Mostrando entradas con la etiqueta Miguel de Unamuno. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Miguel de Unamuno. Mostrar todas las entradas

lunes, 2 de abril de 2018

Incertidumbre, nuestro supremo consuelo (Miguel de Unamuno)




 Ni el anhelo vital de inmortalidad humana halla confirmación racional, ni tampoco la razón nos da aliciente y consuelo de vida y verdadera finalidad a ésta. Mas he aquí que en el fondo del abismo se encuentran la desesperación sentimental y volitiva y el escepticismo racional frente a frente, y se abrazan como hermanos. Y va a ser de este abrazo, un abrazo trágico, es decir, entrañadamente amoroso, de donde va a brotar manantial de vida seria y terrible. El escepticismo, la incertidumbre, última posición a la que llega la razón ejerciendo su análisis sobre sí misma, sobre su propia validez, es el fundamento sobre el que la desesperación del sentimiento vital ha de fundar su esperanza.

La fe en la inmortalidad es racional. Y, sin embargo, fe, vida y razón se necesitan mutuamente. Tienen que apoyarse uno en otro y asociarse. Pero asociarse en lucha, ya que la lucha es un modo de asociación. La voluntad y la inteligencia se necesitan. Si la fe, la vida, no se puede sostener sino sobre razón que la haga transmisible –y ante todo transmisible de mí a mí mismo– la razón a su vez no puede sostenerse sino sobre fe, sobre vida, siquiera fe en la razón, fe en que ésta sirve para algo más que para conocer, sirve para vivir. Y, sin embargo, ni la fe es transmisible o racional, ni la razón es vital.

La fe no es en su esencia sino cosa de voluntad, no de razón, como creer es querer creer, y creer en Dios ante todo y sobre todo es querer que le haya. Y así, creer en la inmortalidad del alma es querer que el alma sea inmortal, pero quererlo con tanta fuerza que esta querencia, atropellando a la razón, pasa sobre ella. Mas no sin represalia. Y la trágica historia del pensamiento humano no es sino de una lucha entre la razón y la vida, aquella empeñada en racionalizar a ésta haciéndola que se resigne a lo inevitable, a la mortalidad; y ésta, la vida, empeñada en vitalizar a la razón obligándola a que sirva de apoyo a sus anhelos vitales.



Y la vida se defiende, busca el flaco de la razón y lo demuestra en el escepticismo, y se agarra de él, y trata de salvarse asida a tal agarradero. Necesita de la debilidad de su adversaria. El escepticismo vital viene del choque entre la razón y el deseo. Y de este choque, de este abrazo entre la desesperación y el escepticismo, nace la santa, dulce, la salvadora incertidumbre, nuestro supremo consuelo.

La certeza absoluta completa, de que la muerte es un completo y definitivo e irrevocable anonadamiento de la conciencia personal, o la certeza absoluta, completa, de que nuestra conciencia personal se prolonga más allá de la muerte, haciendo entrar en ello la extraña y adventicia añadidura del premio o del castigo eternos, ambas certezas nos harían igualmente imposible la vida.

En un escondrijo, el más recóndito del espíritu, sin saberlo acaso el mismo que cree estar convencido de que con la muerte acaba para siempre su conciencia personal, su memoria, en aquel escondrijo le queda una sombra, una vaga sombra de incertidumbre, y mientras él se dice: “ea, ¡a vivir esta vida pasajera que no hay otra!”, el silencio de aquel escondrijo le dice: “¿quién sabe?”. Cree acaso no oírlo, pero lo oye. Y en un repliegue también del alma del creyente que guarda más fe en la vida futura, hay una voz tapada, voz de incertidumbre, que le cuchichea al oído espiritual: “¿quién sabe…?” ¿Cómo podríamos vivir sin esa incertidumbre?
   El “¿y si hay?” y el “¿si no hay?” son las bases de nuestra vida íntima.

 


Y la más fuerte base de la incertidumbre, lo que más hace vacilar nuestro deseo vital, lo que más eficacia da a la obra disolvente de la razón, es ponernos a considerar lo que podría ser una vida del alma después  de la muerte. Porque aún venciendo, por un poderoso esfuerzo de fe, a la razón que nos dice y enseña que el alma no es sino una función del cuerpo organizado, queda luego el imaginarnos qué pueda ser una vida inmortal y eterna del alma. En esta imaginación las contradicciones y los absurdos se multiplican y se llega, acaso, a la conclusión, y es que si es terrible la mortalidad del alma, no menos terrible es su inmortalidad.

