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jueves, 9 de febrero de 2017

Hemos tolerado la incompetencia y la corrupción (Antonio Muñoz Molina)





Todo lo que era sólido se desvanece en el aire. Lo que recordamos es como si no hubiera existido. Lo que ahora nos parece retrospectivamente tan claro era invisible mientras sucedía. Lo que había valido mucho de pronto no valía nada. El dinero parece lo más irrefutable y tiene el poder de comprarlo todo y trastornarlo todo, y de pronto se evapora y ya es como si no hubiera existido.

Ahora que de un día a otro todo lo que dábamos por supuesto y nos permitíamos desdeñar puede que esté a punto de perderse, quizá nos falta poco para sentir nostalgia de un tiempo que casi nadie supo apreciar mientras lo vivía. Ahora nos da miedo abrir el periódico o esperar la hora del telediario porque no sabemos si nos informarán de que ya no existe lo que creíamos perdurable, de que los billetes que guardamos en la cartera se han quedado sin valor o nuestro puesto de trabajo o nuestros ahorros los ha barrido un viento de desastre, de que iremos a un servicio de urgencias y no habrá un médico que nos atienda. Ahora el porvenir de dentro de unos días o semanas es una incógnita llena de amenazas y el pasado es un lujo que ya no podemos permitirnos.

La ruina en la que nos ahogamos hoy empezó cuando la potestad de disponer del dinero público pudo ejercerse sin los mecanismos previos de control de las leyes; y cuando las leyes se hicieron tan elásticas como para no entorpecer el abuso, la fantasía insensata, la codicia, el delirio –o simplemente para no ser cumplidas. Pero una administración clientelar no solo fomenta la incompetencia y facilita la corrupción: también desalienta a los empleados más capaces y vuelve habitual el cinismo.




Las únicas carreras administrativas que se han hecho en España a lo largo de los últimos treinta años son la de los mediocres arrimados a los partidos que han llegado a ocupar los puestos más altos sin poseer ningún mérito, sin saber nada, sin adquirir a lo largo del tiempo otra habilidad que la de simular que hacen algo, o que han aprendido algo. No hay lugar de la administración cultural o de la política o de la vida económica que no hayan escalado. Nadie puede calcular el número o el costo total de los puestos que se fueron creando no para cubrir ninguna necesidad racional prevista de antemano, sino para dar colocación a parientes más o menos cercanos o pagar favores políticos. Ahora mismo nos hundimos bajo el peso muerto de su innumerable incompetencia.

Había un país real, más bien austero, habitado por gente dedicada a trabajar lo mejor que podía, a cuidar enfermos, a criar niños y educarlos, a construir casas sólidas, a juzgar delitos, a cultivar la tierra, a ganar dinero ideando o vendiendo bienes necesarios. Pero por encima de ese país más visible estuvo desde muy pronto el otro país de los simulacros y los espejismos, el de las obras ingentes destinadas no a ningún uso real sino al exhibicionismo de los políticos que las imaginaban y al halago paleto de los ciudadanos que se sentían prestigiados por ellas.
    Casi cualquier gasto era factible, a condición de que se dedicara  a algo superfluo: porque ni en las épocas de mayor abundancia ha sobrado el dinero para lo que era necesario, para la educación pública rigurosa, para la investigación científica, para la protección de la naturaleza, para dotar de sueldos dignos a los empleados públicos de los que depende la salud o la vida de los demás y los que se juegan la vida para protegerlos.
    A la tarea poco gloriosa de administrar con austeridad y eficiencia el país que existía, prefirieron muy pronto la invención de otros países paralelos, de ciudades convertidas en proyecciones fantásticas o decorados de sí mismas.

En una sociedad sólida los méritos están muy repartidos y el protagonismo de lo que sale bien casi nunca corresponde a quien ostenta un cargo público. Cuanto más razonablemente funciona un país menos espacio queda para el providencialismo populista del buen líder que sabe lo que es mejor para los suyos y les consigue lo que piden o lo que necesitan, casi siempre arrancándoselo con determinación a un poder más lejano al que también podría achacar oportunamente cualquier contratiempo.



Una mezcla del viejo caciquismo español y del reverdecido populismo sudamericano coincidió con los flujos de dinero barato que llegaba de Europa para engendrar una multiplicación fantástica de simulacros y festejos, de despliegues barrocos para durar unas semanas o unos días y celebraciones hipertróficas, algunas rancias y otras recién inventadas, muchas de ellas bárbaras: la conmemoración y no el presente; el simulacro y no la realidad; la apariencia y no la sustancia; el acontecimiento espectacular de unos días y no el empeño duradero en mejorar lo cotidiano; la fiesta como identidad y casi como forma de vida y no la secuencia del tiempo en el que el trabajo se compensa con el ocio.

Para bien y para mal lo que parecía más sólido deja de existir. Lo que no existía y casi no se imaginaba puede hacerse real. Lo que hoy es más indiscutible y más sólido y nos importa más mañana puede haberse desmoronado o puede haber sucumbido a un desguace motivado por intereses económicos o designios políticos, o simplemente porque no hubo un número suficiente de personas capaces que tuvieran el coraje de defenderlo.
    Nada importó demasiado mientras había dinero. Nada importaba de verdad. Podíamos estar gobernados por incompetentes o por ladrones o por ignorantes o por gente que reunía las tres cualidades a la vez.




