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miércoles, 29 de junio de 2011

La historia del bolso que nadie quiso

Recuerdo la aclaración que hice tiempo atrás, albergaba dudas en transcribir este relato esperpéntico y rocambolesco, dudas que ahora han desaparecido, gracias a mis amigos.


Nota a esta edición.

He estado tentado a no incluir aquí algunos de los relatos que siguen, si se les puede llamar así, porque al paso inexorable del tiempo hay que añadir un alto grado de bisoñería e inmadurez. Pero no sería justo conmigo ni con aquellas personas con las que disfruté de momentos inolvidables, vivencias que dieron pie a esos escritos, todos basados en experiencias reales. Por ello pido a los posibles lectores que no juzguen su calidad literaria, ni la mediocridad de la técnica, ni el indeciso curso de su desarrollo; en todo caso, valoren la idea de fondo que subyace, o la intención y la causa que las provocan. Ninguno de ellos pasará a la historia, pero están en “mi” historia, especialmente el más largo de ellos con estructura de cuento: “La historia del bolso que nadie quiso”; es más valioso que una parte de mi cuerpo, significó un punto y aparte en mi pensamiento y en mi forma de ver el mundo.

10 de Octubre de 2.010



La historia del bolso que nadie quiso (1978)


         A Conchita, para no olvidar ese día

         Dedicada especialmente a mis nuevos amigos, con los que he pasado ratos maravillosos e inolvidables, momentos que ojalá nunca cesen.
         A todos ellos por mucho tiempo. A ti, Muñeco; a ti, Lengua Blanca; a ti, Pecas; a ti, Mari Carmen.

        


Allá en el sur, en una ciudad muy distinguida por su tradición, de notables y maravillosos monumentos, de parques de increíble belleza y calles tan viejas como el mundo, se notaba fácilmente que toda su historia, que por siglos y siglos se había ido acumulando en el recuerdo de hombres y mujeres sencillos, se estaba alejando de la población como ave migratoria buscando regiones más adecuadas.
         Todos podían ver cómo el empuje de la civilización hacia un futuro más o menos tecnológico, conseguía hacer perder aceleradamente toda aquella clase de costumbres antiguas que el pueblo había guardado tan celosamente. Pero ese mismo pueblo que las defendía también amaba con gusto los progresos de la ciencia, y ambicionaba cada vez más ciertos lujos y comodidades. Por alguna razón, la sed natural de innovación humana le hacía despreciar sus más encantadores tesoros, en pos de acceder a otros estados más elevados.
         Y nadie se ponía de acuerdo, pues los más conservadores y antirreformistas, que bien hubieran podido defender el pasado con más fuerza, caían desprestigiados por la mayoría, un tanto desengañada de lo anterior y con el anhelo vehemente de un porvenir más feliz.
         Pero la historia de esta ciudad y toda esa clase de controversias se verían de pronto paralizadas ante un suceso desacostumbrado, de manera que todas las miradas del mundo se volcaron hacia estas latitudes con singular interés e incomprensión.
         Casi no había parado de llover en varias semanas, y ya la gente esperaba que el siguiente fin de semana apareciera de una vez el buen tiempo, para aprovecharlo y salir a recorrer la ciudad, las plazas y las grandes avenidas. Y también las calles estrechas de los barrios árabes y judíos, que eran famosas en todo el orbe y copadas por los pequeños comerciantes para exponer sus mercancías, objetos que normalmente no se necesitaban, pero que todos ojeaban con singular atención.
         En esos días festivos se veía de todo: parejas de novios de todas las edades muy agarraditas del brazo, riendo por cualquier tontería; pandillas de adolescentes jugando a ser hombres; gentes de distintas razas y condición social; ancianos vestidos de luto; jóvenes con la ropa de moda; gitanos pobres portando un cartel pidiendo una limosna; muchachos de ambos sexos en edad de flirteo; matrimonios acompañados de sus hijos…
         Llegó ese domingo tan esperado de descanso y esparcimiento. Hacía algo de frío, pero agradable, y ya de noche se veían las estrellas con claridad, los bares y tascas estaban repletos, y la calle más importante de la ciudad llena de cabezas y hombros en movimiento, incitando a todos al calorcillo del apretujamiento humano.
         Una de tantas parejas, que se acercaban al centro de la ciudad, algo cansados de deambular por la parte suroeste, buscaban un lugar apropiado y tranquilo para tomar una copa, aunque fuera estuviera toda la gente apiñada.
         Ella, por su parte, detestaba las multitudes; muy a pesar suyo fue introducida en el tumulto, entre dolorosas lamentaciones y continuas quejas. Él hacía caso omiso de sus ruegos, porque le gustaba andar entre la gente, seguir en línea recta si podía jugando a no apartarse. Una vez dentro del gentío, era improcedente retroceder, pero al ver que ese ambiente no era del agrado de su compañera, lo mejor sería ir deprisa y buscar  un bar menos popular.
         _Pues no, no quiero seguir entre la gente ni que me vean, me da un poco de agobio_, declaraba ella lastimosa.
         _Tonterías, entre tanta gente nadie ve a nadie, sólo figuras y rostros que se olvidan. Y si te reconocen… ¡qué más da!_ aseguró él continuando su camino y sorteando con presteza a los viandantes.
         El salir de allí fue idéntico a salir de una prisión, a paso rápido y desconfiado, mirando a todos lados con los ojos desencajados. Ahora estaban cansados de tanto andar, de tantos empujones y pisotones, además, cualquier carga o contrariedad debía ser desechada, para no caer en una sensación de angustia.
         _Oye, tú… ¿sabes cuánto pesa el bolso?... ya no puedo con él_, afirmó ella con una sensación de disgusto y pesadez evidentes.
         _Bien, si crees eso… ¿por qué no lo dejas?_ Al decir esto, él la miró seria, pero al momento le apareció una mueca de sonrisa. Ella lo entendió de inmediato, poniendo un gesto de aceptación.
         _Claro… ¿cómo no se me había ocurrido antes? Una vez dicho esto, miró el bolso con un gesto despreciativo, y con un movimiento de la mano contraria al hombro que lo sujetaba, pellizcó el asa, dejándolo caer con toda tranquilidad sobre la acera, a la vez que le lanzaba una mirada de despedida._Venga, vámonos_ dijo resueltamente.
         _Por supuesto, vámonos_.
         Y así reemprendieron su camino, alejándose de aquel lugar a paso más lento. No  hubieron andado una decena de metros cuando oyeron una voz aguda que se les acercaba.
         _ !Eh, ustedes!... ¡Oiga, señorita! ¿No es suyo el bolso este? Me pareció haber visto caérsele del brazo hace un momento.
         _ ¿Es a nosotros?_ Se dijeron entre sí, parándose en el acto para lanzar una mirada hacia atrás. Vieron entonces a una mujer ya entrada en años y con aspecto humilde, que corría hacia ellos con el bolso en la mano.
         _ ¿No es suyo este bolso?_ Repitió la señora, al mismo tiempo que lo levantaba en peso mostrándolo. Ellos se miraron con cierta complicidad durante unos segundos. Ella se adelantó y examinó el bolso un instante.
         _ Sí_ afirmó_ Era mío, pero ya no lo quiero.
         _ ¿Cómo? ¿Qué ya no lo quiere? ¿Pero qué dice?_ contestó la señora con asombro.
         _ Lo que ha oído_ respondió ella con desdén. Y acto seguido, siguieron de nuevo su marcha a paso rápido, sin volver a mirar hacia atrás.
         _ Pero… ¿están locos estos jóvenes?... ¡es que no entiendo nada!... ¡Eh, vuelvan, su bolso!...!abrase visto cosa igual! Entretanto, se habían congregado algunas personas alrededor de la mujer, que seguía con el bolso en la mano. Al percatarse ella de que era el centro de todas las miradas, se limitó a decir con desinterés: _Bueno, si ellos no lo quieren, tampoco he de quererlo yo… ¡faltaría más!_ De esta forma, dirigió sus ojos hacia el objeto y con gesto despreocupado lo dejó caer, alejándose inmediatamente del lugar.
         La gente que había visto la escena se fue agregando, hablando entre ellas, más también la gente que fue llegando e iban captando algo de lo que sucedió, de tal forma que empezaron todos a murmurar y contar lo que sabían a todo aquel que se detenía curioseando. Poco a poco se fue agolpando una gran multitud, formando un círculo alrededor del conflictivo bolso. Pero se dio el caso que ninguno de los presentes que empezaron a comprender la trama se decidía a coger el bolso e inspeccionarlo, sin aportar ninguna solución al conflicto, pero añadiendo detalles insospechados al asunto, hasta el punto en que nadie sabía a ciencia cierta lo que había pasado. De pronto, se oyó una voz seca y fuerte que resaltaba claramente del resto:
         _ !Oigan, por favor!... un momento… ¡escúchenme! Esto no puede quedar así, llamemos a la policía y que ésta lo resuelva.
         _ ¡Sí, buena idea!_ dijeron otros… ¡llamemos a la policía!
         Mientras aumentaba el alboroto la plaza se iba llenando de gente, atraída por el tumulto y la curiosidad. Entre habladurías, todos esperaban que ocurriera algo importante. De este modo, hubo personas que pidieron permiso para subir a las azoteas, otros solicitaron escaleras en los comercios, los coches aparecían llenos de niños saltando encima. Súbitamente aparecieron vendedores ambulantes ofreciendo refrescos y bocadillos. En fin, se conglomeró un variopinto escenario de oportunistas, cotillas, maricas, rateros y otros extraños viandantes intentando aprovecharse a su manera de la situación. No solo se hablaba del maldito bolso, sino que se criticaba a fulano y mengana, a reírse del tipo gordo que fumaba puros, incluso otros se pusieron a discutir de política y lanzar improperios hacia el presidente del gobierno.
         Por su parte, algunos extranjeros iban y venían disparando sus cámaras fotográficas, sin comprender nada de lo que allí ocurría, creyendo retratar lo más puro del tipismo.
         De pronto, el murmullo agrio fue disminuyendo hasta empezar a distinguirse las sirenas de los coches de policía. Hubo algunos que salieron corriendo por miedo a las detenciones, aunque la mayoría se relamía de gusto en espera del acontecimiento. Llegaron por fin varios carros antidisturbios que acordonaron la plaza, saltando al momento los hombres armados de los coches, abriéndose paso dejando un pasillo central, por el que seguramente aparecería el inspector al mando. No les fue fácil llegar hasta el bolso, y por la actitud algo violenta que tomaron se pensó que no sabían de qué se trataba. Parece ser que sólo fueron informados por una pareja de agentes de un gran tumulto y agitación en la zona, una especie de manifestación o pelea callejera.
Imagínense cuál fue la sorpresa del agente al mando al enterarse que todo aquel lío era producido por un inocente bolso tirado al suelo, así como su indignación por los recursos y prevenciones utilizados. Tras algunas pesquisas, se entabló una discusión acalorada con algunos ciudadanos, que declaraban necesaria alguna actuación especial por parte de la autoridad, que un suceso como aquel era desacostumbrado y no debía caer en el olvido. Se sugirió que la historia un poco adornada podía quedar como atracción singular. Tanto cariño le habían cogido al bolso que, ante la intención de llevárselo para confiscarlo, se oyeron abucheos, gritos y otras amenazas. El superior de policía, una vez inspeccionado el cuerpo del delito, al comprobar tanta obstinación y testarudez de algunos, sentimientos que iban propagándose a la mayoría, declaró por un megáfono, casi con la risa en los dientes, que aquel era una caso extraordinario y que se comprometía a defender su recuerdo ante la alcaldía de inmediato.
         Estas palabras tranquilizaron a la muchedumbre, y fueron seguidas de “vivas” y “hurras” por parte de todos, pidiendo permiso a continuación para formar una comisión de entre los presentes que tendría el cometido de proteger la integridad del bolso y custodiarlo por turnos en el mismo lugar. Para ello les sería proporcionado a todos provisiones y sustento por cargo de la hacienda pública.
         El espectáculo que ofrecieron los grupos de personas que quedaron en función de vigilancia era asombroso. Quedó cortada la circulación de vehículos por esa zona, para dejar paso a las hileras de personas que querían comprobar por sí mismas lo que se difundió en los medios de comunicación, quedando la mayoría sorprendidos ante tan desacostumbrado hecho. La agitación era comparable al trasiego de una fiesta local; los reporteros de todo el país, incluso del extranjero, no paraban de grabar y comentar los acontecimientos, hacer entrevistas y redactar artículos con toda la pompa posible, ocupando durante dos días las cabeceras de los primeros diarios. Se hicieron ediciones especiales para relatar el suceso. Sólo faltaba la decisión del alcalde de dar alguna solución al caso, que seguía dejando boquiabierto a más de un escéptico.
         Las opiniones y debates fueron muchos, dejándose a un lado los asuntos cotidianos, para acometer con toda energía una solución inminente que contentara a todos, un hecho que podría quedar para siempre reflejado en los libros de historia local. Sí, al mundo le faltaba ese tipo de romanticismo ingenuo, a causa de la evolución técnica y de todo el desarrollo de las superpotencias, cuyas fauces eliminaban el aire sugestivo de otros tiempos, entonador de antiguos cánticos de la tradición, por no suponer un avance astronómico sin límites. Y el hombre necesitaba aún algo de eso.
El resultado fue el siguiente: previa autorización al gobierno, se acordó levantar en el mismo lugar en que cayera el bolso una piedra de granito de metro y medio de altura y uno de espesor, sobre el que se colocaría el insigne artículo, protegido por una urna de cristal blindado. Se decidió también no transcribir ni una sola mención explicativa, ni siquiera la fecha del acontecimiento, por lo que cualquier visitante podría elucubrar por sus propios medios la razón oculta de dicho monumento.
         A los pocos días estaba todo preparado para su inauguración, a la que asistirían las personalidades de la ciudad y el pueblo en pleno. Fue un acto sin precedentes llenos de toda la nobleza y solemnidad que se requería, pero con el amplio júbilo de la satisfacción, del goce de dar al mundo una noticia que le hiciera olvidar un poco su sufrimiento, aparcar por momentos el materialismo que acosaba desde hacía años e impedía a muchos celebrar la inocencia de la vida.
         Pasaba el tiempo en esta ciudad y no transcurría un día en que no se hablara de la historia en algún punto de la ciudad. Pero conforme transcurrieron las semanas, los problemas cotidianos relegaron el interés, en la vida ordinaria de las gentes se impusieron de nuevo sus preocupaciones, sus necesidades, sus carencias, obligados a asentar los pies en el suelo, hasta que el suceso decayó en importancia frente al infinito número de preocupaciones más prácticas. Sólo continuaba siendo curiosidad para el historiador, el escritor, el comediante, el turista, los publicistas, que trasladaron el hecho como marca de algún producto. También para los fabricantes de bolsos, que hicieron imitaciones perfectas que dieron la vuelta al mundo. Pero, para la mayoría, bien pronto quedaría olvidado.
        