Pero vencido el obstáculo de la razón, ganada la fe… ¿qué dificultad, qué obstáculo hay en que nos imaginemos esa persistencia a medida de nuestros deseos? Sí, podemos imaginárnosla como un eterno rejuvenecimiento, en un eterno adecentarnos e ir hacia Dios, hacia la Conciencia Universal, sin alcanzarla nunca… ¿Quién pone trabas a la imaginación, una vez rota la cadena de lo racional?
    Y no soy yo, es el linaje humano todo el que entra en juego; es la finalidad última de nuestra cultura toda. Yo soy uno, pero todos son yo.

Y hemos llegado al fondo del abismo, al irreconciliable conflicto entre la razón y el sentimiento vital, y hay que aceptar el conflicto como tal y vivir de él.

   Esta desesperación religiosa, y que no es sino el sentimiento mismo trágico de la vida es, mas o menos velada, el fondo mismo de la conciencia de los individuos y de los pueblos cultos de hoy en día. Y es ese sentimiento la fuente de las hazañas heroicas. Los más locos ensueños de la fantasía tienen algún fondo de razón, y quién sabe si todo cuanto puede imaginarse un hombre no ha sucedido, sucede o sucederá alguna vez en uno o en otro mundo. Solo falta saber si todo lo imaginable es posible.


Miguel de Unamuno – Del sentimiento trágico de la vida

lunes, 20 de marzo de 2017

!Danos alma, Don Quijote! (Miguel de Unamuno)




Si uno denuncia un abuso, persigue la injusticia, fustiga la ramplonería, se preguntan los esclavos: ¿qué irá buscando en eso? ¿a qué aspira? Unas veces creen y dicen que lo hace para que le tapen la boca con oro; otras que es por ruines sentimientos y bajas pasiones de vengativo envidioso; otras que lo hacen no más que por meter ruido y que de él se hable, por vanagloria; otras que lo hace por divertirse y pasar el tiempo, por deporte. ¡Lástima tan grande que a tan pocos les dé por deportes semejantes!

Si no hubiera beneficios sino por la gratitudes que de ellos habríamos que recoger, ¿para qué nos servirían en la eternidad? Debe hacerse el bien no solo a pesar de que no nos han de corresponder en el mundo sino precisamente porque no han de correspondérnoslo. El valor infinito de las buenas obras estriba en que no tienes pago adecuado en la vida, y así rebosan de ella. La vida es un bien muy pobre para los bienes que en ella cabe ejercer.

Una locura cualquiera deja de serlo en cuanto se hace colectiva, en cuanto es locura de todo un pueblo, de todo el género humano acaso. En cuanto una alucinación se hace colectiva, se hace popular, se hace social, deja de ser una alucinación para convertirse en una realidad, en algo que está fuera de cada uno de los que la comparten. Hace falta llevar a las muchedumbres, llevar al pueblo, llevar a nuestro pueblo español, una locura cualquiera, la locura de uno cualquiera de sus miembros que esté loco, pero loco de verdad, no de mentirijillas. Loco, y no tonto.




Te debe importar poco lo que eres; lo cardinal para ti es lo que quieras ser. El ser que eres no es más que un ser caduco y perecedero que come de la tierra y al que la tierra se lo comerá un día; el que quieres ser es tu idea en Dios, Conciencia del Universo: es la divina idea de que eres manifestación en el tiempo y en el espacio. Y tu impulso querencioso hacia ese ser que quieres ser no es sino la morriña que te arrastra a tu hogar divino. Solo es hombre hecho y derecho el hombre cuando quiere ser más que hombre.
    La absoluta, la completa, la verdadera soledad consiste en no estar ni aún consigo mismo. Y no estarás de veras completo y absolutamente solo hasta que te despojes de ti mismo, al borde del sepulcro.

