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lunes, 3 de marzo de 2014

... y Dios creó Andalucía (Ortega y Gasset)

Andalucía, que no ha mostrado nunca pujos ni petulancias de particularismo; que no ha pretendido nunca ser un Estado aparte, es, de todas las regiones españolas, la que posee una cultura más radicalmente suya. Entendamos por cultura un sistema de actitudes ante la vida que tenga sentido, coherencia, eficacia. La vida es primeramente un conjunto de problemas esenciales a que el hombre responde con un conjunto de soluciones: la cultura. Y es curioso advertir que cada cultura positiva consigue resolver cierto número de cuestiones vitales mediante el previo abandono y renuncia a resolver las restantes. De suerte que, (el andaluz) del defecto ha hecho una virtud, y si ha logrado algo o mucho ha sido por aceptar alegremente su carácter fragmentario. La cultura andaluza vive de una heroica amputación: precisamente de amputar todo lo heroico de la vida.




La andaluza es una cultura campesina, es decir, agraria. No es lo peculiar de ésta que el hombre cultive el campo, sino que de la agricultura hace principio e inspiración para el cultivo del hombre. En Andalucía se ha despreciado siempre al guerrero. Consecuencia de este desdén a la guerra es que Andalucía haya intervenido tan poco en la historia cruenta del mundo. ¿Qué papel ha sido el de Andalucía en este orden de la historia?: se ha dejado conquistar por todo el que ha querido. Al ataque brutal oponen su blandura; su táctica es la del colchón: ceder. Tanto, que el invasor no encuentra fuerza donde apoyar su ímpetu y cae por sí mismo en la deliciosa blandura.
   Andalucía ha caído en poder de todos los violentos mediterráneos, sin ensayar la resistencia. Su táctica fue ceder y ser blanda. De este modo acabó siempre por embriagar con su delicia el áspero ímpetu del invasor. El olivo bético es símbolo de paz como norma y principio de cultura.

Vive el andaluz en una tierra grasa, ubérrima, que con mínimo esfuerzo da espléndidos frutos. Pero además el clima es tan suave, que el hombre necesita muy pocos de estos frutos para sostenerse sobre el haz de la vida.
   Mientras creamos haberlo dicho todo cuando acusamos al andaluz de holgazanería, seremos indignos de penetrar el sutil misterio de su alma y su cultura. Se dice pronto “holgazanería”, pero el andaluz lleva unos cuatro mil años de holgazán, y no le va mal. La famosa holgazanería andaluza es precisamente la fórmula de su cultura. La cultura no consiste en otra cosa que en hallar una ecuación con que resolvamos el problema de la vida. Pero el problema de la vida se puede plantear de dos maneras distintas. Si por vida entendemos una existencia de máxima intensidad, la ecuación nos obligará a afrontar un esfuerzo máximo. Pero reduzcamos previamente el problema vital, aspiremos a una “vita minima”; entonces, con un mínimo esfuerzo obtendremos una ecuación tan perfecta como la del pueblo más hazañoso. Este es el caso del andaluz. Su solución es profunda e ingeniosa. En vez de aumentar el haber, disminuye el debe; en vez de esforzarse para vivir, vive para no esforzarse, hace de la evitación del esfuerzo principio de existencia.

Podrá en el andaluz ser la pereza también un defecto y un vicio; pero antes que vicio y defecto, es nada menos que su ideal de existencia. Esta es la paradoja que necesita meditar todo el que pretenda comprender a Andalucía: la pereza como ideal y como estilo de cultura. Si sustituimos el vocablo pereza por su equivalente “mínimo esfuerzo”, la idea no varía, y cobra, en cambio, un aspecto más respetable. Pero no exageremos la indolencia de los andaluces. A la postre, vienen a hacer todo lo que es necesario, y su pereza no excluye por completo la labor, sino es más bien el sentido y el aire que adopta su trabajo.



