Saber es mucho más que conocer,
"saber" es "amar mucho".
Cuando uno comparte lo que sabe,
es decir, lo que uno ama,
no lo debilita ni lo hace disminuir.
El saber que brota y es fuente de amor
se expande tanto más
cuanto más se comparte,
se afianza cuanto más se extiende.
Es el amor el saber más auténtico,
la más divina de las sabidurías.
La sabiduría lo vuelve todo mágico.
La "magia" verdadera no es truco de ilusionismo
sino un estado de conciencia,
un modo de ver, acercarse, tocar y transformarlo todo
como para hacer titilar las pupilas de un niño.
Los niños saben muy pocas cosas
pero su alma está recubierta con los visillos de la Sabiduría.
El sabio sabe, en realidad, muy poco:
sabe ver cuando mira y oír cuando escucha.
Por eso está abierto y disponible para aprenderlo todo,
de nuevo.
El sabio no necesita hablar
para compartir lo que sabe:
todo él es una revelación permanente
de un saber "de otra manera".
El sabio no añade más palabras o ideas
sino silencio entre las palabras y las ideas
para que así el "conocer"
se transforme en "amar".
El sabio es la forma material y limitada
en la que se encarna una Sabiduría ilimitada.
Todos los corazones "sabios" tienden a unirse
formando un único territorio
en el que los latidos se multiplican,
como uno solo,
para que también puedan oírlo las estrellas.
José María Toro - Educar con " Co-Razón"
