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miércoles, 13 de agosto de 2014

¿Cómo vivir una vida completa, total? (Krishnamurti)


¿Qué va uno a hacer en un mundo que es en realidad espantoso, brutal; un mundo en que hay tal violencia, tal corrupción; en el que importa enormemente el dinero, dinero, dinero, y en que uno está dispuesto a sacrificar a otro al buscar poder, posición, prestigio, fama; donde cada hombre quiere o se esfuerza por afirmarse, por llenar un cometido, por ser alguien? ¿Qué va uno a hacer?



¿Qué voy a hacer, viviendo en este mundo, viendo todo esto ante mí: la desdicha, el enorme sufrimiento que el hombre causa al hombre, el hondo sufrimiento por el que uno pasa, la ansiedad, el miedo, el sentido de culpa, la esperanza y la desesperación? ¿Qué voy a hacer viviendo en un mundo así? ¿Cómo vivir una vida completa, total? ¿Hay una vida de acción que nunca sea fragmentaria, nunca exclusiva, nunca dividida? ¿Cómo vamos a descubrirla? ¿Cuál es la acción que no engendra conflicto, contradicciones?

El intelecto no puede contestar la pregunta que nos hemos formulado, ni puede hacerlo el pensamiento. El pensamiento nunca puede producir unidad de acción. Vivir de acuerdo con una fórmula, con una ideología, con una conclusión previsible, es vivir una vida de adaptación, de limitación, de conformidad y por lo tanto, una vida de oposiciones, de dualidad, de interminable conflicto y confusión.

¿Puede uno romper con esta estructura: la tradición, cosa en que estamos presos, y descubrir ese estado de amor que no es nada de esto? ¿Es posible una vida en que el vivir mismo sea la belleza de la acción y del amor? Solo hay una acción que proviene del amor; no hay ninguna otra que no engendre contradicción o conflicto. ¿Es posible, pues, que nosotros, los seres humanos, lleguemos a envolvernos en esta belleza de la acción, que es amor?

Sería extraordinario que desde hoy mismo saliéramos efectivamente a una dimensión distinta y viviéramos una vida tan completa, total, tan sagrada. Tal es la vida religiosa, no hay otra vida, no hay otra religión. Una vida así resolverá todo problema, porque el amor es extraordinariamente inteligente y práctico, y posee la más elevada forma de sensibilidad. Además, en él hay humildad. Esto es lo único importante en la vida: o uno está empapado de amor o no lo está. Si todos pudiéramos llegar a esto de forma natural, fácil, sin ningún esfuerzo o conflicto, entonces tendríamos una vida distinta, de gran inteligencia y claridad. Es esta claridad la que constituye una luz para uno mismo; esta claridad resuelve todos los problemas.



Lo importante no es acumular palabras, razonamientos o explicaciones, sino más bien producir, en cada uno de nosotros, una honda revolución, una profunda mutación psicológica, para que haya una sociedad de tipo distinto, una relación totalmente diferente entre hombre y hombre, que no se base en la inmoralidad, como ahora. Una revolución así no se realiza mediante sistema alguno, ni por acción de la voluntad, ni por ninguna combinación del hábito y de la previsión.

El amor nunca puede ser una cosa del hábito. El placer puede convertirse en hábito, mas yo no veo cómo puede volverse hábito el amor. Y el cambio profundo y radical que estamos hablando ha de venir con esta cualidad del amor, una cualidad que nada tiene que ver con la emoción o el sentimentalismo; no tiene nada que ver con la tradición, con la cultura hondamente arraigada de sociedad alguna. Al darnos cuenta de cómo todo este proceso de vivir en el hábito produce insensibilidad, incapacitando la mente para comprender y para moverse con rapidez, empezamos a ver el temor como es realmente. Mirando el temor y dejándolo en libertad, termina el temor. El temor no es un problema insoluble. Cuando se comprende el temor, se comprenden también todos los problemas relacionados con ese temor.

Cuando no hay miedo hay libertad. Y cuando existe esta libertad interna, psicológica, total, y no hay dependencia alguna, entonces la mente no queda tocada por ningún hábito. El amor no es hábito, no puede cultivarse. Para dar con el amor tiene que haber libertad. Cuando la mente está en completa calma, dentro de su propia libertad, entonces surge lo “imposible, que es el amor. Éste es el único problema: cómo vivir una vida de bienaventuranza, de gran intensidad para que, conociendo la naturaleza misma y la estructura del propio ser –que está arraigado en el animal– uno lo trascienda.



