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lunes, 29 de mayo de 2017

Las únicas verdades (Jorge Bucay)




Todos los que hemos vivido buscando la verdad, nos hemos encontrado en el camino con muchas ideas que nos sedujeron y habitaron en nosotros con la fuerza suficiente como para condicionar nuestro sistema de creencias.
    Sin embargo, pasado un tiempo, muchas de las verdades terminaban siendo descartadas porque no soportaban nuestros cuestionamientos internos, o porque una “nueva verdad”, incompatible con aquellas, competía en nosotros por los mismos espacios. O simplemente porque estas verdades dejaban de serlo.

En cualquier caso, aquellos conceptos que habíamos tenido como referentes dejaban de ser tales y nos encontrábamos, de pronto, a la deriva. Dueños del timón de nuestro barco y conscientes de nuestras posibilidades, pero incapaces de trazar un rumbo confiable.
    Y entonces me pregunto, por un lado: ¿existirán las verdades sólidas como rocas e imperturbables como accidentes geográficos? ¿O será la verdad solo un concepto que lleva en sí mismo la esencia de lo transitorio y frágil de las flores? ¿Es que acaso las montañas, los ríos y las estrellas no están también amenazados de pronta desaparición?



El primero de estos pensamientos confiables forma parte inseparable de la filosofía guestáltica y es la idea de saber que
  
   Lo que es, es

El concepto, no por obvio menos ignorado, contiene en sí mismo tres implicaciones que me parece significativo remarcar: saber que “lo que es, es” implica la aceptación de que los hechos, las cosas, las situaciones son como son.

La realidad no es como a mí me convendría que fuera
No es como debería ser
No es como me dijeron que iba a ser
No es como fue
No es como será mañana
La realidad de mi afuera es como es.

Solo puedo iniciar mi camino desde mi punto de partida, y esto es aceptar que las cosas son como son.

La segunda derivación directamente relacionada con esta idea es que

Yo soy quien soy
Yo no soy quien quisiera ser
No soy el que debería ser
No soy el que mi mamá quería que fuese
Ni siquiera soy el que fui
Yo soy quien soy.

De paso, para mí, toda nuestra patología psicológica proviene de la negación de esta frase. Todas nuestras neurosis empiezan cuando tratamos de ser quienes no somos.

Y si es difícil aceptar que yo soy quien soy, cuánto más difícil no es, a veces, aceptar la tercera derivación del concepto “lo que es, es”:

Tú… eres quien eres
Tú no eres quien yo necesito que seas
Tú no eres el que fuiste
Tú no eres como a mí me conviene
Tú no eres como yo quiero
Tú eres como eres.

Aceptar eso es respetarte y no pedirte que cambies.




La segunda verdad que creo imprescindible la tomo de la sabiduría sufí:

    Nada que sea bueno es gratis

Y de aquí derivan, para mí, por lo menos dos ideas. La primera: si deseo algo que es bueno para mí, debería saber que voy a pagar un precio por ello. Este precio es a veces muy alto, y otras muy pequeño, pero siempre existe. Porque nada que sea bueno es gratis. La segunda: darme cuenta de que si algo recibo de fuera, si algo bueno me está pasando, si vivo situaciones de placer y de goce es porque me las he ganado. He pagado por ellas, me las merezco.

Incorporar esta verdad (nada que sea bueno es gratis) es abandonar para siempre la idea infantil de que alguien debe darme algo porque sí, porque yo lo quiero. Que la vida tiene que procurarme lo que deseo “solo porque lo deseo”, de pura suerte, mágicamente.

Y la tercera idea que creo que es un punto de referencia podría enunciarla de la siguiente manera: es cierto que nadie puede hacer todo lo que quiere, pero cualquier puede NO hacer NUNCA lo que NO QUIERE.
    Me repito a mí mismo:
    Nunca hacer lo que no quiero

Incorporar este concepto como una referencia real, es decir, vivir coherentemente con esta idea, no es fácil. Y sobre todo no es gratis.



  
Estoy diciendo que, si soy un adulto, nadie puede obligarme a hacer lo que no quiero hacer. Lo máximo que puede pasarme, en todo caso, es que el precio sea mi vida.
    Sin embargo, en lo cotidiano, en el pasar de todos los días, los precios son mucho más bajos. En general, lo único que es necesario es incorporar la capacidad de renunciar a que algunos de los demás me aprueben, me aplaudan, me quieran.

