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miércoles, 10 de enero de 2018

Elegir ser humano (René Dubos)



  
Lo que define el lugar que ocupa nuestra especie en la Naturaleza no es su animalidad, sino su humanidad. El altruismo y la ternura son actitudes muy extendidas y, a veces, llevan hasta el sacrificio de uno mismo. Es cierto que el altruismo tiene raíces muy profundas en nuestro pasado biológico y presenta unas ventajas para la evolución del grupo, porque facilita su supervivencia. Pero el aspecto realmente humano del problema no es el origen biológico del altruismo ni sus ventajas, sino, más bien, el hecho de que ese carácter es ahora uno de los valores absolutos por los que nuestra humanidad  trasciende nuestra animalidad.
    El carácter más importante de los seres humanos es que pueden escapar, si quieren, a la tiranía de su herencia biológica. En lugar de estar totalmente a merced de sus genes y de sus hormonas, tienen la libertad que proviene del libre albedrío y de poseer un juicio moral. En otras palabras, su naturaleza humana puede reprimir su naturaleza animal.

Nuestra animalidad nos impulsa a la negligencia y al despilfarro de los recursos, pero el deseo por la forma y el orden es también muy antiguo y se encuentran expresiones del mismo en todas las épocas de la vida humana. Así, en la naturaleza humana, paralelamente a la tendencia al despilfarro y a la negligencia, existe una búsqueda de la forma y de valores estéticos. La diferencia entre la humanidad  y la animalidad se establece, precisamente, por esta transformación de las necesidades utilitarias en una aventura del espíritu, transmutación que se produjo mucho antes de las civilizaciones históricas.



No se puede ser completamente humano más que cumpliendo una paradoja. Por un lado, ser humano exige que se cultive su individualismo y se respete el de los otros. Pero, por otro lado, la pertenencia a la colectividad implica la aceptación de deberes y de limitaciones que, a veces, parecen incompatibles con el individualismo. Cada ser humano se sabe diferente de todos los demás y el individualismo es considerado una cualidad deseable en las sociedades modernas. El sentido de la personalidad es una expresión relativamente reciente de la progresión de la animalidad hacia la humanidad. Aunque teniendo una fuerte conciencia de su particularidad, toda persona normal pertenece a un grupo social con el cual se identifica de una forma casi inconsciente. La adquisición de la personalidad implica una separación psicológica del medio exterior, y una objetivación de las cosas y de los demás seres vivos. Es cierto que el desarrollo de la personalidad es el origen del curioso deseo, tan frecuente en los humanos, de aislarse del grupo social, al menos de vez en cuando. A todas las personas les gusta mantener entre ellas un determinado espacio físico que las separa en las relaciones corrientes.

El culto a la individualidad constituye un resultado casi patológico de la evolución social de la especie humana. Pero, por otro lado, el miedo al aislamiento que causa ese culto ha sido compensado por la persistencia de la necesidad de pertenencia a un grupo social.
    En las condiciones ordinarias de la vida, todo ser humano proclama naturalmente su individualismo y derechos que le corresponden por ser un ejemplar único. Pero difícilmente puede escapar a la influencia de las actitudes y de los sueños, que simbolizan las tradiciones, las costumbres y los héroes de su colectividad. La humanización consiste en un control voluntario de su animalidad, y no en un simple desarrollo. Cada vez más, ser humano implica querer ser humano.



La evolución es una ley inevitable de la Naturaleza. En los demás seres vivos, la evolución se produce por modificaciones orgánicas, pero en la Humanidad la evolución implica casi exclusivamente unas transformaciones tecnológicas y sociales. Después de haber creído ciegamente en un progreso identificado con una civilización cada vez más compleja, nuestros contemporáneos intentan descubrir de nuevo las satisfacciones de un orden más simple y más directo, las que dan sentido y emociones a la vida compartida con los seres queridos. Se empieza a dudar del progreso tecnológico en el momento preciso en que éste podía desarrollarse más rápidamente.

La angustia respecto al valor real del progreso tecnológico no proviene de un rechazo de las comodidades que la ciencia ha introducido en la vidas, sino, más bien, del coste social. Incluso cuando el progreso tecnológico aporta nuevas satisfacciones, éstas no compensan la pérdida de un cielo luminoso, de un aire embalsamado, de un agua de río clara y con abundantes peces, de un vecindario tranquilo y armonioso. El esfuerzo que se hace en el mundo por proteger el ambiente trasciende los problemas planteados por la contaminación y por los recursos naturales. Representa el inicio de una cruzada para recuperar ciertos valores de la vida sensorial y afectiva, cuya necesidad es fundamental e inmutable porque está inscrita en el código genético de la especie humana.

La visión tecnológica que domina el mundo en el momento actual no durará, sin duda, más tiempo que las otras formas de civilización en Europa. O bien será rechazada completamente, o, al menos, será modificada tan profundamente que aparecerá ante nuestros descendientes como un período de barbarie. En lugar de constituir, como ahora, una fuerza casi independiente, la tecnología tendrá que incorporarse a los medios naturales y someterse a unas restricciones que la harán menos destructiva y más compatible con el orden cósmico.
    Para muchos de nuestros contemporáneos, la tecnología ha creado un mundo donde reina la abundancia, pero un mundo aburrido. Por prodigiosas que sean las realizaciones de la ciencia y de la tecnología y profunda su influencia en la vida cotidiana, no tienen un efecto real sobre la imaginación o las emociones del gran público. Las pasiones fundamentales son las mismas y, en muchos casos, la vida moderna no hace más que debilitar la forma de satisfacerlas. Las sociedades modernas no podrán escapar a su aburrimiento crónico más que añadiendo a los valores de la vida tecnológica las ricas experiencias sociales de la vida primitiva.


Quizá ha llegado el momento de reemprender figuradamente la ruta, no para escapar a la civilización, sino para darle una nueva forma. No podemos predecir cómo será esa forma, salvo que deberá ser compatible con los caracteres y las necesidades que definen la naturaleza biológica de la especie humana y que no pueden cambiar en sus aspectos más fundamentales. Se tratará menos de una nueva creación que de una resurrección. El orden mundial que resultará de la integración de los sistemas sociales será una forma superior de unidad humana, compatible con el pluralismo de los modos de vida y de las ideologías. Pero una verdadera integración no puede estar sólidamente basada más que en un sistema de valores aceptado por la mayoría del grupo social y que pueda contribuir a la alegría de vivir.


Desde luego existe una forma de la alegría de vivir que proviene del hecho mismo de la existencia, una satisfacción puramente orgánica que algunos animales pueden gozar al igual que la especie humana. Pero existe también otra forma de la alegría  de vivir –la felicidad– que parece ser particular de los seres humanos. Ésta tiene su origen en el profundo sentimiento de que su vida personal es la realización de sus sueños, y que su vida colectiva es la realización de los sueños de la Humanidad.