No hay porvenir, nunca hay porvenir. Eso que llaman el porvenir es una de las más grandes mentiras. El verdadero porvenir es hoy. ¿Qué será de nosotros mañana? ¡No hay mañana! ¿Qué es de nosotros ahora? Esta es la única cuestión.
    Lo más urgente es lo de ahora y lo de aquí; en el momento que pasa y en el reducido lugar que ocupamos en nuestra eternidad y nuestra infinitud.

¡No hay otro yo en el mundo! He aquí una sentencia que deberíamos no olvidar nunca, y sobre todo cuando al acongojarnos por tener que desaparecer un día, nos vengan con la ridícula monserga de que somos un átomo en el Universo, y que sin nosotros siguen los astros su curso y que el Bien ha de realizarse hasta sin nuestro concurso, y que es soberbia imaginar que toda esa inmensa fábrica se hizo para nuestra salud. ¡No hay otro yo en el mundo! Cada uno de nosotros es único e insustituible.
    ¡No hay otro yo en el mundo! Cada cual de nosotros es absoluto. Si hay un Dios que ha hecho y conserva el mundo, lo ha hecho y conserva para mí. ¡No hay otro yo! Los habrá mayores y menores, mejores y peores, pero no hay otro yo. Yo soy algo enteramente nuevo; en mí se resume una eternidad de pasado y de mí arranca una eternidad de porvenir. ¡No hay otro yo! Esta es la única base sólida del amor entre los hombres, porque tampoco hay otro tú que tú, ni otro él que él.

El ansia de gloria y renombre es el espíritu íntimo del quijotismo, su esencia y su razón de ser, y si no se puede cobrarlos venciendo gigantes y vestigios y enderezando entuertos, cóbraselos endechando a la luna y haciendo de pastor. El toque está en dejar nombre por los siglos, en vivir en la memoria de las gentes. ¡El toque está en no morir! ¡En no morir! ¡No morir!  Ésta es la raíz última, la raíz de las raíces de la locura quijotesca. ¡No morir! ¡no morir! Ansia de vida, ansia de vida eterna es la que te dio vida inmortal, mi señor Don Quijote; el sueño de tu vida fue y es sueño de no morir. 

¿No es acaso la mayor locura dejar perder la gloria inacabable por la gloria pasajera, la eternidad de espíritu para que dure nuestro nombre tanto como dure el mundo, un instante de eternidad?
    Así a nosotros, cuanto más vencidos estemos, cuando el mundo nos aplaste y nos estruje el corazón la vida y se nos derritan las esperanzas todas, danos alma, ¡Caballero!, danos alma y coraje para gritar desde el fondo de nuestra nadería: ¡plenitud de plenitudes y todo plenitud! ¿Qué yo muero en mi demanda? Pues así se hará esta más grande con mi muerte. ¿Qué peleando en pro de mi verdad, me vencen? ¡No importa! Pues ella vivirá y viviendo ella os mostrará que no depende de mí, sino de ella.




¿Para qué afanarse? ¿Para qué todo? Bástele a cada día su malicia. ¿Para qué ir a enderezar los tuertos del mundo? El mundo lo llevamos dentro de nosotros, es nuestro sueño, como lo es la vida; purifiquémonos y la purificaremos. La mirada limpia, limpia cuando mira; los oídos castos, castigan cuanto oyen. La mala intención de un acto ¿está en quien lo comete o en quien lo juzga? La horrible maldad de un Caín o de un Judas ¿no será acaso condensación y símbolo de la maldad de los que han fomentado sus leyendas? ¿No es la maldad nuestra la que nos hace descubrir cuanto hay de malo en nuestro hermano? ¿No es la paja que te anubla el ojo lo que te permite ver la viga del mío? Tal vez el demonio carga con las culpas de los que le temen. Santifiquemos nuestra intención y quedará santificado el mundo, purifiquemos nuestra conciencia, y puro saldrá el ambiente. Los limpios de corazón ven a Dios en todo y todo lo perdonan en su nombre. Las ajenas intenciones caen fuera de nuestro influjo, y solo en la intención está el mal.

La creación toda es algo que hemos de perder un día o que un día o que un día ha de perdernos, pues ¿qué otra cosa es desvanecernos del mundo sino desvanecerse el mundo de nosotros? ¿Te puedes concebir como no existiendo? Inténtalo, concentra tu imaginación en ello y figúrate a ti mismo sin ver ni oír, ni tocar, ni recordar nada; inténtalo, y acaso llames y atraigas a ti esa angustia que nos visita cuando menos lo esperamos, y sientas el mundo que te aprieta el gaznate del alma, por donde resuella tu espíritu.

