nunca está satisfecho y por eso nunca es feliz. Cuanto más ego, más vulnerabilidad, intranquilidad, ansia y desvelos. Sin tanto ego uno comienza a ser más dichoso. Hay que tener un ego maduro pero controlado, puesto al servicio de la razón y la compasión.
   En la sociedad se valora a las personas por lo que tienen o aparentan, pero no por lo que son. Al ponerse el énfasis en la personalidad, no se repara en lo esencial. Los que así proceden son víctimas de ellos mismos de su propia banalidad y viven de espaldas a su sol interior.




Si algo necesita este mundo convulso es amor; si algo requiere esta sociedad atrozmente competitiva y orientada hacia la posesividad y la hostilidad, es compasión. La más alta posesión de un ser humano es poder contar consigo mismo, desde la humildad y no desde la prepotencia, siendo intrépido en la búsqueda interior, aprendiendo a vencerse a uno mismo, poniendo el énfasis en desplegar lo que es beneficioso para todos.


Es un sabio no el que acumula conocimientos, sino el que se libera de las ataduras de la mente y supera las ilusiones del ego; es un sabio el que en su propio corazón siente el corazón de todas las criaturas, sin perder su eje de quietud; es un sabio el que se libra de las redes de la ignorancia a través de experiencias profundas que lo transforman y permiten que resplandezca su luz interior.


Ramiro Calle – 50 Cuentos para meditar y regalar

lunes, 16 de junio de 2014

Si tu cuerpo es como un hueco, te sentirás el Todo (Ramiro Calle)


¿Hay mayor inteligencia vital que el instinto?

Un ser humano, para que la vida sea vida, no tiene que desconectarse jamás de su corazón. Si no hay pureza no es posible conectar con las potencias cósmicas que nos ayudan. Si no hay pureza ¿qué seremos capaces de hacer con esta vida? Pureza y consciencia: eso es lo que necesitamos.



Todas las criaturas sufren. Pero el ser humano puede transformar el sufrimiento y abrazarlo para acopiar, a través de él, consciencia y pureza. Consciencia pura; intenciones puras. Todas las criaturas son iguales, pero cada criatura es a la vez especial, porque es una célula de la Gran Diosa. La experiencia va a nuestro favor si sabemos qué hacer con ella. Ahora bien, el tiempo, como no nos apliquemos al trabajo sobre nosotros mismos, va siempre en contra nuestra. La vida es un suspiro. Es como un sueño, pero como un sueño que podemos hacer consciente.

La consciencia es una gloria y una carga  muy pesada; un logro y una limitación. Depende de lo que hagamos con ella. El cuerpo es el vehículo del espíritu. Es Sagrado. El espíritu entra y sale por cada poro de nuestro cuerpo. No debe hallar obstáculos. El espíritu lo impregna todo y en todo palpita. Siente la naturaleza. Percíbela. No la pienses. Percibe la atención serena; el sosiego atento. Que nada se te pase. No pienses; no analices. Siente, percibe. Este es el momento, el instante. Puede ser el último, aprovéchalo.

Desde este universo de formas podemos conectarnos con el otro y obtener sus influencias auxiliadoras. Cada vez que logramos entrar en el lugar anterior al pensamiento, se abre la puerta al otro mundo. En el silencio interior se escucha el lenguaje inaudible del otro mundo. Tenemos que sentir la vida como una generosa copa cuyo dulce líquido nunca se agota.



Nos queremos mal a nosotros mismos y lo que hacemos es desear que los demás nos procuren placer y, enganchados a ese placer que nos proporcionan, creemos engañosamente que eso es amor. Cada uno es responsable de su propio aprendizaje vital, pero hay “conocimientos” que nos pueden ayudar a desarrollar y acumular consciencia, compasión y sabiduría. Estos conocimientos no son de nadie en particular, pero quien los tiene los puede transmitir, como la llama de una vela enciende otra vela. La consciencia acumulada es el desencadenante de la compasión. Sin consciencia y sin compasión el cuenco de nuestras vidas siempre está vacío, penosamente vacío. Y si no tienes nada en el cuenco, ¿qué vas a dar?

