Mostrando entradas con la etiqueta Noticias sobre Dios. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Noticias sobre Dios. Mostrar todas las entradas

miércoles, 30 de enero de 2019

Biblioteca: El Enigma de Jesús y el Cristianismo





Para conocer más a fondo el problema del enigma de Jesús y el Cristianismo traigo aquí una selección de textos que tratan el tema ya sea de modo académico y riguroso, como legendario, simbólico o más o menos fantasioso, además de la posición de fe o creencia de cada autor en particular. Es un tema que me ha apasionado desde muy joven, no en vano la influencia que ha ejercido el cristianismo en nuestra civilización es abrumadora y a nadie creo puede dejar indiferente poseer la información necesaria. Para definir de forma concisa la cuestión esta vez veo acertada la exposición que de ello hace la wikipedia:


“La historicidad de Jesús se refiere a si Jesús de Nazaret, nacido 7-2 (a. C.), existió como una figura histórica, si los episodios representados en los evangelios se pueden confirmar como hechos históricos en contraposición al mito, la leyenda o la ficción, y la valoración de las pruebas concernientes a su vida.
Hay «un consenso prácticamente universal» entre los estudiosos que Jesús existió históricamente, aunque los eruditos bíblicos difieren acerca de las creencias y enseñanzas de Jesús, así como la exactitud de los detalles de su vida que han sido descritos en los Evangelios. Si bien los estudiosos a veces han criticado la erudición de Jesús por los prejuicios religiosos y la falta de rigor metodológico,​ con muy pocas excepciones, tales críticos sí apoyan la historicidad de Jesús, y rechazan la teoría de que Jesús nunca existió, conocida como el Mito de Jesús.​ Algunos estudiosos, especialmente en Europa, han hecho recientemente el caso de que si bien hay una serie de plausibles «Jesuses» que podrían haber existido, no cabe certeza en cuanto a qué Jesús era el Jesús histórico, y que también debería ser más erudita la investigación y el debate sobre este tema. ​
La historicidad de Jesús es diferente del estudio relacionado del Jesús histórico, que se refiere a las reconstrucciones eruditas de la vida de Jesús, basadas principalmente en el análisis crítico de los textos evangélicos.​
Desde el siglo XVIII, los estudiosos han tratado de  reconstruir la vida del Jesús histórico, el desarrollo de métodos histórico-críticos para el análisis de los textos disponibles. Las únicas fuentes son documentales; junto con los textos bíblicos como las  epístolas paulinas o los evangelios sinópticos, tres pasajes en obras no cristianas se han utilizado para apoyar la historicidad de Jesús:  dos en los escritos del historiador judío Josefo, y uno del historiador romano Tácito. Aunque la autenticidad de los tres ha sido cuestionada; y uno es generalmente aceptado como modificado por los cristianos, sin embargo, la mayoría de los estudiosos creen que es al menos parcialmente auténtico”.

El legado espiritual de "Jesús" ha sido recogido y desarrollado por la tradición cristiana en una farragosa historia envuelta en dogmatismos, herejías, omisiones, interpolaciones, enigmas y contradicciones, por lo que es difícil saber ciertamente la verdad de su vida y de su “misión en el mundo”. Algo de luz al respecto nos ha aportado el análisis de los textos encontrados en Nag Hammadi, con restos de versiones diferentes a la oficial de evangelios escritos con anterioridad (y desconocidos en ese momento) del fijado dogmático del Canon Católico.

Sin más preámbulo adentrémonos en los textos sin ideas preconcebidas, sin que la fe o un agnosticismo más o menos escéptico empañen nuestra consideración al respecto. Reservo mi opinión personal a los comentarios que puedan surgir por vuestra parte.


Enigmas de Jesús y el Cristianismo:



lunes, 11 de junio de 2018

Somos almas espirituales, partes del Supremo (Swami Prabhupada)




Esta forma humana de vida no se nos ha dado solo para trabajar arduamente sino para lograr la perfección más alta de la vida. Si no queremos esa perfección, entonces habremos de trabajar muy arduamente, pues seremos forzados a ello por las leyes de la naturaleza. En los últimos días de Kali-Yuga (la época actual), los hombres tendrán que trabajar tan arduamente como los asnos por tan solo una migaja de pan. Este proceso ya ha comenzado, y cada año aumentará la necesidad de trabajar más arduamente por salarios menores. Sin embargo, los seres humanos no están destinados a eso, y si un hombre no desempeña sus deberes como ser humano, es forzado por las leyes de la naturaleza a transmigrar hacia las especies más inferiores de vida.

Aquellos que intentan seguir el sendero que conduce a Dios, pero que no lo completan, reciben la oportunidad de aparecer en las familias de personas adelantadas espiritualmente o en familias de buena posición económica para continuar progresando desde el punto en que se detuvo en su nacimiento previo. Pero por desgracia, debido a la influencia de la actual era de hierro (que está llena de máquinas y de gente mecanizada), son descarriados hacia el goce de los sentidos, y se olvidan de la buena oportunidad que tienen de alcanzar la iluminación espiritual. Nuestra función es la de resolver los problemas fundamentales de la vida, que surgen debido a las leyes de la naturaleza. La civilización se encontrará estática a menos que haya movimiento espiritual. El alma mueve al cuerpo, y el cuerpo viviente mueve al mundo. Nos preocupamos por el cuerpo, pero no tenemos conocimiento alguno sobre el espíritu que está moviendo a ese cuerpo. Sin el espíritu, el cuerpo queda inmóvil, o muerto.



El cuerpo  humano es un excelente vehículo con el que podemos alcanzar la vida eterna. Es un barco muy difícil de conseguir, y muy importante para cruzar ese océano de la ignorancia que es la existencia material. En este barco presta servicio un barquero experto, el maestro espiritual. Por gracia divina, el barco navega por el agua con un viento favorable. Con todos estos factores auspiciosos, ¿quién no aprovecharía la oportunidad de cruzar el océano de la ignorancia? Si alguien desperdicia esta buena oportunidad, ha de entenderse que simplemente está suicidándose, nadie tiene información sobre el verdadero destino de la vida, que consiste en regresar a Dios, en recobrar nuestra identidad espiritual perdida. El barco de la vida humana está construido de manera tal que debe moverse hacia un destino espiritual.

Desgraciadamente, este cuerpo está anclado a la conciencia mundana por medio de cinco fuertes cadenas, que son: el apego de la entidad viviente al cuerpo material; el apego a los parientes debido a las relaciones corporales, el apego a la tierra natal y a las posesiones materiales; el apego a la ciencia material, la cual siempre permanece como un misterio por falta de conocimiento espiritual, y el apego a las formas religiosas y ritos sagrados sin conocer a la Personalidad de Dios.
    La Personalidad de Dios, quien está plenamente consciente de todo lo que hay en su creación, nos informa que, para nuestro propio bien, debemos desear salir de esta existencia desoladora. Debemos desapegarnos de todo lo material. Para darle el mejor uso a una mala compra, debemos espiritualizar ciento por ciento nuestra existencia material. La actividad espiritual es la activación de nuestra verdadera vida. Debemos ansiar encontrar la vida eterna, o sea, la existencia espiritual en el Absoluto, ese país eterno del que nadie regresa.