Y en esa angustia, en esa suprema congoja del ahogo espiritual, cuando se te escurran las ideas, te alzarán de un vuelo congojoso para recobrarlas al conocimiento sustancial. Y verás que el mundo es tu creación, no tu representación. A fuerza de ese supremo trabajo de congoja conquistamos la verdad, que no es, no, el reflejo del Universo en la mente, sino su asiento en el corazón. La congoja del espíritu es la puerta de la verdad sustancial. Sufre, para que creas y creyendo vivas. Frente a todas las negaciones de la “lógica”, que rige las relaciones aparenciales de las cosas, se alza la afirmación de lo “cardíaco” que rige los toques sustanciales de ellas. Aunque tu cabeza diga que se te ha de derretir la conciencia un día, tu corazón, despertado y alumbrado por la congoja infinita, te enseñará que hay un mundo en que la razón no es guía. La verdad es lo que hace vivir, no lo que hace pensar.





Nada pasa, nada se disipa, nada se anonada; eternízase la más pequeña partecilla de materia y el más débil golpecillo de fuerza, y no hay visión, por huidera que sea, que no quede reflejada para siempre en alguna parte. Así como si al pasar por un punto, en el infinito de las tinieblas, se encendiera y brillara por un momento todo lo que por allí pasase, así brilla por un momento en nuestra conciencia del presente cuanto desfila de lo insondable del porvenir a lo insondable del pasado. No hay visión ni cosa ni momento de ella que no descienda de las honduras eternas de donde salió y allí se quede. Sueño es este súbito y momentáneo encendimiento de la sustancia tenebrosa, sueño es la vida, y apagado el pasajero fulgor, desciende su reflejo a las honduras de las tinieblas y allí queda y persiste hasta que una suprema sacudida lo reenciende para siempre un día. Porque la muerte no triunfa de la vida con la muerte de ésta. Muerte y vida son mezquinos términos de que nos valemos en esta prisión del tiempo y del espacio; tienen ambas una raíz común y la raigambre de esta raíz arraiga en la eternidad de lo infinito: en Dios, Conciencia del Universo.



Miguel de Unamuno – Vida de Don Quijote y Sancho

jueves, 9 de marzo de 2017

Solo lo humano es eternamente castizo (Miguel de Unamuno)




Elévanse a diario en España amargas quejas porque la cultura extraña nos invade y arrastra o ahoga lo castizo, y va zapando poco a poco nuestra personalidad nacional. Es una idea arraigadísima lo de creer que la subordinación ahoga la individualidad, que hay que resistirse a aquélla o perder ésta. Lo mismo los que piden que cerremos o poco menos las fronteras y pongamos puertas al campo, que los que piden más o menos explícitamente que nos conquisten, se salen de la verdadera realidad de las cosas, de la eterna y honda realidad, arrastrados por el espíritu de anarquismo que llevamos todos en el meollo del alma, que es el pecado original de la sociedad humana, pecado no borrado por el largo bautismo de sangre de tantas guerras. Mas no hace falta conquista, ni la conquista purifica, porque, a su pesar y no por ella, se civilizan los pueblos.

Si no tuviese significación viva lo de ciencia y arte españoles, no calentarían esas ideas a ningún espíritu, no habrían muerto hombres, hombres vivos, peleando por lo castizo. Mientras pasan sistemas, escuelas y teorías, va formándose el sedimento de las verdades eternas de la eterna esencia. Sobre el suelo compacto y firme de la esencia y arte eternos corre el río del progreso que le fecunda y acrecienta.

Hay una tradición eterna, legado de los siglos, la de la ciencia y el arte universales y eternos, he aquí una verdad que hemos dejado morir. Hay una tradición eterna, como hay una tradición del pasado y una tradición del presente. Debajo de la historia, es donde vive la verdadera tradición, la eterna, en el presente, no en el pasado muerto para siempre y enterrado en cosas muertas. En el fondo del presente hay que buscar la tradición eterna, en las entrañas del mar, no en los témpanos del pasado, que al querer darles vida se derriten, revertiendo sus aguas al mar.
    Así como la tradición es la sustancia de la Historia, la eternidad lo es del tiempo; la historia es la forma de la tradición, como el tiempo la de la eternidad. Y buscar la tradición en el pasado muerto es buscar la eternidad en el pasado, en la muerte, buscar la eternidad de la muerte.