Dos años después sobrevinieron tiempos difíciles, el estado se sumía en una clara bancarrota, y era raro el negocio que se mantenía a flote. Las fortunas de los grandes propietarios de marchaban más allá de nuestras fronteras, una gran conflagración mundial incumbía y aterrorizaba al mundo, y hasta los más optimistas no descartaban una tercera guerra mundial. El pesimismo era la tónica general, todos se preparaban para su defensa, se hicieron expropiaciones, se exigieron donativos, todo recurso era considerado insuficiente ante una situación peligrosa jamás pensada. La labor de todas las administraciones era acumular toda la riqueza que se pudiera encontrar, de cada hombre, de cada palmo del terreno.


Don Antonio era esquizofrénico, pero no era peligroso. Hacía tiempo, desde que le confiscaron casi todos sus bienes, que le pasaba por su cabeza una sola idea que a él, con su particular demencia, le obsesionaba hasta el punto de no pensar en nada más. Fue siempre un hombre considerado normal, hasta que se sembró el temor de la guerra. Y, ahora, un hombre sin familia, solo en el mundo, recurriría a su último anhelo, un último deseo que esperaba ver cumplido antes de que la destrucción fuera total.
         Lo dispuso todo de una manera perfecta. En su maletín metió todo lo que sería preciso, dejando en su casa todo dispuesto para su regreso, con un rico tesoro que había guardado desde siempre y por el que jamás renunciaría.
         Llegó el día previsto, salió ya de madrugada, que era su mayor baza. Al ver el monumento no disimuló su alegría. Se percató de que no existían miradas indiscretas que pudieran entorpecerle y se acercó a él. Se aupó para ver lo que necesitaba. Bajó la vista y abrió su maletín, sacó una llave inglesa y la miró sonriente. Pacientemente fue aflojando las tuercas que sujetaban la urna a la piedra. Una vez terminado, levantó la urna en peso y la introdujo en un macuto extensible que sacó del maletín, guardó la llave y lo cerró. Echó un último vistazo al monumento y se alejó tranquilamente por la oscuridad.
        

El viejo José era uno de los mayores borrachines de la ciudad, tenía muchos amigos que de vez en cuando le proporcionaban el dinero suficiente para la bebida. Pero los tiempos habían cambiado, y ya no había forma de sacar a nadie una peseta. Vagabundeaba buscando algo comestible, en la basura, algún pedazo de pan duro tirado al suelo, no tenía otra cosa por la que preocuparse. Siempre ayudó a todo el mundo y ahora nadie se acordaba de él, incluso muchos adinerados estaban en su misma situación.
         Pero vio algo que le hizo volar la imaginación: en la antigua plaza se encontraba el bolso sobre la piedra sin protección alguna. Años antes oyó hablar de aquel caso, y muchos especularon del valor del objeto, pero nunca imaginó que se lo encontraría así, sin protección. Jamás había robado nada, si no tuvo para comer o para una copa, se contentaba con esperar mejor suerte, él no era de esa condición. Pero esta vez la necesidad era mayor que su voluntad, miró hacia todos lados para comprobar que no había nadie cerca, se acercó un tanto temeroso girando la cabeza a uno y otro lado, tanto que se tropezó de lleno con la piedra. Algo aturdido, alzó la mano y torpemente asió el bolso. Lo atrajo hacia sí, inquieto, miró en su interior: un pequeño monedero que parecía lleno fue lo que primero le atrajo. Miró de nuevo… ¡una billetera! Cogió ambas cosas y se las guardó. Hizo un movimiento como de buscar algo más, pero se paró de repente, pensó que la ambición podía ser su ruina. Observó el bolso y lo depositó de nuevo sobre la piedra. Se alejó corriendo de allí.
        

María José apenas tenía once años. Era una preciosa chiquilla de pelo largo hasta la cadera, de ojos negros profundos. Demostraba una seguridad en el andar impropia de su edad y el tiempo en que vivía. Muy alegre por no tener que ir a las clases y disponer de todo el tiempo libre para jugar con sus amigas; un poco disgustada, porque no podía conseguir ya los dulces que le gustaban, pero se conformaba con un poco de leche en polvo y alguna que otra galleta raída que caía en sus manos inexplicablemente. Había ido, a pesar de lo avanzado de la noche, a la otra punta de la ciudad a dar un recado importante a su tía. Cumplió muy bien su cometido e iba de vuelta a casa, cansada y con un poco de sueño. “¿Por qué no habrán mandado a mi hermano?... ¡el es mayor que yo!”, se preguntaba una y otra vez sin comprenderlo.
         Debido a la carestía, la única luz provenía del reflejo de la luna, y fue ésta la que le hizo ver a un hombre correr en dirección opuesta al de sus pasos. Se paró creyendo oír algo, pero no, lo que fuera había desaparecido ya. Sin  darse cuenta, pasó de largo del monumento unos metros, y quizá no pudo explicarse qué le hizo mirar hacia atrás. Sobre la piedra, ya no vio el cristal que recordaba, y sobre ella el bolso tumbado y abierto. No pudo resistirse a la tentación, se acercó y cogió el bolso de puntillas, ya que no alcanzaba. Miró dentro: una polvera, una barra de labios casi nueva. Recordó que era el santo de su hermana mayor… ¡le regalaría el lápiz de labios!. Además, dentro de unos días sería su cumpleaños y ya le avisaron que no había dinero para regalos… ¡ la polvera sería su regalo!. Pero el bolso… su madre tenía uno muy viejo y gastado. Se quedó indecisa un momento, pensó si estaría mal que se lo llevara, de todos modos, podría devolverlo…  !ya que nadie lo quería para nada!.
Recorrió la vista por la plaza y no distinguió a nadie. Volvió a meter todo en el bolso y se lo colgó del hombro. Se fue dando saltos llena de alegría y con algo de temor… ¡cosas de niños!

miércoles, 13 de octubre de 2010

PALABRAS: Tiempos de Adolescencia; Conversación entre Tinieblas; La Liberación.

