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lunes, 4 de marzo de 2019

Textos fundamentales sobre la Espiritualidad Oriental

En este enlace recorremos distintos análisis, estudios y comentarios sobre el gran acervo de sabiduría que representa la Tradición Oriental, desde el Vedanta, pasando por el Taoísmo, el Budismo y el Zen. Este último enfoque del Zen recoge el inmenso legado anterior para ofrecernos las claves de una vida plena y satisfactoria, teniendo como eje la atención consciente y plena del momento presente, el único real y donde se halla la verdadera iluminación, superando la impronta social , el ego, el condicionamiento religioso, el deseo, las elucubraciones sobre Dios y el Más Allá. Es volver a nuestra fuente primordial.




Espiritualidad Oriental: Vedas, Taoísmo, Budismo y Zen:
https://drive.google.com/drive/folders/1UQiysyVQXAVMRzfj0Q3VKPMl0iyCyM9o?usp=sharing


jueves, 1 de mayo de 2014

Fluir con el Tao (Alan Watts)




Existe una característica básica de la cultura china y es la actitud de respetuosa confianza hacia la naturaleza y hacia la naturaleza humana… a pesar de las guerras, las revoluciones, las matanzas, el hambre, las inundaciones, las sequías y todo tipo de desgracias. No hay nada en su filosofía semejante a la noción de pecado original o al sentimiento budista que afirma que la existencia es un desastre. La filosofía china, como la taoísta, parte de la premisa básica de que si no puedes confiar en la naturaleza y en los otros, no puedes confiar en ti mismo. Si no puedes confiar en ti mismo, no puedes siquiera confiar en la desconfianza de ti mismo, de modo que sin esta confianza subyacente a todo el sistema de la naturaleza, te encuentras, sencillamente, paralizado. Se trata de comprender que uno y la naturaleza son uno y el mismo proceso, o sea, el Tao. Debemos intentar la desesperada jugada de confiar en nosotros mismos y en los demás.

En las raíces mismas del pensamiento y el sentimiento chinos reposa el principio de polaridad, que no debe confundirse con los conceptos de oposición o conflicto. Los opuestos son aspectos diferentes de uno y el mismo sistema, y la desaparición de uno de ellos significaría la desaparición del sistema. Los dos polos de la energía cósmica son yang (positivo) y yin (negativo), están asociados con lo masculino y lo femenino, lo firme y lo flojo, lo fuerte y lo débil, la luz y la oscuridad, lo que se eleva y lo que cae, el cielo y la tierra. Consecuentemente, el arte de vivir se considera el equilibrio entre ambos.

Nunca existe la posibilidad última de que uno venza al otro, porque son como amantes en pugna más que enemigos en lucha. Pero, para nuestra lógica, resulta difícil pensar que ser y no-ser son mutuamente generador y sustentador de energía, ya que para el hombre occidental el mayor terror imaginable consiste en creer que la nada será el fin definitivo del universo. No aprehendemos con facilidad el hecho de que el vacío es creativo ni que el ser emana del no-ser, al igual que el sonido emana del silencio y la luz del espacio.



El principio yin-yang no es, por tanto, lo que corrientemente llamamos dualismo sino, en todo caso, una dualidad explícita que expresa una unidad implícita; la concepción yin-yang del mundo es serenamente cíclica. La dicha y la desgracia, la vida y la muerte van y vienen eternamente sin comienzo ni fin, y todo el sistema se ve libre de la monotonía por el hecho de que, en la misma forma, el recuerdo alterna con el olvido.

Todo el cosmos está implícito en cada uno de sus miembros, y cada aspecto de aquel debe ser considerado como su centro. Para una aproximación al Tao, el lector debe permitirse alcanzar un estado mental adecuado. Debe dejar de lado todas sus opiniones filosóficas, religiosas y políticas y ser casi como los niños, que no saben nada, excepto que oyen, ven, sienten, huelen. Ser conscientes de lo que en realidad es, sin atribuirle nombres y sin juzgarlo.
   En otras palabras, la gente trata de forzar los acontecimientos, sin comprender que resulta imposible hacerlo: no hay manera de desviarse del fluir de la naturaleza. Puedes imaginar que eres ajeno al Tao –o que estás separado de él– entonces eres capaz de adoptarlo o no; pero incluso esta suposición se manifiesta desde el interior de la corriente, pues no existe otro camino más que el Camino. Quieras o no, somos eso y con ello armonizamos.
 