Cuando no hay distorsión alguna, entonces hay orden, que en sí mismo lleva su propia disciplina, extraordinaria, sutil. Y lo único que puede uno hacer es dejar abierta esa puerta, venga o no por ella esa realidad. No puede uno invitarla. Y, si uno es muy afortunado, por alguna casualidad extraña, puede que venga y dé su bendición. Después de todo, así son la belleza y el amor. No podemos buscarlas; si las buscamos, llegan a ser simplemente la continuación del placer, que no es amor.

Hay una dicha que no es placer. Cuando la mente se halla en ese estado de meditación hay dicha inmensa. La meditación no es una desviación del curso de la vida o un entretenimiento; es parte de toda nuestra vida. Si no hay meditación, entonces no sabe uno cómo amar, no sabe lo que es la belleza. Y, haga uno lo que quiera nunca descubrirá nada, porque la “búsqueda” de la verdad implica que una mente puede hallarla y que tiene la capacidad de decir “esa es la verdad”. No hay sendero que conduzca a la Verdad. Procedamos, pues, a descubrir lo que es el amor. No “encontrarle”, sino hallarnos en ese estado de perfección, en esa condición de la mente que no está agobiada por los celos, la desdicha, el conflicto, la propia lástima. Solo entonces hay una posibilidad de vivir en una dimensión diferente, que es el amor.


Entonces el vivir diario, con sus contradicciones, brutalidades y violencias, no tiene aquí lugar. Pero tiene que trabajar uno de manera muy intensa todos los días, para echar los cimientos; eso es lo único que importa, ninguna otra cosa. De ese silencio, que es la naturaleza misma de una mente meditativa, puede venir el amor y la belleza. Y, cuando todo esto se ve con mucha claridad y uno vive de esa manera, entonces tal vez haya una vida sin principio ni fin, una vida eterna.


Krishnamurti – La libertad total: reto esencial del hombre

jueves, 30 de enero de 2014

La Libertad Interior (Krishnamurti)




Las ideologías, los principios y las creencias no solo separan a los hombres en grupos, sino que en realidad impiden la cooperación; sin embargo, lo que necesitamos en este mundo es cooperar, colaborar, actuar juntos. Uno tiene que desechar completamente estas divisiones nacionalistas y religiosas. Tenemos que construir un mundo enteramente distinto, que nada tenga que ver con el mundo de hoy, lleno de manías, conflictos y competencias, un mundo cruel, brutal y violento.

Solo la mente religiosa es verdaderamente revolucionaria, porque está más allá de la izquierda, de la derecha, del centro. Lo que es absolutamente esencial no es posible lograrlo por medio de una ideología. Lo que está pasando en el mundo muestra la división y el conflicto que crean las ideologías.

La solidaridad solo es posible cuando no hay autoridad alguna. Uno asume “autoridad” en nombre de una ideología o en nombre de Dios o de la Verdad. Y es imposible que produzcan un orden mundial el individuo o el grupo de personas que han asumido esa “autoridad”. La autoridad le da mucha satisfacción al hombre que la ejerce –no importa el nombre en que lo haga-; deriva inmenso placer de ello y por lo tanto él es el más… Tal autoridad le impide al ser humano ser una luz para sí mismo. Cuando cada uno es luz para sí mismo, solo entonces puede cooperar, amar; solo entonces hay un sentido de comunión de unos con otros. Esa autoridad, esa postura definida, impide una comunicación mutua. Solo una mente realmente libre es la que puede estar en comunión, la que puede cooperar. Una mente así es a la vez el maestro y el discípulo. Y esto únicamente es posible cuando hay un sentido de observación, de ver las cosas en uno mismo tal como son. La mayoría de nosotros somos inconscientes de nosotros mismos. No sé si habrán observado a las personas que continuamente están hablando de sí mismas, haciendo la propia valoración de su posición en la vida. “Primero yo, y en segundo lugar todo lo demás”.



Si ha de haber solidaridad entre nosotros, comunicación y comunión entre uno y otro, es evidente que tiene que desaparecer esa barrera de “primero yo y todo lo demás en segundo lugar”. El yo asume una importancia enorme, ¡se expresa de tantas maneras! Por eso llegan a ser un peligro las organizaciones. Los que están a la cabeza de una organización o que asumen el poder de ella, se convierten poco a poco en la fuente de la “autoridad”. Y con estas personas uno no puede cooperar, no puede estar en comunión.

Tenemos que crear un mundo nuevo, en el que, como seres humanos, no estemos combatiendo unos con otros, destruyéndonos mutuamente; en que uno no domine al otro con sus ideas ni con sus conocimientos; en que cada ser humano sea libre en realidad, no en teoría. Y solo en esta libertad es posible aportar orden al mundo. Responsables lo somos todos por la división que continúa en el mundo, no solo en lo ideológico, sino también en lo religioso. Si es posible, vamos a poner en esto nuestra mente y nuestro corazón.