TIEMPOS DE ADOLESCENCIA

Fue hace tiempo, en un campo joven y destellante de cálidas luces, allí donde brotan los olivos de tierra roja, donde crecen las zarzas en las orillas de los caminos, donde la carretera hace una curva y se pierde en la arboleda. Por el mismo sitio por donde pasaban las aceituneras a la vuelta del trabajo. Aún recuerdo sus penetrantes voces y sus canciones y baladas por el amor de un joven. No olvido los rostros de los hombres del pueblo, curtidos por el sol, ni el olor penetrante del alquitrán que pusieron por primera vez, ni las verdes lomas perdiéndose en el horizonte, ni aquellos pájaros reposando confiados en el tendido eléctrico. Pueden pasar años que no olvido el lugar donde encontrar de nuevo las matas de poleo, detrás de las junqueras que ya tampoco están, y la triste imagen de ver la margarita recién cortada marchitándose poco a poco. Me dijeron por qué ataban las patas delanteras a un potro joven, cómo hacer que la mula no se cansara de acarrear tanto peso, mientras notaba el nerviosismo de las hormigas al cogerlas entre los dedos. Pude saborear el pimiento de la huerta recién cogido, después de lavarlo con agua de pozo, distinguir las hierbas aromáticas escondidas, el olor a azúcares de un amanecer de verano, el saludo alegre de la espiga, el empuje del viento que hace tambalear el naranjito de mi casa. No quiero que de mi mente se borre ese pasado de sensaciones pueriles, ¿Cómo dejar a un lado la frescura del azahar, la fragancia de la rosa, el arrebato de la madreselva? ¡Cuánto vale el aroma del campo mojado, la mirada inocente de las reses, los ladridos lejanos de los perros de caza, la bandada de patos que pasó!

¡Que aventura el paseo silencioso por esos caminos, con una cuarta de polvo! Cualquier cosa me hacía sonreír: aquellos descarados lagartos atravesando presurosos la senda para desaparecer en un segundo entre las matas, confundidos con su verdor, observándome por si les resultaba peligroso; sorteando las grandes piedras o los troncos de olivo podridos que impedían el paso; a cada momento, el zumbido grave de una abeja que te curioseaba mientras evitaba aplastar una mariposa. Pero en estos caminos, la huella del hombre no pasaba desapercibida, largas e interminables alambradas, oxidadas y desafiantes, y decididas arañas tejiendo sus telas entre ellas; en los postes, extensos racimos de caracoles hacían su vida en cada una de las hendeduras de las estacas, compartían su existencia con las orugas, las crisálidas, las moscas de caballo… y no se preguntaban como nosotros la razón de su existir, sino que vivían con intensidad sin desperdicio y eternizaban su memoria en millares de descendientes.

No lejos había un cruce de caminos, siempre tomaba el que iba en dirección sur porque rebosaba de vida, lo atravesaban pequeños hilillos de agua en los que crecían cañaverales y culantrillos, chumberas y moreras, y toda una variada gama de insectos multicolor, de pequeños y graciosos pajarillos. Cuando quería ir más lejos cogía la bicicleta… sorteando los charcos me caí muchas veces. Descansaba después a la sombra del eucalipto y estrujando una hoja aspiraba su perfume, más allá había almendros y me acopiaba de almendras crudas, también membrillos y ciruelos, todo lo probaba quizá por primera vez. Allí, casi a escondidas, encendí mis primeros cigarrillos celtas, seguía a las hormigas hasta su cueva hasta casi toparme con una abubilla que no había visto. Pasado el verano, días después de llover íbamos a veces con un bote a coger alúas que, junto con los grillos los usábamos como cebo para las costillas con las que después, al amanecer, intentábamos capturar alcaudones y zorzales, casi siempre con mala fortuna. Me conmovió la mirada de uno distraído que cacé, tanto que nunca más puse las trampas.

El sendero que iba hacia el este era muy seco, tenía marcado como a fuego el dibujo de las ruedas de los tractores; entre ellas se adivinaban pisadas de bueyes y excrementos de burro: se dirigían a los cortijos. Aún era más seco el camino que iba al oeste, con un polvo amarillento, fino e intenso que flotaba en el aire tras removerlo, como del más inhóspito desierto, que atascaba la nariz y se metía en los ojos, ponía el pelo blanco y te hacía toser, no se podía respirar. Por allí se iba a la “verea”, un verdadero bosque junto a la vía del tren con toda clase de frutales, allí nos confeccionábamos nuestros tirachinas de olivo, seleccionábamos las ramas que nos servirían para los arcos, nos fabricábamos las flechas con un tapón de cerveza aplastado en su punta y unas cuantas plumas de paloma en el extremo, si no teníamos tabaco, nos fumábamos las raíces porosas y los puros de las aneas, para quitarnos el mal sabor buscábamos alguna sandía olvidada… reíamos por todo, éramos casi libres, cuando fuimos felices.

¿Puedo olvidar todo esto, ahora, en mis años de libre reclusión, lo que significó esa libertad? ¿Podré pisar de nuevo esos caminos aunque la acción del hombre los haya borrado? ¿Puedo ser hombre y olvidarme de que fui niño?




CONVERSACIÓN ENTRE TINIEBLAS

_¿Que te pasa, Manuel? ¿estás mal? ¿por qué estás tan serio? ¡Por favor, dime algo! ¿puedes hablar?
_No sé la fecha, jamás podré saberla.
_!Vamos! ¿Qué dices? ¡Venga, levántate hombre! N o seas así, olvídate de todo eso. No me hagas esto, soy tu amiga… ¿lo soy? Si necesitas hablar, dime lo que te pasa. No soy nada ahora, ¡escúchame! Figúrate un espejo, yo soy ese espejo; compórtate como si hablaras con él. Haz lo que quieras, habla, ríe, llora, pero ¡aleja esa expresión de tus ojos! Esa frialdad… ¡apártala! ¡levántate! Por favor, debes decírmelo, yo también tengo problemas, ¿sabes? Es tu egoísmo que debes olvidar, tu problema es la soledad; no tiene otra solución que la confianza, ¡compártelo conmigo! ¡no te destruyas así! ¿confías en mí?
_No sé la fecha de mi suicidio, eso es lo que me preocupa. No sé cuándo he de hacerlo ni en qué situación. Ese es mi temor y mi ansiedad, amiga, el no pode definir el día de mi muerte. ¿no comprendes? No seré libre si no puedo fijar esa fecha. Lo he intentado ya y nada ha ocurrido… ¿sabes por qué? Porque no me conozco, soy más imperfecto que nunca, no soy nada, pura posibilidad, no puedo ahora morir si quiero… ¿es eso libertad? ¿la tendré alguna vez? ¿Tendré la suficiente fuerza para ser rígido y no como un papel, para precipitar el fin sin que haya motivos para que me parezca absurdo? Este es otro temor: que la llegada a mi personalidad sea definitiva.
_Pero, ¿no comprendes que siempre tendrás causas por las que vivir, nuevas cosas que conocer, gente a la que amar? ¿cómo puedes despreciar todo eso? No puedo verte así, dime que se te pasará, ¿puedo salir de aquí sabiendo que te veré mañana?
_Quizá, pero te digo que nada de mí puede decirse con seguridad; que soy la hoja de un árbol que cae y que nadie sabe dónde lo hará, que soy como la lluvia, no se sabe cuándo aparecerá; o como un animal herido y moribundo al que le restan minutos de vida y que busca desesperadamente su lecho definitivo; o como aquel ave de rapiña que se aleja hacia otros horizontes donde la visión sea más clara… y a ninguno de ellos les basta su tiempo. Necesitan continuamente nuevas oportunidades, otras opciones de accionar pulsadores en computadoras que den resultados ciertos. Mi inseguridad es como el trazo del dibujo de un niño, a veces torpe y torcido, y no sé apreciar esa maravilla. No ostento la caída firme de un felino, ni la perfección de la ninfa, ni el olfato del ciervo, ni la determinación de la hormiga; son cualidades que no poseo para poder llamarme hombre, ni el niño ni yo las tenemos.

Cabizbaja, ella se fue; me quedé sentado en aquel banco, en un aire ocioso, cargado de monotonía, rodeado de muros y paredes revestidas de lacónicas capas de pintura. Anduve, y ya cansado del andar silencioso, me introduje de nuevo en la esfera elíptica de la vida cotidiana, saboreando con disgusto el agrio sabor de las palabras mal expresadas, de los gritos contaminados, de los techos que ocultan el ocaso, del vano mundo de frivolidades y esperas sin tiempo.



LA LIBERACIÓN

El ojo del gran volcán permanece abierto para la salida de la presión, gases calientes, rojas erupciones, lava despeñándose. Todo es destrucción, calor, actividad y regeneración. Sin embargo, hay un sitio helado entre tanto fuego, entre esos miles de grados emerge la existencia de un minúsculo bloque de hielo, empeñado en no dejar su sitio a la viscosidad ardiente. Permanece allí para que todo no sea caos y fusión, quiere mantener su temperatura bajo cero aun rodeado de fuegos permanentes; porque todo estaría perdido, no puede faltarle a la vida ese contrapunto de mesura y paz que irradia, sería una esperanza decepcionada, a pesar de encontrarse entre toneladas de masa en ebullición. De ese hielo no se funde una sola gota, no pierde su imagen y pureza por más tiempo que pase, aun estando solo.

Ese frío me penetra más que todas las llamas juntas, me hace pensar que todo ese escenario de destrucción no sirve para darme calor. No es como el viejo brasero que me calienta los pies en los días de invierno, soy insensible a él, está lejano y tras una gruesa pared. Cuchichean entre ellas las explosiones y cierro mis oídos para escapar de su embrujo y destrucción, no fuera que me conviertan en escoria sin vida.

No obstante, ese trozo de hielo es mi aliado, mi amigo frente al mundo. Hasta puedo fundirme e introducirme en él aumentando su potencia. Sólo mis ropas quedan fuera de tal conversión, no las necesitaré ni tampoco los objetos que me acompañaban. Ya no estarán a mi despertar, donde habrá que irrumpir desnudo y volátil. Mi alma mortal aún se quedará conmigo un poco más, la inmortal me esperará en otro lugar. Pasarán el alma que quisieron imponerme, la que aprendí a alimentar, la que olvidé en mi infancia, la que viene de mis padres, todas sucumbirán y me dejarán reposar; morirán porque ya no las deseo. Sólo ésta mortal, que también soy yo, no me abandonará hasta que fallezca la última célula de mi cuerpo, en ese momento se sentirá débil y dormida, no podrá pasar a otra dimensión, ni ir al cielo, ni permanecer flotando en el futuro; este alma mortal será tragada por los gusanos, los mismos que devorarán mi corazón, mi cabeza, mi inútil cuerpo. Y no habrá recuerdo de ella, no se la buscará entre las tumbas, su nombre se habrá esfumado, ya no podrán clasificarla como me hicieron a mí.