Debe quedar claro que el Tao no puede ser entendido como “Dios” en el sentido de gobernante, monarca, jefe, arquitecto y hacedor del universo. Sin embargo, el Tao es, con toda certeza, la última realidad y energía del universo, el Fundamento del ser y del no-ser. La imagen que se asocia al Tao es maternal, no paternal. Lejos de ser el agente activo, el sujeto del verbo, el hacedor y creador de las cosas, “el Tao no crea nada, pero nada queda sin hacer”. Tiene el poder de la pasividad, y se podría decir que su gravidez es energía. Así, el Tao es el curso, el fluir, la deriva o el proceso de la naturaleza. Puede ser alcanzado, pero no visto; sentido, pero no expresado; intuido, pero no clasificado; adivinado, pero no explicado. De modo similar, el aire y el agua no pueden ser cortados ni atrapados y su fluir cesa cuando se intenta contenerlos.



El término chino y taoísta que nosotros traducimos como naturaleza significa espontáneo, aquello que es lo que es en sí mismo; todas las cosas crecen y operan independientemente. No obstante, cada cosa-acontecimiento es lo que es solo en relación con las demás. El principio sostiene que si se deja que todas las cosas sigan su camino, la armonía del universo quedará restablecida. El orden de la naturaleza no es un orden forzado; no es el resultado de leyes y preceptos que los seres humanos se vean obligados a seguir, ya que no existe un mundo obstinadamente externo. Mi interior surge y se corresponde con lo que es exterior a mí y, aunque ambos difieran, no pueden verse disociados. Debido a su interdependencia mutua, todos los seres armonizarán si se los respeta y no se les fuerza a la conformidad con ninguna noción del orden arbitraria, artificial y abstracta, y esta armonía emergerá por sí misma.

Pero nuestro temor humano nos hace pensar que el Tao que no puede ser descrito y el orden que no puede ser expresado en libros representan el caos. Ese orden (li) conlleva el sentido de lo profundo, oculto y misterioso, previo a cualquier distinción entre orden y desorden. El orden del Tao no es una obediencia a algo ajeno, existe por y a través de sí mismo. La forma de ese orden no impone sus reglas al universo. En suma, el orden del Tao no es una ley, aunque posee un orden y modelo que puede ser reconocido claramente, que reconocemos en los dibujos que forma el agua al moverse, en las formas de los árboles o las nubes, en los trazos que deja la escarcha sobre los cristales o en la distribución de los guijarros en la arena de la playa. En cuanto nos encontramos frente a esta belleza, la reconocemos inmediatamente, aunque no podemos explicar exactamente por qué nos atrae. Si contemplamos su fluir nunca observaremos un error estético.

Así, el Tao es el curso fluyente de la naturaleza y del universo; li es su principio de orden o modelo orgánicos; el agua es su metáfora elocuente. El Tao y su modelo se nos escapan por el hecho de que ellos son nosotros mismos, y nosotros somos “como una espada que corta pero no puede cortarse a sí misma”, “como un ojo que ve pero que no puede verse a sí mismo”. Pero el Tao no es considerado como el amo y creador de nuestro universo orgánico. Puede reinar, pero no gobierna; es el modelo de las cosas, pero no la ley vigilante.
   El mundo biológico es una sociedad que se come recíprocamente, en la que cada especie es presa de otra. Si existiera alguna especie no devorada por otra, crecería y se multiplicaría hasta su propia estrangulación. Como ocurre con los seres humanos, que gracias a su habilidad para vencer a otras especies corren el peligro de desbaratar todo el orden biológico por exceso de población y, por lo tanto, de destruirse a sí mismos. Por este motivo, todo aquel que se propone gobernar el mundo pone a todas las cosas, y especialmente a sí mismos, en peligro.