¿Cuál es, pues, la respuesta como ser humano que vive en este mundo, con toda la confusión, los disturbios, las revoluciones; con esta terrible división entre hombre y hombre; con una sociedad inmoral…? ¿Cuál es la cuestión esencial en la vida? El reto es nuevo, y al enfrentarnos a él en términos de pensamiento, lo hacemos partiendo de los recuerdos acumulados y su respuesta vendrá de lo viejo, y lo viejo no es el camino hacia el descubrimiento. De modo que desecho completamente el uso del pensamiento para investigar. El pensamiento no trae claridad, no es el camino para descubrir lo esencial. Hay que hallar una nueva manera de vivir, de actuar, para poder descubrir lo que significa el amor.



El intelecto, las emociones, la tradición, el conocimiento acumulado: ésos son los viejos instrumentos. Los hemos utilizado de manera interminable sin que hayan producido un mundo diferente, un estado mental distinto; son completamente inútiles. Tienen su valor en ciertos niveles de la existencia, pero carecen de valor cuando tratamos de descubrir una manera de vivir que sea del todo nueva. Para decirlo de otro modo: nuestra crisis no está en el mundo, sino en nuestra conciencia. La crisis está en la mente misma.

La cuestión esencial en la vida es crear armonía interior. Tenemos que descubrir si de alguna manera es posible vivir en este mundo en libertad psicológica. Si no hay libertad interior, entonces empieza el caos y surgen los innumerables conflictos psicológicos, las oposiciones e indecisiones, la falta de claridad y de penetración profunda que se expresan en lo exterior. Uno tiene que acatar las leyes, pero la decisión de obedecer, de consentir, viene de la libertad interna.

Estamos fuertemente condicionados por la cultura en que vivimos, por el ambiente social, la religión, los intereses creados del ejército o de la política, o por el compromiso ideológico al que nos hemos entregado. Así condicionados, somos agresivos, convierte a cada uno en un ser humano egocéntrico, que lucha por “su yo”, por “su familia”, por “su nación”, por “su creencia”. Además, en ese egocentrismo está el proceso de aislamiento, de separación, de división, y esto hace que nos sea imposible cooperar del todo.



¿Es posible que como seres condicionados vivamos en este mundo completamente libres, no solo de manera consciente, sino en las raíces mismas de nuestro ser? Ese es el reto, el único problema. Porque si no se es libre, no hay amor; hay celos, ansiedad, miedo, predominio. Si no se es libre, no se puede ver claramente y no hay sentido de la belleza. Si ésa es la cuestión básica, el principal reto de la vida, entonces hay un completo sentido interno de libertad; entonces no hay miedo a la muerte, estamos en comunión, podemos comunicarnos, es posible ser libre. El ser libre da a la vida un sentido totalmente distinto.


Y esta libertad no está al final, no es una cuestión de liberarse con el tiempo, “llegar a ser” libre mediante una disciplina, una fórmula. Si uno se da cuenta, sin elección alguna, de que la mente está totalmente condicionada, entonces conocerá, o empezará a sentir o captar el aroma o el gusto de ese extraordinario sentido de libertad. Empezará, pero aún no lo tiene, no se escape con solo el aroma de un perfume.


Krishnamurti – La Libertad Interior

lunes, 6 de febrero de 2012

El futuro es Ahora (Krishnamurti)



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La verdad no se encuentra a lo lejos, está cerca, se encuentra bajo cada hoja, en cada sonrisa, en cada lágrima, en las palabras, en los sentimientos y pensamientos que uno tiene. Pero está tan cubierta que debemos ponerla al descubierto para verla, o sea, descubrir lo falso.

La verdad es una cosa viviente de instante en instante, no es para que se crea en ella, ni se la cite, ni se la formule. Nuestra educación se basa en el cultivo de la memoria, fortalecerla. ¿Por qué se ha vuelto tan importante la memoria? Porque no sabemos vivir de manera íntegra, completa, en el presente. Usamos el presente como un medio con vistas al futuro, un pasaje hacia el futuro. Debido a que voy a llegar a ser esto o aquello, jamás hay una comprensión de mí mismo, y eso no requiere el cultivo de la memoria. Por el contrario, la memoria es un obstáculo para la comprensión de “lo que es”. La verdad es lo desconocido y una mente que anda en busca de la verdad jamás la encontrará, porque la mente está compuesta de lo conocido, es producto del pasado, solo puede moverse de lo conocido a lo conocido, no puede pensar en lo desconocido. No es posible pensar en Dios o en la Verdad, solo la mente silenciosa verá la verdad.