Tienes que aprender a ser consciente de lo interno y de lo externo; o sea, volver con lucidez la mente hacia fuera y hacia dentro. Pureza interior y acción diestra. Todos los métodos y enseñanzas son para llegar a lo mismo. Esta tierra sería apacible y hermosa si los hombres hubieran ganado la intención pura y la acción diestra.

El soma es el néctar interior que circula por nuestras venas cósmicas cuando abrimos el ojo de la sabiduría. Es el más dulce y nutritivo alimento espiritual. Hay muchos planos de existencia. En cada plano hay una realidad, pero es real solo en es plano y, en cambio, ilusoria en otro. Los fenómenos de esta vida son reales en su plano, pero no en la mansión de la Paz donde habitan los espíritus de los muertos.

Aprende a desasirte de los pensamientos, porque de nada te protegen ni en nada te ayudan. Encárate contigo mismo, en soledad, para sacar lo más real de ti mismo. Si te aferras, te aterras. No te resistas a la soledad. Atraviésala. El secreto está en que cuando no nos resistimos a ella, desaparece. Si nos apresuramos lentamente, llegaremos pronto; si nos apresuramos rápidamente, ya no llegaremos. Si te aferras a algo, ya lo estás perdiendo; pero si te alejas de ello, conscientemente lo atraes.



Escucha tus emociones y el lenguaje de tus células. Tienes que aprender a observar y a observarte, pero no debes implicarte en lo observado, para de ese modo poder ir recobrando el lugar anterior al comienzo. Ese lugar se halla antes de la mente, las emociones y el cuerpo. Si aprendes a renunciar a tu ego y a contener tu pensamiento mecánico encontrarás la energía de la Suprema Diosa dentro de ti. Pero hasta que uno comienza a tomarle el gusto a ese lugar anterior al comienzo, y se ejercita para instalarse en él, uno permanece extraviado en las percepciones, en las emociones y los intrincados lenguajes del pensamiento. De vez en cuando tienes que aprender a detener el pensamiento y nutrirte de la reveladora desnudez del ser antes de manifestarse como mente y cuerpo. Aprende a no dejarte absorber por el ruido de la mente.

Hay un gran poder curativo en el silencio interior. Se abre una vía de escape a los residuos del trasfondo de la mente y éstos evacuan. Hay una puerta muy estrecha hacia el elemento de no-muerte y que solo algunos logran encontrarla y muchos menos abrirla. Si te sientes “yo” no eres más que una persona en la esclavitud; pero si no te sientes, eres el Universo que juega a limitarse en tu organización cuerpo-mente. Si dejamos fuera el ego, nos incorporamos a la vida y sentimos la inmensidad de lo Inefable.


Trata de armonizarte con los ritmos del universo. Armonízate. La mente vacía; el cuerpo como un valle silencioso e inmóvil. La respiración como una nube que viene y parte. Inmensamente quieto. Tienes que aprender a sentir sin pensar, mirar sin analizar, vivir sin juzgar. Si tu cuerpo es como un hueco, te sentirás el Todo.


Ramiro calle – El Sabio de las Montañas Azules

lunes, 26 de mayo de 2014

La gota de miel (Ramiro Calle)



Se trataba de un bondadoso y sabio anciano que nunca había deseado tener discípulos propiamente dichos, pero que era muy a menudo visitado por las gentes que deseaban sentirse tranquilas en su presencia y recibir sus enseñanzas. No le gustaba hablar en exceso y de vez en cuando despegaba los labios para decir:
   –¡Cuidado con la gota de miel!