A Dios puede regresar alguien que está convencido de su identidad espiritual y que está libre del concepto material de la existencia, que está libre de la ilusión y es trascendente a las modalidades de la naturaleza material, y que se ha apartado completamente del goce de los sentidos. En la existencia espiritual hay una vida espiritual incesante de eternidad, bienaventuranza y conocimiento, siempre podemos saborear el feliz contacto trascendental con la Personalidad de Dios.

Sin duda alguna, el alma está presente en el corazón de la entidad viviente, y es la fuente de todas las energías que mantienen el cuerpo. La energía del alma se difunde por todo el cuerpo, y ello se denomina conciencia. Como esta conciencia difunde la energía del alma por todo el cuerpo, uno puede sentir placeres y dolores en cualquier parte del cuerpo. El alma es individual, y está transmigrando de cuerpo en cuerpo. Luego ocurre el cambio llamado muerte, cuando nos mudamos a un cuerpo nuevo. Cuando el alma quiere disfrutar de este mundo material, olvidándose de su verdadero hogar del mundo espiritual, acepta esta vida de ardua lucha por la existencia. Su vida antinatural de repetidos nacimientos, muertes, enfermedades y vejez, puede detenerse cuando su conciencia se acopla con la Conciencia Suprema de Dios.





La verdadera educación consiste en preguntar por qué llega la muerte a pesar de que no queremos morir. Cuando limpiemos nuestro corazón nos daremos cuenta de que no pertenecemos a este cuerpo material ni a este mundo material. Somos almas espirituales, partes del Supremo. Estamos relacionados eternamente con Él. Esto se denomina liberación, conocimiento. Entonces podremos salir del ciclo del nacimiento y la muerte en diferentes forma de vida, e ir de vuelta al hogar, de vuelta a Dios.


Swami Prabhupada – La Ciencia de la Autorrealización

jueves, 3 de mayo de 2018

La Iglesia Católica es formalmente idólatra (Pepe Rodríguez)




Los católicos, naturalmente, creen que los mandamientos que figuran en el catecismo son los originales, pero una simple comparación entre el Decálogo del Deuteronomio y el del Catecismo Católico nos aporta una evidencia curiosa: ¡la iglesia modificó a su antojo los mandamientos de Dios para poder adaptarlos a sus necesidades! Uno creía que las palabras de Dios eran sagradas e inalterables, pero resulta que todas las que no convienen a la santa madre Iglesia Católica Apostólica y Romana pueden ser manipulados a modo… y a mayor gloria divina, claro está.

El segundo mandamiento del Decálogo deuteronómico fue eliminado de cuajo. A la luz del mandato inapelable del Dios de la Biblia, el catolicismo es una religión idólatra, por eso la iglesia –que creció adoptando mitos y ritos paganos y se extendió entre gentes habituadas a la idolatría–, para poder conquistar la devoción de las masas incultas, tuvo que borrar de la memoria de sus creyentes la prohibición divina de adorar imágenes.
  Primero y segundo mandamiento se unifican en el Catecismo actual en su primer mandamiento: “No habrá para ti otros dioses delante de mí. No te harás escultura ni imagen alguna…”. El segundo mandamiento (Dt 5, 8-10) dice: “No te harás imagen de escultura, ni de figura alguna de cuanto hay arriba, en los cielos, ni abajo, sobre la tierra, ni cuanto hay en las aguas debajo de la tierra. No los adorarás ni les adorarás ni les darás culto, porque yo, Yahvé, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres en los hijos hasta la tercera y la cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos”; y otro tanto se prescribe en Ex 20, 4-6, y en más de 30 pasajes de las Escrituras se presenta a Dios prohibiendo expresamente el culto a las imágenes.
    En los Salmos (Sal 15, 3-8) se es categórico cuando se afirma que: “Está nuestro Dios en los cielos, y puede hacer cuanto quiera. Sus ídolos (los de los gentiles) son plata y oro, obra de la mano de los hombres; tienen boca, y no hablan; ojos, y no ven; orejas, y no oyen; narices, y no huelen; sus manos no palpan, sus pies no andan, no sale de su garganta un murmullo. Semejantes a ellos serán los que las hacen y todos los que en ellos confían”.
   Y el profeta Jeremías (Jer 10, 8-9) no es menos explícito al decir que “Todos (los seres divinos representados por imágenes) a una son estúpidos y necios, doctrina de vanidades, (son) un leño; plata laminada venida de Tarsis, oro de Ofir, obra de escultor y de orfebre, vestida de púrpura y jacinto; obra de diestros (artífices) son ellos”.



Ante la evidencia crítica que aportan las mismísimas Escrituras en contra de la práctica católica de dar culto a las imágenes, será oportuno acudir al magisterio de la Iglesia para conocer su versión al respecto. Así que leemos el autorizado criterio del Catecismo de la Iglesia Católica: “Fundándose en el misterio del Verbo encarnado (un mito tardío) el VII Concilio Ecuménico justificó contra los iconoclastas el culto de las sagradas imágenes: las de Cristo, pero también las de la Madre y de Dios, de los ángeles y de todos los santos. El Hijo de Dios, al encarnarse, inauguró una nueva “economía” de las imágenes. El culto cristiano de las imágenes no es contrario al primer mandamiento que proscribe los ídolos. En efecto, “el honor dado a una imagen se remonta al modelo original”, “el que venera una imagen, venera en ella la persona que en ella está representada”. El honor tributado a las imágenes sagradas es una “veneración respetuosa”, no una adoración, que solo corresponde a Dios”.

Esta Católica e inspirada opinión no tiene la más mínima entidad para hacer variar ni un ápice la prohibición de las Escrituras de dar culto a imágenes; al menos si pensamos que la palabra de Dios tiene un rango superior a la palabra de unos cuantos obispos reunidos para elaborar doctrina. Así que, como mínimo, la Iglesia Católica es formalmente idólatra. Decimos formalmente idólatra, porque dada la endiablada sutileza de la teología Católica, nada es exactamente aquellos que parece. Aunque los actos formales de la religiosidad popular puedan ser considerados como manifestaciones objetivas de adoración a la Virgen o a los Santos, la doctrina oficial, tal como hemos visto, califica estos actos como de “veneración” y no de “adoración”. La Iglesia sitúa a la Virgen  en el lugar más elevado del panteón y por eso la hace acreedora del más alto honor en forma de veneración.

Desde la doctrina oficial, por tanto, no se cae, en este punto, en la idolatría, pero basta preguntar a párrocos y fieles católicos practicantes acerca de si hay que “adorar” a la Virgen de manera diferente o inferior a como ellos adoran a Cristo o a Dios para obtener una misma respuesta en la mayoría de los casos: ¡no¡. La Iglesia Católica –que conoce esto perfectamente y no se toma la menor molestia para aclarar a su grey la sutil diferencia que separa la veneración de la adoración– necesita del poder sugestivo de las imágenes para seguir obteniendo ingresos económicos que la adoración de estatuas le reporta.
   Hoy, cuando uno entra en un templo católico y se queda observando a los feligreses, de da perfecta cuenta de hasta qué punto la Iglesia se ha olvidado de aquello que dejó escrito su gran teólogo Orígenes: “Si entendemos lo que es la oración acaso no debiéramos orar a nadie nacido (de mujer), ni siquiera al mismo Cristo, sino solo a Dios y Padre de todos”.