No se entiende la verdad mediante el esfuerzo, solo la mente quieta, sencilla, no abrumada por sus propios esfuerzos es la mente que comprenderá y verá la verdad. No existe sendero alguno hacia la verdad, no es del pasado ni del presente, es intemporal. La mente que se esfuerza, que se disciplina a fin de alcanzar un objetivo, no puede conocer la verdad, porque el objetivo es su propia proyección, es una forma de autoadoración. Conocerá la verdad sólo aquel que no la busca, que no trata de obtener un resultado.

La verdad no es continua, es siempre nueva, es conocida solo cuando la mente es libre, y está quieta. Uno debe dejar que ella venga, no es posible ir hacia ella. Uno no puede, mediante ningún proceso, ninguna disciplina, ninguna forma de meditación ir hacia la verdad, hacia Dios –o cualquiera sea el nombre que prefieran darle-. No puede ser concebida, ninguna descripción puede abarcarla, ningún libro ni palabra pueden contenerla. De modo que no hay método tortuoso alguno, no hay ningún sacrificio, ninguna disciplina, ningún guru, por medio de los cuales puedan ustedes ir hacia la verdad.

Podemos decir que solo la mente en estado de desesperación puede encontrar la realidad. Una mente por completo descontenta es capaz de penetrar en la realidad; no así una mente satisfecha, respetable, cercada por creencias. Especialmente en tiempos de grandes infortunios cada uno de nosotros tiene que ser el músico, deleitarnos con la canción, vaciar el corazón de las cosas con las que lo ha llenado la mente. Entonces, cuando el corazón está vacío y la mente está quieta, hay una canción, la cual no puede ser destruida ni pervertida, porque no ha sido generada por la mente. Un hombre que se halla internamente en paz no necesita dioses, porque entonces puede penetrar profundamente dentro de sí mismo y llegar muy lejos, ahí donde han dejado de existir por completo las fronteras del reconocimiento. Y esas fronteras deben tocar a su fin antes de que se pueda recibir aquello que es eterno.



Debemos examinar el mundo de la realidad que el pensamiento ha creado. En ese mundo el conflicto es el movimiento de la vida. El conflicto adopta numerosas formas. Si un hombre tiene ideales y trata de vivir a la altura de esos ideales –lo cual implica conflicto-, decimos que es un excelente, maravilloso ser humano. Esos ideales son proyectados por el pensamiento, por lo que hay conflicto entre el ideal y lo factual. Es lo que sucede en el mundo de las tiranías de las dictaduras. Los pocos entienden que lo que ellos piensan es correcto y que los demás deben seguirlos. Si uno tiene una ilusión, una fantasía, una imagen, un concepto romántico de la verdad o del amor, eso es la barrera misma que le impide seguir avanzando. Cuando somos incapaces de enfrentarnos a lo que realmente sucede dentro de nosotros mismos, creamos ilusiones para escapar de ello, para alejarnos de “lo que es”, lo factual, lo que está sucediendo. Así pues, una mente que ya no engendra más ilusión, que no elabora hipótesis, que no desea captar una experiencia de lo que llaman la verdad, una mente así ha originado orden dentro de sí misma.

La Tradición durante los últimos tres a cinco mil años, esta vasta acumulación de conocimiento y cultura, todas las cosas con las que los seres humanos han estado luchando, las que han investigado, sobre las que han dialogado… todo eso está hecho trizas en el presente. El pasado disuelto, modificado, va a ser el futuro. Si no hay un cambio radical en el presente, mañana serán ustedes lo mismo que son hoy. De modo que el futuro es ahora, todo el tiempo pasado, presente y futuro se halla contenido en el ahora. Pueden hablar de la cultura pasada, disfrutar de la fama pasada, pero todo eso ha volado en pedazos, se ha disipado a causa de las exigencias presentes.

Para descubrir qué es lo verdadero, qué es la verdad, es indispensable que haya una gran sensibilidad, un gran sentido de libertad, no solo la idea de libertad, sino auténtica libertad, libertad respecto del miedo, etc. La mayoría de nosotros tiene muchas ilusiones, y esas ilusiones se han vuelto la verdad, lo real. Y el estar libre de ilusiones es la más necesaria y difícil de las tareas, solo entonces puede uno descubrir qué es lo verdadero y qué es lo falso. Todos los seres humanos están atrapados en esta red de deseos,  y se sienten desdichados cuando sus deseos no se ven satisfechos, ya sean ideológicos, religiosos, platónicos, o tan solo físicos. El deseo nace cuando el pensamiento da forma a la sensación, cuando le confiere una imagen. Hemos aprendido a reprimir o a conquistar el deseo, o bien a convivir con él y con todos los problemas que acarrea.