René Dubos – Elegir ser humano

domingo, 31 de diciembre de 2017

Mi rebelde no es otro que Zorba el Buda (Osho)





Mi noción de la rebelión y del rebelde es muy simple: un rebelde es un hombre que no vive como un robot condicionado por el pasado. En su forma de vivir, en su estilo de vida no interfiere de ninguna manera la religión, la sociedad, la cultura, ni cualquier otra cosa que pertenezca al ayer.
    El rebelde vive individualmente… no como el diente de un engranaje, sino como una unidad orgánica. Su vida no es decidida por nadie más que su propia inteligencia. La fragancia de su vida es la de la libertad. No solo vive en libertad, permite también que todo el mundo viva en libertad. Para él la vida es sagrada y la libertad es el valor supremo, de tal forma que está dispuesto a sacrificarlo todo por ella: respetabilidad, status, incluso la vida misma.

El rebelde crea su camino caminándolo, no sigue a la multitud en la superautopista. Su vida es peligrosa, acepta el desafío de lo desconocido. El rebelde simplemente se despide del pasado.
    Es un proceso constante; por eso, ser un rebelde significa estar constantemente en rebelión, porque cada momento se va a convertir en el pasado. Por eso, el rebelde tiene que aprender un nuevo arte: el arte de morir a cada momento que ha pasado, de modo que pueda vivir libre en el nuevo momento que ha llegado.

La rebelión es un estilo de vida. Para mí es la única religión que es auténtica. Porque si vives de acuerdo a tu luz podrías equivocarte muchas veces, pero en cada equivocación te harás más sabio, más comprensivo, más humano. Pero uno tiene que liberarse de las iglesias, de los templos, de las mezquitas, de las sinagogas. Uno tiene que ser solo uno mismo y aceptar el desafío de la vida, te lleve donde te lleve. Tú eres el único guía. Eres tu propio maestro.



Mi rebelde, mi nuevo hombre, es Zorba el Buda. La humanidad ha vivido creyendo o bien en la realidad del espíritu y la irrealidad de la materia o en la realidad de la materia y la irrealidad del espíritu. Pero nadie se ha ocupado de mirar la realidad del hombre. No es solo espiritual, no es solo conciencia, ni es solo materia. Es una tremenda armonía entre materia y conciencia.

Zorba el Buda es la respuesta. Es la síntesis de la materia y el espíritu. Es la declaración de que no existe un conflicto entre la materia y la conciencia, de que podemos ser ricos en ambos sentidos. Podemos tener todo lo que el mundo nos puede proveer, todo lo que la ciencia y la tecnología puede producir, y podemos seguir teniendo lo que Buda encuentra en su ser interno: las flores del éxtasis, la fragancia de la divinidad, las alas de la última liberación.

Zorba el buda es el nuevo hombre, es el rebelde. Su rebelión consiste en destruir la esquizofrenia del hombre, destruir su división. Es una declaración de que el cuerpo y el alma están unidos: que la existencia está llena de espiritualidad, que las montañas están vivas, que los árboles sienten, que toda la existencia es ambos o quizá una sola energía expresándose a sí misma en dos formas, como materia y como conciencia. Toda la existencia no es otra cosa que un campo de energía.
    Podemos permitirle al hombre que tenga ambos mundos a la vez. No necesita renunciar a este mundo para tener el otro, ni tampoco tiene que negar el otro para disfrutar de éste. De hecho, tener un solo mundo cuando podrías tener los dos es ser innecesariamente pobre.



Zorba el Buda es la posibilidad más rica. El vivirá su naturaleza al máximo, y cantará la canción de esta tierra. No traicionará a la tierra ni tampoco al cielo. Reclamará todo lo que tiene esta tierra, todas las flores, todos los placeres, y también reclamará las estrellas en el cielo. Reclamará toda la existencia como su casa. Todo lo que contiene es para nosotros, y tenemos que usarlo de todas las formas posibles, sin culpa, sin conflicto, sin tener que elegir. Disfruta sin escoger todo lo que la materia es capaz de darle, y disfruta todo lo que la conciencia es capaz de darle.

Sé un Zorba, pero no te detengas ahí. Sigue caminando hacia ser un Buda. Zorba es una mitad, Buda es la otra mitad.

Zorba está ciego, no puede ver, pero puede bailar, puede cantar, puede disfrutar. El Buda puede ver, pero solo puede ver. Es pura visión, claridad y percepción, pero no puede bailar: está tullido, no puede cantar ni puede disfrutar.

Ha llegado la hora. El mundo es un fuego salvaje, todo el mundo está en peligro. El encuentro entre Zorba y Buda puede cambiar a toda la humanidad. Su encuentro es la única esperanza. Buda puede aportarte consciencia, la claridad, los ojos para ver el más allá, ojos para ver aquello que es casi invisible. Zorba puede dar todo su ser a la visión de Buda y dejar que no se quede solo en una visión seca, sino hacerla un estilo de vida danzante, alborozado, extático.

Le estoy dando a Buda energía para bailar, y le estoy dando a Zorba ojos para ver más allá de los cielos, hacia lejanas metas de la existencia y de la evolución. Mi rebelde no es otro que Zorba el Buda.

Osho – El Libro del Hombre





(Disculpemos de buen grado las faltas de ortografía del autor del texto)

miércoles, 8 de noviembre de 2017

La hierba crece de noche (José L. Martín Descalzo)



La hierba –como todas las cosas grandes e importantes del mundo– crece de noche, en silencio, sin que nadie la vea crecer porque bondad y bien empalman con silencio, así como la estupidez va siempre acompañada del brillo y del estrépito.

La gran peste de este mundo contemporáneo es que en él solo se conceden altavoces a los necios. Si usted “solo” ama, “solo” trabaja, “solo” piensa y estudia, “solo” trata de ser honesto, ya puede matarse a hacer todas esas cosas tan poco importantes, que jamás saldrá en la primera página. Cualquier criminal será más importante que usted. Y así es como los hombres de hoy estamos condenados a ver perpetuamente la realidad a través de un espejo deformante.
   Henos aquí en un mundo superinformado que informa de todo menos de lo fundamental. Henos aquí en un tiempo en que nunca sabremos si los hombres aman, esperan, trabajan y construyen, pero en el que se nos contará con todo detalle el día que un hombre muerda a un perro.



Presiento que aquí está una de las claves del hombre contemporáneo: solo vemos el mal, solo parece triunfar la estupidez. Esto último no es culpa de la prensa: desde que el mundo es mundo, los tontos han hacho siempre mucho ruido. Y así como 100 violentos son capaces de traer en jaque a 30 millones de pacíficos, una docena de infradesarrollados son capaces de poner patas arriba todo lo que los mejores hombres lograron construir a lo largo de los siglos. Frente a ello solo nos queda la sonrisa, reírse un poco de la condición humana y de esa ancha zona de tontería que todos llevamos dentro de nuestra propia alma. Sonreír, mirarnos al espejo, sacarle la lengua a la tontería externa y la interna… y seguir trabajando.