Una vez unidos, saldremos mi alma inmortal y yo del trozo de hielo derretido, ya liberados, sin temor al castigo perpetuo, sin represión, sin tener que reprimir mis palabras, sin tener que esconder mi amor. Entonces, ya nunca será frío insensible, será agua limpia desbordada, como un torrente de montaña en el deshielo. Ese antiguo trozo de hielo recuperará su nombre, honrará al hombre puro, aunque pueda luego convertirse de nuevo en un número, una anotación, una hipótesis, ¡qué más da!

domingo, 10 de octubre de 2010

PALABRAS 2ª PARTE "El aprendiz de ignorante"

Nota a esta edición.

He estado tentado a no incluir aquí algunos de los relatos que siguen, si se les puede llamar así, porque al paso inexorable del tiempo hay que añadir un alto grado de bisoñería e inmadurez. Pero no sería justo conmigo ni con aquellas personas con las que disfruté de momentos inolvidables, vivencias que dieron pie a esos escritos, todos basados en experiencias reales. Por ello pido a los posibles lectores que no juzguen su calidad literaria, ni la mediocridad de la técnica, ni el indeciso curso de su desarrollo; en todo caso, valoren la idea de fondo que subyace, o la intención y la causa que las provocan. Ninguno de ellos pasará a la historia, pero están en “mi” historia, especialmente el más largo de ellos con estructura de cuento: “La historia del bolso que nadie quiso”; es más valioso que una parte de mi cuerpo, significó un punto y aparte en mi pensamiento y en mi forma de ver el mundo.

10 de Octubre de 2.010



EL APRENDIZ DE IGNORANTE

El aprendiz de ignorante era un tipo raro. Pensaba y pensaba creyendo que eso era lo más importante. Y ahí, en esa vida preguntona y ensimismada asentaba los cimientos de todos sus actos. Ni los que le conocían sabían nada de él; muchos renegaban de su presencia como si estuvieran ante un perro maloliente. Nunca supo lo que opinaban de su imagen ni qué juicios emitían sobre su personalidad. No creyó que consiguiera alguna vez un amigo de verdad, porque en los turbios terrenos de su mente no cabía completamente tal posibilidad. Siempre dudó qué hacer, qué le convenía, cuál era el paso decisivo. Tampoco estuvo seguro de su piel por algunos años. A veces se confundió con el aire, con el suelo, con las telarañas intactas de una casa abandonada; se identificó con todo para así renegar de sí mismo. Sabía que en alguna parte todas sus experiencias quedaban grabadas, y le obsesionaba no poder recordarlas cuando era necesario. Alguna vez tuvo ira, alguna vez gritó y protestó; en esas ocasiones tan escasas y distantes concentraba toda su indolencia.

Poco más se puede decir de él, era alguien tímido que esquivaba las aglomeraciones de gente, especulaba sobre su propia imagen a pesar de no tener jamás comprador. No hablaba si no se le pulsaba la tecla adecuada, no cantaba para nadie a pesar de tener buen oído y voz; amaba la música, y una de sus obsesiones era su dificultad para tocar algún instrumento. Ocultaba de esa manera todo aquello que los demás hubieran apreciado y mostraba, al contrario, su terco silencio, su alejamiento del mundo, la vanidad y el orgullo que pudiera tener; en fin, sólo lo negativo, no gustaba de satisfacer a nadie con sus virtudes ocultas y calladas. Era desconfiado, incluso egoísta, pero a veces generoso en extremo, tan cambiante que ni conocían sus puntos débiles. Simulaba pasividad, indiferencia, frialdad. Temía ser el centro de atención o llegar a ser el mejor en algo, se sentía a gusto siendo un segundón, con la cabeza baja tras los hombros del primero. A veces, cuando su estatura le hacía sobresalir de alguien, se encorvaba o se sentaba. Su aspecto era desaliñado, su color era el gris; era un amante de los números, sabía hacer rápidos cálculos pero no era un calculador prodigio. Tremendo aficionado a la soledad, pasaba sus ratos más amargos en ese estado, y también sus ratos más felices. En su intimidad solitaria se sentía seguro, pero nervioso, inquieto, tremendamente laborioso. Sentía pánico al sentir sus latidos, porque esto le hacía suponer que llevaba demasiado tiempo oyéndolos, y no tardaría mucho en sucumbir. Era un poco idólatra de sus cosas, las confundía consigo mismo, y le causaba gran dolor prestarlas y perderlas. Por eso mismo, daba lo que tenía, para combatir ese egoísmo.

Tremendo espectador, consumía su tiempo en ver, observar los actos de todos, sus reacciones y debilidades, los movimientos de las plantas, de los pájaros, de las nubes, todo lo que su vista formidable podía captar; asímismo, su gran deseo hubiera sido la de ser ciego a voluntad. Era pura contradicción, apreciaba tanto lo malo como lo bueno, y lo atribuía a su deprimente indiferencia por decidirse, seguro en su vida cautelosa de la que pendía su independencia. Todo lo basaba en la no impulsividad. Viajaba a menudo más allá de lo real, o de lo que parecía real, investigaba las causas de las cosas; se convertía así en un ente metafísico un poco brujo, que argumentaba con preguntas los por qué de los demás, dejándolo todo latente. Amante de lo inhóspito hasta el masoquismo, tan acostumbrado a estar solo que él mismo se producía su dolor.

Todas estas explicaciones son tema inerte si no se comprende cual era su vocación: no era tanto un devorador de libros como in intruso pesado en los caminos de la razón; su ciencia, no era objetiva, era la subjetividad que provoca el repliegue interno, las definiciones sin lógica, las respuestas imposibles de averiguar. Ahondaba en los senderos de su callada imaginación, superando el diálogo, iba más allá de toda conversación infructuosa. Aun así, era práctico, eludía las palabras innecesarias y al no poder encontrar las justas y apropiadas, pocas veces se encontraba en disposición de exponer su opinión.

Intentaba saber más y más de sí mismo, pues en principio se lo propuso como única tarea de utilidad. Pero al tiempo comprendió que el conocimiento de sí mismo lo impulsaba cada vez más lejos de los demás, siempre imprescindibles para comparar. Dudaba de la idoneidad del saber, de lo negativo de la ignorancia. Entonces recordaba el proceso de su juventud, aquellos años que con saber dos cosas creía poseer el mundo, con dos cosas estimaba abarcar todas las soluciones, después de desarrollarlas y deducir los conceptos y misterios por los que se rige el mundo. ¡Qué fácil era entonces! Con una sola idea podía abarcar todo lo sensorial y lo material. Con la otra recorría los esquemas de su cerebro, era psicólogo y filósofo a la vez. Se creía satisfecho de tener al mundo atrapado suponiendo haber llegado al conocimiento no explicado, desconocido, frente aquel impuesto después de tantos siglos.

Ahora, todo se había complicado, su confusión respecto al mundo trascendía a todo, su ansia espiritual conducía a un lamentable estado de impotencia, negación del saber, renegar de la comunicación… pero ¿cómo lograr no saber? ¿cómo llegar a ignorarlo todo? Así declaraba entonces: “Seguí un camino para apropiarme del mundo, y ese camino consistía en tener algo seguro. Ese camino me trajo fracasos, contradicciones, empequeñecimiento de mi naturaleza, disminución de mi persona. Mientras más creía saber más ignoraba, todo era inquietud”. La única alternativa era aprender a ser ignorante, llegar a no saber nada, a olvidarlo todo; no saber para no desear saber más, empezar desde cero cada minuto.

El aprendiz de ignorante no era un genio ni un idiota, ni un letrado ni un analfabeto, ni un monstruo ni un ángel, ni un héroe ni un cobarde, ni hombre ni mujer. Sólo un ser vivo repleto de nada. Más bien era un malentendido, una mente prostituida, un paranoico de la indiferencia, un amigo de la demencia, refugiado en el absurdo, en lo incomprensible, en lo ingenuo, en lo innecesario. Se había convertido en virtuoso de la frustración.

jueves, 23 de septiembre de 2010

PALABRAS X y XI

X


Puedes verme, puedes sentirme; espérame si quieres hacerlo. No soy como un objeto de museo, ni una estampa que miramos para ver si ya se puso amarilla. Soy como otros que pueden sentir como el más indefenso animal. Y como tal ser de vida intuitiva, oigo las pisadas a hombre y temo por mi fragilidad. Ni estoy pasado del tiempo que me ha tocado, ni quiero anticiparme a lo que no conozco. Pretendo actuar como tal ser humano, pero sin prejuicios universales que lleguen a perturbar mi camino.

Sin embargo, no cantéis alabanzas, ni temáis por mí muerte, porque ya lo haríais con retraso; estoy casi sin vida ya y todo lazo que intente atarme aquí podré disolverlo sin esfuerzo. Tendedme, sí, un lazo eterno al que pueda aferrarme para siempre. Entonces, pisad sobre mi tumba, para dar por terminadas mis ansias de expansión. Ya no estoy sustentado por mis ideas, que no fueron sino cables entrelazados que se desataron y se perdieron por el espacio, para ahora volver a mí y llorar por mi inutilidad. Los que me desearon encontrar de frente observaron cómo desaparecía sorteando sin rumbo fijo los obstáculos. Como animal acorralado, no estoy seguro sino en mi soledad, aún cuando proliferen ideales externos, que asumiré en otro momento. Canté sin saber de canciones, hablé sin conocer las palabras, ¡qué desdicha!, oí sólo lo que por dentro acontecía.

Y no puedo asegurar que estoy escribiendo ahora, no soy el dueño de mi mano que va formando frases. Los dedos hacen movimientos, surgen signos, no me fijo en como lo hacen. Así que cogemos un lápiz o un artefacto con tinta y, ya está, no sabemos cómo, pero al final vemos un montón de garabatos que no sabemos para qué llegaron allí. Prefiero no preocuparme de este misterio, aun sabiendo de que somos capaces de escribir como queramos, pero no lo que queremos. No deberíamos titular una obra escrita con nuestro nombre o pseudónimo. Sería más justo decir que tal mano dispuso los elementos a su antojo confabulándose con el papel, nuestro ser consciente y pensante no ha tenido nada que ver. ¿Quién puso las ideas? ¿Quién dotó a la mano de poder?

