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lunes, 24 de octubre de 2016

¿Dios ha muerto? (María Zambrano)


  
Hace muy poco tiempo que el hombre cuenta su historia, examina su presente y proyecta su futuro sin contar con los dioses, con Dios, con alguna forma de manifestación de lo divino. Lo divino eliminado como tal, borrado bajo el nombre familiar y conocido de Dios, aparece, múltiple, irreductible, ávido, hecho “ídolo”, en suma, de la historia. Pues la historia parece devorarnos con la misma insaciable avidez de los ídolos más remotos. El hombre está siendo reducido, allanado en su condición a simple humano, degradado bajo la categoría de la cantidad.

Reducir lo humano llevará consigo, inexorablemente, dejar sitio a lo divino, en esa forma en que se hace posible que lo divino se insinúe y aparezca como presencia y aún como ausencia que nos devora. La deificación que arrastra por fuerza la limitación humana –la impotencia de ser Dios– provoca, hace que lo divino se configure en ídolo insaciable, a través del cual el hombre –sin saberlo– devora su propia vida, destruye él mismo su existencia. Ante lo divino “verdadero”, el hombre se detiene, espera, inquiere, razona. Ante lo divino extraído de su propia sustancia, queda inerme. Porque es su propia impotencia de ser Dios la que se le presenta y representa, objetivamente, bajo un nombre que designa tan solo la realidad que él no puede eludir.



La ausencia, el vacío de Dios podemos sentirlo bajo la forma intelectual del ateísmo, y la angustia, la anonadadora irrealidad que envuelve al hombre cuando Dios ha muerto. Que no haya Dios, que nos dispongamos a pensar acerca de todas las cosas sin contar con Él, parece marcar la situación de la mente actual. Mas existe otra situación, y dentro de ese vivir sin Dios se distingue la simple aceptación casi inconsciente de ese ímpetu, de esa violencia, de esa otra esperanza que cifra el cumplimiento de lo humano, la promesa final de nuestra historia sobre la tierra a la desaparición total de la conciencia de Dios.
    Y aún… lo más inabordable: toda la desenfrenada provocación en que, sin conciencia o con ella, algunos hombres han apurado las posibilidades del mal, el reto a todos los temores últimos, llegando hasta la acción sin sentido ni justificación en que el hombre no es ya reconocible; desafíos realizados como un crimen que traspasa a las víctimas y que va dirigido contra esa instancia ultima de la conciencia antes ocupada por Dios, esa violencia pasiva, ese abandonarse automáticamente a cualquier instinto o “tentación”, si todo ese horror múltiple se produjera sobre un vacío y una anonadada conciencia que se dijera: “Puesto que Dios ha muerto”.



¿De dónde ha surgido tan tremenda pesadilla? Pues la religión para una conciencia irreligiosa ha de ser considerada como delirio, pesadilla sufrida en común. Que los dioses, que lo divino en sus diversas configuraciones se muera, que Dios haya muerto a manos del hombre, de los hombres. Y así, tenemos un proceso “sagrado” de destrucción de lo divino. Parece como si esta acción de negar a Dios naciera en un momento de querer volver a la situación primaria de la vida, a la situación en que el hombre no había recibido ninguna revelación, ni había él mismo descubierto a Dios; a la situación en que lo sagrado envolvía la vida humana.

El ateísmo niega matemáticamente la existencia de Dios, mas se refiere al Dios-idea, mientras que la destrucción de lo divino solamente se verifica en el abismo del Dios desconocido, atentando a lo que de irrevelado, de no descubierto hay bajo la idea de Dios. Y es, así, la acción sagrada y trágica entre todas, pues la tragedia solo tiene lugar bajo el dominio del Dios desconocido. La acción destructora de lo divino nace de una desesperación, de la necesidad.
   El vacío de Dios que deja sentir el ateísmo formalmente expresado, no es todavía la muerte de Dios. Mas la muerte de Dios no es su negación. Solo se entiende plenamente el “Dios ha muerto” cuando es el Dios del amor quien muere, pues solo muere en verdad lo que se ama. Y solo cuando Dios se hizo Dios del amor pudo morir por y entre los hombres de verdad. Y Dios no puede morir si no es a manos humanas.



Y es que el hombre necesita proyectar en lo divino, en una acción absoluta, el fondo oculto de sus acciones más secretas. La necesidad que exige matar a lo que se ama, y aún más, lo que se adora, es un afán de poderío con la avidez de absorber lo que oculta dentro. Se quiere heredar lo que se adora, liberándose al par de ello.
    Y así la destrucción de los dioses es una etapa cumplida en toda religión, que no la muerte de Dios. El hombre se ha alimentado de la destrucción de sus dioses, de cada uno de ellos gana en su medio o en su sustancia.

“Dios ha muerto” es la frase que Nietzsche enuncia y profetiza al par la tragedia de nuestra época. Para sentirlo así, es preciso creer en Él y aún más, amarlo. Pues solo el amor descubre la muerte; solo por el amor sabemos lo poco que sabemos de ella. Y en cuanto a Dios, el amor ha sido una fase tardía. Los primeros sentimientos que señalan la relación del hombre con un Dios revelado son el temor y aun el espanto.



“Dios ha muerto”, el grito de Nietzsche no es sino el grito de una conciencia cristiana. Aún para el no cristiano, este grito tendrá que ser aceptado como un momento límite de la condición humana.
   El crimen contra Dios es el crimen contra el amor. Quien dice “Dios ha muerto” participa al menos en su muerte, en el crimen. ¿No lo hará acaso movido por la esperanza de hundirse en Él, de identificarse abismándose, llevado por esa locura de amor que llega hasta el crimen cuando ya no se soporta más la diferencia con el amado, el abismo que aun en los amores entre iguales permanece siempre? Y profiere su grito “Dios ha muerto” esperando, quizá, absorber a Dios dentro de sí, comulgar en la muerte de un modo absoluto, que no haya más esa diferencia entre la vida divina y la nuestra. Desesperación de seguir soportando la inaccesibilidad de lo divino.