Pero cuando enriquecemos nuestro espíritu contemplando la extraordinaria belleza artística y riqueza conceptual del arte católico, no puede dejar de sorprendernos el encontrar con frecuencia escenas  pictóricas en las que aparece la supuesta imagen humanizada del propio Dios Padre, al Dios hijo y al Espíritu Santo, así como también a los ángeles y arcángeles más notables.
   Por mucho que se quiera disimular lo obvio, esta muestra de iconografía divina vulnera absolutamente la prohibición del segundo mandamiento. Es evidente que la normativa que la propia Iglesia Católica fija en el párrafo 2079 de su catecismo –“transgredir un mandamiento es quebrantar toda la Ley” –no reza para ella misma. La iglesia Católica goza patente de corso para poder pecar contra Dios vulnerando su Ley.

Fue el Santo varón Jeremías, inspirado por Dios, no algún ateo masón, quien se refirió a las costumbres idólatras de los gentiles, tachándolos de vanidad, pues (Jer 10,3-5) “leños cortados en el bosque, obras de las manos del artífice con la azuela, se decoran con plata y oro, y los sujetan a martillazos con clavos para que no se muevan. Son como espantajos de melonar, y no hablan; hay que llevarlos, porque no andan; no les tengáis miedo, pues no pueden haceros mal, ni tampoco bien”.

  Así que no seremos nosotros quienes nos atrevamos a desautorizar tan alta y cualificada opinión.


Pepe Rodríguez – Mentiras fundamentales de la Iglesia Católica

lunes, 19 de marzo de 2018

El Medio Divino (Teilhard de Chardin)




Vivimos en medio de la red de influencias cósmicas, como en el seno de la masa humana, o como en medio de las miríadas de estrellas, sin tomar conciencia de su inmensidad. Si queremos vivir la plenitud de nuestra humanidad nos es preciso superar esta insensibilidad que tiende a ocultarnos las cosas a medida que se hacen demasiado próximas y demasiado grandes. Vale la pena que hagamos el saludable ejercicio que consiste en seguir las prolongaciones de nuestro ser a través del Mundo. Quedaremos estupefactos al constatar cuánta es la extensión y la intimidad de nuestras relaciones con el universo.

El hombre solo escapa al terrible aburrimiento del deber monótono y banal enfrentándose con las ansiedades y la tensión interior de la “creación”. Por interesante y espiritual que sea, el trabajo es un alumbramiento doloroso. Crear u organizar energía material, verdad y belleza es un tormento interior que le roba la vida pacífica y replegada, donde propiamente anida el vicio del egoísmo y del apego. No solo debe el hombre saber abandonar su tranquilidad y su reposo, sino que le es preciso saber renunciar incesantemente, mediante formas mejores, a las prácticas primeras de su industria, de su arte, de su pensamiento. Detenerse a gozar, a poseer, sería una falta contra la acción. Una y otra vez hay que superarse, desprenderse de sí mismo, dejar tras uno, en cada instante, los proyectos más urgentes. El desasimiento no consiste solo en la sustitución continua de un objeto por otro del mismo orden. En virtud de un maravilloso poder ascendente encerrado en las cosas, cada realidad alcanzada y superada nos permite acceder al descubrimiento y a la prosecución de un nivel de calidad espiritual superior. Cuanto más nobles son los deseos y las acciones de un hombre, más avidez tiene de las cosas grandes y sublimes. Necesitará crear organizaciones generales, abrir caminos nuevos, defender grandes causas, descubrir Verdades, tener un ideal que sostener y mantener. Poco a poco, el gran soplo del Universo, que le penetró por el resquicio de una acción humilde, pero fiel, le dilata, le eleva, le transporta.



El hombre, al propio tiempo que se ve llevado por el desarrollo de sus fuerzas a descubrir metas cada día más elevadas, tiende a hallarse dominado por el objeto de sus conquistas, y acaba por adorar aquello contra lo que luchaba. Le subyuga la magnitud de lo que él ha desvelado y desencadenado. Y por su naturaleza de elemento se ve llevado a reconocer que, en el acto definitivo que ha de reunirse con el Todo, los dos términos de la Unión son desmesuradamente desiguales. Él, siendo el más pequeño, ha de recibir más que dar. Y es así que se halla preso por lo pensó apresar.

Si nos fijamos, vemos, en efecto, con cierto estremecimiento, que no ascendemos a la reflexión  y a la libertad más que por la finísima punta de nosotros mismos. Inmediatamente, más allá empieza una noche impenetrable y, no obstante, saturado de presencias: la noche de todo cuanto está en nosotros y en torno a nosotros, sin nosotros y a pesar de nosotros. En verdad, a partir de cierta distancia, todo es negrura y, sin embargo, todo está lleno de ser en torno a nosotros. He aquí las tinieblas cargadas de promesas y amenazas que habrá de iluminar y de animar con la Presencia Divina.



¿Qué ciencia podrá revelar al hombre el origen, la naturaleza, el régimen de la potencia consciente de su voluntad y de amor de que está hecha su vida? Sin duda no es ni nuestro esfuerzo, ni el esfuerzo de nadie en torno a nosotros, el que ha desencadenado esta corriente. No intentemos, pues, evadirnos del Mundo antes de tiempo. Sepamos orientar nuestro ser en el flujo de las cosas; y entonces, en lugar del lastre que nos llevaba  al abismo del placer y del egoísmo, sentiremos que de las criaturas surge un “componente” saludable, que siguiendo un proceso saludable nos dilatará, nos arrancará a nuestras mezquindades, nos impelirá imperiosamente hacia el acrecentamiento de nuestras perspectivas, hacia la renuncia de los sabrosos goces, hacia el gusto por bellezas cada vez más espirituales. La propia Materia, que parecía aconsejarnos el mayor placer y el menos trabajo, se habrá convertido para nosotros en un principio de menor goce y mayor esfuerzo.

Materia fascinante y fuerte, materia que acaricias y virilizas, ,materia que enriqueces y que destruyes –confiando en las influencias celestes que han perfumado y purificado tus aguas-, me abandono a tus poderosas capas. Arrástrame a tus encantos, nútreme con tu savia. Enduréceme con tu resistencia. Líbrame de tus amarguras. Y, en fin, por toda tú misma, divinízame.

Por el Medio Divino el contacto con la Materia purifica y la castidad florece como sublimación del amor. En el Medio Divino, el desarrollo lleva a la renuncia. El asimiento a las cosas nos aparta de cuanto tienen de caduco. La Muerte se convierte en una Resurrección.
    Ahora bien, si buscamos de dónde pueden venirle al Medio Divino tantas perfecciones sorprendentemente unidas entre sí, descubrimos que todas ellas derivan de una sola perfección “fontanal”, que podemos expresar de esta manera: Dios se descubre en todas partes, cuando le buscamos en nuestros tanteos, como un medio universal, en cuanto es el punto último en el que convergen todas las realidades. Cada elemento del mundo no subsiste sino a manera de un cono cuyas generatrices se enlazaran en Dios que la atrae. Por tanto, todas las criaturas no pueden ser consideradas sin que en lo más íntimo y más real de ellas no se descubra la misma realidad, una bajo la multiplicidad, inasible en su proximidad, espiritual bajo la materialidad.