Porque ésta es la gran verdad: toda la necesidad del mundo nunca será capaz de impedir que la hierba siga creciendo de noche… siempre que la hierba sea capaz de seguir creciendo callada y oscuramente y no caiga también ella en las tentaciones de envidiar a los ruidosos. Puede el dolor acorralarnos, pero no emponzoñarnos. Puede la justicia agredirnos, pero no ahogarnos. Solo la propia cobardía puede conducirnos al desaliento y, con él, envenenarnos.



Damos una importancia desmesurada al mal. Invertimos lo mejor de nuestras horas en lamentarnos de él o en combatirlo. Y casi ya no nos resta tiempo para construir el bien. Efectivamente: sobran en el mundo los llorones, faltan trabajadores. Y las lágrimas son malas si solo sirven para enturbiar los ojos y maniatar las manos.
   ¡Ni una lágrima, pues! Mis ojos –cuando están claros– saben, aunque no vean, que en la negrura del mundo hay millones de almas creciendo en la noche, silenciosas y humildes, constructoras y ardientes. No gritan, pero aman. No son ilustres, pero están vivas. No salen en los periódicos, pero ellas sostienen al mundo.

Hay en todo lo ancho del planeta millones de flores que nuca verá nadie, que crecerán y morirán sin haber “servido” para nada, pero que están orgullosas por el simple hecho de vivir y haber sido hermosas.



Los hombres deberíamos vivir con el alma siempre en borrador; sabiendo siempre que todo está en camino, que nada es definitivo ni irrepetible, que, en todo caso, todo puede ser mejorado y multiplicado. Cuando se nos endurece el alma y las ideas, envejecemos y empezamos a ser juguetes de la anarquía. ¡Qué pocas veces desenvainan los hombres sus almas! Las tienen, son enormes y magníficas, resistentes al dolor, literalmente invencibles. Pero anestesiadas, atrofiadas de grasa, mojadas como paja que humea y no arde.


Sí, la ceguera es una gran misericordia. Si los hombres viéramos el mal que nos hacemos los unos a los otros y, sobre todo, el bien que podríamos hacernos y que, por cobardía, dejamos de hacer, moriríamos. Sigamos, pues, viviendo. No vayan el miedo o la cobardía a destruirnos ni un solo segundo antes de lo absolutamente inevitable.


José Luis Martín Descalzo – Razones para la esperanza

lunes, 24 de julio de 2017

Un Mundo Infeliz (Aldous Huxley)



En la actualidad (finales de los años 50) nos hallamos en la primera fase de lo que quizá sea la penúltima revolución. Su próxima fase puede ser la bomba atómica, en cuyo caso no vale la pena de que nos preocupemos por las profecías sobre el futuro. Pero cabe en lo posible que tengamos la cordura suficiente, si no para dejar de luchar unos contra otros, al menos para comportarnos tan racionalmente como lo hicieron nuestros antepasados del Siglo XVIII. Suponiendo que seamos capaces de aprender, podemos esperar un periodo, no de paz, ciertamente, pero sí de guerra limitada y solo parcialmente ruinosa. Durante este periodo cabe suponer que la energía nuclear estará sujeta al yugo de los usos industriales.

El resultado de ello será, evidentísimamente, una serie de cambios económicos y sociales sin precedentes en cuanto a su rapidez y radicalismo. Todas las formas de vida humana actuales estarán periclitadas, y será preciso improvisar otras nuevas formas adecuadas al hecho –no humano– de la energía atómica. El científico nuclear preparará el lecho en el cual deberá yacer la Humanidad, y si la Humanidad no se adapta al mismo…, bueno, será una pena para la Humanidad. Habrá que forcejear un poco y practicar alguna amputación, la misma clase de forcejeos y amputaciones que se están produciendo desde que la ciencia aplicada se lanzó a la carrera; solo que esta vez serán mucho más drásticas que en el pasado.
    Estas operaciones, lejos de ser indoloras, serán dirigidas por gobiernos totalitarios sumamente centralizados; porque el futuro inmediato es probable que se parezca al pasado inmediato, y en el pasado inmediato los rápidos cambios tecnológicos, que se produjeron en una economía de producción masiva y entre una población predominantemente no propietaria, han tendido siempre a producir un confusionismo social y económico. Para luchar contra la confusión el poder ha sido centralizado y se han incrementado las prerrogativas del gobierno. Es probable que todos los gobiernos del mundo sean más o menos enteramente totalitarios, aun antes de que se logre domesticar la energía atómica; y parece casi seguro que lo serán durante el proceso de domesticación de dicha energía y después del mismo.



Desde luego, no hay razón alguna para que el nuevo totalitarismo se parezca al antiguo, que se ha comprobado que es ineficaz. Un estado totalitario realmente eficaz sería aquel en el cual los jefes políticos todopoderosos y su ejército de colaboradores pudieran gobernar una población de esclavos sobre los cuales no fuera necesario ejercer coerción alguna por cuanto amarían su servidumbre. Inducidos a amarla es la tarea asignada en los actuales estados totalitarios a los Ministerios de Propaganda, los directores de los periódicos y los maestros de escuela. Pero sus métodos todavía son toscos y acientíficos. Los mayores triunfos  de la propaganda se han logrado, no haciendo algo, sino impidiendo que algo se haga. Grande es la verdad, pero más grande todavía, desde un punto de vista práctico, el silencio sobre la verdad. Por el simple procedimiento de no mencionar ciertos temas, la propaganda totalitarista ha influido en la opinión de manera mucho más eficaz de lo que hubiese conseguido mediante las más elocuentes denuncias y las más convincentes refutaciones lógicas. Pero el silencio no basta. Si se quiere evitar la persecución, la liquidación y otros síntomas de fricción social, es preciso que los aspectos positivos de la propaganda sean tan eficaces como los negativos.



Los más importantes Proyectos Manhattan del futuro serán vastas encuestas, patrocinadas por los gobiernos, sobre lo que los políticos y los científicos llamarán el problema de la felicidad; en otras palabras, el problema de lograr que la gente ame su servidumbre. Sin seguridad económica, el amor a la servidumbre no puede llegar a existir. Pero la seguridad tiende muy rápidamente a darse por sentada. Para llevar a cabo esta revolución, necesitamos, entre otras cosas, los siguientes descubrimientos e inventos.