El amor contiene simpatía, generosidad, discreción. Comprender eso requiere gran sentido y apreciación de la belleza. La belleza está donde no está el yo. Para dar con este gran sentido de la belleza, tiene que haber ausencia del yo, del ego, de la actividad egocéntrica del devenir. Tiene que existir en uno el gran silencio. Ese silencio implica vacío de todo. En ese vacío hay un vasto espacio. En ese vasto espacio existe una energía inmensa, no la energía del interés propio, sino una energía ilimitada infinita.

Y… ¿qué puedo hacer yo, el individuo? Enfrentado con una enorme complicación, con las divisiones nacionales y religiosas, los problemas de la miseria, el hambre, la guerra, el desempleo, la rápida degradación y desintegración… ¿qué puede hacer con respecto a todo eso un individuo? Nada. Pero puede poner en marcha una nueva corriente de pensamiento que creará una serie diferente de acciones. Si hubiese media docena de personas que pudieran pensar de un modo completo sobre la totalidad del problema, pondrían en marcha una actitud y una acción completamente distintas.

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Un acercamiento a la enorme figura espiritual de Krishnamurti, enlazando notas del libro "Sobre la Verdad".

martes, 5 de abril de 2011

Krishnamurti : El arte de vivir

¿Por qué le temes a la muerte? Tal vez sea porque no sabes cómo vivir. Si supieras cómo vivir plenamente, ¿le tendrías miedo a la muerte? Si amaras los árboles, la puesta del sol, si amaras a los pájaros, la hoja que cae, si tuvieras conciencia de los hombres y mujeres que lloran, de la gente pobre, si realmente sintieras amor en tu corazón, ¿estarías temeroso de la muerte? ¿Lo estarías? No te dejes persuadir por mí. Consideremóslo juntos. Ustedes no viven con alegría, no son dichosos, no son vitalmente sensibles a las cosas; por eso preguntan qué va a pasar cuando mueran. Para ustedes la vida es dolor, por eso están mucho más interesados en la muerte. Sienten que tal vez habrá felicidad después de la muerte. Pero ése es un problema tremendo y ustedes no saben cómo investigarlo. Después de todo, en el fondo de esto está el temor: temor de morir, temor de vivir, temor de sufrir. Si no pueden comprender qué es lo que causa el temor y se libran de él, entonces no tiene mucha importancia si están viviendo o si están muertos.



Es entonces muy importante que desde la más tierna edad estén ustedes libres para descubrir y no se hallen cercados por un muro de "debes" y "no debes", porque si les dicen constantemente lo que deben y lo que no deben hacer, ¿qué ocurrirá con su inteligencia? Serán entidades irreflexivas que solamente siguen una carrera, a las que sus padres les dicen con quién deben casarse o no casarse; y eso, evidentemente, no es la acción de la inteligencia. Ustedes podrán pasar sus exámenes y ser muy prósperos, podrán tener buenas ropas y estar llenos de joyas, podrán gozar de amigos y de prestigio, pero en tanto estén atados por la tradición, no puede haber inteligencia.
La inteligencia, por cierto, adviene sólo cuando tenemos libertad para investigar, para considerar cuidadosamente las cosas y descubrir; de ese modo nuestra mente se vuelve muy activa, muy alerta y clara. Entonces somos individuos plenamente integrados, no entidades temerosas que, no sabiendo qué hacer, sienten internamente una cosa y exteriormente se ajustan a algo diferente.


Ser realmente libre implica una gran sensibilidad. No hay libertad si estamos cercados por el interés propio o por distintos muros de disciplinas. En tanto nuestra vida sea un proceso de imitación no puede haber sensibilidad ni libertad. Es esencial, mientras están aquí, sembrar la semilla de la libertad, lo cual implica despertar la inteligencia; porque con esa inteligencia podrán ustedes abordar todos los problemas de la vida.



A fin de descubrir qué es verdadero, jamás debes aceptar, jamás debes ser influido por lo que puedan decir los libros, los maestros o cualquier otra persona. Si eres influido por ellos, sólo encontrarás lo que ellos quieren que encuentres. Y debes saber que tu propia mente puede crear la imagen de lo que ella desea: puede imaginar a Dios con barba o con un solo ojo, puede hacer que sea azul o púrpura. De modo que has de estar atento a tus propios deseos y no has de dejarte engañar por las proyecciones de tus propias necesidades y anhelos. Si anhelas ver a Dios de cierta manera, la imagen que verás estará de acuerdo con tus deseos; y esa imagen no será Dios, ¿verdad? Si estás sufriendo y deseas ser consolado, o si te sientes romántico o sentimental en tus aspiraciones religiosas, a larga crearás un Dios que proveerá lo que necesitas; pero eso tampoco será Dios.