   Ninguno de los aspirantes espirituales estaba seguro de comprender tal advertencia, pero les bastaba con disfrutar de su presencia para sentir que avanzaban por el camino de la iluminación.
   Fue transcurriendo el tiempo y un día, al atardecer, tras haber meditado, uno de los discípulos que quería saber realmente a qué se refería el sabio con tal admonición, se dirigió a él y le dijo:
   –Venerable maestro, llevo meses oyendo “cuidado con la gota de miel”; me gustaría saber qué quieres realmente significar con ello y supongo que también a mis compañeros les placería.
   Los otros aspirantes asintieron con la cabeza, esperando que el sabio se definiera.
   Se hizo un silencio total. Después el sabio dijo:
   –Habéis de saber, queridos míos, que durante años yo escuché lo mismo de mi maestro y al final también, como vosotros, le pregunté.
   Todos rieron complacidos. El anciano agregó:
   –Prestad ahora atención a la historia que voy a relataros, y eso que sabéis que no me gusta hablar mucho.
   Hizo una breve pausa y comenzó a narrar la historia.

Dijo:
   –Había una vez un hombre muy pobre que decidió abandonar su país en busca de fortuna. Durante días y días no dejó de caminar. Un amanecer se adentró en un frondoso bosque. Tras algunas horas se dio cuenta de que se había perdido, no sabía qué camino tomar para salir de allí y temía que alguna alimaña le atacara; además, sentía hambre y sed, y su ansiedad iba en aumento. Tomó un camino y después otro, pero no hallaba la salida.
   “De súbito oyó un ruido inquietante a su espalda y ¡cuál no sería su desagradable sorpresa cuando vio que le seguía un furioso elefante que bien podría aplastarle! Y eso no hubo de ser lo peor, pues al intentar huir se encontró el paso cerrado por un gran número de demonios armados hasta los dientes. El pobre hombre no sabía qué hacer; despavorido, intentó trepar a un árbol, pero el tronco era tan grueso que resultó imposible. La situación era desesperada. Al mirar en derredor distinguió un pozo a lo lejos, así que, sin pensarlo dos veces, corrió hacia él y salto dentro. En su caída, y cuando ya creía que habría de morir, sus manos lograron agarrarse a un matorral que crecía en las paredes del pozo.
   “De repente, oyó un ruido sibilante. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, distinguió un nido de serpientes venenosas que vivían en el fondo de aquel hoyo. Entre todas ellas destacaba una terrorífica pitón. Se aferró más y más a las ramas, ya que eran su único sostén; pero he aquí que de pronto descubrió que se encontraba en la madriguera de dos grandes ratas de prominentes dientes. Una era negra y la otra blanca. Ambas comenzaron a roer sin piedad los matorrales.

   

“Entre tanto, ¿qué había sido del elefante? Al llegar al árbol y no encontrar al hombre, se enfureció y comenzó a golpear los árboles con su poderosa trompa, de tal modo que desprendió una colmena y ésta fue a caer al pozo. Miles y miles de abejas se lanzaron contra el hombre y comenzaron a picarle. Mas he aquí que una gota de miel cayó en la frente del hombre y se fue deslizando por su cara hasta alcanzar sus labios y penetrar en su boca. Cuando eso ocurrió, el dulzor de la miel le embelesó de tal modo que se olvidó por completo del elefante, los demonios, las ratas, las abejas, las serpientes y su apurada situación. ¿En qué debía de estar pensando el hombre? Solo en que otras gotas de miel llegasen a su boca. Por ese motivo no se defendió, las ratas quebraron los matorrales, él se precipitó al fondo del pozo y  murió.
  
Los discípulos, impresionados, apenas se atrevían a respirar. Estaban realmente sobrecogidos. Uno de los aspirantes se atrevió a hablar y preguntó:
   –Pero ¿puede todo eso sucederle a un ser humano?
   El anciano dijo:

   –Os explicaré la analogía como me la narraron a mí. La vida de los seres humanos no es fácil. El elefante implacable es la muerte. El árbol es la liberación, pero solo los más fuertes y tenaces pueden escalarlo, es decir, seguir la senda de la iluminación. El pozo representa la vida humana, en tanto que los matorrales son la duración o extensión de la vida. ¿Qué representan las ratas? Los años que componen la vida: unas veces blancos, es decir, agradables, y otras negros, esto es, desagradables, pero ambos conducen al final. Las serpientes son las tendencias perniciosas y la pitón es la ignorancia. Las picaduras de las abejas son las enfermedades y las gotas de miel son los placeres transitorios que encadenan y confunden al ser humano. En resumen, lo único seguro es el árbol de la liberación. Debes aprender a trepar por su tronco. ¡Y cuidado, amados míos, con la gota de miel!