Dios puede morir; podemos matarlo… mas solo en nosotros, haciéndolo descender a nuestro infierno, a esas entrañas donde el amor germina; donde toda destrucción se vuelve en ansia de creación. Donde el amor padece la necesidad de engendrar y toda la sustancia acumulada se convierte en semilla. Nuestro infierno creador.


María Zambrano – El hombre y lo divino

domingo, 19 de abril de 2015

La filosofía separó la vida de la realidad (María Zambrano)



La poesía unida a la realidad es la historia. Pero, no es preciso decirlo así, no debiera serlo porque la realidad es poesía al mismo tiempo y al mismo tiempo, historia. El pensamiento, el riguroso pensamiento filosófico tradicional separó a ambas y casi las anuló reservándose para sí la realidad íntegra, para sustituirla en seguida por otra realidad, segura, ideal, estable y hecha a la medida del intelecto humano.

El hombre, todo hombre, ha sido racionalista con un racionalismo esencial, de base, de fundamento, que podía, inclusive, escindirse en teorías o «ismos» de enunciación opuesta. Mas, esta oposición no alteraba la medida, la proporción de verdad, seguridad y liberación que habían hecho de la confusa realidad virginal, de las oscuras y terribles pasiones, un mundo habitable, un orbe donde el hombre instalado ya casi naturalmente, se sentía con potencia para edificar y con humildad para contemplar lo edificado, con violencia para desprenderse de mucho y con amor para adherirse profundamente a algo.
         
Hoy este mundo se desploma. Nos ha tocado a nosotros, los vivientes de hoy, pero todavía más a los que atravesamos la difícil edad que pasa de la juventud y no alcanza la madurez, soportar este derrumbamiento; y digo «soportar» porque es el mínimo exigible y no me atrevo a expresar afirmativamente lo que late en el fondo de cada uno de nosotros. Porque no me atrevo a aceptar, sin más, el mandato, cuya voz de tantas maneras evitamos el oír: la voz que nos llama más allá del mero soportar este derrumbamiento para participar en la creación de lo que le siga. Porque algo forzosamente le ha de seguir.




Vemos un horizonte histórico cuando ya no estamos propiamente bajo su curva, cuando ya se ha congelado en algo escultórico, fundido en el hielo inmortal de toda muerte (allí donde acaban todas las confusiones, todas las disputas). Pero hay un instante peligroso y difícil en que podemos percibir el horizonte en unidad que nos deja y del que no acabamos de desprendernos por superstición e inercia, también por desamparo. Es el tiempo del desamparo, del triste desamparo humano de quien no siente su cabeza cubierta por un firmamento organizador. Tan sólo cúpulas, las falsas, mentirosas, cúpulas de la impostura.

¿Qué es lo que se va? De este horizonte de veinticuatro siglos de razón. ¿Qué es lo que nos deja o nos ha dejado ya? Muchas cosas; y lo que nos importa no son tanto las cosas de la cultura como la cultura misma; el horizonte y el suelo que la hizo posible. Y este horizonte fue el racionalismo.  
   Triunfó conquistándose la realidad indefinida definiéndola como ser; ser que es unidad, identidad consigo mismo, inmutabilidad residente más allá de las apariencias contradictorias del mundo sensible del movimiento; ser captable únicamente por una mirada intelectual que es «idea». Ser ideal, verdadero, en contraposición a la fluyente, movediza, confusa y dispersa heterogeneidad que es el encuentro primero de toda vida.
    
Fácilmente se comprende que todo ello significa una condena de la poesía. Y mientras tanto, de otro lado el poeta seguía su vía de desgarramiento, crucificado en las apariencias, en las adoradas apariencias, de las que no sabe ni quiere desprenderse, apegado a su mundo sensible: al tiempo, al cambio y a las cosas que más cambian, cual son los sentimientos y pasiones humanas, a lo irracional sin medida, íbamos a decir sin remedio, porque esto es sin remedio ni curación posible.



La Filosofía fue además curación, consuelo y remedio de la melancolía inmensa del vivir entre fantasmas, sombras y espejismos. Pero la poesía no quiso curarse, no aceptó remedio ni consuelo ante la melancolía  irremediable del tiempo, ante la tragedia del amor inalcanzado, ante la muerte. Más leal tal vez en esto que la filosofía, no quiso aceptar consuelo alguno y escarbó, escarbó en el misterio. Su única cura estaba en la contemplación de la propia herida y, tal vez, en herirse más y más.
     Aun otra cosa, muy decisiva: el pensamiento filosófico se presentó a sí mismo como desinteresado. Y mientras, el poeta vagaba entregado a la confusión de sus ensueños, ajeno en su poesía al establecimiento y afirmación del poder; tomaba el mundo tal y como se lo encontraba, sin pretender ejercer sobre él reforma alguna, porque su atención iba hacia lo que no puede reformarse, y porque sobre el fracaso que implica toda vida humana, reacciona aceptándolo, y más: hundiéndose en él.