En primer lugar, una técnica mucho más avanzada de la sugestión, mediante el condicionamiento de los infantes y, más adelante, con la ayuda de drogas como la escopolamina. En segundo lugar, una ciencia, plenamente desarrollada de las diferencias humanas que permita a los dirigentes gubernamentales destinar a cada individuo dado a su adecuado lugar en la jerarquía social y económica. En tercer lugar (puesto que la realidad, por utópica que sea, es algo de lo cual la gente siente la necesidad de tomarse frecuentes vacaciones) un sustitutivo para el alcohol y los demás narcóticos, algo que sea al mismo tiempo menos dañino y más placentero que la ginebra o la heroína. Y finalmente (aunque este será un proyecto a largo plazo, que exigiría generaciones de dominio totalitario para llegar a una conclusión satisfactoria) un sistema de eugenesia a prueba de tontos, destinada a estandarizar el producto humano y a facilitar así la tarea de los dirigentes.

En colaboración con la libertad de soñar despiertos bajo la influencia de los narcóticos, del cine y de la radio, la libertad sexual ayudará a reconciliar a sus súbditos con la servidumbre que es su destino.




Ciertamente, a menos que nos decidamos a descentralizar y emplear la ciencia aplicada, no como un fin para el cual los seres humanos deben ser tenidos como medios, sino como el medio para producir una raza de individuos libres, solo podemos elegir entre dos alternativas: o cierto número de totalitarismos nacionales, militarizados, que tendrán sus raíces en el temor que suscita la bomba atómica y, en consecuencia, la destrucción de la civilización, o bien un solo totalitarismo supranacional cuya existencia sería provocada por el caos social que resultara del rápido progreso tecnológico en general y la revolución atómica en particular, que se desarrollaría, a causa de la necesidad de eficiencia y estabilidad, hasta convertirse en la benéfica tiranía de la utopía. Usted es quien paga con su dinero, y puede elegir a su gusto.


Aldous Huxley – Un Mundo Feliz (Brave New World)

lunes, 10 de julio de 2017

El trabajo se hizo para el hombre, no él para el trabajo (Coomaraswamy)



El mundo moderno puede ser descrito como un mundo “de realidad empobrecida”, desprovisto de significado, “inane y autodestructivo”, “interesado en la moda más que en la belleza”, en las noticias más que en la verdad.; y listo para todo tipo de catástrofes. Como dijo el físico John Scott Haldane: “La civilización occidental, con todas las ventajas superficiales que le confiere el provechoso estudio de la ciencia física, a llegado a representar a los ojos de muchas gentes en los países orientales poco más que un materialismo. Pero el materialismo no forma ninguna base para la honestidad, ni para la caridad, ni para la consideración de la verdad, la lealtad, o el arte, y sin éstos, la civilización real no existe, y toda civilización solo de apariencia es completamente inestable”.

Las condiciones del mundo han cambiado, en términos comunicativos, todas sus partes están hoy en contacto casi inmediato unas con otras, y se habla de  un “único mundo” y de la necesidad de “comprenderse unos a otros”. Pero apenas se ha hecho previsión alguna para que una tal comprensión tenga lugar. El concepto mismo de progreso requiere investigación y definición, particularmente en lo que concierne a las preguntas, ¿progreso en qué? y ¿progreso hacia qué? todo concuerda en una civilización que se basa en un concepto de la “conquista de la naturaleza” y que se ha descrito como una “barbarie organizada”. Como dice Van Straelen, “nosotros hemos devenido meros engranajes de las grandes máquinas; veo a esas masas agitadas y las compadezco como pobres esclavos, que no conocen otro reposo que ese tipo de entretenimiento enlatado puestos ante ellos por las gentes de inclinación aprovechada en ambientes polucionados e insalubres”. Y es a esto a lo que nosotros llamamos progreso, desarrollo y civilización, y despreciamos a las áreas sin industrializar de la superficie de la tierra como si fueran países atrasados habitados por razas inferiores… estancadas y que no cambian –como si debiera admirarse cualquier cambio, sin que importe si es para mejor o para peor-.



Ciertamente, la ciencia ha dominado a la naturaleza, pero en el occidente el hombre ha olvidado lo más difícil: de dominar ala naturaleza humana.
     El mayor problema inmediato, cuya solución es indispensable para hacer un mundo mejor y más feliz, es el de la relación entre las vidas de los hombres y su vida de trabajo. En esta cuestión están implícitos el problema de las nociones contrastadas de una manufactura para el lucro y de una manufactura para el uso, y el problema del “modelo” de vida, de si sea cuantitativo y cualitativo.

Es cierto que cuando el trabajo y la cultura están divorciados, y cuando ya no queda nada excepto la mano de obra, las horas de ocio, por muchas que sean, no salvarán lo que se ha perdido en las horas de trabajo ininteligente a lo que el industrialismo condena a la mayoría. Precisamente en este punto, es esencial para el bienestar de toda la humanidad, que permanezcamos en los terrenos vocacionales sobre los que han crecido las sociedades tradicionales y verdaderamente civilizadas, así como las formas de arte más elevadas.

Estamos hablando de devenir ciudadanos del mundo. Nadie puede aspirar a esto si no tiene nada suyo propio, con lo que contribuir a la constitución de una sociedad cosmopolita y si no pone un ladrillo de su estructura, sino que, en lugar de esto, solo quiere vivir en ella. Aquellos que no toman parte en la obra de construcción no tienen derecho a participar de su vida, de otro modo que con alguna capacidad servil. Nosotros no podemos mantenernos al margen; aceptar meramente las bendiciones reales y supuestas del industrialismo y de la democracia sería hacer justamente eso. La noción misma de “un mundo mejor” proclama que nadie está satisfecho con el mundo tal como está, y que hay mucho trabajo que hacer.



En el caso de las sociedades vocacionales, la teoría pone al hombre en primer lugar, el trabajo se hizo para él, no él para el trabajo; el fin principal que se tiene en vista es proporcionar los medios para el desarrollo y la fruición de las potencialidades propias del trabajador y, al mismo tiempo, proveer a las necesidades de la sociedad. El perfeccionamiento de la obra a la que un hombre se entrega, y que quiere hacer más que cualquier otra cosa en el mundo, eso y su propio proceso de crecimiento y de autoperfeccionamiento están inseparablemente unidos.
     Bajo estas condiciones, cada ocupación es una profesión con su ética profesional apropiada; y esto es su justicia o “igualdad”, es decir, que cada hombre haga este trabajo para el que está dotado naturalmente. Buscad primero esta justicia y las necesidades de la sociedad se verán satisfechas, más fácilmente y mejor que de cualquier otra manera; por muy iguales que sean los hombres desde algunos puntos de vista, no están dotados idénticamente, y la diversidad de los talentos corresponde a la de las cosa que los hombres requieren para su buen uso.