Estas tres verdades son para mí ideas-montaña, ideas-río, ideas-estrella.
    Verdades que continúan siendo ciertas a través del tiempo y de las circunstancias. Conceptos que no son relativos a determinados momentos, sino a todos y cada uno de los instantes que, sumados, solemos llamar “nuestra vida”.

Verdades-montaña para poder construir nuestra casa sobre una base sólida.

Verdades-río para poder calmar nuestra sed y para navegar sobre ellas en la búsqueda de nuevos horizontes.


Verdades-estrella para poder servirnos de guías, aun en nuestras noches más oscuras…


Jorge Bucay – Cuentos para pensar

sábado, 10 de septiembre de 2016

Libertad: elegir con responsabilidad (Jorge Bucay)



La libertad, tal como la entiendo y la propongo, consiste nada más (y nada menos) que en la posibilidad o el derecho que tiene cada uno de elegir una (y a veces más de una) de las alternativas que se presentan en un determinado momento.
     La libertad es la capacidad de elegir dentro de lo posible. Esta libertad incluye y necesita, por supuesto, la honestidad de no calificar como imposible lo que no lo es, solamente para negar que descartara todas las otras opciones por mis principios, por mis temores o por mi conveniencia.
     La consecuencia de dar este paso hacia nuestra libertad consiste también en aceptar que algunas situaciones donde no podemos elegir son, en realidad, producto de una elección previa. Sin embargo, parece demasiado tentador para muchos decir que no se podía hacer otra cosa para disminuir así su responsabilidad en el resultado de su elección.

Declararse libre es dar el paso hacia nuestra definitiva autonomía, asumir el coste de mis decisiones, y aunque hoy me dé cuenta de que me equivoqué, aceptar que era posible hacer todo lo contrario y no lo hice, admitir que, de hecho, otros lo hicieron aunque siga pareciéndome de lo mas lógico haber hecho lo que hice.



Como en todas las cosas, los problemas empiezan en las pequeñas cosas. En nuestra vida cotidiana tu y yo hemos pasado, y seguiremos pasando, por esos momentos en los cuales, sin demasiada conciencia, decidimos renunciar a algunas libertades. ¿Que me cuesta –pensamos a veces– renunciar a mi elección? Después de todo –nos decimos– es un tema tan poco importante... ¿Para qué hacer de esto una cuestión de debate? –terminamos argumentando–. Además de ser ciertamente un tema menor... seguramente sea transitorio.
     E incluso respiramos hondo antes de dar por cerrado el asunto y nos conformamos con la renuncia a nuestro rumbo, convencidos de que la lucha por la libertad es la batalla de las grandes cosas, no de las minucias. Sin embargo, muchas veces estas ideas son el disfraz con el que escondemos la falta de energía al defender nuestras libertades.

Es importante ser capaz de desapegarse de algunas actitudes, pretensiones y caprichos, pero habrá que temer a las "pequeñas" renuncias cuando no son elegidas con nuestro corazón, con conciencia y con responsabilidad.
     Es necesario recordar que la libertad es tan importante como para no renunciar a ella ni siquiera un momento. El desafío puede sonar casi heroico, pero todos somos capaces de mostrar esa cuota de sana osadía.

Este paso es tan trascendente que para algunos pensadores lo que define el paso de ser un individuo a ser una Persona Adulta es justamente nuestra libertad. La capacidad de optar entre dos o más posibilidades y la responsabilidad que se debe asumir después de tomar cada decisión. Y aunque a veces no podremos elegir lo que pasa, podremos elegir como actuar frente a ello.



Es el derecho que me otorgo de elegir una u otra respuesta lo que me hace libre o esclavo (y no el alto precio que, con frecuencia, debo pagar por mi elección). Dar este paso será una manera de decidirnos a afrontar nuestra vida con absoluto protagonismo, con responsabilidad, sobre todo lo que nos ocurre, entendiendo los hechos de nuestra vida como una consecuencia deseada o indeseable de algunas de nuestras decisiones.

Soy responsable de las decisiones que tomo; por lo tanto, soy libre de quedarme o salir, de decir o callar, de insistir o abandonar, de correr los riesgos que yo decida y de salir al mundo a buscar lo que necesito.

En las circunstancias mas difíciles y en los momentos en que nos invade la sensación de haber perdido el rumbo, la certeza del resultado final es justamente lo que podrá hacernos recuperar la fuerza para hacer y para arriesgar; las motivaciones para avanzar, para desear, para insistir, para valorar el camino recorrido y para seguir luchando por lo que creemos.