Así que tu mente tiene que estar por completo libre; sólo entonces podrás descubrir lo verdadero, no mediante la aceptación de superstición alguna, no mediante la lectura de los así llamados libros sagrados ni siguiendo a ningún gurú. Sólo cuando tengas esta libertad, esta verdadera libertad respecto de las influencias externas, y también estés libre de tus propios deseos y anhelos, de modo que tu mente sea muy clara, sólo entonces te será posible descubrir lo que Dios es. Pero si meramente te sientas y especulas, entonces tu suposición es tan buena como la de tu gurú y es igualmente ilusoria.



La pobreza es culpa de la sociedad, una sociedad en la que los codiciosos y los astutos prosperan y alcanzan la cúspide. Y nosotros queremos la misma cosa, también queremos trepar por la escalera y llegar a la parte de arriba. Y cuando todos queremos llegar arriba, ¿qué sucede? Pisamos a alguien; y el hombre al que pisan, al que destruyen, pregunta: "¿por qué la vida es tan injusta? Ustedes lo tienen todo y yo no tengo capacidad, no tengo nada". En tanto sigamos trepando por la escalera del éxito, siempre existirán el enfermo y el mal alimentado. Es el deseo de éxito el que tiene que ser comprendido y no por qué hay ricos y pobres o por qué algunos tienen talento y otros no tienen ninguno. Lo que tiene que cambiar es nuestro deseo de trepar, nuestro deseo de ser grandes, de alcanzar el éxito. Todos aspiramos al éxito, ¿no es así? Allí radica la culpa y no en el karma o en alguna otra explicación. El hecho real es que todos nosotros deseamos estar en la cima; quizá no en la cima misma, pero al menos tan alto en la escalera como seamos capaces de treparla. En tanto exista este impulso de ser grande, de ser "alguien" en el mundo, vamos a tener al rico y al pobre, al explotador y a los explotados.



Una mente condicionada no es libre porque jamás puede ir más allá de sus propios límites, de las barreras que ha erigido en tomo de sí misma; eso es obvio. Y es muy difícil para una mente semejante liberarse de su condicionamiento e ir más allá, porque este condicionamiento le ha sido impuesto no sólo por la sociedad, sino que se lo ha impuesto ella misma. Ustedes gustan de su condicionamiento, porque no se atreven a ir más allá. Temen lo que podrían decir sus padres y sus madres, lo que el sacerdote y la sociedad podrían decir; en consecuencia, contribuyen a crear las barreras que los retienen. Ésta es la prisión en que casi todos estamos atrapados y por eso sus padres están siempre diciéndoles -como ustedes a su vez les dirán a sus hijos- que hagan esto y no hagan aquello.



¿Pero qué es la inteligencia? ¿Puede haber inteligencia cuando hay temor o cuando la mente está condicionada? Cuando tu mente tiene prejuicios o cuando piensas que eres un ser humano maravilloso, o cuando eres muy ambicioso y deseas trepar la escalera del éxito, mundano o espiritual, ¿puede haber inteligencia? Cuando sólo te interesas en ti mismo, cuando sigues a alguien o le rindes culto, ¿puede haber inteligencia? Ciertamente, la inteligencia llega cuando comprendes toda esta estupidez y rompes con ella. Por lo tanto, tienes que empezar, y lo primero es que te des cuenta de que tu mente no es libre. Has de observar cómo tu mente está atada por todas estas cosas; ése es el principio de la inteligencia, la cual trae libertad. Tienes que encontrar la respuesta por ti mismo.



Entonces, queremos algo que nos dé sensación de seguridad, y para ello tenemos defensas de muchas clases diferentes. Tenemos protecciones tanto internas como externas. Cuando cerramos las ventanas y las puertas de nuestra casa y permanecemos dentro, nos sentimos seguros, a salvo, sentimos que no nos molestan. Pero la vida no es eso. La vida está golpeando constantemente a nuestras puertas, trata de abrir nuestras ventanas para que podamos ver más; y si a causa del temor cerramos las puertas y echamos el cerrojo a todas las ventanas, los golpeteos sólo se vuelven más fuertes aún. Cuanto más estrechamente nos aferramos a la seguridad en cualquiera de sus formas, más viene la vida y nos empuja. Cuanto más miedo tenemos y nos encerramos en nosotros mismos, mayor es nuestro sufrimiento, porque la vida no nos dejará tranquilos. Queremos estar seguros, pero la vida dice que no podemos estarlo; y así es como comienza nuestra lucha. Buscamos seguridad en la sociedad, en la tradición, en la relación con nuestros padres y nuestras madres, con nuestras esposas y nuestros maridos; pero la vida se abre paso siempre por los muros de nuestra seguridad.