Lo peor del exceso de escritura es que ya no cabemos en tanta profusión de libros, en un ejército de manos distintas, incansables y ávidas de perfeccionarse, de conseguir una belleza de estilos sin considerar demasiado el fondo. Aún así, deberíamos establecer cada uno una póliza de seguros que amparara su deformación, basta una herida para producir resultados distintos, como se hace con las piernas de un bailarín, la voz de un cantante, incluso el cerebro de un jugador de ajedrez.

¡Tantas palabras hay formando frases que no dicen nada! Al revisarlas, a veces desisto en mis deseos de garabatear, creyendo que todas las necedades están escritas ya, que todo es una pura copia de lo que ya existe. ¡Ojalá no sea verdad!, en mi mente danza la idea de que el mundo es una gran máquina, cuya función es la de fabricar copias más o menos perfectas de distintos tipos de hombres, lanzarlos por todas partes y llenar el mundo de gente generando diferencias a partir del mismo patrón, generando una serie de embriones deformados de lo que fue en su día un molde perfecto: el primer espécimen de raza humana.

Después, en un arrebato de orgullo, titulamos una obra con nuestro nombre, cuando sólo son seguros y diferentes nuestros hechos, que jamás serán bien explicados en los libros, porque todo se debe al trabajo autómata de esas manos, tarea que nos es absolutamente ajena.




XI

Nos debatimos de forma inconsciente entre el aire que respiramos y su proceso de absorción, para purificar levemente la suciedad acumulada, que pide a gritos su renovación. No conozco el alcance de mi pensamiento, ni siquiera si existe algo distinto y profundo. Quizá seamos puras y simples apariencias, justo lo que los demás saben de nosotros. Es dudoso llegar al conocimiento de nosotros si resulta que no poseemos nada. Pero nos comprometemos con el pensamiento intentando detectar los cambios, profundizamos para no caer en la sensación de desencanto. Pienso lo que hago, no al revés; este constante actuar no sigue una línea fija, meditada y preexistente a la que obedezca la acción.

A veces me dicen que mis escritos son tan raros como mis actos, que son tan genuinamente míos que ningún otro podría emularlo. ¡Qué extraño les parezco! ¡Si supieran que es falso! Yo creo todo lo contrario, soy demasiado simple y común, o a mí me lo parece, y esa misma simplicidad me obliga e explicarla con conceptos ambiguos, dando una apariencia irreal. Puede que me camufle sinceramente en una hipotética personalidad que quisiera obtener, pero que de ninguna forma existe, sólo como posibilidad. Quizá sea debido al ansia perpetua de no pasar totalmente desapercibido, de que mi flexible incongruencia tiene un límite al que no sé llegar. En este trecho angustioso hay una actividad interna que desea hacer más ligero al cuerpo, de convertir en inexistentes a su vez al espacio y al tiempo, mientras me transporto a confines en los que las ideas dirigidas a ese yo que quedó detrás, y que anda a un paso tras de mí, ya no se desean asimilar.

Por otro lado, me convierto en una poderosa grabadora muda e inaccesible, que como tal no pregunta, ni responde con acento propio, ni siquiera puedo verla aunque soy yo, no puedo atravesar con la mirada para observar, sumidos en un movimiento eterno, esos engendros acumulados que parecen copias de algo natural. Entonces se me hace precisa la huida, sin ningún límite previsto, sin llegar a definir esos otros mundos a los que llego impulsado y que temo por desconocidos, aún ligados estrechamente al pasado y engendrados por él.

Cuando te sientes con algo duro al cuello que va apretando cada vez más, el instinto te ayuda a deshilacharlo aminorando su presión. Si logras soltarte momentáneamente y huyes sin rumbo buscando nuevas defensas que sirvan para repeler otros nuevos lazos, empiezas a creer en el futuro y te ríes a carcajadas del pasado fastidioso. Es así como consigues la fuerza para sacar provecho a los nuevos mundos por conquistar, y sientes una especie de felicidad porque el esfuerzo no fue en vano, incluso te asalta una inusual sensación de seguridad y tranquilidad, justo con el mismo cuerpo con el que antes manejabas peligrosamente armas mortales. Te sientes así dueño del mundo.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

PALABRAS VII, VIII y IX

VII


Pasear, pasear por las calles modernas, de grandes aceras, me pierdo en ellas. Árboles colocados geométricamente a la misma distancia, con la cabeza fija en el suelo, sólo levanto la vista para no tropezar con nada ni nadie, cada cierto número de metros, escondido tras robustas señoras y etiquetados hombres, siempre con la sensación de huir de algo, con el temor de que me acusen de algún delito. Ese es mi paseo, temeroso de no sobresalir entre la gente.

Mientras, el alma del diablo que llevo dentro, escondido hace años, tan familiar, alimentándose continuamente de mis tropiezos, sale a veces de su oscuro escondrijo, sin importarle en absoluto que las formas de mi personalidad sufran el daño potente de la inactividad. Un diablo astuto y enfadado que no sabe del carácter y sí de la vulgaridad del arisco ser humano, que sólo entiende las palabras de su propia ley. Va matando como la poesía mal escrita, como grafismos presuntuosos sobre papel cartón, que no sabe de emociones, ni de advertencias, ni comprende que yo, hombre por nacer, quiera ir resolviendo los actos de mi ingenua compostura humana, ni aprecia que lo oculte cuando su herida, que no cicatriza, va ensanchándose para llegar a destruirme. Ese diablo desapacible, que llamo con cualquier nombre, tal vez el mío, que le doy la mano y saludo, le hago muecas de sonrisa olvidando lo que tengo que achacarle, que voy a verle y visitarle cuando no sale de mí, hasta me molesta que haya un momento en que pare su negatividad. Ya significa para mí un inevitable vicio que tengo que sufrir, que no haya lugar en que crea que desaparece y le venza. Ya no temo su monstruosidad, soy tan monstruo como él, su huella acaso no se extinga, dentro del paso del alma eterna.

Su mugrienta misión tendrá larga vida, como un viejo parásito adherido. De todos modos, nunca llegará a confundirse conmigo, es un ente aparte que tiene completa libertad de acción, y esa libertad supone la base de mi esperanza.


VIII

Nunca conocí a nadie libre de preocupaciones, a nadie encontré que no estallara a veces, que se alejara furioso del mundo y le injuriara, a su vida misma, a sus padres por procrearlo. A nadie vi exento de tal arrebato, por más gente que observé y estudié, por más diversas que fueran sus ideologías. Si no lo manifestaban en público, por defensa hacia su imagen, lo hacían en su soledad, despreciándolo todo.

No hay método ni punto de vista más aceptable que cualquier otro, cada uno entraña una afirmación ó una negación, un parecido porcentaje de fracaso ó de éxito. El error ó la verdad están en la mente del hombre, de ahí su imperfección. Entonces, ¿para qué defender ó despreciar determinada doctrina? ¿No será más útil dejar atrás el propio pensamiento, para manejarnos según nuestra voluntad? Si toda idea está predestinada a dejar de ser cierta ¿dónde está el orgullo necesario para hacer fuerte la nuestra, sin complejos, frente a la de nuestros semejantes? El hecho de defender una postura es ya un problema, implica tener una seguridad que no tenemos.

Es evidente la uniformidad que envuelve al ser humano. Si somos capaces de razonar, aunque de forma vaga y principiante, si estamos en la vida y no en otro estrato más lejano… ¿no tendrá cualquiera su orgullo, sus ilusiones, sus alegrías, sus decepciones? ¿puede decirse que la fama, el dinero, la aparente felicidad de algunos no es comparable a la del mísero e ignorado? ¿podemos negar que cada uno ansía más de lo que tiene, que nadie se conforma con su situación por envidiable que parezca? ¿cuando dejaremos de destruirnos por los momentos de desolación, ignorando que todos padecen periódicamente la misma frustración? Olvidamos que mientras más ricos, más pobres somos.

La vida es una riqueza en sí misma, por más esclavos o señores que seamos, por más indiferentes o absurdos que sean nuestros actos. No debemos creer en la predestinación, ni en el fatalismo, ni en un deseo constante por lograr un más allá más generoso. La vida se nos ha dado a todos por igual, el más discriminado puede ser el más feliz, cuando sueña algún día salir de su opresión; puede que la felicidad radique en la ilusión y no en la consecución de lo deseado. El más libre no está exento de ser manejado, el más pobre aspira a ser rico, el más rico… ¿a qué aspirará? Quizá la imperfección es lo perfecto, y el fracaso, la victoria. Si nos quejamos de nuestra situación es porque nuestra naturaleza nos lo exige, siempre más, siempre insatisfechos, en la lucha conseguimos el equilibrio.

El pensamiento implica esa libertad, exponer lo que se cree aún sabiendo que es difícil de probar. Aceptamos la palabrería y el conocimiento de los que nos precedieron, y tranquilamente nos conformamos y tragamos, añadiéndole algunos datos para que parezca personal. Cualquier idea puede existir ya en nosotros sin saberlo, y no fuera de nuestro alcance, aunque hayan sido ya expuestas, porque cada uno está lleno de originalidad. Dentro caben todas las posibilidades del pensamiento, toda cualidad, todo defecto, toda desgracia, cualquier bien o mal siempre tendrán oportunidad de surgir, ya que esa uniformidad tan dispar nos engloba a todos, y cada uno de los matices de lo humano nos iguala seamos grandes o pequeños.





IX

El fantasma de nuestras identidades no debe ser concebido como expresión única de nuestro ser, pero su tumulto confunde a la voz verdadera que te habla, la cual no quieres callar a toda costa... ¿dónde estás, amistad? ¿dónde acabo yo y empiezan los demás? ¿en qué lugar de mí se encuentra la gente? ¿cual es el camino para hallar el verdadero camino? ¿o sólo hay un camino? ¿quién se siente seguro con otra persona?... La amistad, pero ¡que palabra! A veces, se utiliza tan mal. Juguete desconocido, pero arma imprescindible.

¡Tanta palabra y tan poco hecho! ¡tanta ilusión y esperanza en un futuro mejor! Y, ¿qué hacemos en el presente? ¿naufragamos, nos evadimos con sensaciones superficiales? ¿Qué es lo que realmente lanza hacia la felicidad? Amigos, ¿qué debo pediros? ¿qué debe haber entre nosotros para considerarnos sin temor amigos fieles? Sin embargo, miento, os llamo amigos, y no lo siento. Mi inseguridad y recelo disloca mis pensamientos, transforma en hipocresía mis defectos más evidentes. Mentiría si os pidiera que alejarais la falsa idea que tenéis de mí. Me confundo y camino hacia la torpeza, la indigencia, la indiferencia y hasta la crueldad, pero son falsas. No sé por qué hago de mí una imagen tan retorcida, incoherente, inestable, inasible. Desprecio todo eso, pero lo hago, continúo confundiendo, como si me sintiera muy alejado de todos y hundido en mi abismo particular, cubierto con una capa engañosa. Esa lámina opaca me aplasta y se convierte en mi propia máscara.