Concebir al Tao como una energía inconsciente es tan erróneo como concebirlo como un gobernante personal o un Dios. Pero si el Tao es simplemente inconcebible, ¿de qué sirve contar con palabras y decir algo acerca de él? Porque nuestra intuición nos dice que existe una dimensión de nosotros mismos y de la naturaleza que se nos escapa, y que constituye la base de todas las formas y experiencias sorprendentes de las que somos conscientes. Nuestro único modo de aprehenderla reside en la observación de los procesos y modelos de la naturaleza y mediante la disciplina meditativa de permitir a nuestras mentes que se serenen, con el fin de tener un conocimiento vívido de “qué es”, sin necesidad de comentarios verbales.

Quienes entienden el Tao se deleitan simplemente sentándose y contemplando sin ningún propósito ni resultado mental. No tienen motivo para someter o alterar el universo mediante la fuerza física o la fuerza de voluntad, ya que su habilidad consiste en acompañar el fluir de las cosas de un modo inteligente.

   A esto se refieren con el no-hacer, fluctuar con las experiencias tal como éstas van y vienen. El no actuar, no forzar, acabará con esta tensión que surge de la dualidad del conocedor y lo conocido ya que, en realidad, no hay alternativa, ya que tú y las cosas son el mismo proceso: el “fluir ahora del Tao”. Al comprenderlo, automáticamente manifiestas tu magia; pero la magia es algo que nadie debe pretender, es una virtualidad referida a los acontecimientos maravillosos y felices que ocurren de una manera espontánea, el privilegio de vivir que proviene naturalmente de la comprensión intuitiva de ser uno con el Tao.


Alan Watts – El Camino del Tao



jueves, 24 de abril de 2014

Ser Uno con el Tao (Giuseppe Tucci)



El Taoísmo se preocupa no solo de indagar qué puesto ocupa el hombre en el angustiado problema del universo, sino que sobre todo dirige su atención hacia el mundo interior, inculcando que ninguna victoria tiene tanto valor como la victoria sobre sí mismo, y que todavía más que predicar a los demás, vale pensar directamente por nosotros mismos en nuestro perfeccionamiento.
   Para que el hombre pueda rebelarse contra el yugo de la tradición y la coerción de la costumbre es necesario que posea no solo dotes de espíritu fuera de la común, sino también el hábito de la reflexión que se determina, sobre todo, extrañándose de los hombres: mientras nuestra actividad esté absorbida casi por completo por preocupaciones contingentes y materiales, nunca tendremos la posibilidad y el tiempo de permitirnos el pensativo recogimiento, mediante el cual se consigue una mejor consciencia de nosotros mismos y una clara noción de nuestra propia personalidad.

El Taoísmo, en su formulación originaria, no conoce a Dios, ni el creyente debe pensar en su salud ultraterrena. Sus preocupaciones se refieren únicamente a la vida que se vive, en el breve espacio de años que el destino asigna; su doctrina no quiere ser otra cosa que una terapéutica moral, intelectual y también física que ponga a los individuos en condiciones de vivir su vida más completa y plena, verdaderamente felices, por encima de todas las pasiones.

Consecuencia de la Concepción del Equilibrio Cósmico, el mundo es un inmenso organismo cuyas partes singulares están coaligadas por una simpática y misteriosa correspondencia, por la cual el equilibrio de las partes determina el equilibrio del todo. Todo cuanto ocurre en el mundo demuestra la existencia de algo que todo lo gobierna y por razón del cual todo es. Y este algo es el Tao, indefinible y capaz solo de atributos negativos, porque trasciende los límites de lo cognoscible. Puede ser sinónimo de Universo que, siendo el Tao en acción, se identifica con él; pero eso implica aquella ley inmanente en Él por la cual crea y reabsorbe en sí la infinita variedad de la realidad contingente, por la cual el individuo siente en sí mismo, como en toda cosa creada, la presencia inmanente del Tao, en la cual todo es y deviene.