Y con esto, hemos tocado el punto más íntimo y delicado de la divergencia -que muchas veces ha sido enemistad- entre filosofía y pensamiento, entendiendo por filosofía esta del racionalismo tradicional: la diferencia frente al hecho del humano fracaso. Porque, toda vida humana es en su fondo una vida que se encuentra ante el fracaso, sin que el reconocer esto lleve por el momento ninguna calificación de pesimismo, pues quizá sea la previa condición para no llegar a él. Pertenece a la contextura esencial de la vida el serse insuficiente, el verse incompleta, el estar siempre en déficit. De no ser así, nada se haría ni se hubiera hecho. Y hay muchas maneras de salvar este fracaso; hay la manera apresurada e ingenua que pretende llenar de «cosas», de éxitos, este vacío, como el que quiere cubrir un abismo y el abismo se traga todo lo que se echa en él y siempre sigue ahí con su boca abierta, ávido y siempre necesitado de más.
         
Ante este fracaso originario, la poesía no toma conscientemente posición alguna, no se hace problema y aquí está la divergencia porque la filosofía es problema ante todo. Para la poesía nada es problemático sino misterioso. La poesía no se pregunta ni toma determinaciones, sino que se abraza al fracaso, se hunde en él y hasta se identifica con él. No pretende resolverlo, porque no le interesa actuar; su único actuar es su decir y su decir es una momentánea liberación en que el grado de libertad es el mínimo, pues vuelve a caer en aquello de que se ha liberado. Poesía es siempre retorno; subir para caer de nuevo; por esto hay quien ha visto solamente el instante en que cae y la identifica con la caída, porque no ve ni su vuelo ni su morosa reiteración que es causa de su eterno retorno. Retorno que nos dice que la realidad para el poeta es inagotable, como para todo amante.




Pero, quedaba otra cosa, un saber acerca de lo temporal denominado historia, saber de lo temporal, del acontecimiento contingente que esclaviza, del dato cierto del que no cabe liberación; saber de este mundo sin trasmundo posible, ni vuelo. Oscilante entre el saber y la ignorancia, entre el poder y el desinterés, llena de consideraciones concretas y rebasando lo concreto a cada paso. Mientras ha durado el amplio racionalismo de que hablamos, la historia no ha alcanzado categoría de saber con plenitud. «Semiciencia» y «semiarte», razonable y sin ser plenamente racional. No se había hecho sino asimilar imperialmente la historia. La razón había subido a su más alto punto y con ello había llegado justamente a su límite, a su dintel. Más allá no podría proseguir.
          
Lo que queda claro es que adentrándose en el ámbito de la razón, la historia subió de rango, se relacionó íntimamente con el saber esencial; mas no se encontró consigo misma. Ha sido necesario que a la razón la sustituya la vida, que aparezca la comprensión de la vida, para que la historia tenga independencia y rango, tenga plenitud. La vida misma del hombre es historia, toda vida está en la historia por lo pronto, sin que sepamos si ha de salir de ella. Antes se creía que sólo algunas vidas alcanzaban lo histórico; hoy sabemos que toda vida es, por lo pronto, histórica. La irracionalidad profunda de la vida que es su temporalidad y su individualidad, el que la vida se dé en personas singulares, inconfundibles e incanjeables, es el punto de partida dramático de la actual filosofía que ha renunciado así, humildemente, a su imperialismo racionalista.


María Zambrano – La Crisis del racionalismo europeo



viernes, 14 de marzo de 2014

El Amor trasciende siempre (María Zambrano)




Una de las indigencias de nuestros días es la que al amor se refiere. No es que no exista, sino que su existencia no halla lugar, acogida en la propia mente de quien es visitado por él. En el limitado espacio que en apariencia la mente de hoy abre a toda realidad, el amor tropieza con barreras infinitas. Y ha de justificarse y dar razones sin término, y ha de resignarse por fin a ser confundido con la multitud de los sentimientos, o de los instintos, o ser tratado como una enfermedad secreta, de la que habría que liberarse. La libertad, todas las libertades no parecen haberle servido de nada; la libertad de conciencia menos que ninguna, pues a medida que el hombre ha creído que su ser consistía en la conciencia y nada más, el amor se ha ido encontrando sin espacio vital donde alentar, como pájaro asfixiado en el vacío de una libertad negativa.

Vida en la negación, es la que se vive en la ausencia del amor. Cuando el amor se retira, no parece perderse nada de momento, y aún parecen emerger con más fuerza y claridad cosas como los derechos del hombre independiente. Al amor de nada le sirve aparecer bajo la forma de una arrebatadora pasión, para dejarlo convertido en un suceso, en el ejercicio de un humano derecho y nada más. En un episodio de la necesidad y de la justicia.

La ausencia del amor no consiste en que no aparezca en episodios, en pasiones, sino en su confinamiento en esos estrechos límites de la pasión individual descalificada en hecho, en raro acontecer. El amor está siendo juzgado por una conciencia donde no hay lugar para él, ante una razón que se le ha negado. Está como enterrado vivo, viviente, pero sin fuerza creadora. El amor no tiene espacio para su trascender cuando la vida humana le ha rechazado en ese movimiento de querer librarse de lo divino, al mismo tiempo que quiere absorberlo dentro de sí, que es una forma de querer librarse de ello. Y entonces no queda espacio para el trascender del amor, puente sin orillas en que tenderse. No tiene nada entre que mediar, realidad e irrealidad, ser y no ser, lo que ya es con el futuro sin término. La pretendida divinización total del hombre y de la historia produce la misma asfixia que debió haber cuando, en tiempos remotos, el hombre no lograba un lugar bajo el espacio lleno de Dioses, semidioses, de demonios. Tampoco entonces existía el amor.