Si miran a su alrededor, verán que en todo el mundo hay una espantosa destrucción y desdicha humana. Pueden leer sobre las guerras en la historia, pero no conocen su realidad, de qué modo las ciudades son destruidas por completo, cómo la bomba de hidrógeno, arrojada sobre una isla, causa la total desaparición de la isla, cómo los barcos son bombardeados y se esfuman en el aire. Hay una destrucción espantosa a causa del llamado progreso; y es en este mundo donde ustedes van a crecer. Podrán pasarlo bien, dichosamente mientras son jóvenes; pero cuando se vuelvan adultos, a menos que estén muy alerta, atentos a sus pensamientos, a sus sentimientos, perpetuarán este mundo de batallas, de ambiciones despiadadas, un mundo donde cada uno está compitiendo con otro, donde hay miseria, inanición, superpoblación y enfermedad.


Para comprender a Dios tenemos que comprender primero nuestra propia mente, lo cual es muy difícil. La mente es muy compleja y no es fácil comprenderla. Pero es bastante fácil sentarse y entrar en alguna clase de ensoñación, tener distintas visiones, ilusiones y pensar que estamos muy cerca de Dios. La mente puede engañarse enormemente a sí misma. Así, para experimentar de verdad aquello que puede ser llamado Dios, tenemos que estar completamente quietos; ¿y no han descubierto lo extremadamente difícil que es eso? ¿No han notado cómo aun las personas mayores jamás se sientan quietamente, cómo se agitan, cómo menean los dedos de los pies y mueven las manos? Es físicamente difícil permanecer quietos; ¡mucho más difícil le es a la mente quedarse quieta! Está siempre inquieta, como un niño a quien se le ordena permanecer en el rincón. Es un gran arte para la mente estar completamente silenciosa, sin coacción alguna; sólo entonces es posible experimentar aquello que puede ser llamado Dios.


Lo importante es que averigüen qué hay detrás de la palabra "amor", para descubrir si realmente aman a sus padres y si sus padres les aman. Por cierto, si ustedes y sus padres se amaran realmente los unos a los otros, el mundo sería por completo diferente. No habría guerras ni hambre ni diferencias de clase. No habría ricos ni pobres. Ya lo ven, sin amor tratamos de reformar económicamente la sociedad, tratamos de poner en orden las cosas; pero en tanto no tengamos amor en nuestros corazones, no podremos crear una estructura social libre de conflicto y desdicha. Por eso tenemos que investigar muy cuidadosamente estas cosas; tal vez descubriremos lo que es el amor.


Al desear, al anhelar algo, la mente crea un patrón y en ese patrón queda atrapada; y entonces se fatiga, se embota, se vuelve estúpida, irreflexivo. La mente es el centro de este sentimiento de posesión, el sentimiento del "yo" y lo "mío": "Yo poseo alguna cosa", "yo soy un gran hombre", "soy un hombre pequeño", "yo he sido insultado", "me han alabado", "yo soy inteligente", "yo soy muy hermosa", "quiero llegar a ser alguien", "soy el hijo o la hija de alguien"... Este sentimiento del "yo" y lo "mío" es el núcleo mismo de la mente, es la mente misma. Cuanto más tiene la mente este sentimiento de ser alguien, de ser grande o muy inteligente o muy estúpida, etc., tanto más construye muros alrededor de sí misma y se encierra, se embota. Entonces sufre, porque en ese encierro inevitablemente hay dolor. A causa de que está sufriendo, la mente pregunta: "¿Qué puedo hacer?". Pero en vez de quitar los muros que la cercan, de quitarlos mediante una percepción sensible y una cuidadosa reflexión, investigando y comprendiendo todo el proceso por el cual se han creado los muros, lucha para encontrar algo externo con lo cual vuelve a cercarse nuevamente. Así es como poco a poco la mente se convierte en una barrera para el amor; y sin comprender lo que la mente es, lo cual equivale a comprender las modalidades de nuestro propio pensar, la fuente interna de donde proviene la acción, no podremos descubrir qué es el amor.


Existe la belleza de la forma en la poesía o en una persona o en un árbol hermoso, pero sólo tiene sentido a través del refinamiento interno del amor. Si hay amor, habrá refinamiento tanto externo como interno. El refinamiento se expresa exteriormente en la consideración por los demás, en la manera como tratamos a nuestros padres, a nuestros vecinos, al sirviente, al jardinero. El jardinero puede haber creado para nosotros un bello jardín, pero sin ese refinamiento que es amor, el jardín es meramente una expresión de nuestra propia vanidad.
Por lo tanto, es esencial tener refinamiento, tanto externo como interno. La manera como ustedes comen es muy importante: si hacen ruido mientras comen, eso importa muchísimo. El modo como se comportan, los modales que tienen cuando están con sus amigos, la manera como hablan de otros... todas estas cosas importan porque señalan lo que son ustedes internamente, indican si hay o no hay refinamiento interno. Una falta de refinamiento interno se expresa en la degeneración externa de la forma; de modo que el refinamiento externo significa muy poco si no hay amor. Y ya hemos visto que el amor no es una cosa que podamos poseer. Adviene sólo cuando la mente comprende los complejos problemas que ella misma ha creado.