Hace falta una serena rebelión cívica que utilice con inteligencia y astucia todos los recursos de las leyes y toda la fuerza de la movilización para rescatar los territorios de soberanía usurpados por la clase política. Hay que exigir de manera eficaz la limitación de mandatos, las listas electorales abiertas, la profesionalidad e independencia de la administración; la revisión cuidadosa de toda la maraña de organismos y empresas oficiales para decidir qué puede aligerarse o suprimirse, a qué límites estrictos tienen que estar sujetos, el número de puestos y las remuneraciones, qué normas se deben eliminar. Hay que defender sin timidez ni mala conciencia el valor de lo público.

Ha terminado el simulacro. Que la clase política española quiera seguir viviendo en él es una estafa que ya no podemos permitirles, que no podemos permitirnos. Tenemos un país a medias desarrollado y a medias devastado, con una administración hipertrofiada y politizada, sin el pulso cívico necesario para emprender grandes proyectos comunes.
    Hemos mirado con demasiada tolerancia o demasiado distraidamente la incompetencia y la corrupción. Ya no nos queda más remedio que empeñarnos en ver las cosas tal como son, a la sobria luz de lo real.

    Después de tantas alucinaciones, quizás solo ahora hemos llegado o deberíamos haber llegado a la edad de la razón.


Antonio Muñoz Molina – Todo lo que era sólido

jueves, 6 de agosto de 2015

En España, todos los gobiernos han ido a destruir…




Lo más grave que ha ocurrido en España es que después de muchos años en los que tuvimos un progreso social lento pero continuo hayan aumentado las diferencias sociales. Estas cosas, aparte de ser terriblemente injustas, son muy peligrosas, porque es muy difícil mantener el sistema democrático saludable y funcionando con niveles de desigualdad tan graves como los que se están imponiendo.

Parece que el único camino que había era ese: el camino de la rebaja de impuestos a los más ricos, el de debilitar la situación de los trabajadores… Parecía que no había otra alternativa, que el mundo tenía que ser así. Igual que cuando se hace la globalización de una manera que siempre perjudica a los más débiles y siempre beneficia a los más poderosos. Generalmente los que mandan quieren convencernos de que las cosas son como son porque es la única manera que tiene de ser, porque es lo natural. Pero eso no es lo natural, eso es algo que se ha hecho para beneficio de algunos.

Una cosa que me ha llamado la atención durante estos años es que la izquierda estaba dejando de poner el acento en los problemas de clase y se estaba concentrando caso exclusivamente en los problemas de identidad colectiva. Es decir, en vez de hablar de ricos y pobres, la izquierda hablaba de grupos nacionales, de la identidad colectiva de los catalanes, de las mujeres, de los gays… Y una cosa son los derechos civiles y otra cosa es dividir a la gente en este tipo de identidades. Y esto ha ocurrido mientras se ampliaban cada vez más las diferencias sociales, las diferencias entre los que tienen y los que no tienen. La izquierda, que es la que se supone que tenía que ocuparse de esas cosas, estaba distraída con otras, se ha quedado en muchos casos muy perdida, sin estrategia, sin saber qué era lo que tenía que defender.



Mientras tanto se estaban acentuando más las diferencias sociales, con gran alegría de los que estaban beneficiándose. Hace 15 años, la diferencia de la media de los mejor pagados y la media de los trabajadores normales era de 1 a 30. Ahora es de 1 a 400 y, claro, ¿cómo mantienes un sistema democrático o un estado del bienestar con esas diferencias sociales, cuando además los que más tienen se las arreglan para no pagar impuestos, cuando los que pagan los impuestos son la clase media y la clase trabajadora? ¿Cómo mantienes así el estado del bienestar? El mundo está hecho para el beneficio del que más tiene de una manera cada vez más escandalosa y grosera. Ya que, por una parte, están los ejecutivos que ganan más que nunca y, por debajo, cada vez más becarios y gente que está siendo superexplotada. Ese progreso de la desigualdad, de la injusticia y de la falta de salidas es una de las cosas más graves que ha pasado.

En una democracia, lo normal sería que una persona cualquiera pudiera tener la posibilidad de estar un tiempo ejerciendo un cargo y luego retirarse a su profesión. La profesionalización de la política es uno de los grandes males del sistema español. Igual que la politización de ciertas profesiones públicas. El hecho de que tantos cargos que tendrían que ser exclusivamente técnicos sean políticos. Eso es una sociedad cautiva de la política.



Estos gobiernos brutales de los últimos años se han dedicado sobre todo a hacer todo el daño que han podido; creo que con una perspectiva ideológica, que es pensar que todo lo que tiene que ver con la cultura o la educación es cosa de izquierdistas y hay que dañarlo. Todos los gobiernos han ido a destruir: el Gobierno del PSOE por falta de coraje y por demagogia; y el Gobierno del PP por pura brutalidad. Lo que se ha hecho con el cine o con el teatro es una cosa destructiva, cuando la cultura en un país como el nuestro es un eje fundamental de la prosperidad, porque la cultura crea muchos puestos de trabajo. La industria de la cultura ha sido abandonada a conciencia para destruirla.

En España hay mucho odio al conocimiento. La derecha española es brutal y ha sido siempre enemiga del saber, siempre, entre otras cosas porque ha sido esclava de la Iglesia Católica, y la Iglesia Católica ha sido el peor enemigo que ha tenido la educación y el conocimiento en nuestro país.




Antonio Muñoz Molina (Extracto de entrevista para 20 Minutos)