¿Dónde está la alegría que necesito, por que no se marcha la preocupación? Habrá que intentar tener las puertas abiertas, salir de uno, buscar algo que nos integre de nuevo, confiar en alguien, superar la inmadurez grupal, reconocer mi ignorancia de lo perfecto en el ser humano y renunciar a su crítica. Últimamente, he mantenido una postura de mínima relación de cordialidad, quizá un saludo expresivo, un adiós lacónico, un gesto en silencio, ¡y sólo con eso pretendía ser entendido!

Luego, una escueta conversación con un desconocido fue descorriendo un visillo que mostraba una vida distinta, se veía todo un mundo en nosotros abandonado, fascinante y posible que podía y pedía renovarse, tenía como eje la convivencia, el trabajo en grupo, dejados a un lado anteriormente…, quizá merezca la pena intentarse. Pero… ¿cómo?

martes, 24 de agosto de 2010

PALABRAS IV, V y VI

IV

No hay remedio posible para la indiferencia del hombre. Ese concepto, que tanto me asustaba, se hacía presa de mí y me ataba, me sojuzgaba en un pacto informe. No sólo era ya producto de una crisis, sino que además la alimentaba con elementos de mi propio hastío. Si hay un peligro mayor para el ser humano es la desconfianza en sí mismo, y eso formaba ahora la parte oxidada de mi existencia. No había salida razonable de este engaño, ni una dosis calculada de sonrisas era capaz de aplastar por completo esta vida vacía. Si me inventaba cien y una formas de explicar mi ansiedad ante mí y en voz baja casi imperceptible, por otra parte me resultaba problema enorme el exponerla ante mis amigos. No encontraba soluciones ni imaginaba caminos de salvación; hasta eso lo consideraba ya como lo más anodino e insustancial. Pasaba las horas observando, instigando en todo lo exterior como si allí se encontrara la vacuna contra mi mal. Días enteros vagando solo por las calles, sin ninguna ambición satisfactoria, sin ningún anhelo de felicidad. Era un ente corrupto y disminuido, falto de energía y plasticidad, sustentado entre invisibles filamentos de actividad. Ante el mundo, era un muerto; ante mí, un caos, un extraño. Pasaba por ser alguien con cierto estilo, rechazando todo lo arbitrario, todo lo que, por un impulso dado, obtenía una respuesta exacta. Estaba furioso con ese rutinario mecanismo hacia el cual el espectro del mundo me lanzaba, odiaba tener algún día la madurez de los demás hombres. Era un niño completamente maduro, al que de un solo golpe querían quitarle toda su juventud y convertirlo en un número encajable en una lista. A cada paso deseaba quedarme muerto y dejar como testamento a mis amigos toda mi confusión plasmada en papel. Pero era incapaz de prever mi suicidio; quería dejar de existir, pero sin que yo hiciera nada por aligerarlo.

Ahora, tumbado en la hierba, me parece todo muy lejano, con la sólida sensación de que todo pasó hace un año, cuando hasta pocos minutos antes tenía una mente agonizante. Reclinado aquí, la vida se parece a una fruta amarga, y no sólo la mía, sino que creo ver lo mismo en todos los demás. Sin esperar algún suceso trascendental que fuera la fórmula de salir del abismo, sin hablar ni lo necesario y callando así el fuego interno. Sólo imaginar la salida inmediata, la que ningún desgate mental puede provocar, la que satisface por momentos.

El reposo, al igual que Dios, es perceptible pero no fiable. Por los sentidos nos figuramos que conocemos ciertos objetos que permanecen en completa quietud, pero no podemos fiarnos de ellos, porque vivimos, jugamos y alucinamos. Este tránsito vivaz nos prefigura el fluir móvil y juguetón de todo lo que aparenta estar inerte, ya que si somos nosotros y no otros los que juzgamos los hechos, éstos deben ser activos, inaccesibles para ellos mismos, inconstantes, inquietos, aún si sólo fuera por aparentar el movimiento del hombre. Dios, ó el Todo lo tenemos como ejemplo de valoración interna, regido por el corazón, espiado por el cerebro, cegado por la vista, guiado por la necesidad. Podemos atribuirle cualidades y modos, intemporalidad y perfección, pero sólo porque está escrito que llegaremos a confundirnos con eso. Dios existe en potencia en cada uno, y su coeficiente aumenta en cada generación, en cada siglo, en cada descubrimiento; si existiera ya debiera ser tan simple como nosotros. ¿Cómo podemos acotar lo que nos afirman de un dios imaginado cuando ni siquiera podemos asegurar el hecho de ser, cuando no hay seguridad absoluta de que existimos?





V

Cierto día me pasaron una bandeja con distintos tipos de desesperación, apetitosos informes de amigos sin esperanza, buenos a la vista, incitando su captura resuelta, todos con un toque personal. Uno de ellos soportaba una inmensa guinda, casi tapando todo lo demás: así quería demostrar cuál era su tipo de depresión. Fui examinándolos todos, pero me fijé expresamente en uno; era como un pastel gris y sencillo, sin ningún atractivo aparente, sin ningún adorno expuesto en su superficie que incitara a paladearlo. Parecía estar allí medio olvidado, con manchas diversas y numerosas de otros compañeros ya liberados, sin marcar un sitio importante en todo el espacio posible, sin aparentar otra cosa que su sinceridad y transparencia, su tranquilidad y cordura manifiesta ante otros más pegajosos y exquisitos. Sin importarle si su minimalismo daba un toque feo al cuadro general. Sólo absorto en sí mismo, preguntando y resolviendo sus por qué. Callado y ausente en su propia maravilla de conocer nada y dudar de todo, de cantar a la gente por permitirle por permitirle apreciar y enjuiciar todo lo que se siente. Esperando quieto, reposando del largo momento que ha iniciado con los pasos contados. Sobrecogiéndose ante su búsqueda infructuosa de lo que es posible conocer, sabiendo que ningún acto es el último, que ninguna palabra es la primera. Que entre sus amigos no hay escalas de menor a mayor satisfacción y admiración, seguro de no estar por delante ni por detrás de ninguno. Sintiendo la preocupación de ser orgulloso, de hacer lo que debe hacer, de pensar lo necesario, de estar en el sitio idóneo. Con el temor de un presente menos duradero que el anterior, de un futuro más nefasto que el pasado, con ambiciones de poca probabilidad y la utopía de querer volver a la niñez.

Si me fijé en él más que en ningún otro no fue por un sentimiento de lástima, ni por una curiosidad caprichosa, ni por un impulso de superioridad que me llevara a degustar el manjar más extraño. Era como si una cadena atara repentinamente los dos cuerpos sin saber ninguno la causa de tal ligazón. Como si hubiéramos nacido juntos, y la historia de uno evocara necesariamente la del otro. Pero, como en toda cadena, siempre hay eslabones que separan y diferencian un elemento de otro, siempre hay un bloque macizo que no deja ver el otro lado, sólo suponer y plantearse como posible lo que en uno es irremediable.

Y su presentación ante mí no forzaba una diferencia de rango, ni una evasión, ni siquiera el atisbo de que eso pueda ser cierto. No obstante, entre dos personas no puede existir ni una identidad ni una oposición absoluta, ni un punto intermedio entre uno y otro. Sólo hay una característica esencial: lo distinto, lo semejante, y no está en nuestras manos establecer clases, simplemente porque no existen.

Del mismo modo, no tomaré de él como si fuera un destino a elegir, por más claro que me lo presenten, sino que, como alternativa contradictoria, me adentraré más en su forma para ver más cerca mi profundidad, me introduciré más en su carácter para, a fin de cuentas, saborear más gustosamente mi propia personalidad. Si aquellas primeras opiniones son equivocadas, jamás conoceré estas últimas, ese muro se tornará fortaleza, la cadena, escudo; el hombre, insaciable; el hombre, perdedor; el hombre, fugitivo.

Para Alfonso, un día, en un pequeño parque.






VI


El dios ese, aquel que vivía allá lejos en la nada, sumido imperturbable en su amplia conciencia, me observaba cada mañana cuando yo abría los ojos. Esperaba que mis reacciones y pesadillas matutinas fueran las habituales de cada día para acecharme sin piedad, preso de un oscuro egoísmo; su arma favorita era la de desaparecer y esfumarse como un gas, antes de que yo empezara a tomar conciencia de ello. Pasé unos días muy amargos con él. No podía verle ni tocarle, ya lo sabía y no lo intentaba. Ni me odiaba ni me hablaba acerca del envenenamiento lento que me estaba profiriendo, era él la causa de toda mi angustia y frustración, de mi delirio y de mi locura, cuando ni siquiera le vi ni palpé, ni estuve seguro jamás de su real existencia. Pero le despreciaba, de la misma forma que me producía repulsa ó indiferencia un ser cualquiera de la tierra que no conociera. Me incitaba, sin embargo, a que pensara en todo en su justa medida y que no me sobresaltara ante nada ni nadie; que caminara ocioso, que vagara por calles desiertas, que dejara mi embriaguez en estúpidas losetas. Me insultaba a cada momento por cada paso dado, corrigiéndome inmediatamente por no haber dado tal otro, casi le tomé vicio a la incógnita grave de sus morbosos planes. ¡Cuánto me refregó aplastándome contra el aire espeso! ¡Que sutiles amenazas caían sobre mi inocente velo! ¡Como se resecaba el botín de hipocresías conseguidas años antes! ¡Cuanta hambre y sed pasé teniendo todos los manjares y bebidas a mi alcance!

Supuse que él tenía un borrador en la mano, como el que utilizan en las escuelas para destruir grafismos inútiles. Su empuñadura de nervios de raíz, su parte destructora de negro algodón. Era un artefacto de proporciones fantásticas e intangibles, casi suspendido en un éter opaco, hubiera supuesto cosa de brujas. Pero no, ahí estaría él y su inmenso y difuso aniquilador, desfigurando lo existente. No veía su cuerpo, ni mi diminuta mente obtenía información adicional que esclareciera su esencia. Me resultaba tan inasequible describir mi imagen de él como explicarle a un ciego las tonalidades del color.

De repente, desaparece la imagen, ignorando cuando aparecerá de nuevo. Este juego suyo no me permite captarlo, ni traducir la idea al pensamiento, me siento atenazado. Pero su mano no podrá servirle para empuñar la balanza, ni sopesar la validez de lo extinguido; esa mano tendida no puede existir, sólo es un alargamiento provisional de un supuesto ser multidimensional, caído a tierra, ahí mismo, cerca de mí. Esta negación no puede ser tomada en mi contra, a la hora de registrar mis logros, después de atender a especulaciones de carácter banal.