Lo que estoy diciendo en todas estas conversaciones no es algo para ser meramente recordado. Su propósito no es que ustedes traten de acumular en la mente lo que oyen, que se acuerden de ello y después piensen o actúen al respecto. Si simplemente acumulan en sus mentes lo que les estoy diciendo, eso no será más que memoria, no será una cosa viva, algo que comprenden realmente. Lo que importa es la comprensión, no el recuerdo. Espero que vean la diferencia entre ambas cosas. La comprensión es inmediata, directa, es algo que ustedes experimentan intensamente. Pero si sólo recuerdan lo que han oído, ello servirá solamente como un patrón, como una guía para seguir, para repetir, una idea para imitar, un ideal sobre el cual basar sus vidas. La comprensión no es un asunto de la memoria. Es una intensidad constante, un descubrimiento permanente.



Y bien, ¿qué es lo que llega a su fin en la muerte? ¿La vida? ¿Es la vida meramente un proceso de inspirar y expeler el aire? Comer, odiar, amar, adquirir, poseer, comparar, envidiar... esto es lo que la mayoría de nosotros conoce de la vida. Para la mayoría, la vida es un sufrimiento, una batalla constante de dolor y placer, esperanza y frustración. ¿Y no puede eso terminar? ¿Acaso no deberíamos morir? En el otoño, con la llegada del tiempo frío, las hojas caen de los árboles y reaparecen en primavera. ¿No deberíamos, de igual modo, morir a todo lo de ayer, a todas nuestras acumulaciones y esperanzas, a todos los éxitos que hemos cosechado? ¿No deberíamos morir a todo eso y vivir de nuevo mañana, de manera que, como una hoja nueva, fuéramos puros, tiernos, sensibles? Para el hombre que dice: "Yo soy alguien y tengo que continuar", para él siempre hay muerte y ghat crematorio; y ese hombre no conoce el amor.


La sencillez es libertad de la mente respecto de la experiencia, de la carga de la memoria. Pensamos que la sencillez es una cuestión de no tener sino pocas ropas y una escudilla de mendigo; creemos que una vida sencilla consiste en poseer muy poco externamente. Eso puede estar muy bien. Pero la verdadera sencillez implica estar libre del conocimiento, libre de los recuerdos y de la acumulación de experiencias. ¿No han reparado en las personas que dan mucha importancia al hecho de poseer muy poco y piensan que son muy sencillas? ¿Las han escuchado? Aunque puedan no tener más que un taparrabo y un bastón, están llenas de ideales. internamente son muy complejas, luchando consigo mismas, esforzándose por seguir sus propias proyecciones, sus propias creencias. internamente no son sencillas, están repletas de lo que han recogido de los libros, repletas de ideales, dogmas, temores. Exteriormente podrán poseer sólo un bastón y unas pocas ropas. Pero la verdadera sencillez de la vida es permanecer internamente vacío, inocente, sin acumular conocimientos, sin creencias ni dogmas, sin el miedo a la autoridad; y ese estado de sencillez interna puede nacer sólo cuando comprendemos realmente cada experiencia de instante en instante. Si hemos comprendido una experiencia, entonces esa experiencia se ha terminado, no deja ningún residuo. Es a causa de que no comprendemos la experiencia, de que recordamos su placer o su dolor, que jamás somos internamente sencillos. Aquéllos que tienen una disposición religiosa persiguen las cosas que contribuyen a la sencillez exterior; pero internamente son caóticos, confusos, están agobiados por innumerables anhelos, deseos, conocimientos; tienen miedo de vivir, de experimentar.


La paz puede llegar únicamente cuando hay amor. Si tienen paz meramente gracias a la seguridad financiera o de otra clase, o gracias a ciertos dogmas, rituales o repeticiones verbales, no hay creatividad, no existe la urgencia de producir una revolución fundamental en el mundo. Una paz semejante sólo conduce al contentamiento y a la resignación. Pero cuando en ustedes exista la comprensión del amor y de la belleza, encontrarán que la paz no es una mera proyección de la mente. Ésta es la paz creativa, la paz que elimina la confusión y genera orden dentro de nosotros mismos. Pero esta paz no llega mediante esfuerzo alguno por encontrarla. Llega cuando estamos observando constantemente, cuando somos sensibles tanto a lo bello como a lo feo, a lo bueno como a lo malo, a todas las fluctuaciones de la vida. La paz no es algo mezquino creado por la mente; es inmensamente grande, infinitamente extensa y sólo puede ser comprendida cuando hay plenitud en el corazón.