Hacen falta coraje y solidez para enfrentarse a los precios que la sociedad querrá cobrarnos casi siempre por la osadía de enfrentarnos a ella, por la frescura de declararnos libres de decidir por nosotros mismos, por el desplante de desconocer la inviolabilidad de sus mandatos o por la insolencia de pedir explicaciones a las actitudes de los más poderosos.


Podemos y debemos animarnos a hacer, a preguntar, a protestar y a cuestionar, aún en minoría, frente a los caprichos de algunos o las injusticias de muchos; quizá con la única restricción de cuidar de que esa libertad sea ejercida dentro del estado de derecho, que no involucremos a quien no quiere estar involucrado, y que nuestra forma de protesta o de rebeldía no este diseñada para destruir a los que piensan diferente, sino para sumarlos a todos en la construcción de un mundo mejor.



Jorge Bucay - 20 pasos hacia adelante

jueves, 20 de noviembre de 2014

La elaboración de un duelo es aprender a soltar lo anterior (Jorge Bucay)




Perder es dejar algo “que era” para entrar en otro lugar donde hay otra cosa “que es”. Y este cambio conlleva una adaptación a lo nuevo. Este proceso se conoce como de “elaboración del duelo". Cuando creemos y confiamos en que se puede seguir adelante, nuestras posibilidades de avanzar se multiplican.

Perdemos no solo a través de la muerte sino también cambiando, siguiendo adelante. Nuestras pérdidas incluyen también las renuncias conscientes e inconscientes de nuestros sueños románticos, la cancelación de nuestras esperanzas irrealizables, nuestras ilusiones de libertad, de poder y de seguridad, así como la pérdida de nuestra juventud, aquella irreverente individualidad que se creía para siempre ajena a las arrugas, invulnerable e inmortal.

Estas pérdidas forman parte de nuestra vida, son constantes universales e insoslayables. Y son pérdidas necesarias porque crecemos a través de ellas. De hecho, somos quienes somos gracias a todo lo perdido y a cómo nos hemos conducido frente a esas pérdidas. Este camino, el de las lágrimas, señala que debemos renunciar a lo que ya no está, y que eso es madurar… solo a través de las pérdidas nos convertimos en seres humanos plenamente desarrollados. La elaboración del duelo es un trabajo. El trabajo de aceptar la nueva realidad. La elaboración de un duelo es aprender a soltar lo anterior. Si me quedo centrado en las cosas que tengo porque no me animo a vivir lo que sigue, si voy a aferrarme a todo lo anterior, entonces no podré conocer, ni disfrutar, ni vivir lo que sigue.



¿Hace falta sufrir para poder crecer? La herramienta para no sufrir no debería ser el no compromiso, sino el desapego. Cuanto mayor sea el apego que siento a lo que estoy dejando atrás mayor será el daño que se produzca a la hora de la separación, a la hora de la pérdida. Cuanto más amo más tiendo a apegarme. Si uno no ama no sufre, porque el que ama se arriesga a sufrir. Pero este compromiso es la única manera de vivir plenamente.

En la medida en que yo aprenda a soltar, más fácil va a ser que el crecimiento se produzca; cuanto más haya crecido menor será el desgarro ante lo perdido; cuanto menos me desgarre por aquello que se fue, mejor voy a poder recorrer el camino que sigue. Madurando seguramente descubra que por propia decisión dejo algo dolorosamente para dar lugar a lo nuevo que deseo. Hay que vaciarse para poder llenarse.

Vivir vale la pena. Esta pena es la que de alguna manera abre la puerta de una nueva dimensión, es el dolor inevitable para conseguir una sola cosa imprescindible: mi propio crecimiento. Nadie crece desde otro lugar que no sea haber pasado por un dolor asociado a una frustración, a una pérdida. Nadie crece sin tener conciencia de algo que ya no es.

Madurar siempre implica dejar atrás algo perdido, aunque sea un espacio imaginario, y elaborar un duelo es abandonar uno de esos espacios anteriores que siempre nos suena más seguro, más protegido, más previsible. Dejarlo para ir a lo diferente. Pasar de lo conocido a lo desconocido. Esto irremediablemente nos obliga a crecer. Que yo sepa que pueda soportar los duelos, y sepa que puedo salirme si lo decido, me permite quedarme haciendo lo que hago, si esa es mi decisión. La vivencia normal de una pérdida tiene que ver justamente con animarse a vivir los duelos, con permitirse padecer el dolor como parte del camino. El dolor y no el sufrimiento, porque sufrir es más bien resignarse a quedarse amorosamente apegado a la pena.