Quizá todo responde a un objetivo más puro, más propio de un dios, una grandeza desinteresada. Al igual que su lisa y extensa materia, también nos propaga esa energía capaz de formar cuerpos útiles, energía constante, que nunca desaparece, una fuerza sutil de la que tomamos una parte, y a la que cada uno aportamos nuestra ración. Es la misma que se confunde con su ser, sin espacio, porque no lo necesita; sin tiempo, porque es él mismo; la misma que se identifica con ese otro ser oscuro y sombrío, que también forma parte de nosotros. Esta mente mía es mi dios, y la de cada uno; él recoge una parte y cada uno aporta su ser, todos con la misma y exacta superficie, como un rompecabezas que se ajusta para formar un todo que nos es ajeno. Aquello que tememos y obedecemos de forma tan demencial, no es sino un alargamiento de nosotros mismos, una visualización invisible de la idea general que de entre todos puede sintetizarse. No es nada superior, ni existe fuera de la mente humana, es un gran cable que corre airoso, sin dejar pasar a un solo ser, transmitiéndose a todo lo que tiene vida y acabar en aquello que parece inerte, surcando luego todos los espacios, sin concepción posible de estratos, dimensiones o tiempos por los que regirse, para ya no poder dejar de ser.

Es un dios astuto, del que nos servimos para hacer y desear todo, acaso seguía apenas inmóvil, en actitud no forzada de disolución. Con él, intentamos hacer desaparecer el pasado, y que la fuerza malgastada no deje marcas en el porvenir ya iniciado. Así, borrar cada día lo que sucede supone sumar un día más, nos ordena que por cada minuto que vivamos ahora en su extensión posible tendremos otro en cualquier punto del futuro que haga posible su repetición. Y desintegrar en polvo toda la fatalidad del pasado contribuye a que no se presente de nuevo y que nos desintegremos en su recuerdo y que nos lancemos, por esa añoranza, a caminos semejantes de forma mecánica. Tampoco será conveniente que nos enzarcemos eternamente en actitudes caprichosas y a la defensiva, tratando de evitar una situación desagradable, ya que no podremos abarcarlas todas, por falta de tiempo y consistencia, ni dedicarnos enteramente a ello, pero esta lección obliga a admitir que es el presente el que debemos modelar y sustentar con acciones efectivas. Puede que sea el mejor método para no distanciarnos de nuestra conciencia y mantenernos firmes por un camino seguro.

Primero, debería analizar la depravación que ya se está cometiendo, pero, antes, analizar la realidad de ese presente, ¿ es que podemos definirlo? Siendo el tiempo una medida, a veces eficaz, para ir midiendo nuestros pasos continuamente o a intervalos, me resulta imposible definir la sucesión de hechos. Al menos mi cerebro no está agilizado aún para ese proceso, puesto que más pudiera ocurrir que viviéramos en un continuo futuro. Lo que ya se nos escapó, aunque recordado, ya no existe; el presente se derrumba completamente al no poderlo atrapar, sólo lo utilizamos porque nos es imprescindible para sentirnos vivos.

Y, ¿qué es el tiempo? Por ejemplo, lee estas líneas, escritas hace algún “tiempo”, memorízalas, analiza todas sus pasiones y sentimientos, todas sus vaguedades e ilusiones, son verdades tal como fueron creídas en ese momento. Escrútalas, no dejes pasar detalle, saca conclusiones y esquemas, algo que no llene de dudas. Ahora toma estas otras, ya corregidas, atácalas con el mismo tesón, sin obviar nada, sin tiempo que aleje o acerque, que una, destruya ó deje impasible. ¿La primera era el pasado de la segunda y ésta su futuro? Puede que no, si una no hubiera estado en potencia en la otra, jamás hubieran salido a la luz, su idea es simultánea, fueron concebidas por igual. Ahora, el tiempo es falso, es sólo una ilusión, todo estaba concentrado en un mismo momento, ¡en un aspecto de Dios!

¡Tantas dimensiones en un mismo mundo y no se nos permite que salgamos de ellas! Las dimensiones inestables de nuestro yo, debatido continuamente, criticado severamente por toda clase de personalidades internas. Tan gran número de opciones nos aminoran y envilecen, como si en vez de sustentarnos en ellas, nos hicieran sentirnos indefensos. Así, en este infinito de posibilidades, no hay certeza, no hay tiempo, no hay verdad. Ese “dios” sólo me hace estar inseguro.

miércoles, 18 de agosto de 2010

PALABRAS - 1ª PARTE - Prólogo, I,II y III

PALABRAS





MANUEL CINTADO
1º EDICIÓN: JULIO 1.979







“… Vivimos reafirmándonos ante tanta amenaza de muerte

Luchamos aunque existen cárceles

y estén preparadas las cadenas

Buscamos solidaridad aunque todo sea traición

Edificamos la nueva ciudad aunque no la habitemos”



PRÓLOGO



… Si permites que empiece, lo haré contando lo último que me ha pasado por la mente. Y no es nuevo, comenzó ya hace ocho años, brotando en mí de forma imparable, y que muchos se esfuerzan en llamar “adolescencia”. Y, ahora… ¿a quién puede molestarle que penetre en esa madurez odiada y esperada, anhelada puerilmente en todos mis actos, aquí, en mi casa, en mi soledad? ¿a quién?...

… ¿Es así? Tras el funeral que seguirá mañana, recorriendo calles angostas, moviendo un pie tras otro, una rueda tras otra rueda, todo dejando marcas en el asfalto. La muerte de la juventud: el engendro del hombre. ¿Puedo anticiparos ahora la sentencia de mi tumba, la que mañana ocuparé rodeado de tierra y cubierto de flores, y cerrada, con lágrimas y risas de todos los que en vida me han odiado y querido? ¿Puede importarme que haya un cura que bendiga mi muerte ó mi suerte, y una mujer de negro arrodillada ante la sepultura? Si no crees que de ese lugar brote pasado mañana un hombre, si es así, deja de leer, porque lo siguiente será demasiado grave como para que no intentes, sin éxito, preguntarte el por qué.

Y esto no es para disfrutar, ni sólo para leerlo de carretilla, es para tomarlo ó dejarlo, para comprenderlo ó quemarlo. Hay una objeción, nada de lo que aquí diga puede servir para formar una imagen de mí, jamás podrá compararse una palabra a un trozo de materia, aunque, en mi caso, hay mucha similitud entre ambas cosas. Así, el valor de mi vida, de mi personalidad concreta, debe sintetizarse de un conocimiento global de todas mis facetas, si no, sólo hay confusión.

Porque llegar a hombre no se limita a penetrar en su mundo, cambiar de cara y aspecto, emplear una visión materialista de la vida, sentirse más seguro, indiferente ó centrado. Implica mucho más. Lo verdaderamente discutible no es pasar a formar parte de un número más en una estadística, de un elemento más de producción, sino el simple hecho de perder la juventud y todo lo que trae consigo.

El convivir con otros, a veces más jóvenes que yo, hablar, reír, discutir con ellos, me plantea en ocasiones una finalidad: el hacerles ver la inutilidad de seguir mi camino, u otro parecido, un camino lento, perezoso y asustadizo, sin sustancia.

Por todo esto, no quería perder la oportunidad de imprimir mis últimas reflexiones como adolescente, confusas y enrevesadas, sin una continuidad propia, sin decir nada y todo a la vez. A veces, muchos piensan que pueden esperar grandes cosas de mí y sin temor a equivocarse; eso no puedo asegurarlo, pero pueden descubrir que no hay motivo para encasillarme en esa apariencia incognoscible, de ese ser extraño que parezco mostrar. Mas bien un tipo inasible, absurdo, común, con poca carne y una animación limitada, y con la suerte ó desgracia de aparentar profundidad. De una u otra forma, de mi naturaleza incongruente, podrían suponer un loco ó un tonto, o alguien sustentado en una dimensión distinta, lejana. Aún así, conociendo mis limitadas posibilidades, me aventuro a decir algunas cosas, ideas que desvarían, que forman de mí una concepción errónea.

Me parece horrible que hayáis tenido audacia suficiente para llegar hasta aquí, serán actos mecánicos. Cambiaré un poco mi postura egocéntrica para hallar una posible unión con la vida. La vida, esa cosa que nos pasa unida irremediablemente a la monotonía. Es la monotonía que me envuelve, que os puede envolver y llegar a formar, sin darnos cuenta, un yugo esclavizante del que no es fácil salir. El hecho sin importancia aparente de repetir los actos día tras día, no sólo imprime tono monótono a esos momentos, sino lo que es peor, a toda tu existencia. Pero, ¿por qué darle tanta importancia? Ver en lo que me rodea el defecto que también existe en mí no me exime de él, sino que me culpa aún más por no saberlo evitar. El conocer a alguien que siente como yo, que vive la indiferencia, me lleva a reconocer el fracaso del ser humano como eje principal del mundo. Ya que, ¿qué es lo que en realidad diferencia al hombre del animal? ¿la inteligencia? ¿la posibilidad de cambiar? ¿no será el hecho de creernos diferentes de todo lo demás?

Así, nosotros, como humanos, quizá sólo encontremos la felicidad con lo distinto a nosotros, como la naturaleza. Asímismo necesitaremos siempre a nuestro lado alguien que pueda comprendernos, porque se nos asemeje, aunque ese placer concluya en fracaso. También puede que sólo necesitemos amarnos a nosotros mismos… ¡cruel estabilidad!

Para terminar este prólogo imagino ahora la dedicatoria de mi tumba, la tumba en la que hay que enterrar 19 años:
“Olvidadme cuando queráis pensar en mí, y no buscadme en un cielo luminoso, ni en un infierno de dolor, sino aquí mismo, entre vosotros, pero ausente. Si me encontráis y me reconocéis, no parad, seguid por vuestra senda, porque para conquistar a un hombre sólo se necesita una cosa: la totalidad de él mismo. Y el joven se transformó en hombre, sosteniendo el mismo y pesado cuerpo, trabajando con las mismas manos, pero gozando y odiando eso, el ser ya un hombre”.







PRIMERA PARTE





A quien, algún día, vendrá a mí.




I


(Escenificación de una centésima de segundo; explosión gris entre dos acantilados; desenlace.)


Va a comenzar la batalla. ¿Sabéis? Son los prolegómenos de la gran guerra, entre flautas y tambores, tras días de fiesta y noches de insomnio… ¡qué emoción! Por fin podremos luchar… ¿luchar?