Pues si en todo está el Tao, todo es divino, así en nosotros como fuera de nosotros. Nace de esto una íntima y profunda comprensión de la naturaleza. El mundo es un gran concierto, en el cual las más variadas notas se funden en una sublime armonía, que suscita dulzuras infinitas en el espíritu del contemplador; estado inefable en que, frente a la inmensidad de la naturaleza, en el gran templo del infinito, el alma parece dilatarse en el universo en una ascensión luminosa y, rotos los confines de la vida individual, salir mediante la contemplación a la unidad del Todo: esta facultad de poder entender el misterioso lenguaje con que nos hablan criaturas y cosas, esa trépida excitación frente al misterio del universo, la serena alegría de la virtud que se revela, el dulce naufragio en el gran mar del ser.

Todo ser está compuesto de materia atómicamente divisible y de energías y fuerzas que ningún cuchillo podrá nunca seccionar y ningún instrumento medir; materia y fuerzas por las que nace y vive el universo infinito y eterno, en el que se desarrolla el Tao y son, por ello, el Tao mismo. Todo individuo no es más que una onda en este océano sin orillas, de la misma agua de que están hechas las demás ondas infinitas, que se diferencian solo en forma y duración, impresas por el viento, que de vez en cuando las suscita y las hace desaparecer. Con la muerte la materia retorna a la materia, la energía a la energía, para emanar de nuevo nuevas existencias eternamente. Y esta transformación es el Tao, cuya fuerza arrastra a las cosas de estado en estado. Lo que los hombres llamamos muerte no es otra cosa que un retorno, una continua vicisitud de manifestaciones y reabsorciones en el Tao.



Pero en este perenne mudar de formas, en este devenir y fluctuar que no tiene fin, la vida individual no tiene mayor consistencia que un sueño. El Taoísmo habla más a la mente que al corazón, es una religión accesible solo a los espíritus cultos y educados. No quiere la fe por la que creer, sino la investigación y la iluminación. El conocimiento del Tao, que solo se alcanza con el estudio, la contemplación y el recogimiento; después nos corresponde modelar nuestra conducta según las verdades que se nos han revelado. Medio de liberación que es la ciencia del alma humana y de la real naturaleza de este mundo en que vivimos y de las causas que provocan nuestro dolor y nuestra infelicidad. El fin del hombre es la beatitud, que solo se podrá conseguir cuando la ciencia que se ha logrado llegue a trocarse en norma de vida de nuestra conducta, que se lleve a la práctica.

El verdadero tesoro que el sabio no se cansa de ambicionar está en nosotros mismos, y consiste en sentirse y ser superior a todo el enfermizo mundo de deseos y pasiones que infaliblemente engendran angustias y dolores para nosotros, vanamente ilusionados con poder llegar por ellos a una felicidad que tanto más se aleja cuanto más creemos haberla alcanzado. Que no por eso reniega de la vida; antes bien, desea el goce más pleno, ese sano y regulado desarrollo de todas nuestras actividades físicas y mentales que cuadran y coinciden con las leyes universales. De aquí esa  superioridad serena que caracteriza al sabio taoísta, que vive en este mundo, desempeña entre sus inquietos semejantes las funciones más humildes o los oficios más importantes con igual naturalidad, sin perder la calma. No conoce la absurda teoría de lugares de beatitud y pena eterna que arrojan una dudosa luz sobre la pretendida justicia del dios de las gentes.

No hay ninguna relación entre la brevedad de la vida humana y la eternidad, del premio o del castigo, la personalidad humana acaba con la muerte. El Taoísmo tiene una idea demasiado pura y profunda de lo divino como para confinar en los angostos límites de una proyección de nuestro imperfecto yo, el infinito e inefable misterio que el espíritu puede tácitamente adorar, pero que la razón no podrá nunca anatomizar.

Los presupuestos filosóficos del Taoísmo no solo sirven para satisfacer la inagotable curiosidad del intelecto humano, sino para librar a nuestra alma de todo lo que es falso y vano, y para hacer posible a nuestro espíritu la serena beatitud, que constituye la anhelada meta de todas las escuelas.



Giuseppe Tucci – Apología del Taoísmo