Quiero poder abrir la mano y soltar lo que hoy ya no está, lo que hoy ya no sirve, lo que hoy no es para mí, lo que hoy no me pertenece. Cada día que empieza es en realidad la historia de la pérdida de mi día anterior, porque no soy el que era ayer. Haber dejado de ser aquel que era es causa y efecto de ser este que soy. Y este que soy es aquel más éste, hay una ganancia en el camino.

Todos los que atraviesan un cambio importante están obligados, a pesar de sus turbulentas emociones, a adaptarse en varios niveles, reorganizando los sistemas de comunicación con el mundo, ajustando las reglas al funcionamiento del sistema y redistribuyendo los roles que antes estaban asignados de una manera ahora impracticable, como condición para entrar en algún momento a la nueva realidad.

El único camino para terminar con las lágrimas es a través de ellas.
Nadie puede recorrer el camino por uno mismo.
Es la idea de que el dolor de la pérdida es insoportable, lo que hace pesado el recorrido.
Los duelos efectivos difícilmente se recorren en soledad.

El paso por el camino nos dejará más resueltos, maduros y crecidos, más allá de lo difícil que nos haya resultado el recorrido. La manifestación de la elaboración es la resignificación de lo perdido o la transformación del dolor en fecundidad.

El final del camino de las lágrimas es éste:

Miramos hacia atrás y nos damos cuenta de las dificultades soportadas hasta aquí.


Miramos hacia delante y sabemos que estamos en mejores condiciones de enfrentarnos con el más importante de los caminos, el que conduce a la felicidad, el camino del propósito.


Jorge Bucay – El Camino de las Lágrimas

lunes, 5 de marzo de 2012

Sueños semilla (Jorge Bucay)



Dentro de nosotros, innumerables sueños
esperan el tiempo de germinar,
echar raíces y darse a luz,
morir como semillas...
para convertirse en árboles.

En el silencio de mi reflexión
percibo todo mi mundo interno
como si fuera una semilla,
de alguna manera pequeña e insignificante
pero también pletórica de potencialidades.
...Y veo en sus entrañas
el germen de un árbol magnífico,
el árbol de mi propia vida
en proceso de desarrollo.

En su pequeñez, cada semilla contiene
el espíritu del árbol que será después.
Cada semilla sabe cómo transformarse en árbol,
cayendo en tierra fértil,
absorbiendo los jugos que la alimentan,
expandiendo las ramas y el follaje,
llenándose de flores y de frutos,
para poder dar lo que tienen que dar.

Cada semilla sabe
cómo llegar a ser árbol.
Y tantas son las semillas
como son los sueños secretos.

Dentro de nosotros, innumerables sueños
esperan el tiempo de germinar,
echar raíces y darse a luz,
morir como semillas...
para convertirse en árboles.

Árboles magníficos y orgullosos
que a su vez nos digan, en su solidez,
que oigamos nuestra voz interior,
que escuchemos
la sabiduría de nuestros sueños semilla.

Ellos, los sueños, indican el camino
con símbolos y señales de toda clase,
en cada hecho, en cada momento,
entre las cosas y entre las personas,
en los dolores y en los placeres,
en los triunfos y en los fracasos.

Lo soñado nos enseña, dormidos o despiertos,
a vernos, a escucharnos, a darnos cuenta.

Nos muestra el rumbo en presentimientos huidizos
o en relámpagos de lucidez enceguecedora.

Y así crecemos, nos desarrollamos, evolucionamos...

Y un día, mientras transitamos
este eterno presente que llamamos vida,
las semillas de nuestros sueños
se transformarán en árboles,
y desplegarán sus ramas que,
como alas gigantescas,
cruzarán el cielo,
uniendo en un solo trazo
nuestro pasado y nuestro futuro.

Nada hay que temer,
...una sabiduría interior las acompaña...
porque cada semilla sabe....
cómo llegar a ser árbol...


Jorge Bucay: Sueños semilla 


jueves, 19 de enero de 2012

Me concedo el permiso de... (Jorge Bucay)


Me concedo a mí mismo el permiso de estar y de ser quien soy, en lugar de creer que debo esperar que otro determine dónde yo debería estar o cómo debería ser.