La tradición hace posible la ciencia, mejor dicho, la ciencia misma es tradición. Estas últimas leyes a que la ciencia llega no son más que fórmulas de la eternidad viva, que no está fuera del tiempo, sino dentro de él. La tradición eterna es el fondo del ser del hombre mismo. El hombre, esto es lo que hemos de buscar en nuestra alma. Lo verdaderamente original es lo originario, la humanidad en nosotros.
    ¡Gran locura la de querer despojarnos del fondo común a todos, de la masa idéntica sobre la que se moldean las formas diferenciales, de lo que nos asemeja y une, de lo que hace que seamos prójimos, de la madre del amor de la humanidad, en fin, del hombre, del verdadero hombre, del legado de la especie! ¡Qué empeño por entronizar lo pseudo-original, lo distintivo, la mueca, la caricatura, lo que nos viene de fuera! Preferimos el arte a la vida, cuando la vida más oscura y humilde vale infinitamente más que la más grande obra de arte.



Hay un ejército que desdeña la tradición eterna, que descansa en el presente de la Humanidad, y se va en busca de lo castizo e histórico de la tradición, al pasado de nuestra casta, mejor dicho, de la casta que nos precedió en este suelo. Los más de los que se llaman a sí mismos tradicionalistas, o sin llamarse así se creen tales, no ven la tradición eterna, sino su sombra vana en el pasado. ¡Qué pena de ejército! Son gentes que por huir del ruido presente que les aturde, incapaces de sumergirse en el silencio de que es ese ruido, se recrean en ecos y retintines de sonidos muertos.

Hay que ir a la tradición eterna, madre del ideal, que no es otra cosa que ella misma reflejada en el futuro. Y la tradición eterna es tradición universal cosmopolita. Combatir contra ella es querer destruir la humanidad en nosotros, es ir a la muerte, empeñarnos en distinguirnos de los demás. Para hallar la humanidad en nosotros y llegar al pueblo nuevo, conviene, sí, que nos estudiemos, porque lo accidental, lo pasajero, lo temporal, lo castizo, de puro sublimarse y exaltarse se purifica destruyéndose. Pero ¡ay de aquel que al hacer examen de conciencia se complace en los pecados pasados y ve su originalidad en las pasiones que le han perdido, pone el pundonor mundano sobre todo!



El estudio de la propia historia, que debía ser un impecable examen de conciencia, se toma, por desgracia, como fuente de apologías y apologías de vergüenzas, y de excusas, y de disculpaciones y de componendas con la conciencia, como medio de defensa contra la penitencia regeneradora. Apena leer trabajos de historia en que se llama glorias a nuestras mayores vergüenzas, a las glorias de que purgarnos, en que se hace jactancia de nuestros pecados pasados; en que se trata de disculpar nuestras atrocidades innegables con las de otros. Mientras no sea la historia una confesión de un examen de conciencia no servirá para despojarnos del pueblo viejo, y no habrá salvación para nosotros.


La humanidad es la casta entera, sustancia de las castas históricas que se hacen y deshacen como las olas del mar; solo lo humano es eternamente castizo. Mas para hallar lo humano eterno hay que romper lo castizo temporal y ver cómo se hacen y deshacen las castas, cómo se ha hecho lo nuestro y qué indicios nos da de su porvenir su presente.


Miguel de Unamuno – En torno al casticismo

martes, 14 de enero de 2014

Sed de eternidad (M. Unamuno)

Ni a un hombre ni a un pueblo se le puede exigir un cambio que rompa la unidad y la continuidad de su persona. Se le puede cambiar mucho, hasta por completo casi; pero dentro de la continuidad. Todo lo que en mí conspire a romper la unidad y la continuidad de mi vida, conspira a destruirme y, por lo tanto, a destruirse. Porque para mí, el hacerme otro, rompiendo la unidad y la continuidad de mi vida, es dejar de ser el que soy; es decir, es sencillamente dejar de ser. Y esto no: ¡todo antes que esto!