En nuestra filosofía, el propósito último, el fin último del hombre es liberarse; si es posible aquí y ahora, o si no es ahora, entonces por un proceso de maduración progresivo que se completará en algún otro estado del ser y antes del fin del tiempo.


La libertad que se tiene en vista trasciende todo tipo de libertad específica; todas las demás libertades, por deseables que sean, son solo aspectos parciales de una libertad absoluta de ser, no solo cómo, sino también cuando y donde uno quiera; y sostenemos que esta libertad solo puede alcanzarse con el conocimiento y la práctica de una verdad no menos absoluta. Por consiguiente, cualquier logro de libertades menores puede alcanzarse también por medio de una adhesión estricta a la verdad.


Ananda Kentish Coomaraswamy – La doctrina India del fin último del hombre

lunes, 3 de julio de 2017

La Compañía del Hombre (Pío Baroja)





Uno tiene la angustia, la desesperación de no saber qué hacer con la vida, de no tener un plan, de encontrarse perdido, sin brújula, sin luz adonde dirigirse. ¿Qué se hace con la vida? ¿Qué dirección se le da? Si la vida fuera tan fuerte que le arrastrara a uno, el pensar sería una maravilla, algo como para el caminante detenerse y sentarse a la sombra de un árbol, algo como penetrar en un oasis de paz; pero la vida es estúpida, y el pensamiento se llena de terrores como compensación a la esterilidad emocional de la existencia.

Antes para mí era una gran pena considerar el infinito del espacio, creer el mundo inacabable me producía una gran impresión; pensar que al día siguiente de mi muerte el espacio y el tiempo seguirían existiendo, me entristecía, y eso que consideraba que mi vida no es una cosa envidiable, pero cuando llegué a comprender que la idea del espacio y el tiempo son necesidades de nuestro espíritu, pero que no tienen realidad, cuando me convencí que el espacio y el tiempo no significan nada; por lo menos que la idea que tenemos de ellos puede no existir fuera de nosotros, me tranquilicé.

Para mí es un consuelo pensar que, así como nuestra retina produce los colores, nuestro cerebro produce las ideas de tiempo, de espacio y de causalidad. Acabado nuestro cerebro, se acabó el mundo. Ya no sigue el tiempo, ya no sigue el espacio, ya no hay encadenamiento de causas. Se acabó la comedia, pero definitivamente. Podemos suponer que un tiempo y un espacio sigan para los demás. Pero, ¿eso qué importa, si no es nuestro, que es el único real?



¿Qué duda cabe que el mundo que conocemos es el resultado del reflejo de la parte de cosmos del horizonte visible en nuestro cerebro? Este reflejo unido, contrastado, con las imágenes reflejadas en los cerebros de los demás hombres que han vivido y que viven, es nuestro conocimiento del mundo. ¿Es así, en realidad, fuera de nosotros? No lo sabemos, no lo podemos saber jamás.

En el fondo estoy convencido de que la verdad en bloque es mala para la vida. Esa anomalía de la Naturaleza que se llama la vida necesita estar basada en el capricho, en la mentira. La voluntad, el deseo de vivir, es tan fuerte en el animal como en el hombre. En el hombre es mayor la comprensión. A más comprender corresponde menos desear. La apetencia por conocer se despierta en los individuos que aparecen al final de una evolución, cuando el instinto de vivir languidece. El hombre, cuya necesidad es conocer, es como la mariposa que rompe la crisálida para morir. El individuo sano, fuerte, no ve las cosas como son porque no le conviene. Está dentro de una alucinación. El individuo o el pueblo que quiere vivir se envuelve en nubes como los antiguos dioses cuando se aparecían a los mortales. El instinto vital necesita de la ficción para afirmarse. La ciencia entonces, el instinto de crítica, el instinto de averiguación, debe encontrar una verdad: la cantidad de mentira que se necesita para la vida.



En el Génesis, Dios le dijo a Adán: “Puedes comer todos los frutos del jardín; pero cuidado con el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, porque el día que te comas ese fruto morirás”. Y Dios, seguramente añadió: “Comed del árbol de la vida, sed bestias, sed cerdos, sed egoístas, revolcaos por el suelo alegremente, pero no comáis del árbol de la ciencia, porque ese fruto agrio os dará una tendencia a mejorar que os destruirá”. Hoy, después de siglos de dominación semítica, el mundo vuelve a la cordura, y la verdad aparece como una aurora pálida de los temores de la noche.

En la ciencia, en la filosofía, Kant ha sido el gran destructor de la mentira greco-semítica. Él se encontró con esos dos árboles bíblicos y fue apartando las ramas del árbol de la vida que ahogaban el árbol de la ciencia. Tras él no queda nada en el mundo de las ideas más que un camino estrecho y penoso: la ciencia. Detrás de él viene otro destructor, Schopenhauer, que no quiso dejar en pie los subterfugios que el maestro sostuvo amorosamente por falta de valor. Kant pide por misericordia que esa gruesa rama del árbol de la vida que se llama libertad, responsabilidad, derecho, descanse junto a las ramas del árbol de la ciencia para dar perspectivas a la mirada del hombre. Schopenhauer aparta esa rama, y la vida aparece como una cosa oscura y ciega, potente y jugosa, sin justicia, sin bondad, sin fin; una corriente llevada por una fuerza X, que él llama voluntad y que, de cuando en cuando, en medio de la materia organizada, produce un fenómeno secundario, una fosforescencia cerebral, un reflejo, que es la inteligencia. En estas circunstancias, el instinto vital, todo actividad y confianza, se siente herido, y tiene que reaccionar. Y reacciona: vida y verdad, voluntad e inteligencia.



Esa destrucción no es sistemática ni vengativa; es llevar el análisis a todo; es ir disociando las ideas tradicionales para ver qué nuevos aspectos toman. Los semitas inventaron un paraíso materialista en el principio del hombre; el cristianismo colocó el paraíso al final y fuera de la vida del hombre, y los anarquistas ponen su paraíso en la vida y en la tierra. En todas partes y en todas épocas los conductores de hombres son prometedores de paraísos. Pero alguna vez tenemos que dejar de ser niños; alguna vez tenemos que mirar a nuestro alrededor con serenidad. ¡Cuántos temores no nos ha quitado de encima el análisis! Ya no hay monstruos en el seno de la noche, ya nadie nos acecha. Con nuestras fuerzas vamos siendo dueños del mundo.