El amor trasciende siempre. Abre el futuro, esa apertura sin límite, a otra vida que se nos aparece como la vida de verdad. El amor es el agente de destrucción más poderoso, porque al descubrir la inanidad de su objeto, deja libre un vacío, una nada aterradora al principio de ser percibida. Es el abismo en que se hunde no solo lo amado, sino la propia vida, la realidad misma del que ama. Es el amor el que descubre el no-ser y aún la nada. El Dios creador creó al mundo de la nada por amor. Y todo el que lleva en sí una brizna de este amor descubre algún día el vacío de las cosas, porque toda cosa y ser aspira a más de lo que realmente es. Y el que ama queda prendido en esta realidad no lograda.

Y así, el amor hace transitar, ir y venir entre las zonas antagónicas de la realidad, se adentra en ella y descubre su no-ser, sus infiernos. Descubre el ser y el no-ser, porque aspira a ir más allá del ser, de todo proyecto.
   Mas no existe engaño alguno en el amor, pues aquello que se ha amado, lo que en verdad se amaba, cuando se amaba, es verdad. Es la verdad, aunque no esté enteramente realizada y a salvo: la verdad que espera en el futuro. Pues el amor que integra la persona, la conduce a su entrega; exige hacer del propio ser una ofrenda, un sacrificio. Y este abatimiento que hay en el centro mismo del sacrificio anticipa la muerte. El que de veras ama, aprende a morir. Es un verdadero aprendizaje para la muerte.



El amor aparecerá ante la mirada del mundo como amor-pasión. Pero esas pasiones serán los episodios de su gran historia semiescondida. Estaciones necesarias para que pueda dar el amor su fruto último, para que pueda actuar como fuego que depura y como conocimiento; un conocimiento inexpresable. No es más valedero el amor que se expresa directamente, el que arrebata en un episodio. La acción del amor, se carácter de agente de lo divino en el hombre, se conoce sobre todo en ese afinamiento del ser que lo sufre y lo soporta. Y aún en un desplazamiento del centro de gravedad, que se ha trasladado a la persona amada, y cuando la pasión desaparece, quedará ese movimiento, el más difícil de estar “fuera de sí”. Vivir fuera de sí, por estar más allá de sí mismo.

Vivir dispuesto al vuelo, es el futuro inimaginable, el inalcanzable futuro de esa promesa de vida verdadera que el amor insinúa en quien lo siente. El futuro que consuela del presente haciendo descreer de él, de donde brota la creación, lo no previsto. Ese fuego sin fin que alienta en el secreto de toda vida. Lo que unifica con el vuelo de su trascender vida y muerte, como simples momentos de un amor que renace siempre de sí mismo. Lo más escondido del abismo de la divinidad. Lo inaccesible que desciende a toda hora.


María Zambrano – Dos fragmentos sobre el Amor (Andalucía, sueño y realidad)


jueves, 6 de marzo de 2014

María Zambrano comentando la Mística de San Juan de la Cruz

Lo que sucede en el alma del místico es sencillamente un abandono de la vida; el místico no puede seguir viviendo, su única salida al parecer consiste en atravesar los umbrales de la vida. Porque si el místico no puede seguir en la vida no es por algo que le ocurra especialmente, sino por algo embebido en la vida misma, por una situación existencial; en definitiva, por nada que le advenga de fuera, sino por un acontecer de su vida misma; no por algo, sino por nada y por todo.



El místico no quiere conocer sino que quiere ser. El alma de quien se hace místico no puede proseguir en la naturaleza, ni tampoco en el conocimiento, ni tampoco en la poesía. Ni puede con el poder, ni le vale el conocer, ni se sostiene en el sentir. Es como si le faltase una parte de sí mismo, algo que no le permite asentarse en ninguna cosa y, al no hallarlo, se siente sin analogía en el mundo donde busca.
   Lo primero que se echa de ver en el místico es una soledad sin compañía posible. Lo que el místico busca es salir de esa soledad, atravesando como la crisálida su cárcel. El alma humana del místico solo ha de hallar remedio en devorar su propia cárcel, su propia alma. Su desaforado amor por el “todo” proviene de que ninguna cosa le trae mensaje alguno, de que la comunicación normal con los seres y las cosas que pureblan el mundo se ha hecho imposible y el alma ha quedado sola, recluida. Del pozo de su soledad ha de salir, aunque le cueste el no ser cuando ya haya salido.

Y así vemos que el místico ha realizado toda una revolución, se ha enajenado por entero; ha realizado la más fecunda destrucción, que es la destrucción de sí mismo, para que en este vacío venga a habitar por entero otro; ha puesto en suspenso su propia existencia para que este otro se resuelva a existir en él.

El alma no es sino el conjunto de resortes que puedan usarse en otro sentido de cómo nos han sido dados. Tal y como encontramos nuestra alma no corre hacia nada; sin el fuego del amor su movimiento sería circular, no tendría camino. Para que encuentre camino es preciso suspenderla, arrebatarla por el fuego. Y este fuego comienza con una acción disociadora, disociación que no destruye, que se limita a producir una indeterminación parecida al caos. La aniquilación anímica se cumple, mas no para quedarse en la moral, que no es sino una norma externa para regular sus funciones. Pero el amor, la voracidad del místico no la necesita para lo que anda buscando.



Consumido lo psíquico, consumido también la moral, el alma del místico se queda vacía, es oscuridad y en silencio. Solo vive la voracidad amorosa, que puede ya salir “sin ser notada”. ¿Adónde sale? Parece que solo la muerte sería el término de esta vida, pero no es así. Aunque parezca imposible, existe un medio entre la vida y la muerte. Se puede haber dejado de vivir sin haber caído en la muerte. Pero eso no es la nada, el vacío que aguarda al alma a su salida; ni la muerte, sino la poesía donde se encuentran en entera presencia todas las cosas. Todo, todo está presente con una fragancia como recién salido de manos del Creador.
  