Ramiro Calle – Cincuenta Cuentos para Meditar y Regalar

martes, 18 de febrero de 2014

Serenidad, Sosiego, Autoconocimiento... (Ramiro Calle)


El más fantástico reto del ser humano es vivir más despierto. El desafío más colosal, hallar la paz interior. El logro más provechoso, la claridad mental. El sosiego conduce a la lucidez de la mente; la lucidez de la mente desemboca en el sosiego. Éste es una energía que no se halla sino en nuestro interior. El auténtico descanso es la quietud. Es lo que nos renueva, «re-centra», armoniza y sana.
Lucidez y sosiego son los dos puntales de la clara comprensión, aquella que carece de pantallas y filtros mentales, hace la visión más libre y con más brillo, vitalidad e intensidad, sin enmascararla tras deseos o antipatías. Esa mirada despejada y no condicionada es la que permite el aprendizaje a cada instante, porque no remolca los esquemas, frustraciones y experiencias del pasado. Resulta capaz de transformar interiormente a la persona, ya que le permite liberarse del surco repetitivo de conciencia en el que ha estado inmersa. Es una visión sin interferencias, que invita a evolucionar y convierte el devenir cotidiano en un ejercicio de autoconocimiento y madurez.



De este modo, el sosiego interior, que se gana mediante un esfuerzo consciente y la sujeción del ego, nos permite percibir sin superponer nuestros anhelos, miedos y aversiones. Desde esta claridad, la mente, más silente, puede descubrir lo que es en todo su fluir y esplendor; podemos tomar conciencia de nuestros movimientos psíquicos y emocionales, escuchar con viveza inusual a la persona con la que nos comunicamos, sentir con gran frescura y vitalidad el abrazo del ser querido o conectar con el prodigio de un amanecer. El ego deja de interferir y, con él, se relegan la sombra del pasado, los moldes de pensamiento, la visión condicionada. La verdadera quietud interior abre una vía de acceso a esa totalidad que nos contiene y recupera la percepción unitaria de todo lo existente. Ésa es una enseñanza que, a diferencia de la acumulación de datos y experiencias mecánicamente codificados, nos aporta realmente algo muy valioso y nos ayuda a evolucionar. Sin embargo, hasta que no mudamos de veras nuestra fosilizada psicología, somos víctimas de innumerables autodefensas narcisistas y atrincheramientos mentales que enrarecen nuestra atmósfera interior y nos impiden abrirnos y aprender de las configuraciones cambiantes de la existencia. Recurrimos a la racionalización incluso para ocultar nuestras cualidades más negativas y justificar nuestra ausencia de virtud.