Para llegar a dar a los hombre una regla común, una disciplina, una organización, se necesita una fe, una ilusión, algo que, aunque sea una mentira salida de nosotros mismos, parezca una verdad llegada de fuera. Si yo me sintiera con energía haría una milicia: la Compañía del Hombre. Esta Compañía tendría la misión de enseñar el valor, la serenidad, el reposo; de arrancar toda tendencia a la humildad, a la renunciación, a la tristeza, al engaño, a la rapacidad, al sentimentalismo…


Pío Baroja – El Árbol de la Ciencia

jueves, 6 de abril de 2017

La poesía es una insurrección (Pablo Neruda)


Cuando el tiempo nos va comiendo con su cotidiano decisivo relámpago, y las actitudes fundadas, las confianzas, la fe ciega se precipitan y la elevación del poeta tiende a caer como el más triste nácar escupido, nos preguntamos si ha llegado ya la hora de envilecernos. La dolorida hora de mirar cómo se sostiene al hombre a puro diente, a puras uñas, a puros intereses. Y cómo entran en la casa de la poesía los dientes y las uñas y las ramas del feroz árbol del odio. Es el poder de la edad o es, tal vez, la inercia que hace retroceder las frutas en el borde mismo del corazón, o tal vez lo “artístico” se apodera del poeta y en vez del canto salobre que las profundas olas deben hacer saltar, vemos cada día al miserable ser humano defendiendo su miserable tesoro de persona preferida.

Ay, el tiempo avanza con ceniza, con aire y con agua! La piedra que han mordido el légamo y la angustia florece de pronto con estruendo de mar, y la pequeña rosa vuelve a su delicada tumba de corola.

El tiempo lava y desenvuelve, ordena y continúa.

Y entonces, qué queda de las pequeñas podredumbres, de las pequeñas conspiraciones del silencio, de los pequeños fríos sucios de la hostilidad? Nada, y en la casa de la poesía no permanece nada sino lo que fue escrito con sangre para ser escuchado por la sangre.




Siempre he querido que en la poesía se vean las manos del hombre. Siempre he deseado una poesía con huellas digitales. Una poesía de greda para que cante en ella el agua. Una poesía de pana, para que se la coma todo el mundo.

Solo la poesía de los pueblos sustenta esta memoria manual. Mientras los poetas se encerraron en los laboratorios, el pueblo siguió cantando son su barro, con su tierra, con sus ríos, con sus minerales. Produjo flores prodigiosas, sorprendentes epopeyas, amasó folletines, relató catástrofes. Celebró a los héroes, defendió sus derechos, coronó a los santos, lloró a sus muertos

Y todo esto lo hizo a pura mano. Estas manos fueron siempre torpes y sabias. Fueron ciegas, pero rompieron las piedras. Fueron pequeñas, pero sacaron los peces del mar. Fueron oscuras, pero buscaban la luz.

Por eso esta poesía tiene ese sortilegio de lo que ha sido creado entre las cosas naturales. Esta poesía del pueblo tiene ese sello de lo que debe vivir a la intemperie, soportando la lluvia, el sol, la nieve, el viento. Es poesía que debe pasar de mano en mano. Es poesía que debe moverse en el aire como una bandera. Poesía que ha sido golpeada, que no tiene la simetría griega de los rostros perfectos. Tiene cicatrices en su rostro alegre y amargo. Yo no doy un laurel a estos poetas del pueblo. Son ellos los que a mí me regalan la fuerza y la inocencia que debe informar toda poesía. Son ellos los que me hacen tocar su nobleza, su superficie de cuero, de hojas verdes, de alegría.

Son ellos, los poetas populares, los oscuros poetas, los que me enseñan la luz.



Es claro que los enemigos de la poesía siempre pretendieron asestarle una pedrada en un ojo o un golpe de garrote en la nuca. Lo hicieron en diversas formas, como mariscales individuales, enemigos de la luz, o regimientos burocráticos que con paso de ganso marcharon en contra de los poetas. Lograron la desesperación de algunos, la decepción de otros, las tristes rectificaciones de los menos. Pero la poesía siguió brotando como una fuente o manando como una herida, o construyendo a brazo partido, o cantando en el desierto, o levantándose como un árbol, o desbordándose como un río, o estrellándose como la noche en las mesetas de Bolivia.

La poesía acompañó a los agonizantes y restañó los dolores, condujo a las victorias, acompañó a los solitarios, fue quemante como el fuego, ligera y fresca como la nieve, tuvo manos, dedos y puños, tuvo brotes como la primavera, tuvo ojos como la ciudad de Granada, fue más veloz que los proyectiles dirigidos, fue más fuerte que las fortalezas: echó raíces en el corazón del hombre.



La primera edad de un poeta debe recoger con atención apasionada las esencias de su patria, y luego debe devolverlas. Debe reintegrarlas, debe donarlas. Su canto y su acción deben contribuir a la madurez y al crecimiento de su pueblo.

El poeta no puede ser desarraigado, sino por la fuerza. Aun en esas circunstancias sus raíces deben cruzar el fondo del mar, sus semillas seguir el vuelo del viento, para encarnarse, una vez más, en su tierra. Debe ser deliberadamente nacional, reflexivamente nacional, maduramente patrio. El poeta no es una piedra perdida. Tiene dos obligaciones sagradas: partir y regresar.

El poeta que parte y no vuelve es un cosmopolita. Un cosmopolita es apenas un hombre, es apenas un reflejo de la luz moribunda. Sobre todo en estas patrias solitarias, aisladas entre las arrugas del planeta, testigos integrales de los primeros signos de nuestros pueblos, todos, todos, desde los más humildes hasta los más orgullosos, tenemos la fortuna de ir creando nuestra patria, de ser todos un poco padres de ella.



Tal vez, los deberes del poeta fueron siempre los mismos en la historia. El honor de la poesía fue salir a la calle, fue formar parte en ese combate y en aquel. No se asustó el poeta cuando le dijeron insurgente. La poesía es una insurrección. No se ofende el poeta porque le llamen subversivo. La vida sobrepasa las estructuras y hay nuevos códigos para el alma. De todas partes salta la semilla, todas las ideas son exóticas, esperamos cada día cambios inmensos, vivimos con entusiasmo la mutación del orden humano: la primavera es insurreccional.

Los poetas odiamos el odio y hacemos guerra a la guerra.



De todo ello surge una enseñanza que el poeta debe aprender de los demás hombres. No hay soledad inexpugnable. Todos los caminos llevan al mismo punto: a la comunicación de lo que somos. Y es preciso atravesar la soledad y la aspereza, la incomunicación y el silencio para llegar al recinto mágico en que podemos danzar torpemente o cantar con melancolía; mas en esa danza o en esa canción están consumados los más antiguos ritos de la conciencia, de la conciencia de ser hombres y de creer en un destino común.