Y una tan clara mística forzosamente tenía que venir a dar en una realidad perfecta de amor y conocimiento. Unidad que no lleva otro nombre tradicionalmente que el de objetividad. Perfecta objetividad del amor, que lo es también de la poesía, pues no hay poesía mientras algo no quede en las entrañas dibujado. También la idea, el concepto, el conocimiento, cuando logra objetividad, es un dibujarse el ser; mas no en las entrañas sino en la mente. La interioridad más oscura y profunda ya no existe sino como el lugar donde queda dibujado por si mirada –por su luz– el objeto… los ojos, que son lo más espiritual y lo más personal a la vez que miran, cuando son los deseados, hasta las entrañas mismas, donde quedan impresos. Es el cumplimiento de la objetividad, que no es posible sin el amor.

¿Es de extrañar que el amor haya preferido casi siempre el derrotero poético al filosófico? Seguir por el escueto, escarpado camino de la filosofía, llevado solo por el amor, lo han podido realizar únicamente los místicos de la razón (Spinoza), lo que creyeron que la razón era el fondo íntimo de todo; los que encubrieron su remota creencia en la divinidad bajo la forma racional. (El místico) San Juan de la Cruz, más cerca de la vida, la encontró luego transformada en poesía. La finalidad: convertir al alma en cristal de roca; como él invulnerable, como él transparente. No llama a la muerte, apenas la nombra ni la siente barrera de su amor. La vida, al ser reducida, apenas le es un obstáculo. Más afortunado con la unidad que los filósofos, logra transformarse en la figura que adoran; logra encarnar en suma, la objetividad.

¿Cuál fue la hora y este amor tan sin reservas, este fuego del que trasciende la luz?: una transparencia humana que permite la objetividad y un fuego, una voracidad amorosa que la fuerza a entregarse. Violencia empleada en perseguir “la presencia y la figura”, entrega del alma sostenida por el ánimo.
  
San Juan de la Cruz sale de la vida de España, de la de Castilla, y acaso cuesta trabajo reconocerlo por su transparente universalidad. Hay que atravesar la transparencia de esa universalidad para llegar a la raíz misma de donde saliera; hay que recorrer el mismo camino que en su trascender de todo (“toda ciencia trascendiendo”) recorriera, para tocar la necesidad que queda bajo su alto vuelo, la necesidad de su libertad, la sustancia donde prendiera esta llama que después parece haberla consumido enteramente. La existencia de San Juan es un no existir; su ser es al fin haber logrado no-ser.

La palabra es la luz de la sangre.


María Zambrano – Andalucía, sueño y realidad



Coplas hechas sobre un éxtasis de harta contemplación


Entréme donde no supe:
y quedéme no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.

Yo no supe dónde estaba,
pero, cuando allí me vi,
sin saber dónde me estaba,
grandes cosas entendí;
no diré lo que sentí,
que me quedé no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.

De paz y de piedad
era la ciencia perfecta,
en profunda soledad
entendida, vía recta;
era cosa tan secreta,
que me quedé balbuciendo,
toda ciencia trascendiendo.

Estaba tan embebido,
tan absorto y ajenado,
que se quedó mi sentido
de todo sentir privado,
y el espíritu dotado
de un entender no entendiendo.
toda ciencia trascendiendo.

El que allí llega de vero
de sí mismo desfallece;
cuanto sabía primero
mucho bajo le parece,
y su ciencia tanto crece,
que se queda no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.

Cuanto más alto se sube,
tanto menos se entendía,
que es la tenebrosa nube
que a la noche esclarecía:
por eso quien la sabía
queda siempre no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.

Este saber no sabiendo
es de tan alto poder,
que los sabios arguyendo
jamás le pueden vencer;
que no llega su saber
a no entender entendiendo,
toda ciencia trascendiendo.

Y es de tan alta excelencia
aqueste sumo saber,
que no hay facultad ni ciencia
que la puedan emprender;
quien se supiere vencer
con un no saber sabiendo,
irá siempre trascendiendo.

Y, si lo queréis oír,
consiste esta suma ciencia
en un subido sentir
de la divinal esencia;
es obra de su clemencia
hacer quedar no entendiendo,
toda ciencia trascendiendo.




 



martes, 12 de junio de 2012

Ganarse el ser a través de la Vida (María Zambrano)




Cada día que pasa sumergiéndome más en el pensamiento de María Zambrano crece mi admiración por ella. Una mente lúcida que no deja escapar nada de sí misma que deba ser analizado, iluminado con su perspectiva única. Amor, muerte, vida, verdad, libertad, realidad... están continuamente unidos, separados, revitalizados en un armonioso acorde para ofrecerlos a la humanidad debidamente digeridos, para que nada de ello se pierda y se confunda. En fin, no exagero al considerar su obra como lo mejor que ha dado a la posteridad el siglo XX.


Se puede morir… en la muerte de lo que se ama y en la soledad que produce la total incomprensión, la ausencia de posibilidad de comunicarse, cuando a nadie le podemos contar nuestra historia.

Y ya sé que el “otro”, el prójimo esta solo en su fondo como yo, y tampoco puede valerse. Todos están solos, cada uno está solo. No tendré pues enemigo, ni creeré que alguien me ama especialmente, ni menos lo desearé.

Viviendo desde la verdad, de no ser, de no ser apenas nada. Desde la verdad; esto es ser pobre.

Mas el amor, ¿acaso la imagen que el amor crea es la verdadera? ¿acaso hay imagen verdadera adecuada a la persona?... Y sin embargo, no hay amor que no cree una imagen, que no se alimente de ella y no se dé, al mismo tiempo, como en sacrificio.