Es la pereza el postrer residuo que nos queda del Paraíso, y Andalucía el único pueblo de Occidente que permanece fiel a un ideal paradisíaco de la vida. Hubiera sido imposible tal fidelidad si el paisaje en que está alojado el andaluz no facilitase ese estilo de existencia. Para el hombre que llega del Norte es la luminosidad y gracia cromática de la campiña andaluza un terrible excitante que le induce a una vida frenética. No cae en cuenta que el andaluz aprovecha en sentido inverso las ventajas de su “medio”. El pueblo andaluz posee una vitalidad mínima, la que buenamente le llega del aire soleado y de la tierra fecunda. Reduce al mínimo la reacción sobre el medio porque no ambiciona más y vive sumergido en la atmósfera como un vegetal. La vida paradisíaca es, ante todo, vida vegetal. Con sus raíces recibe el nutrimiento telúrico, con sus hojas bebe del sol y del viento. Vivir es a un tiempo, recibir de fuera el sustento y gozarse al recibirlo.

A un andaluz le parecen absurdos la manera de trabajar y la manera de divertirse (de otros pueblos), ambas sin mesura, desintegrada la una de la otra. Por su parte, prefiere trabajar poco, y también divertirse sobriamente, pero haciendo a la vez lo uno y lo otro, infusas las dos operaciones en un gesto único de vida que fluye suavemente, sin interrupciones ni sobresaltos. Para los nativos, la fiesta es siempre un poco fiesta y no lo es del todo nunca.
   La vida andaluza excluye toda exaltación y se caracteriza por el fino cuidado de rebajar un tono lo mismo la pena que el placer. Lo que subraya y antepone es precisamente el tono menor de la vida, el repertorio de mínimas y elementales delicias que pueden extenderse, sin altos ni bajos, con perfecta continuidad, por toda la existencia. En el Paraíso no se comprende goces intensos, concentrados frenéticamente en puntos del tiempo, a que siguen horas de vacío o de amargor.

El andaluz tiene un sentido vegetal de la existencia y vive con preferencia en su piel. El bien y el mal tienen ante todo un valor cutáneo: bueno es lo suave, malo lo que roza ásperamente. Su fiesta auténtica y perenne está en la atmósfera, que penetra todo su ser, da un prestigio de luz y de ardor a todos sus actos y es, en suma, el modelo de su conducta. El andaluz aspira a que su cultura se parezca a su atmósfera.



Vive, pues, este pueblo referido a su tierra, adscrito a ella en forma distinta y más esencial que ninguno otro. El andaluz se siente mero usufructuario de esa delicia terrena, y en este sentido, se cree un pueblo privilegiado. Todo andaluz tiene la maravillosa idea de que ser andaluz es una suerte loca con que ha sido favorecido: Dios le ha adscrito al mejor rincón del planeta. Frente al hombre de la “tierra prometida”, es el hombre de la “tierra regalada”, el hijo de Adán a quien ha sido devuelto el Paraíso.
   Para el andaluz es vivir en Andalucía el ideal, consciente ideal. Porque ser andaluz es convivir con la tierra andaluza, responder a sus gracias cósmicas, ser dócil a sus inspiraciones atmosféricas.

Este ideal –la tierra andaluza como ideal- es tan básico y elemental, tan previo a toda otra cosa, que el resto de la vida, al producirse sobre él, nace ya ungido y saturado de idealidad. De aquí que toda la existencia andaluza posea ese divino aire de idealidad que la estiliza de gracia. El andaluz es egregio en lo que se hace y se dice cada minuto, el gesto impremeditado, el uso trivial… Pero este pueblo, donde la base vegetativa de la existencia es más ideal que en ningún otro, apenas si tiene otra idealidad. Fuera de lo cotidiano, el andaluz es el hombre menos idealista que conozco.



(Se detiene en aclarar el profesor Ortega que debemos entender por “sentido vegetal de la existencia”  más bien como que “su actividad espiritual exalta y pule el plano vegetativo de la existencia”. Hay que destacar que en este insigne autor se armonizan a la perfección filosofía y poesía, realismo y metáfora. Bajo este aspecto habría que entender sus alusiones a la pereza y la holgazanería, con una intención y sentido más profundos que el mero tópico, dado por supuesto por todo aquel que desconozca esta tierra y no haya compartido vivencialmente los entresijos del “ser” andaluz.)