¿Que otro llenaría tan bien o mejor que yo el papel que lleno? ¿Que otro cumpliera mi función social? Sí, pero no yo. Un alma humana vale por todo el universo. Un alma humana, ¡eh! No una vida. La vida esta no. Y sucede que a medida que se cree menos en el alma, es decir, en su inmortalidad consciente, personal y concreta, se exagerará más el valor de la pobre vida pasajera.

Y toda esta trágica batalla del hombre por salvarse, ese inmortal anhelo de inmortalidad no es más que una batalla por la conciencia. Si la conciencia no es más que un relámpago entre dos eternidades de tinieblas, entonces no hay nada más execrable que la existencia. Por lo que a mí hace, jamás me entregaré de buen grado, y otorgándole mi confianza, a conductor alguno de pueblos que no esté penetrado de que, para conducir un pueblo, conduce hombres, hombres de carne y hueso, hombres que nacen, sufren, y aunque no quieren morir, mueren; hombres que son fines en sí mismos, no solo medios; hombres que han de ser lo que son y no otros; hombres, en fin, que buscan eso que llamamos felicidad. Es inhumano, por ejemplo, sacrificar una generación de hombres a la generación que le sigue, cuando no se tiene sentimiento del destino de los sacrificados. No de su memoria, no de sus nombres, sino de ellos mismos.

La razón, lo que llamamos tal, el conocimiento reflejo y reflexivo, el que distingue al hombre, es un  producto social. La sociedad humana, como tal sociedad, tiene sentidos de que el individuo, a no ser por ella, carecería. Un individuo suelto puede soportar la vida y vivirla buena, y hasta heroica, sin creer en manera alguna ni en la inmortalidad del alma ni en Dios, pero es que vive vida de parásito espiritual. Si se da en un hombre la fe en Dios unida a una vida de pureza y elevación moral, no es tanto que el creer en Dios le haga bueno, cuanto que el ser bueno, gracias a Dios, le hace creer en él. La bondad es la mejor fuente de clarividencia espiritual.

Y es que ese sentido social, hijo del amor, padre del lenguaje y de la razón y del mundo ideal de que él surge, no es en el fondo otra cosa que lo que llamamos fantasía e imaginación. Esa facultad íntima social, la imaginación que lo personaliza todo, es la que, puesta al servicio del instinto de perpetuación, nos revela la inmortalidad del alma y a Dios, siendo así Dios un producto social. Si un día ha de acabarse toda conciencia personal sobre la tierra; si un día ha de volver a la nada, es decir, a la absoluta inconsciencia de que brotara el espíritu humano, y no ha de haber espíritu que se aproveche de toda nuestra ciencia acumulada, ¿para qué esta? Porque no se debe perder de vista que el problema de la inmortalidad personal del alma implica el porvenir de la especie humana toda.



¿De dónde vengo yo y de dónde viene el mundo en que vivo? ¿Adónde voy y adónde va cuanto me rodea? ¿Qué significa esto? Debajo de esas preguntas no hay tanto el deseo de conocer un por qué como el de conocer el para qué, no de la causa, sino de la finalidad. Solo nos interesa el por qué en vista del para qué; solo queremos saber de dónde venimos para poder averiguar adónde vamos.
    ¿Por qué quiero saber de dónde vengo y adónde voy, de dónde viene y adónde va lo que me rodea y que significa todo esto? Porque no quiero morirme del todo, y quiero saber, si he de morirme o no definitivamente. Y si no muero, ¿qué será de mí?; y si muero, ya nada tiene sentido. Y hay tres soluciones: a) o sé que me muero del todo y entonces la desesperación irremediable, o b) sé que no muero del todo, y entonces la resignación, o c) no puedo saber ni una cosa ni otra, y entonces la resignación en la desesperación.
    ¿Pero  podemos contener a ese instinto que lleva al hombre a querer conocer y, sobre todo, a querer conocer aquello que a vivir, a vivir siempre, conduzca? A vivir siempre, no a conocer siempre. Porque vivir es una cosa y conocer otra y acaso hay entre ellas una tal oposición que podemos decir que todo lo vital es antirracional, no ya solo irracional, y todo lo racional, antivital. Y ésta es la base del sentimiento trágico de la vida.

