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miércoles, 8 de noviembre de 2017

La hierba crece de noche (José L. Martín Descalzo)



La hierba –como todas las cosas grandes e importantes del mundo– crece de noche, en silencio, sin que nadie la vea crecer porque bondad y bien empalman con silencio, así como la estupidez va siempre acompañada del brillo y del estrépito.

La gran peste de este mundo contemporáneo es que en él solo se conceden altavoces a los necios. Si usted “solo” ama, “solo” trabaja, “solo” piensa y estudia, “solo” trata de ser honesto, ya puede matarse a hacer todas esas cosas tan poco importantes, que jamás saldrá en la primera página. Cualquier criminal será más importante que usted. Y así es como los hombres de hoy estamos condenados a ver perpetuamente la realidad a través de un espejo deformante.
   Henos aquí en un mundo superinformado que informa de todo menos de lo fundamental. Henos aquí en un tiempo en que nunca sabremos si los hombres aman, esperan, trabajan y construyen, pero en el que se nos contará con todo detalle el día que un hombre muerda a un perro.



Presiento que aquí está una de las claves del hombre contemporáneo: solo vemos el mal, solo parece triunfar la estupidez. Esto último no es culpa de la prensa: desde que el mundo es mundo, los tontos han hacho siempre mucho ruido. Y así como 100 violentos son capaces de traer en jaque a 30 millones de pacíficos, una docena de infradesarrollados son capaces de poner patas arriba todo lo que los mejores hombres lograron construir a lo largo de los siglos. Frente a ello solo nos queda la sonrisa, reírse un poco de la condición humana y de esa ancha zona de tontería que todos llevamos dentro de nuestra propia alma. Sonreír, mirarnos al espejo, sacarle la lengua a la tontería externa y la interna… y seguir trabajando.

Porque ésta es la gran verdad: toda la necesidad del mundo nunca será capaz de impedir que la hierba siga creciendo de noche… siempre que la hierba sea capaz de seguir creciendo callada y oscuramente y no caiga también ella en las tentaciones de envidiar a los ruidosos. Puede el dolor acorralarnos, pero no emponzoñarnos. Puede la justicia agredirnos, pero no ahogarnos. Solo la propia cobardía puede conducirnos al desaliento y, con él, envenenarnos.



Damos una importancia desmesurada al mal. Invertimos lo mejor de nuestras horas en lamentarnos de él o en combatirlo. Y casi ya no nos resta tiempo para construir el bien. Efectivamente: sobran en el mundo los llorones, faltan trabajadores. Y las lágrimas son malas si solo sirven para enturbiar los ojos y maniatar las manos.
   ¡Ni una lágrima, pues! Mis ojos –cuando están claros– saben, aunque no vean, que en la negrura del mundo hay millones de almas creciendo en la noche, silenciosas y humildes, constructoras y ardientes. No gritan, pero aman. No son ilustres, pero están vivas. No salen en los periódicos, pero ellas sostienen al mundo.

Hay en todo lo ancho del planeta millones de flores que nuca verá nadie, que crecerán y morirán sin haber “servido” para nada, pero que están orgullosas por el simple hecho de vivir y haber sido hermosas.



Los hombres deberíamos vivir con el alma siempre en borrador; sabiendo siempre que todo está en camino, que nada es definitivo ni irrepetible, que, en todo caso, todo puede ser mejorado y multiplicado. Cuando se nos endurece el alma y las ideas, envejecemos y empezamos a ser juguetes de la anarquía. ¡Qué pocas veces desenvainan los hombres sus almas! Las tienen, son enormes y magníficas, resistentes al dolor, literalmente invencibles. Pero anestesiadas, atrofiadas de grasa, mojadas como paja que humea y no arde.


Sí, la ceguera es una gran misericordia. Si los hombres viéramos el mal que nos hacemos los unos a los otros y, sobre todo, el bien que podríamos hacernos y que, por cobardía, dejamos de hacer, moriríamos. Sigamos, pues, viviendo. No vayan el miedo o la cobardía a destruirnos ni un solo segundo antes de lo absolutamente inevitable.