Y si el amor va a ser compartido, vivido, hay que soportar la vida de lo que se ama.

¿No habría de existir un género de amor que no tropezara con la resistencia de lo amado; un amor en el cual, entender o querer entender se acreciente con el amor mismo y lleguen a ser la misma cosa, entender y amar, amar y entender?

Vivir es errar, andar a la deriva tras ese “único” que nos persigue sin tregua, en el seno sin fin de esa realidad que no nos deja, que tampoco permite que nos hundamos en ella, resistencia última que nos obliga a salir, a sostenernos.

El andaluz dice en coplas su metafísica de la soledad, de la angustia, de la libertad.



Tolerancia moderna no basta, tolerarse es soportarse y, aunque ya es algo, no es creador ni caritativo.

Quien piensa se clarifica, se pone de manifiesto ante sí mismo, entra en sí, al mirarse, buscando su unidad.

El pensamiento tiene, siempre, una función medicinal. Medicina a veces amarga que la poesía endulza, aunque no sea mas que por ir mezclado con algo de delirio. La poesía es un orden del delirio.

Pues vivir humanamente debe ser ir sacando a la luz el sentir, el principio oscuro y confuso, ir llevando el sentir a la inteligencia.

Porque todo despertar es olvido; el que despierta necesita del olvido para volver a tomar el hilo en la hora siguiente.

El amor debe ser… acercarse cogidos de la mano a las puertas del jardín amurallado, y solo entreabierto, un instante en que se rebosa de certidumbre.

Porque para vernos hemos de salir fuera, para oír hundirnos más adentro, allá en el “fondo del alma”, que dicen los místicos, allí se recibe la música y de allí nace esa comunicación profunda, ese tiempo, “el mismo”, que roza la identidad y surge un instante de vida verdadera.

¿Y por qué estudia usted filosofía? Porque tengo que morir, y no podré hacerlo sin haber visto y sin haberme visto: porque no podré morir sin haber vivido la verdad.

Pues la escala musical lo prescribe: “Dia pas on”. Hay que pasar por todo, hay que pasar por los infiernos de la vida para llegar a escuchar los números (la música) de la propia alma.

Porque para mí, el hacerme otro, rompiendo la unidad y la continuidad de mi vida, es dejar de ser el que soy, es sencillamente dejar de ser. Y esto no; ¡todo antes que esto!

No basta pensar, hay que sentir nuestro destino.

La bondad es la mejor fuente de la clarividencia espiritual.

¡Eternidad, eternidad! Este es el anhelo, la sed de eternidad es lo que se llama amor entre los hombres; y quien a otro ama es que quiere eternizarse en él. Lo que no es eterno tampoco es real.

¡Ser, ser siempre, ser sin término, sed y ser, sed de ser más! ¡hambre de Dios! ¡sed de amor eternizante y eterno! ¡Ser siempre!, ¡Ser Dios!

Es el desenfrenado amor a la vida, el amor que la quiere inacabable, lo que nos suele empujar al ansia de la muerte.

No quiero morirme, no, no quiero ni quiero quererlo; quiero vivir siempre.

¿Y quién eres tú?, me preguntas… ¡para el Universo nada, para mí, todo!

El terrible peligro está… en querer creer con la razón y no con la vida. Y es que en rigor la razón es enemiga de la vida.

Por mi parte no quiero poner paz entre mi corazón y mi cabeza, entre mi fe y mi razón; quiero más bien que se peleen entre sí.

Sí, si existiera el Dios garantizador de nuestra inmortalidad personal, entonces existiríamos nosotros de veras. ¡Y si no, no!

Con razón, sin razón o con ella, no me da la gana de morirme. Y cuando al fin me muera, si es del todo, no me habré muerto yo, esto es, no me habré dejado morir, sino que me habrá matado el destino humano. Como no llegue a perder la cabeza, o mejor aún que la cabeza el corazón, yo no dimito de la vida, se me destituirá de ella.

El amor es un contrasentido si no hay Dios.

El misterio del amor, que lo es del dolor, tiene una forma misteriosa, que es el tiempo.

Lo que en rigor anhelamos para después de la muerte es seguir viviendo esta vida, esta misma vida mortal, pero sin sus males, sin el tedio y sin la muerte.



¿Qué es de mí, de este pobre yo frágil, de este yo esclavo del tiempo y del espacio, de este yo que la razón me dice ser un mero accidente pasajero, pero por salvar al cual, vivo y sufro y espero y creo?

Ha de ser nuestro mayor esfuerzo el de hacernos insustituibles.

El que ama al prójimo le quema el corazón, y el corazón, como la leña fresca, cuando se quema, gime y destila lágrimas.

Lo malo del dolor se cura con más dolor, con más alto dolor. No hay que darse opio, sino vinagre y sal en la herida del alma.

Hay que saber ponerse en ridículo, y no solo ante los demás, sino ante nosotros mismos.

La suprema necesidad humana es la de no morir.

¿Y qué hacer con mi propio ser cuando me sale al encuentro?

La persona vive en soledad y, por lo mismo, a mayor intensidad de vida personal, mayor es el anhelo de abrirse y aún de vaciarse en algo; es lo que se llama amor.

Convivimos con el tiempo, dentro de él. El tiempo pasa y queda… el futuro lo sentimos llegar. Mas entonces sentimos la muerte llegar ocupando todo el hueco del futuro.

La poesía unida a la realidad es la historia.

El amor es ante todo, y más allá de todo, un pensamiento de amor… El pensamiento de amor, solo con este pensamiento se podría vivir, lo que decir quiere que este pensamiento tomaría toda la vida.