El poeta no es un “pequeño dios”. No, no es un “pequeño dios”. No está situado por un destino cabalístico superior al de quienes ejercen otros menesteres y oficios. A menudo expresé que el mejor poeta es el hombre que nos entrega el pan de cada día: el panadero más próximo que no se cree dios. Él cumple su majestuosa y humilde faena de amasar, meter al horno, dorar y entregar el pan de cada día, en una obligación humanitaria. Y si el poeta llega a alcanzar esa sencilla conciencia, podrá también la sencilla conciencia convertirse en parte de una colosal artesanía, de una construcción simple o complicada, que es la construcción de la sociedad, la transformación de las condiciones que rodean al hombre, la entrega de una mercadería: pan, verdad, vino y sueños. Si el poeta se incorpora a esa nunca gastada lucha por consignar cada uno en manos de los otros su ración de compromiso, su dedicación y su ternura al trabajo común de cada día y de todos los hombres, el poeta tomará parte en el sudor, en el pan, en el vino, en el sueño de la humanidad entera. Solo por ese camino inalienable de ser hombres comunes llegaremos a restituirle a la poesía el anchuroso espacio que le van recortando en cada época, que le vamos recortando en cada época nosotros mismos.

En conclusión, debo decir a los hombres de buena voluntad, a los trabajadores, a los poetas, que el entero porvenir fue expresado en esa frase de Rimbaud: solo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia y dignidad a todos los hombres.


Así la poesía no habrá cantado en vano.


Pablo Neruda – Para nacer he nacido

jueves, 16 de marzo de 2017

Hoy es siempre todavía (Bernabé Tierno)




La felicidad es un guiso que cada cual condimenta de acuerdo con su propio carácter, con sus objetivos e ilusiones y con las circunstancias en que se encuentra. No es lo mismo la felicidad que busca y se confecciona a sí mismo el consumidor de placeres que la que pretende el indolente, y mucho menos que la felicidad de las personas comprometidas y solidarias. Los mendigos y vagabundos, los pobres de este mundo, los enfermos y desahuciados, todos sin excepción, pueden ser aceptablemente felices, porque existe ese rango fijo, ese termostato de felicidad personal que a todos nos lleva a recuperar el estado básico de felicidad que nos caracteriza. No obstante, hay un elevado porcentaje de felicidad que depende de nuestra actitud en las circunstancias que nos afecten en el Hoy, Aquí y Ahora de nuestra vida cotidiana. Ésa es la felicidad que está en nuestra mano depararnos en cada instante de nuestra existencia.

El rumbo que das a tu vida, tus proyectos y objetivos contribuirán a proporcionarte felicidad solamente si están pensados y orientados a vivirlos y disfrutarlos de forma gozosa en el Hoy de cada día que la vida te vaya desgranando, en el Aquí concreto de lugar en que vivas o te encuentres en el Ahora de ese instante que se hace realidad en el presente continuo en que hablas, actúas, piensas, sientes… en definitiva, todos tus proyectos, como todos los rumbos posibles, no tienen más razón de ser que contribuir a otra cosa que no sea el que sientas vivamente la dicha de ¡existir!, de sentirte presente con todo lo que disfrutas en el Ahora del instante, integrado en el Hoy de todos y cada uno de los días que jalonan tu vida.




Los problemas no provienen de las cosas, personas y circunstancias, sino más bien del juicio que emitimos sobre todo lo que nos sucede, sucedió o pensamos que puede sucedernos. “Hoy es siempre todavía”, lo que significa que estás a tiempo de lograr lo que te propongas, pero con una condición: que seas absolutamente impecable y no te permitas rumiar el pasado negativo, aquello que ya fue y no puede dejar de ser. Tampoco debes inquietarte ni montar películas agobiantes sobre el futuro. Toda la energía de tu ser debe estar concentrada y centrada en lo que tienes programado para el Hoy y disfrutarlo plenamente.
    Cualquier día en que te encuentres viviendo tiene su fin, y esta realidad es muy positiva por muy beneficiosa y gozosa que sea la experiencia que vives y disfrutas, perdería su fuerza motivadora, su atractivo y encanto, si no la cambiaras por otra que activara en ti nuevos deseos, una mayor dificultad y te provocara mayor curiosidad y deseos de logro. Si la experiencia que vives, la realidad que te ha tocado afrontar y los hechos tozudos te fueran adversos, y no te fuera posible encontrar la solución adecuada, a veces saber que llegará un nuevo día con otras opciones y circunstancias nos fortalece para aceptar de buen grado lo que es desagradable y problemático. De este modo no permitimos que toda una cadena de pensamientos y sentimientos derrotistas nos impida sacar el mayor provecho posible al hoy que tenemos en nuestras manos.

Otra maravilla es la renovación que debes hacer de ti mismo en cada nuevo hoy de tu existencia. La maravilla de ser el mismo pero no lo mismo, es decir, como si nada cambiara en ti. Ser tú mismo en tu esencia, pero introduciendo en tu cotidiano vivir nuevas alegrías, más sentido del humor, ternura, más o menos pasión, que unas veces es fuego y otras prefiere quedarse en rescoldo, te renovará y rejuvenecerá, pero también rejuvenecerá y renovará a todas las personas a quienes de manera más o menos directa y cercana hoy “toques” con tus palabras, con tu presencia o simplemente con tu mirada.




Ese aquí que llamamos Mundo, y en el que habitamos los humanos, ha sido creado para que todos sin excepción lo recreemos y lo embellezcamos. Es una responsabilidad ineludible de cualquier mortal contribuir con su vida a hacer un mundo mejor, y curiosamente la clave de la Felicidad con mayúsculas, ese chirimiri de dicha que cala de gozo hasta el alma, tiene que ver con las acciones desinteresadas, solidarias y generosas de quienes tienen como proyecto de sus vidas ser útiles a los demás y dejar el mundo con menos violencia, menos pobreza y dolor y más riqueza, bienestar y paz para todos.

El “todos para todos” forma parte integrante e integradora del TODO que a todos nos acoge y al que pertenecemos, pero teniendo bien presente que el Mundo es obra nuestra: si llenamos los océanos y mares de inmundicia, si continuamos sin respetar las sabias leyes de la Naturaleza y entre los individuos que poblamos la Tierra apenas quedan buen entendimiento, amor y acogida, y son el odio, la violencia y el terrorismo los que todo lo inundan, este mundo, que fue creado para que lo fuéramos recreando y enriqueciendo con nuestro buen hacer de cada día, será pasto de las llamas de la
destrucción a la que lo tenemos sometido.

Es verdad que este Aquí o Mundo que a todos nos acoge en su regazo es el libro más gigantesco, la enciclopedia más completa, llena de sabiduría sin límites, a la que todos podemos acceder. El problema no es del Mundo, sino de quienes ni saben ni quieren aprender a leerlo y tampoco tienen el menor interés en acceder a su insondable e inagotable sabiduría.
     Somos nosotros los que debemos adaptarnos al Mundo, al aquí en que nos ha tocado vivir. Me refiero especialmente al "aquí" con minúscula, al lugar donde vivimos, la familia a la que pertenecemos, el lugar y momento en que existimos y actuamos.