José Luis Martín Descalzo – Razones para la esperanza

martes, 5 de febrero de 2013

Ser despierto: eso es ser “humano” (Martín Descalzo)




(Buda  significa “Ser Despierto”, aquel que se ha liberado de todos los oscurecimientos y ha desarrollado todas las cualidades virtuosas. Todo ser dotado de mente tiene el potencial de actualizar el estado de Buda)




En nuestro lenguaje cotidiano hay cosas realmente muy llamativas. Y una de ellas es esa frase tan común con la que, ante cualquier fallo de alguien, comentamos: “Eso es muy humano.” Alguien hace trampas en un examen o en un concurso y decimos: “Es muy humano.” Otro defrauda al Fisco y explicamos: “Es humano.” Un hombre celoso hace la vida imposible a su mujer y comentario al canto: “Es muy humano.” Tras un fracaso, alguien se viene abajo y se sumerge en la amargura, y le compadecemos como un “es humano”. Curiosamente llamamos “humanos” solo a nuestros vicios y carencias. Incluso, a veces, ese “humano” se convierte en sinónimo de “animal”. Parecería que lo propio del hombre es lo bajo, lo caduco, lo que le aleja de las cumbres. Pero… ¡si realmente lo humano es lo que nos diferencia del animal! ¡Si lo humano es la razón, la voluntad, la conciencia, el esfuerzo, la santidad! Eso es lo verdaderamente humano.

Humana es la inteligencia que hace del hombre un permanente buscador de la verdad, un ser ansioso de claridad, un alma hambrienta de profundidad.
Humana es la voluntad, el coraje, el afán de luchar, el saber sobreponerse a la desgracia, la capacidad para esperar contra toda esperanza.
Humana es la conciencia que nos impide engañarnos a nosotros mismos, la voz que desde dentro nos despierta para seguir escalando, la exigencia que nos impide dormirnos.
Humano es el afán de ser mejores, el saber que aún estamos a medio camino, el señalarnos como meta la perfección aunque sepamos que nunca llegaremos a la meta total.
Todo eso es lo humano. Y difícilmente llegaremos a ser verdaderos hombres si empezamos por autodisculpar nuestros errores bajo la capa de que “son humanos”.

Ser hombre, es cierto, es una aventura ambivalente. Pascal definía al hombre como: “Juez de todas las cosas; estúpida lombriz de tierra; depositario de la verdad; montón de dudas; gloria y desperdicio del universo”. Sí, es todo eso y mucho más. Y por eso la verdadera aventura y gloria de los humanos es, precisamente, elegir entre esas cosas, sabiendo que podemos quedarnos en aquello que decía Baroja del hombre (“un ser un milímetro por encima del mono, cuando no un centímetro por debajo del cerdo”) o ser precisamente esa “gloria del universo”.



Y ¿cuáles son las claves de la apuesta? Literalmente: apostar por lo que el hombre tiene de animal o por lo que tiene de racional. Apostar por el egoísmo o por la generosidad. Elegir entre una vida vivida o una vida arrastrada. Optar entre vivir despierto o vegetar. Empeñarse en realizar nuestros mejores sueños o masticar nuestros peores deseos. Pasar los años envejeciendo, pero sin madurar, o esforzarnos por madurar sin envejecer. Saber que –como decía A. Dumas– “el hombre nace sin dientes, sin cabello y sin ilusiones, y los más mueren sin dientes, sin cabello y sin ilusiones”, o levantar tercamente la bandera de las ilusiones y saber que podremos perder todo menos el entusiasmo.
Y lo grave del asunto es que todo hombre tiene que hacer esas opciones y que cada uno tiene que hacer la propia, sin buscarse disculpas en que el mundo o las circunstancias no le dejaron.
Vivir, efectivamente, es apostar y mantener la apuesta. No apostar y dejar la apuesta en la primera esquina es, simplemente, morir antes de tiempo.

San Agustín, para ofrecer a los humanos el mejor de los piropos, decía que el hombre es “capax dei”, “capaz de Dios”. Y efectivamente lo que define el tamaño del alma es el ser “capaz de…” capaz nada menos que de Dios, pero también capaz de un vacío que, precisamente por esa grandeza, sería casi infinito. ¿Hay en el universo tragedia mayor que un alma que se muere sin llegar a existir? ¿Qué aullidos no dará la naturaleza cada vez que se la obliga a prostituirse de necedad y vacío? ¡Es tanto lo que podemos ganar! ¡Tanto lo que podemos perder! Me asusta ser hombre. Me entusiasma y me asusta. A lo que no estoy dispuesto es a engañarme, a pensar que esto es un jueguecito sin importancia, que los años son unas fichas de cartón que nos dieron para ir entreteniéndonos mientras cae la tarde.


José Luis Martín Descalzo – La Apuesta de Ser Hombre