Este foco, esta Fuente, están en todas partes. La Omnipresencia divina no es más que el efecto de su extrema espiritualidad. Y a la luz de este descubrimiento podemos reemprender nuestra marcha a través de las maravillosas sorpresas que nos reserva inagotablemente el medio Divino.


Establezcámonos en el Medio Divino. Nos encontraremos en lo más íntimo de las almas y en lo más consistente de la materia. Descubriremos, con la confluencia de todas las bellezas, el punto ultravivo, el punto ultrasensible, el punto ultraatractivo del Universo. Y, al mismo tiempo, sentiremos que se ordena sin esfuerzo, en el fondo de nosotros mismos, la plenitud de nuestras fuerzas.


Pierre Teilhard de Chardin – El Medio Divino

miércoles, 29 de marzo de 2017

La fe es creer en lo que sabemos que no existe (Juan Eslava Galán)



Vengo observando, con creciente desasosiego, que muchas ovejas de la grey cristiana abandonan su aprisco y prescinden del director espiritual, descuidan los sacramentos para limitarse a practicar un catolicismo tibio y acomodaticio o directamente no practican nada, engolfados como están en esta sociedad laica que adora al Becerro de oro y corre irreflexivamente tras los placeres del mundo. 
    La verdad es que somos cristianos por pura rutina, por mero acomodo social, porque hemos nacido aquí, en la católica España. Precisamente por eso parece mentira que seamos tan dejados en la práctica de nuestros deberes religiosos. Somos católicos porque nos bautizan, porque hacemos la primera comunión, porque nos confirma el obispo, porque nos casa el cura… Somos católicos porque, en fin, nos dicen una misa de cuerpo presente que, ya finados y confinados en el ataúd, no podemos rehuir y, finalmente, un oficio de difuntos.

Eso es todo: un catolicismo pautado y rutinario, burocrático y registral. ¿Qué panorama contemplamos cuando observamos la comunidad católica? Vivimos como paganos, solo preocupados por los placeres y por las comodidades, como si no existiera otra Vida, como si no hubiera un Infierno para castigar al que no obedece los preceptos de la Santa Madre Iglesia y una Gloria para premiar a los corderos sumisos al pastor.
    El panorama no puede ser más desolador: abandono de las visitas al sagrario y del rezo del Santo rosario en familia, sacramentos diferidos sine die, especialmente el de la penitencia, olvido del cumplimiento pascual, disminución de los óbolos y donaciones a la Iglesia, tibieza en el cumplimiento de los deberes religiosos, aumento escandaloso de las bodas civiles… drástico recorte de las decenas de misas que antes se encargaban en sufragio de las ánimas del purgatorio…
- Bueno, yo no es que sea muy practicante, pero católico soy ¿eh?- dicen las encuestas.
- ¿Católico? ¿Tú te llamas católico, desgraciado? ¿Qué sabes de los dogmas, qué de los misterios, qué de las Escrituras que son el fundamento de nuestra Santa Madre Iglesia?
Nada.
Nada de nada. Cuatro recuerdos desvaídos de la catequesis que te administró aquel cura sobón cuando tenías seis o siete años y pare usted de contar.



En los últimos decenios hemos asistido a la desaceleración de la Iglesia. Hemos asistido a la dispersión de su rebaño, hemos asistido, lo que es peor, a la disminución de las vocaciones y a la deserción de un sin número de pastores que, captados por los cantos de sirena de la sociedad hedonista ahorcaban los hábitos y abandonaban su sagrado ministerio para entregarse a los vicios que antes zaherían desde el púlpito y solo practicaban (algunos) en la intimidad de sus conciencias. Ahora no. Desparecidas las tonsuras, adoptados los atuendos seglares y las formas profanas salen al mundo con hambre atrasada de placeres, como berracos…

En este negocio las ovejas sumisas (o sea, los católicos observantes) nos salvamos, pero los que se apartan del redil se condenan para siempre jamás. O sea, de un lado, a la derecha del Padre, los católicos sumisos que obedecemos al mayoral (el Papa) y a sus gañanes (los integrantes de la Conferencia Episcopal), los que sostenemos a la Iglesia con nuestro óbolo, ovejas camino de la salvación. Del otro lado, a la izquierda del padre, el resto: cabritos destinados al Infierno, a la caldereta de Satanás.

Hoy los teólogos y los fieles reclaman una revisión de las fuentes del cristianismo y los princip0ios sobre los que se asientas sus creencias. Incluso existe una nueva hornada de teólogos laicos comprometidos con la verdad que escudriñan los textos y profundizan en ellos desde un punto de vista científico e histórico.
    Los católicos no debemos temer el resultado de esas investigaciones que iluminan con luz vivísima y certera los fundamentos de nuestra fe. Ya sabemos que la religión es solamente un producto cultural nacido del terror primigenio de los primeros humanos inermes ante una naturaleza hostil que no acertaban a comprender, pero esa certeza robustece nuestra fe. Si nuestros pastores se mantienen imperturbables en la verdad católica, no va a ser solo porque viven de ella, ¿no es cierto?




¿Qué documentos testimonian la presencia de Jesús en la Tierra. El Nuevo Testamento, especialmente los Evangelios. Admitamos que los evangelistas tendieron las redes de su apostolado y en su afán por captar adeptos colmaron sus textos de milagros, apariciones, sucesos sorprendentes y otras fantasías conducentes a convencer a las gentes sencillas de que Dios los reclamaba para su balador rebaño…
    Constataremos que el Jesús histórico, el devoto judío que sanó, exorcizó y prodigió por los caminos de Tierra Santa, guarda escasa relación con el Cristo ideado por San Pablo, el verdadero inventor del cristianismo. El primer siglo de cristianismo silencia la figura histórica de Jesús. Solo muchos años después de su muerte se redactan escritos, a menudo contradictorios y plagados de fantasías, que narran su vida y milagros. En la Iglesia se impone la visión de San Pablo para el que Jesús, ahora llamado Jesucristo, es Dios mismo, la entidad que habita en el Reino de los Cielos, el Ser Supremo. Pablo habla de Cristo y apenas menciona a Jesús. El Jesús de carne y hueso le interesa poco o nada.

Los académicos liberales creen que Jesús fue un reformador social y se preguntan, ¿cómo pudo derivar hasta transformarse en el Cristo cósmico? Algunos autores dudan de la existencia real de este Jesús apenas mencionado en los textos de escritores e historiadores de la época. Los que lo mencionan lo hacen de pasada o en textos algo más extensos falsificados por los copistas cristianos.




Fábulas, mentiras, falsificaciones… ¿sobre estos cimientos se fundamenta el cristianismo? Sí, admitámoslo. ¿Qué el cristianismo se basa en una sarta de mentiras y supercherías? Vale, es cierto, ¿qué pasa? Será todo mentira, pero, a pesar de ello, la Iglesia Católica resiste incólume los embates del vendaval de la historia.
    ¿A qué se debe esa paradoja? No existe paradoja alguna. Lo que permite que de esa ensalada de mentiras florezca una Iglesia siempre renovada es la firme mano de Dios que blande su nudosa y pastoril cayada para guiar a su balador rebaño, Dios nuestro pastor que lanza la certera pedrada de su castigo contra los que se descarrían.