Pero las ideas no son sino hijas del amor, y en cierto modo, del fracaso del amor. Nunca serían concebidas sin él, porque es el amor mismo o conato del ser por superar su propia limitación, quien las proyecta sobre la nada.

La mujer es el anverso del ser, un más allá del ser, un absoluto impensable, la antesala de la verdad ultima, de lo divino, alcanzado por el pensamiento en la metafísica.

La mujer pide enigmáticamente al hombre que la siga, que se niegue trascendiéndose, y aún abismándose.

María Zambrano 


viernes, 18 de mayo de 2012

María Zambrano comentando a Jorge Manrique



“La Muerte Callada”

«Todo ha de pasar por tal manera», todo ha de pasar por la muerte y a este saber hemos de despertar recordándolo, «recuerde el alma adormida». Adormida, con esta sola palabra nombra nuestro poeta a ese estado del alma que es la esperanza... La esperanza de perduración, el agarrarse a las cosas que transcurren en el tiempo, es soñar un sueño que es olvido. Todo el movimiento de las Coplas nos da la imagen del manso, insensible fluir en que van las cosas en que va nuestra propia vida y tan lento es el fluir, tan sosegado el cambio, que nos permite soñar en el olvido. Olvidando que pasan nos adormimos y hay que despertar. «Avive el seso y despierte, contemplando», pues hay que estar muy despierto para percibir este insensible fluir que al final acaba con todo. La muerte es ese final lento y callado.
         

«La muerte callada» es un motivo esencial del estoicismo. El estoico rehuye la tragedia y ve la muerte llegar con paso callado, con el mismo paso callado del tiempo. La vida va a dar en la muerte naturalmente; el estoico no ve tampoco en la muerte nada sobrenatural. Ni tragedia ni misterio; la muerte es algo de la naturaleza y a ello hay que acomodarse. La imagen natural de la vida, así nos lo dice. Imagen clásica que veremos aparecer y reaparecer sin cansancio en nuestra literatura. «Nuestras vidas son los ríos - que van a dar a la mar - que es el morir». Con la misma dulzura del agua perdiéndose en el agua, ve la muerte el poeta estoico, lluvia cayendo en el lago, río en la mar, naturalmente, y por ello, irremediablemente. Es la naturaleza igualatoria, el reintegrarse de todas las diferencias, el borrarse de las distancias. Las acciones de la vida en su trascendencia que es la fama, también pasan «aunque esta vida de honor - tampoco no es eternal - ni verdadera».
         

La eternidad no aparece a pesar de su declarado cristianismo, declarado sobre todo en las estrofas finales del largo poema, en que la muerte se presenta al caballero prometiéndole la eternidad, eternidad que es ciertamente sólo eternidad; quietud, aplacamiento, reposo. No es ciertamente la perduración de la vida individual y personal de acá abajo, no es su salvación, la resurrección de la carne, la que aparece como a su esperanza cristiana le está permitido y aún encomendado. A pesar de sus imprecaciones a Cristo, la idea natural, naturalista, de la muerte, es la que se manifiesta.


Y es preciso decirlo, si las Coplas de Jorge Manrique han quedado impresas en la memoria del español, dibujadas en las entrañas de su ser, es lo cierto que constituye el punto más problemático quizá de nuestra vida, lo más agudo y verdaderamente discutido de las cuestiones. Porque no todos quieren el morir tan callando». Y el desesperado ibérico que arroja la bomba, el hondero de dinamita, el que se lanza a la desesperada, «a lo que sea», no quiere morir callando. Este «a lo que sea» es lo que sea con tal de no «morir tan callando». Y es en verdad contra este sentido de la muerte como algo natural, contra lo que se ha revelado el español cuando se ha hecho revolucionario. Las revoluciones cuando tienen sentido, se logren o no, no suelen ir motivadas por lo que con más facilidad se dice. Son más claros los hechos que las palabras, a pesar de la prodigalidad con que se desarrolla la oratoria en las revoluciones.
   

Pero no es la oratoria demagógica la más afortunada que digamos, para revelar la intima motivación revolucionaria, y lo más común es que aquello contra lo que se levanta el revolucionario, sea algo en apariencia muy alejado. Y claro que ha de ser así, pues la rebeldía ha de ser contra algo muy persistente, contra algo que haya constituido categoría dentro de la vida, pues si no sería desproporcionado y pueril, mejor dicho: no sería. Si antes ya vimos que el estoicismo es la actitud del hombre que vive una crisis histórica y no llega jamás a transformarla en revolución, ahora lo vemos comprobado. El estoico no puede jamás llegar a la revolución por muchos motivos, quizá por uno solo: porque el estoicismo sea en sí mismo eso: un modo de afrontar la crisis sin llegar nunca a la revolución. En todo caso sea o no sea su raíz, el resultado es que nunca podrá llegar. El obstáculo más decisivo es éste entre todos: el sentir la muerte como algo natural, término adecuado de la vida. «Nuestras vidas son los ríos»...
         

El ascetismo del estoico ha resultado mucho más grave que el ascetismo cristiano del Kempis, porque ha renunciado a la vida personal, aunque no lo advierta, entregado a la idea natural de la muerte; se ha quedado todavía con menos que el asceta, que en medio del yermo sueña con la resurrección de la carne y la vida perdurable. Su reducción ha consumido dos vidas: la temporal de la carne y la histórica o de la fama. Todo se desvanece: los grandes hechos de guerra, las conquistas a los moros... tan sólo queda la memoria consoladora, la paz del recuerdo, pozo del tiempo... «Y aunque la vida murió - nos dejó harto consuelo - su memoria».