La aceptación gozosa de la realidad que nos ha tocado vivir y la adaptación de buen grado a lo que nos depara el lugar en que nos encontramos, las personas con las que convivimos y el momento que estamos viviendo, son aspectos esenciales para esa buena vida que viven las personas más sabias y felices.


Bernabé Tierno – Hoy, Aquí y Ahora



lunes, 19 de diciembre de 2016

Todo lo que necesitas es Amar (Anthony de Mello)




¿Qué se necesita para comprender la fórmula de la felicidad? Una sola cosa: la capacidad de escuchar. Escuchar significa estar alerta. Si estás alerta, estás observando, estás escuchando, con una especie de mente virgen. No es fácil escuchar con una mente virgen, sin prejuicios, sin fórmulas establecidas.

No nos gusta lo nuevo; es demasiado molesto, demasiado liberador. Si rechazamos lo nuevo, no estamos dispuestos a escuchar. Pero si lo aceptamos sin discriminar, tampoco estamos escuchando. Tenemos a mano la solución del problema de la felicidad. ¿Por qué no la usamos? No la queremos. Imagina que te digo: voy a darte una fórmula que te va a hacer feliz por el resto de tu vida, disfrutarás de cada minuto del resto de tu vida… ¿Sabes lo que probablemente responderás?: “No me lo diga ¡Basta! No quiero oírlo”.

Ante todo, tu vida es un enredo. ¿No te gusta oírlo? Bueno, quizás eso prueba que es cierto. ¿Estás asustado? Tu vida es un enredo. Se puede perder el miedo y encontrar la felicidad. ¿Estas angustiado por el futuro? ¡Estás en un enredo! Estamos “sentados” sobre una mina de diamantes y no lo sabemos. Pero tú no quieres salir del enredo: la última cosa que quiere un paciente es la cura, no quiere curarse, busca alivio. Preferimos ser desdichados. ¿Estas preparado para cambiar éxito por felicidad? ¿Se te ha ocurrido alguna vez que aquello que llamas tu felicidad es en realidad tu condena? No saber en absoluto de ansiedades, de conflictos internos, vivir sin tensiones, sin desconcierto, sin congoja. ¿Que queda entonces? Felicidad pura, sin diluir. Eso es lo que tienes. Eso es vivir como un rey.




¿Que hago para ser feliz? No debes hacer nada para ser feliz. No puedes adquirir la felicidad, porque la tienes, ¡la tienes en este mismo momento! ¡la tienes! Pero estás todo el tiempo obstruyéndola.
     El enredo existe también porque tienes ideas equivocadas, no porque algo esté mal en ti. Tenemos instrucciones equivocadas. A tu cultura y a la mía no les importa para nada si tú y yo somos felices o no. Nacimos felices. Toda la vida ésta atravesada de felicidad. Nacimos con el sentido de la vida, pero lo perdimos. ¿Por qué lo perdimos? Porque nos enseñaron a trabajar activamente para volvernos desdichados. ¿Como lo lograron? Enseñándonos a apegarnos, a tener deseos tan intensos que rehusaríamos a ser felices a menos que fueran satisfechos. La formula es sencilla: el mundo está lleno de sufrimiento; la raíz del sufrimiento es el deseo-apego; la supresión del sufrimiento es el abandono del apego. Porque el apego produce ansiedad. De modo que la felicidad solo podría definirse como el abandono de la ilusión, el abandono del apego. Cuando se abandona la desdicha causada por el apego, se alcanza la felicidad. Si para ti la felicidad significa emociones, diversión, placer..., entonces hay contradicción. Emociones, diversión, placer, no son felicidad. La felicidad es un estado de desapego.

¿Carecer de apegos significa abandonar los esfuerzos creativos humanos, dejar de luchar e incluso de soñar? De ninguna manera. Se tiene mucha más energía cuando no se tiene apego, se tiene toda la energía disponible para uno.
   En el momento que te atrevas a exponerte –aunque sea durante dos segundos– a la verdad, estarás “perdido”. Porque si la vislumbras aunque sea una vez, algo en ti te volverá a llevar hacia ella. Si la ves, serás conducido a ella nuevamente y, cada vez en mayor medida, te volverás más libre y feliz.



Nada en la realidad, nada en la vida, nada en el mundo te perturba; nada tiene el poder de perturbarte. Toda perturbación está en ti, no en la realidad. Si no existiera la mente humana no habría problemas. Todos ellos existen solo en la mente humana. Todos son creados por la mente. Nada te perturba. Te perturbas a ti mismo cuando algo sucede. Hemos sido adiestrados para depender emocionalmente de los demás, para no ser capaces de vivir emocionalmente sin ellos. Cuando uno se perturba, tiene menos energía para hacer cosas y tiene menos capacidad de percepción. Ya no ve las cosas correctamente, reacciona con exceso.

Cuando no hay tensión ni perturbación, se desatan todas las fuerzas dentro de ti. Si lo logras, comprenderás qué es la verdadera dicha y el verdadero entusiasmo, que significa zambullirse en la vida, con alma y vida, con pasión. ¡Lánzate directamente a eso, sin dudar!, porque ya no estarás atenazado por emociones programadas.
    Nunca vivirás hasta que dejes de aferrarte a la vida. Cuando te aferras, la felicidad muere. Si tu felicidad depende de alguien o de algo, es inquietud, es tensión, es presión, es temor. Deja de lado la obstrucción, abandona las creencias falsas y el apego desaparecerá. Entonces sabrás qué es la felicidad.

Para alcanzar la iluminación, la espiritualidad, la liberación, todo lo que tienes que hacer es comprender. Hasta ahora siempre te has identificado con lo que sentías, pero ahora descubrirás que no eres tus sentimientos, no eres tu desdicha, no eres tu disgusto. La vida no es cruel contigo. ¿Cómo lo “arreglo”? No lo “arregles”. Entiéndelo, míralo; no cambias, la vida cambia, como también lo hace la naturaleza. Uno debe limitarse a hacer algo para ayudarla.




Vemos que todos estamos embarcados en el cambio. Queremos cambiarnos a nosotros mismos, queremos cambiar el mundo. Eso es lo que nuestra estúpida programación nos ha inculcado. Tenemos que cambiar todo, sin antes haber entendido nada. Lo que necesitas no es cambiar, es comprender. Compréndete a ti mismo, comprende a los demás. No estás aquí para cambiar el mundo, estás aquí para amarlo. ¿Sabes qué significa amar? “Amar” significa ¡Ver! ¡Comprender!

Una gran mentira que nos han contado cuando éramos niños es la siguiente: “Necesitas ser amado” ¡Basura! Y todos lo creen. Te diré lo que necesitas. Hay solo una necesidad, que es “amar”. No hay otra.




Anthony de Mello - Medicina del Alma