En un momento se hicieron las provocaciones de rigor, la guerra fue decretada por ambos bando a la vez. Quizá los generales, por fin, vieron culminado el momento ansiado. La confrontación iba a iniciarse. ¡Qué maravillosa escena! Se designaron rangos y obligaciones, se dispuso el armamento, que cada uno estuviera alerta en su puesto. No importaba lo pasado, lo que de verdad interesaba es que se sintieran satisfechos de cumplir sus misiones. En cuando se vio que el enfrentamiento era inevitable, se fueron escogiendo y seleccionando todos los detalles, se exigía una organización lo más escrupulosa y estricta, pero se permitió algo impensable: el libre albedrío. Los soldados, que ya no eran hombres, no sólo servirían para luchar y destrozarse entre ellos ante una orden superior, sino que tendrían todo a su alcance para que dispusieran de libertad de criterio, en caso de tener que conservar su integridad, en la medida de su relativa capacidad. Se hizo apología libre de cada certificado, teorema, carta de conversión, de cada uno de los engranajes del sistema, de la identificación plena del legislador con el ejecutor, del mando supremo en cada peón de la partida.

A uno y otro lado se dividían las opiniones, se fomentaba la necesidad de las hostilidades con el otro, con un eje central: vencer. Si no se propone la victoria nadie hubiera nunca comenzado una guerra. De igual forma, todo el que lucha, aún con la confianza en la victoria, sabe que tiene delante la posibilidad de la derrota, aunque eso no aminora el valor de algunos hombres. La competición, la oposición y el orgullo han sido realmente los fundadores del mundo, ¿como no iban a estar presentes en una guerra?

Hay guerras físicas, contiendas en la que mueren muchos, se destrozan países, corre sangre. Son actos cuyo único sentido es la selección de la especie, ó el mantener un índice bajo de aumento demográfico. No creo que los artífices de tales guerras sean solamente señores de chaqueta sentados listos para pulsar un botón; el poder de la naturaleza misma aceleraría ese deseo, hay mecanismos más fuertes fuera de control.

Pero este ejemplo no es el que me interesaba atisbar, hay otras luchas, más cercanas en las que somos, a la vez, soldados impecablemente uniformados, armados, insignes y valerosos, y generales de alto rango, con las fases de la partida ya pensadas, con movimientos calculados al detalle, y esa espera ansiosa e irascible de que se cumplan sus propósitos. ¡Se parece tanto el grupo al individuo!

Y esta es la otra guerra, la guerra vital del sentimiento humano, en la que no hay cadáveres para enterrar, sino hombres para reencarnar; donde no hay sangre, sino lágrimas de hielo, donde no hay destrucción de pueblos y campos, de agua y cielo, sino sólo una regeneración constante de las células y neuronas dañadas. El fuego ruidoso y los cultivos devastados son reemplazados con imitaciones de pasiones burguesas, con ensoñadores histéricos, creyentes en placeres juveniles. La lucha deja de serlo cuando todos callan, mientras se miran uno a otro con la espera de que el contrario reinicie la batalla, convirtiéndose todo en una escena agónica, plagada de laceraciones mentales, reprimendas mudas, una vez agotados los castigos psicológicos.

En este primer instante, algunos quieren auparse en importancia, otros piensan en retirarse y que los exilien para siempre de sus mentes, los menos abandonan antes de empezar, ni aún los que se auto tildaron de generales confían plenamente en la necesidad de combatir. Los fieles a su ideal quedaron decepcionados, cuando supieron que eran las marionetas del vicio; otros, después de elegir en poco tiempo sus aliados y programar sistemas de defensa y contraataque, tardaron menos en verter sobre el escenario latas de gasolina, ¡somos incapaces de seguir un plan!

Porque un sistema tarda en elaborarse una vida entera, para tener que dejarlo después en manos de corruptos, que despedazan la hoja de instrucciones y reparten los trozos entre las fieras, en menos de una hora. En una hora muere toda una vida, no importa haber trabajado cuidadosamente durante años con la pobreza inculcando envidia, pero con el deseo de sentirse digno y puro. Eso es para ellos un sacrilegio absurdo, jamás acabaré comprendiéndolos. No tengamos la osadía de interesarnos por sus vidas. Muchos creen que si un sistema ha fallado una vez, será para la eternidad un mal sistema, ¿no serán los hombres los que fallan?

Es decepcionante ver que esta corta guerra, ha terminado justo al empezar, esta avanzadilla ha tenido un final de lo más decadente, acaba por sí sola sin vencedores ni vencidos. Esto no da opción. Una buena victoria da al orgulloso la satisfacción por la derrota del contrario, la victoria en sí da al hombre común una alternativa, avanza un escalón propio ó, al menos, una forma abstracta de decir: he cambiado. Entonces, el vencedor, erigido en juez, dedica su triunfo a un posterior propósito común. Por su parte, el perdedor, asume de forma aceptable la derrota y la validez de su experiencia. Hay un desenlace oscuro, el empate, la intromisión de un elemento hostil entre los dos frentes que impida verse uno a otro; ante esta aparente desaparición del contrario, uno a su vez opta por retirarse también. En este supuesto, el objeto oscuro se ha convertido en juez inapelable que practica su justicia propia, niega a todos su defensa, todos se sienten impotentes ante su sentencia.

Así acaba esta extraña guerra llamada indiferencia. Desperté del sueño que había sido sólo un cabeceo, no comprendía nada, asustado como un desertor, fastidiado… ¡no!, apagado, como cuando de pronto se va la luz. A mí se me apagó de repente la luz de la ilusión. Algún día me preguntaré. ¿qué fue de este sueño de guerra, que pasó realmente? Sólo podré decir: está en un archivo, en un fichero cualquiera, amarillento, la tinta desvaída dejará entrever: guerra confusa, sin final conocido.

(Texto inspirado tras leer “Opiniones de un payaso” de Heinrich Böll. El estar tan alejado de ese autor como de mí mismo no es un fruto muy dulce al paladar. Sólo puede dulcificarlo una fruta madura)








II




Mi vida es un lúgubre y aritmético escenario de manifestaciones fetichistas, un enjambre de modalidades de hombre, de deliciosos contextos de especulación, de dimensiones idealistas del mismo cuerpo. La vida es un puro pisoteo; la muerte, un hundimiento definitivo, ó una levitación quejumbrosa entre el espacio y la mente. El sol es reflejado en mi pasado, y todos los astros me siguen y avanzan tras mí en una persecución envidiosa. No paso de ser pura estadística, una pura y lenta presentación de mí mismo.

¡A escena! Subamos en la carrera rápida del mundo, acostémosnos en nuestro ocaso, pero despertemos antes de la desaparición. ¡Huyamos al sol! Escondámosnos antes de tener miedo.

Nuestro amigo sol no existirá para siempre, en cuanto el hombre piense su destrucción. Este ser humano, está horadando su pasado, sin saber que su cuna es similar a su féretro, y creyendo que en un futuro obtendrá la perfección. Está graduándose en una universidad más lejana que las estrellas, tan ilusoria como la Tierra, en la que no tiene cabida su propio cuerpo. Está olvidando su naturaleza por creer atender a una primera causa, y está dejando a un lado todo el color, toda la forma, toda la belleza de su figura por el hecho de adelantar una dimensión más.

El ser humano es como un jabato herido, como un perezoso reptil, como un ciego topo, como una mecánica hormiga. Animal auto destructible, no ha previsto que sus descendientes caerán en una inmensa hoguera donde no sea posible una mirada, una sonrisa, una luz violeta. No sabe que, detrás de él, habrá otra especie que rija el mundo, porque él mismo está carcomiéndose y aniquilándose. No entiende que, detrás de él, no habrá nadie que pueda celebrar el día de la vida, el día de la llegada del hombre a sí mismo.







III



El simple hecho de vivir es una falta, un suceso grave que hay que remediar. Es un defecto que llevamos como adherido a ese ser apacible que queremos olvidar. ¿Estamos contentos con nuestra personalidad? ¿Nos sentimos felices con ella? ¿Podemos cambiarla? Si no es así, pulsemos el botón destructor que facilite las cosas a esa energía, con ritmo y rumbo preconcebidos, que deje libre el lugar que ocupamos. Bien, hacer esto es fácil, basta afanarse en aparentar lo que no somos, hacernos olvidar y apartarnos del camino, para que todo aquello que pensamos de nosotros gire a lo inimaginable, se desdoble nuestra personalidad, y nos creamos un engendro de la sociedad, un feto moribundo del amor que nos concibió. Eso es fácil, es lo normal, es el ejemplo que nos han ido inculcando.

¿Qué queremos? ¿Vivir? ¿Profundizar en nosotros mismos? ¿Queremos busca la libertad y la felicidad que supone ser como somos? Si es así, que todos vean qué queremos, a qué aspiramos, cuál es nuestra ilusión, nuestra chispa que nos impulsa a vivir, ser conocidos. No es fácil, ni difícil, debe ser la vida. El resultado del grito que debió darse en un momento dado, necesariamente preciso para llegar a nacer. No nacemos hasta ese momento, y hay algunos que andan muertos por la vida. Pero a estos les coartaron las ansias de ser, trataron de impedirles el paso hacia lo fantástico, eran robots y, como tales, jamás gritaron.

Somos nosotros, los débiles, los que presos de una angustiosa ignorancia creemos que el fin lo tenemos dado a cada segundo, y aún así, nos atribuimos todo lo que corresponde a personas. Luchar para convertirse en máquinas es fácil, es lo tradicional socialmente. Reflejar en inmutables espejos lo de dentro y verdadero, es lo único apreciable. Es lo que conforma el egoísmo; el egoísmo ese de tener una propia personalidad, ni íntegra ni acabada. Es ese un egoísmo inútil en su primer momento, pero es la fuerza perenne que nos regirá mientras vivamos.

La semilla fecunda la tierra, el hombre se fecunda a sí mismo, sin saberlo, sin esperarlo, sin quererlo. Somos productos de nosotros mismos, y el aceptarlo supone aceptar a todos los demás. Creer certeramente en cada parte de nuestro cuerpo es creer en cada parte de los demás. Pensar en nosotros sinceramente es sinónimo del amor futuro, de la confianza y seguridad de nuestra voluntad.

Ser lo que somos es la energía que precisamos, ser lo contrario es la muerte lenta de la espera, y de la máquina. La creación, que pertenece un poco a todos, es lo fundamental en la vida. Para la nuestra y para toda la naturaleza.


A Mari Carmen P., como recuerdo.