Me concedo a mí mismo el permiso de sentir lo que siento, en vez de sentir lo que otros sentirían en mi lugar.
 
Me concedo a mí mismo el permiso de pensar lo que pienso y también el derecho de decirlo, si quiero, o de callármelo, si es que así me conviene.
 
Me concedo a mí mismo el permiso de correr los riesgos que yo decida correr, con la única condición de aceptar pagar yo mismo los precios de esos riesgos.
 
Me concedo a mí mismo el permiso de buscar lo que yo creo que necesito del mundo, en lugar de esperar que alguien más me dé el permiso para obtenerlo.

Estos cinco permisos esenciales condicionan nuestro ser persona. Y ser persona es el único camino para volverse autodependiente.
Porque estos permisos me permiten finalmente ser auténticamente quien soy.

El primero dice que si yo soy una persona tengo que concederme a mí mismo la libertad de ser quien soy. ¿Qué quiere decir esto? Dejar de exigirme ser el que los demás quieren que sea: el que quiere mi jefe, el que quiere mi esposa, el que quieren mis amigos o el que quieren mis hijos. Ser persona es darme a mí mismo la libertad de ser el que soy.
 
Es probable que a muchos no les guste que sea el que soy; es probable que cuando otros descubran que soy el que soy —y que además me doy la libertad de serlo— se enojen conmigo.
 
Todos podemos llegar a ser personas, pero si no empezamos por este permiso, no hay posibilidades; nos quedaremos siendo individuos parecidos a muchos otros individuos que se sienten a sí mismos diferentes, pero que obedecen y pertenecen al club de aquellos que no se dan el derecho de ser quienes son; que intentan parecerse a los demás.


Jorge Bucay : "El Camino de la Autodependencia" 

jueves, 15 de diciembre de 2011

Camino a la sabiduría (Jorge Bucay)

Un libro de enorme interés que, sin embargo, tenía en la estantería hace algunos años pendiente de su lectura. Por alguna razón ha sido ahora cuando lo he tomado, puede que porque estaba en el momento propicio para digerirlo, reflexionar sobre su mensaje... y comunicar a los demás estas valiosas citas, aún en contra del criterio que el propio autor expresa de que "las citas son inútiles". Es "Shimriti", de Jorge Bucay.






En este nuevo recorrido hacia la sabiduría, mi propuesta es revisar nuestras creencias e ideas para tratar de cambiar el mapa que hasta hoy nos limitaba: explorar las costumbres heredadas y atreverse a cambiarlas si de verdad ya no nos sirven.

Nuestra sociedad funciona muchas veces como un grupo de represión-exclusión, dejando de lado a aquellos que no asumen determinadas normas. A través del “tú debes" la sociedad se vuelve represiva, fija límites a la acción del individuo, vedándole casi en forma total la libertad creativa, generando un tipo de saber “obediente” que vuelve al individuo mecánico y manejable.

¿Será útil la sabiduría? Algo es útil cuando se constituye en un medio para lograr un fin, en cambio la sabiduría tiene una utilidad “intrínseca”, es un fin en sí misma, donde lo útil se refiere al ser, como contemplar la belleza, jugar, conocer, amar, crear, imaginar… la inclinación al saber es un impulso acorde con nuestra naturaleza humana e indisociable de ésta: toda persona ansía profundamente ver y comprender, tiene necesidad de “sentido de la vida”.

El auténtico lugar de la sabiduría es precisamente el arte de sumar 5 cosas:

Vivencia a través de la experiencia.
Información y conocimiento.
Transformación personal.
Aceptación incondicional de la realidad.
Liberación interior.

La “obediencia” como normal social es una traba que hay que superar. Este “deber ser”  que trae consigo la obediencia a lo establecido desarrolla estos “defectos” en el individuo: el veneno de comparar, la intoxicación de discriminar, la enfermedad de competir y la adicción en la obsesión por ganar. Como consecuencia reflexionamos sobre los defectos de los demás, interferimos en su vida, y... no es asunto nuestro. Sin embargo, hay grandes moralistas cuya única dedicación parece ser ver y denunciar quién está obrando mal o de manera censurable.