Los oscurecimientos de la mente la ocultan y nos la roban. Lo que nos pertenece se nos escapa, lo que es nuestro parece no serlo. Las personas viven en la zozobra, el desasosiego, la agitación y el desconcierto. Se le da la espalda a la preciosa energía de quietud. El sosiego nos es sustraído por muchos factores y estados mentales, entre los que destaca el miedo. No nos referimos a aquel que nos protege, es razonable y está codificado biológicamente para la supervivencia, sino a ese miedo imaginario y psicológico que tanto llega a limitamos y causarnos constante inseguridad e incertidumbre. Hábil en disfraces y máscaras de todo tipo, se esconde tras muchas de nuestras emociones negativas. ¿Qué son la envidia, los celos, la vanidad, la irritabilidad y otras muchas emociones negativas sino distintas formas de miedo? Abundan los temores: miedo a la vida y a la muerte, a la soledad y a la compañía, a nosotros mismos y a los demás; recelo a ser desaprobado, examinado, despreciado o desconsiderado; pánico a no satisfacer las expectativas propias o ajenas, a no encajar en los modelos o descripciones de los demás, o a no estar a la altura de nuestro Yo idealizado; temor a lo nuevo, a los puntos de vista de otras personas, a lo transitorio o extraño. El miedo es un fantasma negro que impregna la psique humana y que se ve potenciado por la imaginación descontrolada, la fantasía neurótica y el pensamiento que reclama excesiva seguridad, no sabe adaptarse ni fluir, no acepta lo inevitable y genera conflicto sin cesar. Asimismo, turba la percepción de nosotros mismos, con lo que entorpece el autoconocimiento, sin el cual ni siquiera sabemos qué queremos hacer realmente con nuestra vida ni qué deseamos modificar en nosotros mismos. Preferimos ocultárnoslo y seguir acarreándolo. Ninguna ceguera se paga tan cara.



Nuestra mente siempre está inquieta e insatisfecha, no importa qué logre o cuánto acumule. Tiene una especial capacidad para buscar satisfacción y contento donde no puede hallarlos. Se frustra, se decepciona, se desencanta y se convierte en una fábrica de desdicha. Nada sabe de sí misma. Se debate en su incertidumbre; se desertiza en su atroz egocentrismo y su soledad, que le empujan, junto al tedio, a buscar frenéticamente por rumbos que no van a reportar ni calma, ni bienestar, ni plenitud interior. La mente elabora proyecciones, creaciones, decorados de lo más cambiantes y diversos, deseos compulsivos y antipatías de todo orden. No descansa, no se aquieta; no produce certidumbre y paz, sino agitación sobre la agitación, voracidad y conflicto.

¿Qué podemos esperar de una mente así? Sólo una sociedad de las mismas características; un mundo igual. Las revoluciones sin la transformación real de la mente no modifican en su base las circunstancias. Algunas mentes humanas tienden a hacerse extremadamente intolerantes y autoritarias; otras, a obedecer a las mentes imperativas, convertidas en líderes, someterse a su voluntad y obedecerlas ciegamente. Ambos tipos de mente carecen de libertad interior, lucidez, sosiego. Unas son espada y las otras son tajo; unas son martillo y las otras son yunque. Las mentes autoritarias anhelan mentes que se sometan; las mentes dóciles requieren mentes a las que someterse. No puede haber en esa enfermiza relación ningún tipo de paz, comprensión o amor. El culto al ego y el desenfrenado narcisismo prevalecen en una sociedad como la de los países tecnificados. Deben de ser la clave para mantener lo más putrescible de la sociedad cibernética. Todas las pautas de referencia o consignas conllevan la afirmación del ego.

Por eso no hay afecto ni real cooperación, porque el ego excesivo desasosiega y crea continuo desamor. Es preciso que el ego mengüe para que brote la compasión, que se traduce en quietud interior; ésta desencadena la compasión. La mayoría de las relaciones son una farsa vergonzante. La amistad es cada vez una orquídea más rara y difícil de encontrar: muy pocos la valoran y aprecian su aroma. Al no hallar sosiego y lucidez, las personas se aferran a las ideas y opiniones y hacen de ellas su esclerótico ego. Creencias y dogmas dividen, y generan todo tipo de desórdenes y conductas malévolas. A menudo llevamos una vida interior miserable, y quizá no nos damos cuenta. ¿Tenemos la suficiente valentía y coraje para ser conscientes de ello? Hay cosas que nunca van a cambiar: la enfermedad, la vejez, la muerte y otras muchas; pero es preciso enfocar la vida con otra actitud.