A la luz de la ciencia, el cristianismo se nos revela como un potaje integrado por ingredientes de muy diverso origen: judaísmo, cultos mistéricos, paganismo, gnosticismo… La grandeza del mensaje cristiano reside precisamente en mantener estos dogmas como verdades a que nos obliga la fe. ¿La razón lo rechaza? Pues doblega tu razón y acepta que todo eso es cierto. Es el fundamento de tu religión ¡Nada menos! Y con la fe no se juega. ¿En qué consiste la fe? Muy sencillo: “La fe es creer en lo que sabemos que no existe”.


Juan Eslava Galán – El Catolicismo explicado a las ovejas

lunes, 20 de marzo de 2017

!Danos alma, Don Quijote! (Miguel de Unamuno)




Si uno denuncia un abuso, persigue la injusticia, fustiga la ramplonería, se preguntan los esclavos: ¿qué irá buscando en eso? ¿a qué aspira? Unas veces creen y dicen que lo hace para que le tapen la boca con oro; otras que es por ruines sentimientos y bajas pasiones de vengativo envidioso; otras que lo hacen no más que por meter ruido y que de él se hable, por vanagloria; otras que lo hace por divertirse y pasar el tiempo, por deporte. ¡Lástima tan grande que a tan pocos les dé por deportes semejantes!

Si no hubiera beneficios sino por la gratitudes que de ellos habríamos que recoger, ¿para qué nos servirían en la eternidad? Debe hacerse el bien no solo a pesar de que no nos han de corresponder en el mundo sino precisamente porque no han de correspondérnoslo. El valor infinito de las buenas obras estriba en que no tienes pago adecuado en la vida, y así rebosan de ella. La vida es un bien muy pobre para los bienes que en ella cabe ejercer.

Una locura cualquiera deja de serlo en cuanto se hace colectiva, en cuanto es locura de todo un pueblo, de todo el género humano acaso. En cuanto una alucinación se hace colectiva, se hace popular, se hace social, deja de ser una alucinación para convertirse en una realidad, en algo que está fuera de cada uno de los que la comparten. Hace falta llevar a las muchedumbres, llevar al pueblo, llevar a nuestro pueblo español, una locura cualquiera, la locura de uno cualquiera de sus miembros que esté loco, pero loco de verdad, no de mentirijillas. Loco, y no tonto.




Te debe importar poco lo que eres; lo cardinal para ti es lo que quieras ser. El ser que eres no es más que un ser caduco y perecedero que come de la tierra y al que la tierra se lo comerá un día; el que quieres ser es tu idea en Dios, Conciencia del Universo: es la divina idea de que eres manifestación en el tiempo y en el espacio. Y tu impulso querencioso hacia ese ser que quieres ser no es sino la morriña que te arrastra a tu hogar divino. Solo es hombre hecho y derecho el hombre cuando quiere ser más que hombre.
    La absoluta, la completa, la verdadera soledad consiste en no estar ni aún consigo mismo. Y no estarás de veras completo y absolutamente solo hasta que te despojes de ti mismo, al borde del sepulcro.

No hay porvenir, nunca hay porvenir. Eso que llaman el porvenir es una de las más grandes mentiras. El verdadero porvenir es hoy. ¿Qué será de nosotros mañana? ¡No hay mañana! ¿Qué es de nosotros ahora? Esta es la única cuestión.
    Lo más urgente es lo de ahora y lo de aquí; en el momento que pasa y en el reducido lugar que ocupamos en nuestra eternidad y nuestra infinitud.

¡No hay otro yo en el mundo! He aquí una sentencia que deberíamos no olvidar nunca, y sobre todo cuando al acongojarnos por tener que desaparecer un día, nos vengan con la ridícula monserga de que somos un átomo en el Universo, y que sin nosotros siguen los astros su curso y que el Bien ha de realizarse hasta sin nuestro concurso, y que es soberbia imaginar que toda esa inmensa fábrica se hizo para nuestra salud. ¡No hay otro yo en el mundo! Cada uno de nosotros es único e insustituible.
    ¡No hay otro yo en el mundo! Cada cual de nosotros es absoluto. Si hay un Dios que ha hecho y conserva el mundo, lo ha hecho y conserva para mí. ¡No hay otro yo! Los habrá mayores y menores, mejores y peores, pero no hay otro yo. Yo soy algo enteramente nuevo; en mí se resume una eternidad de pasado y de mí arranca una eternidad de porvenir. ¡No hay otro yo! Esta es la única base sólida del amor entre los hombres, porque tampoco hay otro tú que tú, ni otro él que él.

El ansia de gloria y renombre es el espíritu íntimo del quijotismo, su esencia y su razón de ser, y si no se puede cobrarlos venciendo gigantes y vestigios y enderezando entuertos, cóbraselos endechando a la luna y haciendo de pastor. El toque está en dejar nombre por los siglos, en vivir en la memoria de las gentes. ¡El toque está en no morir! ¡En no morir! ¡No morir!  Ésta es la raíz última, la raíz de las raíces de la locura quijotesca. ¡No morir! ¡no morir! Ansia de vida, ansia de vida eterna es la que te dio vida inmortal, mi señor Don Quijote; el sueño de tu vida fue y es sueño de no morir. 

¿No es acaso la mayor locura dejar perder la gloria inacabable por la gloria pasajera, la eternidad de espíritu para que dure nuestro nombre tanto como dure el mundo, un instante de eternidad?
    Así a nosotros, cuanto más vencidos estemos, cuando el mundo nos aplaste y nos estruje el corazón la vida y se nos derritan las esperanzas todas, danos alma, ¡Caballero!, danos alma y coraje para gritar desde el fondo de nuestra nadería: ¡plenitud de plenitudes y todo plenitud! ¿Qué yo muero en mi demanda? Pues así se hará esta más grande con mi muerte. ¿Qué peleando en pro de mi verdad, me vencen? ¡No importa! Pues ella vivirá y viviendo ella os mostrará que no depende de mí, sino de ella.




¿Para qué afanarse? ¿Para qué todo? Bástele a cada día su malicia. ¿Para qué ir a enderezar los tuertos del mundo? El mundo lo llevamos dentro de nosotros, es nuestro sueño, como lo es la vida; purifiquémonos y la purificaremos. La mirada limpia, limpia cuando mira; los oídos castos, castigan cuanto oyen. La mala intención de un acto ¿está en quien lo comete o en quien lo juzga? La horrible maldad de un Caín o de un Judas ¿no será acaso condensación y símbolo de la maldad de los que han fomentado sus leyendas? ¿No es la maldad nuestra la que nos hace descubrir cuanto hay de malo en nuestro hermano? ¿No es la paja que te anubla el ojo lo que te permite ver la viga del mío? Tal vez el demonio carga con las culpas de los que le temen. Santifiquemos nuestra intención y quedará santificado el mundo, purifiquemos nuestra conciencia, y puro saldrá el ambiente. Los limpios de corazón ven a Dios en todo y todo lo perdonan en su nombre. Las ajenas intenciones caen fuera de nuestro influjo, y solo en la intención está el mal.