Ortega y Gasset – Teoría de Andalucía

lunes, 18 de noviembre de 2013

Espectadores de una sociedad ineficaz (Ortega y Gasset)





De todas las enseñanzas que la vida me ha proporcionado, la más acerba, más inquietante, más irritante para mí ha sido convencerme de que la especie menos frecuente sobre la tierra es la de los hombres veraces. Yo he buscado en torno, con mirada suplicante de náufrago, los hombres a quienes importase la verdad, lo que las cosas son por sí mismas, y apenas he hallado alguno.

Sí; congoja de ahogo siento, porque un alma necesita respirar almas afines, y quien ama sobre todo la verdad necesita respirar aire de almas veraces. No he hallado en derredor sino políticos, gentes a quienes no interesa ver el mundo como él es, dispuestos solo a usar de las cosas como les conviene.

Hace falta, pues, afirmarse de nuevo en la obligación de la verdad, en el derecho de la verdad.


Vivimos entre antítesis; la religión se opone a la ciencia, la virtud al placer, la sensibilidad fina y estudiada al buen vivir espontáneo, la idea a la mujer, el arte al pensamiento… Alguien, al ponernos sobre el planeta, ha tenido el propósito de que sea nuestro corazón una máquina de preferir. Nos pasamos la vida eligiendo entre lo uno o lo otro. ¡Un penoso destino! ¡Prolongado, insistente tragedia!... y aunque elijamos lo que nos parece mejor, siempre dejamos en nuestra apetencia un hueco que debió llenarse con aquel otro bien propuesto. Ahora bien, las gentes suelen mostrarse demasiado presurosas en decidirse por lo mejor: olvidan que cada acto de preferencia abre, a la vez, una oquedad en nuestra alma. No, no prefiramos; mejor dicho, prefiramos no preferir. No renunciemos de buen ánimo a gozar de lo uno o lo otro; religión y ciencia, virtud y placer, cielo y tierra… Cada hombre debe pensar que es él el llamado a resolverlas.


El triunfar en la sociedad es un síntoma, a veces, inequívoco de una cierta clase de virtudes: al hombre que lo consigue solemos llamar eficaz, decimos que sirve, y la eficacia es un valor positivo, que estoy muy lejos de negar. Pero me parece una perversión de nuestro tiempo que ese valor sea el único estimado o, cuando menos, el más estimado. Merced a ello hemos desalojado del mundo todo lo exquisito, porque todo lo exquisito – ¡qué le vamos a hacer! – es socialmente ineficaz. La virtud de emocionarse delicadamente es, por ejemplo, una de las cosas más altas que cabe imaginar; pero en la mecánica que hoy rige las sociedades humanas solo es útil para sucumbir. Quien acierta a escribir sin retórica es un gran escritor. Esto es, en ética como en estética, la esencia del pecado: querer ser tenido por lo que no se es. Y la retórica es ese pecado de no ser fiel a sí mismo, la hipocresía en arte.



La democracia, como democracia, es decir, estricta y exclusivamente como norma del derecho político, parece una cosa óptima. Pero la democracia exasperada y fuera de sí, la democracia en religión o arte, la democracia en el pensamiento y en el gesto, la democracia en el corazón y la costumbre, es el más peligroso morbo que puede padecer una sociedad. Como la democracia es una forma jurídica, al hacer de ella principio integral de la existencia se engendran las mayores extravagancias. Lo que hoy se llama democracia es una degeneración de los corazones.

Vivimos rodeados de gente que no se estiman a sí mismas… quisieran que a toda prisa fuese decretada la igualdad entre los hombres, ambicionan la declaración de que todos los hombres somos iguales en talento, sensibilidad, delicadeza y altura cordial.

Periodistas, profesores y políticos sin talento componen, por tal razón, el Estado Mayor de la envidia. Lo que hoy llamamos “opinión pública” y “democracia” no es en gran parte sino la purulenta secreción de esas almas rencorosas.