La única obediencia que me parece compatible con la salud es la obediencia inteligente: la del que obedece solo cuando le conviene. El desarrollo de la humanidad solo fue posible porque hubo hombres y mujeres que se atrevieron a decir que no. Pero si un “buscador” se atreve a decir “no” a las normas del poder, y además se atreve a crear sus propias normas, no solo tenemos un desobediente, sino que, como sociedad, “corremos el riesgo” de que esas normas o esa libertad para cuestionarlas sean elegidas también por otros.

El “buscador” es capaz de saber que no sabe y puede desde allí trabajar para saber, y saber para ser libre y hacerse libre para formular un rotundo y sano “no”. 

Porque la verdad no es amenazadora, solo desestructurante, no es peligrosa, es diferente; no hay que inventarla, hay que descubrirla; no hay que esperar que llegue a nosotros, ya está aquí; no se puede ver estando encima de ella, requiere perspectiva; no necesitas tu mente para incorporarla, sino prescindir de ella; ninguna otra cosa te impide el acceso a la verdad, solo tu propia mente.

Si realmente sabes algo que los demás no saben, asegúrate de encontrar en ti el punto mayor de humildad antes de atreverte a enseñarlo. A lo largo de la historia, el gran daño lo han hecho los que dijeron “esta es la verdad” y no los que sostenían no saber.


En las filosofías orientales el verdadero conocimiento se considera un “despertar”, sugiriendo que da acceso a la comprensión definitiva y profunda de algún aspecto de la realidad. Es un “darse cuenta”, una percepción fresca de un mundo nuevo o un nuevo nivel de conciencia de un mundo real. El conocimiento verdadero incluye una tranformación, tras la cual ni el que conoce ni el mundo que es conocido serán los mismos.

Vivir auténticamente, nos enseña la sabiduría, no es planificar lo que vamos a ser, sino descubrir, a cada instante, lo que somos.

Ser coherente es, en sentido estricto, un estúpido esfuerzo por ser fiel a todo lo adquirido en el pasado, es ser como ya se ha sido, decir lo que ya se dijo, hacer hoy lo que se hizo ayer, responder a las expectativas que nuestro comportamiento ha ido creando en los demás. Ser coherente es una mezcla de lo que creo que soy, mis rígidas costumbres y tradiciones, mis hábitos dañinos, los mandatos aceptados, los condicionamientos incorporados, la totalidad de los introyectos mas el hueco de lo negado.

Un “conocedor” vive la vida de acuerdo con su propia naturaleza y no de acuerdo con los valores de los demás. No solo tiene su propia visión del universo sino que también posee el coraje de vivir de acuerdo con ella. Es alguien que sabe quién es, pero admite sin avergonzarse que no puede prever sus futuras acciones ni posee criterio para valorar adecuadamente qué le sucederá, ni cómo reaccionará frente a los hechos. 

Un “conocedor” descubre que lo que importa es ser congruente, ser libre de ser quien es en cada momento, libre de encontrar la conducta que satisfaga su momento presente, libre de volverse impredecible para los demás sin sentirse culpable de la decepción de los otros. Ser congruente es estar vivo y cambiante hoy, aquí y ahora; se trata de una armonía diferente, la de la belleza del “ser siendo”.

Durante la guerra, Churchill dijo a los ingleses: “Con la misma convicción y certeza con la que os dije hace unos meses que las cosas eran así como eran y que nunca podría ser de otra manera, os digo hoy, sin ninguna duda, que las cosas son totalmente diferentes y que nunca fueron ni podrían llegar a ser como os dije entonces”.

Según Epicteto, "si queremos saber si alguien es un verdadero sabio, no nos vale que nos muestre lo que ha aprendido, su arsenal de erudición, su tener o haber intelectual, sino lo que ha visto por sí mismo, lo que irradia su propio ser, la manera como vive y actúa". Hay señales que denotan estar en el camino hacia la verdad y la sabiduría:

Descubrimiento de una absoluta paz interior.
Transformación profunda y permanente de nuestro nivel de conciencia.
Certeza de unidad que trasciende a la persona.
Marcado aumento de la alegría.

El comportamiento simple y directo es tan poco habitual que cualquier persona honesta puede parecer muy poco fiable a quienes han hecho del disimulo y de la especulación una actitud cotidiana y por lo tanto esperable. Ser auténtico y directo nos lleva algunas veces a ser malinterpretados, y otras muchas a resultar previsiblemente molestos.

 
No te enamores de las palabras, ni dependas de las ideas, son solo herramientas, espinas que pueden usarse para extraer otras espinas, antes de deshacerse de ambas.