La creación toda es algo que hemos de perder un día o que un día o que un día ha de perdernos, pues ¿qué otra cosa es desvanecernos del mundo sino desvanecerse el mundo de nosotros? ¿Te puedes concebir como no existiendo? Inténtalo, concentra tu imaginación en ello y figúrate a ti mismo sin ver ni oír, ni tocar, ni recordar nada; inténtalo, y acaso llames y atraigas a ti esa angustia que nos visita cuando menos lo esperamos, y sientas el mundo que te aprieta el gaznate del alma, por donde resuella tu espíritu.

Y en esa angustia, en esa suprema congoja del ahogo espiritual, cuando se te escurran las ideas, te alzarán de un vuelo congojoso para recobrarlas al conocimiento sustancial. Y verás que el mundo es tu creación, no tu representación. A fuerza de ese supremo trabajo de congoja conquistamos la verdad, que no es, no, el reflejo del Universo en la mente, sino su asiento en el corazón. La congoja del espíritu es la puerta de la verdad sustancial. Sufre, para que creas y creyendo vivas. Frente a todas las negaciones de la “lógica”, que rige las relaciones aparenciales de las cosas, se alza la afirmación de lo “cardíaco” que rige los toques sustanciales de ellas. Aunque tu cabeza diga que se te ha de derretir la conciencia un día, tu corazón, despertado y alumbrado por la congoja infinita, te enseñará que hay un mundo en que la razón no es guía. La verdad es lo que hace vivir, no lo que hace pensar.





Nada pasa, nada se disipa, nada se anonada; eternízase la más pequeña partecilla de materia y el más débil golpecillo de fuerza, y no hay visión, por huidera que sea, que no quede reflejada para siempre en alguna parte. Así como si al pasar por un punto, en el infinito de las tinieblas, se encendiera y brillara por un momento todo lo que por allí pasase, así brilla por un momento en nuestra conciencia del presente cuanto desfila de lo insondable del porvenir a lo insondable del pasado. No hay visión ni cosa ni momento de ella que no descienda de las honduras eternas de donde salió y allí se quede. Sueño es este súbito y momentáneo encendimiento de la sustancia tenebrosa, sueño es la vida, y apagado el pasajero fulgor, desciende su reflejo a las honduras de las tinieblas y allí queda y persiste hasta que una suprema sacudida lo reenciende para siempre un día. Porque la muerte no triunfa de la vida con la muerte de ésta. Muerte y vida son mezquinos términos de que nos valemos en esta prisión del tiempo y del espacio; tienen ambas una raíz común y la raigambre de esta raíz arraiga en la eternidad de lo infinito: en Dios, Conciencia del Universo.



Miguel de Unamuno – Vida de Don Quijote y Sancho

lunes, 5 de diciembre de 2016

Dios y Alma existen... virtualmente (Deepak Chopra)




A nivel cuántico nada perteneciente al mundo material queda intacto, todo el cosmos es como una luz intermitente, todo el universo es un espejismo. No hay estrellas ni galaxias, sino solamente campos de energía vibratoria que nuestros sentidos, demasiado embotados y lentos, no pueden captar, dada la increíble velocidad a la que se mueve la electricidad. Los destellos cuánticos son millones de veces más rápidos de lo que podemos registrar, por lo que nuestros cerebros nos engañan haciéndonos ver objetos sólidos que son continuos en el tiempo y el espacio, de la misma manera que las imágenes de una película parecen moverse constantemente.

Existimos en tanto que protones destellantes en un vacío negro entre dos destellos, y este espectáculo de luz incluye todo nuestro cuerpo, cada uno de nuestros pensamientos y deseos, y cada uno de los acontecimientos en los que tomamos parte. En otras palabras, estamos siendo creados una y otra vez, constantemente. El génesis ocurre ahora y siempre ha ocurrido, pero ¿quién está detrás de esta creación sin fin? ¿De quién es el poder mental o la visión capaz de desintegrar el universo  y volver a integrarlo en una fracción de segundo?

El poder de la creación está más allá de la energía, una fuerza con la capacidad de convertir nubes gaseosas de polvo en estrellas e incluso en ADN. En la terminología de la física, nos referimos a este nivel precuántico como virtual. Cuando vamos más allá de toda la energía no hay nada más que un vacío. La luz visible se convierte en luz virtual, el espacio y tiempo reales se convierten en espacio y tiempo virtuales. En el proceso se desvanecen todas las propiedades. La luz ya no brilla, el espacio no cubre una distancia, el tiempo es eterno. Éste es el útero de la creación, infinitamente dinámico y vivo, al que no pueden aplicarse palabras como vacío, oscuro y frío. El campo virtual es tan inconcebible que sólo el lenguaje religioso parece tocarlo todo.



A cada persona se le permite tener alguna versión de Dios que parezca real. ¿Quien es Dios? ¿No puede que sea sólo impersonal, un principio o un nivel de realidad, o un campo? En nuestra búsqueda del único Dios perseguimos lo imposible. Seleccionamos una deidad basada en nuestra interpretación de la realidad, y esta interpretación esta arraigada en la biología. Si aceptamos que el mundo es como somos nosotros, es lógico aceptar que Dios es como somos nosotros. Si no aceptamos que somos multidimensionales no podemos comprender la noción de Dios. Dios no puede ser solo lo que queremos, sino solamente la porción de él que percibimos debe ser como deseamos, porque utilizamos nuestro propio cerebro, sentidos y memoria.
     Como somos el observador, es correcto verlo a través de una imagen que para nosotros tenga sentido. La misma realidad puede ser solo un símbolo para las obras de la mente de Dios y, en este caso, la creencia primitiva que habla por todo el mundo antiguo pagano de que Dios existe en cada brizna de hierba, en cada criatura e incluso en la tierra y en el cielo, puede contener la mayor de las verdades. Llegar a esta verdad es el fin de la vida espiritual, y cada fase de Dios nos lleva a un viaje cuyo punto final es la total claridad, una sensación de paz que nada puede perturbar.

El hecho de que no estamos confinados a nuestro cuerpo físico y a nuestra mente nos da razones para creer en la existencia de una inteligencia cósmica que deja pasar la vida y nos acerca a la mente de Dios. Pero como estamos hablando de fenómenos cuánticos, no es correcto decir que hemos encontrado a Dios de la forma que encontraríamos un libro perdido en el lugar donde olvidamos buscarlo. En el modelo cuántico no hay interior ni exterior, y Dios no está más en nosotros que en cualquier otra parte, ya que es sencillamente ilocalizable. Decir que vamos dentro a meditar, a rezar o a encontrar a Dios es solo un convencionalismo. El lugar intemporal en el que Dios existe no puede ser reducido a una dirección.