El hombre de tacto se complace en faltar de cuando en cuando a las normas que él mismo se ha impuesto, en quebrar su efectiva ejemplaridad, a fin de dejar un breve hueco entre su vida y la perfección abstracta que le sirve de meta. Nuestra existencia no debe ser un paradigma, sino un sesgado curso entre los modelos que a la vez nos aproxima a ellos y gentilmente los evita.


  
Cuando no hay alegría el alma se retira a un rincón de nuestro cuerpo y hace de él su cubil. De cuando en cuando da un aullido lastimero o enseña los dientes a las cosas que pasan. Y todas las cosas me parece que hacen camino rendidas bajo el fardo de su destino y que ninguna tiene vigor bastante para danzar con él sobre los hombros. La vida nos ofrece un panorama de universal esclavitud. Ni el árbol trémulo, ni la sierra que incorpora vacilante su pesadumbre, ni el viejo monumento que perpetúa en vano su exigencia de ser admirado, ni el hombre que, ande por donde ande, lleva siempre el semblante de estar subiendo una cuesta, nada, nadie manifiesta mayor vitalidad que la estrictamente necesaria para alimentar su dolor y sostener en pie su desesperación.

Muy especialmente si la falta de alegría proviene de un dolor físico, percibimos con extraña evidencia la línea negra que limita cada ser y lo encierra dentro de sí, sin ventanas hacia fuera. Y como la gracia y la alegría y el lujo de las cosas consisten en los reflejos innumerables que las unas lanzan sobre las otras y de ellas reciben, la sospecha de su soledad radical parece rebajar el peso del mundo… y presentimos que hay dondequiera oculto un vacío que alguien se entretiene en punzar rítmicamente. En la estrella, en la ola marina, en el corazón del hombre da su latido a compás el dolor inagotable.




No podemos ver nada claro en este sublime asunto de la felicidad –decidme: ¿hay otro, por ventura, más importante? –, si no comenzamos por advertir que frente a las cosas es el sujeto una pura actividad. Llámesele alma, conciencia, espíritu o como se quiera, eso que somos consiste en un haz de actividades, de las cuales unas se ejecutan y otras aspiran a ejercerse. Consistimos, pues, en un potencial de actos: vivir es ir dando salida a ese potencial, es ir convirtiéndolo en actuación. Dicho de otra manera: somos un poder ver, un poder gustar y oír, un poder recordar, un poder entristecernos y alegrarnos, llorar o reír, un poder amar y odiar, imaginar, saber, dudar, creer, desear y temer.

¿Cómo es posible que imaginemos la felicidad con el semblante del sueño, que es la negación de todo eso?

Si en los momentos de infelicidad, cuando el mundo nos parece vacío y todo sin sugestiones, nos preguntan qué es lo que más ambicionamos, creo yo que contestaríamos: salir de nosotros mismos, huir de este espectáculo del yo agarrotado y paralítico. Y envidiamos los seres ingenuos, cuya conciencia nos parece verterse íntegra en lo que están haciendo, en el trabajo de su oficio, en el goce de su juego o de su pasión. La felicidad es estar fuera de sí –pensamos–.

De lo que llevo dicho se desprende que en ese estar fuera de sí consiste precisamente el vivir espontáneo, el ser, y que, al entrar dentro de sí, el hombre deja de vivir y de ser, y se encuentra frente a frente con el lívido espectro de sí mismo.

El hombre no puede vivir plenamente si no hay algo capaz de llenar su espíritu hasta el punto de desear morir por ello. ¿Quién no descubre dentro de sí la evidencia de esta paradoja? Lo que no nos incita a morir, no nos excita a vivir. Ambos resultados, en apariencia contradictorios son, en verdad, los dos haces de un mismo espíritu. Solo nos empuja irresistiblemente hacia la vida lo que por entero inunda nuestra cuenca interior. Renunciar a ello sería para nosotros mayor muerte que con ello fenecer. Por esta razón, yo no he podido sentir nunca hacia los mártires admiración, sino envidia. Es más fácil lleno de fe morir que exento de ella arrastrarse por la vida.


La muerte regocijada es el síntoma de toda cultura vivaz y completa, donde las ideas tienen eficacia para arrebatar los corazones.


José Ortega y Gasset – El Espectador