La mente confusa y agitada no investiga ni se moviliza lo suficiente para emerger de su ofuscación, prefiere poner su salvación en manos de otros, someterse a los autoritarios, seguir creando una jerarquía de corruptos. Se abstiene de asumir su responsabilidad, su soledad humana y su necesidad de ir más allá de la imitación y de los modelos prefabricados, en fin, de recuperar su paz y cordura. La hermosa simplicidad y la sencillez se sustituyen por una saturación de artificios, pues devenimos utilitaristas, voraces y dependientes. En una mente así no hay cabida para la dulce caricia del sosiego, sino sólo para la sombra de la inquietud y el desaliento.

Urge modificar la disposición mental. Todo está más que dicho; sin embargo, nada o casi nada está hecho. Mientras no seamos capaces de ir superando los movimientos automáticos de nuestra psique que nos incitan a la avidez y al odio, no resultará fácil conectar con nuestro espacio interior de quietud. Tenemos que aprender a afirmamos sólidamente en una conciencia más equilibrada para reconducir la energía no sólo hacia fuera, sino también al testigo de la mente, a fin de no dejamos envolver y obsesionar por lo que nos place o lo que nos disgusta. Mediante una ejercitación y una actitud correctas podemos estimular un «centro» de conciencia clara e inmutable, no enraizada en el ego personalista, que nos permitirá mantener lenitiva distancia de los fenómenos, apartarnos de todo aquello que nos perturba.

No se trata de una voluntad de evasión, sino de un distanciamiento anímico, por lo que nuestro interior puede hallar equilibrio en el desequilibrio, sosiego en el desasosiego, silencio en el estruendo, pasividad en la agitación o la actividad frenética. Aun en las situaciones más conflictivas, es posible seguir conectado con el espacio interno de quietud, porque se sitúa antes de los pensamientos y, mediante el esfuerzo consciente, nos deja recobrar la armonía perdida. Se aprende a detectar los movimientos de atracción y rechazo de la mente, como las olas que vienen y van pero no nos sumergen, porque hemos ejercitado no sólo el estar inmersos en el espectáculo de luces y sombras, sino también el constituir el sereno y apacible «espectador».



Superar las tendencias perjudiciales -temores, anhelos, odios y obsesiones- no implica reprimir o mutilar las energías instintivas o las emocionales, sino encauzarlas y reorientarlas. De este modo se madura y se aprende a no dejarse anegar por las corrientes nocivas de pensamiento. La mente cuenta con numerosos recursos (energía, confianza, contento, tranquilidad, volición y demás) que es preciso actualizar, intensificar y emplear para erradicar tendencias neuróticas. El ser humano, si se lo propone, puede caminar con paso firme hacia el equilibrio integral y convertir su desorden interno en armonía. Si hubiera paz en la mente, las actitudes fueran las correctas y la energía se utilizara noblemente, la sociedad podría experimentar cambios tan saludables como profundos. Pero cada uno debe asumir la responsabilidad de recuperar este equilibrio de la mente y purificar las intenciones. Es asombroso y alarmante comprobar cómo el ser humano, a pesar de reconocer las calamidades que ha producido a lo largo de la historia debido a las tendencias nocivas de su mente, no toma la firme e inquebrantable resolución de conocerla, reformarla y reorganizarla. Es la constante negativa a aprender de los propios errores y remediarlos.


Para ello es necesario tomar lúcida conciencia de que nada bueno puede nacer de los pensamientos y tendencias neuróticos y destructivos, así como de que a cada persona compete ir poniendo los medios para conseguir una visión más clara, un corazón más compasivo y un ánimo más sereno. Sólo así, un mundo tan hostil dejará de serio y florecerán la simpatía, el amor, la benevolencia, la cooperación desinteresada y la tan necesaria clemencia. Se podría volver -permítasenos la utopía- a una vida sencilla y sin artificios, iluminada por la generosidad, la auténtica liberalidad, la indulgencia y la coparticipación, y entonces, por fin, no habría lugar para los voraces conductores de masas ni para los mercenarios del espíritu. Cada persona sería su propio guía y su propia lámpara que encender.


Ramiro Calle – El Libro de la Serenidad