Sería imposible conocer a Dios si él no quisiera que se le reconociese. Nada puede evitar que cada fase de la espiritualidad sea un engaño. Según Aurobindo, Dios puede enviar flechas de luz a nuestro mundo, pero van solamente en una dirección y podemos recibirlas como impulsos de inspiración, aunque nuestros pensamientos no puedan remontar su camino. Para volver al origen de los mensajes de Dios tendríamos que utilizar la segunda atención, que es nuestra capacidad de saber una cosa sin ningún tipo de información física, como la intuición, pero antes tenemos que desprendernos del autoengaño. Para conocer a Dios personalmente tenemos que penetrar en un límite que los físicos llaman "el horizonte de los acontecimientos", que es la línea que divide la realidad netamente en dos. Si el cerebro humano contiene su propio "horizonte de los acontecimientos", también lo tiene el cosmos, debemos traspasarlo para encontrar la casa del espíritu.



A nivel cuántico la objetividad y la subjetividad se funden. El punto de fusión es el alma; por lo tanto conocer a Dios se reduce a esto: nuestra mente choca contra una pared cuando intenta pensar sobre el alma, del mismo modo que un fotón cuando se acerca a un agujero negro; el alma se siente cómoda con la incertidumbre y acepta que podamos estar en dos sitios, tiempo y eternidad. Simultáneamente, observa cómo trabaja la inteligencia cósmica y no se preocupa por el hecho de que la fuerza creativa esté fuera del universo.

     La mente se va acercando lentamente al alma, que reside en el límite del mundo de Dios, en el horizonte de los acontecimientos. Puede llegar a darse el caso de que lleguen a acercarse tanto que la mente y el alma no tengan otra opción que fundirse, y, cuando esto sucede, para la mente será como si el caer en el mundo de Dios fuera para siempre, una eternidad en consciencia de éxtasis. Desde el punto de vista de Dios, esta fusión tiene lugar en una fracción de segundo y, desde luego, si estamos por completo dentro del mundo de Dios, donde el tiempo no tiene significado alguno, entonces resulta que este proceso nunca ha tenido lugar, sino que la mente ha formado parte del alma desde el principio, aunque sin saberlo.


Deepak Chopra - Conocer a Dios

lunes, 24 de octubre de 2016

¿Dios ha muerto? (María Zambrano)


  
Hace muy poco tiempo que el hombre cuenta su historia, examina su presente y proyecta su futuro sin contar con los dioses, con Dios, con alguna forma de manifestación de lo divino. Lo divino eliminado como tal, borrado bajo el nombre familiar y conocido de Dios, aparece, múltiple, irreductible, ávido, hecho “ídolo”, en suma, de la historia. Pues la historia parece devorarnos con la misma insaciable avidez de los ídolos más remotos. El hombre está siendo reducido, allanado en su condición a simple humano, degradado bajo la categoría de la cantidad.

Reducir lo humano llevará consigo, inexorablemente, dejar sitio a lo divino, en esa forma en que se hace posible que lo divino se insinúe y aparezca como presencia y aún como ausencia que nos devora. La deificación que arrastra por fuerza la limitación humana –la impotencia de ser Dios– provoca, hace que lo divino se configure en ídolo insaciable, a través del cual el hombre –sin saberlo– devora su propia vida, destruye él mismo su existencia. Ante lo divino “verdadero”, el hombre se detiene, espera, inquiere, razona. Ante lo divino extraído de su propia sustancia, queda inerme. Porque es su propia impotencia de ser Dios la que se le presenta y representa, objetivamente, bajo un nombre que designa tan solo la realidad que él no puede eludir.



La ausencia, el vacío de Dios podemos sentirlo bajo la forma intelectual del ateísmo, y la angustia, la anonadadora irrealidad que envuelve al hombre cuando Dios ha muerto. Que no haya Dios, que nos dispongamos a pensar acerca de todas las cosas sin contar con Él, parece marcar la situación de la mente actual. Mas existe otra situación, y dentro de ese vivir sin Dios se distingue la simple aceptación casi inconsciente de ese ímpetu, de esa violencia, de esa otra esperanza que cifra el cumplimiento de lo humano, la promesa final de nuestra historia sobre la tierra a la desaparición total de la conciencia de Dios.
    Y aún… lo más inabordable: toda la desenfrenada provocación en que, sin conciencia o con ella, algunos hombres han apurado las posibilidades del mal, el reto a todos los temores últimos, llegando hasta la acción sin sentido ni justificación en que el hombre no es ya reconocible; desafíos realizados como un crimen que traspasa a las víctimas y que va dirigido contra esa instancia ultima de la conciencia antes ocupada por Dios, esa violencia pasiva, ese abandonarse automáticamente a cualquier instinto o “tentación”, si todo ese horror múltiple se produjera sobre un vacío y una anonadada conciencia que se dijera: “Puesto que Dios ha muerto”.



¿De dónde ha surgido tan tremenda pesadilla? Pues la religión para una conciencia irreligiosa ha de ser considerada como delirio, pesadilla sufrida en común. Que los dioses, que lo divino en sus diversas configuraciones se muera, que Dios haya muerto a manos del hombre, de los hombres. Y así, tenemos un proceso “sagrado” de destrucción de lo divino. Parece como si esta acción de negar a Dios naciera en un momento de querer volver a la situación primaria de la vida, a la situación en que el hombre no había recibido ninguna revelación, ni había él mismo descubierto a Dios; a la situación en que lo sagrado envolvía la vida humana.

El ateísmo niega matemáticamente la existencia de Dios, mas se refiere al Dios-idea, mientras que la destrucción de lo divino solamente se verifica en el abismo del Dios desconocido, atentando a lo que de irrevelado, de no descubierto hay bajo la idea de Dios. Y es, así, la acción sagrada y trágica entre todas, pues la tragedia solo tiene lugar bajo el dominio del Dios desconocido. La acción destructora de lo divino nace de una desesperación, de la necesidad.
   El vacío de Dios que deja sentir el ateísmo formalmente expresado, no es todavía la muerte de Dios. Mas la muerte de Dios no es su negación. Solo se entiende plenamente el “Dios ha muerto” cuando es el Dios del amor quien muere, pues solo muere en verdad lo que se ama. Y solo cuando Dios se hizo Dios del amor pudo morir por y entre los hombres de verdad. Y Dios no puede morir si no es a manos humanas.



Y es que el hombre necesita proyectar en lo divino, en una acción absoluta, el fondo oculto de sus acciones más secretas. La necesidad que exige matar a lo que se ama, y aún más, lo que se adora, es un afán de poderío con la avidez de absorber lo que oculta dentro. Se quiere heredar lo que se adora, liberándose al par de ello.
    Y así la destrucción de los dioses es una etapa cumplida en toda religión, que no la muerte de Dios. El hombre se ha alimentado de la destrucción de sus dioses, de cada uno de ellos gana en su medio o en su sustancia.

“Dios ha muerto” es la frase que Nietzsche enuncia y profetiza al par la tragedia de nuestra época. Para sentirlo así, es preciso creer en Él y aún más, amarlo. Pues solo el amor descubre la muerte; solo por el amor sabemos lo poco que sabemos de ella. Y en cuanto a Dios, el amor ha sido una fase tardía. Los primeros sentimientos que señalan la relación del hombre con un Dios revelado son el temor y aun el espanto.