María Zambrano – Pensamiento y Poesía en la Vida Española






Jorge Manrique - Coplas por la muerte de su padre


  Recuerde el alma dormida,         
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte              5
tan callando,
cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parecer,             10
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.

  Pues si vemos lo presente
cómo en un punto se es ido
y acabado,                           15
si juzgamos sabiamente,
daremos lo no venido
por pasado.
No se engañe nadie, no,
pensando que ha de durar             20
lo que espera,
más que duró lo que vio
porque todo ha de pasar
por tal manera.

  Nuestras vidas son los ríos        25
que van a dar en la mar,
que es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
y consumir;                          30
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos,
y llegados, son iguales
los que viven por sus manos          35
y los ricos.

Invocación:

  Dejo las invocaciones
de los famosos poetas
y oradores;
no curo de sus ficciones,            40
que traen yerbas secretas
sus sabores;
A aquél sólo me encomiendo,
aquél sólo invoco yo
de verdad,                           45
que en este mundo viviendo
el mundo no conoció
su deidad.

  Este mundo es el camino
para el otro, que es morada          50
sin pesar;
mas cumple tener buen tino
para andar esta jornada
sin errar.
Partimos cuando nacemos,             55
andamos mientras vivimos,
y llegamos
al tiempo que fenecemos;
así que cuando morimos
descansamos.                         60

  Este mundo bueno fue
si bien usáramos de él
como debemos,
porque, según nuestra fe,
es para ganar aquél                  65
que atendemos.
Aun aquel hijo de Dios,
para subirnos al cielo
descendió
a nacer acá entre nos,               70
y a vivir en este suelo
do murió.

  Ved de cuán poco valor
son las cosas tras que andamos
y corremos,                          75
que en este mundo traidor,
aun primero que muramos
las perdamos:
de ellas deshace la edad,
de ellas casos desastrados           80
que acaecen,
de ellas, por su calidad,
en los más altos estados
desfallecen.

  Decidme: la hermosura,             85
la gentil frescura y tez
de la cara,
el color y la blancura,
cuando viene la vejez,
¿cuál se para?                       90
Las mañas y ligereza
y la fuerza corporal
de juventud,
todo se torna graveza
cuando llega al arrabal              95
de senectud.

  Pues la sangre de los godos,
y el linaje y la nobleza
tan crecida,
¡por cuántas vías y modos            100
se pierde su gran alteza            
en esta vida!
Unos, por poco valer,
¡por cuán bajos y abatidos
que los tienen!                      105
otros que, por no tener,            
con oficios no debidos
se mantienen.

  Los estados y riqueza
que nos dejan a deshora,             110
¿quién lo duda?                 
no les pidamos firmeza,
pues son de una señora
que se muda.
Que bienes son de Fortuna            115
que revuelven con su rueda          
presurosa,
la cual no puede ser una
ni estar estable ni queda
en una cosa.                         120

  Pero digo que acompañen             
y lleguen hasta la huesa
con su dueño:
por eso nos engañen,
pues se va la vida apriesa           125
como sueño;                     
y los deleites de acá
son, en que nos deleitamos,
temporales,
y los tormentos de allá,             130
que por ellos esperamos,             
eternales.

  Los placeres y dulzores
de esta vida trabajada
que tenemos,                         135
no son sino corredores,              
y la muerte, la celada
en que caemos.
No mirando nuestro daño,
corremos a rienda suelta             140
sin parar;                      
desque vemos el engaño
y queremos dar la vuelta,
no hay lugar.

  Si fuese en nuestro poder          145
hacer la cara hermosa               
corporal,
como podemos hacer
el alma tan glorïosa,
angelical,                           150
¡qué diligencia tan viva            
tuviéramos toda hora,
y tan presta,
en componer la cativa,
dejándonos la señora                 155
descompuesta!                   

  Esos reyes poderosos
que vemos por escrituras
ya pasadas,
por casos tristes, llorosos,         160
fueron sus buenas venturas          
trastornadas;
así que no hay cosa fuerte,
que a papas y emperadores
y prelados,                          165
así los trata la muerte             
como a los pobres pastores
de ganados.

El vivir que es perdurable
no se gana con estados
mundanales,
ni con vida deleitable
en que moran los pecados             425
infernales;
mas los buenos religiosos
gánanlo con oraciones
y con lloros;
los caballeros famosos,              430
con trabajos y aflicciones
contra moros.

  Y pues vos, claro varón,
tanta sangre derramasteis
de paganos,                          435
esperad el galardón
que en este mundo ganasteis
por las manos;
y con esta confianza
y con la fe tan entera               440
que tenéis,
partid con buena esperanza,
que esta otra vida tercera
ganaréis.»

  «No tengamos tiempo ya             445
en esta vida mezquina
por tal modo,
que mi voluntad está
conforme con la divina
para todo;                           450
y consiento en mi morir
con voluntad placentera,
clara y pura,
que querer hombre vivir
cuando Dios quiere que muera         455
es locura.

Oración:

  Tú, que por nuestra maldad,
tomaste forma servil
y bajo nombre;
tú, que a tu divinidad               460
juntaste cosa tan vil
como es el hombre;
tú, que tan grandes tormentos
sufriste sin resistencia
en tu persona,                       465
no por mis merecimientos,
mas por tu sola clemencia
me perdona.»

Fin:

  Así, con tal entender,
todos sentidos humanos               470
conservados,
cercado de su mujer
y de sus hijos y hermanos
y criados,
dio el alma a quien se la dio        475
(en cual la dio en el cielo
en su gloria),
que aunque la vida perdió
dejónos harto consuelo
su memoria.                          480