El universo visible, el que es hijo del instinto de conservación, me viene estrecho, esme como una jaula que me resulta chica, y contra cuyos barrotes da en sus revuelos mi alma; fáltame en él el aire que respirar. Más, más y cada vez más; quiero ser yo, y sin dejar de serlo, ser además los otros, adentrarme a la totalidad de las cosas visibles e invisibles, extenderme a lo ilimitado del espacio y prolongarme a lo inacabable del tiempo. De no serlo todo y por siempre, es como si no fuera, y por lo menos ser todo yo, y serlo ahora para siempre jamás. Y ser yo es ser todos los demás. ¡O todo o nada! ¡Eternidad!, ¡eternidad! Este es el anhelo: la sed de eternidad es lo que se llama amor entre los hombres; y quien a otro ama es que quiere eternizarse en él. Lo que no es eterno tampoco es real.



¡Ser, ser siempre, ser sin término, sed de ser, sed de ser más!, ¡hambre de Dios!, ¡sed de amor eternizante y eterno!, ¡ser siempre!, ¡ser Dios!
Si al morírseme el cuerpo que me sustenta, y al que llamo mío para distinguirme de mí mismo, que soy yo, vuelve mi conciencia a la absoluta inconsciencia de que brotara, y como a la mía les acaece a las de mis hermanos todos en la humanidad, entonces no es nuestro trabajado linaje humano mas que una fatídica procesión de fantasmas, que van de la nada a la nada, y el humanitarismo lo más inhumano que se conoce. Si del todo morimos todos, ¿para qué todo? ¿Para qué? Es el ¿para qué? que nos corroe el meollo del alma, es el padre de la congoja, la que nos da el amor de esperanza.

El hambre de Dios, la sed de eternidad, de sobrevivir, nos ahogará siempre ese pobre goce de la vida que pasa y no queda. Es el desenfrenado amor a la vida, el amor que la quiere inacabable, lo que más suele empujar al ansia de la muerte. Anonadado ya, si es que del todo me muero, se me acabó el mundo, ¿y por qué no ha de acabarse cuanto antes para que no vengan nuevas conciencias a padecer el pesadumbroso engaño de una existencia pasajera y apariencial? Si deshecha la ilusión de vivir, el vivir por el vivir mismo o para otros que han de morirse también no nos llena el alma, ¿para qué vivir? La muerte es nuestro remedio.

No quiero morirme, no, no quiero ni quiero quererlo, quiero vivir siempre, siempre, siempre, y vivir yo este pobre yo que me soy y me siento ser ahora y aquí, y por esto me tortura el problema de la duración de mi alma, de la mía propia.

Cuando las dudas invaden y nublan la fe en la inmortalidad del alma, cobra brío y doloroso empuje el ansia de perpetuar el nombre y la fama. Y de aquí esta tremenda lucha por singularizarse y por sobrevivir de algún modo en la memoria de los otros y los venideros, esa lucha mil veces más terrible que la lucha por la vida, y que da tono, color y carácter a esta nuestra sociedad, en que la fe medieval en el alma inmortal se desvanece. Cada cual quiere afirmarse siquiera en apariencia. Nuestra lucha a brazo partido por la sobrevivencia del nombre. Se retrae al pasado, así como aspira a conquistar el porvenir, ¿qué significa esta irritación cuando creemos que nos roban una frase, o un pensamiento, o una imagen que creíamos nuestra; cuando nos plagian? ¿Robar? ¿Es que acaso es nuestra, una vez que al público se la dimos? Tremenda pasión esa de que nuestra memoria sobreviva por encima del olvido de los demás si es posible. La envidia es mil veces más terrible que el hambre, porque es hambre espiritual.


¿Orgullo querer dejar nombre imborrable? Ni esto es orgullo, sino temor a la nada. Tendemos a serlo todo por ver en ello el único remedio para no reducirnos a nada. Queremos salvar nuestra memoria, siquiera nuestra memoria. ¿Y si salváramos nuestra memoria en Dios?

Miguel de Unamuno – Del Sentimiento Trágico de la Vida