“Dios ha muerto”, el grito de Nietzsche no es sino el grito de una conciencia cristiana. Aún para el no cristiano, este grito tendrá que ser aceptado como un momento límite de la condición humana.
   El crimen contra Dios es el crimen contra el amor. Quien dice “Dios ha muerto” participa al menos en su muerte, en el crimen. ¿No lo hará acaso movido por la esperanza de hundirse en Él, de identificarse abismándose, llevado por esa locura de amor que llega hasta el crimen cuando ya no se soporta más la diferencia con el amado, el abismo que aun en los amores entre iguales permanece siempre? Y profiere su grito “Dios ha muerto” esperando, quizá, absorber a Dios dentro de sí, comulgar en la muerte de un modo absoluto, que no haya más esa diferencia entre la vida divina y la nuestra. Desesperación de seguir soportando la inaccesibilidad de lo divino.


Dios puede morir; podemos matarlo… mas solo en nosotros, haciéndolo descender a nuestro infierno, a esas entrañas donde el amor germina; donde toda destrucción se vuelve en ansia de creación. Donde el amor padece la necesidad de engendrar y toda la sustancia acumulada se convierte en semilla. Nuestro infierno creador.


María Zambrano – El hombre y lo divino

jueves, 21 de abril de 2016

Religión para el siglo XXI: que el mundo viva en su unidad (Roger Garaudy)



La espiritualidad es el esfuerzo por hallar el sentido y la finalidad última a nuestras vidas. Esta espiritualidad se puede vivir en el marco de las sabidurías sin Dios. Desde el Tao en China hasta los Upanishads en India, todas son un llamamiento al dominio e incluso a la extinción del “yo pequeño individual” y de sus deseos parciales, lo que supone una toma de conciencia de que el centro más íntimo del yo es el centro de la vida total del universo, una llamada a ser uno con el Todo.




Todas las grandes mutaciones humanas comienzan en la mente y en el corazón de los hombres cuando éstos se preguntan sobre el sentido de su vida y de su historia común. Las religiones instituidas no responden hoy día a los problemas vitales de nuestro tiempo. Es el caso, por ejemplo, de las tres religiones reveladas, que se fueron degradando muy pronto hasta convertirse en teologías de dominación.
    La defensa de lo sagrado es asunto de todos: el Reino de Dios está dentro de nosotros y no fuera del mundo y de la historia; cada uno de nosotros es responsable de su advenimiento. No se trata ya de las religiones del porvenir ni del porvenir de las religiones, sino del porvenir de la vida, de la realización plena del hombre, de su fe en el porvenir de la vida.

Hay, pues, una necesidad de “reformular” en nuestras nuevas circunstancias históricas lo que podría ser un orden social para el siglo XXI, a partir de los principios esenciales de nuestra fe común. Semejante reformulación exige una relectura de textos sagrados, hecha a la luz de las exigencias de los pueblos y, en primer lugar, de los más desamparados de nuestra época.

Si un hombre o una mujer va a la sinagoga, a la iglesia o a la mezquita, lo importante es que su rezo sea el momento en que cada uno se concentre para tomar conciencia de su relación con Dios, o con el Todo, pues el centro más íntimo y más preciado de uno mismo es el centro de toda vida, y solo hay existencia por esta relación, no simplemente concebida, sino vivida, y vivida en el amor. Su religión o su sabiduría le hacen encontrar a Dios o al Uno en cada acto cotidiano, fuera de cualquier sectarismo religioso, de todo espíritu particularista de partido o de nación. Su única lealtad es en relación con el Todo y con la comunidad universal de los hombres.



La sabiduría consiste en reconocer que nuestros conocimientos siempre nos dejan a la orilla de un abismo, de un vacío poblado de una infinidad de posibles. Esta conciencia de los límites y de los postulados de nuestro conocimiento y esta apertura al infinito de los posibles, es la experiencia primera de la fe en lo que las religiones reveladas llaman Dios, y las sabidurías sin Dios la marcha hacia el Uno y el todo. La fe es una razón sin fronteras. Es el acceso a la realidad en su plenitud: ser para los demás es la única experiencia de la trascendencia. El amor es la salida de sí mismo, fundamental y primera: la unión del “yo” con un “tú” que le trae el mensaje. Un mensaje por el cual el hombre se vuelve humano y divino.

El reinado de Dios se hace presente ahí donde un hombre realiza esta total desposesión. Si no se hace “todavía” presente, es porque esta relación con el mundo no se ha realizado aún en todos. Esta tensión entre el “ya aquí” del despertar personal a la vida del Todo, y el “aún no” del despertar de todos a la vida del Todo es la tragedia optimista del despertar, pues cada uno de nosotros es responsable del despertar de todos.




La fe es el motor inagotable de la búsqueda que, sin ella, degeneraría en supersticiones sugeridas por formas infantiles de la ciencia. La fe es, antes que nada, fe en la razón, fe en el hombre al que insta a proseguir la búsqueda hasta sus límites extremos, hasta alcanzar el silencio de la sabiduría y de la ciencia, disponiéndose a acoger nuevas dimensiones de lo real. Esta sabiduría, como la ciencia, toma conciencia durante  la lucha de sus límites y postulados, de su apertura, sin excluir ninguna, a todas las experiencias, de lo radicalmente nuevo, apertura fundada sobre milenios de errores y de victorias, siempre posibles, de lo nuevo, de lo inesperado, de lo inédito.

El problema de la “defensa de lo sagrado” no es, pues, el de una rivalidad de las religiones ni el de una mezcla ecléctica de sus enseñanzas, sino la conciencia de lo que, en su búsqueda sobre el sentido de la vida, es no solo común a todos, sino también accesible, además, a un mundo irreligioso. Cuando un hombre que detesta el nombre (de Dios) y se cree ateo, empieza por dedicarse por entero al diálogo con el “tú” de su ser, como un “tú” que no puede estar limitado por otro, ya se está dirigiendo a Dios.




“Lo sagrado” no es sino la plenitud de lo real en todas sus dimensiones, es decir, más allá de los sentidos y de la razón, con su significado y su trascendencia. No se puede hallar a Dios si no es en todas partes. Esta es nuestra defensa de lo sagrado: descubrir en cada persona lo que le falta para ser más humana. La realidad central y el drama de nuestro tiempo es que estamos viviendo la más cruel de las guerras de religión. Se trata de la guerra declarada por una religión que no se atreve a proclamar abiertamente su nombre todavía, pero que, de hecho, rige hoy tanto las relaciones sociales como las internacionales: lo que llamo el “monoteísmo” del mercado, que abarca todas las idolatrías. En realidad, nuestra época no es atea, sino más bien politeísta, pues el monoteísmo del mercado engendra el culto de numerosos ídolos, como el dinero, el poder, los nacionalismos o los integrismos.


La tarea más urgente es congregar a todos aquellos para los que la vida tiene un sentido y que son conscientes de ser personalmente responsables de descubrirlo y ponerlo en práctica. Estamos viviendo un momento histórico de crisis, de cuestionamiento y de inevitable toma de decisiones. La condición primordial de cualquier solución a este problema único y vital es que el mundo viva en su unidad.


Roger Garaudy – El Diálogo entre Oriente y Occidente. La religión y la fe en el Siglo XXI